{"id":41033,"date":"2016-10-06T15:18:56","date_gmt":"2016-10-06T20:18:56","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-noviembre-2012-consistorio-ordinario-publico-para-la-creacion-de-nuevos-cardenales\/"},"modified":"2016-10-06T15:18:56","modified_gmt":"2016-10-06T20:18:56","slug":"24-de-noviembre-2012-consistorio-ordinario-publico-para-la-creacion-de-nuevos-cardenales","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-noviembre-2012-consistorio-ordinario-publico-para-la-creacion-de-nuevos-cardenales\/","title":{"rendered":"24 de noviembre 2012: Consistorio ordinario p\u00fablico para la creaci\u00f3n de nuevos cardenales"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/2012\/documents\/ns_lit_doc_20121124_index-concistoro_sp.html\">CONSISTORIO ORDINARIO P&Uacute;BLICO<br \/> PARA LA CREACI&Oacute;N DE NUEVOS CARDENALES<\/a><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><b><a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2012\/20121124.pdf\">CAPILLA PAPAL<\/a><\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">ALOCUCI&Oacute;N DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/font><\/b><\/p>\n<p> Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> S&aacute;bado 24 de noviembre de 2012<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <strong>[<\/strong><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"><b><a href=\"http:\/\/player.rv.va\/vaticanplayer.asp?language=it&amp;tic=VA_4WLDQW35\" target=\"_blank\">V&iacute;deo<\/a><\/b><\/font><strong>]<\/strong><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p><br clear=\"ALL\" \/> <\/p>\n<p> <em>&laquo;Creo en la Iglesia, una, santa, cat&oacute;lica y apost&oacute;lica&raquo;.<\/em><\/p>\n<p> &nbsp;<\/p>\n<p> <em>Queridos hermanos y hermanas<\/em><\/p>\n<p> Estas palabras, que dentro de poco pronunciar&aacute;n solemnemente los nuevos cardenales al hacer la profesi&oacute;n de fe, son parte del s&iacute;mbolo niceno-constantinopolitano, la s&iacute;ntesis de la fe de la Iglesia que cada uno recibe en el momento del Bautismo. S&oacute;lo profesando y preservando intacta esta regla de la verdad somos verdaderos disc&iacute;pulos del Se&ntilde;or. En este Consistorio, quisiera centrarme particularmente en el significado del t&eacute;rmino &laquo;cat&oacute;lica&raquo;, que indica un rasgo esencial de la Iglesia y su misi&oacute;n. El argumento ser&iacute;a amplio y se podr&iacute;a enfocar desde diversas perspectivas. Hoy me limito s&oacute;lo a alguna consideraci&oacute;n.<\/p>\n<p> Las notas caracter&iacute;sticas de la Iglesia responden al designio divino, como se afirma en el <em>Catecismo de la Iglesia Cat&oacute;lica<\/em>: &laquo;Es Cristo, quien, por el Esp&iacute;ritu Santo, da a la Iglesia el ser una, santa, cat&oacute;lica y apost&oacute;lica, y &Eacute;l es tambi&eacute;n quien la llama a ejercitar cada una de estas cualidades&raquo; (n. 811). M&aacute;s espec&iacute;ficamente, la Iglesia es cat&oacute;lica porque Cristo abraza en su misi&oacute;n de salvaci&oacute;n a toda la humanidad. Aunque la misi&oacute;n de Jes&uacute;s en su vida terrena se limitaba al pueblo jud&iacute;o, &laquo;a las ovejas descarriadas de Israel&raquo; (<em>Mt<\/em> 15,24), sin embargo desde el inicio estaba orientada a llevar a todos los pueblos la luz del Evangelio y a hacer entrar a todas las naciones en el Reino de Dios. En Cafarna&uacute;n, Jes&uacute;s exclama ante la fe del centuri&oacute;n: &laquo;Os digo que vendr&aacute;n muchos de Oriente y Occidente y se sentar&aacute;n con Abrah&aacute;n, Isaac y Jacob en el reino de los cielos&raquo; (<em>Mt<\/em> 8,11). Esta perspectiva universalista se desprende, por ejemplo, de la presentaci&oacute;n que Jes&uacute;s hace de s&iacute; mismo, no s&oacute;lo como &laquo;Hijo de David&raquo;, sino tambi&eacute;n como &laquo;Hijo del hombre&raquo; (<em>Mc<\/em> 10,33), como hemos o&iacute;do en el pasaje evang&eacute;lico proclamado hace poco. En el lenguaje de la literatura jud&iacute;a apocal&iacute;ptica inspirada en la visi&oacute;n de la historia en el <em>Libro del profeta Daniel<\/em> (cf. 7,13-14), el t&iacute;tulo &laquo;Hijo del hombre&raquo; se refiere al personaje que viene &laquo;en las nubes del cielo&raquo; (v. 13), y es una imagen que anuncia con antelaci&oacute;n un reino totalmente nuevo, un reino que no se apoya en los poderes humanos, sino en el verdadero poder que proviene de Dios. Jes&uacute;s usa esta expresi&oacute;n rica y compleja, y la refiere a s&iacute; mismo para manifestar el verdadero car&aacute;cter de su mesianismo, como misi&oacute;n hacia todo el hombre y todos los hombres, superando todo particularismo &eacute;tnico, nacional y religioso. En efecto, en este nuevo reino, que la Iglesia anuncia y anticipa, y que vence la fragmentaci&oacute;n y la dispersi&oacute;n, se entra precisamente siguiendo a Jes&uacute;s, dej&aacute;ndose atraer dentro de su humanidad, y por tanto en la comuni&oacute;n con Dios.