{"id":41074,"date":"2016-10-06T15:20:49","date_gmt":"2016-10-06T20:20:49","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-enero-de-2013-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios\/"},"modified":"2016-10-06T15:20:49","modified_gmt":"2016-10-06T20:20:49","slug":"1-de-enero-de-2013-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/1-de-enero-de-2013-solemnidad-de-santa-maria-madre-de-dios\/","title":{"rendered":"1 de enero de 2013: Solemnidad de Santa Mar\u00eda, Madre de Dios"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2013\/20130101.pdf\">SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE SANTA MAR&Iacute;A, MADRE DE DIOS<br \/> XLVI JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ<\/a> <\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><i><b><font size=\"4\" color=\"#663300\">HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI <\/font><\/b><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"><i><font color=\"#663300\">Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> Martes 1 de enero de 2013<\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"center\"> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\"><b> [<\/b><\/font><font face=\"Times New Roman\"><b><a href=\"http:\/\/player.rv.va\/vaticanplayer.asp?language=it&amp;tic=VA_B2RW18ID\" target=\"_blank\">V&iacute;deo<\/a><\/b><\/font><font face=\"Times New Roman\" size=\"3\" color=\"#663300\"><strong>]<br \/> <\/strong><\/font> <i> <font face=\"Times New Roman\" size=\"3\"><b> <strong><font face=\"Times New Roman\"> <em> <a href=\"http:\/\/www.photogallery.va\/content\/photogallery\/es\/1gennaio2013.html\">Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica<\/a><\/em><\/font><\/strong><\/b><\/font><\/i><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p><em>Queridos hermanos y hermanas<\/em><\/p>\n<p><em>&laquo;Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros&raquo;<\/em>. As&iacute;, con estas palabras del Salmo 66, hemos aclamado, despu&eacute;s de haber escuchado en la primera lectura la antigua bendici&oacute;n sacerdotal sobre el pueblo de la alianza. Es particularmente significativo que al comienzo de cada a&ntilde;o Dios proyecte sobre nosotros, su pueblo, la luminosidad de su santo Nombre, el Nombre que viene pronunciado tres veces en la solemne f&oacute;rmula de la bendici&oacute;n b&iacute;blica. Resulta tambi&eacute;n muy significativo que al Verbo de Dios, que &laquo;se hizo carne y habit&oacute; entre nosotros&raquo; como la &laquo;luz verdadera, que alumbra a todo hombre&raquo; (<em>Jn<\/em> 1,9.14), se le d&eacute;, ocho d&iacute;as despu&eacute;s de su nacimiento \u2013 como nos narra el evangelio de hoy \u2013 el nombre de Jes&uacute;s (cf. <em>Lc<\/em> 2,21).<\/p>\n<p>Estamos aqu&iacute; reunidos en este nombre. Saludo de coraz&oacute;n a todos los presentes, en primer lugar a los ilustres Embajadores del Cuerpo Diplom&aacute;tico acreditado ante la Santa Sede. Saludo con afecto al Cardenal Bertone, mi Secretario de Estado, y al Cardenal Turkson, junto a todos los miembros del Pontificio Consejo Justicia y Paz; a ellos les agradezco particularmente su esfuerzo por difundir el <a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/messages\/peace\/documents\/hf_ben-xvi_mes_20121208_xlvi-world-day-peace.html\">Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz<\/a>, que este a&ntilde;o tiene como tema &laquo;Bienaventurados los que trabajan por la paz&raquo;.<\/p>\n<p>A pesar de que el mundo est&aacute; todav&iacute;a lamentablemente marcado por &laquo;focos de tensi&oacute;n y contraposici&oacute;n provocados por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad ego&iacute;sta e individualista, que se expresa tambi&eacute;n en un capitalismo financiero no regulado&raquo;, as&iacute; como por distintas formas de terrorismo y criminalidad, estoy persuadido de que &laquo;las numerosas iniciativas de paz que enriquecen el mundo atestiguan la vocaci&oacute;n innata de la humanidad hacia la paz. El deseo de paz es una aspiraci&oacute;n esencial de cada hombre, y coincide en cierto modo con el deseo de una vida