{"id":41237,"date":"2016-10-06T15:32:11","date_gmt":"2016-10-06T20:32:11","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/celebracion-penitencial-13-de-marzo-de-2015-video\/"},"modified":"2016-10-06T15:32:11","modified_gmt":"2016-10-06T20:32:11","slug":"celebracion-penitencial-13-de-marzo-de-2015-video","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/celebracion-penitencial-13-de-marzo-de-2015-video\/","title":{"rendered":"Celebraci\u00f3n penitencial (13 de marzo de 2015) (V\u00eddeo)"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2015\/20150313-libretto-liturgia-penitenziale.pdf\"><font color=\"#663300\">CELEBRACI&Oacute;N DE LA PENITENCIA<br \/> RITO PARA RECONCILIAR A VARIOS PENITENTES<br \/> CON CONFESI&Oacute;N Y ABSOLUCI&Oacute;N INDIVIDUAL<\/font><\/a><\/p>\n<p align=\"center\"><font size=\"4\" color=\"#663300\"><b><i>HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE FRANCISCO<\/i><\/b><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i>Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> Viernes 13 de marzo de 2015<\/i><\/font><\/p>\n<p><font color=\"#663300\"><\/p>\n<p align=\"center\" dir=\"ltr\"><b> [<a href=\"http:\/\/w2.vatican.va\/content\/francesco\/es\/events\/event.dir.html\/content\/vaticanevents\/es\/2015\/3\/13\/penitenza.html\">Multimedia<\/a>]<\/b><\/p>\n<hr color=\"#C0C0C0\" width=\"30%\" size=\"1\" dir=\"ltr\" \/> <\/font> &nbsp;<\/p>\n<p>Tambi&eacute;n este a&ntilde;o, en v&iacute;speras del cuarto domingo de Cuaresma, nos hemos reunido para celebrar la liturgia penitencial. Estamos unidos a muchos cristianos que hoy, en todas las partes del mundo, han acogido la invitaci&oacute;n de vivir este momento como signo de la bondad del Se&ntilde;or. El sacramento de la Reconciliaci&oacute;n, en efecto, nos permite acercarnos con confianza al Padre para tener la certeza de su perd&oacute;n. &Eacute;l es verdaderamente &laquo;rico en misericordia&raquo; y la extiende en abundancia sobre quienes recurren a &Eacute;l con coraz&oacute;n sincero.<\/p>\n<p>Estar aqu&iacute; para experimentar su amor, en cualquier caso, es ante todo fruto de su gracia. Como nos ha recordado el ap&oacute;stol Pablo, Dios nunca deja de mostrar la riqueza de su misericordia a lo largo de los siglos. La transformaci&oacute;n del coraz&oacute;n que nos lleva a confesar nuestros pecados es &laquo;don de Dios&raquo;. Nosotros solos no podemos. Poder confesar nuestros pecados es un don de Dios, es un regalo, es &laquo;obra suya&raquo; (cf. <i>Ef<\/i> 2, 8-10). Ser tocados con ternura por su mano y plasmados por su gracia nos permite, por lo tanto, acercarnos al sacerdote sin temor por nuestras culpas, pero con la certeza de ser acogidos por &eacute;l en nombre de Dios y comprendidos a pesar de nuestras miserias; e incluso sin tener un abogado defensor: tenemos s&oacute;lo uno, que dio su vida por nuestros pecados. Es &Eacute;l quien, con el Padre, nos defiende siempre. Al salir del confesionario, percibiremos su fuerza que nos vuelve a dar la vida y restituye el entusiasmo de la fe. Despu&eacute;s de la confesi&oacute;n renacemos.<\/p>\n<p>El Evangelio que hemos escuchado (cf. <i>Lc<\/i> 7, 36-50) nos abre un camino de esperanza y de consuelo. Es bueno percibir sobre nosotros la mirada compasiva de Jes&uacute;s, as&iacute; como la percibi&oacute; la mujer pecadora en la casa del fariseo. En este pasaje vuelven con insistencia dos palabras: amor y juicio.