{"id":41068,"date":"2016-10-06T15:19:50","date_gmt":"2016-10-06T20:19:50","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-enero-de-2012-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios\/"},"modified":"2016-10-06T15:19:50","modified_gmt":"2016-10-06T20:19:50","slug":"1-de-enero-de-2012-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-enero-de-2012-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios\/","title":{"rendered":"1 de enero de 2012: Solemnidad de Santa Mar\u00eda, Madre de Dios"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2012\/20120101.pdf\"> SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE SANTA MAR&Iacute;A, MADRE DE DIOS<br \/> XLV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ <\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><i><b><font size=\"4\" color=\"#663300\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI <\/font><\/b><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> Domingo 1 de enero de 2012<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\"><b> [<\/b><\/font><font face=\"Times New Roman\"><b><a href=\"http:\/\/player.rv.va\/vaticanplayer.asp?language=it&amp;tic=VA_4945UOHA\" target=\"_blank\">V&iacute;deo<\/a><\/b><\/font><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\"><strong>]<br \/> <\/strong><\/font><span lang=\"es\"> <i> <em><strong> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/photogallery\/2012\/20120101\/index.html\">Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica<\/a><\/strong><\/em><\/i><\/span><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"left\"> <em>Queridos hermanos y hermanas<\/em><\/p>\n<p> En el primer d&iacute;a del a&ntilde;o, la liturgia hace resonar en toda la Iglesia extendida por el mundo la antigua bendici&oacute;n sacerdotal que hemos escuchado en la primera lectura: &laquo;El Se&ntilde;or te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Se&ntilde;or se fije en ti y te conceda la paz&raquo; (<i>Nm<\/i> 6,24-26). Dios, por medio de Mois&eacute;s, confi&oacute; esta bendici&oacute;n a Aar&oacute;n y a sus hijos, es decir, a los sacerdotes del pueblo de Israel. Es un triple deseo lleno de luz, que brota de la repetici&oacute;n del nombre de Dios, el Se&ntilde;or, y de la imagen de su rostro. En efecto, para ser bendecidos hay que estar en la presencia de Dios, recibir su Nombre y permanecer bajo el haz de luz que procede de su rostro, en el espacio iluminado por su mirada, que difunde gracia y paz.<\/p>\n<p> Los pastores de Bel&eacute;n, que aparecen de nuevo en el Evangelio de hoy, tuvieron esta misma experiencia. La experiencia de estar en la presencia de Dios, de su bendici&oacute;n, no en la sala de un palacio majestuoso, ante un gran soberano, sino en un establo, delante de un &laquo;ni&ntilde;o acostado en el pesebre&raquo; (<i>Lc<\/i> 2,16). De ese ni&ntilde;o proviene una luz nueva, que resplandece en la oscuridad de la noche, como podemos ver en tantas pinturas que representan el Nacimiento de Cristo. La bendici&oacute;n, en efecto, viene de &eacute;l: de su nombre, Jes&uacute;s, que significa &laquo;Dios salva&raquo;, y de su rostro humano, en el que Dios, el Omnipotente Se&ntilde;or del cielo y de la tierra, ha querido encarnarse, esconder su gloria bajo el velo de nuestra carne, para revelarnos plenamente su bondad (cf. <i>Tt<\/i> 3,4).<\/p>\n<p> Mar&iacute;a, la virgen, esposa de Jos&eacute;, que Dios ha elegido desde el primer instante de su existencia para ser la madre de su Hijo hecho hombre, ha sido la primera en ser colmada de esta bendici&oacute;n. Ella, seg&uacute;n el saludo de santa Isabel, es &laquo;bendita entre las mujeres&raquo; (<i>Lc<\/i> 1,42). Toda su vida est&aacute; iluminada por el Se&ntilde;or, bajo el radio de acci&oacute;n del nombre y el rostro de Dios encarnado en Jes&uacute;s, el &laquo;fruto bendito de su vientre&raquo;. As&iacute; nos la presenta el Evangelio de Lucas: completamente dedicada a conservar y meditar en su coraz&oacute;n todo lo que se refiere a su hijo Jes&uacute;s (cf. <i>Lc<\/i> 2,19.51). El misterio de su maternidad divina, que celebramos hoy, contiene de manera sobreabundante aquel don de gracia que toda maternidad humana lleva consigo, de modo que la fecundidad del vientre se ha asociado siempre a la bendici&oacute;n de Dios. La Madre de Dios es la primera bendecida y quien porta la bendici&oacute;n; es la mujer que ha acogido a Jes&uacute;s y lo ha dado a luz para toda la familia humana. Como reza la Liturgia: &laquo;Y, sin perder la gloria de su virginidad, derram&oacute; sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo, Se&ntilde;or nuestro&raquo; (<i>Prefacio I <\/i>de Santa Mar&iacute;a Virgen).