{"id":41241,"date":"2016-10-06T15:32:17","date_gmt":"2016-10-06T20:32:17","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermones\/santa-misa-con-los-nuevos-cardenales-15-de-febrero-de-2015-video\/"},"modified":"2016-10-06T15:32:17","modified_gmt":"2016-10-06T20:32:17","slug":"santa-misa-con-los-nuevos-cardenales-15-de-febrero-de-2015-video","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermones\/santa-misa-con-los-nuevos-cardenales-15-de-febrero-de-2015-video\/","title":{"rendered":"Santa Misa con los nuevos cardenales (15 de febrero de 2015) (V\u00eddeo)"},"content":{"rendered":"<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"> <a href=\"http:\/\/www.vatican.va\/news_services\/liturgy\/libretti\/2015\/20150215-libretto-concistoro-messa.pdf\">SANTA MISA CON LOS NUEVOS CARDENALES<\/a><\/font><\/p>\n<p align=\"center\"><font size=\"4\" color=\"#663300\"><b><i>HO<\/i><\/b><\/font><b><i><font color=\"#663300\" size=\"4\">MIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE FRANCISCO<\/font><\/i><\/b><\/p>\n<p align=\"center\"><font color=\"#663300\"><i>Bas&iacute;lica Vaticana<br \/> Domingo 15 de febrero de 2015<\/i><\/font><\/p>\n<p><font color=\"#663300\"><\/p>\n<p align=\"center\" dir=\"ltr\"><b> [<a href=\"http:\/\/w2.vatican.va\/content\/francesco\/es\/events\/event.dir.html\/content\/vaticanevents\/es\/2015\/2\/15\/nuovicardinali.html\">Multimedia<\/a>]<\/b><\/p>\n<hr color=\"#C0C0C0\" width=\"30%\" size=\"1\" dir=\"ltr\" \/> <\/font> <\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&laquo;Se&ntilde;or, si quieres, puedes limpiarme\u2026&raquo; Jes&uacute;s, sintiendo l&aacute;stima; extendi&oacute; la mano y lo toc&oacute; diciendo: &laquo;Quiero: queda limpio&raquo; (cf. <i>Mc <\/i>1,40-41). La compasi&oacute;n de Jes&uacute;s. Ese <i>padecer con <\/i>que lo acercaba a cada persona que sufre. Jes&uacute;s, se da completamente, se involucra en el dolor y la necesidad de la gente\u2026 simplemente, porque &Eacute;l sabe y quiere <i>padecer con<\/i>, porque tiene un coraz&oacute;n que no se averg&uuml;enza de tener <i>compasi&oacute;n.<\/i><\/p>\n<p>&laquo;No pod&iacute;a entrar abiertamente en ning&uacute;n pueblo; se quedaba fuera, en descampado&raquo; (<i>Mc<\/i> 1, 45). Esto significa que, adem&aacute;s de curar al leproso, Jes&uacute;s ha tomado sobre s&iacute; la marginaci&oacute;n que la ley de Mois&eacute;s impon&iacute;a (cf. <i>Lv <\/i> 13,1-2. 45-46). Jes&uacute;s no tiene miedo del riesgo que supone asumir el sufrimiento de otro, pero paga el precio con todas las consecuencias (cf. <i>Is <\/i>53,4).<\/p>\n<p>La <i>compasi&oacute;n <\/i>lleva a Jes&uacute;s a actuar concretamente: a <i>reintegrar al marginado<\/i>. Y &eacute;stos son los tres conceptos claves que la Iglesia nos propone hoy en la liturgia de la palabra: la <i>compasi&oacute;n <\/i>de Jes&uacute;s ante la <i>marginaci&oacute;n <\/i>y su voluntad de <i>integraci&oacute;n.<\/i><\/p>\n<p><i>Marginaci&oacute;n: <\/i>Mois&eacute;s, tratando jur&iacute;dicamente la cuesti&oacute;n de los leprosos, pide que sean alejados y marginados por la comunidad, mientras dure su mal, y los declara: &laquo;Impuros&raquo; (cf. <i>Lv <\/i>13,1-2. 45.46).