<\/p>\n<p> Adem&aacute;s, Jes&uacute;s no env&iacute;a su Iglesia a un grupo, sino a la totalidad del g&eacute;nero humano para reunirlo, en la fe, en un &uacute;nico pueblo con el fin de salvarlo, como lo expresa bien el Concilio Vaticano II en la Constituci&oacute;n dogm&aacute;tica <em>Lumen gentium<\/em>: &laquo;Todos los hombres est&aacute;n invitados al Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y &uacute;nico, ha de extenderse por todo el mundo a trav&eacute;s de todos los siglos, para que as&iacute; se cumpla el designio de Dios&raquo; (n. 13). As&iacute;, pues, la universalidad de la Iglesia proviene de la universalidad del &uacute;nico plan divino de salvaci&oacute;n del mundo. Este car&aacute;cter universal aparece claramente el d&iacute;a de Pentecost&eacute;s, cuando el Esp&iacute;ritu Santo inunda de su presencia a la primera comunidad cristiana, para que el Evangelio se extienda a todas las naciones y haga crecer en todos los pueblos el &uacute;nico Pueblo de Dios. As&iacute;, ya desde sus comienzos, la Iglesia est&aacute; orientada <em>kat\u2019holon<\/em>, abraza todo el universo. Los Ap&oacute;stoles dan testimonio de Cristo dirigi&eacute;ndose a los hombres de toda la tierra, todos los comprenden como si hablaran en su lengua materna (cf. <em>Hch<\/em> 2,7-8). A partir de aquel d&iacute;a, la Iglesia, con la &laquo;fuerza del Esp&iacute;ritu Santo&raquo;, seg&uacute;n la promesa de Jes&uacute;s, anuncia al Se&ntilde;or muerto y resucitado &laquo;en Jerusal&eacute;n, en toda Judea, en Samar&iacute;a y hasta los confines del mundo&raquo; (<em>Hch<\/em> 1,8). Por tanto, la misi&oacute;n universal de la Iglesia no sube desde abajo, sino que desciende de lo alto, del Esp&iacute;ritu Santo, y est&aacute; orientada desde el primer instante a expresarse en toda cultura para formar as&iacute; el &uacute;nico Pueblo de Dios. No es tanto una comunidad local que crece y se expande lentamente, sino que es como levadura destinada a lo universal, a la totalidad, y que lleva en s&iacute; misma la universalidad.<\/p>\n<p> &laquo;Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creaci&oacute;n&raquo; (<em>Mc<\/em> 16,15); &laquo;haced disc&iacute;pulos de todos los pueblos&raquo;, dice el Se&ntilde;or (<em>Mt<\/em> 28,19). Con estas palabras, Jes&uacute;s env&iacute;a a los Ap&oacute;stoles a todas las criaturas, para que llegue por doquier la acci&oacute;n salv&iacute;fica de Dios. Pero si nos fijamos en el momento de la ascensi&oacute;n de Jes&uacute;s al cielo, seg&uacute;n se relata en los Hechos de los Ap&oacute;stoles, observamos que los disc&iacute;pulos siguen encerrados en su visi&oacute;n, piensan en la restauraci&oacute;n de un nuevo reino dav&iacute;dico, y preguntan al Se&ntilde;or: &laquo;&iquest;Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?&raquo; (<em>Hch<\/em> 1,6). Y &iquest;c&oacute;mo responde Jes&uacute;s? Responde abriendo sus horizontes y dej&aacute;ndoles la promesa y un cometido: promete que ser&aacute;n colmados de la fuerza del Esp&iacute;ritu Santo y les confiere el encargo de dar testimonio de &eacute;l en el mundo, superando los confines culturales y religiosos en los que estaban acostumbrados a pensar y vivir, para abrirse al reino universal de Dios. Y en los comienzos del camino de la Iglesia, los Ap&oacute;stoles y los disc&iacute;pulos se ponen en marcha sin ninguna seguridad humana, sino con la sola fuerza del Esp&iacute;ritu Santo, del Evangelio y de la fe. Es el fermento que se esparce por mundo, entra en las diversas coyunturas y en los m&uacute;ltiples contextos culturales y sociales, pero que sigue siendo una &uacute;nica Iglesia. En torno a los Ap&oacute;stoles florecen las comunidades cristianas, pero &eacute;stas son &laquo;la&raquo; Iglesia, que tanto en Jerusal&eacute;n como en Antioqu&iacute;a o Roma, es siempre la misma, una y universal. Y cuando los Ap&oacute;stoles hablan de la Iglesia, no se refieren a su propia comunidad: hablan de la Iglesia de Cristo, e insisten en esta identidad &uacute;nica, universal y total de la <em>Catholica<\/em>, que se realiza en cada Iglesia local. La Iglesia es una, santa, cat&oacute;lica y apost&oacute;lica; refleja en s&iacute; misma la fuente de su vida y de su camino: la unidad y la comuni&oacute;n de la Trinidad.