DAVID – Diccionario Enciclopédico de Biblia y Teología

DAVID

1Sa 16:13-1Ki 2:11; 1Ch 11:1-29:30


David (heb. Dâwîd, generalmente interpretado como [bien] “amado [querido]”; gr. Daueí­d, Dauí­d o Dabí­d). El significado compite con otras propuestas. Se ha sugerido que el dwdh de la Piedra Moabita* y el dawidum de los textos de Mari significan “jefe” o “comandante”, y que éste serí­a el verdadero significado; sin embargo, esta interpretación es cuestionable. El nombre David también aparece en los textos de Ebla de tiempos prepatriacales. 1. Hijo menor de Isaí­, un betlemita, y antepasado de Cristo. Fue el 2o rey de Israel. Reinó desde c 1011 hasta el 971 a.C. a. Como joven David es pintado como un muchacho rubio, de buena presencia y con 305 ojos hermosos (1Sa 16:10-13; 17:12-14). Como muchos otros muchachos palestinos, siendo joven fue puesto a cuidar las pocas ovejas de la familia (17:28). Como pastor mostró un valor poco usual al matar él solo a un oso y a un león (vs 34-36). Después que Saúl fue rechazado como rey, Dios dirigió a Samuel para que lo ungiera como rey. Esta ceremonia se realizó en secreto (16:1-13), y su verdadero significado no habrí­a sido comprendido ni siquiera por los miembros de la familia de David. Cualquiera sea el caso, Saúl no supo nada de ello al principio. Desde el dí­a de su ungimiento, el Espí­ritu del Señor vino poderosamente sobre David (v 13). b. Como miembro de la corte de Saúl. Saúl, atacado por accesos de melancolí­a después que el Espí­ritu de Dios se alejó de él, recibió el consejo de buscar relajamiento en la música. David, un hábil ejecutante de la lira, fue escogido para calmar la angustiada mente de Saúl. Al rey le gustó el muchacho, y lo hizo su escudero y lo retuvo en el palacio mucho tiempo, aunque no continuamente (1Sa 16:14-23; 17:15). Esto habrá sido de gran valor educativo para el pastor que estaba destinado a llegar a ser el futuro rey de Israel. Por ese tiempo, en una guerra contra los filisteos, los 3 hijos mayores de Isaí­ respondieron al llamado de soldados que hizo Saúl y salieron para el campo de batalla, a unos 24 km al oeste de Belén. Aquí­ Goliat, el paladí­n filisteo, desafió a los hebreos a que nombraran un contrincante; pero el desafí­o no tuvo respuesta, y por unas 6 semanas los 2 ejércitos quedaron frente a frente sin combatir (1Sa 17:1-16). Al fin de ese perí­odo, David, que estaba en casa, fue enviado para llevar algunas provisiones a sus hermanos. El resto de la historia es muy conocida (vs 17-53): David mató a Goliat, se guardó la armadura del gigante como recuerdo, y más tarde puso la espada en el tabernáculo (v 54; 21:9). Que Saúl preguntara a Abner de quién era hijo David no significa que no lo conociera, sino que tal vez se olvidara del nombre del padre (17:55-58). Parece que estaba interesado en si el muchacho procedí­a de una familia de héroes y guerreros. Cuando le preguntaron a David, el humilde jovencito contestó simplemente que era el hijo de Isaí­ de Belén, y no señaló ningún antepasado notable. Se mostró modesto y no pidió que el rey cumpliera su promesa de enriquecer al hombre que venciera a Goliat, ni de hacerlo su yerno, ni lo eximiera de impuestos (v 25). La conducta de David -su llaneza, modestia, valor y piedad- le ganó la admiración de Jonatán, el prí­ncipe heredero, y ambos llegaron a ser muy amigos (18:1, 3). Esta amistad sobrevivió a grandes dificultades, y nunca murió. Su devoción y lealtad mutuas ha sido pocas veces repetida y probablemente nunca fue sobrepasada. 153. Ungimiento de david por parte de Samuel. Descripto en una pintura mural del 3er siglo, encontrada en la sinagoga de Dura Europos (Mapa XIII, C-5). Saúl ya no permitió que David lo abandonara (1Sa 18:2), pero su relación con el joven se transformó en celos y odio cuando vio que el joven era aclamado como un héroe mayor que él. Entonces, molesto por presentimientos de que David llegara a ser el rey (vs 6-9), hizo planes para asesinarle. En un arranque de ira intentó matarlo mientras tocaba la lira (vs 10, 11). Más tarde lo despidió (v 13), y dio la hija prometida a David a otro hombre (vs 17-19). Al notar más tarde que su hija menor amaba a David, se la ofreció en matrimonio a cambio de que matara a 100 filisteos como dote matrimonial, esperando que éstos acabaran con él (vs 20-27). David, sin embargo, alcanzó la victoria en todos los enfrentamientos con los filisteos, y llegó a ser cada vez más amado y honrado por el pueblo. Esto sólo hizo aumentar el temor y odio mortal de Saúl hacia él (vs 28-30). Llegó el momento en que pidió a los miembros de su corte, entre quienes habí­a enemigos de David (24:9), que lo asesinaran (19:1). La intervención de Jonatán produjo un breve respiro (vs 2-7), pero el resentimiento de Saúl revivió muy pronto, e hizo otro intento de matarlo con su lanza (vs 9, 10). Más tarde trató de arrestarlo, pero David, con la ayuda de su esposa, escapó hasta donde estaba Samuel (vs 11-19). Después de otro intento de Jonatán de reconciliar a su padre con David, aquél llegó a convencerse de que ya no era seguro 306 para su amigo permanecer en la corte. Los 2 se separaron, asegurándose mutuamente su devoción (cp 20). Parece que después de esto sólo se encontraron una vez más (1Sa 23:16-18). c. Como fugitivo. Con unos pocos seguidores fieles, David abandonó la capital, y por engaño obtuvo algunas provisiones y la espada de Goliat del sumo sacerdote en Nob (1Sa 21:1-9). Como consecuencia indirecta de este subterfugio, todos los sacerdotes de Nob, con excepción de uno, fueron asesinados (22:6-19). En su desesperación, David buscó refugio entre los enemigos nacionales, los filisteos. Cuando descubrió que corrí­a peligro en Gat, escapó haciéndose el loco (21:10-22:1). Volvió a Judá y permaneció en una cueva en Adulam, en la zona montañosa al sudoeste de Belén, pero llevó a sus padres a Moab por razones de seguridad (22:1-4). Reunió alrededor de sí­ una banda de hombres descontentos que pronto llegó a las 400 personas (v 2), y más tarde a unas 600 (23:13). Entre ellos estaba Abiatar, el único sacerdote que escapó de la masacre de Saúl en Nob; por ello, el grupo de David no estaba privado de conducción espiritual (22:20-23). Cuando los habitantes de Keila fueron molestados por los ataques de los filisteos, David los libró. Sabiendo dónde estaba David, Saúl salió para atacarlo, pero el perseguido huyó al desierto de Judá, donde Saúl prefirió no seguirlo. Mientras estaba en el desierto de Zif, David fue visitado por Jonatán y fue perseguido otra vez por Saúl, y casi fue capturado. Sin embargo, Saúl abandonó la persecución a causa de la noticia de una invasión filistea (1Sa 23:1-28). Luego David se trasladó a la región agreste alrededor de En-gadi, cerca de la orilla occidental del Mar Muerto. Saúl, persiguiéndolo nuevamente, sin darse cuenta entró en una cueva ocupada por David, dándole a éste la oportunidad de vengarse. Sin embargo, desistió de hacerlo; con lo que convenció al rey de su inocencia. En consecuencia, Saúl dejó por un tiempo de molestar al fugitivo (1Sa 23:29-24:22). Mientras estuvo en el sur de Judá, la compañí­a de David protegió al pueblo de la región de los ladrones. En recompensa, David esperaba que la gente le suministrara las provisiones que necesitaban él y su grupo. Cuando se acercaron a Nabal, un rico ganadero, éste no sólo no les dio las provisiones pedidas sino que lo insultó. Sólo el ingenio y la sabidurí­a de Abigail, la esposa de Nabal, lo salvaron de la ira de David; cuando poco después murió Nabal, la tomó por esposa (1Sa 25:2-42). Más tarde, los de Zif, que ya lo habí­an traicionado una vez (23:19), informaron de nuevo a Saúl de la presencia de David cuando entró en su territorio. Habiendo olvidado su promesa de dejarlo en paz, el rey comenzó una nueva campaña contra él, y nuevamente cayó en manos de David. Otra vez éste le perdonó la vida, y nuevamente Saúl prometió la paz a su rival (1Sa_26). Sin embargo, no podí­a confiar en Saúl. Cansado de ser un fugitivo en su propio paí­s, hizo un 2º intento de encontrar refugio entre los filisteos. Entretanto, éstos se habí­an convencido de que David, como enemigo de Saúl, era aliado de ellos, y le permitieron vivir en su territorio. Aquis, rey de Gat, le dio Siclag, un pueblo en la frontera sudorientas del territorio filisteo (27:1-6). Durante su estadí­a de un año y 4 meses en Siclag, David realizó correrí­as contra varias tribus del desierto, pero les dijo a los filisteos que habí­a estado peleando contra Judá (vs 7-12). Cuando los filisteos se reunieron para atacar a Saúl en el monte Gilboa, David y sus 600 hombres los acompañaron, pero fueron enviados de vuelta por temor a que desertaran en favor de los israelitas. Cuando David y sus seguidores volvieron a Siclag, y descubrieron que el pueblo habí­a sido destruido por los amalecitas y que todas las personas que dependí­an de ellos habí­an sido llevadas prisioneras, rápidamente los siguieron y tuvieron éxito en recuperar tanto los bienes como a los prisioneros (28:1, 2; 29:2-30:20). Al escuchar la noticia de la derrota de Israel, y de la muerte de Saúl y de Jonatán, lamentó su muerte con un hermoso poema (2Sa_1). d. Como rey de Judá. Abner, comandante en jefe de Saúl, puso de inmediato en el trono a Is-boset, en Mahanaim, al este del Jordán, pero la tribu de Judá se separó de Israel y coronó a David como rey en Hebrón (2Sa 2:1-10). Esta división produjo batallas constantes entre los 2 grupos durante unos 7 1/2 años, hasta que Abner, y luego Is-boset, fueron asesinados. Con ello, las tribus quedaron sin rey e invitaron a David a asumir el reino sobre toda la nación (2:11; 3:6-5:5). David tení­a entonces unos 37 años, y varias esposas e hijos (5:4, 5; 3:2-5). e. Como rey de Israel y Judá. El primer acto de David como rey de las 12 tribus fue conquistar Jerusalén de los jebuseos. Hizo de ella la capital del reino y la llamó la “ciudad de David” (2Sa 5:6-10). Como Jerusalén estaba entre Judá y la parte más meridional de las tribus del norte, y no pertenecí­a a ninguna de ellas, la selección de esta fortaleza como la nueva capital de la nación no despertó celos 307 entre las tribus. En varias batallas contra los filisteos, David logró derrotarlos tan completamente que dejaron de ser una amenaza para Israel (2Sa 5:17-25; 8:1; 21:15-22; 1Ch 14:8-17; 18:1; 20:4-8). También hizo guerra contra los moabitas, los arameos de Soba y de Damasco, los amonitas, los edomitas y los amalecitas (2Sa 8:10; 12:26-31). Victorioso en todas las batallas, pudo extender sus territorios a las regiones vecinas, y así­ aumentó los recursos de la nación y su fama personal. David también asumió el liderazgo en materia religiosa. Trajo el arca de Quiriat-jearim a Jerusalén y la puso en una carpa-santuario (2Sa_6; 1Ch 13:1-16:6). Hizo planes para un templo permanente, pero por orden divina le fue impedido su construcción. Sin embargo, realizó muchos preparativos para ello (2Sa_7; 1Ch_17; 22:7-10), y organizó en forma muy completa el personal eclesiástico: sacerdotes, levitas, músicos y cantores, guardia del templo y otros servidores (1Ch 23:2-26:28). Pero David no sólo obtuvo triunfos, también experimentó serias dificultades en su reinado. Su notorio adulterio con Betsabé y su artimaña para provocar la muerte de su esposo en batalla resultó, a pesar de su arrepentimiento, en una quiebra de la disciplina en su propia familia y una serie de actos ilegales que finalmente condujeron a una guerra civil (2Sa 11:1-12:23). Esta se inició cuando su hijo Absalón se rebeló contra él y lo obligó a huir a Transjordania. En la batalla que siguió, Absalón fue muerto y David recuperó el trono (cps 13-19). La 2ª revuelta, instigada por Sheba, también fue aplastada (cp 20). Además de estos problemas, hubo hambre (21:1) y una plaga (ocasionada por su orgullo, que lo llevó a realizar un censo del pueblo; cp 24). Poco antes de su muerte, tuvo nuevos problemas cuando su hijo Adoní­as intentó tomar el trono. Esta vez, los esfuerzos de Natán el profeta controlaron la subversión y consiguieron que se proclamara rey a Salomón (1Ki_1). Poco después de esto, murió, no sin antes haber amonestado a Salomón con respecto a su futuro curso de acción. David gobernó un total de 40 años después de la muerte de Saúl: 7 años en Hebrón y 33 en Jerusalén (2Sa 2:11; 5:4, 5; 1Ch 29:27). f. Como poeta y músico. David debió haber tenido un talento musical notable para ser elegido por Saúl como músico de la corte. Amós (Amo 6:5) le atribuye la invención de varios instrumentos, y Esdras y Nehemí­as también se refieren a su actividad en relación con los planes para la música del templo (Ezr 3:10; Neh 12:24, 36, 45, 46). Sin embargo, la mayor contribución del “dulce cantor de Israel” (2Sa 23:1) fue como poeta y compositor de numerosos himnos religiosos. Escribió elegí­as sobre Saúl, Jonatán y Abner (1:17-27; 3:33, 34), y poemas profundamente espirituales sobre muchas experiencias de su agitada vida: mientras era perseguido y viví­a como fugitivo (véanse los tí­tulos de los Psa_34, 56, 57, 59, 63, 142); su profundo arrepentimiento por su gran pecado (Psa_51); en la dedicación de la carpa-santuario (Psa_30); cuando huyó de Absalón (Psa_3); en dí­as de liberación y victoria (2Sa_22; cÆ’ Psa_18); etc. Por medio de sus salmos, que han sido leí­dos y cantados por judí­os y cristianos durante siglos, ayudó a moldear los conceptos religiosos de multitudes, y su influencia sobre la iglesia cristiana no puede ser sobreestimada. g. Como hombre “según su [de Dios] corazón “. Designación dada por Samuel antes que fuera corrompido por el poder (1Sa 13:14). Aunque David no vivió una vida sin manchas, y aun cuando cargó su corazón con una pesada culpa (1Ki 15:5), supo cómo arrepentirse y cómo aceptar los resultados de sus transgresiones sin rebelarse (2Sa 12:13; 16:10; Psa_51). Fue un rey ilustre, fundador de una dinastí­a hebrea que duró unos 425 años, un gran lí­der religioso, un verdadero siervo de Dios y un antepasado del Mesí­as, que a su vez fue hijo de David y de Dios (Mat 22:41-45). 2. Ciudad (heb. ‘îr Dâwîd) -antigua ciudadela de Sion, fortaleza de los jebuseos-, conquistada por David y hecha la capital de su reino (2Sa 5:6-9; 1Ch 11:5-7). Más tarde, Sion constituyó la parte sudeste de la expandida ciudad de Jerusalén* (fig 278). Estaba sobre un cerro que desciende hacia el sur, llamado ahora la colina sudeste, que está completamente fuera de la Ciudad Antigua actual (cuyos muros datan del s XVI d.C.; cÆ’ la fig 278 con la 122, y en la fig 279 nótese la pequeña colina que se extiende desde la esquina sudeste [izquierda] del muro a lo largo del valle del Cedrón hasta la extrema izquierda, detrás de la torre y más allá). La “Ciudad de David” medí­a sólo unos 90 x 460 m. Su ubicación especí­fica se debí­a a la proximidad de 2 fuentes naturales de agua: la de Gihón al este, y el pozo de En-rogel al sur de la colina sudeste. Los cerros más importantes al norte y al oeste no tení­an manantiales ni pozos. La ciudad estaba limitada por el valle del Cedrón al este, y por el valle de Tiropeón (ahora casi invisible por haber sido rellenado) al oeste. El lí­mite sur estaba formado por la confluencia de ambos valles. El norte no tení­a lí­mite natural. Los jebuseos, que habitaban la ciudad antes 308 de David, la habí­an fortificado y construido un acceso al manantial de Gihón mediante un pozo y un túnel subterráneo, evitando así­ salir de ella en tiempos de sitio. Probablemente por este camino Joab y sus hombres entraron y la tomaron por sorpresa (1Ch 11:4-6). Mapa XVII, ii. Jerusalén no parece haber sido ensanchada durante la vida de David, pero Salomón la extendió hacia el norte añadiéndole un palacio y el área del templo. Desde ese tiempo, la “ciudad de David” se menciona principalmente como el lugar donde eran sepultados los reyes de Judá (1Ki 11:43; 14:31; etc.). Ezequí­as añadió una sección en el sur y la cercó mediante un 2º muro. También parece haber añadido un nuevo barrio al oeste, como lo indica el descubrimiento (en 1970) de un sector de muro en la región. Ezequí­as también cavó un túnel desde la fuente de Gihón hasta ese nuevo sector sur, canalizando el agua a un nuevo estanque, el estanque de Siloé* (2Ch 32: 3, 4, 30; véase CBA 2:89). La ciudad de David era todaví­a parte de Jerusalén en tiempos de Nehemí­as (Neh 3:15; 12:37); en realidad, lo fue hasta tiempos medievales. Hoy está fuera de los muros, y así­, afortunadamente, es accesible a la exploración de los arqueólogos. Por ello, su historia arqueológica es comparativamente bien conocida. Se han podido ubicar algunas de sus antiguas murallas, se ha excavado una puerta en su muro occidental y traí­do a la luz un sector de los fundamentos del muro oriental de los jebuseos, como también los restos de la muralla oriental de la época de Nehemí­as. Se ha explorado el complicado sistema subterráneo de agua de los jebuseos y de Ezequí­as, y se encontraron muchas cuevas que originalmente pudieron ser tumbas reales. Sin embargo, como estaban vací­as cuando se las encontró (por haber sufrido robos en tiempos antiguos), no han dejado pistas para conocer su propósito original. Véase Gihón 2. 3. Torre (heb. migdâl Dâwîd), probablemente una de las adiciones a las fortificaciones de Jerusalén construidas por David (Son 4:4). Debió haber formado parte de la Ciudad de David, que se limitaba a la colina sudoriental. La actual “Torre de David” ubicada cerca de la Puerta de Jafa no merece ese nombre (fig 282). Sus tramos inferiores corresponden a la torre de Fasael, una de las 3 construidas por Herodes el Grande como parte de su palacio, y que Tito dejó en pie como recuerdo de las fortificaciones de la ciudad cuando la destruyó en el 70 d.C. Véanse David 2; Jerusalén I. Bib.: FJ-GJ v.4.3.

Fuente: Diccionario Bíblico Evangélico

segundo rey de Judá e Israel, aproximadamente entre el año 1000 y el 965 a. C. D. era efrateo, de Belén de Judá, hijo menor de Jesé y nieto de Obed, el hijo de Booz y Rut, Rt 4, 17-22; 1 Cro 2, 15; . D., desde niño, era pastor, cuidaba de las ovejas de su padre, 1 S 17, 15. Samuel fue enviado por Yahvéh, tras rechazar a Saúl, a ungir a D. como rey, 1 S 16, 1-13; sin embargo, en 2 S 2, 4, se dice que fue ungido en Hebrón, por los hombres de Judá, pues tení­a gran acogida entre éstos, 1 S 27, 10-12; 30, 26-31; y después por los ancianos de Israel, 2 S 5, 1-5. Sobre la historia de la llegada de D. a la corte del rey Saúl, existen dos tradiciones. La una dice que, habiéndose apartado de Saúl el espí­ritu de Yahvéh, por la desobediencia en la batalla contra los amalecitas, pues no entregó todo al anatema, como Yahvéh se lo habí­a mandado, y perdonó la vida al rey Agag, 1 S 15, 1-23; Saúl fue poseí­do de un mal espí­ritu, †œespí­ritu malo de Dios†, 1 S 16, 14; 18, 10; 19, 9; entonces sus siervos le aconsejaron llamar a D., intérprete de la cí­tara, para que tocara ante el rey a fin de ahuyentar el mal espí­ritu. Así­ lo hizo Saúl, y le tomó gran aprecio al muchacho, por lo que le nombró su escudero, y así­ acompañó al soberano en la guerra contra los filisteos, y D. venció en singular combate al campeón de los filisteos, el gigante Goliat, 1 S 17, 32-53. La otra tradición cuenta que D. era un joven pastor que cuidaba los rebaños de su padre Jesé, cuando la guerra de Saúl con los filisteos, en cuyo ejército serví­an los hermanos del pastor, por lo que éste iba y vení­a del campamento, cuando se presentó el desafí­o del gigante Goliat a los israelitas, 1 S 17, 12-30, y D. salió a combatir con el filisteo y lo venció sin más armas que su honda, tras lo cual le cortó la cabeza al gigante, 1 S 17, 32-53. En este pasaje confluyen las dos tradiciones. Después de la lucha con Goliat, D. fue llamado al servicio del rey Saúl, y se hizo entrañable amigo de Jonatán, hijo del soberano, 1 S 17, 55-58; 18, 1-5.