<\/p>\n<p>Imaginad cu&aacute;nto sufrimiento y cu&aacute;nta verg&uuml;enza deb&iacute;a de sentir un leproso: f&iacute;sicamente, socialmente, psicol&oacute;gicamente y espiritualmente. No es s&oacute;lo v&iacute;ctima de una enfermedad, sino que tambi&eacute;n se siente culpable, castigado por sus pecados. Es un muerto viviente, como &laquo;si su padre le hubiera escupido en la cara&raquo; (<i>Nm <\/i>12,14).<\/p>\n<p>Adem&aacute;s, el leproso infunde miedo, desprecio, disgusto y por esto viene abandonado por los propios familiares, evitado por las otras personas, marginado por la sociedad, es m&aacute;s, la misma sociedad lo expulsa y lo fuerza a vivir en lugares alejados de los sanos, lo excluye. Y esto hasta el punto de que si un individuo sano se hubiese acercado a un leproso, habr&iacute;a sido severamente castigado y, muchas veces, tratado, a su vez, como un leproso.<\/p>\n<p>Es verdad, la finalidad de esa norma era la de <i>salvar a los sanos<\/i>, <i>proteger a los justos <\/i>y, para salvaguardarlos de todo riesgo, marginar <i>el peligro<\/i>, tratando sin piedad al contagiado. De aqu&iacute;, que el Sumo Sacerdote Caif&aacute;s exclamase: &laquo;Conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la naci&oacute;n entera&raquo; (<i>Jn <\/i>11,50). <\/p>\n<p><i>Integraci&oacute;n: <\/i>Jes&uacute;s revoluciona y sacude fuertemente aquella mentalidad cerrada por el miedo y recluida en los prejuicios. &Eacute;l, sin embargo, no deroga la Ley de Mois&eacute;s, sino que la lleva a plenitud (cf. <i>Mt <\/i>5, 17), declarando, por ejemplo, la ineficacia contraproducente de la ley del tali&oacute;n; declarando que Dios no se complace en la observancia del S&aacute;bado que desprecia al hombre y lo condena; o cuando ante la mujer pecadora, no la condena, sino que la salva de la intransigencia de aquellos que estaban ya preparados para lapidarla sin piedad, pretendiendo aplicar la Ley de Mois&eacute;s. Jes&uacute;s revoluciona tambi&eacute;n las conciencias en el Discurso de la monta&ntilde;a (cf. <i>Mt <\/i>5) abriendo nuevos horizontes para la humanidad y revelando plenamente la l&oacute;gica de Dios. La l&oacute;gica del amor que no se basa en el miedo sino en la libertad, en la caridad, en el sano celo y en el deseo salv&iacute;fico de Dios, Nuestro Salvador, &laquo;que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad&raquo; (<i>1Tm<\/i> 2,4). &laquo;Misericordia quiero y no sacrificio&raquo; (<i>Mt <\/i>12,7; <i>Os <\/i>6,6).<\/p>\n<p>Jes&uacute;s, nuevo Mois&eacute;s, ha querido curar al leproso, ha querido tocar, ha querido reintegrar en la comunidad, sin <i>autolimitarse <\/i>por los prejuicios; sin adecuarse a la mentalidad dominante de la gente; sin preocuparse para nada del contagio. Jes&uacute;s responde a la s&uacute;plica del leproso sin dilaci&oacute;n y sin los consabidos aplazamientos para estudiar la situaci&oacute;n y todas sus eventuales consecuencias. Para Jes&uacute;s lo que cuenta, sobre todo, es alcanzar y salvar a los lejanos, curar las heridas de los enfermos, reintegrar a todos en la familia de Dios. Y eso escandaliza a algunos.