JONAS

Jon 1:1-4:11.
Mat 12:40 como estuvo J en el vientre del gran pez


Jonás (heb. Yônâh, “paloma”; gr. Ií‡nás). 1. Profeta del reino norteño de Israel cuyo ministerio quizás ocurrió antes o durante la 1ª parte del reinado de Jeroboam II (c 793-c 753 a.C.), cerca de 11/2 siglo después de la muerte de Salomón y de la división del reino (c 931 a.C.). Era hijo de Amitai (Jon 1:1), y su casa estaba en Gat-hefer, en Galilea (2Ki 14:25). Fuera de la información que se da en el libro de Jonás, el único dato conocido acerca de él es que en algún momento durante el reinado de Jeroboam, o algo antes, predijo la restauración de la frontera norte de Israel (v 25). Véase Jonás, Libro de. 287. El monte Nebi Yûnus dentro de la ciudad de la Ní­nive antigua. Los pobladores del lugar creen que la mezquita del centro a la derecha serí­a el lugar donde está enterrado el profeta Jonás. 2. Padre de Simón Pedro (Joh 1:42; 21:15-17). Jonás, Libro de. Quinto de los así­ llamados Profetas Menores (véase CBA 4:1019-1021). I. Autor. La antigua tradición judí­a atribuye el libro a Jonás, posición uniformemente rechazada por los eruditos crí­ticos modernos. El libro no afirma en ninguna parte que Jonás sea su autor, pero un razonamiento por analogí­a -a partir del hecho de que otras obras proféticas del AT llevan el nombre de su autor como tí­tulo- suguiere que no hay razón válida para suponer que el libro de Jonás sea una excepción a esa regla. Por supuesto que se puede considerar el tí­tulo del libro sencillamente como el nombre de su personaje principal, pero eso no serí­a un desafí­o a su autenticidad. II. Ambientación. Sobre la base de ciertas palabras y expresiones arameas, muchos eruditos modernos han sugerido una fecha postexí­lica para el libro, aunque sin negar necesariainente su base histórica. Sin embargo, descubrimientos recientes han demostrado que las palabras y expresiones arameas, supuestamente tardí­as, estaban realmente en uso siglos antes del tiempo de Jonás. No hay evidencia objetiva para indicar que el libro no pudo haber sido escrito cuando el profeta viví­a. El uso del pronombre de la 3ª persona singular y plural en Jonás está en armoní­a con el estilo de otros profetas, tales como Isaí­as (véase Isa 7:3), Jeremí­as (Jer 20:1-3), Daniel (Dan 1:6-12), etc., y por numerosos otros escritores antiguos como Jenofonte y César. De acuerdo con 2Ki 14:25, Jonás profetizó la restauración del lí­mite norte de Israel durante el reinado de Jeroboan II. En consecuencia, su ministerio puede ser fijado en la 1ª parte del s VIII a.C., quizá durante el principio del reinado de Jeroboam II (c 793-c 753 a.C.). El v 25 aclara que Jonás llevó un mensaje a su pueblo así­ como llevó uno a los asirios en Ní­nive. Durante 1 1/2 siglo el reino del norte habí­a estado separado de Judá, y el curso de su historia se caracterizaba por apostasí­a y corrupción nacional cada vez más profundas. El largo reinado de Jeroboam II tuvo un reavivamiento de la prosperidad y una extensión de las fronteras de Israel, que incluyó todo lo que habí­a pertenecido al reino hebreo durante su edad de oro bajo David y Salomón, con excepción de Judá. Jonás habí­a descripto este estado de cosas, aparentemente como que Dios querí­a darle a la nación un perí­odo de favor como un atractivo para que regresaran al Dios verdadero. Sin embargo, Jeroboam “hizo lo malo ante los ojos de Jehová” (v 24), al igual que sus sucesores, y unos 30 años más tarde el reino llegó a un desgraciado fin. El libro de Jonás sin duda ha suscitado más crí­ticas que cualquier otra porción de las Escrituras. Desde el punto de vista humano, el relato es increí­ble, a pesar de recientes casos documentados parecidos, puesto que en el curso natural de los acontecimientos Jonás nunca hubiera podido salir con vida de su experiencia. Sin embargo, la pregunta no es tanto si la de Jonás puede ser demostrada sobre una base cientí­fica, sino si Dios alguna vez actúa en forma sobrenatural para cumplir sus propósitos. Para quienes aceptan a Jesucristo como el Hijo de Dios, su sencilla declaración de que el profeta estuvo “en el vientre del gran pez tres dí­as y tres noches” (Mat 12:39, 40) es documentación suficiente del milagro. III. Tema. El libro de Jonás difiere de los escritos de todos los demás profetas del AT en que su único mensaje fue dirigido a los habitantes de una nación extranjera. Además, la obra es de forma estrictamente narrativa, y no contiene un mensaje directo de Dios, excepto la orden de arrepentirse a los ninivitas. Surge naturalmente la pregunta: ¿Por qué se le dio al libro de Jonás un lugar en el canon sagrado? 654 Sin duda la respuesta reside en que el relato contení­a una lección valiosa para Israel. En primer lugar condena el prejuicio intolerante de los patriotas hebreos que rehusaban admitir que los no israelitas pudieran ser incluidos en la salvación. Ciertamente, no es probable que Jonás contara esta historia -que lo poní­a en una situación por demás incómoda-, a menos que se diera cuenta de su error y sintiera que el informe de su experiencia podí­a ayudar a los demás israelitas. Además, el libro enfatiza la gran misericordia de Dios, demostrada al preservar la vida de los marineros paganos (Jon 1:15), al conservar la vida de Jonás a pesar de su desobediencia (1:17-2:10), al dar a los ninivitas una oportunidad de arrepentirse e impedir el castigo cuando se arrepintieron (3:2, 10), y al mostrar paciente trato con Jonás (4:1-11). La narración también revela los medios sencillos que Dios a menudo utiliza para realizar su voluntad (véase 1:4, 17; 2: 10; 4:6-8). IV. Contenido. Algo parecido a la forma como apareció Elí­as el tisbita, Jonás surge repentinamente en la escena cuando Dios lo enví­a a Ní­nive a anunciar su destrucción (Jon 1:2; lo que evidentemente era una invitación a arrepentirse; cf 3:5-10). No queriendo ir como profeta a una ciudad extranjera y preocuparse por la conversión de sus habitantes, Jonás sale en dirección opuesta, hacia Tarsis (quizás el Tarteso clásico, en la costa sur de España), con la intención de “huir de la presencia de Jehová” (1:2, 3) ante la aparente imposibilidad de la misión y la falta de perspectiva de que una población no israelita se pueda arrepentir. Cuando el barco navega, tal vez en dirección norte y siguiendo la costa, se encuentra con una feroz tormenta que el capitán atribuye a la ira de los dioses contra alguien a bordo. Echan suertes, lo que revela culpable a Jonás (1:7-11). Con notable valor éste propone que lo echen por la borda para que la tormenta amaine y se salve el barco (v 12). Esta demostración de valor fí­sico está en agudo contraste con la cobardí­a moral de Jonás al intentar huir. Aunque lo arrojan al mar, su vida es salvada por “un gran pez” (v 17) en cuyo vientre pasa los siguientes “tres dí­as y tres noches”: un perí­odo de 24 horas más una parte no especificada del dí­a anterior y del dí­a siguiente. Dios escucha la oración de arrepentimiento de Jonás, y el pez lo deposita “en tierra” (2:1, 10). Es posible que ahora se encuentre frente a la isla de Chipre, tal vez unos 240 km más cerca de Ní­nive que cuando subió al barco. Dios lo enví­a una vez más a la ciudad y él responde sin hacer más preguntas (3:1-3). Los ninivitas se arrepienten y el Señor preserva a Ní­nive (vs 4-10). Pero extrañamente Jonás sigue sin amar a los ninivitas, y se enoja tanto porque aceptaron su advertencia que implora a Dios que lo deje morir (4:1-3); a pesar de la misericordia divina para con él mismo, se enoja por la que Dios tiene con los ninivitas. Entonces, con una lección objetiva, Dios le muestra la locura de su actitud y justifica su decisión de salvar al pueblo de Ní­nive (vs 4-11). Su distorsionado sentido de los valores se hace evidente en su total indiferencia hacia los ninivitas y su enorme preocupación por la calabacera que se marchita. Ante la pregunta de Dios: “¿Tanto te enojas por la calabacera?”, contesta con energí­a: “Mucho me enojo, hasta la muerte” (v 9). El relato concluye abruptamente con la afirmación de que la vida de los habitantes de Ní­nive son de un valor infinito comparado con el de la calabacera.

Fuente: Diccionario Bíblico Evangélico

nombre de varón. 1. Profeta hijo de Amittay, de Gat de Jéfer, ejerció su ministerio en Israel, en epoca del rey Jeroboam II, 783-743 a. C. El rey recuperó el territorio fronterizo de Israel, desde la Entrada de Jamat hasta el mar de Arabá, según se lo anunció el profeta J., 2 R 14, 25. A este J., por sinonimia, se le atribuye el librito del mismo nombre.

El libro de J. el quinto de los profetas menores, es completamente diferente de los escritos de los demás profetas, pues éste es una narración sobre un profeta desobediente a Dios. Yahvéh le encomienda a J. la misión de ir a Ní­nive a predicar porque la maldad de esta ciudad ha llegado hasta él y será castigada con la destrucción. J., tratando de evadir la responsabilidad, se embarcó en el puerto de Jope rumbo a Tarsis. Ya en camino, se desató una tempestad que amenazaba echar a pique la nave, y los marineros decidieron arrojar la carga al mar para aligerar el peso de la misma. Luego, propusieron echar la suerte para saber quién era el culpable, costumbre ésta propia de la antigüedad, la que recayó en J. Este confesó que huí­a de Yahvéh y fue arrojado al mar, tras lo cual se calmó la borrasca.

Una vez en las aguas Yahvéh hizo que un gran pez se tragara a J., desde cuyo vientre el profeta oró al Señor. J. permaneció tres dí­as y tres noches en el estómago del animal, al cabo de los cuales, por mandato de Yahvéh, fue vomitado por el pez en tierra firme.

