{"id":41037,"date":"2016-10-06T15:19:02","date_gmt":"2016-10-06T20:19:02","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/11-de-octubre-de-2012-santa-misa-para-la-apertura-del-ano-de-la-fe\/"},"modified":"2016-10-06T15:19:02","modified_gmt":"2016-10-06T20:19:02","slug":"11-de-octubre-de-2012-santa-misa-para-la-apertura-del-ano-de-la-fe","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/11-de-octubre-de-2012-santa-misa-para-la-apertura-del-ano-de-la-fe\/","title":{"rendered":"11 de octubre de 2012: Santa Misa para la apertura del A\u00f1o de la Fe"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2012\/20121011.pdf\"> <font color=\"#663300\">SANTA MISA PARA LA APERTURA DEL A&Ntilde;O DE LA FE<\/font><\/a><\/p>\n<p align=\"center\"> <em><strong><font size=\"4\" color=\"#663300\">HO<\/font><\/strong><\/em><font size=\"4\" color=\"#663300\"><em><strong>MIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/strong><\/em><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"> <em>Plaza de San Pedro<br \/> Jueves 11 de octubre de 2012 <\/em><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <strong>[<\/strong><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"><b><a href=\"http:\/\/player.rv.va\/vaticanplayer.asp?language=it&amp;tic=VA_59TT8HUT\" target=\"_blank\">V&iacute;deo<\/a><\/b><\/font><strong>] <br \/> <\/strong><i> <strong> <a href=\"http:\/\/www.photogallery.va\/content\/photogallery\/es\/annus-fidei-2012.html\">Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica<\/a><\/strong><\/i><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><i>Venerables hermanos,<br \/> queridos hermanos y hermanas<\/i><\/p>\n<p>Hoy, con gran alegr&iacute;a, a los 50 a&ntilde;os de la apertura del Concilio Ecum&eacute;nico Vaticano II, damos inicio al <i> <a target=\"_blank\" href=\"http:\/\/www.annusfidei.va\">A&ntilde;o de la fe<\/a>. <\/i>Me complace saludar a todos, en particular a Su Santidad Bartolom&eacute; I, Patriarca de Constantinopla, y a Su Gracia Rowan Williams, Arzobispo de Canterbury. Un saludo especial a los Patriarcas y a los Arzobispos Mayores de las Iglesias Cat&oacute;licas Orientales, y a los Presidentes de las Conferencias Episcopales. Para rememorar el Concilio, en el que algunos de los aqu&iacute; presentes \u2013 a los que saludo con particular afecto \u2013 hemos tenido la gracia de vivir en primera persona, esta celebraci&oacute;n se ha enriquecido con algunos signos espec&iacute;ficos: la procesi&oacute;n de entrada, que ha querido recordar la que de modo memorable hicieron los Padres conciliares cuando ingresaron solemnemente en esta Bas&iacute;lica; la entronizaci&oacute;n del Evangeliario, copia del que se utiliz&oacute; durante el Concilio; y la <a href=\"\/content\/paul-vi\/es\/speeches\/1965\/index.html#Los_grandes_mensajes_del_Concilio\">entrega de los siete mensajes finales del Concilio<\/a> y del <i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/index_sp.html\">Catecismo de la Iglesia Cat&oacute;lica<\/a><\/i>, que har&eacute; al final, antes de la bendici&oacute;n. Estos signos no son meros recordatorios, sino que nos ofrecen tambi&eacute;n la perspectiva para ir m&aacute;s all&aacute; de la conmemoraci&oacute;n. Nos invitan a entrar m&aacute;s profundamente en el movimiento espiritual que ha caracterizado el Vaticano II, para hacerlo nuestro y realizarlo en su verdadero sentido. Y este sentido ha sido y sigue siendo la fe en Cristo, la fe apost&oacute;lica, animada por el impulso interior de comunicar a Cristo a todos y a cada uno de los hombres durante la peregrinaci&oacute;n de la Iglesia por los caminos de la historia.