<\/p>\n<p>Y Jes&uacute;s no tiene miedo de este tipo de esc&aacute;ndalo. &Eacute;l no piensa en las personas obtusas que se escandalizan incluso de una curaci&oacute;n, que se escandalizan de cualquier apertura, a cualquier paso que no entre en sus esquemas mentales o espirituales, a cualquier caricia o ternura que no corresponda a su forma de pensar y a su pureza ritualista. &Eacute;l ha querido integrar a los marginados, salvar a los que est&aacute;n fuera del campamento (cf. <i>Jn <\/i>10). <\/p>\n<p>Son dos l&oacute;gicas de pensamiento y de fe: el miedo de perder a los salvados y el deseo de salvar a los perdidos. Hoy tambi&eacute;n nos encontramos en la encrucijada de estas dos l&oacute;gicas: a veces, la de los doctores de la ley, o sea, alejarse del peligro apart&aacute;ndose de la persona contagiada, y la l&oacute;gica de Dios que, con su misericordia, abraza y acoge reintegrando y transfigurando el mal en bien, la condena en salvaci&oacute;n y la exclusi&oacute;n en anuncio.<\/p>\n<p>Estas dos l&oacute;gicas recorren toda la historia de la Iglesia: <i>marginar y reintegrar<\/i>. San Pablo, dando cumplimiento al mandamiento del Se&ntilde;or de llevar el anuncio del Evangelio hasta los extremos confines de la tierra (cf. <i>Mt<\/i> 28,19), escandaliz&oacute; y encontr&oacute; una fuerte resistencia y una gran hostilidad sobre todo de parte de aquellos que exig&iacute;an una incondicional observancia de la Ley mosaica, incluso a los paganos convertidos. Tambi&eacute;n san Pedro fue duramente criticado por la comunidad cuando entr&oacute; en la casa de Cornelio, el centuri&oacute;n pagano (cf. <i>Hch<\/i> 10).<\/p>\n<p>El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusal&eacute;n en adelante, es siempre el camino de Jes&uacute;s, el de la misericordia y de la integraci&oacute;n. Esto no quiere decir menospreciar los peligros o hacer entrar los lobos en el reba&ntilde;o, sino acoger al hijo pr&oacute;digo arrepentido; sanar con determinaci&oacute;n y valor las heridas del pecado; actuar decididamente y no quedarse mirando de forma pasiva el sufrimiento del mundo. El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con coraz&oacute;n sincero; el camino de la Iglesia es precisamente el de salir del propio recinto para ir a buscar a los lejanos en las \u201cperiferias\u201d esenciales de la existencia; es el de adoptar integralmente la l&oacute;gica de Dios; el de seguir al Maestro que dice: &laquo;No necesitan m&eacute;dico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores&raquo; (<i>Lc<\/i> 5,31-32).<\/p>\n<p>Curando al leproso, Jes&uacute;s no hace ning&uacute;n da&ntilde;o al que est&aacute; sano, es m&aacute;s, lo libra del miedo; no lo expone a un peligro sino que le da un hermano; no desprecia la Ley sino que valora al hombre, para el cual Dios ha inspirado la Ley. En efecto, Jes&uacute;s libra a los sanos de la tentaci&oacute;n del &laquo;hermano mayor&raquo; (cf. <i>Lc<\/i> 15,11-32) y del peso de la envidia y de la murmuraci&oacute;n de los trabajadores que han soportado el peso de la jornada y el calor (cf. <i>Mt<\/i> 20,1-16).<\/p>\n<p>En consecuencia: <i>la caridad no puede ser neutra, as&eacute;ptica, indiferente, tibia o imparcial. La caridad contagia, apasiona, arriesga y compromete. Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita<\/i> (cf. <i>1Cor<\/i> 13). La caridad es creativa en la b&uacute;squeda del lenguaje adecuado para comunicar con aquellos que son considerados incurables y, por lo tanto, intocables. Encontrar el lenguaje justo\u2026 El contacto es el aut&eacute;ntico lenguaje que transmite, fue el lenguaje afectivo, el que proporcion&oacute; la curaci&oacute;n al leproso. &iexcl;Cu&aacute;ntas curaciones podemos realizar y transmitir aprendiendo este lenguaje del contacto! Era un leproso y se ha convertido en mensajero del amor de Dios. Dice el Evangelio: &laquo;Pero cuando se fue, empez&oacute; a pregonar bien alto y a divulgar el hecho&raquo; (<i>Mc <\/i> 1,45).