Yahvéh por segunda vez, le ordenó a J. marchar a Ní­nive. El profeta llegó a la ciudad y la atravesó anunciando a los habitantes que serí­a destruida en cuarenta dí­as, si no se convertí­an y se arrepentí­an de sus maldades. Los ninivitas con su rey a la cabeza se arrepintieron, hicieron penitencia, ayunaron, vistieron de saco y se sentaron en ceniza. Yahvéh, viendo cómo se convertí­an de su mal proceder, no ejecutó el castigo anunciado por boca de J. J. sintió disgusto por la pronta conversión ninivita y por la compasión de Yahvéh hacia este pueblo, y pidió a Dios que le mandara la muerte. J. salió de la ciudad y se instaló al oriente, a la sombra de una choza a la espera de algún suceso en la ciudad. Yahvéh hizo que creciera una planta de ricino por encima de Jonás para dar sombra a su cabeza y librarle así­ de su malestar. Jonás se alegró por aquel ricino. Sin embargo, a la mañana siguiente, Yahvéh mandó a un gusano que dañó el ricino, y éste se secó. Al salir el sol, Yahvéh mandó un viento abrasador que castigó la cabeza del profeta, que empezó a desfallecer y se deseó la muerte.

Yahvéh le increpó entonces la compasión de J. por la planta y le dijo: †œ¿Y no voy a tener lástima de Ní­nive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y una gran cantidad de animales?†, Jon 4, 11.

Este obrita por su lenguaje, se puede situar en la época postexí­lica, en el siglo V a. C. No es de carácter histórico, sino didáctico, pues un hecho como el del arrepentimiento del rey de Ní­nive y toda su población habrí­a dejado, por la magnitud del hecho, algún rastro en los documentos asirios y en las Escrituras. La obra es una enseñanza sobre la infinita misericordia de Dios, que sólo espera una muestra de arrepentimiento del pecador para darle su perdón, incluso al enemigo más acérrimo de Israel, Asiria; es decir, que Dios no sólo lo es de los judí­os, también lo es de los gentiles, como lo dijo después el Apóstol en Rm 3, 29. Jesús puso a los ninivitas como ejemplo de arrepentimiento ante la predicación de Jonás; sin embargo, sus contemporáneos, que tení­an a alguien más que J. no se convirtieron, Mt 12, 41; Lc 11, 18-32. En Mt 12, 40, la permanencia de J. tres dí­as en el vientre del pez, es figura de Cristo, que permaneció tres dí­as y tres noches en el sepulcro, al cabo de los cuales resucitó. 2. Padre del apóstol Pedro, Mt 16, 17. Jonatán, Yahvéh ha dado. Nombre de varón. 1. Hijo de Guersón y nieto de Moisés y Séfora, sacerdote de la tribu de Dan, Jc 18, 30. 2. Hijo mayor del rey Saúl. Este, en los inicios del reinado, en la lucha contra los filisteos, se escogió tres mil hombres, de los cuales J. comandaba mil en Gueba de Benjamí­n, 1 S 13, 2. En este tiempo, J. mató al gobernador de los filisteos en Guibeá, 1 S 13, 3, hecho que desató la guerra; pero J., con su escudero, sin que nadie lo supiera, atacó un puesto filisteo en Mikmás, lo que causó gran confusión en el grueso del ejército, que huyó; los israelitas los persiguieron y obtuvieron una gran victoria, 1 S 13, 23; 14, 1-23. El rey Saúl, en esta guerra, ordenó un ayuno, a fin de que Dios le diera la victoria, pero J., ignorante del mandato del rey, lo violó al tomar un poco de miel. J. debí­a morir, pero fue salvado por el pueblo, puesto que la derrota de los filisteos fue obra suya, 1 S 14, 24-30 y 36-45.

Después que David derrotó al gigante filisteo Goliat y tras haber hablado con el rey Saúl, entabló amistad con J., hasta el punto que el hijo de Saúl le dio a David su manto, las armas y el cinturón, con lo cual sellaron una alianza entre los dos, 1 S 18, 1-4. Cuando surgieron diferencias entre Saúl y David, queriendo el rey eliminarlo, J. intervino por David ante Saúl, pero en vista de que nada pudo conseguir, aconsejó a su amigo que huyese, a pesar de la lealtad que le debí­a a su padre, 1 S 19 y 20. Estando David en el desierto de Zif, en Jorsa, y habiendo salido Saúl en su persecución, J. fue a verlo y a darle ánimo, entonces le dijo: †œNo temas, porque la mano de Saúl, mi padre, no te alcanzará; tú reinarás sobre Israel y yo seré tu segundo. Hasta mi padre Saúl lo tiene sabido†. Los dos hicieron alianza ante Yahvéh, 1 S 23, 15-18.

Esta amistad entre David y J. se mantuvo intacta hasta la muerte de éste junto con su padre Saúl y sus hermanos, Abinadab y Malki Suá, en la batalla de Gelboé contra los filisteos, 1 S 31, 1-13; 2 S 1, 1-16; 1 Cro 10, 1-12. Cuando David se enteró de la muerte de su amigo J. y de su padre Saúl, entonó en su memoria una elegí­a, 2 S 1, 17-27. Tení­a J. un hijo tullido de pies, Meribbaal, el mismo Mefibóset, 2 S 4, 4; 1 Cro 8, 34; 9, 40; y David lo mandó llevar de casa de Makir, en Lo Debar, a su palacio, donde comí­a a la mesa del rey, 2 S 9. Los huesos de J., que habí­an sido enterrados bajo el tamarisco de Yabés de Galaad, fueron trasladados por David al sepulcro de Quis, padre de Saúl, en Selá, territorio de Benjamí­n, 2 S 21, 12-14. 3. Tí­o y consejero del rey David, 1 Cro 27, 32. 4. Hijo del sumo sacerdote Abiatar, 2 S 15, 36; 1 R 1, 41. 5. Uno de los Valientes de David, hijo de Samá, de Arar, 2 S 23, 32-33. 6. Escriba de Sedecí­as, rey de Judá, en cuya casa, convertida en prisión, fue encarcelado el profeta Jeremí­as, Jr 37, 15 y 20; 38, 26. 7. Hijo de Caréaj, asociado al crimen contra la vida de Godolí­as, gobernador puesto en Judá por Nabucodonosor, rey de Babilonia, tras la destrucción de Jerusalén, Jr 40, 8. 8. J. Macabeo, hijo de Matatí­as, uno de los cinco hermanos macabeos. J. tení­a por sobrenombre Afús, esto es, el Favorito. Al morir Judas Macabeo en el campo de batalla, J. lo sucedió como jefe, 160-142 a. C., en la guerra de los judí­os contra los seléucidas, 1 M 9, 28-31.

Judas Macabeo murió en plena lucha contra Báquides general de Demetrio I Sóter, rey seléucida, en el año 160 a. C. Cuando Báquides supo que J. habí­a sucedido en el mando judí­o a su hermano Judas, trató de hacerlo morir, y J. y su hermano Simón se refugiaron en el desierto de Técoa, junto a la cisterna de Asfar, al sudeste de Belén, donde establecieron el campamento. Aquí­ murió Juan, hermano de J., a manos de una tribu árabe. J. hizo su campamento en la orilla occidental del Jordán, hasta donde fue Báquides y lo hizo retroceder hacia la otra orilla, pero el general seléucida no pasó el rí­o. Báquides regresó a Jerusalén e hizo fortificar varias ciudades, tomó rehenes de entre los principales y los dejó en la Ciudadela de Jerusalén. Entre los meses de abril y mayo del año 159 a. C., el sumo sacerdote Alcimo ordenó destruir el muro del atrio interior del Lugar Santo, y murió, por lo que Báquides marchó donde el rey y hubo paz en Judá durante dos años, 1 M 9, 32-57. En el año 157 a. C., Báquides volvió a la guerra con J. Este y los suyos se fueron a Bet Basí­, entre Belén y Técoa, y fortificaron la plaza, hasta donde fue Báquides y les puso sitio durante varios dí­as. J. salió y derrotó a varias tribus que apoyaban al general del rey seléucida, mientras Simón, que se habí­a quedado en Bet Basí­, salió y derrotó a Báquides, quien se volvió a su tierra. J. le envió emisarios y obtuvo del general que le devolviera los prisioneros capturados en Judá y que se comprometiera a no volver a hacer el mal en su vida. J. se estableció en Mikmás, desde donde juzgaba al pueblo de Israel, 1 M 9, 58-73. J. sacó partido de la rivalidad por el trono seléucida entre Demetrio I Sóter y Alejandro Balas, quien se hací­a llamar Epí­fanes y pretendí­a pasar por Hijo de Antí­oco IV Epí­fanes. Alejandro se proclamó rey en Tolemaida, con el apoyo de Egipto. Demetrio I Sóter, entonces, escribió a J. haciéndole propuestas de paz, concediéndole autorización para reclutar tropas, fabricar armamento y contarse entre sus aliados; igualmente, ordenaba que le fuesen entregados los rehenes de la Ciudadela. J. fue Jerusalén, donde se estableció, reconstruyó la ciudad y fortificó el monte Sión, y fueron liberados los rehenes, 1 M 10, 1-14. Alejandro Balas, enterado de los ofrecimientos de su rival a J., también le escribió nombrándolo sumo sacerdote y amigo del rey, y le envió una clámide de púrpura y una corona de oro. En octubre del año 152 a. C., J. vistió los ornamentos sagrados, en la fiesta de las Tiendas, 1 M 10, 15-21.

Demetrio I de nuevo, insistió con otra carta a J., la cual fue rechazada, pues †œrecordaban los graves males que Demetrio habí­a causado a Israel y la opresión tan grande a que les habí­a sometido†. J. y el pueblo tomaron el partido de Alejandro, 1 M 10, 22-47.