humana plena, feliz y lograda\u2026 El hombre est&aacute; hecho para la paz, que es un don de Dios. Todo esto me ha llevado a inspirarme para este mensaje en las palabras de Jesucristo: \u201cBienaventurados los que trabajan por la paz, porque ser&aacute;n llamados hijos de Dios\u201d (<em>Mt<\/em> 5,9)&raquo; (<em><a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/messages\/peace\/documents\/hf_ben-xvi_mes_20121208_xlvi-world-day-peace.html\">Mensaje<\/a><\/em>, 1). Esta bienaventuranza &laquo;dice que la paz es al mismo tiempo un don mesi&aacute;nico y una obra humana \u2026Se trata de paz con Dios viviendo seg&uacute;n su voluntad. Paz interior con uno mismo, y paz exterior con el pr&oacute;jimo y con toda la creaci&oacute;n&raquo; (<em><a href=\"\/content\/benedict-xvi\/es\/messages\/peace\/documents\/hf_ben-xvi_mes_20121208_xlvi-world-day-peace.html\">ib&iacute;d<\/a>.<\/em>, 2 y 3). S&iacute;, la paz es el bien por excelencia que hay que pedir como don de Dios y, al mismo tiempo, construir con todas las fuerzas.<\/p>\n<p>Podemos preguntarnos: &iquest;Cu&aacute;l es el fundamento, el origen, la ra&iacute;z de esta paz? &iquest;C&oacute;mo podemos sentir la paz en nosotros, a pesar de los problemas, las oscuridades, las angustias? La respuesta la tenemos en las lecturas de la liturgia de hoy. Los textos b&iacute;blicos, sobre todo el evangelio de san Lucas que se ha proclamado hace poco, nos proponen contemplar la paz interior de Mar&iacute;a, la Madre de Jes&uacute;s. A ella, durante los d&iacute;as en los que &laquo;dio a luz a su hijo primog&eacute;nito&raquo; (<em>Lc<\/em> 2,7), le sucedieron muchos acontecimientos imprevistos: no solo el nacimiento del Hijo, sino que antes un extenuante viaje desde Nazaret a Bel&eacute;n, el no encontrar sitio en la posada, la b&uacute;squeda de un refugio para la noche; y despu&eacute;s el canto de los &aacute;ngeles, la visita inesperada de los pastores. En todo esto, sin embargo, Mar&iacute;a no pierde la calma, no se inquieta, no se siente aturdida por los sucesos que la superan; simplemente considera en silencio cuanto sucede, lo custodia en su memoria y en su coraz&oacute;n, reflexionando sobre eso con calma y serenidad. Es esta la paz interior que nos gustar&iacute;a tener en medio de los acontecimientos a veces turbulentos y confusos de la historia, acontecimientos cuyo sentido no captamos con frecuencia y nos desconciertan.<\/p>\n<p>El texto evang&eacute;lico termina con una menci&oacute;n a la circuncisi&oacute;n de Jes&uacute;s. Seg&uacute;n la ley de Mois&eacute;s, un ni&ntilde;o ten&iacute;a que ser circuncidado ocho d&iacute;as despu&eacute;s de su nacimiento, y en ese momento se le impon&iacute;a el nombre. Dios mismo, mediante su mensajero, hab&iacute;a dicho a Mar&iacute;a \u2013y tambi&eacute;n a Jos&eacute;\u2013 que el nombre del Ni&ntilde;o era &laquo;Jes&uacute;s&raquo; (cf. <em>Mt<\/em> 1,21; <em>Lc<\/em> 1,31); y as&iacute; sucedi&oacute;. El nombre que Dios hab&iacute;a ya establecido a&uacute;n antes de que el Ni&ntilde;o fuera concebido se le impone oficialmente en el momento de la circuncisi&oacute;n. Y esto marca tambi&eacute;n definitivamente la identidad de Mar&iacute;a: ella es &laquo;la madre de Jes&uacute;s&raquo;, es decir la madre del Salvador, del Cristo, del Se&ntilde;or. Jes&uacute;s no es un hombre como cualquier otro, sino el Verbo de Dios, una de las Personas divinas, el Hijo de Dios: por eso la Iglesia ha dado a Mar&iacute;a el t&iacute;tulo de Theotokos, es decir &laquo;Madre de Dios&raquo;.<\/p>\n<p>La primera lectura nos recuerda que la paz es un don de Dios y que est&aacute; unida al esplendor del rostro de Dios, seg&uacute;n el texto del <i>Libro de los N&uacute;meros<\/i>, que transmite la bendici&oacute;n utilizada por los sacerdotes del pueblo de Israel en las asambleas lit&uacute;rgicas. Una bendici&oacute;n que repite tres veces el santo nombre de Dios, el nombre impronunciable, y uni&eacute;ndolo cada vez a dos verbos que indican una acci&oacute;n favorable al hombre: &laquo;El Se&ntilde;or te bendiga y te proteja, ilumine el Se&ntilde;or su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Se&ntilde;or te muestre su rostro y te conceda la paz&raquo; (6,24-26). La paz es por tanto la culminaci&oacute;n de estas seis acciones de Dios en favor nuestro, en las que vuelve el esplendor de su rostro sobre nosotros.<\/p>\n<p>Para la sagrada Escritura, contemplar el rostro de Dios es la m&aacute;xima felicidad: &laquo;lo colmas de gozo delante de tu rostro&raquo;, dice el salmista (<em>Sal<\/em> 21,7). Alegr&iacute;a, seguridad y paz, nacen de la contemplaci&oacute;n del rostro de Dios. Pero, &iquest;qu&eacute; significa concretamente contemplar el rostro del Se&ntilde;or, tal y como lo entiende el Nuevo Testamento? Quiere decir conocerlo directamente, en la medida en que es posible en esta vida, mediante Jesucristo, en el que se ha revelado. Gozar del esplendor del rostro de Dios quiere decir penetrar en el misterio de su Nombre que Jes&uacute;s nos ha manifestado, comprender algo de su vida &iacute;ntima y de su voluntad, para que vivamos de acuerdo con su designio de amor sobre la humanidad. Lo expresa el ap&oacute;stol Pablo en la segunda lectura, tomada de la <i>Carta a los <\/i> <em>G&aacute;latas<\/em> (4,4-7), al hablar del Esp&iacute;ritu que grita en lo m&aacute;s profundo de nuestros corazones: &laquo;&iexcl;Abba Padre!&raquo;. Es el grito que brota de la contemplaci&oacute;n del rostro verdadero de Dios, de la revelaci&oacute;n del misterio de su Nombre. Jes&uacute;s afirma: &laquo;He manifestado tu nombre a los hombres&raquo; (<em>Jn<\/em> 17,6). El Hijo de Dios que se hizo carne nos ha dado a conocer al Padre, nos ha hecho percibir en su rostro humano visible el rostro invisible del Padre; a trav&eacute;s del don del Esp&iacute;ritu Santo derramado en nuestros corazones, nos ha hecho conocer que en &eacute;l tambi&eacute;n nosotros somos hijos de Dios, como afirma san Pablo en el texto que hemos escuchado: &laquo;Como sois hijos, Dios envi&oacute; a nuestros corazones el Esp&iacute;ritu de su Hijo, que clama: \u201c&iexcl;Abba Padre!\u201d&raquo; (<em>Ga<\/em> 4,6).<\/p>\n<p>Queridos hermanos, aqu&iacute; est&aacute; el fundamento de nuestra paz: la certeza de contemplar en Jesucristo el esplendor del rostro de Dios Padre, de ser hijos en el Hijo, y de tener as&iacute;, en el camino de nuestra vida, la misma seguridad que el ni&ntilde;o experimenta en los brazos de un padre bueno y omnipotente. El esplendor del rostro del Se&ntilde;or sobre nosotros, que nos da paz, es la manifestaci&oacute;n de su paternidad; el Se&ntilde;or vuelve su rostro sobre nosotros, se manifiesta como Padre y nos da paz. Aqu&iacute; est&aacute; el principio de esa paz profunda \u2013&laquo;paz con Dios&raquo;\u2013 que est&aacute; unida indisolublemente a la fe y a la gracia, como escribe san Pablo a los cristianos de Roma (cf. <em>Rm<\/em> 5,2). No hay nada que pueda quitar a los creyentes esta paz, ni siquiera las dificultades y sufrimientos de la vida. En efecto, los sufrimientos, las pruebas y las oscuridades no debilitan sino que fortalecen nuestra esperanza, una esperanza que no defrauda porque &laquo;el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Esp&iacute;ritu Santo que se nos ha dado&raquo; (<em>Rm<\/em> 5,5).<\/p>\n<p>Que la Virgen Mar&iacute;a, a la que hoy veneramos con el t&iacute;tulo de Madre de Dios, nos ayude a contemplar el rostro de Jes&uacute;s, Pr&iacute;ncipe de la Paz. Que nos sostenga y acompa&ntilde;e en este a&ntilde;o nuevo; que obtenga para nosotros y el mundo entero el don de la paz. Am&eacute;n.<\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp;<\/p>\n<p align=\"center\"> <font color=\"#663300\" size=\"3\">&copy; Copyright 2013 &#8211; Libreria Editrice Vaticana<\/font><\/p>\n<p align=\"left\"> &nbsp; <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE SANTA MAR&Iacute;A, MADRE DE DIOS XLVI JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Bas&iacute;lica Vaticana Martes 1 de enero de 2013 [V&iacute;deo] Galer&iacute;a fotogr&aacute;fica &nbsp; Queridos hermanos y hermanas &laquo;Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros&raquo;. 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