{"id":28862,"date":"2016-10-04T20:37:51","date_gmt":"2016-10-05T01:37:51","guid":{"rendered":"http:\/\/www.biblia.work\/sermons\/san-juan-16-8-19-28-comentario-por-luis-n-rivera-pagan\/"},"modified":"2016-10-04T20:37:51","modified_gmt":"2016-10-05T01:37:51","slug":"san-juan-16-8-19-28-comentario-por-luis-n-rivera-pagan","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.biblia.work\/sermons\/san-juan-16-8-19-28-comentario-por-luis-n-rivera-pagan\/","title":{"rendered":"San Juan 1:6-8, 19-28 Comentario por Luis N. Rivera-Pag\u00e1n"},"content":{"rendered":"<p class=\"p_call_out\">El Evangelio seg&uacute;n Juan tiene dos inicios distintos pero entrelazados.<\/p>\n<p>Uno es de excepcional densidad teol&oacute;gica: &ldquo;En el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por medio de &eacute;l fueron hechas&hellip; Y el Verbo se hizo carne y habit&oacute; entre nosotros lleno de gracia y de verdad; y vimos su gloria, gloria como del unig&eacute;nito del Padre&rdquo; (Jn 1:1-2,14). Ese pre&aacute;mbulo ha sido durante siglos un eje crucial en las discusiones teol&oacute;gicas sobre la Trinidad y la Encarnaci&oacute;n, doctrinas centrales del cristianismo. Sus diversas interpretaciones colman bibliotecas repletas de tratados dogm&aacute;ticos. Fue tema de &aacute;speras disputas en concilios ecum&eacute;nicos durante los primeros siglos de la iglesia. Sus resonancias literarias son innumerables, como lo demuestra el gran <em>Fausto<\/em> de Goethe.<\/p>\n<p>El segundo inicio tiene un cariz narrativo distinto. Versa sobre Juan el bautista. Un predicador austero, con una intensa proclamaci&oacute;n de arrepentimiento y de premonici&oacute;n de venidera redenci&oacute;n. Era natural que llamase la atenci&oacute;n. En Israel no escaseaban las voces rebeldes que pretend&iacute;an emular a los profetas de anta&ntilde;o. Parec&iacute;an inofensivos predicadores desarmados. Pero los representantes del imperio romano y de la jerarqu&iacute;a religiosa jud&iacute;a sab&iacute;an muy bien que la frontera que separa la denuncia prof&eacute;tica de la acci&oacute;n revolucionaria resulta ser con frecuencia muy tenue y porosa. Entre la denuncia y el anuncio tiende con facilidad a filtrarse la revuelta subversiva.<\/p>\n<p>Por eso consideran importante cuestionar al puritano predicador, investigar sus posibles pretensiones. Estaban muy conscientes, las autoridades, pol&iacute;ticas y religiosas, de las expectativas subterr&aacute;neas y clandestinas en el pueblo jud&iacute;o de un Ungido, un Mes&iacute;as, de la familia real de David, enviado por Dios para redimir a su pueblo de la servidumbre. Por ello es imperativo averiguar qu&eacute; se trae entre manos este predicador, que algunos percib&iacute;an como un revoltoso potencialmente peligroso. Es mejor prever que remediar.<\/p>\n<p>&ldquo;&iquest;Qui&eacute;n eres t&uacute;?&rdquo; (v. 19), es la pregunta que le endilgan a Juan. Es un momento dram&aacute;tico de definici&oacute;n, de aclarar por parte de Juan su identidad. Si recordamos cu&aacute;l ser&iacute;a el tr&aacute;gico destino final de Juan y Jes&uacute;s, caemos en cuenta de que se trata de un asunto de extrema gravedad. Juan se juega su vida en este di&aacute;logo que a primera vista parece inofensivo. Hay cuestionamientos de vida o muerte, y este es uno de ellos. La definici&oacute;n de la identidad propia a veces conduce al cadalso.<\/p>\n<p>Pero Juan no es de los que se asustan con facilidad. No asume una identidad falaz de glorificaci&oacute;n egoc&eacute;ntrica. No se considera el Ungido, el Mes&iacute;as. Ni tan siquiera est&aacute; dispuesto a llamarse a s&iacute; mismo profeta. Se identifica como un humilde anunciador, alguien que convoca al pueblo a preparar sus mentes y corazones para recibir al Redentor. El narrador pone en boca de Juan el bautista la primera confesi&oacute;n de fe en Jes&uacute;s como el Cristo: &ldquo;El que viene despu&eacute;s de mi&hellip; de su plenitud recibimos todos, y gracia sobre gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Mois&eacute;s, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo&rdquo; (vv. 15-17).