<\/p>\n<p>El <i>A&ntilde;o de la fe<\/i> que hoy inauguramos est&aacute; vinculado coherentemente con todo el camino de la Iglesia en los &uacute;ltimos 50 a&ntilde;os: desde el Concilio, mediante el magisterio del siervo de Dios Pablo VI, que convoc&oacute; un &laquo;A&ntilde;o de la fe&raquo; en 1967, hasta el Gran Jubileo del 2000, con el que el beato Juan Pablo II propuso de nuevo a toda la humanidad a Jesucristo como &uacute;nico Salvador, ayer, hoy y siempre. Estos dos Pont&iacute;fices, Pablo VI y Juan Pablo II, convergieron profunda y plenamente en poner a Cristo como centro del cosmos y de la historia, y en el anhelo apost&oacute;lico de anunciarlo al mundo. Jes&uacute;s es el centro de la fe cristiana. El cristiano cree en Dios por medio de Jesucristo, que ha revelado su rostro. &Eacute;l es el cumplimiento de las Escrituras y su int&eacute;rprete definitivo. Jesucristo no es solamente el objeto de la fe, sino, como dice la <i>carta a los Hebreos<\/i>, &laquo;el que inici&oacute; y completa nuestra fe&raquo; (12,2).<\/p>\n<p>El evangelio de hoy nos dice que Jesucristo, consagrado por el Padre en el Esp&iacute;ritu Santo, es el verdadero y perenne protagonista de la evangelizaci&oacute;n: &laquo;El Esp&iacute;ritu del Se&ntilde;or est&aacute; sobre m&iacute;, porque &eacute;l me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres&raquo; (<i>Lc <\/i>4,18). Esta misi&oacute;n de Cristo, este dinamismo suyo contin&uacute;a en el espacio y en el tiempo, atraviesa los siglos y los continentes. Es un movimiento que parte del Padre y, con la fuerza del Esp&iacute;ritu, lleva la buena noticia a los pobres en sentido material y espiritual. La Iglesia es el instrumento principal y necesario de esta obra de Cristo, porque est&aacute; unida a &Eacute;l como el cuerpo a la cabeza. &laquo;Como el Padre me ha enviado, as&iacute; tambi&eacute;n os env&iacute;o yo&raquo; (<i>Jn <\/i>20,21). As&iacute; dice el Resucitado a los disc&iacute;pulos, y soplando sobre ellos, a&ntilde;ade: &laquo;Recibid el Esp&iacute;ritu Santo&raquo; (v. 22). Dios por medio de Jesucristo es el principal art&iacute;fice de la evangelizaci&oacute;n del mundo; pero Cristo mismo ha querido transmitir a la Iglesia su misi&oacute;n, y lo ha hecho y lo sigue haciendo hasta el final de los tiempos infundiendo el Esp&iacute;ritu Santo en los disc&iacute;pulos, aquel mismo Esp&iacute;ritu que se pos&oacute; sobre &eacute;l y permaneci&oacute; en &eacute;l durante toda su vida terrena, d&aacute;ndole la fuerza de &laquo;proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista&raquo;; de &laquo;poner en libertad a los oprimidos&raquo; y de &laquo;proclamar el a&ntilde;o de gracia del Se&ntilde;or&raquo; (<i>Lc <\/i>4,18-19).<\/p>\n<p>El Concilio Vaticano II no ha querido incluir el tema de la fe en un documento espec&iacute;fico. Y, sin embargo, estuvo completamente animado por la conciencia y el deseo, por as&iacute; decir, de adentrase nuevamente en el misterio cristiano, para proponerlo de nuevo eficazmente al hombre contempor&aacute;neo. A este respecto se expresaba as&iacute;, dos a&ntilde;os despu&eacute;s de la conclusi&oacute;n de la asamblea conciliar, el siervo de Dios Pablo VI: &laquo;Queremos hacer notar que, si el Concilio no habla expresamente de la fe, habla de ella en cada p&aacute;gina, al reconocer su car&aacute;cter vital y sobrenatural, la supone &iacute;ntegra y con fuerza, y construye sobre ella sus ense&ntilde;anzas. Bastar&iacute;a recordar [algunas] afirmaciones conciliares\u2026 para darse cuenta de la importancia esencial que el Concilio, en sinton&iacute;a con la tradici&oacute;n doctrinal de la Iglesia, atribuye a la fe, a la verdadera fe, a aquella que tiene como fuente a Cristo y por canal el magisterio de la Iglesia&raquo; (<i>Audiencia general, <\/i>8 marzo 1967). As&iacute; dec&iacute;a Pablo VI, en 1967. <\/p>\n<p>Pero debemos ahora remontarnos a aquel que convoc&oacute; el Concilio Vaticano II y lo inaugur&oacute;: el beato Juan XXIII. En el <a href=\"\/content\/john-xxiii\/es\/speeches\/1962\/documents\/hf_j-xxiii_spe_19621011_opening-council.html\">discurso de apertura<\/a>, present&oacute; el fin principal del Concilio en estos t&eacute;rminos: &laquo;El supremo inter&eacute;s del Concilio Ecum&eacute;nico es que el sagrado dep&oacute;sito de la doctrina cristiana sea custodiado y ense&ntilde;ado de forma cada vez m&aacute;s eficaz\u2026 La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusi&oacute;n de este o aquel tema de la doctrina\u2026 Para eso no era necesario un Concilio&#8230; Es preciso que esta doctrina verdadera e inmutable, que ha de ser fielmente respetada, se profundice y presente seg&uacute;n las exigencias de nuestro tiempo&raquo; (AAS 54 [1962], 790. 