<\/p>\n<p>Est&aacute; el amor de la mujer pecadora que se humilla ante el Se&ntilde;or; pero antes a&uacute;n est&aacute; el amor misericordioso de Jes&uacute;s por ella, que la impulsa a acercarse. Su llanto de arrepentimiento y de alegr&iacute;a lava los pies del Maestro, y sus cabellos los secan con gratitud; los besos son expresi&oacute;n de su afecto puro; y el ung&uuml;ento perfumado que derrama abundantemente atestigua lo valioso que es &Eacute;l ante sus ojos. Cada gesto de esta mujer habla de amor y expresa su deseo de tener una certeza indestructible en su vida: la de haber sido perdonada. &iexcl;Esta es una certeza hermos&iacute;sima! Y Jes&uacute;s le da esta certeza: acogi&eacute;ndola le demuestra el amor de Dios por ella, precisamente por ella, una pecadora p&uacute;blica. El amor y el perd&oacute;n son simult&aacute;neos: Dios le perdona mucho, le perdona todo, porque &laquo;ha amado mucho&raquo; (<i>Lc<\/i> 7, 47); y ella adora a Jes&uacute;s porque percibe que en &Eacute;l hay misericordia y no condena. Siente que Jes&uacute;s la comprende con amor, a ella, que es una pecadora. Gracias a Jes&uacute;s, Dios carga sobre s&iacute; sus muchos pecados, ya no los recuerda (cf. <i>Is<\/i> 43, 25). Porque tambi&eacute;n esto es verdad: cuando Dios perdona, olvida. &iexcl;Es grande el perd&oacute;n de Dios! Para ella ahora comienza un nuevo per&iacute;odo; renace en el amor a una vida nueva.<\/p>\n<p>Esta mujer encontr&oacute; verdaderamente al Se&ntilde;or. En el silencio, le abri&oacute; su coraz&oacute;n; en el dolor, le mostr&oacute; el arrepentimiento por sus pecados; con su llanto, hizo un llamamiento a la bondad divina para recibir el perd&oacute;n. Para ella no habr&aacute; ning&uacute;n juicio si no el que viene de Dios, y este es el juicio de la misericordia. El protagonista de este encuentro es ciertamente el amor, la misericordia que va m&aacute;s all&aacute; de la justicia.<\/p>\n<p>Sim&oacute;n, el due&ntilde;o de casa, el fariseo, al contrario, no logra encontrar el camino del amor. Todo est&aacute; calculado, todo pensado&#8230; &Eacute;l permanece inm&oacute;vil en el umbral de la formalidad. Es algo feo el amor formal, no se entiende. No es capaz de dar el paso sucesivo para ir al encuentro de Jes&uacute;s que le trae la salvaci&oacute;n. Sim&oacute;n se limit&oacute; a invitar a Jes&uacute;s a comer, pero no lo acogi&oacute; verdaderamente. En sus pensamientos invoca s&oacute;lo la justicia y obrando as&iacute; se equivoca. Su juicio acerca de la mujer lo aleja de la verdad y no le permite ni siquiera comprender qui&eacute;n es su hu&eacute;sped. Se detuvo en la superficie \u2014en la formalidad\u2014, no fue capaz de mirar al coraz&oacute;n. Ante la par&aacute;bola de Jes&uacute;s y la pregunta sobre cu&aacute;l de los servidores hab&iacute;a amado m&aacute;s, el fariseo respondi&oacute; correctamente: &laquo;Supongo que aquel a quien le perdon&oacute; m&aacute;s&raquo;. Y Jes&uacute;s no deja de hacerle notar: &laquo;Has juzgado rectamente&raquo; (<i>Lc<\/i> 7, 43). S&oacute;lo cuando el juicio de Sim&oacute;n se dirige al amor, entonces &eacute;l est&aacute; en lo correcto.