En el año 147 a. C. Demetrio II Nicátor, hijo y sucesor de Demetrio I Sóter, inició la disputa con Alejandro Balas de Siria, y nombró a Apolonio, gobernador de Celesiria, a quien venció J. Macabeo, por lo que Alejandro Balas le concedió nuevos honores, 1 M 10, 67-89. En la batalla de Oinoparos entre Alejandro Balas y Tolomeo VI, faraón de Egipto, aliado éste ahora de Demetrio II, casado con Cleopatra Tea, hija del faraón, que habí­a sido mujer de Alejandro, el rey egipcio venció, pero, habiendo sido herido, murió cuatro dí­as después; Alejandro Balas huyó a Arabia, donde fue asesinado. Demetrio II, entonces entró a reinar, en el año 145 a. C. J. Macabeo reunió gente y atacó la Ciudadela de Jerusalén, y Demetrio, irritado, lo citó en la ciudad de Tolemaida, donde se reunieron y acabó Demetrio confirmando a J. en el sumo sacerdocio; J. obtuvo del soberano que dejara libre de impuestos a Judea, a cambio de trescientos talentos, tributo debido por el sumo sacerdote al rey anualmente, 1 M 11, 20-37. Demetrio II, ya en paz, licenció las tropas, dejando a su servicio únicamente a los mercenarios, lo que indispuso a los saldados despedidos. Esto ocasionó un alzamiento en Antioquí­a, y J. Macabeo acudió en ayuda de Demetrio II, y fue sofocada sangrientamente la rebelión. Diodoto, o Trifón, antiguo partidario de Alejandro Balas, aprovechando esta circunstancia, alzó como rey al hijo de Alejandro, Antí­oco VI. Tras el auxilio brindado por J. a Demetrio, en Antioquí­a, éste incumplió los acuerdos, y el Macabeo se pasó al lado del nuevo monarca Antí­oco VI Diónisos, quien lo confirmó en el sumo sacerdocio y nombró a su hermano Simeón estratega desde la Escalera de Tiro hasta la frontera de Egipto. Demetrio II envió su ejército para despojar de su cargo a J., pero éste lo venció, 1 M 11, 38-74. J. renovó las alianzas de amistad con los romanos y espartanos, 1 M 12, 1-23.

Trifón queriendo usurpar el trono de Asia, eliminó al joven Antí­oco, engañó a J. y lo mató en Tolemaida, en el año 143 a. C., 1 M 12, 39-53.

Diccionario Bí­blico Digital, Grupo C Service & Design Ltda., Colombia, 2003

Fuente: Diccionario Bíblico Digital

1. (heb. yonah, paloma). Un profeta de Israel. Era el hijo de Amitai y originario de la aldea de Gat-jefer, en el territorio de Zabulón (2Ki 14:25). El predijo la restauración de la tierra de Israel a sus antiguos lí­mites por medio de los esfuerzos de Jeroboam II (790-750 a. de J.C.), quien llegó a ser el más poderoso de todos los monarcas que se sentaron alguna vez sobre el trono de Samaria. Jeroboam II capturó Hamat y Damasco, y recuperó para Israel todo el territorio que habí­a tenido desde Hamat hasta el mar Muerto.

La identificación de este profeta con el profeta del libro de Jonás no puede, de manera razonable, dudarse. Es demasiado difí­cil pensar que hubiera dos profetas con el mismo nombre.

El espí­ritu y enseñanza del libro de Jonás está en lí­nea con los libros proféticos más grandes del AT. Lamentablemente no se puede decir lo mismo del profeta, cuya posición es bastante baja en el catálogo de los profetas del AT. Era un hombre orgulloso, egoí­sta, obstinado, resentido, celoso, sanguinario; un buen patriota y amante de Israel, pero sin el debido respeto para Dios ni amor para sus enemigos.

2. (gr., Ionas, Iona). La traducción lit. que se hace del término gr. para el nombre de Jonás (Mat 12:39-41; Mat 16:4; Luk 11:29-30, Luk 11:32).
3. El nombre con el cual se conoce al padre del apóstol Pedro (Joh 1:42; Joh 21:15-17. En Mat 16:17 es Bar-jonás, según nota en RVR-1960).

Fuente: Diccionario Bíblico Mundo Hispano

(paloma).

1- Padre de San Pedro, Mat 16:17, Jua 1:42.

2- Profeta de Israe: E1 “Llbro de Jonás” es muy conocido por la “ballena” que lo tragó por tres dí­as, sí­mbolo de la muerte y resurrección de Cristo (Mat 12:40).

Describe la rebeldí­a del Profeta, que no querí­a que Dios perdonara a Ní­nive, y la misericordia de Dios, no sólo para el pueblo de Israel, sino aquí­ para los gentiles, los de Ní­nive, a quienes Dios perdonó porque hicieron penitencia, en saco y ceniza desde el Rey mismo: (Mat 3:1-10) haciendo caso a lo que les decí­a el Profeta de Dios.

Diccionario Bí­blico Cristiano
Dr. J. Dominguez

http://biblia.com/diccionario/

Fuente: Diccionario Bíblico Cristiano

(Paloma). Nombre de personas del AT y el NT:

1. Profeta que vivió en tiempos de †¢Jeroboam II. Profetizó que este rey restaurarí­a †œlos lí­mites de Israel desde la entrada de Hamat hasta el mar del Arabᆝ (2Re 14:25). Era natural de †¢Gat-hefer. Su padre se llamaba †¢Amitai.

. Padre de Simón Pedro (Mat 16:17; Jua 1:42).

Fuente: Diccionario de la Biblia Cristiano

tip, BIOG PROF HOMB HOAT HONT

ver, JONíS (Libro)

vet, = “paloma”. (a) Profeta israelita. Hijo de Amitai, de Gat-hefer. Profetizó antes del final del reinado de Jeroboam II que Israel recobrarí­a sus fronteras desde la entrada de Hamat hasta el mar del Arabá (2 R. 14:25; Jon. 1:1). (Véase JONíS [LIBRO DE].) (b) Padre de Simón Pedro (Mt. 16:17; Jn. 1:42; 21:15).

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado

[015]

Figura bí­blica de í­ndole profética y que se presenta como protagonista del breve relato del libro de Jonás. Más que un libro profético clásico, es el relato curioso de una profecí­a sobre la destrucción de Ní­nive.

Pero se convirtió en una figura de Cristo que muere y pasa tres dí­as en el seno de la tierra. El mismo Jesús aludí­a a ella: “Como Jonás estuvo tres dí­as en la ballena, así­ el Hijo del hombre.” (Mt. 12.38-42 y 16. 1-4; Lc. 11. 29-32)

Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogí­a Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006

Fuente: Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa

(-> profetas, conversión, misericordia). Personaje y libro del Antiguo Testamento. Aparece como profeta en 2 Re 14-24. Un autor posterior ha recreado su figura, escribiendo una bellí­sima parábola teológica, en la que se describen los rasgos básicos de la profecí­a israelita y de la misericordia de Dios.

(1) Texto básico. Dios le llama para que predique su juicio en Ní­nive, capital de Asiria, ciudad perversa. Pero Jonás huye, quiere escaparse de Dios, dirigiéndose al otro extremo de la tierra. Pero el barco en que escapa para Tarsis de occidente corre peligro en la tormenta y los marineros paganos le arrojan al mar, donde la ballena le devora y protege, durante tres dí­as y tres noches, para arrojarle de nuevo a la playa (cf. Jon 1-2), donde Dios le espera para encargarle de nuevo su tarea de anunciar el juicio en Ní­nive: “Vino la palabra de Yahvé por segunda vez a Jonás, diciendo: Levántate y ve a Ní­nive, gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré. Y se levantó Jonás, y fue a Ní­nive conforme a la palabra de Yahvé. Y era Ní­nive ciudad grande en extremo, de tres dí­as de camino. Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, el camino de un dí­a, y predicaba dicien do: De aquí­ a cuarenta dí­as Ní­nive será destruida. Y los hombres de Ní­nive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos. Y llegó la noticia hasta el rey de Ní­nive, y se levantó de su silla, se despojó de su vestido, y se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza. E hizo proclamar y anunciar en Ní­nive, por mandato del rey y de sus grandes, diciendo: Hombres y animales, bueyes y ovejas, no gusten cosa alguna; no se les dé alimento, ni beban agua; sino cúbranse de cilicio hombres y animales, y clamen a Dios fuertemente; y conviértase cada uno de su mal camino, de la rapiña que hay en sus manos. ¿Quién sabe si cambiará y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos? Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que habí­a dicho que les harí­a, y no lo hizo” (Jon 3,1-10).

(2) Profeta de la destrucción (Jon 3,14). Como resucitado de Dios (= perdonado) viene Jonás a la ciudad perversa, metrópoli de toda la injusticia y la violencia, para proclamar allí­ el juicio divino. Ní­nive es signo de maldad y opresión (de manera que en su lugar se podrí­a poner Babilonia). Allí­ debe acudir el profeta revivido y pregonar su profecí­a: ¡vuestra maldad ha llegado hasta mí­! (Jon 1,2). El Dios que oyó el lamento de los hebreos oprimidos (Ex 2,23-24; 3,7) rechaza la maldad de los opresores: Jonás debe avisarles del peligro que corren. Pero Jonás no queda en el aviso. Reinterpreta la advertencia de Dios y la convierte en amenaza: ¡dentro de cuarenta dí­as Ní­nive será arrasada! Este desfase entre encargo de Dios (Jon 1,2) y pregón de Jonás (3,4) determinará el sentido del relato. Jonás no es profeta transparente: no deja que su vida se convierta en signo de la acción de Dios, sino que actúa por su cuenta y convierte su antigua cobardí­a (huida) en gran resentimiento: quiere que Ní­nive sea destruida. Odia a la ciudad: odia a este mundo y quiere que en el fondo (y en la forma) se consuma la ira de Dios sobre la tierra.

