{"id":41058,"date":"2016-10-06T15:19:33","date_gmt":"2016-10-06T20:19:33","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-marzo-de-2012-santa-misa-en-el-parque-expo-bicentenario-de-leon-mexico\/"},"modified":"2016-10-06T15:19:33","modified_gmt":"2016-10-06T20:19:33","slug":"25-de-marzo-de-2012-santa-misa-en-el-parque-expo-bicentenario-de-leon-mexico","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-marzo-de-2012-santa-misa-en-el-parque-expo-bicentenario-de-leon-mexico\/","title":{"rendered":"25 de marzo de 2012: Santa Misa en el Parque Expo Bicentenario de Le\u00f3n, M\u00e9xico"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\"><a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/travels\/2012\/index_messico-cuba.html\">VIAJE APOST&Oacute;LICO A M&Eacute;XICO Y A LA REP&Uacute;BLICA DE CUBA<br \/> (23-29 DE MARZO DE 2012)<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><b>SANTA MISA<\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"4\"><b><i>HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI<\/i><\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\"><i>Parque Expo Bicentenario de Le&oacute;n<br \/> Domingo 25 de marzo de 2012<\/i><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"> <b><font face=\"Times New Roman\">[<\/font><\/b><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"><b><a href=\"http:\/\/player.rv.va\/vaticanplayer.asp?language=it&amp;tic=VA_8U7KG7RG\" target=\"_blank\">V&iacute;deo<\/a>]<\/b><\/font><\/p>\n<p> &nbsp;<\/p>\n<p> <i>Queridos hermanos y hermanas:<\/i><\/p>\n<p> Me complace estar entre ustedes, y deseo agradecer vivamente a Monse&ntilde;or Jos&eacute; Guadalupe Mart&iacute;n R&aacute;bago, Arzobispo de Le&oacute;n, sus amables palabras de bienvenida. Saludo al episcopado mexicano, as&iacute; como a los Se&ntilde;ores Cardenales y dem&aacute;s Obispos aqu&iacute; presentes, en particular a los procedentes de Latinoam&eacute;rica y el Caribe. Vaya tambi&eacute;n mi saludo caluroso a las Autoridades que nos acompa&ntilde;an, as&iacute; como a todos los que se han congregado para participar en esta Santa Misa presidida por el Sucesor de Pedro.<\/p>\n<p> &laquo;Crea en m&iacute;, Se&ntilde;or, un coraz&oacute;n puro&raquo; (<i>Sal<\/i> 50,12), hemos invocado en el salmo responsorial. Esta exclamaci&oacute;n muestra la profundidad con la que hemos de prepararnos para celebrar la pr&oacute;xima semana el gran misterio de la pasi&oacute;n, muerte y resurrecci&oacute;n del Se&ntilde;or. Nos ayuda asimismo a mirar muy dentro del coraz&oacute;n humano, especialmente en los momentos de dolor y de esperanza a la vez, como los que atraviesa en la actualidad el pueblo mexicano y tambi&eacute;n otros de Latinoam&eacute;rica.<\/p>\n<p> El anhelo de un coraz&oacute;n puro, sincero, humilde, aceptable a Dios, era muy sentido ya por Israel, a medida que tomaba conciencia de la persistencia del mal y del pecado en su seno, como un poder pr&aacute;cticamente implacable e imposible de superar. Quedaba s&oacute;lo confiar en la misericordia de Dios omnipotente y la esperanza de que &eacute;l cambiara desde dentro, desde el coraz&oacute;n, una situaci&oacute;n insoportable, oscura y sin futuro. As&iacute; fue abri&eacute;ndose paso el recurso a la misericordia infinita del Se&ntilde;or, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. <i>Ez<\/i> 33,11). Un coraz&oacute;n puro, un coraz&oacute;n nuevo, es el que se reconoce impotente por s&iacute; mismo, y se pone en manos de Dios para seguir esperando en sus promesas. De este modo, el salmista puede decir convencido al Se&ntilde;or: &laquo;Volver&aacute;n a ti los pecadores&raquo; (<i>Sal<\/i> 50,15). Y, hacia el final del salmo, dar&aacute; una explicaci&oacute;n que es al mismo tiempo una firme confesi&oacute;n de fe: &laquo;Un coraz&oacute;n quebrantado y humillado, t&uacute; no lo desprecias&raquo; (v. 19).<\/p>\n<p> La historia de Israel narra tambi&eacute;n grandes proezas y batallas, pero a la hora de afrontar su existencia m&aacute;s aut&eacute;ntica, su destino m&aacute;s decisivo, la salvaci&oacute;n, m&aacute;s que en sus propias fuerzas, pone su esperanza en Dios, que puede recrear un coraz&oacute;n nuevo, no insensible y engre&iacute;do. Esto nos puede recordar hoy a cada uno de nosotros y a nuestros pueblos que, cuando se trata de la vida personal y comunitaria, en su dimensi&oacute;n m&aacute;s profunda, no bastar&aacute;n las estrategias humanas para salvarnos. Se ha de recurrir tambi&eacute;n al &uacute;nico que puede dar vida en plenitud, porque &eacute;l mismo es la esencia de la vida y su autor, y nos ha hecho part&iacute;cipes de ella por su Hijo Jesucristo.<\/p>\n<p> El Evangelio de hoy prosigue haci&eacute;ndonos ver c&oacute;mo este antiguo anhelo de vida plena se ha cumplido realmente en Cristo. Lo explica san Juan en un pasaje en el que se cruza el deseo de unos griegos de ver a Jes&uacute;s y el momento en que el Se&ntilde;or est&aacute; por ser glorificado. A la pregunta de los griegos, representantes del mundo pagano, Jes&uacute;s responde diciendo: &laquo;Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado&raquo; (<i>Jn<\/i> 12,23). Respuesta extra&ntilde;a, que parece incoherente con la pregunta de los griegos. &iquest;Qu&eacute; tiene que ver la glorificaci&oacute;n de Jes&uacute;s con la petici&oacute;n de encontrarse con &eacute;l? Pero s&iacute; que hay una relaci&oacute;n. Alguien podr&iacute;a pensar \u2013observa san Agust&iacute;n\u2013 que Jes&uacute;s se sent&iacute;a glorificado porque ven&iacute;an a &eacute;l los gentiles. Algo parecido al aplauso de la multitud que da &laquo;gloria&raquo; a los grandes del mundo, dir&iacute;amos hoy. Pero no es as&iacute;. &laquo;Conven&iacute;a que a la excelsitud de su glorificaci&oacute;n precediese la humildad de su pasi&oacute;n&raquo; (<i>In Joannis Ev.<\/i>, 51,9: <i>PL<\/i> 35, 1766).<\/p>\n<p> La respuesta de Jes&uacute;s, anunciando su pasi&oacute;n inminente, viene a decir que un encuentro ocasional en aquellos momentos ser&iacute;a superfluo y tal vez enga&ntilde;oso. Al que los griegos quieren ver en realidad, lo ver&aacute;n levantado en la cruz, desde la cual atraer&aacute; a todos hacia s&iacute; (cf. <i>Jn<\/i> 12,32). All&iacute; comenzar&aacute; su &laquo;gloria&raquo;, a causa de su sacrificio de expiaci&oacute;n por todos, como el grano de trigo ca&iacute;do en tierra que muriendo, germina y da fruto abundante. Encontrar&aacute;n a quien seguramente sin saberlo andaban buscando en su coraz&oacute;n, al verdadero Dios que se hace reconocible para todos los pueblos. Este es tambi&eacute;n el modo en que Nuestra Se&ntilde;ora de Guadalupe mostr&oacute; su divino Hijo a san Juan Diego. No como a un h&eacute;roe portentoso de leyenda, sino como al verdader&iacute;simo Dios, por quien se vive, al Creador de las personas, de la cercan&iacute;a y de la inmediaci&oacute;n, del Cielo y de la Tierra (cf. <i>Nican Mopohua<\/i>, v. 33). Ella hizo en aquel momento lo que ya hab&iacute;a ensayado en las Bodas de Can&aacute;. Ante el apuro de la falta de vino, indic&oacute; claramente a los sirvientes que la v&iacute;a a seguir era su Hijo: &laquo;Hagan lo que &eacute;l les diga&raquo; (<i>Jn<\/i> 2,5).<\/p>\n<p> Queridos hermanos, al venir aqu&iacute; he podido acercarme al monumento a Cristo Rey, en lo alto del Cubilete. Mi venerado predecesor, el beato Papa Juan Pablo II, aunque lo dese&oacute; ardientemente, no pudo visitar este lugar emblem&aacute;tico de la fe del pueblo mexicano en sus viajes a esta querida tierra. Seguramente se alegrar&aacute; hoy desde el cielo de que el Se&ntilde;or me haya concedido la gracia de poder estar ahora con ustedes, como tambi&eacute;n habr&aacute; bendecido a tantos millones de mexicanos que han querido venerar sus reliquias recientemente en todos los rincones del pa&iacute;s. Pues bien, en este monumento se representa a Cristo Rey. Pero las coronas que le acompa&ntilde;an, una de soberano y otra de espinas, indican que su realeza no es como muchos la entendieron y la entienden. Su reinado no consiste en el poder de sus ej&eacute;rcitos para someter a los dem&aacute;s por la fuerza o la violencia. Se funda en un poder m&aacute;s grande que gana los corazones: el amor de Dios que &eacute;l ha tra&iacute;do al mundo con su sacrificio y la verdad de la que ha dado testimonio. &Eacute;ste es su se&ntilde;or&iacute;o, que nadie le podr&aacute; quitar ni nadie debe olvidar. Por eso es justo que, por encima de todo, este santuario sea un lugar de peregrinaci&oacute;n, de oraci&oacute;n ferviente, de conversi&oacute;n, de reconciliaci&oacute;n, de b&uacute;squeda de la verdad y acogida de la gracia. A &eacute;l, a Cristo, le pedimos que reine en nuestros corazones haci&eacute;ndolos puros, d&oacute;ciles, esperanzados y valientes en la propia humildad.