Saúl prometió a D. a su hija Merab como esposa 1 S 17, 25; si era valiente, pero se la entregó a Adriel de Mejolá; Mikal, otra hija del rey, se enamoró de D., y para poder tomarla como esposa hubo de matar D. doscientos filisteos, 1 S 18, 17-30. Saúl sentí­a envidia de D., y pensaba que morirí­a a manos de los filisteos, pero éste siempre salí­a airoso en las campañas guerreras. El rey Saúl intentó matarlo cuando D. tocaba la cí­tara, al apoderarse del rey el espí­ritu del mal, pero aquél logro evadir varias veces la lanza tirada por Saúl, 1 S 18, 10-11; 19, 9-10. Después, Mikal salvó a su esposo D. de otro intento de Saúl para eliminarlo, avisándole de las intenciones del rey y sacándolo por una ventana, tras lo cual D. huyó donde Samuel, en Ramá, hasta donde el rey lo buscó, y se presentó el episodio en el que el soberano se puso a profetizar, 1 S 19, 11-24. Jonatán trató en varias oportunidades de mediar entre Saúl y D. a fin de restablecer la amistad entre los dos, pero fue en vano, 1 S 19, 1-7; 20, 1-42; D. partió y, en su huida, paró en Nob, en la falda oriental del monte Scopus, al oriente de Jerusalén, donde encontró al sacerdote Ajimélek, quien le entregó los panes consagradas, retirados ya para colocar nuevos, así­ como la espada de Goliat; se encontraba allí­ Doeg, edomita, mayoral de los pastores de Saúl, quien presenció lo tratado entre D. y el sacerdote, 1 S 21, 1-10. De aquí­, D. fue donde Akis, rey de Gat, y allí­ fingió ser un demente, para no ser descubierto, 1 S 21, 11-16. D., entonces, fue a refugiarse en la cueva de Adullam. Saúl se enteró por Doeg, que D. habí­a estado en Nob, por lo que ordenó la matanza de los sacerdotes de este lugar, salvándose únicamente Abiatar, hijo de Ajimélek, quien huyó donde estaba David; Abiatar serí­a el sacerdote de David hasta cuando éste murió, 2 S 22, 6-23. Posteriormente, D. libró a los habitantes de Queilá de los filisteos, de donde fue a refugiarse en el desierto de Zif, al sur de Hebrón, pues Saúl seguí­a en su persecución, 1 S 23, 1-14; fue entonces cuando D., que se encontraba en los refugios de Engadí­, tuvo en sus manos al rey en una cueva y le respetó su vida, 1 S 24, acción tras la cual Saúl reconoció que D. reinarí­a en Israel y le hizo jurar que no exterminarí­a su descendencia. Entonces murió Samuel y fue enterrado en Ramá, su tierra, 1 S 25, 1; 28, 3. De ahí­ bajó D. al desierto de Maón, donde Nabal se negó a darles comida a D. y a los suyos, tras lo cual se presentó la muerte de Nabal y D. tomó a la mujer de éste, Abigaí­l, por esposa, quien le dio hijos, 1 S 25, 1-43. De nuevo D. respetó la vida de Saúl, †œel ungido de Yahvéh†, 1 S 26, 23. Fue el rey al desierto de Zif en persecución de D., y acampó en la colina de Jakilá. En la noche, cuando Saúl dormí­a, D. entró en el campamento del rey y penetró en su tienda, lo tuvo en sus manos pero no quiso matarlo, a pesar de la insistencia de Abisay, quien le acompañaba, 1 S 26. Tras este episodio, D. se refugió entre los filisteos, donde Akis, rey de Gat, con Ajinoam y Abigaí­l, sus dos mujeres, y seiscientos hombres. Akis le asignó a D. la ciudad de Siquelag, en la frontera filistea, al nordeste de Berseba, para que residiera allí­ con los suyos, y fue vasallo de los filisteos durante un año y cuatro meses, 1 S 27, 1-7. Posteriormente, los filisteos se presentaron en Afeq para guerrear contra los israelitas, y Akis le pidió a D. que abandonase su ejército, a instancias de los tiranos filisteos, y D. volvió con su tropa a Siquelag y emprendió la campaña contra los amalecitas, a los cuales derrotó, recuperando a sus mujeres e hijos, que habí­an sido robados, lo mismo que el botí­n que los amalecitas les habí­an tomado a los filisteos y a Judá, 1 S 30. Viene luego la muerte del rey Saúl, en la batalla contra los filisteos, en el monte de Gelboé, 1 S 31. Muerto Saúl, D. subió a Hebrón, la ciudad más importante de Judá, donde fue ungido rey de Judá, como se dijo atrás, en donde reinó siete años y seis meses, 2 S 2, 11; 5, 5; 1 Cro 3, 4. Entretanto, Abner, jefe de los ejércitos de Saúl, levantó como rey de Israel a Isbaal, hijo de Saúl, quien reinó dos años. Lógicamente, se desató la guerra entre los descendientes y partidarios de la casa de Saúl y la de D. En Gabaón, unos cuantos kilómetros al norte de Jerusalén, los veteranos de D. vencieron a los hombres de Israel; sin embargo, pereció Asahel, del bando de D., a manos de Abner, 2 S 2, 12-32. Después, Abner rompió con Isbaal, por una mujer que habí­a sido concubina del rey Saúl, y entró en negociaciones con D., pero Joab, hermano de Asahel, vengó la muerte de éste y mató a Abner, 2 S 3, 6-27. Tras esto, fue asesinado Isbaal, por Rekab y Baaná, benjaminitas, quienes le llevaron la cabeza a D., en Hebrón, crimen que condenó el rey, 2 S 4. Así­, quedó libre el camino para que D. reinara también en Israel, siendo ungido por los ancianos en Hebrón. El rey marchó, entonces, a la conquista de Jerusalén, donde venció a los jebuseos, se instaló en la fortaleza, a la que llamó †œCiudad de D.†, construyó una muralla y estableció allí­ su corte, 2 S 5, 1-16. Los filisteos, al saber que D. habí­a sido consagrado rey de Israel, marcharon contra él, y en dos ocasiones fueron vencidos por aquél, en el valle de Refaí­m, al sudoeste de Jerusalén, 2 S 5, 17-25; 1 Cro 14, 8-17. Tras someter a los filisteos, el rey D. derrotó a los moabitas y los hizo sometió a tributo, 2 S 8, 2; lo mismo sucedió con Hadadézar, rey de Sobá, a quien auxiliaron los arameos, y estableció gobernadores en Aram; igualmente sucedió con Edom; con los ammonitas; extendió sus territorios desde la frontera egipcia y el mar de Suf o golfo de ícaba, en el sur, hasta el rí­o Eufrates, en el norte, 2 S 8, 314; 10, 1-19; 1 Cro 19 y 20. D. hizo de Jerusalén, además de la capital polí­tica del reino, la religiosa, pues trasladó a la Ciudad de D., donde le habí­a levantado la tienda, el Arca, que estaba en casa de Abinadab, 2 S 6, 1-23; 1 Cro 15; y el soberano organizó todo lo concerniente al clero y al culto divino, 1 Cro 16.

Estando el ejército en la segunda campaña contra los ammonitas y D. en Jerusalén, se enamoró de Betsabé, mujer de Urí­as, mercenario hitita al servicio del rey. D. ordenó a Joab, jefe del ejército, que pusiera a Urí­as en el frente de la batalla para que muriese, como sucedió. David se acostó con Betsabé y ésta le parió un hijo que murió, como se lo dijo Yahvéh, por medio del profeta Natán, en castigo por el delito cometido contra Urí­as por el rey, del cual se arrepintió; después Betsabé concebirí­a de D. y darí­a a luz otro hijo, Salomón, quien le sucederí­a en el trono, 2 S 11 y 12. Dentro de la familia de D. hubo un episodio dramático que tuvo consecuencias polí­ticas para el reino. Absalón, hijo de D., tení­a una hermana, Tamar, de la cual se enamoró su hermanastro Amnón, quien la violó, siendo ella virgen. En razón de esta falta, Absalón hizo asesinar a Amnón, para luego huir adonde Talmay, hijo de Ammijud, rey de Guesur de Aram, donde permaneció hasta cuando su padre le perdonó por el crimen contra su hermano, 2 S 13 y 14. Absalón se rebeló contra el rey, su padre, y se proclamó soberano en Hebrón, y D. debió huir de Jerusalén. En la batalla del bosque de Efraí­m, los veteranos de D. vencieron a Israel, tras lo cual Absalón fue muerto al quedar enredado en las ramas de una encina, en su huida en un mulo, 2 S 15 a 18.

Posteriormente D. debió sofocar otra revuelta, la de Seba, benjaminita, que significó la enemistad entre Israel y Judá, 2 S 20. Aplastadas las rebeliones, D. ordenó el ® censo de Israel y Judá, 2 S 24; 1 Cro 21; lo cual fue considerado una impiedad por lo que Israel fue castigado con la peste, y el rey levantó un altar en la era de Arauná, el jebuseo, que, según el Cronista, fue donde Salomón construyó el Templo, 1 Cro 22, 1; para lo cual el rey D. habí­a hecho los preparativos necesarios y planos y acumulado materiales. El rey donó los tesoros y riquezas que habí­a sumado a lo largo de su vida para el Santuario, a la vez que pidió a los principales del reino que hicieran sus donativos para que su hijo Salomón construyera la Casa de Dios, 1 Cro 29, 1-9. D. Siendo ya muy anciano D., se presentó el conflicto por la sucesión al trono y se formaron dos partidos, por un lado, el de Adoní­as, hijo de Jaggit, apoyado por el sacerdote Abiatar y por Joab, jefe del ejército; y, por otro lado, el bando de Salomón, secundado por el sacerdote Sadoq, Benaí­as, jefe de la guardia, Betsabé, su madre, y el profeta Natán. David se inclinó por Salomón, hijo de Betsabé, quien fue ungido rey, 1 R 1. Después, D. llamó a Salomón y le dio sus últimas órdenes, el testamento, tras lo cual murió y fue sepultado en la Ciudad de D., habiendo reinado cuarenta años sobre Israel, siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén, 1 R 2, 1-12; 1 Cro 29, 26.

El rey D. además de polí­tico, administrador, guerrero y conquistador, fue grande como poeta y músico. Suyas son las elegí­as compuestas con motivo de la muerte del rey Saúl y de Jonatán, 2 S 1, 19-27; la elegí­a por Abner, 2 S 3, 33-34; se le atribuye un cántico, que es casi el mismo Salmo 18 (17), con pequeñas variaciones, compuesto cuando Yahvéh lo libró de las manos del rey Saúl, que lo perseguí­a para matarlo, 2 S 22; se le atribuyen setenta y tres salmos, en los tí­tulos de los mismos aparece su autorí­a, y en la versión griega Septuaginta, ochenta y dos. D. es, entonces, †œel suave salmista de Israel†, 2 S 23, 1.

Cuando el rey D. se estableció en su casa y Yahvéh le dio paz y prosperidad en su reino, le dijo al rey, por medio del profeta Natán, que no serí­a D. quien le levantarí­a una casa, sino que Yahvéh le edificarí­a una al rey, es decir, la promesa de la permanencia del linaje de D. en el trono de Israel, lo que constituye la alianza de Yahvéh con D. y su descendencia, 2 S 7, 1-16; 1 Cro 17, 1-15; 22, 10; 28, 6; Sal 89 (88), 29-38; 132 (131), 11-12 . Este es el oráculo sobre la llegada del Mesí­as, que será del linaje de D., originario de Belén, como se lee también en los oráculos de los profetas, Is 7, 14-17; Mi 5; de la misma manera se toma la profecí­a de Natán en Hch 2, 30; 2 Co 6, 18; Hb 1, 5. En las genealogí­as, Jesús es descendiente de D., Mt 1, 1-17; Lc 3, 23-38; Rm 1, 3; 2 Tm 2, 8. El pueblo llama a Jesús †œHijo de David†, y así­ lo proclama cuando su entrada triunfal en Jerusalén, como reconocimiento en él del Mesí­as, Mt 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9 y 15; Mc 10, 47-48; 12, 35; Lc 18, 38-39.

Diccionario Bí­blico Digital, Grupo C Service & Design Ltda., Colombia, 2003

Fuente: Diccionario Bíblico Digital

(heb., Dawidh, amado o, en el antiguo mari, cacique). El mayor rey de Israel, una de las figuras más sobresalientes del AT (1 Samuel 16-1Ki 2:11; 1 Crónicas 11-29; muchos Salmo).

David nació en 1040 a. de J.C. (2Sa 5:4), el hijo menor de Isaí­ de Belén (1Sa 16:10-11), y creció en fuerza, valor y encanto mientras cuidaba las ovejas de su padre (2Sa 16:12; ). Samuel lo ungió como rey y el Espí­ritu de Dios descendió sobre David a partir de ese momento (2Sa 16:13). Mientras tanto, Saúl llamaba a David periódicamente a la corte para calmar su mente perturbada con su destreza con el arpa (2Sa 16:18; 2Sa 17:15). Mientras todaví­a era adolescente, David obtuvo el reconocimiento de la nación y la amistad de Jonatán, hijo de Saúl (2Sa 18:1-3; comparar 20:2Sa 12:16; 2Sa 23:16-17) por medio de su victoria sobre Goliat (2Sa 17:45-47). La envidia cada vez mayor de Saúl y cuatro intentos insidiosos en contra de la vida de David sólo sirvieron para aumentar su popularidad (comparar 2Sa 18:13-16, 2Sa 18:27). Finalmente, incitado por los enemigos de David (comparar Psa 59:12), Saúl buscó su destrucción abiertamente; y aunque fue frustrado por Samuel y los profetas en Nayot, logró forzar a David al exilio (1Sa 19:11; 1Sa 21:10).

David huyó a Gat de Filistea y después a Adulam (1Sa 21:12; Psa 34:6-8; Psa 56:3; Psa 142:6). En tres ocasiones Saúl intentó prender a David (1 Samuel 23; 24; 26; Psa 7:4; Psa 54:3; Psa 57:6). Sin embargo, a fines del 1012 a. de J.C. (1Sa 27:7), desesperado, David buscó asilo en Gat, fingiendo vasallaje (1Sa 27:8—1Sa 28:25). Después de la muerte de Saúl en el monte Gilboa en el 1010 a. de J.C. las fuerzas de David avanzaron tierra adentro hasta Hebrón, donde fue declarado rey de Judá (2Sa 2:1-4).

En 1005 a. de J.C. Abner, el general de Saúl, puso a Isboset, un hijo de Saúl, en el trono. Sólo después de la muerte de Isboset (cap. 4) reconoció todo Israel a David como rey en el 1003 (2Sa 5:1-5; 1Ch 11:10; 1Ch 12:38).

Después de una retirada inicial a Adulam (2Sa 5:17; 2Sa 23:13-17), David expulsó a los filisteos en dos campañas con dirección divina (2Sa 5:18-25). Después estableció una nueva capital polí­tica y religiosa, capturando la fortaleza jebusea de Jerusalén e instalando el arca del pacto de Moisés en una tienda en Sion (2 Samuel 6; Salmo 24).

Desde el 1002 hasta aprox. el 995 a. de J.C. David extendió su reino en todas las direcciones: hacia el oeste en contra de Filistia (2Sa 8:1), hacia el este en contra de Moab (2Sa 8:2), hacia el norte en contra de Siria (2Sa 10:13, 2Sa 10:18; comparar2Sa 8:3) hasta el rí­o Eufrates y hacia el sur en contra del terco Edom (1Ki 11:15; Psa 60:10). Una alianza con Hiram de Tiro permitió que David construyera un palacio en Jerusalén (2Sa 5:11).

Después hubo un descanso de la guerra (2Sa 7:1; 2Sa 22:1-51; Salmo 18) y David propuso un templo permanente para el Señor en Jerusalén, pero se le negó este privilegio (1Ch 22:8; 1Ch 28:3). Sin embargo, Dios prometió establecer la dinastí­a de David a través de Salomón, quien construirí­a el templo, culminando en la encarnación del Hijo eterno de Dios (2Sa 7:13-14).

David compuso muchos salmos acerca de este Mesí­as (Salmo 2, 16, 22, 68, 110). Algunos de los mayores logros de David se encuentran en este ámbito literario. De los 150 salmos canónicos, 73 tienen tí­tulos que identifican a David como el autor.

Sin embargo, poco después de esto, David cayó en una serie de fracasos incluyendo la matanza de siete descendientes inocentes de Saúl (2Sa 21:9), el adulterio con Betsabé y el asesinato de su esposo (10-11), y la falta de control sobre sus hijos; p. ej., la violación de Tamar por Amnón, el asesinato de Amnón por Absalón (2Sa 13:23-29) y la rebelión y muerte de éste (2Sa 13:38; 2Sa 14:28; 2Sa 15:7; 2Sa 16:20-22; 2Sa 18:9-15).

Los últimos años de David (975-970 a. de J.C.) estuvieron ocupados con las guerras filisteas (2Sa 21:15-22), un censo militar (2Sa 24:3, 2Sa 24:9; Psa 30:6) y la plaga resultante (2Sa 24:15). David entonces emprendió preparaciones masivas para el templo (1 Crónicas 22). En su vejez, su hijo sobreviviente mayor, Adoní­as, trató de usurparle el trono a Salomón, pero David proclamó la coronación de Salomón (1 Reyes 1). Es así­ que David murió en 970, después de una última instrucción a su hijo (2Sa 2:2-9).

Sus últimas palabras fueron una profecí­a acerca del futuro Mesí­as daví­dico y de su propia salvación que surgí­a de este pacto (2Sa 23:5).

Fuente: Diccionario Bíblico Mundo Hispano

(amado, comandante).

El más grande y amado Rey de Israel. Junto con San Pablo, una de las personas más amadas en la Biblia.

Ungido Rey por Samuel, 1Sa 16:13.

Mató al gigante Goliat y tocaba el arpa para el Rey Saúl, y se hizo í­ntimo amigo de Jonatán, 1 5.16-18.

Perseguido por Saúl, 1 S.18-26.

Declarado Rey de Juda, 2 S.2-4, en el año 1.010 A.C.

Pecó con Betsabé; lloró su pecado, y Dios lo perdono, 2 5.11-12, pero tuvo que llorar, con muchos problemas familiares, después del pecado.

Reinó por 40 años, 2Sa 2:11, 2Sa 5:4.

Escribió 73 Salmos.

Fue antepasado de Jesús, Mat 1:1, Mat 22:41-45, como habí­a profetizado Dios, 2Sa 7:8.

Diccionario Bí­blico Cristiano
Dr. J. Dominguez

http://biblia.com/diccionario/

Fuente: Diccionario Bíblico Cristiano

Segundo rey de Israel. Reinó siete años y seis meses sobre la tribu de Judá en Hebrón y treinta y tres años sobre todo Israel desde Jerusalén (2Sa 5:4-5), un total de cuarenta años (1010 al 970 a.C.).

Orí­genes. En el libro de †¢Rut se dan los antecedentes de su familia, indicándose que era descendiente de †¢Booz y la moabita. Isaí­, padre de D., tuvo nueve hijos, ocho varones y una hembra, siendo D. el más pequeño de los varones. Su familia era de cierta importancia en Belén, pues Isaí­ estaba entre †œlos ancianos de la ciudad† (1Sa 16:4-5). Tení­a rebaños de ovejas, las cuales D. apacentaba (1Sa 16:11). En esa actividad D. se habí­a distinguido desde joven como †œvaliente y vigoroso†, habiendo tenido experiencias en las cuales enfrentó leones y osos, y los mataba cuando éstos atacaban al rebaño (1Sa 17:34-36). Cuando Dios rechazó a Saúl como rey de Israel a causa de su desobediencia, envió a Samuel a ungir a D. como su sucesor (1Sa 16:1-3, 1Sa 16:12).

Relación con Saúl. †œEl Espí­ritu de Jehová se apartó de Saúl, y le atormentaba un espí­ritu malo de parte de Jehovᆝ y sufrí­a ataques de locura. Sus criados le recomendaron que escuchara música y le hablaron del hijo de Isaí­, †œque sabe tocar … y Jehová está con él†. Saúl le tomó cariño a D., quien en los momentos de depresión del rey †œtomaba el arpa y tocaba con su mano; y Saúl tení­a alivio y estaba mejor† (1Sa 16:14-23). Pero tras la victoria de D. sobre †¢Goliat, el gigante filisteo, las mujeres de Israel se pusieron a cantar: †œSaúl hirió a sus miles, y D. a sus diez miles†, lo cual causó celos en el rey. Eso le llevó a arranques de ira en uno de los cuales intentó matarlo arrojándole una lanza. Luego lo alejó, encargándole misiones difí­ciles, pero al ver que D. se portaba prudentemente, †œtení­a temor de él†. Saúl le ofreció la mano de su hija †¢Merab, pero D. decí­a que no la merecí­a. Finalmente Merab fue dada en casamiento a otro. †œPero Mical la otra hija de Saúl amaba a D.† Saúl la ofreció a D. si éste le daba como dote †œcien prepucios de filisteos†, pensando que así­ D. morirí­a a manos de éstos. Pero D. mató doscientos filisteos †œantes que el plazo se cumpliese…. Y Saúl le dio a su hija Mical por mujer†. Todo esto aumentó el temor de Saúl (1Sa 18:1-30), el cual intenta entonces asesinar a D., quien tuvo que huir con la cooperación de su esposa †¢Mical (1Sa 19:1-18).
úl insistió en su odio contra D. a pesar de que su hijo †¢Jonatán intervino en favor de éste (1Sa 20:1-42). Por tanto D. huyó y vino a Nob, donde estaba el arca, y fue atendido por el sacerdote †¢Ahimelec, quien le proporcionó para comer los panes sagrados y le dio la espada de Goliat. Cuando Saúl lo supo, ordenó la muerte de Ahimelec y de †œlos sacerdotes que estaban en Nob† (1Sa 21:1-9; 1Sa 22:9-19). D. se refugió en †¢Gat, donde reinaba el filisteo †¢Aquis, y se hizo pasar por loco (1Sa 21:10-15), pero luego se fue a la cueva de †¢Adulam, donde se le juntaron los miembros de su familia y una serie de personas con problemas de distinta í­ndole †œy tuvo consigo como cuatrocientos hombres†. Fue a Moab, y dejó su familia al cuidado del rey de allí­. Por recomendación del profeta †¢Gad pasó a tierra de Judá. Los filisteos estaban atacando a la ciudad de †¢Keila. Tras consultar dos veces con Dios, D. fue y la libró, pero cuando se enteró de que Saúl se disponí­a a buscarle allí­, consultó de nuevo a Dios y recibió el mensaje de que los habitantes del lugar le entregarí­an, por lo cual se fue al desierto de Zif. Los habitantes del lugar le delataron con Saúl, por ello D. se fue al desierto de Maón. Saúl continuó persiguiéndole, a pesar de que en dos ocasiones D. pudo haberlo matado, pero no lo hizo porque dijo que no levantarí­a sus manos contra †œel ungido de Jehovᆝ (1Sa 24:1-22; 1Sa 26:1-25). D. resolvió irse a vivir entre los filisteos, para que Saúl no le persiguiera allí­. Finalmente, el rey israelita murió en la batalla de †¢Gilboa. Cuando uno que escapó de la batalla vino con la noticia a D. y se atribuyó el haber ayudado al suicidio de Saúl, D. ordenó su muerte y lamentó la tragedia de Saúl con una endecha (†œHijas de Israel, llorad por Saúl…† [2Sa 1:1-27]).

Relación con †¢Jonatán. Tras la victoria de D. sobre Goliat †œel alma de Jonatán quedó ligada con la de D., y lo amó Jonatán como a sí­ mismo…. E hicieron pacto Jonatán y D.† El hijo del rey le regaló al pastor-músico-guerrero su manto †œy otras ropas suyas, hasta su espada, su arco y su talabarte†, sellándose así­ una gran amistad (1Sa 18:1-4). Cuando más tarde Saúl se tornó en contra de D., pidió †œa Jonatán su hijo y a todos sus siervos† que lo mataran. †œPero Jonatán hijo de Saúl amaba a D. en gran manera, y dio aviso a D.† para que se escondiera. Luego intercedió con su padre, quien le prometió respetar la vida de D., pero esa promesa no fue cumplida y Saúl intentó de nuevo matar a D., quien tuvo que huir a Ramá. Allí­ D. y Jonatán se entrevistaron, renovaron su pacto y establecieron un plan para determinar cómo estaba el ánimo del rey en relación con D. Saúl trató mal a su propio hijo, incluso le arrojó una lanza para herirlo, furioso porque éste defendí­a al hijo de Isaí­, †œde donde entendió Jonatán que su padre estaba resuelto a matar a D.†. Al otro dí­a Jonatán fue y avisó a D. †œy besándose el uno al otro, lloraron el uno con el otro; y D. lloró más† (1Sa 20:1-42).
D. en el desierto, huyendo de Saúl, Jonatán fue †œy fortaleció su mano en Dios†, asegurándole que llegarí­a el dí­a en que D. reinarí­a y que él, Jonatán, serí­a el segundo en su reino. Así­, renovaron de nuevo el pacto de Jehová entre ellos. Desafortunadamente, Jonatán murió junto a su padre en la batalla del monte †¢Gilboa. Esto fue terrible para D., que lamentó su muerte diciendo: †œAngustia tengo por ti, hermano mí­o, Jonatán, que me fuiste muy dulce. Más maravilloso me fue tu amor que el amor de las mujeres† (1Sa 31:1-6; 2Sa 1:17-27). Siendo D. rey sobre todo Israel, indagó por la descendencia de Saúl, para hacerle †œmisericordia por amor a Jonatán†. Así­ supo de la existencia de †¢Mefi-boset, un hijo de éste, lisiado de los pies, al cual hizo traer, le devolvió las tierras de Saúl y le honró, pues †œcomí­a siempre a la mesa del rey† (2Sa 9:1-13). Más tarde, D. perdonó la vida de †œMefi-boset hijo de Jonatán … por el juramento de Jehová que hubo entre ellos, entre D. y Jonatán, hijo de Saúl† (2Sa 21:7). También buscó los huesos de Saúl y Jonatán y les dio sepultura †œen el sepulcro de Cis† (2Sa 21:14).

Las esposas, concubinas e hijos. D. tuvo por lo menos ocho esposas y muchas concubinas. La primera esposa fue Mical, hija de Saúl. Mical amó sinceramente a D. y le avisó cuando su padre ordenó asesinarlo (1Sa 19:10-17). Saúl la dio por mujer a otro hombre, llamado Palti (1Sa 25:44), pero D. la reclamó cuando fue rey. Mical vio a D. que †œdanzaba con toda su fuerza delante de Jehovᆝ cuando traí­a el arca a Jerusalén y †œle menospreció en su corazón†, pero D. no le hizo caso. Mical no tuvo hijos (2Sa 6:12-23).
esposas fueron: †¢Ahinoam, de Jezreel. Dio el primer hijo a D., que lo llamó †¢Amnón (1Sa 25:43; 1Cr 3:1); †¢Maaca, hija del rey de Gesur, madre de †¢Absalón y de Tamar (2Sa 3:3; 2Sa 13:1; 1Cr 3:2); Haguit, madre de †¢Adoní­as (2Sa 3:4; 1Re 1:5, 1Re 1:11; 1Re 2:13; 1Cr 3:2); Abital, que le dio un hijo llamado Sefatí­as (2Sa 3:4; 1Cr 3:3); Egla, madre de Itream (2Sa 3:5; 1Cr 3:3). También †¢Abigail, que fue mujer de †¢Nabal, del Carmelo, quien le dio su segundo hijo, de nombre Quileab o Daniel (1Sa 25:1-44; 2Sa 3:3; 1Cr 3:1) y †¢Betsabé, madre de Simea, Sobab, Natán y Salomón (2Sa 11:27; 1Cr 3:5).