(3) Ní­nive, ciudad de la conversión (3,5-9). Jonás pregona destrucción, pero Ní­nive conoce mejor a Dios y entiende su palabra como amenaza compasiva: anuncia Dios la ruina precisamente para que los ninivitas puedan descubrir su riesgo y evitarlo (convertirse). La conversión de Ní­nive se cuenta de forma simbólica, folclórica: los mismos animales dejan de comer y se visten de sayal (saco). Es como si de pronto una ciudad y cultura centrada en el lujo (vestidos) y la satisfacción (comida) invirtiera su conducta, en gesto de pobreza solidaria. Es significativo el pregón. Conforme al mito usual, el rey de Ní­nive podí­a interpretarse como un anti-dios: era el poder hecho opresión, la bestia que más tarde ha visto Dn 7. Pues bien, aquí­ la bestia cambia y reconoce la misericordia suma: ¡Quizá Dios se convierta! (Jon 3,9). No vence al rey de Ní­nive otro poder como el suyo. No le humillan ni doblegan las armas de la tierra. ¡Lc transforma la misericordia del Dios que se arrepiente (niham) y perdona! Jonás ha proyectado sobre la ciudad su cobardí­a airada, quizá resentida: quiere que Dios la destruya, muriendo si hace falta con ella. Lc falta corazón para amar, para dejarse amar y colaborar con la misericordia de Dios. El rey pagano que podí­a parecer un anti-dios se ha vuelto más lúcido y humilde que el profeta, descubriendo algo que ignoran los israelitas: la fuerza creadora y universal de la misericordia de Dios.

(4) Respuesta de Dios y solución de la crisis para la ciudad (Jon 3,10). El mensaje de ruina de Jonás podí­a haber llevado al paroxismo universal: ¡quedan cuarenta dí­as!, un tiempo breve en el que todos deben aprovecharse, multiplicando sus deseos, empeñados en saciar todas sus hambres. Es la solución que a veces triunfa dentro de la historia: ¡Quedan pocos dí­as! ¡Comamos y bebamos! Pues bien, en contra de eso, pueblo y rey invierten el proceso de la destrucción e inician sobre el mundo un camino de vida arrepentida, liberada de violencia. Dios responde arrepintiéndose (vayynnahem) y perdonando según la previsión del rey. Es claro que, dentro del contexto del relato, ese arrepentimiento parece exclusivo de Dios: cambia de actitud, no descarga la fuerza de su ira. Pero, miradas las cosas en otra perspectiva, el perdón nace también de la propia conversión/cambio del pueblo. Lo que antes era cueva de ladrones, ciudad que se destruye a sí­ misma, se convierte en campo de fraternidad en el que existe futuro para todos, incluidos los animales.

(5) Profundización. La misericordia, signo de Dios (Jon 4). El libro de Jonás continúa, tras la conversión de Ní­nive, con un capí­tulo extraordinario donde se recoge la conversación de Dios con el profeta, que le acusa precisamente por ser como es, por haber perdonado a Ní­nive: “¿No es esto lo que yo decí­a estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis, porque sabí­a yo que tú eres Dios clemente y piadoso, tardo a la ira y de gran misericordia, y que te arrepientes del mal. Ahora pues, oh Yahvé, yo te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida” (Jon 4,2). Jonás asume así­ el texto confesional más hondo de la historia israelita, el de Ex 34,6, presentado sólo en su parte positiva de misericordia y de perdón eterno, dejando a un lado su parte negativa (Dios castiga por tres o cuatro generaciones a los que ama). Jonás reinterpreta el texto de Ex 34,6 de forma universal (aplica la misericordia de Dios para todos los pueblos, incluso para Ní­nive, el gran enemigo de Israel), de forma duradera (para siempre). El Dios de Jonás supera las limitaciones anteriores (separación de israelitas/gentiles, buenos/malos), abriéndose a todos los hombres (y pueblos), apareciendo así­ como fuente de arrepentimiento creativo, para siempre. Esta es la sorpresa del texto: Jonás descubre que Dios (no habiendo hecho una alianza especial con los pueblos de la tierra, ninivitas), les ama y perdona lo mismo que a los hijos de Israel. Esa misericordia universal de Dios hace posible la conversión de los perversos (ninivitas). La elección de Israel se vuelve así­ principio de salvación universal. Esto es lo que Dios dice a Jonás, esto es lo que Jonás rechaza, igual que una parte significativa de los israelitas (y de los cristianos) antiguos y modernos.

(6) El signo de Jonás en el Nuevo Testamento. Los fariseos, a los que Mateo, partiendo de la situación de su iglesia, interpreta como adversarios mesiánicos, piden un signo, una señal que certifique el mesianismo universal de Jesús. No aceptan milagros o exorcismos. Quieren algo externo, en la lí­nea de aquello que pedí­a y ofrecí­a el Diablo en Mt 4 y Lc 4. Jesús, interpretando su vida desde una perspectiva pascual, les ofrece el signo de Jonás que puede y debe entenderse a dos niveles: (a) Jonás en la ballena (Mt 12,39-40). Recoge una tradición que parece más reciente y sólo se entiende en perspectiva pascual. Para actuar de verdad como profeta, Jonás tuvo que morir simbólicamente, sepultado por tres dí­as en el vientre de la ballena; el Hijo del Humano deberá morir de verdad, siendo por tres dí­as sepultado en el vientre de la tierra. No hay más mesianismo ni señal de Dios que la entrega de la vida, (b) Jonás profeta, Salomón sabio (Mt 12,41-42). Por asociación de sí­mbolos, Mt ha recogido aquí­ una tradición que parece más antigua, procediendo al parecer del mismo Jesús, profeta rechazado. Los ninivitas escucharon a Jonás profeta, convirtiéndose y haciendo penitencia; a Jesús en cambio no le escuchan los judí­os de su tiempo. La reina de Sabá escuchó a Salomón, el sabio; los judí­os, en cambio, no han aceptado la sabidurí­a de Jesús.

Cf. J. ALONSO DíAZ, Jonás. El profeta recalcitrante, Taurus, Madrid 1963; V. MORA, Jonás, CB 36, Verbo Divino, Estella 1984; L. A. SCHOKEL y J. L. SICRE, Profetas II, Cristiandad, Madrid 1980, 1006-1031; H. W. WOLFF, Joña, KAT, Neukirchen 1977.

PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007

Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra

El libro de Jonás se encuentra en el canon hebreo entre los doce profetas menores. Las influencias de Jeremí­as y de Ezequiel, la lengua tardí­a, la misma temática nos invitan a situar esta obra en el perí­odo posterior al destierro. Se distingue de todos los demás libros proféticos, ya que se trata de un relato didáctico: narra la historia de un profeta recalcitrante que primero quiere sustraerse de su misión y luego se lamenta con Dios por el éxito inesperado de su predicación: la conversión de Ní­nive. El nombre de esta ciudad, capital del Imperio asirio a partir de Senaquerib, habí­a permanecido en la conciencia de Israel como el sí­mbolo mismo del imperialismo y de la agresividad más cruel contra el pueblo de Dios, sí­mbolo de los opresores de todos los tiempos.

Rompiendo con una interpretación estricta de la profecí­a, el libro afirma que las amenazas, incluso las más graves, son la expresión de la voluntad misericordiosa de Dios, que no aguarda más que la manifestación del arrepentimiento para conceder su perdón. Lo que Dios quiere es la conversión. Más aún, en contra del particularismo en que la comunidad después del destierro sentí­a la tentación de encerrarse, el libro predica el universalismo : Dios no es sólo el Dios de los judí­os, sino también el Dios de los paganos.

G. Lorusso

Bibl.: L. Alonso Schokel – J L. Sicre, Profetas, 11, Cristiandad, Madrid 1980, 1007-1031; Y Mora, Jonás, Verbo Divino. Estella 41991; J Alonso Dí­az, Jonás, el profeta recalcitrante, Taurus, Madrid 1963.

PACOMIO, Luciano [et al.], Diccionario Teológico Enciclopédico, Verbo Divino, Navarra, 1995

Fuente: Diccionario Teológico Enciclopédico

SUMARIO: I. La persona y el libro. II. Su mensaje: 1. La interpretación; 2. La fecha.

I. LA PERSONA Y EL LIBRO. Jonás (en hebreo Yónah, “paloma”): la única persona con este nombre que conocemos en el AT es un hijo de Amitay, profeta de Gat Jéfer (2Re 14:25), en tiempos del rey Jeroboán II (783-743 a.C.). Pero no es ésta ciertamente la fecha de composición de nuestro libro. Para establecer una relación entre Jeroboán II y el autor de nuestro libro, algún autor ha propuesto admitir la existencia de una tradición según la cual el profeta del siglo viii se habrí­a rebelado en contra de una misión divina (como leemos en ciertos trozos biográficos de Elí­as y de Jeremí­as), y sobre esa historia el autor del libro habrí­a tejido la maravillosa narración que podemos leer nosotros. Pero no es necesario nada de esto. Es más natural pensar que “Jonás” no es el autor de la obra, sino el protagonista.

El libro es único en su género en toda la literatura profética, como veremos. Habiendo recibido la orden de dirigirse a predicar contra Ní­nive, Jonás huye “lejos de Yhwh”, temiendo que la ciudad pueda convertirse y ser perdonada por Dios. Se embarca en Jafa en dirección a Tarsis (es decir, en dirección opuesta, ya que Tarsis es la fenicia Tartesos de la costa española); pero Yhwh suscita una violenta tempestad que los marineros y los viajeros no consiguen aplacar más que arrojando a Jonás al mar; se lo traga un pez enorme, y después de tres dí­as lo deposita en la playa. Entretando, Jonás, en el vientre del pez, eleva a Dios un himno de alabanza. Al llegar a Ní­nive, predica que dentro de cuarenta dí­as va a ser destruida la ciudad si no se convierte; pero por orden del rey toda la población se arrepiente, ayuna, se viste de saco; incluso las bestias se ven obligadas a ayunar. Yhwh perdona a la ciudad, y el profeta se retira indignado. Y entonces Yhwh le enseña al profeta que es un Dios que ama incluso a los pueblos paganos, que delante de él son como niños “que no saben distinguir su derecha de su izquierda” (2Re 4:11).

La narración muestra un arte bastante desarrollado, con medios muy simples: pocos discursos, pocos análisis psicológicos; pero los personajes están descritos con rasgos muy claros y precisos a través de sus mismas acciones. Por ejemplo: no se dice que, al recibir la orden de Dios, Jonás se haya indignado, sino que se narra su huida; no se dice que Yhwh se haya irritado por la desobediencia del profeta, sino que suscitó una tempestad; no se explica cómo el profeta se arrepintió de su obstinación, sino que se dice que se puso a rezar; no se dice que Yhwh lo perdonara, sino que ordenó al pez que lo devolviera a la playa. Jonás es descrito como una tí­pica persona terca, egoí­sta, de corazón estrecho; Yhwh, como la bondad y la indulgencia paternal en persona. Ningún otro libro del AT ha sabido, con medios tan sencillos, poner de relieve con fuerza y con gracia este aspecto del carácter divino. Todo el libro está impregnado de cierto tono humorí­stico con su pizca de emoción y de sátira.