791-792). As&iacute; dec&iacute;a el Papa Juan en la inauguraci&oacute;n del Concilio.<\/p>\n<p>A la luz de estas palabras, se comprende lo que yo mismo tuve entonces ocasi&oacute;n de experimentar: durante el Concilio hab&iacute;a una emocionante tensi&oacute;n con relaci&oacute;n a la tarea com&uacute;n de hacer resplandecer la verdad y la belleza de la fe en nuestro tiempo, sin sacrificarla a las exigencias del presente ni encadenarla al pasado: en la fe resuena el presente eterno de Dios que trasciende el tiempo y que, sin embargo, solamente puede ser acogido por nosotros en el hoy irrepetible. Por esto mismo considero que lo m&aacute;s importante, especialmente en una efem&eacute;ride tan significativa como la actual, es que se reavive en toda la Iglesia aquella tensi&oacute;n positiva, aquel anhelo de volver a anunciar a Cristo al hombre contempor&aacute;neo. Pero, con el fin de que este impulso interior a la nueva evangelizaci&oacute;n no se quede solamente en un ideal, ni caiga en la confusi&oacute;n, es necesario que ella se apoye en una base concreta y precisa, que son los documentos del Concilio Vaticano II, en los cuales ha encontrado su expresi&oacute;n. Por esto, he insistido repetidamente en la necesidad de regresar, por as&iacute; decirlo, a la &laquo;letra&raquo; del Concilio, es decir a sus textos, para encontrar tambi&eacute;n en ellos su aut&eacute;ntico esp&iacute;ritu, y he repetido que la verdadera herencia del Vaticano II se encuentra en ellos. La referencia a los documentos evita caer en los extremos de nostalgias anacr&oacute;nicas o de huidas hacia adelante, y permite acoger la novedad en la continuidad. El Concilio no ha propuesto nada nuevo en materia de fe, ni ha querido sustituir lo que era antiguo. M&aacute;s bien, se ha preocupado para que dicha fe siga vivi&eacute;ndose hoy, para que contin&uacute;e siendo una fe viva en un mundo en transformaci&oacute;n. <\/p>\n<p>Si sintonizamos con el planteamiento aut&eacute;ntico que el beato Juan XXIII quiso dar al Vaticano II, podremos actualizarlo durante este <i>A&ntilde;o de la fe<\/i>, dentro del &uacute;nico camino de la Iglesia que desea continuamente profundizar en el dep&oacute;sito de la fe que Cristo le ha confiado. Los Padres conciliares quer&iacute;an volver a presentar la fe de modo eficaz; y s&iacute; se abrieron con confianza al di&aacute;logo con el mundo moderno era porque estaban seguros de su fe, de la roca firme sobre la que se apoyaban. En cambio, en los a&ntilde;os sucesivos, muchos aceptaron sin discernimiento la mentalidad dominante, poniendo en discusi&oacute;n las bases mismas del <i>depositum fidei<\/i>, que desgraciadamente ya no sent&iacute;an como propias en su verdad.<\/p>\n<p>Si hoy la Iglesia propone un nuevo <i>A&ntilde;o de la fe<\/i> y la nueva evangelizaci&oacute;n, no es para conmemorar una efem&eacute;ride, sino porque hay necesidad, todav&iacute;a m&aacute;s que hace 50 a&ntilde;os. Y la respuesta que hay que dar a esta necesidad es la misma que quisieron dar los Papas y los Padres del Concilio, y que est&aacute; contenida en sus documentos. Tambi&eacute;n la iniciativa de crear un Consejo Pontificio destinado a la promoci&oacute;n de la nueva evangelizaci&oacute;n, al que agradezco su especial dedicaci&oacute;n con vistas al <i>A&ntilde;o de la fe<\/i>, se inserta en esta perspectiva. En estos decenios ha aumentado la &laquo;desertificaci&oacute;n&raquo; espiritual. Si ya en tiempos del Concilio se pod&iacute;a saber, por&nbsp; algunas tr&aacute;gicas p&aacute;ginas de la historia, lo que pod&iacute;a significar una vida, un mundo sin Dios, ahora lamentablemente lo vemos cada d&iacute;a a nuestro alrededor. Se ha difundido el vac&iacute;o. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vac&iacute;o, es como podemos descubrir nuevamente la alegr&iacute;a de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; as&iacute;, en el mundo contempor&aacute;neo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido &uacute;ltimo de la vida, a menudo manifestados de forma impl&iacute;cita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza. La fe vivida abre el coraz&oacute;n a la Gracia de Dios que libera del pesimismo. Hoy m&aacute;s que nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y as&iacute; indicar el camino. La primera lectura nos ha hablado de la sabidur&iacute;a del viajero (cf. <i>Sir<\/i> 34,9-13): el viaje es met&aacute;fora de la vida, y el viajero sabio es aquel que ha aprendido el arte de vivir y lo comparte con los hermanos, como sucede con los peregrinos a lo largo del Camino de Santiago, o en otros caminos, que no por casualidad se han multiplicado en estos a&ntilde;os. &iquest;Por qu&eacute; tantas personas sienten hoy la necesidad de hacer estos caminos? &iquest;No es quiz&aacute;s porque en ellos encuentran, o al menos intuyen, el sentido de nuestro estar en el mundo? As&iacute; podemos representar este <i>A&ntilde;o de la fe<\/i>: como una peregrinaci&oacute;n en los desiertos del mundo contempor&aacute;neo, llevando consigo solamente lo que es esencial: ni bast&oacute;n, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos t&uacute;nicas, como dice el Se&ntilde;or a los ap&oacute;stoles al enviarlos a la misi&oacute;n (cf. <i>Lc<\/i> 9,3), sino el evangelio y la fe de la Iglesia, de los que el Concilio Ecum&eacute;nico Vaticano II son una luminosa expresi&oacute;n, como lo es tambi&eacute;n el <i> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/archive\/catechism_sp\/index_sp.html\">Catecismo de la Iglesia Cat&oacute;lica<\/a>,<\/i> publicado hace 20 a&ntilde;os.<\/p>\n<p>Venerados y queridos hermanos, el 11 de octubre de 1962 se celebraba la fiesta de Mar&iacute;a Sant&iacute;sima, Madre de Dios. Le confiamos a ella el <i>A&ntilde;o de la fe, <\/i> como lo hice hace una semana, peregrinando a Loreto. La Virgen Mar&iacute;a brille siempre como estrella en el camino de la nueva evangelizaci&oacute;n. Que ella nos ayude a poner en pr&aacute;ctica la exhortaci&oacute;n del ap&oacute;stol Pablo: &laquo;La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; ense&ntilde;aos unos a otros con toda sabidur&iacute;a; correg&iacute;os mutuamente\u2026 Todo lo que de palabra o de obra realic&eacute;is, sea todo en nombre del Se&ntilde;or Jes&uacute;s, dando gracias a Dios Padre por medio de &eacute;l&raquo; (<i>Col<\/i> 3,16-17). Am&eacute;n <\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2012 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp; &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA PARA LA APERTURA DEL A&Ntilde;O DE LA FE HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Plaza de San Pedro Jueves 11 de octubre de 2012 [V&iacute;deo] Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica &nbsp; Venerables hermanos, queridos hermanos y hermanas Hoy, con gran alegr&iacute;a, a los 50 a&ntilde;os de la apertura del Concilio Ecum&eacute;nico Vaticano II, damos inicio al &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/11-de-octubre-de-2012-santa-misa-para-la-apertura-del-ano-de-la-fe\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab11 de octubre de 2012: Santa Misa para la apertura del A\u00f1o de la Fe\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-41037","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41037","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=41037"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41037\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=41037"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=41037"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=41037"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}