<\/p>\n<p> Mar&iacute;a es madre y modelo de la Iglesia, que acoge en la fe la Palabra divina y se ofrece a Dios como &laquo;tierra fecunda&raquo; en la que &eacute;l puede seguir cumpliendo su misterio de salvaci&oacute;n. Tambi&eacute;n la Iglesia participa en el misterio de la maternidad divina mediante la predicaci&oacute;n, que siembra por el mundo la semilla del Evangelio, y mediante los sacramentos, que comunican a los hombres la gracia y la vida divina. La Iglesia vive de modo particular esta maternidad en el sacramento del Bautismo, cuando engendra hijos de Dios por el agua y el Esp&iacute;ritu Santo, el cual exclama en cada uno de ellos: &laquo;Abb&agrave;, Padre&raquo; (<i>Ga<\/i> 4,6). La Iglesia, al igual que Mar&iacute;a, es mediadora de la bendici&oacute;n de Dios para el mundo: la recibe acogiendo a Jes&uacute;s y la transmite llevando a Jes&uacute;s. &Eacute;l es la misericordia y la paz que el mundo por s&iacute; mismo no se puede dar y que necesita tanto o m&aacute;s que el pan.<\/p>\n<p> Queridos amigos, la paz, en su sentido m&aacute;s pleno y alto, es la suma y la s&iacute;ntesis de todas las bendiciones. Por eso, cuando dos personas amigas se encuentran se saludan dese&aacute;ndose mutuamente la paz. Tambi&eacute;n la Iglesia, en el primer d&iacute;a del a&ntilde;o, invoca de modo especial este bien supremo, y, al igual que la Virgen Mar&iacute;a, lo hace mostrando a todos a Jes&uacute;s, ya que, como afirma el ap&oacute;stol Pablo, &laquo;&eacute;l es nuestra paz&raquo; (<i>Ef<\/i> 2,14), y al mismo tiempo es el &laquo;camino&raquo; por el que los hombres y los pueblos pueden alcanzar esta meta, a la que todos aspiramos. As&iacute; pues, con este deseo profundo en el coraz&oacute;n, me alegra acogeros y saludaros a todos los que hab&eacute;is venido a esta Bas&iacute;lica de San Pedro en esta XLV Jornada Mundial de la Paz: a los Se&ntilde;ores Cardenales; los Embajadores de tantos pa&iacute;ses amigos que, m&aacute;s que nunca en esta ocasi&oacute;n comparten conmigo y con la Santa Sede la voluntad de renovar el compromiso por la promoci&oacute;n de la paz en el mundo; al Presidente del Consejo Pontificio &laquo;Justicia y Paz&raquo; que, junto con el Secretario y los colaboradores, trabajan de modo especial para esta finalidad; los dem&aacute;s Obispos y Autoridades presentes; a los representantes de las Asociaciones y Movimientos eclesiales y a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, de modo particular los que trabaj&aacute;is en el campo de la educaci&oacute;n de los j&oacute;venes. En efecto, como bien sab&eacute;is, mi Mensaje de este a&ntilde;o sigue una perspectiva educativa.<\/p>\n<p> &laquo;Educar a los j&oacute;venes en la justicia y la paz&raquo; es la tarea que ata&ntilde;e a cada generaci&oacute;n y, gracias a Dios, la familia humana, despu&eacute;s de las tragedias de las dos grandes guerras mundiales, ha mostrado tener cada vez m&aacute;s conciencia de ello, como lo demuestra, por una parte las declaraciones e iniciativas internaciones y, por otra, la consolidaci&oacute;n entre los mismos j&oacute;venes, en los &uacute;ltimos decenios, de muchas y diferentes formas de compromiso social en este campo. Educar en la paz forma parte de la misi&oacute;n que la Comunidad eclesial ha recibido de Cristo, forma parte integrante de la evangelizaci&oacute;n, porque el Evangelio de Cristo es tambi&eacute;n el Evangelio de la justicia y la paz. Pero la Iglesia en los &uacute;ltimos tiempos se ha hecho portavoz de una exigencia que implica a las conciencias m&aacute;s sensibles y responsables por la suerte de la humanidad: la exigencia de responder a un desaf&iacute;o tan decisivo como es el de la educaci&oacute;n. &iquest;Por qu&eacute; &laquo;desaf&iacute;o&raquo;? Al menos por dos motivos: en primer lugar, porque en la era actual, caracterizada fuertemente por la mentalidad tecnol&oacute;gica, querer no solo instruir sino educar es algo que no se puede dar por descontado sino que supone una elecci&oacute;n; en segundo lugar, porque la cultura relativista plantea una cuesti&oacute;n radical: &iquest;Tiene sentido todav&iacute;a educar? Y, al fin y al cabo, &iquest;para qu&eacute; educar?<\/p>\n<p> L&oacute;gicamente no podemos abordar ahora estas preguntas de fondo, a las que ya he tratado de responder en otras ocasiones. En cambio, quisiera subrayar que, frente a las sombras que hoy oscurecen el horizonte del mundo, asumir la responsabilidad de educar a los j&oacute;venes en el conocimiento de la verdad, en los valores y en las virtudes fundamentales, significa mirar al futuro con esperanza. La formaci&oacute;n en la justicia y la paz tiene que ver tambi&eacute;n con este compromiso por una educaci&oacute;n integral. Hoy, los j&oacute;venes crecen en un mundo que se ha hecho, por decirlo as&iacute;, m&aacute;s peque&ntilde;o, y en donde los contactos entre las diferentes culturas y tradiciones son constantes, aunque no sean siempre inmediatos. Para ellos es hoy m&aacute;s que nunca indispensable aprender el valor y el m&eacute;todo de la convivencia pac&iacute;fica, del respeto rec&iacute;proco, del di&aacute;logo y la comprensi&oacute;n. Por naturaleza, los j&oacute;venes est&aacute;n abiertos a estas actitudes, pero precisamente la realidad social en la que crecen los puede llevar a pensar y actuar de manera contraria, incluso intolerante y violenta. Solo una s&oacute;lida educaci&oacute;n de sus conciencias los puede proteger de estos riesgos y hacerlos capaces de luchar contando siempre y solo con la fuerza de la verdad y el bien. Esta educaci&oacute;n parte de la familia y se desarrolla en la escuela y en las dem&aacute;s experiencias formativas. Se trata esencialmente de ayudar a los ni&ntilde;os, los muchachos, los adolescentes, a desarrollar una personalidad que combine un profundo sentido de justicia con el respeto del otro, con la capacidad de afrontar los conflictos sin prepotencia, con la fuerza interior de dar testimonio del bien tambi&eacute;n cuando comporta un sacrificio, con el perd&oacute;n y la reconciliaci&oacute;n. As&iacute; podr&aacute;n llegar a ser hombres y mujeres verdaderamente pac&iacute;ficos y constructores de paz.<\/p>\n<p> En esta labor educativa de las nuevas generaciones, una responsabilidad particular corresponde tambi&eacute;n a las comunidades religiosas. Todo itinerario de formaci&oacute;n religiosa aut&eacute;ntica acompa&ntilde;a a la persona, desde su m&aacute;s tierna edad, a conocer a Dios, a amarlo y hacer su voluntad. Dios es amor, es justo y pac&iacute;fico, y quien quiera honrarlo debe comportarse sobre todo como un hijo que sigue el ejemplo del padre. Un salmo afirma: &laquo;El Se&ntilde;or hace justicia y defiende a todos los oprimidos \u2026 El Se&ntilde;or es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia&raquo; (<i>Sal<\/i> 103,6.8). Como Jes&uacute;s nos ha demostrado con el testimonio de su vida, justicia y misericordia conviven en Dios perfectamente. En Jes&uacute;s &laquo;la misericordia y la fidelidad&raquo; se encuentran, &laquo;la justicia y la paz&raquo; se besan (cf. <i>Sal<\/i> 85,11). En estos d&iacute;as la Iglesia celebra el gran misterio de la encarnaci&oacute;n: la verdad de Dios ha brotado de la tierra y la justicia mira desde el cielo, la tierra ha dado su fruto (cf. <i>Sal<\/i> 85,12.13). Dios nos ha hablado en su Hijo Jes&uacute;s. Escuchemos lo que nos dice Dios: &Eacute;l &laquo;anuncia la paz&raquo; (<i>Sal<\/i> 85,9). Jes&uacute;s es un camino transitable, abierto a todos. La Virgen Mar&iacute;a hoy nos lo indica, nos muestra el camino: &iexcl;Sig&aacute;mosla! Y t&uacute;, Madre Santa de Dios, acomp&aacute;&ntilde;anos con tu protecci&oacute;n. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\">\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2012 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp; <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE SANTA MAR&Iacute;A, MADRE DE DIOS XLV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana Domingo 1 de enero de 2012 [V&iacute;deo] Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica &nbsp; Queridos hermanos y hermanas En el primer d&iacute;a del a&ntilde;o, la liturgia hace resonar en toda la Iglesia extendida por &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-enero-de-2012-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab1 de enero de 2012: Solemnidad de Santa Mar\u00eda, Madre de Dios\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-41068","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41068","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=41068"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41068\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=41068"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=41068"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=41068"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}