II. SU MENSAJE. Desde el punto de vista de la crí­tica literaria el libro presenta dos problemas. El primero es el del salmo de acción de gracias a Dios que el protagonista eleva mientras se encuentra en el vientre del pez, cuando se esperarí­a más bien una lamentación: más acertadamente, se trata de meterse dentro del ánimo del autor, de captar su perspectiva. Más complejo es el segundo problema: la indecisión sobre el nombre de Dios. Se le llama Yhwh, luego ‘Elohim, más tarde Yhwh-‘Elohim y de nuevo ‘Elohim o Yhwh. En algunos pasajes esta indecisión tiene una explicación, pero no el conjunto de los textos, a no ser que se acepte este hecho como expresamente querido por el autor para tratar el gran tema dominante del libro, que por lo demás muestra una unidad ejemplar. Para subrayar la actitud negativa del profeta respecto a la voluntad divina, el autor entrelaza en la narración el motivo mitológico del pez (que se traga al profeta, pero lo vomita luego en la playa debida) y la irritación ante la demostración de la bondad de Dios; estos dos aspectos encaminan al lector a la comprensión de este libro profético tan singular.

Que el autor no pretende trazar una biografí­a de Jonás y mucho menos un cuadro de historia general, nos lo muestran algunas observaciones: no menciona el lugar de origen del profeta, ni dice dónde lo vomitó el pez ni cómo llegó a la ciudad de Ní­nive; se calla el nombre del rey bajo el cual se convirtió la capital asiria (ningún rey asirio se llamó nunca “rey de Ní­nive”); no explica cómo pudo conocer que Dios retiraba sus amenazas; no alude en lo más mí­nimo a lo que sucedió luego a la ciudad o al profeta. Todo hace creer que el autor no tení­a la intención de ofrecer un episodio histórico, sino de inculcar una enseñanza. Y esto se vislumbra en el reproche dirigido por Dios al profeta (4,10-11) y en el objeto de la divina misericordia, es decir, la capital de un pueblo pagano que oprimió y llevó a la esclavitud a muchos ciudadanos del reino septentrional de Israel. Así­ pues, Yhwh es el Dios de toda la tierra, no solamente de Palestina; y no en teorí­a, sino de forma evidente y práctica, puesto que muestra su misericordia con todos los que se arrepienten de sus pecados. Por el contrario, el autor hace del profeta un representante tí­pico del odioso y ridí­culo particularismo de algunos hebreos, escandalizados quizá del hecho de que no se veí­a todaví­a el cumplimiento de los oráculos proféticos contra las naciones vecinas.

El libro de Jonás se levanta por encima de los más grandes representantes de la religión del antiguo Israel. Amós habí­a insistido en la igualdad de los pueblos ante la justicia de Dios, pero el autor de Jonás proclama la igualdad ante el amor de Dios (que Amós apenas habí­a rozado en 9,7). Es también más profundo y generoso que el autor de Rut y el del capí­tulo 56 de Isaí­as, quienes exigen para los paganos convertidos el derecho a la naturalización (hebrea), ya que admite que los extranjeros, aun siguiendo tales, pueden convertirse en adoradores del verdadero Dios; el autor de Jonás recoge y desarrolla además un tema que sólo se habí­a vislumbrado en la segunda parte del libro de Isaí­as (o Déutero-Isaí­as): el deber misionero de Israel con las naciones.

1. LA INTERPRETACIí“N. La negación de la historicidad del libro no depende de la narración de unos sucesos aparentemente inconcebibles, y por tanto tampoco de la fe en la posibilidad de los milagros, sino del talante literario del libro y de la atención dirigida a la voluntad del autor, a las enseñanzas que intenta dar. La historia de la interpretación de este libro, aparentemente difí­cil, manifiesta que las páginas escritas con la intención de demostrar la verosimilitud de algún relato han hecho que se perdieran totalmente de vista las enseñanzas reales que estaban en la intención de su autor y que supo expresar con tanta elocuencia. Muchos apologetas que han intentado explicar ciertas narraciones como posibles sucesos históricos, no han hecho otra cosa más que caer en un insólito racionalismo y en una lectura poco atenta del texto. En los antí­podas de esta situación, el libro ha sido considerado también a veces como una alegorí­a: Jonás (“paloma”) serí­a Israel, que tení­a que llevar el mensaje divino a las naciones, pero que no pudo hacerlo por habérselo tragado Babilonia; liberado del destierro, se sintió desilusionado por la falta del castigo divino contra las naciones, y sólo con muchas reticencias aceptó la misión que se le habí­a asignado. Según esta interpretación (bastante fantástica), el ricino (4,6ss) es Zorobabel (cf Esd), y Babilonia el monstruo marino. En favor de la historicidad se adujo muchas veces el texto evangélico de Mat 12:40, el llamado “signo de Jonás”; pero esta conclusión no se sigue de ninguno de los tres textos evangélicos (Mar 8:11-12; Mat 12:38-42; Luc 11:29-32).

2. LA FECHA. La fecha de composición se deduce de los datos precedentes. Hasta ahora no ha sido posible señalar el material antiguo que probablemente utilizó el autor, pero se puede pensar sin duda alguna que el humanitarismo y el universalismo se deben a él y a su tiempo, lo cual nos ayuda a situar cronológicamente la obra. Las ideas expresadas son difí­ciles de imaginar en el perí­odo anterior al destierro; también el particularismo judí­o es caracterí­stico de los tiempos inmediatamente posteriores al mismo (cf Neh). Algunos estudiosos piensan que el autor intenta combatir las medidas exclusivistas adoptadas por Esdras y Nehemí­as; pero el escrito es perfectamente comprensible sin esta referencia concreta, ya que se trata de un espí­ritu muy difundido en la época posterior. El autor viví­a en una época en la cual no sólo Ní­nive habí­a sido ya destruida (o sea, después del año 612), sino que esta ciudad habí­a pasado ya a la leyenda: ¡se necesitaba un dí­a entero para recorrerla, tení­a 120.000 habitantes, etc.; ayunaron incluso las bestias! (Luc 3:4.7-8; Luc 4:11).

Los primeros testimonios seguros son el texto del libro del Sirácida, que habla de los “doce profetas” (Sir 49:10), y las palabras de Tobí­as, que recuerdan claramente nuestro libro al exhortar a su hijo a que huya de Ní­nive porque la ciudad habrá de ser destruida, como predijo Jonás (Tob 14:4.8: la ciudad estaba ya ciertamente destruida). Puesto que el Sirácida se remonta, como fecha aproximativa, al 190 a.C., nuestro libro tení­a que gozar ya por aquella época de una notable antigüedad y prestigio, dado que formaba parte de la literatura sagrada. Por otra parte, la composición del libro de Tob se sitúa entre el siglo IV y III; es probable que el libro de Jonás se remonte a esta misma época. Además, su fisonomí­a tardí­a se confirma por los numerosos arameí­smos que aparecen en él. También el mensaje del libro se adapta bien a esta época histórica.

BIBL.: ABEL F.M., Le culte de Jonas en Palestine, en “Journal of Palestine Oriental Society” 2 (1922) 175-183; ALoNso J., Jonás, el profeta recalcitrante, Taurus, Madrid 1963; ALONSO SCHÜKEL L.-SICRE DíAZ J.L., Profetas II, Madrid 1980, 1007-1031; BERNINI, Sofonia, Gioele, Abdia, Giona, Ed. Paoline, Roma 19833; DEISLER A.-DELCOR M., Les petits Prophétes, Parí­s 1964; DuvAL Y.M., Le livre de Jonas dans la littérature chrétienne grecque et latine, Parí­s 1973; GINZBERG L., The Legends of the Jews IV, 19544, 239-253; LORETZ O., Gotteswort und menschliche Erfahrung: Jona, Ruth, Hoheslied und Qohelet, Francfort 1963; MORA V., Jonás, Verbo Divino. Estella 1982; RINALDI G., /Profeti minori II. Osea, Gioele, Abdia, Giona, Marietti, Turí­n 1959; WEINREB F., Das Buch Jonah. Der Sinn des Buches Jonah nach der altesten judischen Ueberlieferung, Berlí­n 1970.

L. Moraldi

P Rossano – G. Ravasi – A, Girlanda, Nuevo Diccionario de Teologí­a Bí­blica, San Pablo, Madrid 1990

Fuente: Nuevo Diccionario de Teología Bíblica

(Paloma).

1. †œHijo de Amitai†; profeta de Jehová de Gat-héfer (2Re 14:25), ciudad limí­trofe del territorio de Zabulón. (Jos 19:10, 13.) En cumplimiento de la palabra de Jehová hablada por medio de Jonás, el rey Jeroboán II de Israel tuvo éxito en restablecer †œel lí­mite de Israel, desde el punto de entrada de Hamat hasta el mismo mar del Arabá [el mar Salado]†. (2Re 14:23-25; compárese con Dt 3:17.) De modo que al parecer Jonás fue profeta en el reino de diez tribus durante el reinado de Jeroboán II. Es la misma persona a quien Jehová comisionó para proclamar juicio contra Ní­nive (Jon 1:1, 2), así­ que también es el escritor del libro que lleva su nombre.
En lugar de cumplir con su asignación de predicar a los ninivitas, Jonás decidió huir de ella. En el puerto de Jope consiguió un pasaje en una nave que se dirigí­a a Tarsis (que por lo general se relaciona con España), a más de 3.500 Km. al O. de Ní­nive. (Jon 1:1-3; 4:2.)
Después de embarcar, Jonás se durmió profundamente en las †œpartes más recónditas† del barco. Mientras tanto, los marineros se enfrentaron a un viento tempestuoso enviado por Dios que amenazaba con destrozar la nave. Clamaron a sus dioses por ayuda y arrojaron objetos por la borda para aligerar la nave. El capitán de la nave despertó a Jonás, instándole a que también invocase a su †œdios†. Finalmente los marineros echaron suertes para determinar por culpa de quién se habí­a originado la tormenta. Jehová hizo que la suerte identificase a Jonás. Cuando se le preguntó, confesó que habí­a sido infiel a su comisión y, como no deseaba que otros perecieran por su culpa, pidió que le arrojasen al mar. Una vez que fracasaron todos los esfuerzos por volver a tierra, los marineros le hicieron a Jonás según su palabra y el mar detuvo su furia. (Jon 1:4-15.)
Cuando se hundió en el agua, se le envolvieron algas marinas alrededor de la cabeza. Por fin cesó su sensación de ahogo, y se halló dentro de un gran pez. Jonás oró a Jehová glorificándole como salvador y prometiéndole pagar lo que habí­a prometido en voto. Al tercer dí­a el pez vomitó al profeta en tierra seca. (Jon 1:17–2:10.)