<\/p>\n<p>Queridos nuevos Cardenales, &eacute;sta es la l&oacute;gica de Jes&uacute;s, &eacute;ste es el camino de la Iglesia: no s&oacute;lo acoger y integrar, con valor evang&eacute;lico, aquellos que llaman a la puerta, sino salir, ir a buscar, sin prejuicios y sin miedos, a los lejanos, manifest&aacute;ndoles gratuitamente aquello que tambi&eacute;n nosotros hemos recibido gratuitamente. &laquo;Quien dice que permanece en &Eacute;l debe caminar como &Eacute;l camin&oacute;&raquo; (<i>1Jn <\/i>2,6). &iexcl;La disponibilidad total para servir a los dem&aacute;s es nuestro signo distintivo, es nuestro &uacute;nico t&iacute;tulo de honor!<\/p>\n<p>Pensadlo bien en estos d&iacute;as en los que hab&eacute;is recibido el t&iacute;tulo cardenalicio. Invoquemos la intercesi&oacute;n de Mar&iacute;a, Madre de la Iglesia, que sufri&oacute; en primera persona la marginaci&oacute;n causada por las calumnias (cf. <i>Jn <\/i>8,41) y el exilio (cf. <i>Mt<\/i> 2,13-23), para que nos conceda el ser siervos fieles de Dios. Ella, que es la Madre, nos ense&ntilde;e a no tener miedo de acoger con ternura a los marginados; a no tener miedo de la ternura. Cu&aacute;ntas veces tenemos miedo de la ternura. Que Ella nos ense&ntilde;e a no tener miedo de la ternura y de la compasi&oacute;n; nos revista de paciencia para acompa&ntilde;arlos en su camino, sin buscar los resultados del &eacute;xito mundano; nos muestre a Jes&uacute;s y nos haga caminar como &Eacute;l.<\/p>\n<p>Queridos hermanos nuevos Cardenales, mirando a Jes&uacute;s y a nuestra Madre, os exhorto a servir a la Iglesia, en modo tal que los cristianos \u2013edificados por nuestro testimonio\u2013 no tengan la tentaci&oacute;n de estar con Jes&uacute;s sin querer estar con los marginados, aisl&aacute;ndose en una casta que nada tiene de aut&eacute;nticamente eclesial. Os invito a servir a Jes&uacute;s crucificado en toda persona marginada, por el motivo que sea; a ver al Se&ntilde;or en cada persona excluida que tiene hambre, que tiene sed, que est&aacute; desnuda; al Se&ntilde;or que est&aacute; presente tambi&eacute;n en aquellos que han perdido la fe, o que, alejados, no viven la propia fe, o que se declaran ateos; al Se&ntilde;or que est&aacute; en la c&aacute;rcel, que est&aacute; enfermo, que no tiene trabajo, que es perseguido; al Se&ntilde;or que est&aacute; en el leproso \u2013 de cuerpo o de alma -, que est&aacute; discriminado. No descubrimos al Se&ntilde;or, si no acogemos aut&eacute;nticamente al marginado. Recordemos siempre la imagen de san Francisco que no tuvo miedo de abrazar al leproso y de acoger a aquellos que sufren cualquier tipo de marginaci&oacute;n. En realidad, queridos hermanos, sobre el evangelio de los marginados, se juega y se descubre y se revela nuestra credibilidad.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SANTA MISA CON LOS NUEVOS CARDENALES HOMIL&Iacute;A DEL SANTO PADRE FRANCISCO Bas&iacute;lica Vaticana Domingo 15 de febrero de 2015 [Multimedia] &nbsp; &laquo;Se&ntilde;or, si quieres, puedes limpiarme\u2026&raquo; Jes&uacute;s, sintiendo l&aacute;stima; extendi&oacute; la mano y lo toc&oacute; diciendo: &laquo;Quiero: queda limpio&raquo; (cf. Mc 1,40-41). La compasi&oacute;n de Jes&uacute;s. 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