<\/p>\n<p>En esa afirmaci&oacute;n se concilian los dos inicios entrelazados de este Evangelio. Juan es el precursor, el primero en anunciar a Jesucristo, la encarnaci&oacute;n del Verbo divino, en la que se revelan la verdad y la gracia divinas, la culminaci&oacute;n de la historia humana. Jesucristo, cuyo nacimiento rememora y celebra esta &eacute;poca de Adviento.<\/p>\n<p><strong>Reflexi&oacute;n homil&eacute;tica<\/strong><\/p>\n<p>Ser el anunciador de la redenci&oacute;n humana no es tarea f&aacute;cil ni necesariamente placentera. Fueron innumerables los ap&oacute;stoles y disc&iacute;pulos que recorrer&iacute;an senderos similares al de Juan. Proclamaron a Jes&uacute;s como el Verbo hecho carne, el donador del Esp&iacute;ritu Santo, y sufrieron una suerte similar a la de Juan: el martirio en manos de los poderosos de la tierra.<\/p>\n<p>&iquest;Por qu&eacute; persistieron en proclamar ese evangelio tan peligroso para sus vidas? Porque inspirados por el Esp&iacute;ritu Santo estaban plenamente convencidos de que en Jesucristo se hacen presentes en la historia humana la verdad y la gracia divinas. Ese convencimiento, firme y profundo, es lo que anima la proclamaci&oacute;n cristiana, lo que lleva a Juan el bautista, a los disc&iacute;pulos de Jes&uacute;s y a innumerables generaciones de misioneros a recorrer los recodos m&aacute;s siniestros y rec&oacute;nditos del mundo anunciando que en Jes&uacute;s &ldquo;la luz verdadera que alumbra a todo ser humano ven&iacute;a a este mundo&rdquo; (Jn 1:9).<\/p>\n<p>Adviento es &eacute;poca de renovar esa convicci&oacute;n en las mentes y los corazones de todo el pueblo de Dios esparcido sobre la faz de la tierra. No es asunto sencillo porque esa convicci&oacute;n &iacute;ntima conduce necesariamente a su proclamaci&oacute;n, en un estilo similar al de Juan el bautista, sin pretensiones ego&iacute;stas ni vanaglorias fatuas, pero con una integridad y entereza ineludibles e irrenunciables. Y en ocasiones con riesgos similares a los que &eacute;l tuvo que afrontar.<\/p>\n<p>Al as&iacute; hacerlo, quiz&aacute; algunos representantes de los poderes de la tierra, de aquellos que se consideran due&ntilde;os y se&ntilde;ores del universo, nos cuestionar&aacute;n, como lo hicieron con Juan el bautista. Puede que hagan, como le sucedi&oacute; a Juan, preguntas mordaces, con veladas advertencias. Nos desaf&iacute;an a expresar nuestra identidad, asumir el riesgo de aseverar: &ldquo;Somos quienes proclamamos que &lsquo;la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo&rsquo;.&rdquo;<\/p>\n<p>Es una confesi&oacute;n sencilla, pero de insospechadas complejidades vitales. Es una proclamaci&oacute;n que parece dirigirse al exterior, a quienes nos escuchan perplejos y quiz&aacute; con algo de escepticismo, pero que en primera instancia nos convoca a nosotros mismos y a nosotras mismas. Nos convoca a vivir plenamente una vida de apostolado y fe en Jesucristo.<\/p>\n<p>Parece una tarea complicada y ciertamente lo es. Pero al emprenderla no estamos solos ni solas. Nos acompa&ntilde;a el &ldquo;Verbo hecho carne,&rdquo; Aquel cuyo nacimiento anunciamos en estos d&iacute;as de Adviento. Aquel que nos ha prometido la bendici&oacute;n del Esp&iacute;ritu Santo y su consuelo en los instantes de amargura y tristeza. En esa promesa confiamos.<\/p>\n<p>&iexcl;Proclamemos, pues, como lo hizo Juan el bautista, el advenimiento de Jes&uacute;s el Cristo, &ldquo;el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!&rdquo; (Jn 1:29).<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El Evangelio seg&uacute;n Juan tiene dos inicios distintos pero entrelazados. Uno es de excepcional densidad teol&oacute;gica: &ldquo;En el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios. 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