¿Es verosí­mil que los ninivitas se arrepintieran en saco y cenizas por la advertencia de Jonás?
Cuando se le comisionó por segunda vez para ir a Ní­nive, Jonás emprendió el largo viaje hacia esa ciudad. †œFinalmente Jonás comenzó a entrar en la ciudad por distancia de un dí­a de camino, y siguió proclamando y diciendo: †˜Solo cuarenta dí­as más, y Ní­nive será derribada†™.† (Jon 3:1-4.) La Biblia no dice si Jonás conocí­a el idioma asirio o si se le facultó de forma milagrosa para hablarlo. Quizás incluso habló en hebreo y alguien que conocí­a este idioma hizo de intérprete. En tal caso, es posible que las palabras de Jonás suscitaran gran curiosidad y mucha gente se preguntara qué decí­a ese extranjero.
Algunos crí­ticos consideran increí­ble que los ninivitas, incluido el rey, respondieran a la predicación de Jonás. (Jon 3:5-9.) Sin embargo, son interesantes a este respecto las observaciones del comentarista C. F. Keil: †œLa profunda impresión que les causó a los ninivitas la predicación de Jonás, de manera que toda la ciudad se arrepintió en saco y cenizas, es bastante verosí­mil, si tan solo tenemos presente la gran susceptibilidad de las razas orientales a la emoción, el temor a un Ser Supremo que es peculiar de todas las religiones paganas de Asia y la gran estima en que se tení­a tanto la adivinación como los oráculos en Asiria desde los tiempos más primitivos […]; además, si tenemos en cuenta el hecho de que apareciese un extranjero que, sin ningún interés personal concebible, sin ningún temor y con intrepidez, reveló a la gran ciudad real sus caminos impí­os y anunció su inminente destrucción con la confianza tan caracterí­stica de los profetas enviados por Dios, no podí­a menos que causar una honda impresión en la mente de la gente, impresión que serí­a más honda si el informe de las obras milagrosas de los profetas de Israel habí­a penetrado en Ní­nive†. (Commentary on the Old Testament, 1973, vol. 10, †œJonah 3:9†, págs. 407, 408.)
Después de haber pasado cuarenta dí­as sin que le ocurriera nada a Ní­nive, Jonás estaba muy disgustado porque Jehová no habí­a destruido la ciudad. Incluso oró a Dios para que le quitase la vida. Pero Jehová le contestó con la pregunta: †œ¿Es con razón que te has enardecido de cólera?†. (Jon 3:10–4:4.) Posteriormente el profeta dejó la ciudad y más tarde se hizo una cabaña. Desde ese lugar, al E. de Ní­nive, vigiló para ver lo que le ocurrí­a a la ciudad. (Jon 4:5.)
Cuando de manera milagrosa creció una calabaza vinatera para proveerle sombra, el profeta estuvo muy satisfecho, pero su regocijo fue efí­mero. Al dí­a siguiente, muy de mañana, un gusano hizo que la planta se secase. Privado de su sombra, Jonás quedó expuesto a un viento abrasador procedente del E. y al sol ardiente que batí­a sobre su cabeza. De nuevo, pidió morir. (Jon 4:6-8.)
Por medio de esta calabaza vinatera se le enseñó a Jonás una lección de misericordia. El sentí­a lástima por la calabaza vinatera y tal vez se preguntaba por qué habí­a tenido que morir. Sin embargo, Jonás ni la habí­a plantado ni cuidado. Por otra parte, por ser Jehová el Creador y Mantenedor de la vida, tení­a mucha más razón para sentir lástima por Ní­nive. El valor de sus habitantes y del ganado era mucho mayor que el de una calabaza vinatera. Por lo tanto, Jehová le preguntó a Jonás: †œPor mi parte, ¿no deberí­a yo sentir lástima por Ní­nive la gran ciudad, en la cual existen más de ciento veinte mil hombres que de ningún modo saben la diferencia entre su mano derecha y su izquierda, además de muchos animales domésticos?†. (Jon 4:9-11.) Jonás debió comprender bien la lección a juzgar por la franca narración que hace de sus experiencias.
Puede que algún tiempo después Jonás se encontrara, quizás en el templo de Jerusalén, con por lo menos una de las personas que habí­an estado a bordo de la nave que habí­a salido de Jope, y así­ se enterara de los votos que hicieron los marineros después que la tormenta se calmó. (Jon 1:16; compárese con Jon 2:4, 9; véanse JONíS, LIBRO DE; NíNIVE.)

2. Padre de los apóstoles Pedro y Andrés (Mt 16:17; Jn 1:40-42); también llamado Juan en algunos manuscritos en Juan 1:42; 21:15-17.

[Mapa en la página 114]
(Véase la publicación para ver el texto completo)
Jope
Ní­nive

Mar Grande
TARSIS

Fuente: Diccionario de la Biblia

Jon 1-4
Sumario: 1. La persona y el libro .11. Sumen-saje: 1. La interpretación; 2. La fecha..
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1. LA PERSONA Y EL LIBRO.
Joñas (en hebreo Yónah, †œpaloma†): la única persona con este nombre que conocemos en el AT es un hijo de Amitay, profeta de Gat Jéfer (2R 14,25), en tiempos del rey Jero-boán 11(783-743 a.C.) Pero nO es ésta, ciertamente la fecha de composición de nuestro libro. Para establecer una relación entre Jeroboán II y el autor de nuestro libro, algún autor ha propuesto admitir la existencia de una tradición según la cual el profeta del siglo viii se habrí­a rebelado en. contra de una misión divina (como leemos en ciertos trozos biográficos de Elias y de Jeremí­as), y sobre esa historia el autor del libro habrí­a tejido la maravillosa narración que podemos leer nosotros. Pero no es necesario nada de esto. Es más natural pensar que †œJoñas† no es el autor de la obra, sino el protagonista. – El libro es único en su género en toda la literatura profética, como veremos. Habiendo recibido la orden de dirigirse a predicar contra Ní­nive, Jonás huye †œlejos de Yhwh, temiendo que la ciudad pueda convertirse y ser perdonada por Dios. Se embarca en Jaf a en dirección a Tarsis (es decir, en dirección opuesta, ya que Tarsis es la fenicia Tartesos de la costa española); pero Yhwh suscita una violenta tempestad que los marineros y los viajeros no consiguen aplacar más que. arrojando a Jonás al mar; se lo traga un pez enorme, y después de tres dí­as lo deposita en la playa. En-tretando, Jonás, en el vientre del pez, eleva a Dios un himno de alabanza. Al llegar a Ní­nive, predica que dentro de cuarenta dí­as va a ser destruida la ciudad si no se convierte; pero por orden del rey toda la población se arrepiente, ayuna, se viste de saco; incluso las bestias se ven obligadas a ayunar. Yhwh perdona a la ciudad, y el profeta se retira indignado. Y entonces Yhwh le enseña al profeta que es un Dios que ama incluso a los pueblos paganos, que delante de él son como niños †œque no saben distinguir su derecha – de su izquierda†™ (4,11).
La narración muestra un arte bastante desarrollado, con medios muy simples: pocos discursos, pocos análisis psicológicos; pero los personajes están descritos con rasgos muy claros y precisos a través de sus mismas acciones. Por ejemplo: no se dice que, al recibir la orden de Dios, Jonás se haya indignado, sino que se narra su huida; no se dice que Yhwh se haya irritado por la desobediencia del profeta, sino que suscitó una tempestad; no se explica cómo el profeta se arrepintió de su obstinación, sino que se dice que se puso a rezar; no se dice que Yhwh lo perdonara, sino que ordenó al pez que lo devolviera a la playa. Jonás es descrito como una tí­pica persona terca, egoí­sta, de corazón estrecho; Yhwh, como la bondad y la indulgencia paternal en persona. Ningún otro libro del AT ha sabido, con medios tan sencillos, poner de Telieve con fuerza y con gracia este aspecto del carácter divino. Todo el libro está impregnado de cierto tono humorí­stico con su pizca de emoción y de sátira.
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II. SU MENSAJE.
Desde el punto de vista de la crí­tica literaria el libro presenta dos problemas. El primero es el del salmo de acción de gracias a Dios que el protagonista eleva mientras se encuentra en el vientre del pez, cuando se esperarí­a más bien una lamentación: más acertadamente, se trata de meterse dentro del ánimo del autor, de captar su perspectiva. Más complejo es el segundo problema: la indecisión sobre el nombre de Dios. Se le llama Yhwh, luego †˜Elohim, más tarde Yhwh-†™Elohim y de nuevo †˜Elohim o Yhwh. En algunos pasajes esta indecisión tiene una explicación, pero no el conjunto de los textos, a no ser que se acepte este hecho como expresamente querido por el autor para tratar el gran tema dominante del libro, que por lo demás muestra una unidad ejemplar. Para subrayar la actitud negativa del profeta respecto a la voluntad divina, el autor entrelaza en la narración el motivo mitológico del pez (que se traga al profeta, pero lo vomita luego en la playa debida) y la irritación ante la demostración de la bondad de Dios; estos dos aspectos encaminan al lector a la comprensión de este libro profético tan singular.
Que el autor no pretende trazar una biografí­a de Jonás y mucho menos un cuadro de historia general, nos lo muestran algunas observaciones: no menciona el lugar de origen del profeta, ni dice dónde lo vomitó el pez ni cómo llegó a la ciudad de Ní­nive; se calla el nombre del rey bajo el cual se convirtió la capital asirí­a (ningún rey asirio se llamó nunca †œrey de Ní­nive); no explica cómo pudo conocer que Dios retiraba sus amenazas; no alude en lo más mí­nimo a lo que sucedió luego a la ciudad o al profeta. Todo hace creer que el autor no tení­a la intención de ofrecer un episodio histórico, sino de inculcar una enseñanza. Y esto se vislumbra en el reproche dirigido por Dios al profeta (4,10-11) y en el objeto de la divina misericordia, es decir, la capital de un pueblo pagano que oprimió y llevó a la esclavitud a muchos ciudadanos del reino septentrional de Israel. Así­ pues, Yhwh es el Dios de toda la tierra, no solamente de Palestina; y no en teorí­a, sino de forma evidente y práctica, puesto que muestra su misericordia con todos los que se arrepienten de sus pecados. Por el contrario, el autor hace del profeta un representante tí­pico del odioso y ridí­culo particularismo de algunos hebreos, escandalizados quizá del hecho de que no se veí­a todaví­a el cumplimiento de los oráculos pro-féticos contra las naciones vecinas.
El libro de Jonás se levanta por encima de los más grandes representantes de la religión del antiguo Israel. Amos habí­a insistido en la igualdad de los pueblos ante la justicia de Dios, pero el autor de Jonás proclama la igualdad ante el amor de Dios (que Amos apenas habí­a rozado en 9,7). Es también más profundo y generoso que el autor de Rt y el del capí­tulo 56 de Isaí­as, quienes exigen para los paganos convertidos el derecho a la naturalización (hebrea), ya que admite que los extranjeros, aun siguiendo tales, pueden convertirse en adoradores del verdadero Dios; el autor de Jonás recoge y desarrolla además un tema que sólo se habí­a vislumbrado en la segunda parte del libro de Isaí­as (o Déutero-lsaí­as): el deber misionero de Israel con las naciones.

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1. La interpretación.
La negación de la historicidad del libro no depende de la narración de unos sucesos aparentemente inconcebibles, y por tanto tampoco de la fe en la posibilidad de los milagros, sino del talante literario del libro y de la atención dirigida a la voluntad del autor, a las enseñanzas que intenta dar.- La historia de la interpretación de este libro, aparentemente difí­cil, manifiesta que las páginas escritas con la intención de demostrar la verosimilitud de algún relato han hecho que se perdieran totalmente de vista las enseñanzas reales que estaban en la intención de su autor y que supo expresar con tanta elocuencia. Muchos apologetas que han intentado explicar ciertas narraciones como posibles sucesos históricos, no han hecho otra cosa más que caer en un insólito racionalismo y en una lectura poco atenta del texto. En los antí­podas de esta situación, el libro ha sido considerado también a veces como una alegorí­a: Jonás (paloma†™) serí­a Israel, que tení­a que llevar el mensaje divino a las naciones, pero que no pudo hacerlo -por habérselo tragado Babilonia; liberado del destierro, se sintió desilusionado por la falta del castigo divino contra las naciones, y sólo con muchas reticencias aceptó la misión que se le habí­a asignado. Según esta interpretación (bastante fantástica), el ricino (4,6ss) es Zorobabel (cf Esd), y Babilonia el monstruo marino. En favor de la historicidad se adujo muchas veces el texto evangélico de Mt 12,40, el llamado †œsigno de Jonás†™; pero esta conclusión no se sigue de ninguno de los tres textos evangélicos (Mc 8,11-12;
Mt 12,38-42; Lc 11,29-32).
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2. La fecha.
La fecha de composición se deduce de los datos precedentes. Hasta ahora no ha sido posible señalar el material antiguo que probablemente utilizó el autor, pero se puede pensar sin duda alguna que el humanitarismo y el universalismo se deben a él y a su tiempo, lo cual nos ayuda a situar cronológicamente la obra. Las ideas expresadas son difí­ciles de imaginar en el perí­odo anterior al destierro; también el particularismo judí­o es caracterí­stico de los tiempos inmediatamente posteriores al mismo (cf Neh). Algunos estudiosos piensan que el autor intenta combatir las medidas exclusivistas adoptadas por Esdras y Nehe-mí­as; pero el escrito es perfectamente comprensible sin esta referencia concreta, ya que se trata de ün espí­ritu muy difundido en la época posterior. El autor viví­a en una época en la cual no sólo Ní­nive habí­a sido ya destruida (o sea, después del año 612), sino que esta ciudad habí­a pasado ya a la leyenda:
¡se necesitaba un dí­a entero para recorrerla, tení­a 120.000 habitantes, etc.; ayunaron incluso las bestias!
(3,4.7-8; 4,11).
Los primeros testimonios seguros son el texto del libro del Sirácida, que habla de los †œdoce profetas†™ Si 49,10), y las palabras de Tobí­as, que recuerdan claramente nuestro libro al exhortar a su hijo a que huya de Ní­nive porque la ciudad habrá de ser destruida, como predijo Jonás (Tb 14,4; Tb 14,8, ciudad estaba ya ciertamente destruida). Puesto que el Sirácida se remonta, como fecha aproximati-va, al 190 a.C, nuestro libro tení­a que gozar ya por aquella época de una notable antigüedad y prestigio, dado que formaba parte de la literatura sagrada. Por otra parte, la composición del libro de Tob se sitúa entre el siglo iv y m; es probable que el libro de Jonás se remonte a esta misma época. Además, su fisonomí­a tardí­a se confirma por los numerosos arameí­smos que aparecen en él. También el mensaje del libro se adapta bien a esta .época histórica.
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BIBL.: Abel F.M., Le cuite de Joñas en Pa-lestine, en †˜Journal of Palestine Oriental So-ciety†™ 2 (1922) 175-
183; Alonso J., Joñas, el profeta recalcitrante, Taurus, Madrid 1963; Alonso SchOkel L.-Sicre Dí­az J.L.,
Profetas II, Madrid 1980, 1007-1 031; Bernini, Sofonia, Gioele, Abdia, Giona, Ed. Paoline, Roma 19833;
Deisler A.-Delcor M., Les petits Prophétes, Parí­s 1964; Duval Y.M., Le Iivre de Joñas dans la Iittérature
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1959; Weinreb F., Das Buch Jonah. Der Sinn des Buches Jonah nach der a/testen jüdi-schen
Ueberlieferung, Berlí­n 1970.
L. Moraldi
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Fuente: Diccionario Católico de Teología Bíblica

Introducción

El libro de Jonás es la historia de un profeta que resentí­a amargamente el hecho de que Dios amara y cuidara de la gente mala. El libro no enseña que Dios ama a los malos porque son malos, sino más bien porque son humanos, de un valor intrí­nseco para él a pesar de su conducta y de su desdén por el Dios verdadero. Se enfatiza la manera como Jonás intentó resistir la misión que Dios le dio, que era predicar una advertencia al pueblo de Ní­nive, una gran ciudad en la antigua Asiria. Jonás sabí­a que esta advertencia podrí­a llevar al pueblo de Ní­nive a arrepentirse y ser perdonado.
Este es precisamente el resultado al que él se oponí­a, puesto que el antiguo gran poder de Asiria era un enemigo cruel de los israelitas, entre muchas otras naciones, y Jonás, un israelita nacionalista, querí­a que los asirios fueran dañados, no ayudados. No obstante, el Señor obligó a Jonás a cumplir su misión profética, y en el proceso le enseñó, a Jonás y a los lectores del libro, que él es Dios que tiene cuidado de pueblos y naciones más allá de su propio pueblo escogido.
El libro no sugiere universalismo, es decir, que todos los pueblos y naciones son escogidos, pero sí­ enseña que los pueblos incrédulos todaví­a pueden beneficiarse de alguna manera de la compasión de Dios. A este respecto el libro enseña la doctrina bí­blica de la gracia común (eso es, que algunas de las bendiciones de Dios en esta vida son dadas a toda la gente en general, no solamente a los creyentes). El libro también representa una de varias anticipaciones del ATAT Antiguo Testamento acerca de la ampliación del nuevo pacto del reino de Dios, para incluir a los creyentes de los gentiles tanto como a los israelitas. Y más especialmente, es una versión temprana de las enseñanzas radicales de Jesús de que sus seguidores deben amar a sus enemigos.
No hay indicio en el libro de que Jonás hubiera pensado por sí­ mismo en tratar de presentar al pueblo de Ní­nive al único y verdadero Dios al que ellos, en su politeí­smo equivocado y en su adoración pagana, habí­an estado tratando todo el tiempo (como Pablo lo hizo con los atenienses en Hech. 17). El libro tampoco nos da una indicación de que los ninivitas pensaran en convertirse ellos mismo a la fe en Je hovah en ninguna manera que no fuera el arrepentimiento descrito en el cap. 3. De esta manera, el libro no atribuye a los ninivitas la que comúnmente es llamada †œgracia especial†, los beneficios de conocer y obedecer realmente al único Dios verdadero revelado en la Biblia.