<\/p>\n<p>La llamada de Jes&uacute;s nos impulsa a cada uno de nosotros a no detenerse jam&aacute;s en la superficie de las cosas, sobre todo cuando estamos ante una persona. Estamos llamados a mirar m&aacute;s all&aacute;, a centrarnos en el coraz&oacute;n para ver de cu&aacute;nta generosidad es capaz cada uno. Nadie puede ser excluido de la misericordia de Dios. Todos conocen el camino para acceder a ella y la Iglesia es la casa que acoge a todos y no rechaza a nadie. Sus puertas permanecen abiertas de par en par, para que quienes son tocados por la gracia puedan encontrar la certeza del perd&oacute;n. Cuanto m&aacute;s grande es el pecado, mayor debe ser el amor que la Iglesia expresa hacia quienes se convierten. &iexcl;Con cu&aacute;nto amor nos mira Jes&uacute;s! &iexcl;Con cu&aacute;nto amor cura nuestro coraz&oacute;n pecador! Jam&aacute;s se asusta de nuestros pecados. Pensemos en el hijo pr&oacute;digo que, cuando decidi&oacute; volver al padre, pensaba hacerle un discurso, pero el padre no lo dej&oacute; hablar, lo abraz&oacute; (cf. <i>Lc<\/i> 15, 17-24). As&iacute; es Jes&uacute;s con nosotros. &laquo;Padre, tengo muchos pecados&#8230;&raquo;. \u2014&laquo;Pero &Eacute;l estar&aacute; contento si t&uacute; vas: &iexcl;te abrazar&aacute; con mucho amor! No tengas miedo&raquo;.<\/p>\n<p>Queridos hermanos y hermanas, he pensado con frecuencia de qu&eacute; forma la Iglesia puede hacer m&aacute;s evidente su misi&oacute;n de ser testigo de la misericordia. Es un camino que inicia con una conversi&oacute;n espiritual; y tenemos que recorrer este camino. Por eso he decidido convocar un Jubileo extraordinario que tenga en el centro la misericordia de Dios. Ser&aacute; un A&ntilde;o santo de la misericordia. Lo queremos vivir a la luz de la Palabra del Se&ntilde;or: &laquo;Sed misericordiosos como el Padre&raquo; (cf. <i>Lc<\/i> 6, 36). Esto especialmente para los confesores: &iexcl;mucha misericordia!<\/p>\n<p>Este A&ntilde;o santo iniciar&aacute; con la pr&oacute;xima solemnidad de la Inmaculada Concepci&oacute;n y se concluir&aacute; el 20 de noviembre de 2016, domingo de Nuestro Se&ntilde;or Jesucristo Rey del universo y rostro vivo de la misericordia del Padre. Encomiendo la organizaci&oacute;n de este Jubileo al Consejo pontificio para la promoci&oacute;n de la nueva evangelizaci&oacute;n, para que pueda animarlo como una nueva etapa del camino de la Iglesia en su misi&oacute;n de llevar a cada persona el Evangelio de la misericordia.<\/p>\n<p>Estoy convencido de que toda la Iglesia, que tiene una gran necesidad de recibir misericordia, porque somos pecadores, podr&aacute; encontrar en este Jubileo la alegr&iacute;a para redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos estamos llamados a dar consuelo a cada hombre y a cada mujer de nuestro tiempo. No olvidemos que Dios perdona todo, y Dios perdona siempre. No nos cansemos de pedir perd&oacute;n. Encomendemos desde ahora este A&ntilde;o a la Madre de la misericordia, para que dirija su mirada sobre nosotros y vele sobre nuestro camino: nuestro camino penitencial, nuestro camino con el coraz&oacute;n abierto, durante un a&ntilde;o, para recibir la indulgencia de Dios, para recibir la misericordia de Dios.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CELEBRACI&Oacute;N DE LA PENITENCIA RITO PARA RECONCILIAR A VARIOS PENITENTES CON CONFESI&Oacute;N Y ABSOLUCI&Oacute;N INDIVIDUAL HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE FRANCISCO Bas&iacute;lica Vaticana Viernes 13 de marzo de 2015 [Multimedia] &nbsp; Tambi&eacute;n este a&ntilde;o, en v&iacute;speras del cuarto domingo de Cuaresma, nos hemos reunido para celebrar la liturgia penitencial. 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