<\/p>\n<p> Tambi&eacute;n hoy, desde este parque con el que se quiere dejar constancia del bicentenario del nacimiento de la naci&oacute;n mexicana, aunando en ella muchas diferencias, pero con un destino y un af&aacute;n com&uacute;n, pidamos a Cristo un coraz&oacute;n puro, donde &eacute;l pueda habitar como pr&iacute;ncipe de la paz, gracias al poder de Dios, que es el poder del bien, el poder del amor. Y, para que Dios habite en nosotros, hay que escucharlo, hay que dejarse interpelar por su Palabra cada d&iacute;a, medit&aacute;ndola en el propio coraz&oacute;n, a ejemplo de Mar&iacute;a (cf. <i>Lc<\/i> 2,51). As&iacute; crece nuestra amistad personal con &eacute;l, se aprende lo que espera de nosotros y se recibe aliento para darlo a conocer a los dem&aacute;s.<\/p>\n<p> En Aparecida, los Obispos de Latinoam&eacute;rica y el Caribe han sentido con clarividencia la necesidad de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en la historia de estas tierras &laquo;desde el encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite disc&iacute;pulos y misioneros&raquo; (<i>Documento conclusivo<\/i>, 11). La <i>Misi&oacute;n Continental<\/i>, que ahora se est&aacute; llevando a cabo di&oacute;cesis por di&oacute;cesis en este Continente, tiene precisamente el cometido de hacer llegar esta convicci&oacute;n a todos los cristianos y comunidades eclesiales, para que resistan a la tentaci&oacute;n de una fe superficial y rutinaria, a veces fragmentaria e incoherente. Tambi&eacute;n aqu&iacute; se ha de superar el cansancio de la fe y recuperar &laquo;la alegr&iacute;a de ser cristianos, de estar sostenidos por la felicidad interior de conocer a Cristo y de pertenecer a su Iglesia. De esta alegr&iacute;a nacen tambi&eacute;n las energ&iacute;as para servir a Cristo en las situaciones agobiantes de sufrimiento humano, para ponerse a su disposici&oacute;n, sin replegarse en el propio bienestar&raquo; (<i><a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/speeches\/2011\/december\/documents\/hf_ben-xvi_spe_20111222_auguri-curia.html\">Discurso a la Curia Romana<\/a><\/i>, 22 de diciembre de 2011). Lo vemos muy bien en los santos, que se entregaron de lleno a la causa del evangelio con entusiasmo y con gozo, sin reparar en sacrificios, incluso el de la propia vida. Su coraz&oacute;n era una apuesta incondicional por Cristo, de quien hab&iacute;an aprendido lo que significa verdaderamente amar hasta el final.<\/p>\n<p> En este sentido, el <i>A&ntilde;o de la fe<\/i>, al que he convocado a toda la Iglesia, &laquo;es una invitaci&oacute;n a una aut&eacute;ntica y renovada conversi&oacute;n al Se&ntilde;or, &uacute;nico Salvador del mundo [&#8230;]. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo&raquo; (<i><a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/motu_proprio\/documents\/hf_ben-xvi_motu-proprio_20111011_porta-fidei.html\">Porta fidei<\/a><\/i>, 11 octubre 2011, 6.7).<\/p>\n<p> Pidamos a la Virgen Mar&iacute;a que nos ayude a purificar nuestro coraz&oacute;n, especialmente ante la cercana celebraci&oacute;n de las fiestas de Pascua, para que lleguemos a participar mejor en el misterio salvador de su Hijo, tal como ella lo dio a conocer en estas tierras. Y pid&aacute;mosle tambi&eacute;n que siga acompa&ntilde;ando y amparando a sus queridos hijos mexicanos y latinoamericanos, para que Cristo reine en sus vidas y les ayude a promover audazmente la paz, la concordia, la justicia y la solidaridad.<\/p>\n<p> Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2012 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>VIAJE APOST&Oacute;LICO A M&Eacute;XICO Y A LA REP&Uacute;BLICA DE CUBA (23-29 DE MARZO DE 2012) SANTA MISA HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Parque Expo Bicentenario de Le&oacute;n Domingo 25 de marzo de 2012 [V&iacute;deo] &nbsp; Queridos hermanos y hermanas: Me complace estar entre ustedes, y deseo agradecer vivamente a Monse&ntilde;or Jos&eacute; Guadalupe Mart&iacute;n R&aacute;bago, &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/25-de-marzo-de-2012-santa-misa-en-el-parque-expo-bicentenario-de-leon-mexico\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab25 de marzo de 2012: Santa Misa en el Parque Expo Bicentenario de Le\u00f3n, M\u00e9xico\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-41058","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41058","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=41058"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41058\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=41058"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=41058"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=41058"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}