LA PERSONA DE JONAS Y LA AUTORIA DEL LIBRO

Aparte del mismo libro de Jonás, Jonás es mencionado solamente en un lugar en el ATAT Antiguo Testamento (2 Rey. 14:25), allí­ es identificado como el profeta israelita del norte que profetizó du rante los dí­as del rey Jeroboam II diciendo que Israel tomarí­a posesión de nuevo de territorio de Siria que tradicionalmente era parte de la tierra prometida. Jonás y Jesús eran profetas de Galilea. Jonás era de Gat-jefer (2 Rey. 14:25), una ciudad en el distrito de Zabulón, justo a tres millas al nordeste de Nazaret. Por tanto, no es de sorprender que Jesús, que se crió en Naza ret, hubiera tomado la historia de este bien conocido profeta para simbolizar su propia resurrección, y utilizar la advertencia de Jonás al pueblo de Ní­nive para arrepentirse, como sí­mbolo de su propio llamado al arrepentimiento (Mat. 12:38–41; Luc. 11:29–32).
El nombre Jonás significa †œpaloma† en heb., pero no hay ningún simbolismo en su nombre. Muchos israelitas llevaban nombres similares de animales (cf.cf. Confer (lat.), compare Jonás, el padre de Pedro, Mat. 16:17). El nombre de su padre era Amitai (1:1), pero fuera de esto nada se puede conocer de su familia o de su trasfondo personal. Es usual que los libros proféticos den pocos detalles de familia acerca de sus autores. Como virtualmente todos los profetas antiguos, Jonás era un poeta, de modo que su composición o recitación de un poema, aun desde el interior de un gran pez o ballena (cap. 2) difí­cilmente sorprende. El aparece en el libro como un ardiente nacionalista, proisraelita y antiextranjeros. Presumible- mente, cualquier cosa que adelantara a Israel y contribuyera a la declinación o caí­da de sus ene migos, él la hubiera favorecido. Su fuerte nacionalismo lo llevó a pecar al resentir la compasión de Dios hacia un pueblo enemigo y resistir el mandato divino. Su teologí­a también era imperfecta en relación con la soberaní­a de Dios. Su intento de fuga indica que Jonás puede haber pensado, como muchos pueblos antiguos, que un dios (o diosa) tení­a poderes mayores en las regiones donde era conocido y adorado, y que la distancia geográfica de la tierra de Jehovah significaba, hasta cierto grado al menos, libertad del control de Jehovah. Alternativamente, él puede haber creí­do que podí­a resistir mejor el llamado de Dios encaminándose en dirección opuesta a Ní­nive, que quedaba al oriente. Así­, embarcándose, se alejó al occidente tanto como le fue posible (por el mar Mediterráneo), esperando que Dios escogiera entonces a algún otro profeta para predicarle a Ní­nive y que a él lo dejara en paz. Alejarse de Israel significaba alejarse de la asignación del Señor, según esta perspectiva. Jonás, por supuesto, pronto se dio cuenta de la verdad, pero el libro lo describe honestamente como uno al que Dios perdonó y usó a pesar de sus desatinos y fracasos, como es el caso con todos los seres humanos a los que Dios utiliza. Jonás, en otras palabras, es difí­cilmente un modelo a seguir para nosotros. Algo de su conducta y algunas de sus creencias eran absolutamente reprensibles, pero él era un profeta israelita genuino e inspirado.
No se identifica al autor del libro. Toda la información del libro podrí­a provenir del autor de dos fuentes humanas: de Jonás mismo, que conocí­a los detalles de la mayorí­a de la historia, y de los ma rineros mencionados en el cap. 1, que supieron que habí­an ofrecido sacrificios al Señor después de su repentina liberación de la tormenta en el mar (1:16). El hecho de que en el libro a menudo se critica a Jonás no significa que él no pudiera haber sido su autor. Por comparación, en los Evangelios en el NTNT Nuevo Testamento frecuentemente se critica a los discí­pulos, entre los cuales están sus autores. El libro no muestra evidencia de redacción de varios autores o de inserciones o supresiones del texto original (véase la gráfica en la pág. 656).

FECHA Y AMBIENTE

Virtualmente, no hay evidencia que nos diga cuándo fue compuesto el libro. No podemos estar seguros de la fecha exacta, puesto que su lenguaje no delata ningún rasgo conocido de que su composición haya sido particularmente tarde o temprano en el desarrollo del heb. Los intentos por discernir supuestos †œarameí­smos† (formas de palabras hebreas derivadas del arameo después del 600 a. de J.C.a. de J.C. Antes de Jesucristo), o dependencia en Jonás de declaraciones acerca de otros profetas, tales como Jeremí­as, han sido infructuosos. El salmo en el cap. 2 sí­ emplea alguna terminologí­a temprana (p. ej.p. ej. Por ejemplo nephesh en el sentido de †œgarganta† [†œalma† en la RVR, 1960], en el v. 5 es lit.lit. Literalmente lo que traduce la RVARVA Reina-Valera Actualizada), pero esa caracterí­stica de la poesí­a heb. a menudo es insignificante. Asiria era ampliamente odiada después de 745 a. de J.C.a. de J.C. Antes de Jesucristo, cuando Tiglat Pileser III avivó e institucionalizó su imperialismo y empezó a amenazar a Siria y a Palestina, de modo que uno de los énfasis centrales del libro (que Dios ama hasta a los asirios) ciertamente hubiera sido muy necesitado en Israel en cualquier tiempo después de esa fecha. El libro pudiera haber sido compuesto antes de 745, en anticipación de esa necesidad, o después, en respuesta a ella. El men saje del libro es virtualmente eterno de cualquier modo, y el lenguaje sencillo y directo, normal del hebreo clásico.
Es más fácil situar los eventos descritos. Segundo Reyes 14:25 relaciona a Jonás con el perí­odo del largo reinado de Jeroboam II en Israel (793–753 a. de J.C.a. de J.C. Antes de Jesucristo). 1:2 se refiere al †œproblema† de Ní­nive (maldad es una traducción menos probable, particularmente puesto que a través del libro la actitud de Dios hacia Ní­nive no es denunciatoria sino misericordiosa, en agudo contraste con la de Jonás). Esto sugiere una fecha en las décadas anteriores a Tiglat-Pileser III, durante las cuales Asiria experimentó un perí­odo de torbellino polí­tico y declinación económica (eso es, †œproblema†) bajo una sucesión de reyes débiles. Cualquier fecha entre 800 y alrededor de 750 quedarí­a bien. Pero todaví­a es posible ser más preciso. El punto más débil de Asiria durante ese medio siglo vino durante el reinado de Asurdan III (772–756) bajo cuya dirección Asiria sufrió tanto pérdidas militares importantes como reveses económicos. Disturbios contra el gobierno, que obligaron a Asurdan a huir de su resi dencia real al menos una vez, y un eclipse solar total el 15 de junio del 763 a. de J.C.a. de J.C. Antes de Jesucristo (considerado un presagio de severo disgusto divino por los grandemente supersticiosos asirios) pueden haber provisto la ocasión para la clase de rituales de arrepentimiento popular descritos en 3:5–9. Hubo probablemente buena razón para que un rey débil se uniera y apoyara oficialmente la efusión popular de arrepentimiento a la predicación de Jonás por parte de una población temerosa de la guerra, azotada por la hambruna y asustada por un eclipse solar. Una fecha para la misión de Jonás a finales de 760 a. de J.C.a. de J.C. Antes de Jesucristo no puede estar muy errada.

El escenario del libro de Jonás en el siglo VII a. de J. C.a. de J. C. Antes de Jesucristo

MENSAJE Y PROPOSITO

El libro de Jonás presenta un contraste entre el odio egocéntrico de Jonás hacia sus enemigos y la compasión de Dios por ellos. Es clara la intención de enseñar a los lectores del libro que no debieran imitar la actitud y práctica de Jonás. Dos veces en el cap. 4 Dios le pregunta a Jonás qué derecho tiene él de estar enojado, primero acerca del perdón de Ní­nive por parte de Dios (v. 4) y luego acerca de la pérdida de la planta de ricino que habí­a dado sombra a la enramada de Jonás del ardiente sol (v. 9). Esto último lo habí­a hecho Dios como una lección para el profeta. Si Jonás se preocupaba por la planta, no queriendo verla morir, ¿no debiera Dios preocuparse por la población de toda una ciudad, no queriendo verla morir (v. 11)? ¿No es la gente (o los animales también, v. 11) mucho más valiosa que las plantas? ¿No tienen un valor intrí­nseco? Aunque fueran nuestros enemigos, eso no debiera significar que pensemos que no merezcan compasión de Dios.
Sin embargo, el contraste de los valores relativos de la planta y la gente en el cap. 4 es solamente una de las dos principales lecciones objetivas en el li bro. La otra es el contraste entre la gratitud de Jonás por ser rescatado de una ruina que bien merecí­a, y su resentimiento por el rescate de los ninivitas de una ruina que ellos bien merecí­an. En el cap. 1 él confiesa a los marineros que la tormenta divinamente enviada y que amenazaba sus vidas era culpa suya y que su ahogamiento los librarí­a. A punto de ahogarse, de repente él es tragado, y así­ rescatado de la muerte, por un gran pez o ballena (1:17). El cap. 2 registra la elocuente oración de gratitud de Jonás por su propio rescate, estableciendo así­ un contraste con su insatisfacción hipócrita por el rescate de la gente de Ní­nive en el cap. 4.

FORMA Y ESTILO

La forma del libro es narración biográfica, una sub-categorí­a de la narrativa histórica hebrea similar a la que se encuentra en porciones biográficas de los libros proféticos (más notablemente en Jeremí­as), y en las historias de Elí­as y Eliseo en 1 y 2 Reyes. Las construcciones de las oraciones, las transiciones, la descripción de las escenas y el uso prominente del diálogo son todas caracterí­sticas norma les de la narrativa histórica hebrea del ATAT Antiguo Testamento. También lo es la presencia de un poema (cap. 2) en medio de lo que es, fuera de esa sección, prosa. La inclusión ocasional de la poesí­a en el curso de la narración histórica es la norma, no la excepción, en los libros históricos del ATAT Antiguo Testamento. A través del Pentateuco y de los profetas anteriores uno encuentra docenas de ejemplos. El hecho de que el libro sea una narrativa pedagógica tampoco es excepcional; todas las narraciones del ATAT Antiguo Testamento lo son, hasta algún grado.
Los que se inclinan a considerar el libro como ficticio usualmente lo clasifican como una alegorí­a, una parábola o una fábula. Sin embargo, no tiene la forma de ninguna de éstas. Las alegorí­as del ATAT Antiguo Testamento se caracterizan por grupos de personajes obviamente estilizados ajustados a una trama concebida sencillamente, que juntos simbolizan de- sarrollos históricos conocidos (p. ej.p. ej. Por ejemplo Sal. 80:8–19; Eze. 19). Las parábolas son historias muy cortas (normalmente unas cuantas oraciones gramaticales) relatadas en un estilo escaso, a manera de ilustrar un solo punto o principio (p. ej.p. ej. Por ejemplo Isa. 5:1 7; Eze. 17:22–24). Las fábulas son historias que incluyen plantas o animales que hablan para ilustrar simbólicamente alguna faceta de la historia, cultura o experiencia personal (p. ej.p. ej. Por ejemplo Jue. 9:7–15). