{"id":41093,"date":"2016-10-06T15:25:58","date_gmt":"2016-10-06T20:25:58","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/31-de-julio-de-2013-santa-misa-en-la-iglesia-del-gesu-en-roma-con-ocasion-de-la-fiesta-de-san-ignacio-de-loyola\/"},"modified":"2016-10-06T15:25:58","modified_gmt":"2016-10-06T20:25:58","slug":"31-de-julio-de-2013-santa-misa-en-la-iglesia-del-gesu-en-roma-con-ocasion-de-la-fiesta-de-san-ignacio-de-loyola","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/31-de-julio-de-2013-santa-misa-en-la-iglesia-del-gesu-en-roma-con-ocasion-de-la-fiesta-de-san-ignacio-de-loyola\/","title":{"rendered":"31 de julio de 2013: Santa Misa en la iglesia del \u00abGes\u00f9\u00bb, en Roma, con ocasi\u00f3n de la Fiesta de san Ignacio de Loyola"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <font size=\"4\" color=\"#663300\"> <b><i>HO<\/i><\/b><\/font><font color=\"#663300\"><i><b><font size=\"4\">MIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE FRANCISCO<br \/> CON OCASI&Oacute;N DE LA FIESTA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA<br \/> <\/font><\/b><font size=\"3\"> <br \/> <\/font>Iglesia del Sant&iacute;simo Nombre de Jes&uacute;s, Roma<br \/> Mi&eacute;rcoles 31 de julio de 2013<\/i><\/font><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>En esta Eucarist&iacute;a en la que celebramos a nuestro padre Ignacio de Loyola, a la luz de las lecturas que hemos escuchado, desear&iacute;a proponer tres sencillos pensamientos guiados por tres expresiones: poner en el centro a Cristo y a la Iglesia; dejarse conquistar por &Eacute;l para servir; sentir la verg&uuml;enza de nuestras limitaciones y pecados para ser humildes ante &Eacute;l y ante nuestros hermanos. <\/p>\n<p>1. El escudo de nosotros, jesuitas, es un monograma, el acr&oacute;nimo de &laquo;<i>Iesus Hominum Salvator<\/i>&raquo; (IHS). Cada uno de vosotros podr&aacute; decirme: &iexcl;lo sabemos muy bien! Pero este escudo nos recuerda continuamente una realidad que jam&aacute;s debemos olvidar: la centralidad de Cristo para cada uno de nosotros y para toda la Compa&ntilde;&iacute;a, a la que san Ignacio quiso precisamente llamar &laquo;de Jes&uacute;s&raquo; para indicar el punto de referencia. Por lo dem&aacute;s, tambi&eacute;n al comienzo de los Ejercicios Espirituales nos sit&uacute;a ante nuestro Se&ntilde;or Jesucristo, nuestro Creador y Salvador (cf. EE, 5). Y esto nos lleva a nosotros, jesuitas, y a toda la Compa&ntilde;&iacute;a a estar &laquo;descentrados&raquo;, a tener delante al &laquo;Cristo siempre mayor&raquo;, el &laquo;<i>Deus semper maior<\/i>&raquo;, el &laquo;<i>intimior intimo meo<\/i>&raquo;, que nos lleva continuamente fuera de nosotros mismos, nos lleva a una cierta <i>kenosis<\/i>, a salir del &laquo;propio amor, querer e inter&eacute;s&raquo; (ee, 189). No est&aacute; descontada la pregunta para nosotros, para todos nosotros: &iquest;es Cristo el centro de mi vida? &iquest;Pongo verdaderamente a Cristo en el centro de mi vida? Porque existe siempre la tentaci&oacute;n de pensar que estamos nosotros en el centro. Y cuando un jesuita se pone &eacute;l mismo en el centro, y no a Cristo, se equivoca. En la primera lectura Mois&eacute;s repite con insistencia al pueblo que ame al Se&ntilde;or, que camine por sus sendas, &laquo;pues &Eacute;l es tu vida&raquo; (cf. <i>Dt <\/i>30, 16.20). &iexcl;Cristo es nuestra vida! A la centralidad de Cristo le corresponde tambi&eacute;n la centralidad de la Iglesia: son dos fuegos que no se pueden separar: yo no puedo seguir a Cristo m&aacute;s que <i> en<\/i> la Iglesia y <i>con<\/i> la Iglesia. Y tambi&eacute;n en este caso nosotros, jesuitas, y toda la Compa&ntilde;&iacute;a no estamos en el centro; estamos, por as&iacute; decirlo, &laquo;desplazados&raquo;, estamos al servicio de Cristo y de la Iglesia, la Esposa de Cristo nuestro Se&ntilde;or, que es nuestra Santa Madre Iglesia Jer&aacute;rquica (cf. EE, 353). Ser hombres enraizados y fundados en la Iglesia: as&iacute; nos quiere Jes&uacute;s. No puede haber caminos paralelos o aislados. S&iacute;, caminos de investigaci&oacute;n, caminos creativos, s&iacute;; esto es importante: ir hacia las periferias, las muchas periferias. Para esto se requiere creatividad, pero siempre en comunidad, en la Iglesia, con esta pertenencia que nos da el valor para ir adelante. Servir a Cristo es amar a esta Iglesia concreta, y servirla con generosidad y esp&iacute;ritu de obediencia. <\/p>\n<p>2. &iquest;Cu&aacute;l es el camino para vivir esta doble centralidad? Contemplemos la experiencia de san Pablo, que es tambi&eacute;n la experiencia de san Ignacio. El Ap&oacute;stol, en la segunda lectura que hemos escuchado, escribe: me esfuerzo por correr hacia la perfecci&oacute;n de Cristo porque tambi&eacute;n &laquo;yo he sido alcanzado por Cristo&raquo; (<i>Flp <\/i>3, 12). Para Pablo sucedi&oacute; en el camino de Damasco; para Ignacio en su casa de Loyola; pero el punto fundamental es com&uacute;n: dejarse conquistar por Cristo. Yo busco a Jes&uacute;s, yo sirvo a Jes&uacute;s porque &Eacute;l me ha buscado antes, porque he sido conquistado por &Eacute;l: y &eacute;ste es el n&uacute;cleo de nuestra experiencia. Pero &Eacute;l es el primero, siempre. En espa&ntilde;ol existe una palabra que es muy gr&aacute;fica, que lo explica bien: &Eacute;l nos &laquo;primerea&raquo;. Es el primero siempre. Cuando nosotros llegamos, &Eacute;l ha llegado y nos espera. Y aqu&iacute; querr&iacute;a recordar la meditaci&oacute;n sobre el Reino, en la segunda semana. Cristo nuestro Se&ntilde;or, Rey eterno, llama a cada uno de nosotros dici&eacute;ndonos: &laquo;quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo, porque sigui&eacute;ndome en la pena, tambi&eacute;n me siga en la gloria&raquo; (EE, 95): ser conquistado por Cristo para ofrecer a este Rey toda nuestra persona y toda nuestra fatiga (cf. EE, 96); decir al Se&ntilde;or querer hacer todo para su mayor servicio y alabanza, imitarle en soportar tambi&eacute;n injurias, desprecio, pobreza (cf. EE, 98). Pero pienso en nuestro hermano en Siria en este momento. Dejarse conquistar por Cristo significa tender siempre hacia aquello que tenemos de frente, hacia la meta de Cristo (cf. <i>Flp <\/i>3, 14) y preguntarse con verdad y sinceridad: &iquest;Qu&eacute; he hecho por Cristo? &iquest;Qu&eacute; hago por Cristo? &iquest;Qu&eacute; debo hacer por Cristo? (cf. EE, 53).<\/p>\n<p>3. Y llego al &uacute;ltimo punto. En el Evangelio Jes&uacute;s nos dice: &laquo;Quien quiera salvar su vida la perder&aacute;, pero el que pierda su vida por mi causa la salvar&aacute;&#8230; Si uno se averg&uuml;enza de m&iacute;&#8230;&raquo; (<i>Lc <\/i>9, 23-26). Y as&iacute; sucesivamente. La verg&uuml;enza del jesuita. La invitaci&oacute;n que hace Jes&uacute;s es la de no avergonzarse nunca de &Eacute;l, sino seguirle siempre con entrega total, fi&aacute;ndose y confi&aacute;ndose a &Eacute;l. Pero contemplando a Jes&uacute;s, como nos ense&ntilde;a san Ignacio en la Primera Semana, sobre todo contemplando al Cristo crucificado, sentimos ese sentimiento tan humano y tan noble que es la verg&uuml;enza de no estar a la altura; contemplamos la sabidur&iacute;a de Cristo y nuestra ignorancia, su omnipotencia y nuestra debilidad, su justicia y nuestra iniquidad, su bondad y nuestra maldad (cf. EE, 59). Pedir la gracia de la verg&uuml;enza; verg&uuml;enza que me llega del continuo coloquio de misericordia con &Eacute;l; verg&uuml;enza que nos hace sonrojar ante Jesucristo; verg&uuml;enza que nos pone en sinton&iacute;a con el coraz&oacute;n de Cristo que se hizo pecado por m&iacute;; verg&uuml;enza que pone en armon&iacute;a nuestro coraz&oacute;n en las l&aacute;grimas y nos acompa&ntilde;a en el seguimiento cotidiano de &laquo;mi Se&ntilde;or&raquo;. Y esto nos lleva siempre, individualmente y como Compa&ntilde;&iacute;a, a la humildad, a vivir esta gran virtud. Humildad que nos hace conscientes cada d&iacute;a de que no somos nosotros quienes construimos el Reino de Dios, sino que es siempre la gracia del Se&ntilde;or que act&uacute;a en nosotros; humildad que nos impulsa a ponernos por entero no a nuestro servicio o al de nuestras ideas, sino al servicio de Cristo y de la Iglesia, como vasijas de barro, fr&aacute;giles, inadecuados, insuficientes, pero en los cuales hay un tesoro inmenso que llevamos y comunicamos (<i>2 Co<\/i> 4, 7). Siempre me ha gustado pensar en el ocaso del jesuita, cuando un jesuita acaba su vida, cuando declina. Y recuerdo siempre dos im&aacute;genes de este ocaso del jesuita: una cl&aacute;sica, la de san Francisco Javier, mirando China. El arte ha pintado muchas veces este ocaso, este final de Javier. Tambi&eacute;n la literatura, en ese bello fragmento de Pem&aacute;n. Al final, sin nada, pero ante el Se&ntilde;or; esto me hace bien: pensar en esto. El otro ocaso, la otra imagen que me viene como ejemplo, es la del padre Arrupe en el &uacute;ltimo coloquio en el campo de refugiados, cuando nos hab&iacute;a dicho \u2014lo que &eacute;l mismo dec&iacute;a\u2014 &laquo;esto lo digo como si fuera mi canto del cisne: orad&raquo;. La oraci&oacute;n, la uni&oacute;n con Jes&uacute;s. Y, despu&eacute;s de haber dicho esto, tom&oacute; el avi&oacute;n, lleg&oacute; a Roma con el <i>ictus<\/i>, que dio inicio a aquel ocaso tan largo y tan ejemplar. Dos ocasos, dos im&aacute;genes que a todos nosotros har&aacute; bien contemplar, y volver a estas dos. Y pedir la gracia de que nuestro ocaso sea como el de ellos. <\/p>\n<p>Queridos hermanos, dirij&aacute;monos a Nuestra Se&ntilde;ora; que Ella, que llev&oacute; a Cristo en su vientre y acompa&ntilde;&oacute; los primeros pasos de la Iglesia, nos ayude a poner siempre en el centro de nuestra vida y de nuestro ministerio a Cristo y a su Iglesia; que Ella, que fue la primera y m&aacute;s perfecta disc&iacute;pula de su Hijo, nos ayude a dejarnos conquistar por Cristo para seguirle y servirle en cada situaci&oacute;n; que Ella, que respondi&oacute; con la humildad m&aacute;s profunda al anuncio del &Aacute;ngel: &laquo;He aqu&iacute; la esclava del Se&ntilde;or, h&aacute;gase en m&iacute; seg&uacute;n tu palabra&raquo; (<i>Lc <\/i>1, 38), nos haga experimentar la verg&uuml;enza por nuestra indigencia frente al tesoro que nos ha sido confiado, para vivir la humildad ante Dios. Que acompa&ntilde;e nuestro camino la paterna intercesi&oacute;n de san Ignacio y de todos los santos jesuitas, que contin&uacute;an ense&ntilde;&aacute;ndonos a hacer todo, con humildad, <i> ad maiorem Dei gloriam<\/i>.<\/p>\n<p> &nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE FRANCISCO CON OCASI&Oacute;N DE LA FIESTA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA Iglesia del Sant&iacute;simo Nombre de Jes&uacute;s, Roma Mi&eacute;rcoles 31 de julio de 2013 &nbsp; En esta Eucarist&iacute;a en la que celebramos a nuestro padre Ignacio de Loyola, a la luz de las lecturas que hemos escuchado, desear&iacute;a proponer tres sencillos &hellip; <a href=\"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/31-de-julio-de-2013-santa-misa-en-la-iglesia-del-gesu-en-roma-con-ocasion-de-la-fiesta-de-san-ignacio-de-loyola\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> \u00ab31 de julio de 2013: Santa Misa en la iglesia del \u00abGes\u00f9\u00bb, en Roma, con ocasi\u00f3n de la Fiesta de san Ignacio de Loyola\u00bb<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-41093","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-general"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41093","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=41093"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/41093\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=41093"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=41093"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=41093"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}