<\/p>\n<p> Tambi&eacute;n el Colegio Cardenalicio se sit&uacute;a en el surco y en la perspectiva de la unidad y la universalidad de la Iglesia: muestra una variedad de rostros, en cuanto expresa el rostro de la Iglesia universal. A trav&eacute;s de este Consistorio, deseo destacar de manera particular que la Iglesia es la Iglesia de todos los pueblos, y se expresa por tanto en las diversas culturas de los distintos continentes. Es la Iglesia de Pentecost&eacute;s, que en la polifon&iacute;a de las voces eleva un canto &uacute;nico y armonioso al Dios vivo.<\/p>\n<p> Saludo cordialmente a las delegaciones oficiales de los diferentes pa&iacute;ses, a los obispos, sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos de las distintas comunidades diocesanas, as&iacute; como a todos los que participan en la alegr&iacute;a de los nuevos miembros del Colegio Cardenalicio, a los cuales les unen lazos de parentesco, amistad o cooperaci&oacute;n. Los nuevos cardenales, que representan a varias di&oacute;cesis del mundo, son ahora agregados a t&iacute;tulo especial a la Iglesia de Roma, y refuerzan as&iacute; los v&iacute;nculos espirituales que unen a toda la Iglesia, vivificada por Cristo, estrechamente reunida en torno al Sucesor de Pedro. Al mismo tiempo, el rito de hoy expresa el valor supremo de la fidelidad. En efecto, en el juramento que har&eacute;is dentro de poco, venerados hermanos, est&aacute;n escritas palabras cargadas de un profundo significado espiritual y eclesial: &laquo;Prometo y juro permanecer, ahora y por siempre hasta el final de mi vida, fiel a Cristo y a su Evangelio, constantemente obediente a la Santa Iglesia Apost&oacute;lica Romana&raquo;. Y, al recibir la birreta roja, oir&eacute;is c&oacute;mo se os recuerda que &eacute;sta indica &laquo;que deb&eacute;is estar preparados para comportaros con fortaleza, hasta el derramamiento de la sangre, por el incremento de la fe cristiana, por la paz y la tranquilidad del Pueblo de Dios&raquo;. A su vez, la entrega del anillo est&aacute; acompa&ntilde;ada de una advertencia: &laquo;Has de saber que, con el amor al Pr&iacute;ncipe de los Ap&oacute;stoles, se refuerza tu amor a la Iglesia&raquo;.<\/p>\n<p> He aqu&iacute; indicada, en estos gestos y las expresiones que los acompa&ntilde;an, la fisionom&iacute;a que hoy asum&iacute;s en la Iglesia. De ahora en adelante, estar&eacute;is todav&iacute;a m&aacute;s estrechamente unidos a la Sede de Pedro: los t&iacute;tulos o las diacon&iacute;as de las iglesias de la Urbe os recordar&aacute;n el lazo que os une, como miembros a t&iacute;tulo especial&iacute;simo, a esta Iglesia de Roma, que preside la caridad universal. Principalmente por la colaboraci&oacute;n con los Dicasterios de la Curia Romana, ser&eacute;is mis preciosos colaboradores, ante todo en el ministerio apost&oacute;lico para con la catolicidad entera, como Pastor de toda la grey de Cristo y primer garante de la doctrina, de la disciplina y de la moral.<\/p>\n<p> Queridos amigos, alabemos al Se&ntilde;or, que &laquo;no cesa de enriquecer con generosidad de dones a su Iglesia extendida por el mundo&raquo; (Oraci&oacute;n), y da nuevo vigor a la perenne juventud que le ha dado. A &eacute;l confiamos el nuevo servicio eclesial de estos estimados y venerados hermanos, para que den un valiente testimonio de Cristo, en el dinamismo edificante de la fe y en el signo de un incesante amor oblativo. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2012 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> <font color=\"#663300\">&nbsp;&nbsp;<\/font><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CONSISTORIO ORDINARIO P&Uacute;BLICO PARA LA CREACI&Oacute;N DE NUEVOS CARDENALES CAPILLA PAPAL ALOCUCI&Oacute;N DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana S&aacute;bado 24 de noviembre de 2012 [V&iacute;deo] &nbsp; &laquo;Creo en la Iglesia, una, santa, cat&oacute;lica y apost&oacute;lica&raquo;. &nbsp; Queridos hermanos y hermanas Estas palabras, que dentro de poco pronunciar&aacute;n solemnemente los nuevos cardenales al hacer la &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/24-de-noviembre-2012-consistorio-ordinario-publico-para-la-creacion-de-nuevos-cardenales\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab24 de noviembre 2012: Consistorio ordinario p\u00fablico para la creaci\u00f3n de nuevos cardenales\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-41033","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41033","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=41033"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41033\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=41033"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=41033"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=41033"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}