El caso de †¢Betsabé. Al enamorarse de Betsabé y tomarla, D. cayó en una cadena de pecados. Todo comenzó con su ociosidad en tiempo de guerra, luego fornicación, hipocresí­a, etcétera, hasta llegar al asesinato de †¢Urí­as (2Sa 11:1-27). El primer hijo que tuvo D. con Betsabé murió como consecuencia del juicio de Dios (1Cr 3:5), pero luego tuvieron varios hijos, uno de los cuales, Salomón, serí­a el sucesor. Bet-sabé ocuparí­a como reina madre un lugar especial junto a su hijo Salomón (1Re 1:11-53; 1Re 2:13-25). Algunos piensan que Betsabé era nieta de †¢Ahitofel (2Sa 23:34).

†¢Absalón. Fue el hijo que más tormento dio a D. Sucedió que †¢Amnón, el primogénito de D. deshonró a †¢Tamar, hermana de Absalón (2Sa 13:1-20). éste asesinó a Amnón, en venganza por la afrenta y luego huyó a †¢Gesur, tierra de su abuelo materno, donde estuvo unos tres años (2Sa 13:21-39). Pero D. deseaba ver a su hijo, y †¢Joab, dándose cuenta de ello, logró convencer al rey para que le hiciera regresar a Jerusalén. D. lo permitió, pero no lo recibió durante dos años más, al cabo de los cuales finalmente le dio audiencia (2Sa 14:1-33). Pero Absalón elaboró una conspiración contra su padre y éste tuvo que huir de Jerusalén. Uno de los asesores de Absalón fue Ahitofel. La guerra civil se decidió en una batalla donde Absalón fue muerto, a pesar de que D. habí­a dado órdenes de que se le tratara bien (2Sa 18:6-15). D. lloró amargamente la muerte de su hijo.

Los hijos de Sarvia. D. tení­a una hermana (algunos dicen que hermanastra), que fue madre de †¢Joab, †¢Abisai y †¢Asael (1Sa 26:6; 2Sa 2:18), llamados con frecuencia †œlos hijos de Sarvia†. Estos sobrinos de D. eran parte de su cí­rculo í­ntimo, una especie de Estado Mayor. Asael fue muerto por †¢Abner, en la guerra civil que siguió a la muerte de Saúl (2Sa 2:17-23). Más tarde, Joab mató a Abner †œen venganza de la muerte de Asael su hermano† (2Sa 3:27). D. desaprobó el hecho (2Sa 3:23-30). Pero Joab siguió siendo el principal de los jefes de D. e hizo muchas guerras para él, incluyendo el ser instrumento para el asesinato de Urí­as. Cuando la rebelión de Absalón, otro sobrino de D., llamado †¢Amasa, se puso de parte del hijo rebelde. Al vencer las tropas de D. éste quiso ganarse la lealtad de Amasa, pero Joab lo asesinó porque estaba de por medio el puesto de general principal del ejército (2Sa 17:25; 2Sa 19:13; 2Sa 20:8-10). D. nunca aprobó los crí­menes de Joab, pero como era su cómplice en el asesinato de Urí­as, no pudo mientras vivió hacer nada en su contra. Pero cuando llegó la hora de traspasar el trono a su hijo Salomón, le recomendó a su heredero Salomón que hiciera justicia (1Re 2:5-6). Abisai compartió con su hermano Joab el mando del ejército, fue muy leal a D., llegando incluso a salvarle la vida y tuvo una brillante carrera militar.

Las conquistas. Los filisteos llegaron a capturar a †¢Belén (2Sa 23:13-17), pero cuando D. fue hecho rey sobre Israel y Judá les derrotó dos veces, obligándolos a abandonar el territorio (2Sa 5:22-25; 1Cr 14:16). Incluso llegó a tomar a †¢Gat, ciudad filistea (1Cr 18:1). Es posible que dejara ese reino como tributario, porque en tiempos de Salomón aparece †¢Aquis como gobernante allí­ (1Re 2:39). La guardia personal de D. estaba compuesta por extranjeros, los †¢cereteos y peleteos, relacionados con los filisteos (2Sa 15:18; 2Sa 20:23). Una vez dominados éstos en el O, D. pudo dedicarse a hacer la guerra en el territorio más allá del Jordán, en el E. Así­, venció a los moabitas, los cuales vinieron a ser †œsiervos de D., y pagaron tributo† (2Sa 8:2). Enseguida †œderrotó D. a †¢Hadad-ezer hijo de Rehob, rey de Soba† y a los sirios de Damasco que vinieron en su ayuda. Soba y Damasco se convirtieron en reinos tributarios (2Sa 8:3-7). Venció también a los amonitas, cuyo rey †¢Hanún habí­a insultado a unos embajadores enviados por D. (2Sa 10:1-19). Al parecer D. no eliminó la monarquí­a amonita, sino que puso allí­ como rey a †¢Sobi, hijo de Nahas (2Sa 17:27). Ante la serie de éxitos de D., los reyes arameos que habí­an sido aliados de Hadad-ezer hicieron la paz con el rey israelita, y su dominio llegó mucho más allá de los territorios originalmente ocupados por las tribus (1Re 5:1, 1Re 5:4; 2Cr 9:26). D. entonces se dirigió a enfrentar en el S a las tribus edomitas (1Cr 18:12-14). En adición a sus actividades guerreras, D. aumentó y aseguró sus conquistas mediante alianzas diplomáticas a la usanza de su tiempo. Así­, casó con la hija del rey de †¢Gesur, llamada Maaca (2Sa 3:3). También hizo alianza con Toi, rey de †¢Hamat (2Sa 8:9-10). Cultivó, asimismo, buenas relaciones con los fenicios a través del rey de Tiro, †¢Hiram (2Sa 5:11). El territorio de este vasto imperio israelita de tiempos de D. comenzaba en el †¢éufrates, en el N, y terminaba en el †œrí­o de Egipto†, en el S.

El hombre de Dios. Dios buscó †œun varón conforme a su corazón† para sustituir a Saúl (1Sa 13:14). D. demostró tener una gran sensibilidad espiritual y mucha sabidurí­a. Desde joven se distinguió, no solamente por su valor al enfrentarse a osos y leones, sino por su prudencia (1Sa 18:5, 1Sa 18:14-15). Sus defectos y hasta sus pecados nos son presentados claramente por las Escrituras, las cuales fueron †œescritas para amonestarnos a nosotros† (1Co 10:11), a fin de que no caigamos en lo mismo. Fue un gran músico, llegando a inventar instrumentos musicales (Amo 6:5). Fue, además, un verdadero poeta. Sus salmos, fruto de sus experiencias, han bendecido a millones de personas. Aunque no es presentado como profeta, muchos de esos salmos incluyen admirables profecí­as sobre Cristo. El mismo Señor Jesús dijo que †œD. en el espí­ritu† le llamó Señor (Mat 22:43-45). Pedro dijo que el Espí­ritu Santo habló †œpor boca de D.† (Hch 1:16). La figura de D. es de una extraordinaria importancia en la Biblia, puesto que Dios mismo decidió que sus promesas para Israel serí­an cumplidas a través de su linaje. Su época de gloria es tomada como paradigma para señalar otra, todaví­a futura, que será aun más gloriosa: el reino del Mesí­as. Este es presentado, a veces, como el mismo D. (Jer 30:9; Eze 34:23-25; Ose 3:5), o como †œel hijo de D.† (Isa 9:7). El Señor Jesús es presentado en el NT como ese †œhijo de D.† (Mat 1:1; Mat 9:27; Mat 12:23; Mat 21:9, Mat 21:15; Mar 12:35-36). Pero, al mismo tiempo, él aclaró que es también el Señor de D. él es †œla raí­z y el linaje de D.† (Apo 5:5; Apo 22:16).

Fuente: Diccionario de la Biblia Cristiano

tip, BIOG REYE HOMB HOAT TIPO

ver, SALMOS

vet, = “bienamado”. Hijo de Isaí­, y segundo rey de Israel. Su vida se divide en varios perí­odos. (a) Juventud. Transcurrió en Belén de Judá. Fue el menor de 8 hermanos (1 S. 16:10, 11; 17:12-14). En la genealogí­a de la tribu de Judá (1 Cr. 2:13-15) no aparecen más que siete de los hijos de Isaí­, probablemente porque uno de ellos hubiera muerto sin descendencia. La madre de David es mencionada con ternura en los Salmos a causa de su piedad (Sal. 86:16; 116:16). La historia de los antepasados de David es variada, instructiva, y en general bella, pero también en ocasiones oscurecida por el pecado (Gn. 37:26, 27; 38:13-30; 43:8-10; 44:18-34; Nm. 1:7; Jos. 2:1-21; Rt. 4:17-22). David era rubio y de hermosa apariencia (1 S. 16:12). Como el menor de los hermanos, estaba encargado de pastorear las ovejas de su padre, y mostró su fidelidad y valor hasta el punto de dar muerte al león o al oso que atacara al rebaño (1 S. 16:11; 17:34-36). El joven, dotado de una capacidad notable para la música, tocaba el arpa con gran virtuosidad; más tarde compuso cánticos. Después que Dios hubiera rechazado al rey Saúl, envió al profeta Samuel a Belén, y le ordenó que ungiera a David para que fuera el sucesor de Saúl. No hubo proclamación pública, por temor a suscitar la hostilidad de Saúl. Samuel ungió a David en presencia de unos ancianos, que parece que no fueron informados acerca del objeto de esta unción (1 S. 16:4, 5, 13), pero Isaí­ y el mismo David ciertamente lo fueron. Este fue un punto de inflexión en la vida del joven, y “el Espí­ritu de Jehová vino sobre David”; pero David no menospreció su humilde trabajo cotidiano. (b) Al servicio de Saúl. Abandonado por Dios, el rey Saúl estaba acosado por malos espí­ritus, sometido a depresiones y a crisis de demencia; sus servidores le aconsejaron que se sirviera. de un arpista, cuya música le calmarí­a su agitado ánimo. Alguien recomendó a David como excelente músico, joven valiente, de edad militar, lleno de prudencia, aun cuando no se habí­a encontrado con la experiencia directa de guerra, y además gozando del favor del Señor (1 S. 16:14-18). Saúl le ordenó que viniera; la música de David le apaciguó, su carácter le complació, y pidió a Isaí­ que lo dejara en la corte, e hizo de él uno de sus escuderos (1 S. 16:16-23; cp. 2 S. 18:15). Al ejercer esta función, David se instruyó; llegó a conocer la guerra, a hombres eminentes, los lados bueno y malo de la vida de la corte. No estuvo constantemente junto a Saúl. Es indudable que el rey mejoró; David iba con frecuencia a Belén para pastorear las ovejas de su padre (1 S. 17:15). Mientras que él estaba allí­, los filisteos invadieron Judá y acamparon a unos 24 Km. al oeste de Belén. Saúl asumió el mando del ejército israelita y marchó a su encuentro. Los tres hermanos mayores de David, que estaban en el ejército, se habí­a separado de su familia hací­a unas 6 semanas. Isaí­ envió a David a que se informara de su suerte. El desafí­o de Goliat lo emocionó profundamente. Comprendiendo que el Señor querí­a servirse de él, David, para sacar el oprobio de Israel, inquirió acerca de este filisteo que desafiaba a los ejércitos de Dios viviente. Saúl fue informado acerca de sus palabras; dándose cuenta de las intenciones que tení­a aquel joven, el rey permitió al pastor que se midiera con el gigante. Sin armadura, que encontraba un engorro. David, aprovechando su ligereza frente a la pesadez de movimientos del gigante, se dirigió hacia el filisteo con su honda y cinco piedras. Estaba convencido de que su causa era justa y de que Dios le ayudarí­a. Entre los antiguos, los combates singulares se acompañaban de insultos. Goliat se desplomó, alcanzado en la frente por una piedra de la honda. Al volver después del combate a Gabaa de Benjamí­n, la residencia de Saúl, o al tabernáculo de Nob, David pasó a Jerusalén y exhibió la cabeza del gigante, sin duda para desafiar a los jebuseos, dueños de la fortaleza (cp. Jos. 15:63; Jue. 1:8). En cuanto a la armadura de Goliat, la puso en su tienda (1 S. 17:54). La espada del gigante fue depositada en el tabernáculo (1 S. 21:9). Después de la victoria de David, nos sorprende ver que Saúl pregunta: “¿De quién es hijo ese joven?” (1 S. 17:55, 58). ¿Acaso no conocí­a a éste que tantas veces habí­a tocado el arpa ante él? (1 S. 16:17- 23). Esto se explica de dos maneras: o bien el joven David se habí­a desarrollado y cambiado mucho, o bien la pregunta del rey tení­a que ver con la posición social y material de su familia, de lo que no se habí­a preocupado hasta entonces. Recordemos que Saúl habí­a prometido casar al vencedor con su hija, y liberar de impuestos a la casa de su padre (1 S. 17:25; 18:18); descubrió que no tení­a razón alguna para sentirse avergonzado de asociarse con la familia del joven. La victoria conseguida sobre Goliat marca otra etapa en la vida de David. El valor, la humildad, la piedad de David le ganaron el afecto desinteresado y fiel de Jonatán, hijo de Saúl (1 S. 18:1). Saúl no dejó ya a David volver periódicamente a casa de su padre, sino que le retuvo en la corte (1 S. 18:2). Los ví­tores que se hicieron a David como vencedor suscitaron la envidia de Saúl, que se hizo enemigo de David (1 S. 18:6-9) El rey comprendió que la predicción de Samuel acerca del traspaso del reino a uno mejor que él (1 S. 17:29) se iba a cumplir en la persona de David y trató de oponerse a ello. Intentó dar muerte a David con su lanza (1 S. 18:10-11). Habiendo fallado en su intento le envió a dirigir expediciones militares (1 S. 18:13). Dio a otro la hija que habí­a prometido a David (1 S. 18:17-19). Aprovechando el amor de David hacia su hija Mical, Saúl intentó hacerle morir a manos de los filisteos (1 S. 18:20-27). Mientras tanto, la popularidad de David iba en continuo crecimiento (1 S. 18:29-30); el temor de Saúl fue en aumento, y dejó de esconder sus deseos de matar a David (1 S. 19:1). Y los partidarios de Saúl no intentaron disuadirle de esta intención (1 S. 24:10; Sal. 7, encabezamiento). Los celos del rey, amortecidos temporalmente, se avivaron; intentó otra vez atravesar a David con su lanza (1 S. 19:4-10), ordenando después su arresto, escapando gracias a la estratagema de Mical (1 S. 19:11-18). Fue entonces que David escribió el Salmo 59. Huyó después a Samuel en Ramá, donde Saúl intentó todaví­a apresarle (1 S. 19:18-24). David se salvó, se reunió con Jonatán, a quien hizo sabedor que no podí­a volver a la corte, donde su vida estaba amenazada (1 S. 20). (c) El héroe fugitivo. Angustiado en su confianza en Dios, y desesperado, David huyó de Saúl. Deteniéndose en Nob, su fe decaí­da, mintió (1 S. 21:1-9); después se fue precipitadamente a Gat, para ponerse bajo la protección de Aquis, enemigo de Saúl. Pero los prí­ncipes filisteos rehusaron dar asilo a aquel que los habí­a humillado; ante el peligro que corrí­a en sus manos (1 S. 21:14; Sal. 56, encabezamiento), David se fingió loco, y Aquis lo expulsó. Recobrando la confianza en Dios (Sal. 34) el fugitivo volvió a Judá, y habitó en la cueva de Adulam (1 S. 22:1), en tanto que poní­a a sus padres a cubierto en Moab (1 S. 22:3, 4). Una compañí­a de hombres, proscritos o endeudados, descontentos, empezó a unirse a David; este grupo, de unos 400 hombres, acabó siendo de unos 600. Entre ellos se hallaban Abiatar, sacerdote de Jehová, que habí­a escapado de la masacre de los sacerdotes de Nob, y habí­a traí­do un efod; el profeta Gad, que probablemente se habí­a unido a David en Ramá (1 S. 22:5, 20; 23:6). Así­ David tení­a apoyo espiritual y un grupo de fieles. De Adulam pasó a Keila, ciudad que libró de manos de los filisteos (1 S. 23:1-5). Enterándose de que Saúl querí­a encerrarle en Keila, huyó al desierto de Judá (1 S. 23:14; Sal. 63). Los de Zif informaron a Saúl, que le persiguió hasta que una invasión filistea le obligó a cesar esta persecución (1 S. 23:14-28). Cuando hubo solucionado el asunto de los filisteos, Saúl empezó la búsqueda de David por el desierto vecino de En-gadí­. Allí­ tuvo que inclinarse ante la grandeza de alma de David que, habiendo tenido la posibilidad de dar muerte al rey Saúl dentro de la cueva, le perdonó la vida (1 S. 24; Sal. 57; 142). David y su cuadrilla de guerreros defendieron las propiedades israelitas, que estaban expuestas a incursiones (1 S. 23:1; 25:16, 21; 27:8). Por lo general, los defensores recibí­an su alimento como precio de sus servicios. Sin embargo, David nunca habí­a pedido nada de Nabal, ni siquiera los alimentos que hubieran sido la compensación ordinaria. Exasperado por el insulto de Nabal, David decidió destruir a Nabal y a todos sus hombres. Pero la sabidurí­a y diplomacia de la mujer de Nabal le detuvo (1 S. 25). Cuando ella enviudó, David la tomó como esposa. Llegó otra vez a los alrededores del desierto de Zif, cuyos moradores volvieron a dar aviso a Saúl, que de nuevo se lanzó en persecución de David. Este volvió a demostrar su magnanimidad al no dar muerte al rey, dormido y a su merced. Se conformó con llevarse su lanza y su vasija de agua (1 S. 26). Cansado de huir de Saúl, David se fue del territorio de Judá y obtuvo permiso de Aquis para ocupar Siclag. una ciudad fronteriza, lindando con el desierto de Neguev. Estuvo allí­ un año y 4 meses, protegiendo a los filisteos de las tribus del desierto, y devastaba ciudades alejadas, incluso en la misma tierra filistea (1 S. 27). Cuando los filisteos se reunieron en Gilboa para atacar a Saúl, sus prí­ncipes no quisieron que David les acompañara (1 S. 28:1, 2; 29). Volviendo a Siclag, David descubrió que los amalecitas la habí­an saqueado e incendiado. Los persiguió, y recobró todo el botí­n. Cuando supo el resultado de la batalla de Gilboa, compuso una elegí­a acerca de la suerte de Saúl y de Jonatán (2 S. 1). (d) Rey de Judá. Después de la muerte de Saúl, la tribu de Judá, a la que pertenecí­a David, lo eligió como rey; comenzó a reinar en Hebrón (2 S. 2:1-10) a la edad de 30 años (2 S. 5:4). El resto de las tribus, dirigidas por Abner, una de las personalidades con mayor capacidad de Israel, proclamó rey a Is-boset, hijo de Saúl. Este pasó a Mahanaim. Durante los dos años siguientes hubo guerra abierta entre los partidarios de Is-boset y los de David. Los asesinatos de Is-boset y de Abner fueron condenados por él. Cesó la guerra civil (2 S. 2:12-4:12) El reino de David en Hebrón duró 7 1/2 años. Sus hijos Amnón, Absalón y Adoní­as nacieron en Hebrón. David tení­a ya varias mujeres (2 S. 2:11; 3:1-5; 5:5) (e) Rey de Israel. A la muerte de Is-boset, David fue elegido rey por todas las tribus (2 S. 5:1-5) y se dispuso de inmediato a consolidar la monarquí­a. Diversas ciudades del territorio de Israel estaban tomadas por guarniciones de los filisteos, y otras estaban tomadas por los cananeos. David comenzó el asedio de Jerusalén, fortaleza de los jebuseos. Sus habitantes la consideraban inexpugnable, pero David la tomó al asalto; hizo de ella su capital; hábiles artesanos de Tiro le hicieron un palacio. La nueva capital se hallaba en los confines de Judá y de Israel. Su situación deberí­a contribuir a apagar los sentimientos de celos entre el norte y el sur. Al arrebatar la ciudad a los cananeos, David abrió la importante ruta de comunicación entre el norte y el sur, facilitando los intercambios, y coadyuvando a la unificación del reino. Los filisteos invadieron dos veces el paí­s, sufriendo dos derrotas cerca de Jerusalén (2 S. 5:17-25; 1 Cr. 14:8-17). Después de su segunda victoria sobre los filisteos, el rey invadió su paí­s, apoderándose de Gat. Esta conquista seguida de breves expediciones (2 S. 21:15-22) sometió de tal manera a los filisteos que estos enemigos hereditarios dejaron de inquietar a Israel durante siglos. Cuando el reino quedó consolidado, David se ocupó de la cuestión espiritual. Hizo traer el Arca del Pacto, que estaba en Quiriat-jearim, con solemnes fiestas, sacrificios y acciones de gracias (Jos. 15:9; 2 Cr. 13:1-14; 15:1-3). Después organizó el culto de una manera grandiosa (1 Cr. 17:1-27; 22:7-10). La gracia divina colmó a David de bendiciones. Con el fin de afirmar la seguridad de la nación y de preservarla de idolatrí­as, así­ como de vengar los insultos de los que la amenazaban, David guerreó contra pueblos vecinos, sometiendo a los moabitas, a los arameos de Soba y de Damas, a los amonitas, a los edomitas y los amalecitas (2 S. 8:1-18; 10:1-19; 12:26-31). El reino llegó de esta manera a los lí­mites prometidos a Abraham mucho tiempo antes (Gn. 15:18). Fue durante la guerra contra los amonitas que David cometió su gran pecado, con el asunto de Urí­as heteo. Dios lo juzgó por medio del profeta Natán, que declaró que la espada no se apartarí­a jamás de la casa del rey (2 S. 11:1-12:23). David se humilló verdaderamente, y se arrepintió. Dios lo castigó de manera directa, y también indirecta, ya que David cosechó lo que su ejemplo habí­a sembrado en su familia. El hijo que habí­a tenido de la mujer de Urí­as murió (2 S. 12:19). La violación de la ley moral, la lujuria, y la sed de venganza, se manifestaron dentro de su propio hogar (2 S. 13). La ambición desencadenada, con rebelión contra el padre, triunfó durante un cierto tiempo en el mismo seno de su familia, y fue causa de una guerra civil (2 S. 14:19). El espí­ritu de descontento y de celos entre las tribus, que Absalón habí­a avivado, reapareció después de la supresión de su revuelta en otra rebelión, la de Seba (2 S. 20). David hizo justicia a los gabaonitas, de manera solemne, según las ideas de la época, vengando la sangre que Saúl habí­a derramado a pesar del juramento de Josué (2 S. 21). David cayó en el pecado de orgullo y ordenó el censo del pueblo. El castigo de ello fue una peste (2 S. 24; 1 Cr. 21). A propósito de esto se dice en un pasaje que Dios excitó a David a que actuara de esta manera (2 S. 24:1), y por otra parte que este acto fue instigado por Satán (1 Cr. 21:1). Las dos declaraciones son evidentemente complementarias: Dios permitió que Satán tentara a David, por cuanto su estado espiritual y el del pueblo demandaban un castigo, dándose con ello motivo para él. El rey reunió los materiales para la construcción del templo, y hacia el fin de su reinado aseguró que Salomón serí­a su sucesor (1 R. 1). Le encargó que castigara a aquellos que, bajo el reinado de David, habí­an escapado a la justicia (1 R. 2:1-11). David murió a los 71 años; habí­a reinado 40 años (o, más exactamente, 40 1/2, 7 1/2 de ellos en Hebrón, y 33 en Jerusalén (2 S. 2:11; 5:4, 5; 1 Cr. 29:27). Sobre todo, se le llama a David “el dulce cantor de Israel” (2 S. 23:1). La tradición hebrea atribuye a este rey la composición de 73 salmos. (Ver SALMOS [LIBRO DE LOS]). (f) Resumen. En general, su fidelidad al Señor fue de tal calibre que se le llama “el varón según el corazón de Jehová” (1 S. 13:14). En las mismas Escrituras se declara que él hizo siempre lo recto a los ojos del Señor, “salvo en lo tocante a Urí­as heteo” (1 R. 15:5). Habiendo servido los designios de Dios en su generación, durmió (Hch. 13:36). Fue inmensa su influencia en el seno de la humanidad. Fue él, más que Saúl, quien instauró la monarquí­a en Israel. Su influencia espiritual se perpetúa por sus salmos, que la cristiandad entera atesora siglo tras siglo. David es un tipo notable del Señor Jesucristo: cuando era perseguido por Saúl, prefiguraba a Cristo en Su rechazamiento; cuando en el trono, fue un tipo de Cristo como varón de guerra, destruyendo a Sus enemigos como paso previo a Su reinado de paz durante el Milenio, tipificado por Salomón. David fue el receptor del Pacto Daví­dico, por el que el Señor le dio la promesa incondicional de darle una descendencia eterna, y un trono estable eternamente. Esta profecí­a se cumple en Cristo Jesús, su descendiente según la carne (Mt. 1:1). El Señor Jesús recibe con frecuencia el nombre de Hijo de David, y con todo El es Señor de David; sobre este hecho hizo una pregunta a los judí­os (Lc. 20:41-44). También recibe el nombre de “raí­z y linaje de David” (Ap. 22:16). Siendo Dios, así­ como hombre, bien puede ser ambas cosas. Tiene también la llave de David (Ap. 3:7; cp. Is. 22:22-24). Tiene en Sus manos todo el destino de la Iglesia, del futuro reino sobre la tierra, y en general de las naciones. En El se cumplirá en su plenitud el pacto dado por Dios a David (2 S. 7:8-17), confirmado a través de Jeremí­as (Jer. 23:5-8; 33:14-21) y presentado como esperanza todaví­a futura para la nación de Israel al finalizar el recogimiento, de entre los gentiles, de un pueblo para Su nombre (Hch. 15:16).

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado

[013]

El más paradigmático rey de Israel, elegido por Dios en lugar de Saúl. Reinó entre el 1012 y el 972 antes de Cristo.

Es difí­cil discernir entre los datos abundantes que recoge la Escritura aquellos que son realmente históricos y los que constituyen “historia religiosa” y leyenda.

De la Escritura se desprende que nació en Belén, hijo menor de Jessé. Tuvo diversas esposas (10 cita la Biblia) y concubinas abundantes, a medida que fue consolidando el reino y enriqueciendo su casa.

Se le presenta como escudero de Saúl, luego como perseguido por los celos de éste y, por fin, como rey de Judá durante siete años con capital en Hebrón y de Israel y Judá con capital en Jerusalén durante otros 33. Su vida está llena de avatares bélicos y de intrigas y disensiones familiares. Pero se presenta como Rey según el corazón de Dios, a quien obedece a pesar de sus propias infidelidades.

La memoria de Israel le recuerda como cantor. Se le atribuyen 73 Salmos de los 150 que contiene el Salterio.

No interesa en la educación religiosa del cristiano la figura de un rey, sino el valor mesiánico que representa con sus gestos y sus palabras, con su significado de fundador del Reino de Israel y depositario de una promesa divina. Debe ser recordado como el ascendiente del Mesí­as Salvador. Este sentido, recordado en diversos lugares del Antiguo Testamento (2 Sam. 7. 12-15; Is. 11. 1-10; Jer. 23.5 y 30.9; Ez. 34. 23-31) será recogido por los evangelistas: Mt. 22. 42 Mt. 9.27. El Mesí­as será considerado como descendiente de David y llevado ante Pilatos y condenado a muerte como tal, colocando el Procurador sobre la cruz la sentencia: “Jesús nazareno, Rey de los Judí­os” (Lc. 23.38).

También tiene valor singular en la Biblia el “mesianismo” de la figura de David, es decir su carácter de tipo profético del Mesí­as: rey, salvador, perseguido, triunfador. Por esos sus gestos mesiánicos son recordados en la Escritura: Belén donde nace, desierto donde se fortalece, llanto en Getsemaní­ al huir del hijo rebelde que le persigue.

Son 64 las veces que el nombre de David aparece en los textos del Nuevo Testamento. De ellas 28 se hallan en los cuatro evangelios llamando a Jesús “Hijo de David” y entendiendo el carácter real del Mesí­as.
El llamado Sepulcro del Rey David, en Jerusalén

Miguel Angel. El David . Detalle

Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogí­a Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006

Fuente: Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa

David era pastor, de Belén (Lc 2,4.11; Jn 7,42). Era el hijo menor de Jesé (Mt 1,5; Lc 3,31). A la muerte de Saúl fue proclamado rey de Israel. Lo fue del año 1012 al 972 a. de C. Fue también rey de Judá, con lo que logró la unidad del pueblo. Cuando conquistó Jerusalén, ciudad neutral, centro de ambos reinos, la constituyó como capital, como ciudad-estado, de la que él era el gobernador. Allí­, en el monte Sión, levantó una tienda-santuario, adonde llevó el arca de la Alianza, procurando dar a Jerusalén la dignidad de centro de la liga de las doce tribus. Como sacerdotes del nuevo santuario nombró a Abiatar, de la familia sacerdotal de Silo, y a Sadoc, de origen desconocido. Todo esto fue una maniobra extraordinaria desde el punto de vista polí­tico y religioso. El profeta Natán (2 Sam 7,12-16) asegura la permanencia de la dinastí­a daví­dica, que alcanzará un dí­a a Jesús de Nazaret. David es un modelo, un hombre cortado a la medida del corazón de Dios (Act 13,22), y eso, aun a pesar de sus pecados, que también los tuvo (2 Sam 11). Además de rey, fue también salmista y profeta mesiánico. David está muy presente en el N. T. Jesús es “el hijo de David” por la sangre, continuador de la dinastí­a daví­dica (Mt 1, 1). La gente le proclama “hijo de David” (Mt 9,27; 12,23; 15,22; 20,30; 21,9.15; Mc 10,47-48; Lc 18,38-39). Dios dará a Jesús -el hijo que va a nacer de Marí­a— “el trono de David, su padre” (Lc 1,32); Jesús es “de la raza de David” (Jn 7,42). El reino que Jesucristo viene a predicar y a establecer, aunque naturalmente trasciende al reino de David, no puede desligarse del reino de Israel, que David constituyó como reino sagrado. De hecho, los habitantes de Jerusalén aclaman así­ a Jesús en su entrada triunfal: “Bendito el reino que viene de David, nuestro padre” (Mc 11,10).

E. M. N.

FERNANDEZ RAMOS, Felipe (Dir.), Diccionario de Jesús de Nazaret, Editorial Monte Carmelo, Burbos, 2001

Fuente: Diccionario de Jesús de Nazaret

(->i monarquí­a, Sión, Jerusalén, altar, Mesí­as). Figura idealizada de los principios de Israel: fundador de la monarquí­a judí­a de Jerusalén, iniciador de una familia que será portadora de esperanzas mesiánicas. Su historia, reinterpretada de un modo poético y teológico, llena una parte importante de la Biblia (de 1 Sm 16 a 2 Sm 24).

(1) Un hombre guiado por Dios. Su figura está llena de luces y sombras, especialmente en lo que toca a su tragedia familiar: divisiones y luchas de sus hijos. Pues bien, en medio de esas divisiones, conforme a los textos actuales de la Biblia, Dios mismo va guiando el camino de David en una lí­nea mesiánica, de manera que es Dios quien actúa en realidad y no David, garantizando la pervivencia de su trono. Este mismo criterio de acción divina puede y debe aplicarse a su historia militar. David ha sido el verdadero creador del ejército israelita. Parece que empezó siendo un jefe militar (un condotiero de guerreros profesionales), capaz de ponerse incluso al servicio de los enemigos filisteos (1 Sm 27). Era, ante todo, estratega y soldado, ya en tiempos de Saúl: “Se le juntaron todos los hombres en situación apurada, cuantos tení­an un acreedor y todos los individuos amargados; David se hizo su caudillo y sus acompañantes eran unos 400 hombres” (1 Sm 22,2). El mismo aparece, por otra parte, como un hábil guerrero, que fue capaz de vencer con su astucia al gigante Goliat*, cuando aún era muy joven (cf. 1 Sm 17; 2 Sm 21,19 atribuye la muerte de Goliat a otro guerrero de Israel). Su ejército podí­a compararse a los modernos cuerpos de mercenarios, de manera que sus soldados no tení­an más oficio que la guerra: de ella viví­an, para ella se preparaban.

(2) Rey de Israel. Pero fue también un hábil polí­tico y, con sus regalos y sus gestos de defensa armada, supo ganarse a los representantes de Judá (1 Sm 30), que, tras la caí­da de Saúl, le ungieron rey en Hebrón (2 Sm 2,2-4). Su mandato fue eficaz y las restantes tribus de Israel le ofrecieron también la corona: “Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel al lugar donde estaba el rey, en Hebrón, y el rey David pactó con ellos una alianza en Hebrón, delante de Yahvé, y ungieron a David como rey sobre Israel” (2 Sm 5,3). Como caudillo militar, David creó un ejército unificado y dirigió la guerra de las tribus contra los filisteos, logrando liberar al pueblo. Se hizo rey, pero si guió siendo un condotiero, rodeado por antiguos compañeros de guerrilla (cf. 1 Sm 22,2) que formaban su guardia militar, centrada en los treinta héroes, oficiales mayores de su tropa (cf. 2 Sm 23). Cuando se hizo rico, David contrató soldados mercenarios de Creta y Filistea (cereteos y peleteos: cf. 2 Sm 8,18; 18,20), a quienes puso a su servicio, no al servicio de las tribus y de su guerra nacional. Desde esa base pueden distinguirse sus dos cuerpos de ejército, (a) Por su pacto con las tribus, David era jefe de la milicia popular de Israel, que debí­a reclutarse cuando fuera necesaria la defensa del pueblo, puesta ahora bajo el mando de oficiales, dirigidos por el mismo David (cf. Cr 27). (b) Con sus soldados particulares y sus mercenarios (sin la participación de las tribus), David conquistó un importante enclave cananeo-jebusita, incrustado como cuña entre Judá y el norte: “Se dirigió con sus hombres hacia Jerusalén*…, tomó la fortaleza y habitó en ella, llamándola Ciudad de David” (cf. 2 Sm 5,6-9). La nueva capital no formará parte de las tribus, sino que será propiedad del rey, lugar donde residen sus mercenarios, convirtiéndose después en punto de confluencia del nuevo Israel (Judá) supratribal, unificado. De esta forma, la federación* de las tribus de Israel tiende a convertirse en una monarquí­a* compacta, tanto en plano polí­tico-militar, como religioso (con el traslado del Arca a Jerusalén; cf. 2 Sm 6). David conservó en cierto sentido la estructura de las tribus, pero la empleó para fines no tribales. Ciertamente, conquistó la tierra cananea, en gesto que se interpreta como cumplimiento de las viejas promesas patriarcales (Gn 15). Pero, al mismo tiempo, creó una serie de problemas que serán casi insolubles para el yahvismo posterior: el centralismo administrativo, con la división de clases y un ejército profesional como signo de poder contrario a la antigua experiencia religiosa israelita. Además, la conquista indiscriminada de las ciudades cananeas será una amenaza para la pureza del yahvismo, como han visto los profetas.

(3) Figura mesiánica. La tradición israelita le ha recordado como principio y referencia de las promesas mesiánicas (2 Sm 7,12-16; Sal 89,4-5): el ungido de Dios será hijo* de David, espe cialmente en el Nuevo Testamento, donde esa expresión tendrá sentido polí­tico, teológico y carismático (cf. Mt 1,20; 9,27; 21,9; Mc 12,35-37; Hch 13,22; Rom 1,3). Por otra parte, David aparece no sólo como verdadero promotor de la construcción del templo* de Jerusalén (especialmente en 1 Cr 11-29), sino de un modo especial como el primero y mejor de los salmistas y poetas religiosos de Israel (cf. 1 Cr 25). La tradición más antigua le recuerda como experto cantor, que apacigua con el arpa la melancolí­a de Saúl (1 Sm 19,23), y también bailando delante del Arca* de la alianza, en gesto de profundo dramatismo religioso (2 Sm 6). Se le considera autor de una parte considerable de los salmos* (especialmente del 3 al 70).

Cf. J. L. SICRE, De David al Mesí­as, Verbo Divino, Estella 1995.

PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007

Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra

SUMARIO: I. Las fuentes: 1. La historia deuteronomista; 2. La historia de la sucesión; 3. Las Crónicas. II. Notas biográficas: 1. Nombre; 2. En la corte de Saúl; 3. El aventurero; 4. Rey de Judá y de Israel; 5. Conquistas militares; 6. Gobierno; 7. Reveses familiares; 8. El hombre. III. La alianza daví­dica. 1. Texto; 2. Contexto de alianza; 3. Profundización.

Hijo de Jesé, de la tribu de Judá, David es el fundador del más vasto imperio israelita y de la dinastí­a que durante cuatro siglos reinó en Jerusalén. A su persona está vinculada la promesa de un reino mesiánico.

I. LAS FUENTES. 1. LA HISTORIA DEUTERONOMISTA. Los informes sobre el rey David son abundantes y diversificados. A este rey se le dedican 42 capí­tulos de la historia deuteronomista de los libros de lSamuel y de los /Reyes (lSam 16-lRe 2). Hay que señalar que el texto egipcio de los LXX presenta a veces lecturas mejores que las del texto masorético. La historia de la ascensión de David al trono (1Sam 16-2Sa 5:8) contiene relatos originales bien marcados, surgidos de la corte o de la tradición popular. Después de la división del reino se introdujeron en este material algunos complementos, que reflejan la influencia de los cí­rculos proféticos, como, por ejemplo, la unción de David (1Sa 16:1-13), que subraya el repudio del rey Saúl. Poco antes del destierro a Babilonia o durante el mismo destierro los libros de Samuel fueron sometidos a una revisión deuteronomista e insertados en el gran conjunto histórico literario que abarca los libros desde el Dt hasta los Reyes. Se añadieron algunas indicaciones cronológicas (2Sa 2:10s; 2Sa 5:4s) y algunos compendios históricos (2Sa 7:18-29). Probablemente se elaboró también entonces la profecí­a de Natán (2Sa 7:1-24). Dada la compleja formación de los libros de Sam y Re, no hay que extrañarse de encontrar en ellos numerosas repeticiones, interrupciones, relatos que se entrecruzan. Se asiste a una idealización de la figura de David, sobre todo en la narración de sus comienzos; se ponen de relieve sus éxitos, sus virtudes, como la modestia, el afecto, la magnanimidad.

Se leen dos narraciones sobre la entrada de David en la corte de Saúl: una vez se introduce en ella como músico para aplacar el espí­ritu atormentado del rey (1Sa 16:4-23; 1Sa 17:1-11), mientras que otra entra en ella como joven pastor que ha derrotado a Goliat (lSam 17,12-31.40-58; 18,1-5). Es doble el atentado proyectado contra la vida de David (ISam 18,10s; 19,9s), así­ como el relato de su éxito y de su popularidad (ISam 18,12-16; 25-30). Se lee dos veces la promesa de dar como esposa a David una hija de Saúl (lSam 19,1-7; 20,1-10.18-39). Se narra en dos ocasiones la huida de David (ISam 19,10-17; 20,1-21,1) y la traición por parte de sus protegidos (ISam 23,1-13.19-28). David respeta dos veces la vida de Saúl (ISam 24; 26).

El redactor deuteronomista filodaví­dico recogió todo este material con la intención de probar que David era el sucesor legí­timo de Saúl, ya que habí­a sido elegido por Dios (lSam 16,1-13), y además porque tení­a derecho a la sucesión real en virtud del matrimonio contraí­do con la hija del primer rey, y teniendo también en cuenta sus proezas y la voluntad del pueblo.

2. LA HISTORIA DE LA SUCESIí“N. La historia de la sucesión al trono (2Sam 7; 9-20, y 1Re 1-2) presenta una admirable unidad y perfección literaria. Es el monumento histórico más notable de la prosa narrativa de Israel. La descripción es vivaz, objetiva, parca en elementos maravillosos; pero no por ello menos profundamente religiosa. El autor es probablemente un escriba de la corte de Salomón, encargado de redactar aquella historia con la finalidad de mostrar que el hijo más joven de David, Salomón, era su legí­timo sucesor. El autor tuvo a su disposición fuentes de primera mano. No se advierten preocupaciones cronológicas ni se citan las fuentes de información. Se describe a David de forma realista, en un contexto que pone de relieve sus dotes excepcionales tanto como sus errores y sus desgracias.
3. LAS CRí“NICAS. En el primer libro de las t Crónicas (11-29) se dedican 18 capí­tulos -una cuarta parte de toda la obra del cronista- al rey David. El objetivo de este libro tardí­o es más teológico que histórico. El autor hace un uso particular de los libros de Sam-Re, idealizando la figura del rey y omitiendo todo lo que pudiera deslucir su gloria. Las noticias propicias del cronista que se refieren a David deben utilizarse con cautela. Los tí­tulos de los salmos atribuidos al rey son tardí­os y los breves comentarios históricos que preceden a 11 salmos en el texto masorético no son más que citas de pasajes que aparecen en los libros de Samuel y Reyes. Por eso mismo, los tí­tulos de los salmos no representan una fuente fidedigna de noticias relativas al rey David.

II. NOTAS BIOGRíFICAS. 1. NOMBRE. El sustantivo dawid parece derivarse de la raí­z ydd y del nombre dód, que tiene el significado de “amado”, “predilecto”. Parece tratarse del nombre que asumió David al hacerse rey. Antes de entonces llevaba probablemente el nombre de Eljanán (derivado de Baaljanán), a quien un texto de 2Sam atribuye la muerte del gigante Goliat (2Sa 21:19; 2Sa 23:24). El nombre da-u-dum, que se ha encontrado en los textos de Ebla, parece confirmar la interpretación dada del nombre de David.

2. EN LA CORTE DE SAÚL. David nació en la segunda mitad del siglo xi a.C. en Belén, capital de la tribu de Judá. Su padre, Jesé, estaba emparentado con el clan de Efratá, que dominaba en Belén. Aunque la tribu de Judá no se encontraba bajo la autoridad del rey Saúl, David, “de buen aspecto y de buena presencia” (ISam 16,12), entró al servicio del rey. Cuando Saúl se propuso crear un ejército de profesión, David se convirtió en portador de las armas del rey (lSam 16,21) y más tarde en comandante de la tropas. Los éxitos militares lo hicieron famoso y pudo entrar en estrechas relaciones con la familia de Saúl (Jonatán, Mical). Este hecho le auguraba un magní­fico futuro polí­tico. Se habí­a conquistado además el afecto de Saúl; pero muy pronto llegó la ruptura. El rey sospechaba que David pudiera sustituir a Jonatán en la sucesión y que incluso, después de quitarle la simpatí­a del pueblo, pudiera destronarlo antes de morir. Si David no sucumbió a la envidia y al odio de Saúl, se lo debió a los muchos amigos que tení­a en la corte y que posibilitaron su huida.

3. EL AVENTURERO. Reprobado por el rey, David se rodeó de un grupo de mercenarios ligados con él por ví­nculos de fidelidad. Convertido en un guerrillero independiente, encontró empleo en las colinas de Judea sometidas a los filisteos. Luego se trasladó más al sur, a la región del Negueb, donde defendió el territorio de las incursiones de los amalecitas y de otros nómadas, que estaban fuera de toda dependencia estatal. Como recompensa por la protección recibí­a un tributo, probablemente en géneros alimenticios. En esta circunstancia estableció buenas relaciones con las tribus del sur, que más tarde habrí­an de serle de gran utilidad. Se casó con Abigaí­l, natural de Maón (ISam 25,42), y con Ajinoán, de Yezrael (lSam 25,42), y ofreció su ayuda militar a los habitantes de Queilá (1Sa 23:1-5), sitiados por los filisteos.
Para librarse de las maniobras de Saúl, que intentaba de todas formas detenerlo y matarlo, David prestó sus servicios al jefe filisteo Aquí­s, de Gat, que le dio en alquiler la ciudad de Sicelag (ISam 27,5ss). Como vasallo de los filisteos, tuvo la misión de defender la parte sur del paí­s filisteo contra las incursiones de los nómadas. Pero fue capaz, respaldado por su señor, de conservar buenas relaciones con las tribus meridionales de Judea (lSam 27,8-12; 30,26-31).

4. REY DE JUDí Y DE ISRAEL. Después de la trágica muerte de Saúl (1Sa 29:31), David se dirigió con sus tropas a Hebrón, donde fue proclamado rey de Judá no sólo por parte de los que pertenecí­an a la tribu de este nombre, sino también por los grupos no israelitas que habitaban en el sur, con los que habí­a mantenido relaciones amistosas. El motivo inmediato que favoreció la constitución del reino de Judá fue la aspiración de las tribus meridionales a crearse un sistema polí­tico y militar más seguro que el que habí­a representado el Estado de Saúl. El presupuesto moral era la antigua situación particular que ligaba entre sí­ a las tribus meridionales, pero el factor decisivo fue sin duda la personalidad misma de David.

En Israel, Abner, comandante de las tropas de Saúl, habí­a proclamado rey a Isbaal, hijo del difunto rey (2Sa 2:8s); sin embargo, la sucesión dinástica de Saúl no resultaba muy simpática a las tribus. David esperó con paciencia la evolución de los acontecimientos. Abner rompió con Isbaal y se pasó al lado de David. Mientras se dirigí­a a Hebrón para consultar con el rey, Abner fue matado por venganza de Joab, comandante del ejército de David. Podemos preguntarnos si no estarí­a implicado David en aquel homicidio. Isbaal fue asesinado después de dos años de reinado por dos comandantes de su ejército, que querí­an congraciarse con David (2Sa 2:10). David ordenó ejecutarlos, quizá también porque estaban al corriente de ciertas maquinaciones del rey de Judá. Tras la muerte de Abner y de Isbaal, los representantes de las tribus del norte decidieron reconocer como rey a David (2Sa 5:1 ss). Judá e Israel siguieron siendo dos entidades distintas, pero unidas en la persona del rey David. El estaba en medio y por encima de los dos reinos.

5. CONQUISTAS MILITARES. David atacó en primer lugar a los filisteos (2Sa 5:17). No se sabe qué batallas libró contra ellos; de todas formas, después de David los filisteos no tuvieron ya ningún papel polí­tico y su territorio quedó sometido a Israel. Además, el rey se apoderó de las ciudades-estado cananeas, convirtiéndose en soberano de un Estado territorial palestino. Con gran habilidad polí­tica escogió como residencia la ciudad-estado jebusea de Jerusalén, punto de conjunción entre el norte y el sur del paí­s. La ocupó mediante una estratagema y la convirtió en propiedad personal suya, cambiando además su nombre (Ciudad de David). Hizo trasladar a Jerusalén el arca de la alianza, pasando a ser así­ la Ciudad de David el centro religioso del reino unido (2Sa 5:6; lCrón 11,4). Peleó también contra los pueblos de Trasjordania, sometiéndolos a su poder (2Sa 8:10ss; lRe 11,15-25). El territorio de los edomitas pasó a ser posesión personal del rey y fue gobernado por un gobernador militar. Moab se vio reducido a Estado-vasallo después de que murieron las dos terceras partes de sus guerreros y fueron heridos sus caballos. Derrotó a los ammonitas, de los que se nombró rey a tí­tulo personal. David dirigió además campañas contra los Estados arameos del norte: Bet-Recob, Tob, Guesur, Maaca. El reino de Damasco, tras la victoria sobre el rey Adad-Ezer, quedó incorporado al reino de Israel, mientras que los demás reinos pasaron a ser vasallos. Estableció relaciones diplomáticas con las cortes extranjeras, casándose de este modo con la hija del rey de Guesur (2Sa 3:3; lCrón 3,2) y dándole a Salomón por esposa a la princesa ammonita Naama.

La actividad militar de David tuvo también una influencia provechosa para los fenicios, que pudieron desarrollar libremente su comercio marí­timo. David mantení­a con ellos buenas relaciones (2Sa 5:11; 1Cr 14:1).

6. GOBIERNO. El Estado daví­dico era una entidad muy compleja y heterogénea, que sólo mantení­a unida la persona del rey y su ejército permanente. Se leen dos listas de funcionarios del reino de David (2Sa 8:15-18; 1Cr 18:14-17 y 2Sa 20:23-26). En la institución de los cargos, el rey se inspiró en el modelo de Egipto. Entre los funcionarios más importantes estaban el heraldo (mazkir) y el secretario o ministro de asuntos exteriores, que atendí­a a la correspondencia (sófer). También adquirió importancia el sacerdocio palatino (Sadoc y Ebiatar). El territorio de Palestina se dividió probablemente en provincias. El ejército, que tení­a un comandante supremo, estaba formado por varios grupos mercenarios: la guardia personal del rey estaba constituida por extranjeros: cretenses y filisteos; igualmente el grupo selecto de los “valientes de David”. Por el contrario, la milicia regular estaba compuesta por los hombres idóneos de Judá y de Israel, llamados a las armas con ocasión de las campañas militares. Las finanzas del Estado se alimentaban del botí­n de guerra, de los tributos de los pueblos vasallos y de las contribuciones de los ciudadanos. El censo tení­a que servir para objetivos concretos militares y fiscales (2Sam 24). La peste que estalló durante esta iniciativa, inaudita en Israel, fue considerada como un castigo por parte de Dios.

David instituyó las ciudades de asilo con la finalidad de limitar la venganza de sangre (Jos 20) y les asignó a los levitas ciertas ciudades particulares como residencia (Jos 21). El rey se mostró celoso por promover la fe de los padres, que representaba un elemento unificador de los diversos grupos que componí­an el Estado. No hay que excluir que respetase también la religión cananea. No llegó a construir el templo, pero comenzó el culto en torno al arca de la alianza trasladada a Jerusalén. En el terreno cultural, David favoreció también la poesí­a y la música.

7. REVESES FAMILIARES. Después de haber cometido el rey adulterio con Betsabé y de haber tramado la muerte de su esposo Urí­as (2Sa 11:2-16.26s), la fortuna dejó de sonreí­r al gran soberano de Israel. Tuvo ocho mujeres, que conocemos de nombre (1Sa 18:27; 1Sa 25:42s; lCrón 3,2ss), las cuales le dieron seis hijos en Hebrón (2Sa 3:2ss; lCrón 3,1-9) y trece en Jerusalén (2Sa 5:14; 1Cr 3:5-9; 1Cr 14:4-7), más una hija, Tamar (1Cr 3:9). Tuvo además otros hijos de las concubinas (2Sa 5:13). El número de sus hijos y la complicada situación del Estado explican las frecuentes rivalidades y las graves crisis que atormentaron los últimos años de la vida de David. Amnón se enamoró de Tamar, hermana de Absalón, que fue seducida y violentada (2Sa 13:1-22). Para vengarse, Absalón tramó la muerte de Amnón y emprendió la huida (2Sa 13:23-29). Gracias a la intervención de Joab, Absalón volvió y se reconcilió con su padre (2Sa 14:21-33). Durante otra rebelión, Absalón se proclamó rey, y David tuvo que huir de Jerusalén con su ejército permanente (2Sam 15). En la sublevación de Absalón estaban también comprometidas las tribus del norte. Pero las tropas de Absalón fueron derrotadas, él mismo fue asesinado y David pudo entrar de nuevo en la capital. El rey lloró amargamente la muerte de su hijo rebelde (2Sam 19). Una nueva rebelión, capitaneada esta vez por el benjaminita Seba, opuso a las tribus del norte contra la de Judá. En la disputa entre Adoní­as y Salomón por la sucesión del trono, Salomón logró imponerse gracias al apoyo del profeta Natán y con la ayuda de los mercenarios de su padre y de su guardia personal. Al final de la vida de David, el reino empezó a bambolearse y después de la muerte de Salomón quedó dividido en dos.

8. EL HOMBRE. Desde muchos puntos de vista, David fue una personalidad excepcional. Fue en primer lugar un valiente e indómito guerrero, un conquistador afortunado, un astuto polí­tico que supo aprovecharse en cada momento de la situación, un prudente organizador del Estado, sobre todo en los primeros tiempos de su reinado, y un sabio administrador de la justicia. De ánimo generoso, se mostró siempre fiel con los amigos hasta ser realmente cariñoso con ellos, como demuestra su actitud con el hijo de Jonatán y con el propio Jonatán cuando murió. Se mostró condescendiente con sus hijos hasta la debilidad; no supo castigar debidamente a Amnón, perdonó el fratricidio a Absalón, sin tomar con él las debidas precauciones. Por el contrario, David fue cruel con sus opositores, haciendo que desapareciera la descendencia de Saúl, diezmando a los moabitas y provocando la muerte de Urí­as. Fue un hombre religioso según el modelo de la época: de piedad sincera, recurrí­a a la oración y a los consejos de los hombres de Dios, como Gad y Natán. Llegó incluso a aceptar verse expulsado del trono por temor a oponerse a la voluntad de Dios (2Sa 15:25s). Hizo penitencia por sus pecados aceptando las sugerencias del profeta Natán (2Sa 12:15-25). Mostró también una actitud penitente con ocasión del censo (2Sa 24:17). No hemos de excluir que compusiera él mismo salmos en honor del Señor.

Con el correr de los tiempos se fueron olvidando los defectos de David y este rey se convirtió en el rey ideal de Israel, profundamente humano y totalmente entregado al servicio de Dios. Así­ nos presentan su figura el libro de las Crónicas y el Sirácida (Sir 47:1-11).

III. LA ALIANZA DAVíDICA. El punto culminante de toda la tradición relativa a David es la promesa divina que se le hizo a él y a sus sucesores sobre el gobierno del pueblo de Israel. Podemos leerla en 2Sa 7:1-17 como coronación de las victorias obtenidas por el gran rey; además esta promesa se recoge también en 1Cr 17:1-15 y en el Sal 89:20-38.

1. TEXTO. Los textos de las Crónicas y del Salmo parecen ser relecturas más recientes del texto de 2Sam. Pero incluso este último pasaje contiene diversos indicios de elaboración redaccional, sobre todo deuteronomista. No obstante, es opinión general entre los autores que esta perí­copa contiene un núcleo esencial que se remonta a la época de David y que fue pronunciado cuando el rey estaba pensando en erigir un templo al Señor. En aquella ocasión el profeta Natán tomó postura frente a la iniciativa del rey en nombre de Dios. Después de una primera respuesta positiva, el profeta le informó al rey que la construcción del templo no habrí­a sido del gusto de un Dios que durante siglos habí­a estado habitando en una tienda, sin haber pedido nunca la construcción de una residencia permanente (2Sa 7:1-7). Sin embargo, lo mismo que habí­a hecho hasta ahora, también en el futuro el Señor recompensarí­a a su siervo David, concediéndole la victoria sobre sus enemigos y haciendo famoso su nombre. El pueblo de Israel gozarí­a de paz, de estabilidad y de libertad frente a sus enemigos. Después de la muerte de David, el trono permanecerí­a estable, ya que quedarí­a asegurada la sucesión continua de la descendencia real daví­dica (2Sa 7:8-15). El Señor mirarí­a con especial benevolencia a la casa de David, portándose con ella como un padre. Si los descendientes llegasen a fallar, serí­an castigados como los demás hombres, pero con moderación; sin embargo, este castigo no llegarí­a nunca a privar de la dignidad real a la descendencia daví­dica, haciéndola pasar a otra dinastí­a. Puesto que “tu casa y tu reino subsistirán por siempre ante mí­, y tu trono se afirmará para siempre” (2Sa 7:16).

2. CONTEXTO DE /ALIANZA. Aunque en el oráculo de Natán no aparece el término de alianza, sin embargo están presentes en él algunos detalles que confieren a la promesa divina la forma de un pacto. En dos ocasiones se le otorga a David el tí­tulo de “siervo” (2Sa 7:5.8), que significa vasallo, sometido al soberano. El rey y la dinastí­a son objeto de la benevolencia (hesed) divina, término técnico de la alianza (2Sa 7:15). La promesa se presenta de una forma que corresponde a las cláusulas de un tratado de alianza: recuerdo del pasado, estipulación relativa al porvenir, cláusulas anejas. Al recibir el rito de la unción real (1Sa 2:4; 1Sa 5:3; 2Re 23:30), David se convierte en vasallo de Yhwh, es decir, en su lugarteniente, encargado de establecer el reino de Israel, de mantener al pueblo en la condición de aliado del Señor y de obtener el favor de su Dios.

La promesa hecha a David no abroga la alianza del Sinaí­, sino que la precisa y la completa, centrándola en la dinastí­a daví­dica. Como vasallo del Señor, el rey asegura al pueblo el derecho y la justicia de su Dios, le procura estabilidad y bienestar. La casa daví­dica recibe una misión, en la que se realizan los bienes mesiánicos. En este sentido la dinastí­a se convierte en la portadora de la esperanza mesiánica. La institución monárquica pasa a ser un organismo de gracia, un canal de salvación. Por medio de ella Dios lleva a su cumplimiento el destino de Israel, puesto que la feliz subsistencia del pueblo está ligada a la permanencia de la monarquí­a. La idea mesiánica llega de este modo a asumir la forma de un reino presidido por un rey establecido por Dios.

3. PROFUNDIZACIí“N. El oráculo de Natán fue releí­do y profundizado en el mismo libro de Samuel (2Sa 23:5) y en el de los Reyes (1Re 2:12.45.46; 1Re 8:22ss; 1Re 9:5; 1Re 11:36; 1Re 15:4; 2Re 8:19). Fue igualmente comentado en los salmos 89 y 132: la promesa queda colocada expresamente dentro del marco de las antiguas tradiciones anfictiónicas de Israel. Los salmos reales, en los que se exalta la figura del rey daví­dico, su papel de garantí­a de la justicia (Sal 45; 72), su filiación divina (Sal 2; 110), se inspiraron en el texto de 2Sam 7.

La idealización del monarca, ya en acto en el Salterio, es recogida y ampliada por los profetas sucesivos. Su mirada se dirigirá no tanto a la sucesión de cada uno de los reyes daví­dicos, sino más bien a la de un descendiente extraordinario, a la de un rey único y definitivo, que llevará a cumplimiento de forma eminente la función de la dinastí­a daví­dica, dentro de un contexto escatológico (Isa 9:1-6; Isa 11:1-9; Miq 5:1-5; Jer 23:5s; Zac 9:9s) [t Mesianismo III].

BIBL.: AMSLER S., David, Roi et Messie, Delachaux, Neuchátel 1963; BOTrERWECK G.J., Zur Eigenart der chronistischen Davidsgeschichte, en “Theologische Quartalschrift” 136 (1956) 402-435; BRUEGGERMANN W., David and his Theologian, en “CBQ” 30 (1968) 156-181; CALDERONE P.J., Dynasty Oracle and Suzerainty Treaty, 2Sa 7:8-16, Loyola House of Studies, Manila 1966; CARLSON R.A., David, the Chosen King. A Traditio-Historical Approach to the Second Book of Samuel, Almqvist, Upsala 1964; GESE H., Der Davidsbund und die Zionserwiihlung, en “ZTK” 61 (1964) 10-26; NOTH M., David and Israel in II Samuel 7, Mélanges Bibliques A. Robert, Bloud et Gay, Parí­s 1957, 188-229; RosT L., Die Ueberlieferung von der Thronnachfolge Davids, Beihefte zur Wissenschaft vom A. und N.T. 3/42, Kohlhammer, Stuttgart 1926; SOGGIN A., Das Kdnigtum in Israel, Beihefte zur ZAW 104, T6pelmann, Berlí­n 1967; ID, The Reign of David: Israelite and Judean History (ed. J.H. Harvey-J.M. Miller), Fortress Press, Filadelfia 1977, 343-363; WHYBRAY R.N., The Succession Narrative. A study of II Samuel 9-20 and I kings 1 and2, SCM Press, Londres 1968; WORTHWEIN E., Die Erzdhlung von der Thronnachfolge Davids, Theologischer Verlag, Zurich 1974.

S. Virgulin

P Rossano – G. Ravasi – A, Girlanda, Nuevo Diccionario de Teologí­a Bí­blica, San Pablo, Madrid 1990

Fuente: Nuevo Diccionario de Teología Bíblica

(probablemente: Amado).
En la Traducción del Nuevo Mundo aparece este nombre 1.079 veces en las Escrituras Hebreas —entre ellas 75 referencias en los encabezamientos de 73 salmos— y 59 veces en las Escrituras Griegas Cristianas. De todos los personajes de las Escrituras Hebreas, solo Moisés y Abrahán son mencionados más veces por los escritores cristianos de la Biblia. Las 1.138 veces que se utiliza el nombre en el texto bí­blico hacen referencia al segundo rey de Israel o a aquel a quien él, David, representó en varias ocasiones: †œJesucristo, hijo de David†. (Mt 1:1.)
Este pastor, músico, poeta, soldado, hombre de estado, profeta y rey, sobresale entre los personajes de las Escrituras Hebreas. Fue un valiente luchador en el campo de batalla y supo aguantar dificultades. Este caudillo y comandante audaz, que nunca se dejó intimidar, tuvo la suficiente humildad para reconocer sus errores y arrepentirse de sus graves pecados. Además, fue compasivo y misericordioso, amó la verdad y la justicia y, sobre todo, tuvo fe y confianza absolutas en su Dios Jehová.
El linaje de David, descendiente de Boaz y de Rut, provení­a de Judá a través de Pérez. (Rut 4:18-22; Mt 1:3-6.) Este hijo de Jesé, el más joven de los ocho hijos varones, también tení­a dos hermanas o medio hermanas. (1Sa 16:10, 11; 17:12; 1Cr 2:16.) Uno de los hermanos de David murió sin dejar hijos y por eso no aparece en los registros genealógicos posteriores. (1Cr 2:13-16.) No se da el nombre de la madre de David. Algunos han creí­do que su madre fue Nahás, pero es más probable que Nahás fuese el padre de las medio hermanas de David. (2Sa 17:25; véase NAHíS núm. 2.)
Belén, a unos 9 Km. al SSO. de Jerusalén, era el pueblo natal de David y el lugar donde habí­an vivido sus antepasados Jesé, Obed y Boaz. En algunas ocasiones Belén recibe el nombre de la †œciudad de David† (Lu 2:4, 11; Jn 7:42), pero no debe confundirse con Sión, en Jerusalén, la †œCiudad de David†. (2Sa 5:7.)

Su juventud. La primera vez que aparece David en el registro bí­blico estaba vigilando las ovejas de su padre en un campo próximo a Belén, lo que hace pensar en que fue también en un campo cercano a Belén donde más de un milenio después unos pastores escucharon impresionados el anuncio del ángel de Jehová sobre el nacimiento de Jesús. (Lu 2:8-14.) Samuel, enviado por Dios a la casa de Jesé para ungir a uno de sus hijos como futuro rey, habí­a rechazado a los siete hermanos mayores de David, diciendo: †œJehová no ha escogido a estos†. Por último, se envió a buscar a David, que se hallaba en el campo. Cuando entró —†œrubicundo, un joven de hermosos ojos y gallarda apariencia†—, hubo en el ambiente cierta expectativa, porque hasta entonces nadie sabí­a a qué habí­a ido Samuel. Fue entonces cuando Samuel recibió el siguiente mandato de Jehová: †œÂ¡Levántate, úngelo, porque este es!†. De él, precisamente, Jehová dijo: †œHe hallado a David hijo de Jesé, varón agradable a mi corazón, que hará todas las cosas que yo deseo†. (1Sa 16:1-13; 13:14; Hch 13:22.)
Los años que David pasó como pastorcillo tuvieron una profunda influencia en el resto de su vida. La vida al aire libre le preparó para vivir como fugitivo cuando, más tarde, tuvo que huir de la furia de Saúl. También adquirió destreza en lanzar piedras con la honda, desarrolló aguante y valor, así­ como una buena disposición para buscar y rescatar a las ovejas que se separaban del rebaño, no dudando en matar a un oso o a un león cuando fue necesario. (1Sa 17:34-36.)
Sin embargo, a pesar de su valor como guerrero, también alcanzó renombre por tocar el arpa y escribir poesí­a, talentos que quizás cultivó durante las largas horas que pasó cuidando las ovejas. Asimismo, David llegó a ser conocido como diseñador de nuevos instrumentos musicales. (2Cr 7:6; 29:26, 27; Am 6:5.) El amor que David sintió por Jehová elevó sus composiciones muy por encima de un mero entretenimiento, y las convirtió en obras maestras clásicas dedicadas a la adoración y alabanza de Jehová. Los encabezamientos de al menos 73 salmos indican que David fue su compositor; sin embargo, también se le atribuyen otros salmos. (Compárese Sl 2:1 con Hch 4:25; Sl 95:7, 8 con Heb 4:7.) Es muy probable que algunos salmos —por ejemplo, el 8, 19, 23 y 29— reflejen las experiencias de David como pastor.
Toda la formación que obtuvo mientras cuidaba de las ovejas le preparó para una función más importante: pastorear al pueblo de Jehová, tal como está escrito: †œ[Jehová] escogió a David su siervo, y lo tomó de los apriscos del rebaño. De seguir las hembras que amamantaban lo trajo para ser pastor sobre Jacob, su pueblo, y sobre Israel, su herencia†. (Sl 78:70, 71; 2Sa 7:8.) No obstante, cuando David dejó por primera vez las ovejas de su padre, no fue para desempeñar el poder del reino. Primero fue músico de la corte por recomendación de un consejero de Saúl, quien describió a David no solo como †œdiestro en tocar†, sino también como †œvaliente y poderoso y hombre de guerra y persona que habla con inteligencia y hombre bien formado, y Jehová está con él†. (1Sa 16:18.) Así­, David se convirtió en el arpista del atribulado Saúl y en su escudero. (1Sa 16:19-23.)
Más tarde, por razones que no se registran, David volvió a la casa de su padre por un perí­odo indeterminado. En una ocasión fue a llevar provisiones a sus hermanos que estaban en el ejército de Saúl. En aquel momento el ejército israelita y el filisteo estaban estacionados frente a frente, y David se indignó cuando vio y oyó a Goliat escarnecer a Jehová. Así­ que preguntó: †œ¿Quién es este filisteo incircunciso para que tenga que desafiar con escarnio a las lí­neas de batalla del Dios vivo?† (1Sa 17:26), y después añadió: †œJehová, que me libró de la garra del león y de la garra del oso, él es quien me librará de la mano de este filisteo†. (1Sa 17:37.) Una vez que se le concedió permiso, David, que habí­a matado a un oso y a un león, se encaminó hacia Goliat con las siguientes palabras: †œYo voy a ti con el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de las lí­neas de batalla de Israel, a quien tú has desafiado†. Al instante, lanzó una piedra con su honda y derribó al paladí­n enemigo. Entonces, con la propia espada de Goliat, lo decapitó y volvió al campamento con la cabeza y la espada del gigante como trofeos de guerra. (1Sa 17:45-54; GRABADO, vol. 1, pág. 745.)
Debe mencionarse que la Septuaginta (según el manuscrito griego del siglo IV Vaticano 1209) omite desde 1 Samuel 17:55 hasta la palabra †œfilisteo† de 1 Samuel 18:6a. A este respecto, la Biblia de Jerusalén dice: †œLa antigua versión griega omití­a 17:55–18:5†. El traductor de la Biblia James Moffat va más allá al afirmar que estos versí­culos son †œañadiduras redaccionales o interpolaciones posteriores†. Sin embargo, hay pruebas que respaldan la lectura de este pasaje que se recoge en el texto masorético. (Véase SAMUEL, LIBROS DE [Secciones que faltan en la Septuaginta].)

Fugitivo. (MAPA, vol. 1, pág. 746) Estos acontecimientos en seguida lanzaron a David del anonimato de pastor al protagonismo ante los ojos de todo Israel. Colocado delante de los hombres de guerra, se recibió a David con danzas y regocijo cuando volvió de una expedición victoriosa contra los filisteos. Un canto popular fue: †œSaúl ha derribado sus miles, y David sus decenas de miles†. (1Sa 18:5-7.) †œTodo Israel y Judá amaban a David†, y Jonatán, el propio hijo de Saúl, celebró con él un pacto de amor y amistad mutuos de por vida, cuyos beneficios se extendieron a Mefibóset y Micá, el hijo y el nieto de Jonatán respectivamente. (1Sa 18:1-4, 16; 20:1-42; 23:18; 2Sa 9:1-13.)
Esta popularidad despertó la envidia de Saúl, quien continuó †œmirando a David […] con sospecha desde aquel dí­a en adelante†. Por dos veces arrojó una lanza con la intención de clavar a David en la pared mientras este tocaba el arpa como en ocasiones anteriores, pero en ambas ocasiones Jehová lo libró. Saúl habí­a prometido que darí­a su hija a aquel que matase a Goliat, pero entonces se mostraba reacio a dársela a David. Por fin consintió en que David se casase con su segunda hija, con tal de que le llevase †œcien prepucios de los filisteos†, una petición irrazonable que creyó que significarí­a la muerte de David. Sin embargo, el valeroso David dobló la dote: se presentó a Saúl con doscientos prepucios, y se casó con Mical. Por lo tanto, dos de los hijos de Saúl, movidos por amor, habí­an celebrado pactos con David, y esto hizo que se acrecentase aún más el odio de Saúl. (1Sa 18:9-29.) Cuando David estaba de nuevo tocando ante Saúl, el rey procuró clavarle en la pared por tercera vez. Por esta razón, David huyó al amparo de la noche, y solo volverí­a a ver a Saúl en circunstancias muy diferentes y, en cierto modo, extrañas. (1Sa 19:10.)
Después de estos incidentes, David vivió en continua huida de un lugar a otro durante varios años, sufriendo la persecución implacable de un rey terco y malvado que estaba resuelto a matarle. Primero David se refugió con el profeta Samuel en Ramá (1Sa 19:18-24), pero cuando este dejó de ser un escondite seguro, se dirigió a la ciudad filistea de Gat, deteniéndose en el camino para ver al sumo sacerdote Ahimélec en Nob, donde obtuvo la espada de Goliat. (1Sa 21:1-9; 22:9-23; Mt 12:3, 4.) Sin embargo, para salir con vida de Gat, tuvo que pasar por loco, haciendo con torpeza signos de cruz en la puerta y dejando correr la saliva por la barba. (1Sa 21:10-15.) Los Salmos 34 y 56 de David se basan en esta experiencia. Luego huyó a la cueva de Adulam, donde su familia y unos cuatrocientos hombres desafortunados y angustiados se unieron a él. Puede que tanto el Salmo 57 como el 142 aludan a su estancia en esta cueva. David continuó en constante movimiento, desde allí­ hasta Mizpé, en Moab, y después volvió al bosque de Héret, en Judá. (1Sa 22:1-5.) Mientras viví­a en Queilá, se enteró de que Saúl estaba preparándose para atacar, después de lo cual él y sus hombres, que en ese momento ascendí­an a unos seiscientos, salieron hacia el desierto de Zif. Saúl continuó la persecución de un lugar a otro, desde el desierto de Zif, en Hores, hasta el desierto de Maón. Cuando estaba a punto de capturar a su presa, llegó el informe de una incursión filistea. Como resultado, abandonó por un tiempo la persecución, lo que permitió al fugitivo escapar a En-guedí­. (1Sa 23:1-29.) Los hermosos salmos de alabanza a Jehová por proveer liberación milagrosa se basan en este tipo de experiencias. (Sl 18, 59, 63, 70.)
Fue en En-guedí­ donde Saúl entró en una cueva para hacer del cuerpo. David, escondido al fondo de la cueva, se acercó silenciosamente y cortó la falda de la prenda de Saúl, pero le perdonó la vida. Dijo que era inconcebible de su parte hacerle daño al rey, porque †œes el ungido de Jehovᆝ. (1Sa 24:1-22.)

Después de la muerte de Samuel. Después de la muerte de Samuel, David, todaví­a exiliado, empezó a morar en el desierto de Parán. (Véase PARíN.) Nabal, un rico ganadero establecido en Carmelo, al S. de Hebrón, y a quien David y sus hombres habí­an mostrado bondad, los trató con desaire e ingratitud. La rápida reacción de Abigail, esposa de Nabal, impidió que David exterminara a los varones de la casa, pero Jehová hirió a Nabal, así­ que murió. Después David se casó con la viuda, de modo que tuvo dos esposas: Ahinoam de Jezreel y Abigail de Carmelo; durante la larga ausencia de David, Saúl habí­a entregado a su hija Mical a otro hombre. (1Sa 25:1-44; 27:3.)
Por segunda vez David se refugió en el desierto de Zif y de nuevo empezó la persecución. David asemejó a Saúl y a sus tres mil hombres a aquellos que buscan †œuna sola pulga, tal como se corre tras una perdiz sobre las montañas†. Una noche David y Abisai entraron con cautela en el campamento de Saúl mientras todos dormí­an y se hicieron con la lanza y la jarra del agua de Saúl. Abisai querí­a matar a Saúl, pero David le perdonó la vida por segunda vez, diciendo que desde el punto de vista de Jehová era inconcebible para él alargar su mano contra el ungido de Dios. (1Sa 26:1-25.) Esa noche fue la última vez que David vio a su adversario.
David se estableció en Ziqlag, dentro del territorio filisteo, por un perí­odo de dieciséis meses, fuera del alcance de Saúl. Varios hombres poderosos desertaron de las fuerzas de Saúl y se unieron a los exiliados en Ziqlag, lo que le permitió a David hacer incursiones en las ciudades de los enemigos de Israel, en el S., y de ese modo aseguró los lí­mites de Judá y fortaleció su futura posición como rey. (1Sa 27:1-12; 1Cr 12:1-7, 19-22.) Cuando los filisteos se preparaban para atacar a las fuerzas de Saúl, el rey Akí­s, pensando que David era †œun hedor entre su pueblo Israel†, le invitó a que le acompañara. No obstante, los otros señores del eje rechazaron a David por considerarle una amenaza para su seguridad. (1Sa 29:1-11.) En la batalla que culminó en el monte Guilboa, murieron Saúl y tres de sus hijos, entre ellos Jonatán. (1Sa 31:1-7.)
Entretanto, los amalequitas saquearon y quemaron Ziqlag, y se llevaron todas las mujeres y niños. Acto seguido, las fuerzas de David persiguieron y alcanzaron a los merodeadores, y recuperaron a sus esposas e hijos, así­ como todos los bienes. (1Sa 30:1-31.) Al cabo de tres dí­as, un amalequita le llevó a David la diadema y el brazalete de Saúl, alardeando falsamente de que habí­a dado muerte al rey cuando este habí­a sido herido y esperando recibir una recompensa. Aunque el amalequita habí­a mentido, David ordenó que le matasen por alegar que habí­a dado †œmuerte al ungido de Jehovᆝ. (2Sa 1:1-16; 1Sa 31:4, 5.)

Rey. (MAPA, vol. 1, pág. 746) La trágica noticia de la muerte de Saúl afligió mucho a David. Lo que le entristecí­a no era tanto la muerte de su enconado enemigo como la caí­da del ungido de Jehová. A modo de lamento, David compuso una endecha titulada †œEl arco†. En ella llora la muerte de Saúl, su enconado enemigo, y la de su mejor amigo, caí­dos juntos en batalla: †œSaúl y Jonatán, los amables y los agradables durante su vida, y en su muerte no fueron separados†. (2Sa 1:17-27.)
Luego David se trasladó a Hebrón, donde los ancianos de Judá le ungieron rey sobre su tribu en 1077 a. E.C., cuando contaba treinta años. Is-bóset, hijo de Saúl, fue hecho rey sobre las otras tribus. Unos dos años más tarde, Is-bóset fue asesinado, y sus agresores le llevaron su cabeza a David esperando recibir una recompensa, pero también a ellos se les dio muerte como habí­a ocurrido con el presunto asesino de Saúl. (2Sa 2:1-4, 8-10; 4:5-12.) Este hecho preparó el camino para que las tribus que hasta entonces habí­an apoyado al hijo de Saúl se uniesen a Judá, y, finalmente, se le unió a David una fuerza que ascendí­a a 340.822 hombres y lo hicieron rey sobre todo Israel. (2Sa 5:1-3; 1Cr 11:1-3; 12:23-40.)

Gobierna en Jerusalén. David gobernó en Hebrón siete años y medio antes de trasladar la capital por dirección de Jehová a Jerusalén, la fortaleza que les habí­a arrebatado a los jebuseos. Fue allí­, en Sión, donde construyó la Ciudad de David, y continuó gobernando otros treinta y tres años. (2Sa 5:4-10; 1Cr 11:4-9; 2Cr 6:6.) Mientras viví­a en Hebrón, tomó más esposas e hizo que le devolvieran a Mical, y tuvo con ellas varios hijos e hijas. (2Sa 3:2-5, 13-16; 1Cr 3:1-4.) Después de trasladarse a Jerusalén, se consiguió aún más esposas y concubinas, que, a su vez, le dieron a luz más hijos. (2Sa 5:13-16; 1Cr 3:5-9; 14:3-7.)
Cuando los filisteos oyeron que David era rey de todo Israel, subieron para derrotarle. Como en el pasado (1Sa 23:2, 4, 10-12; 30:8), David inquirió de Jehová si deberí­a ir contra ellos. †œSube†, fue la respuesta, y Jehová irrumpió contra el enemigo con una destrucción tan abrumadora que David llamó al lugar Baal-perazim, que significa †œDueño de Rompimientos a Través† o †œDueño de Irrupciones†. En un enfrentamiento posterior, la estrategia de Jehová cambió y le ordenó a David que diese la vuelta alrededor y atacase a los filisteos por detrás. (2Sa 5:17-25; 1Cr 14:8-17.)
David intentó llevar el arca del pacto a Jerusalén, pero este intento fracasó cuando Uzah tocó el Arca y †œel Dios verdadero lo derribó allí­†. (2Sa 6:2-10; 1Cr 13:1-14.) Unos tres meses después, y tras cuidadosos preparativos —como, por ejemplo, el santificar tanto a los sacerdotes como a los levitas y asegurarse de que el Arca se llevase sobre los hombros en lugar de colocarse en un carruaje, como la primera vez—, se llevó el Arca a Jerusalén. David, vestido de manera sencilla, mostró su alegrí­a y su entusiasmo en esta gran ocasión †œsaltando y danzando en derredor delante de Jehovᆝ. Pero su esposa Mical le increpó diciendo que habí­a actuado †œcomo uno de los casquivanos†. Por esta queja injustificada, Mical †œno llegó a tener hijo alguno hasta el dí­a de su muerte†. (2Sa 6:11-23; 1Cr 15:1-29.)
David también se preocupó de organizar y ampliar la adoración de Jehová en la nueva ubicación del Arca, asignando porteros y músicos, y encargándose de que hubiese †œofrendas quemadas constantemente, por la mañana y por la tarde†. (1Cr 16:1-6, 37-43.) Además, pensó en edificar un templo-palacio de cedro para guardar el Arca, con el fin de reemplazar la tienda en donde se hallaba. Sin embargo, a David no se le permitió construir la casa, pues Dios dijo: †œSangre en gran cantidad has vertido, y grandes guerras has hecho. No edificarás una casa a mi nombre, porque mucha sangre has vertido en la tierra delante de mí­†. (1Cr 22:8; 28:3.) Sin embargo, Jehová hizo un pacto con él, prometiéndole que el reino permanecerí­a en su familia para siempre, y con relación a este pacto, le aseguró que su hijo Salomón, cuyo nombre procede de una raí­z que significa †œpaz†, construirí­a el templo. (2Sa 7:1-16, 25-29; 1Cr 17:1-27; 2Cr 6:7-9; Sl 89:3, 4, 35, 36.)
Por consiguiente, en conformidad con este pacto del reino, Jehová permitió que David extendiese su dominio territorial desde el rí­o de Egipto hasta el Eufrates, asegurando sus lí­mites, manteniendo la paz con el rey de Tiro, batallando y venciendo a sus opositores en todos los flancos: filisteos, sirios, moabitas, edomitas, amalequitas y ammonitas. (2Sa 8:1-14; 10:6-19; 1Re 5:3; 1Cr 13:5; 14:1, 2; 18:1–20:8.) Estas victorias que Dios le concedió le hicieron un gobernante muy poderoso. (1Cr 14:17.) De todos modos, David siempre fue consciente de que la posición que ocupaba no era suya por conquista o herencia, sino que era por la voluntad de Jehová, quien le habí­a colocado en el trono de esta teocracia tí­pica. (1Cr 10:14; 29:10-13.)

El pecado le acarrea calamidad. Durante la prolongada campaña contra los ammonitas, ocurrió uno de los episodios más lamentables de la vida de David. Todo empezó cuando el rey abrigó malos deseos al observar desde su azotea a la hermosa Bat-seba bañándose. (Snt 1:14, 15.) Al saber que su esposo Urí­as estaba en la guerra, David hizo que le llevasen a esta mujer a su palacio, y allí­ tuvo relaciones con ella. Con el tiempo, ella le notificó que estaba encinta. Seguramente por temor a que el embarazo de Bat-seba se descubriese y la condenaran a muerte por conducta inmoral, David envió en seguida un mensaje al ejército: Urí­as debí­a presentarse ante él en Jerusalén, con la esperanza de que pasara la noche con su esposa. Pero aunque David lo emborrachó, Urí­as rehusó dormir con Bat-seba. En su desesperación, David le envió de regreso al ejército con una instrucción secreta al comandante Joab: que le pusiese en primera lí­nea, donde con seguridad encontrarí­a la muerte. El ardid tuvo éxito. Urí­as murió en la batalla, su viuda observó el perí­odo de duelo acostumbrado y luego David se casó con ella antes de que la gente de la ciudad se percatara de que estaba encinta. (2Sa 11:1-27.)
Pero Jehová habí­a visto sus hechos y puso al descubierto el comportamiento reprensible de David. Si Jehová hubiese permitido que se les juzgara de acuerdo con la ley mosaica, ambos habrí­an sido ejecutados, y con Bat-seba también hubiese muerto el fruto de su adulterio que aún estaba en su vientre. (Dt 5:18; 22:22.) Sin embargo, Jehová se encargó personalmente de este caso y, por causa del pacto del Reino, le mostró a David misericordia (2Sa 7:11-16), tomando en consideración también que David habí­a demostrado ser misericordioso (1Sa 24:4-7; compárese con Snt 2:13) y que ambos habí­an manifestado su arrepentimiento ante Dios. (Sl 51:1-4.) Pero no escaparon al castigo; Jehová expresó por boca del profeta Natán: †œAquí­ estoy levantando contra ti calamidad procedente de tu propia casa†. (2Sa 12:1-12.)
Y así­ resultó ser. El niño nacido del adulterio con Bat-seba murió pronto, a pesar de que David ayunó y estuvo de duelo por el niño enfermo durante siete dí­as. (2Sa 12:15-23.) Después, Amnón, hijo primogénito de David, violó a su propia medio hermana Tamar, y posteriormente fue asesinado por el hermano de ella, lo que ocasionó gran congoja a su padre. (2Sa 13:1-33.) Más tarde, Absalón, el tercer hijo de David y el amado de su padre, no solo intentó usurpar el trono, sino que despreció de forma manifiesta a su padre y lo deshonró públicamente al cohabitar con sus concubinas. (2Sa 15:1–16:22.) Por último, la humillación alcanzó su grado máximo cuando una guerra civil sumió al paí­s en una lucha de hijo contra padre, y finalizó con la muerte de Absalón, para tristeza de su padre y en contra de su deseo. (2Sa 17:1–18:33.) Cuando huí­a de Absalón, David compuso el Salmo 3, en el que dice: †œLa salvación pertenece a Jehovᆝ. (Sl 3:8.)
No obstante, a pesar de todas sus faltas y graves pecados, David siempre mostró la condición de corazón apropiada, arrepintiéndose y suplicando el perdón de Jehová. Esta actitud es manifiesta después de pecar con Bat-seba, tras lo cual David escribió el Salmo 51, donde dice: †œCon error fui dado a luz […] en pecado me concibió mi madre†. (Sl 51:5.) Otra ocasión en la que David confesó humildemente su pecado fue cuando Satanás le incitó a hacer un censo de los hombres capacitados para sus fuerzas militares. (2Sa 24:1-17; 1Cr 21:1-17; 27:24; véase INSCRIPCIí“N.)

Compra del lugar para el templo. Cuando la peste que resultó de este último error del rey se detuvo, David compró la era de Ornán y dio el ganado vacuno y el trillo como sacrificio a Jehová. Fue en este lugar donde más tarde Salomón construyó el magní­fico templo. (2Sa 24:18-25; 1Cr 21:18-30; 2Cr 3:1.) David siempre tuvo en su corazón la intención de construir el templo, y aunque no se le permitió hacerlo, sí­ se le concedió organizar a muchos trabajadores para labrar piedras y recoger materiales: 100.000 talentos de oro (38.535.000.000 de dólares [E.U.A.]) y 1.000.000 de talentos de plata (6.606.000.000 de dólares [E.U.A.]), así­ como cobre y hierro sin medida. (1Cr 22:2-16.) De su fortuna personal David contribuyó oro de Ofir y plata refinada, cuyo valor hoy se calcula en 1.202.000.000 de dólares (E.U.A.). También hizo los planos —por inspiración divina— y organizó a las decenas de miles de levitas en sus muchas divisiones de servicio, así­ como un gran coro de cantores y músicos. (1Cr 23:1–29:19; 2Cr 8:14; 23:18; 29:25; Esd 3:10.)

Fin del reinado. En los últimos dí­as de su vida, el rey David, ya con setenta años y confinado en su cama, continuó segando calamidad dentro de su familia. Sin que David lo supiera o diera su consentimiento y, lo que es más importante, sin la aprobación de Jehová, su cuarto hijo, Adoní­as, intentó coronarse rey. Cuando estas noticias llegaron a David, obró con rapidez para que su hijo Salomón, escogido por Jehová, fuese instalado oficialmente como rey y se sentase en el trono. (1Re 1:5-48; 1Cr 28:5; 29:20-25; 2Cr 1:8.) David entonces aconsejó a Salomón que anduviera en los caminos de Jehová, guardase sus estatutos y mandamientos y que actuase con prudencia en todo. Si obraba así­, prosperarí­a. (1Re 2:1-9.)
Después de reinar cuarenta años, David falleció y fue sepultado en la Ciudad de David. Fue merecedor de aparecer en la notable lista que Pablo realizó de los testigos que sobresalieron por su fe. (1Re 2:10, 11; 1Cr 29:26-30; Hch 13:36; Heb 11:32.) Citando del Salmo 110, Jesús dijo que David lo habí­a escrito †œpor inspiración†. (Mt 22:43, 44; Mr 12:36.) Los apóstoles y otros escritores de la Biblia reconocieron con frecuencia a David como profeta inspirado por Dios. (Compárese Sl 16:8 con Hch 2:25; Sl 32:1, 2 con Ro 4:6-8; Sl 41:9 con Jn 13:18; Sl 69:22, 23 con Ro 11:9, 10; Sl 69:25 y 109:8 con Hch 1:20.)

Personaje representativo. Los profetas hablaron a menudo de David y de su casa real, algunas veces en relación con los últimos reyes de Israel que se sentaron en †œel trono de David† (Jer 13:13; 22:2, 30; 29:16; 36:30), y otras, en un sentido profético. (Jer 17:25; 22:4; Am 9:11; Zac 12:7-12.) En ciertas profecí­as mesiánicas se destaca el pacto real de Jehová con David. Por ejemplo, Isaí­as dice que aquel que se llama †œMaravilloso Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Prí­ncipe de Paz† será establecido firmemente en el trono de David †œhasta tiempo indefinido†. (Isa 9:6, 7; compárese también con 16:5.) Jeremí­as asemeja al Mesí­as a †œun brote justo† que Jehová le †œ[levantará] a David†. (Jer 23:5, 6; 33:15-17.) Por medio de Ezequiel, Jehová llama al pastor mesiánico †œmi siervo David†. (Eze 34:23, 24; 37:24, 25.)
Cuando el ángel le dijo a Marí­a que tendrí­a un hijo llamado Jesús, declaró que †œJehová Dios le [darí­a] el trono de David su padre†. (Lu 1:32.) †œJesucristo, hijo de David†, era a la vez heredero legal y natural del trono de David. (Mt 1:1, 17; Lu 3:23-31.) Pablo dijo que Jesús era la prole de David según la carne. (Ro 1:3; 2Ti 2:8.) La gente común también identificó a Jesús como el †œHijo de David† (Mt 9:27; 12:23; 15:22; 21:9, 15; Mr 10:47, 48; Lu 18:38, 39), algo muy importante, pues, como reconocí­an los fariseos, el Mesí­as tení­a que ser hijo de David. (Mt 22:42.) El propio Jesús, ya resucitado, también dio testimonio, diciendo: †œYo, Jesús, […] soy la raí­z y la prole de David†. (Rev 22:16; también Rev 3:7; 5:5.)

[Diagrama en la página 637]
(Véase la publicación para ver el texto completo)

GENEALOGíA DE DAVID
(Los nombres de los varones figuran en mayúsculas)
BOAZ y Rut (su esposa)
OBED
JESE
FAMILIA DE JESE SOBRINOS DE DAVID
ELIAB (Elihú)
ABINADAB
SAMAH (Simeá, Simeah, Simeí­)
JEHONADAB
NETANEL
RADAI
OZEM
Zeruyá ABISAI
JOAB
ASAHEL
(no nombrados)
Abigail
AMASí
DAVID
ESPOSAS DE DAVID HIJOS DE DAVID
Mical
Ahinoam
AMNí“N
Abigail
DANIEL (Kileab)
Maacá ABSALí“N
Tamar
Haguit
ADONíAS
Abital
SEFATíAS
Eglá ITREAM
esposas y concubinas
(no nombradas)
IBHAR
ELISÚA (Elisamá)
NOGA
ELIFELET (Elpélet)
NEFEG
JAFíA
ELISAMí
BEELIADí (Eliadá)
ELIFELET
JERIMOT
Bat-seba
(no nombrados)
SIMEí (Samúa)
SOBAB
NATíN
|
MARíA
SALOMí“N (Jedidí­as)
|
JOSE

Fuente: Diccionario de la Biblia

Sumario: 1. Las fuentes: 1. La historia deuteronomista; 2. La historia de la sucesión; 3. Las Crónicas. II.
Notas biográficas: 1. Nombre; 2. En la corte de Saúl; 3. El aventurero; 4. Rey de Judá y de Israel; 5.
Conquistas militares; 6. Gobierno; 7. Reveses familiares; 8. El hombre. III. La alianza daví­dica. 1. Texto; 2.
Contexto de alianza; 3. Profundización.
Hijo de Jesé, de la tribu de Judá, David es el fundador del más vasto imperio israelita y de la dinastí­a que durante cuatro siglos reinó en Jeru-salén. A su persona está vinculada la promesa de un reino mesiánico.
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1. LAS FUENTES.
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1. La historia deuteronomista.
Los informes sobre el rey David son abundantes y diversificados. A este rey se le dedican 42 capí­tulos de la historia deuteronomista de los libros del Samuel y de los/Reyes (1S 16-IRe 2). Hay que señalar que el texto egipcio de los LXX presenta a veces lecturas mejores que las del texto ma-sorético. La historia de la ascensión de David al trono (1S 16-2S 5,8) contiene relatos originales bien marcados, surgidos de la corte o de la tradición popular. Después de la división del reino se introdujeron en este material algunos complementos, que reflejan la influencia de los cí­rculos proféticos, como, por ejemplo, la unción de David IS 16,1-13), que subraya el repudio del rey Saúl. Poco antes del destierro a Babilonia o durante el mismo destierro los libros de Samuel fueron sometidos a una revisión deuteronomista e insertados en el gran conjunto histórico literario que abarca los libros desde el Dt hasta los Reyes. Se añadieron algunas indicaciones cronológicas (2S 2,lOs; 5,4s)y algunos compendios históricos (2S 7,18-29). Probablemente se elaboró también entonces la profecí­a de Natán (2S 7,1-24). Dada la compleja formación de los libros de Sam y Re, no hay que extrañarse de encontrar en ellos numerosas repeticiones, interrupciones, relatos que se entrecruzan. Se asiste a una idealización de la figura de David, sobre todo en la narración de sus comienzos; se ponen de relieve sus éxitos, sus virtudes, como la modestia, el afecto, la magnanimidad.
Se leen dos narraciones sobre la entrada de David en la corte de Saúl: una vez se introduce en ella como músico para aplacar el espí­ritu atormentado del rey (IS 16,4-23; IS 17,1-11), mientras que otra entra en ella como joven pastor que ha derrotado a Goliat (IS 17,12-31; IS 17,40-58; IS 18,1-5). Es doble el atentado proyectado contra la vida de David (1S 18,lOs; 19,9s), así­ como el relato de su éxito y de su popularidad (IS 18,12-16; IS 25-30), Se lee dos veces la promesa de dar como esposa a David una hija de Saúl (IS 19,1-7; IS 20,1-10; IS 20,18-39). Se narra en dos ocasiones la huida de David. (IS 19,10-17 20,1-21,1) y la traición por parte de sus protegidos (IS 23,1-13; IS 23,19-28). David respeta dos veces la vida de Saúl (IS 24; IS 26).
El redactor deuteronomista filo-daví­dico recogió todo este material con la intención de probar que David era el sucesor legí­timo de Saúl, ya que habí­a sido elegido por Dios (IS 16,1-13), y además porque tení­a derecho a la sucesión real en virtud del matrimonio contraí­do con la hija del primer rey, y teniendo también en cuenta sus proezas y la voluntad del pueblo.
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2. La historia de la sucesión.
La historia de la sucesión al trono (2S 7; 2S 9-20, y IR 1-2) presenta una admirable unidad y perfección literaria. Es el monumento histórico más notable de la prosa narrativa de Israel. La descripción es vivaz, objetiva, parca en elementos maravillosos; pero no por ello menos profundamente religiosa. El autor es probablemente un escriba de la corte de Salomón, encargado de redactar aquella historia con la finalidad de mostrar que el hijo más joven de David, Salomón, era su legí­timo sucesor. El autor tuvo a su disposición fuentes de primera mano. No se advierten preocupaciones cronológicas ni se citan las fuentes de información. Se describe a David de forma realista, en un contexto que pone de relieve sus dotes excepcionales tanto como sus errores y sus desgracias.
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3. Las Crónicas.
En el primer libro de las! Crónicas (11-29) se dedican 18 capí­tulos -una cuarta parte de toda la obra del cronista- al rey David. El objetivo de este libro tardí­o es más teológico que histórico. El autor hace un uso particular de los libros de Sam-Re, idealizando la figura del rey y omitiendo todo lo que pudiera deslucir su gloria. Las noticias propicias del cronista que se refieren a David deben utilizarse con cautela. Los tí­tulos de los salmos atribuidos al rey son tardí­os y los breves comentarios históricos que preceden a 11 salmos en el texto masorético no son más que citas de pasajes que aparecen en los libros de Samuel y Reyes. Por eso mismo, los tí­tulos de los salmos no representan una fuente fidedigna de noticias relativas al rey David.
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II. NOTAS BIOGRAFICAS.
1: Nombre.
El sustantivo dawí­d parece derivarse de la raí­z ydd y del nombre dód, que tiene el significado de †œamado†™, †œpredilecto. Parece tratarse del nombre que asumió David al hacerse rey. Antes de entonces llevaba probablemente el nombre de El janán (derivado de Baal janán), a quien un texto de 2S atribuye la muerte del gigante Goliat (2S 21,19; 2S 23,24). El nombre da-u-dum, que se ha encontrado en los textos de Ebla, parece confirmar la interpretación dada del nombre de David.
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2. En la corte de Saúl.
David nació en la segunda mitad del siglo xi a.C. en Belén, capital de la tribu de Judá. Su padre, Jesé, estaba emparentado con el clan de Efratá, que dominaba en Belén. Aunque la tribu de Judá no se encontraba bajo la autoridad del rey Saúl, David, †œde buen aspecto y de buena presencia† (IS 16,12), entró al servicio del rey. Cuando Saúl se propuso crear un ejército de profesión, David se convirtió en portador de las armas del rey (IS 16,21) y más tarde en comandante de la tropas. Los éxitos militares lo hicieron famoso y pudo entrar en estrechas relaciones con la familia de Saúl (Jonatán, Mi-cal). Este hecho le auguraba un magní­fico futuro polí­tico. Se habí­a conquistado además el afecto de Saúl; pero muy pronto llegó la ruptura. El rey sospechaba que David pudiera sustituir a Jonatán en la sucesión y que incluso, después de quitarle la simpatí­a del pueblo, pudiera destronarlo antes de morir. Si David no sucumbió a la envidia y al odio de Saúl, se lo debió a los muchos amigos que tení­a en la corte y que posibilitaron su huida.
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3. El aventurero.
Reprobado por el rey, David se rodeó de un grupo de mercenarios ligados con él por ví­nculos de fidelidad. Convertido en un guerrillero independiente, encontró empleo en las colinas de Judea sometidas a los filisteos. Luego se trasladó más al sur, a la región del Negueb, donde defendió el territorio de las incursiones de los amalecitas y de otros nómadas, que estaban fuera de toda dependencia estatal. Como recompensa por la protección recibí­a un tributo, probablemente en géneros alimenticios. En esta circunstancia estableció buenas relaciones con las tribus del sur, que más tarde habrí­an de serle de gran utilidad. Se casó con Abigaí­l, natural de Maón (IS 25,42), y con Ajinoán, de Yez-rael (IS 25,42), y ofreció su ayuda militar a los habitantes de Queilá (IS 23,1-5), sitiados por los filisteos.
Para librarse de las maniobras de Saúl, que intentaba de todas formas detenerlo y matarlo, David prestó sus servicios al jefe filisteo Aquí­s, de Gat, que le dio en alquiler la ciudad de Sicelag (1S 27,5ss). Como vasallo de los filisteos, tuvo la misión de defender la parte sur del paí­s filisteo contra las incursiones de los nómadas. Pero fue capaz, respaldado por su señor, de conservar buenas relaciones con las tribus meridionales de Judea (IS 27,8-12; IS 30,26-31).
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4. Rey de JudA y de Israel.
Después de la trágica muerte de Saúl (IS 29,31), David se dirigió con sus tropas a Hebrón, donde fue proclamado rey de Judá no sólo por parte de los que pertenecí­an a la tribu de este nombre, sino también por los grupos no israelitas que habitaban en el sur, con los que habí­a mantenido relaciones amistosas. El motivo inmediato que favoreció la constitución del reino de Judá fue la aspiración de las tribus meridionales a crearse un sistema polí­tico y militar más seguro que el que habí­a representado el Estado de Saúl. El presupuesto moral era la antigua situación particular que ligaba entre sí­ a las tribus meridionales, pero el factor decisivo fue sin duda la personalidad misma de David.
En Israel, Abner, comandante de las tropas de Saúl, habí­a proclamado rey a lsbaal, hijo del difunto rey (2S 2,8s); sin embargo, la sucesión dinástica de Saúl no resultaba muy simpática a las tribus. David esperó con paciencia la evolución de los acontecimientos. Abner rompió con lsbaal y se pasó al lado de David. Mientras se dirigí­a a Hebrón para consultar con el rey, Abner fue matado por venganza de Joab, comandante del ejército de David. Podemos preguntarnos si no estarí­a implicado David en aquel homicidio. lsbaal fue asesinado después de dos años de reinado por dos comandantes de su ejército, que querí­an congraciarse con David (2S 2,10). David ordenó ejecutarlos, quizá también porque estaban al corriente de ciertas maquinaciones del rey de Judá. Tras la muerte de Abner y de lsbaal, los representantes de las tribus del norte decidieron reconocer como rey a David (2S 5,1 ss). Judáe Israel siguieron siendo dos entidades distintas, pero unidas en la persona del rey David. El estaba en medio y por encima de los dos reinos.
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5. Conquistas militares.
David atacó en primer lugar a los filisteos (2S 5,17). No se sabe qué batallas libró contra ellos; de todas formas, después de David los filisteos no tuvieron ya ningún papel polí­tico y su territorio quedó sometido a Israel. Además, el rey se apoderó de las ciudades-estado cananeas, convirtiéndose en soberano de un Estado territorial palestino. Con gran habilidad polí­tica escogió como residencia la ciudad-estado jebusea de Jerusalén, punto de conjunción entre el norte y el sur del paí­s. La ocupó mediante una estratagema y la convirtió en propiedad personal suya, cambiando además su nombre (Ciudad de David). Hizo trasladar a Jerusalén el arca de la alianza, pasando a ser así­ la Ciudad de David el centro religioso del reino unido 2S 5,6 ICrón 2S 11,4). Peleó también contra los pueblos de Trasjordania, sometiéndolos
asupoder(25am8,lOss; IR 11,15-25). El territorio de los edomitas pasó a ser posesión personal del rey y fue gobernado por un gobernador militar. Moab se vio reducido a Estado-vasallo después de que murieron las dos terceras partes de sus guerreros y fueron heridos sus caballos. Derrotó a los ammonitas, de los que se nombró rey a tí­tulo personal. David dirigió además campañas contra los Estados árameos del norte: Bet-Recob, Tob, Guesur, Maaca. El reino de Damasco, tras la victoria sobre el rey Adad-Ezer, quedó incorporado al reino de Israel, mientras que los demás reinos pasaron a ser vasallos. Estableció relaciones diplomáticas con las cortes extranjeras, casándose de este modo con la hija del rey de Guesur 2S 3,3 ICrón 2S 3,2) y dán– dolé a Salomón por esposa a la princesa ammonita Naama.
La actividad militar de David tuvo también una influencia provechosa para los fenicios, que pudieron desarrollar libremente su comercio marí­timo. David mantení­a con ellos buenas relaciones (2S 5,11; 2S 1 Crón 2S 14,1).
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6. Gobierno. El Estado daví­dico era una entidad muy compleja y heterogénea, que sólo mantení­a unida la persona del rey y su ejército permanente. Se leen dos listas de funciónanos del reino de David (2S 8,15-18 ICrón 2S 18,14-17 y 2S 20,23-26). En la institución de los cargos, el rey se inspiró en el modelo de Egipto. Entre los funcionarios más importantes estaban el heraldo (maz-kir) y el secretario o ministro de asuntos exteriores, que atendí­a a la correspondencia (sófer).También adquirió importancia el sacerdocio palatino (Sadoc y Ebiatar). El territorio de Palestina se dividió probablemente en provincias. El ejército, que tení­a un comandante supremo, estaba formado por varios grupos mercenarios: la guardia personal del rey estaba constituida por extranjeros: cretenses y filisteos; igualmente el grupo selecto de los †œvalientes de David†™. Por el contrario, la milicia regular estaba compuesta por los hombres idóneos de Judá y de Israel, llamados a las armas con ocasión de Jas campañas militares. Las finanzas del Estado se alimentaban del botí­n de guerra, de los tributos de los pueblos vasallos y de las contribuciones de los ciudadanos. El censo tení­a que servir para objetivos concretos militares y fiscales (2S 24). La peste que estalló durante esta iniciativa, inaudita en Israel, fue considerada como un castigo por parte de Dios. David instituyó ias ciudades de asilo con la finalidad de limitar la venganza de sangre (Jos 20) y les asignó a los levitas ciertas ciudades particulares como residencia (Jos 21). El rey se mostró celoso por promover la fe -de los padres, que representaba un Fuente: Diccionario Católico de Teología Bíblica

1. Presencia permanente de David. La figura de David, como hombre y como rey, tiene un relieve tal que no cesa de ser para Israel el tipo del Mesí­as que debe nacer de su raza. A partir de David, la *alianza con el pueblo se hace a través del *rey, como lo hace notar Ben Sirá al final del retrato que hace de él (Eclo 47,2-11). Así­ el trono de Israel es el trono de David (ls 9,6; Lc 1,32): sus *victorias anuncian la que el *Mesí­as, lleno del Espí­ritu que reposa sobre el hijo de Jesé (ISa 16,13; Is 11,1-9), reportará sobre la injusticia. Por la victoria de su resurrección cumplirá Jesús las promesas hechas a David (Act 13,32-37) y dará a la historia su sentido (Ap 5,5). ¿Cómo logró el personaje David este puesto distinguido en la historia de la salvación?

2. El elegido de Dios. David, llamado por Dios y consagrado por la *unción (ISa 16,1-13), es constantemente el “*bendito” de Dios, al que Dios asiste con su *presencia; porque Dios está con él, prospera en todas sus empresas (ISa 16,18), en su lucha con Goliat (lSa 17,45ss), en sus guerras al servicio de Saúl (lSa 18,14 ss) y en las que él mismo emprenderá como rey y liberador de Israel: “Por dondequiera que iba le daba Yahveh la victoria” (2Sa 8,14).

David, encargado como *Moisés de ser el *pastor de Israel (2Sa 5,2), hereda las promesas *hechas a los patriarcas, y en primer lugar la de poseer la *tierra de Canaán. Es el artí­fice de esta toma de posesión por la lucha contra los filisteos, inaugurada en tiempos de Saúl y proseguida durante su propio reinado (2Sa 5,17-25; cf. 10-12). La conquista definitiva es coronada por la toma de *Jerusalén (2Sa 5,6-10), a la que se llamará “ciudad de David”. Se convierte en la capital de todo Israel, en torno a la cual se efectúa la *unidad de las tribus. Es que el *arca introducida por David ha hecho de Jerusalén una nueva ciudad santa (2Sa 6,1-19) y David desempeña en ella las funciones sacerdotales (2Sa 6,17s). Así­ “David y toda la casa de Israel” no forman sino un solo *pueblo en torno a su Dios.

3. El héroe de Israel. David responde a su vocación con una profunda adhesión a Dios. Su religión se caracteriza por la espera de la hora de Dios; así­ se guarda de atentar contra la vida de Saúl, incluso cuando tiene ocasión de deshacerse de su perseguidor (lSa 24; 26). Es el humilde servidor, confuso por los privilegios que Dios le otorga (2Sa 7, 18-29), y por esto es el modelo de los “pobres” que, imitando su abandono a Dios y su esperanza llena de certidumbre, prolongan su oración en las alabanzas y en las súplicas del salterio.

Al “chantre de los cánticos de Israel” (2Sa 23,1) atribuyen los levitas, además de numerosos salmos, el plano del templo (IPar 22; 28), así­ como la organización del culto (IPar 23-25) y de sus cantos (Neh 12,24.36).

La gloria religiosa de David no debe hacer olvidar al hombre; tuvo sus debilidades y sus grandezas; rudo guerrero, astuto también (lSa 27,10ss), cometió graves faltas y semostró débil con sus hijos ya antes de su vejez; pero ¡qué magnanimidad en su fiel *amistad con Jonatás, en el respeto que muestra siempre hacia Saúl! algunos detalles revelan su nobleza de alma : respeto del arca (2Sa 15,24-29), respeto de la vida de sus soldados (2Sa 23,13-17), generosidad (lSa 30,21-25) y perdón (2Sa 19,16-24). Por lo demás se muestra polí­tico avisado, que se granjea simpatí­as en la corte de Saúl y cerca de los ancianos de Judá (lSa 30,26-31), desaprobando el asesinato de Abner (2Sa 3,28-37) y vengando el homicidio de Isbaal (2Sa 4,9-12).

4. El Mesí­as, hijo de David. El éxito de David hubiera podido hacer creer que se habí­an realizado las promesas de Dios. Entonces una nueva y solemne profecí­a da nuevo impulso a la esperanza mesiánica (2Sa 7,12-16). A David que proyecta construir un *templo responde Dios que quiere construirle una descendencia eterna (banah = “*edificar” ; ben: “hijo)”: “yo te edificaré una casa” (7,27). Así­ orienta Dios hacia el porvenir la mirada de Israel. Promesa incondicionada, que no destruye la *alianza del Sinaí­, sino que la confirma concentrándola en el rey (7,24). En adelante Dios, presente en Israel, le guí­a y le mantiene en la unidad por la dinastí­a de David. El salmo 132 canta el ví­nculo establecido entre el arca, sí­mbólo de la presencia divina, y el descendiente de David.

Así­ se comprende la importancia del problema de la sucesión al trono daví­dico y las intrigas a que da lugar (cf. 2Sa 9-20; lRe 1). Y toda-ví­a se comprende mejor el puesto de David en los oráculos proféticos (Os 3,5; Jer 30,9; Ez 34,23s). Para ellos, evocar a David es afirmar el amor celoso de Dios á su pueblo (Is 9,6) y su fidelidad a su alianza (Jer 33,20ss), “alianza eterna, hechade las gracias prometidas a David” (Is 55,3). De esta *fidelidad no se puede dudar aun en lo más duro de la *prueba (Sal 89,4s.20-46).

Cuando se cumplen los tiempos se llama, pues, a Cristo “Hijo de David” (Mt 1,1); este tí­tulo mesiánico no habí­a sido nunca rehusado por Jesús, pero no expresaba plena-mente el misterio de su persona. Por eso Jesús, viniendo a cumplir las promesas hechas a David, proclama que es más grande que él: es su *Señor (Mt 22,42-45). No es sola-mente “el siervo David”, pastor del pueblo de Dios (Ez 34,23s), sino que es Dios mismo que viene a apacentar y a salvar a su pueblo (Ez 34, 15s), este Jesús, “retoño’ de la raza de David”, cuyo retorno aguardan e invocan el Espí­ritu y la esposa (Ap 22,16s).

-> Alianza – Jerusalén – Mesí­as – Pastor – Oración – Rey – Servidor.

LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teologí­a Bí­blica, Herder, Barcelona, 2001

Fuente: Vocabulario de las Epístolas Paulinas

El hijo de Isaí, músico, guerrero, poeta, profeta, rey, es una de las figuras más prominentes del AT. Alrededor de sesenta capítulos en los libros históricos hablan de su carrera múltiple. En ellos se nos da una biografía de David. Conocemos al muchacho pastor secretamente ungido por Samuel, del artista cuya música calmaba el atribulado espíritu de Saúl, del joven guerrero que venció a Goliat llegando a ser amigo de Jonatán, y del héroe del pueblo, dispuesto a mentir y a ser cruel para salvar su vida. Conocemos del rey quién reinó primero en Hebrón y luego en Jerusalén sobre todo Israel, de sus guerras victoriosas que libraron a Israel de sus enemigos, de la restitución del arca, de la persona que deseaba construir el templo, y de la promesa mesiánica de 2 Samuel 7, del gran pecado y sus terribles consecuencias: el asesinato de Amnón, la rebelión de Absalón, el asesinato de Amasa cumpliéndose la palabra del profeta «la espada no se apartará más de tu casa», de la preparación de las cosas materiales para la construcción del templo y de las disposiciones espirituales encaminadas al ordenamiento de la adoración, especialmente en el servicio de los cánticos, de la coronación de Salomón para sucederle después de la muerte de David. Ésta es en breve la historia. Revela a David como los hombres de su propio día lo conocieron: un gran hombre capaz de nobles actos, pero también con algunos hechos innobles en su vida.

La autobiografía de David en gran medida se nos da en el libro de los Salmos. Setenta y tres de ellos se dicen que fueron escritos por él, y en estos salmos se nos revela el corazón de David. En el Salmo 23 encontramos al joven que luchó con Goliat; en el Salmo 18 al guerrero que triunfó sobre sus enemigos; en el Salmo 51, al pecador penitente que busca y que se regocija en el perdón de Dios; en Sal. 8, 19, 103 y 139 es el hombre que se encuentra en la búsqueda del propio corazón de Dios, el hombre de una profunda piedad y amor. La cosa más grande en la vida de David fue la promesa mesiánica dada a través de Natán (2 S. 7), que también encuentra eco en Sal. 2, 89 y 110 (cf. Sal. 72); estas promesas en relación con la casa de David que se cumplen gloriosamente en Cristo, «las misericordias firmes a David» de las que habló Isaías (55:3) y que Pablo proclamó en su primer sermón a los gentiles (Hch. 13). En el Salmo 22, el afligido David prefigura los sufrimientos del Calvario; y en el Salmo 16 leemos una de las predicciones más claras acerca de la resurrección. En el Salmo 32 el perdón del pecado de David revela el carácter absoluto de la justificación.

El Salterio, del que mucho escribió David ha sido llamado «el libro de cánticos del segundo templo». Sin duda mucho se escribió pensando que fuera libro de cánticos del primer templo. En él aprendemos lo que fue la verdadera fe y vida de Israel desde antiguo bajo el pacto de Sinaí. Debido a que David es un verdadero representante de lo que Israel, como pueblo de Dios, aprendió, a menudo a través de experiencias amargas, a adorar al Dios de Abraham y de Moisés en espíritu y en verdad.

La sorprendente verdad de esto es que los Salmos de David no son únicamente los salmos del primer y segundo templos, sino que son los cánticos de la iglesia cristiana. El dulce cántico de Israel ha tocado los corazones de los hombres de todas las edades quienes han respondido y responderán hasta el fin del tiempo.

Oswald T. Allis

Harrison, E. F., Bromiley, G. W., & Henry, C. F. H. (2006). Diccionario de Teología (155). Grand Rapids, MI: Libros Desafío.

Fuente: Diccionario de Teología

(heb. dāwiḏ, a veces dāwı̂d; raíz y significado dudosos, pero véase BDB in loc.; la equivalencia con una supuesta forma bab. antigua (Mari) dawı̂dum, ‘jefe’, se descarta ahora JNES 17, 1958, pp. 130; VT Supp 7, 1960, pp. 165ss); cf. Laesoe, Shemsharah Tablets, pp. 56). Hijo menor de Isaí, de la tribu de Judá, y segundo rey de Israel. En las Escrituras este nombre se aplica solamente a él, como tipificación del lugar único que ocupa como antepasado, precursor, y anunciador del Señor Jesucristo, “el gran hijo del gran David”. Hay 58 referencias a David en el NT, incluido el tan repetido título acordado a Jesús: “Hijo de David”. Pablo declara que Jesús es “del linaje de David según la carne” (Ro 1.3), y Juan relata que Jesús mismo dijo “yo soy la raíz y el linaje de David” (Ap. 22.16).

Cuando volvemos al AT para descubrir quién es este que ocupa un lugar de tanta prominencia en el linaje de nuestro Señor y los propósitos de Dios, el material disponible es abundante y rico. La historia de David se encuentra entre 1 S. 16 y 1 R. 2, y mucho de este material se encuentra paralelamente en 1 Cr. 2–29.

I. Marco familiar

David era bisnieto de Rut y Booz, y el menor de ocho hermanos (1 S. 17.12ss), y desde niño fue pastor de ovejas. Ocupado en este trabajo adquirió el coraje que luego supo desplegar en el campo de batalla (1 S. 17.34–35) y el tierno cuidado que tuvo para con su manada, que más tarde habría de ser tema de sus canciones acerca de los atributos de su Dios. Como José, sufrió la mala disposición de sus hermanos mayores, que le tenían envidia, posiblemente por los talentos con que Dios lo había favorecido (1 S. 17.28). Aunque fue modesto en cuanto a su ascendencia (1 S. 18.18), David había de ser padre de una línea de notables descendientes, como lo demuestra la genealogía de nuestro Señor en el Evangelio de Mateo (Mt. 1.1–17).

II. Ungimiento y amistad con Saúl

Cuando Dios rechazó a Saúl como rey de Israel, David le fue revelado a Samuel como su sucesor, y por ello el profeta lo ungió en Belén sin ninguna ostentación (1 S. 16.1–13). Uno de los resultados del rechazo de Saúl fue que el Espíritu de Dios se retiró de él, provocando como consecuencia una gran depresión en su propio espíritu, que en ciertas ocasiones parece que rayaba en la locura. Se advierte una impresionante revelación del propósito divino en la providencia por la cual David, destinado a reemplazar a Saúl en el favor y los planes de Dios, es elegido para socorrer al rey caído en sus momentos de melancolía (1 S. 16.17–21). De esta manera, la vida de estos dos hombres estuvo íntimamente ligada, la del gigante herido y la del imberbe que surgía.

Al principio todo marchaba bien. A Saúl le agradaba el joven, cuyo talento musical habría de darnos parte de nuestra herencia devocional más preciosa, y lo nombró para ocupar el cargo de paje de armas o escudero. Luego el conocido incidente con Goliat, el campeón filisteo, lo cambió todo (1 S. 17). La agilidad y habilidad de David con la honda le permitió vencer al fuerte y pesado gigante, cuya muerte fue la señal para la derrota por parte de Israel de las fuerzas filisteas. Quedó abierto el camino para que David hiciera suya la recompensa prometida por Saúl: la mano de la hija del rey, y liberación de impuestos para toda la familia de su padre. Pero un factor inesperado cambió el curso de los acontecimientos: los celos que sintió el rey ante el nuevo campeón de Israel. Cuando David regresaba, después de haber matado a Goliat, las mujeres israelitas le dieron la bienvenida cantando “Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles”. Saúl, a diferencia de su hijo *Jonatán en una situación parecida, se sintió herido y, se nos dice, “desde aquel día no miró con buenos ojos a David” (1 S. 18.7, 9).

III. La hostilidad de Saúl

El trato de Saúl para con David comenzó a ser cada vez menos amistoso, y en un momento dado vemos al joven héroe nacional salvándose de un ataque brutal contra su vida por parte del rey. Sus honores militares le fueron reducidos, fue defraudado en cuanto a la esposa prometida y unido en matrimonio a la otra hija de Saúl, Mical, después de llegar a un arreglo que tenía por objeto causarle la muerte (1 S. 18.25). Parecería, por lo que se dice en 1 S. 24.9, que había en la corte de Saúl un grupo que fomentaba deliberadamente las desinteligencias entre Saúl y David, y el estado de cosas entre ellos se fue deteriorando paulatinamente. Otra tentativa infructuosa de Saúl de matar a David con su lanza fue seguida por un intento de arresto, que se vio frustrado por una estratagema de Mical, la esposa de David (1 S. 19.8–17). Un rasgo notable de este período en la vida de David es la manera en que los dos hijos de Saúl, Jonatán y Mical, se aliaron con David contra su propio padre.

IV. Huida de delante de Saúl

Las etapas siguientes en la historia de David se caracterizan por constantes huidas ante la implacable persecución de Saúl. No le es posible a David descansar en un solo lugar por mucho tiempo; profeta, sacerdote, enemigo nacional: ninguno puede ofrecerle refugio, y los que le ofrecen ayuda son cruelmente castigados por un rey enloquecido de rabia (1 S. 22.6–19). Después de escapar apenas de los jefes militares de los filisteos, por fin David logró organizar la banda de Adulam, que al principio estaba constituida por un grupo heterogéneo de fugitivos, pero que más tarde se transformó en una fuerza armada que asolaba a los invasores del exterior, protegía las cosechas y el ganado de las comunidades israelitas ubicadas en lugares remotos, y vivía de la generosidad de estas últimas. En 1 S. 25 se registra la forma miserable en que uno de estos acaudalados hacendados, Nabal, se negó a reconocer su deuda para con David; este incidente es interesante pues presenta a Abigail, que luego habría de ser una de las mujeres de David. Los cap(s). 24 y 26 del mismo libro registran dos ocasiones en que David le perdonó la vida a Saúl, como consecuencia de una mezcla de piedad y magnanimidad. Por fin David, ante la imposibilidad de frenar la hostilidad de Saúl, llegó a un acuerdo con el rey filisteo, Aquis de Gat, y le fue concedida la ciudad fronteriza de Siclag como recompensa por el uso ocasional de su banda de guerreros. Sin embargo, cuando los filisteos se lanzaron decididamente a pelear contra Saúl, sus jefes militares tuvieron cierto recelo ante la presencia de las tropas de David en sus filas, temiendo que a última hora pudiera producirse un cambio de lealtad, motivo por el cual David no tomó parte en la tragedia de Gilboa, tragedia que más tarde lamentó en una de las más hermosas elegías que se conocen (2 S. 1.19–27).

V. Rey en Hebrón

Una vez muerto Saúl, David buscó conocer la voluntad de Dios, quien lo guió a que volviera a Judá, la zona de su propia tribu, donde sus compatriotas lo ungieron rey. David fijó su residencia real en Hebrón. Tenía ya 30 años de edad, y reinó en Hebrón durante siete años y medio. Los primeros dos años fueron ocupados en una guerra civil entre los defensores de David y los antiguos cortesanos de Saúl, que habían consagrado a Es-baal (Is-boset), hijo de Saúl, como rey en Mahanaim. Es muy probable que Es-baal no haya sido más que un títere en manos de Abner, el fiel seguidor de Saúl. Cuando estos fueron asesinados, toda oposición organizada contra David terminó, y fue ungido rey sobre las doce tribus de Israel en Hebrón. De allí transfirió en seguida la capital de su reino a Jerusalén (2 S. 3–5).

VI. Rey en Jerusalén

A partir de este momento comenzó el período más exitoso del largo reinado de David, que habría de prolongarse otros 33 años. Debido a una excelente combinación de coraje personal y hábil conducción militar encaminó a los israelitas hacia una sistemática y decisiva subyugación de todos sus enemigos (filisteos, cananeos, moabitas, arameos, edomitas, y amalecitas), de tal manera que su nombre hubiera adquirido fama en la historia independientemente de su significación para el plan divino de la redención. La debilidad de las potencias de los valles del Nilo y del Éufrates en ese entonces le permitió, mediante conquistas y alianzas, extender su esfera de influencia desde la frontera egipcia y el golfo de Ácaba hasta el Éufrates superior. Después de conquistar la supuestamente inexpugnable ciudadela de los jebuseos, Jerusalén, la transformó en capital de su reino, desde donde pudo vigilar las dos grandes divisiones de sus dominios, que más tarde se convirtieron en los dos reinos divididos de Judá e Israel. Se edificó un palacio, se construyeron carreteras, se restauraron las rutas comerciales, se aseguró la prosperidad material del reino. Sin embargo, esta no podía ser la única, ni siquiera la principal, ambición de un “varón conforme al corazón de Yahvéh”, y pronto se pone de manifiesto el celo religioso de David. Hizo volver el arca del pacto desde Quiriat-jearim, y la colocó en un tabernáculo especial construido para ese fin en Jerusalén. Durante el viaje de retorno del arca ocurrió el incidente que provocó la muerte de Uza (2 S. 6.6–8). Gran parte de la organización religiosa que habría de enriquecer más tarde el culto en el templo debe su origen a los arreglos para el servicio religioso en el tabernáculo construido por David en esa época. Además de su importancia estratégica y política, Jerusalén adquirió de esta manera una significación aun mayor desde la perspectiva religiosa, con la cual se ha asociado su nombre desde entonces.

Debe ser motivo de asombro y temor reverencial para el creyente el tener presente que fue durante este período de prosperidad exterior y de aparente fervor religioso que David cometió el pecado mencionado en las Escrituras como “lo tocante a Urías heteo” (2 S. 11). La significación y la importancia de este pecado, tanto por su atrocidad como por sus consecuencias en toda la historia subsiguiente de Israel, no pueden exagerarse. David se arrepintió profundamente, pero el hecho había sido consumado, y ha quedado como una demostración de cómo el pecado arruina los propósitos de Dios para sus hijos. El patético y angustioso clamor con que recibió la noticia de la muerte de *Absalón no fue sino un débil eco de la agonía de un corazón que sabía que esa muerte, y muchas más, formaban parte de una cosecha que era fruto de la concupiscencia y el engaño sembrados por él mismo tantos años antes.

La rebelión de Absalón, en la que el reino del N permaneció leal a David, pronto fue seguida por una sublevación por parte del mismo reino del N organizada por el benjamita Seba. Esta sublevación, como la de Absalón, fue aplastada por Joab. Los últimos días de David fueron amargados por las maquinaciones de Adonías y Salomón, que aspiraban al trono, como también porque se daba cuenta de que el legado de luchas intestinas profetizado por *Natán todavía tenía que cumplirse cabalmente.

Además del ejérciro permanente, comandado por su pariente Joab, David disponía de una guardia personal reclutada principalmente entre guerreros de origen filisteo, cuya lealtad hacia su persona nunca flaqueó. Hay abundantes pruebas en los anales históricos, a los cuales ya se ha hecho referencia, de la habilidad de David para componer odas y elegías (véase 2 S. 1.19–27; 3.33–34; 22; 23.1–7). Una vieja tradición lo describe como “el dulce cantor de Israel” (2 S. 23.1), mientras que escritos posteriores del AT se refieren a él como el director del culto musical de Israel, como el inventor de instrumentos de música que tocaba con habilidad, y como compositor (Ne. 12.24, 36, 45–46; Am. 6.5). En la Biblia hay 73 salmos que se atribuyen a “David”, algunos de ellos presentados de tal manera que no queda duda de que él fue su autor. Pero lo más convincente a este respecto es que nuestro Señor mismo habló de David como el autor de, por lo menos, un salmo (Lc. 20.42), utilizando una cita del mismo para aclarar el carácter de su mesianismo.

VII. Carácter

La Biblia nunca intenta encubrir o paliar los pecados o los defectos de carácter de los hijos de Dios. “Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron” (Ro. 15.4). Una de las funciones de las Escrituras es la de advertir por medio del ejemplo, a la vez que servir de aliento. El pecado de David en el caso de Urías heteo constituye un ejemplo fundamental de lo que se acaba de afirmar. Lo que se busca es que esta mancha se vea tal como es, es decir como una mácula en la vida de un personaje por lo demás hermoso y maravillosamente dedicado a la gloria de Dios. Es verdad que existen elementos en la experiencia de David que al que es hijo del nuevo pacto le resultan inverosímiles y hasta repugnantes. Sin embargo “él … sirvió a su propia generación según la voluntad de Dios” (Hch. 13.36), y en esa generación se destacó como una luz brillante y reluciente para el Dios de Israel. Sus éxitos fueron numerosos y variados; fue hombre de acción, poeta, amante tierno, enemigo generoso, firme dispensador de justicia, amigo leal; era todo lo que los hombres encuentran edificante y admirable en un hombre, y esto por la voluntad de Dios, que lo creó y lo moldeó para cumplir su destino. Es a David, y no a Saúl, a quien los judíos miran retrospectivamente con orgullo y afecto como a aquel que estableció su reino, y es en David que los judíos más perspicaces vieron el ideal de realeza más allá del cual sus mentes no podían proyectarse, y en dicho ideal buscaban al Mesías que había de venir, el que liberaría a su pueblo y se sentaría sobre el trono de David para siempre. El que todo esto no constituía un disparate de tipo idealista y mucho menos idolatría, lo demuestra la forma en que el NT certifica las excelencias de David, de cuya simiente surgió el Mesías según la carne.

Bibliografía. S. Herrmann, Historia de Israel, 1979, pp. 190–225; A. Deissler, Los Salmos, 1968; J. Bright, Historia de Israel, 1966, pp. 197–237; A. González, Salmos, 1966, pp. 729; E. B. Meyer, David: pastor, salmista, rey, 1938; F.. H. Maly, El mundo de David y Salomón, 1972; G. J. Deane, David, su vida y sus tiempos, s/f.

G. de S. Barrow, David: Shepherd, Poet, Warrior, King, 1946; A. C. Welch, Kings and Prophets of Israel, 1952, pp. 80ss; D. F. Payne, David: King in Israel, en preparación. Para una apreciación sintética de los salmos “davídicos”, véase N. H. Snaith, The Psalms, A Short Introduction, 1945, donde se menciona con aprobación el reordenamiento de Ewald. Para una importante e interesante valoración del papel oficial de David como representante de Dios y de la significación de Jerusalén en la vida religiosa de la monarquía, véase A, R. Johnson, Sacral Kingship in Ancient Israel, 1955.

T.H.J.

Douglas, J. (2000). Nuevo diccionario Biblico : Primera Edicion. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas.

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico

Rey David, por BerrugueteEn la Biblia, el nombre de “David” sólo lo lleva el segundo rey de Israel, el bisnieto de Booz y Rut (Rut 4,18ss.). Era el más joven de los ocho hijos de Isaí, o Jesé (1 Sam. 16,8; cf. 1 Cro. 2,13), un pequeño propietario de la tribu de Judá que habitaba en Belén, dónde nació David. Nuestro conocimiento de la vida y carácter de David se deriva exclusivamente de las páginas de la Sagrada Escritura, es decir. 1 Sam. 16; 1 Rey. 2; 1 Crón. 2,3.10-29; Rut 4,18-22, y los títulos de muchos Salmos. Según la cronología usual, David nació en 1085 y reinó de 1055 a 1015 a.C. Basándose en inscripciones asirias, escritores recientes han sido inducidos a datar su reinado unos 30 ó 50 años más tarde. Dentro de los límites impuestos es imposible dar más que un esbozo de los eventos de su vida y un breve estimado de su carácter y su importancia en la historia del pueblo elegido, como rey, salmista, profeta y tipo del Mesías.

La historia de David se divide naturalmente en tres períodos: (1) antes de su elevación al trono; (2) su reinado, en Hebrón sobre Judá, y en Jerusalén sobre todo Israel, hasta su pecado; (3) su pecado y sus últimos años. Aparece primero en la historia sagrada como un joven pastor que cuidaba los rebaños de su padre en los campos cercanos a Belén, “rubio, de bellos ojos y hermosa presencia”. Samuel, el profeta y último de los jueces, fue enviado a ungirlo en lugar de Saúl, a quien Dios había rechazado por su desobediencia. Los relatos de David no parecen haber reconocido la importancia de esta unción que lo marcó como sucesor al trono después de la muerte de Saúl.

Durante un período de enfermedad, cuando un espíritu maligno atormentaba a Saúl, David fue llevado a la corte para calmar al rey tocando el arpa. Ganó la gratitud de Saúl y fue nombrado escudero, pero su estancia en la corte fue breve. Poco después, mientras sus tres hermanos mayores estaban en el campo, luchando bajo el mando de Saúl contra los filisteos, David fue enviado al campamento con algunos comestibles y regalos; allí oyó las palabras con las que el gigante, Goliat de Gat, desafiaba a todo Israel a un combate individual y él se ofreció para derrotar al filisteo con la ayuda de Dios. Su victoria sobre Goliat provocó la debacle del enemigo. BetsabéLas preguntas de Saúl a Abner en este momento parecen implicar que él nunca antes había visto a David, sin embargo, como hemos visto, David ya había estado en la corte. Se han hecho varias conjeturas para explicar esta dificultad. Como los códices de los Setenta omiten el pasaje que sugiere la contradicción en el texto hebreo, algunos autores han aceptado el texto griego en preferencia al hebreo. Otros suponen que el orden de las narraciones se ha confundido en nuestro texto hebreo actual. Una solución más simple y más probable afirma que, en la segunda ocasión, Saúl sólo preguntó a Abner por la familia de David y sobre sus antecedentes. Antes no había prestado atención a estas cosas.

La victoria de David sobre Goliat le ganó la amistad entrañable de Jonatán, el hijo de Saúl. Obtuvo una posición permanente en la corte, pero su gran popularidad y las imprudentes canciones de las mujeres excitaron los celos del rey, que intentó matarlo en dos ocasiones. Como jefe de mil hombres luchó con nuevos riesgos para ganar la mano de Merab, la hija mayor de Saúl: pero, a pesar de la promesa del rey, fue dada a Adriel de Mejolá. Mikal, la otra hija de Saúl, amaba a David, y, con la esperanza de que finalmente fuera muerto por los filisteos, su padre prometió dársela en matrimonio, con tal de que David matara a cien filisteos. David tuvo éxito y se caso con Mikal. Este éxito, sin embargo, hizo temer más a Saúl y finalmente le indujo a ordenar que debería matarse a David. Por mediación de Jonatán fue perdonado durante un tiempo, pero el odio de Saúl le obligó finalmente a huir de la corte.

Primero fue a Ramá y desde allí, con Samuel, a Nayot. Los esfuerzos posteriores de Saúl por asesinarlo fueron frustrados por la interposición directa de Dios. Una entrevista con Jonatán le convenció de que la reconciliación con Saúl era imposible y de que, para el resto del reino, él era un desterrado y un bandido. En Nob, de donde procedía, David y sus compañeros fueron armados por el sacerdote Ajimélek, que después fue acusado de conspiración y asesinado con todos sus sacerdotes. De Nob, David fue a la corte de Akis, rey de Gat, de donde escapó de la muerte fingiendo locura. A su retorno se convirtió en cabeza de una banda de aproximadamente cuatrocientos hombres, algunos parientes suyos, otros deudores en dificultades y descontentos, que se reunieron en la cueva o refugio de Adullam. Poco tiempo después su número llegó a seiscientos. David liberó la ciudad de Queilá de los filisteos, pero fue obligado a huir de nuevo de Saúl. Su siguiente morada fue el desierto de Zif, memorable por la visita de Jonatán y por la alevosía de los zifitas que avisaron al rey. David se libró porque a Saúl lo llamaron para rechazar un ataque de los filisteos. En los desiertos de Engadí estuvo de nuevo en gran peligro; pero, cuando Saúl estaba a su merced, él generosamente le perdonó la vida.

La aventura con Nabal, el matrimonio de David con Abigail, y una segunda ocasión rehusada de matar a Saúl, fueron seguidas por la decisión de David de ofrecer sus servicios a Akis de Gat y así poner fin a la persecución de Saúl. Como vasallo del rey filisteo, se estableció en Siquelag, desde donde hizo incursiones a las tribus vecinas, devastando sus tierras y no dejando con vida hombre ni mujer. Pretendiendo que estas expediciones eran contra su propio pueblo de Israel, se aseguró el favor de Akis. Sin embargo, cuando los filisteos se prepararon en Afeq para emprender la guerra contra Saúl, los otros príncipes no fueron partidarios de confiar en David, y él regresó a Siquelag. Durante su ausencia había sido atacada por los amalecitas. David los persiguió, destruyó sus fuerzas y recuperó todo su botín. Entretanto había tenido lugar la fatal batalla en el monte de Gelboé, en la que Saúl y Jonatán fueron muertos. La elegía conmovedora, que se conserva para nosotros en 2 Samuel 1 es un arranque de pesar de David por su muerte.

Por mandato de Dios, David, que tenía ahora treinta años, subió a Hebrón para reclamar el poder real. Los hombres de Judá lo aceptaron como rey y fue ungido de nuevo solemne y públicamente. Por influencia de Abner, el resto de Israel permanecía fiel a Isbaal, hijo de Saúl. Abner atacó las fuerzas de David, pero fue derrotado en Gabaón. La guerra civil continuó durante algún tiempo, pero el poder de David aumentaba continuamente. En Hebrón tuvo seis hijos: Amnón, Kilab, Absalón, Adonías, Sefatías, y Yitream. Como resultado de una riña con Isbaal, Abner hizo maniobras para llevar a todo Israel bajo el poder de David; sin embargo, fue alevosamente asesinado por Joab, sin el consentimiento del rey. Isbaal fue asesinado por dos benjaminitas y David fue aceptado por todo Israel y ungido rey. Su reinado sobre Judá en Hebrón había durado siete y medio años. Betsabé en el baño

Debido a sus exitosas guerras David tuvo éxito en hacer de Israel un estado independiente y mereció que su propio nombre fuera respetado por todas las naciones circundantes. Una notable hazaña al principio de su reinado fue la conquista de la ciudad jebusita de Jerusalén, a la que hizo capital de su reino, “la ciudad de David”, el centro político de la nación. Construyó un palacio, tomó más esposas y concubinas, y engendró más hijos e hijas. Habiéndose liberado del yugo de los filisteos, resolvió hacer de Jerusalén el centro religioso de su pueblo, transportando el Arca de la Alianza desde Baalá (Quiryat Yearim). La trajo a Jerusalén y la puso en la nueva tienda construida por el rey. Después, cuando propuso construir un templo para ella, el profeta Natán le dijo que Dios había reservado esta tarea para su sucesor. En premio a su piedad, le fue hecha la promesa de que Dios le construiría una casa y establecería su reino para siempre.

No se han conservado ningún relato detallado sobre las diversas guerras emprendidas por David; sólo tenemos algunos hechos aislados. La guerra con los ammonitas se registra más completamente porque, cuando su ejército estaba en el campo durante esta campaña, David cometió los pecados de adulterio y homicidio, atrayendo por ello grandes calamidades para él y su gente. Estaba entonces en la plenitud de su poder, era un gobernante respetado por todas las naciones, del Éufrates al Nilo. Después de su pecado con Betsabé y el asesinato indirecto de Urías, su marido, David la convirtió en su esposa. Pasó un año antes de que se arrepintiera de su pecado, pero su contrición fue tan sincera que Dios le perdonó; aunque, al mismo tiempo, le anunció los severos sufrimientos que le sucederían. El espíritu con que David aceptó estas penas lo ha hecho en todo tiempo modelo de penitentes.

El incesto de Amnón y el fratricidio de Absalón trajeron la vergüenza y la aflicción a David. Absalón permaneció tres años en el destierro. Cuando fue llamado de regreso, David lo mantuvo en desgracia durante dos años más y luego lo restauró a su anterior dignidad, sin ninguna señal de arrepentimiento. Irritado por el tratamiento de su padre, Absalón se dedicó durante los siguientes cuatro años a seducir a la gente y finalmente se hizo proclamar rey en Hebrón. Esto tomó a David por sorpresa y se vio obligado a huir de Jerusalén. Las circunstancias de su huida se narran en la Escritura con gran simplicidad y patetismo. El rechazo de Absalón del consejo de Ajitófel y su consecuente retraso en la persecución del rey, hizo posible a éste último reunir sus fuerzas y vencer en Majanáyim donde Absalón fue asesinado. David retornó triunfante a Jerusalén. Una rebelión posterior bajo Seba fue reprimida rápidamente en el Jordán.

En este punto de la narración de 2 Samuel leemos que “hubo hambre, en los días de David, durante tres años consecutivos”, en castigo por el pecado de Saúl contra los gabaonitas. A su llamada, siete de la familia de Saúl fueron entregados para ser crucificados. No es posible fijar la fecha exacta de la hambruna. En otras ocasiones, David mostró gran compasión por los descendientes de Saúl, sobre todo con Meribbaal, el hijo de su amigo Jonatán. Después de una breve mención de cuatro expediciones contra los filisteos, el escritor sagrado narra un pecado de orgullo por parte de David en su resolución de hacer un censo del pueblo. Como penitencia por este pecado, se le permitió escoger entre hambre, guerra perdida o peste. David escogió la tercera y en tres días murieron 70.000. Cuando el ángel estaba a punto de destruir a Jerusalén, Dios se apiadó y cesó la peste. David fue enviado a ofrecer un sacrificio en la era de Arauná, el lugar del futuro Templo.

Los últimos días de David fueron perturbados por la ambición de Adonías, cuyos planes para la sucesión fueron frustrados por Natán, el profeta, y Betsabé, la madre de Salomón. El hijo que nació después del arrepentimiento de David, fue elegido con preferencia sobre sus hermanos mayores. Para asegurarse que Salomón le sucedería en el trono, David lo hizo ungir públicamente. Las últimas palabras recogidas del anciano rey son una exhortación a Salomón a ser fiel a Dios, premiar a los sirvientes fieles y a castigar a los malos. David falleció a la edad de setenta años, tras haber reinado en Jerusalén treinta y tres años. Fue enterrado en el Monte Sión. San Pedro dijo que su tumba todavía existía en el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles (Hch. 2,29). David es honrado por la Iglesia como un santo, y en el Martirologio Romano aparece bajo el día 29 de diciembre.

El carácter histórico de las narraciones sobre la vida de David ha sido atacado principalmente por escritores que han desatendido el propósito del narrador de 1 Crónicas. Éste omite los acontecimientos que no están relacionadas con la historia del Arca. En los Libros de los Reyes se narran los eventos principales, buenos y malos. La Biblia narra los pecados y debilidades de David sin excusa ni paliativos, pero también relata su arrepentimiento, sus actos de virtud, su generosidad hacia Saúl, su gran fe y su piedad. Los críticos que han juzgado duramente su carácter no han considerado las circunstancias difíciles en las que vivió o los modales de su edad. No es crítico ni científico exagerar sus faltas o imaginar que toda la historia es una serie de mitos.

La vida de David fue una época importante en la historia de Israel. Fue el fundador real de la monarquía, la cabeza de la dinastía. Escogido por Dios “como un hombre según Su propio corazón”, David fue probado en la escuela del sufrimiento durante los días de destierro y se convirtió en un renombrado líder militar. A él se debió la completa organización del ejército. Le dio a Israel una capital, un tribunal y un gran centro de culto religioso. La pequeña banda de Adullam se convirtió en el núcleo de una fuerza eficiente. Cuando fue proclamado rey de todo Israel, tenía 339.600 hombres bajo su mando. En el censo se contaron 1.300.000 aptos para empuñar armas. Un ejército dispuesto, que constaba de doce cuerpos, cada uno con 24.000 hombres, que se turnaban para servir durante un mes cada vez, en la guarnición de Jerusalén. La administración de su palacio y su reino exigieron un gran séquito de sirvientes y oficiales. En 1 Crónicas 27 se exponen sus varios oficios. El rey mismo ejerció la función de juez, aunque posteriormente los levitas fueron designados para este propósito, así como otros oficiales menores.

Cuando el Arca fue llevada a Jerusalén, David emprendió la organización del culto religioso. Las funciones sagradas se confiaron a 24,000 levitas; 6,000 de éstos eran escribas y jueces, 4,000 porteros, y 4,000 cantores. Organizó las diversas partes del ritual, y asignó a cada sección sus tareas. Los sacerdotes estaban divididos en veinticuatro familias; los músicos en veinticuatro coros. El privilegio de construir la Casa de Dios fue reservado para Salomón; pero David hizo amplias preparaciones para la obra reuniendo tesoros y materiales, así como transmitiendo a su hijo un plan para el edificio y todo sus detalles. Se relata en 1 Crónicas cómo exhortó a su hijo Salomón para llevar a cabo este gran trabajo y dio a conocer a la asamblea de jefes el alcance de sus preparativos.

El rol prominente que jugó la canción y la música en el culto del Templo, según organizado por David, es fácilmente explicado por sus habilidades poéticas y musicales. Su habilidad para la música se aparece en Samuel 16,18 y Amós 6,5. En 2 Samuel 1, 3, 22 y 23 se hallan poemas compuestos por él. Su conexión con el Libro de Salmos, muchos de los cuales se atribuyen expresamente a diferentes situaciones de su carrera, fue tan dada por sentado que muchos le atribuyeron todo el Salterio. La paternidad literaria de estos himnos y la cuestión de en qué medida pueden ser considerados suplentes de material ilustrativo sobre la vida de David, se trata en el artículo Salmos.

David no fue meramente un rey y gobernante, también fue un profeta. “El Espíritu del Señor ha hablado por mí y su palabra por mi lengua” (2 Sam. 23,2) es una declaración directa de inspiración profética en el poema allí expuesto. San Pedro nos dice que fue un profeta (Hch. 2,30). Sus profecías están incluidas en los Salmos literalmente mesiánicos que compuso y en las “últimas palabras de David” (2 Sam. 23). El carácter literal de estos Salmos Mesiánicos se indica en el Nuevo Testamento. Ellos se refieren al sufrimiento, la persecución y la liberación triunfante de Cristo, o a las prerrogativas conferidas a Él por el Padre. Además de estas profecías directas, el propio David siempre ha sido considerado como un modelo del Mesías. En esto la Iglesia sólo ha seguido las enseñanzas de los profetas del Antiguo Testamento. El Mesías sería el gran rey teocrático; David, el antepasado del Mesías era un rey según el corazón de Dios. Sus cualidades y su mismo nombre son atribuidos al Mesías. Los Padres de la Iglesia consideran algunos episodios de la vida de David como prefiguración de la vida de Cristo; Belén es el lugar de nacimiento de ambos; la vida de pastor de David apunta hacia Cristo, el Buen Pastor; las cinco piedras escogidas para matar a Goliat son tipo de las Cinco Llagas Sagradas; la traición por su consejero de confianza, Ajitófel, y el pasaje en el Cedrón nos recuerda la Sagrada Pasión de Jesucristo. Muchos de los Salmos davídicos, tal y como los vemos en el Nuevo Testamento, son claramente típicos del futuro Mesías.

Fuente: Corbett, John. “King David.” The Catholic Encyclopedia. Vol. 4. New York: Robert Appleton Company, 1908. 18 Dec. 2011
http://www.newadvent.org/cathen/04642b.htm

Traducido por Quique Sancho. rc

Fuente: Enciclopedia Católica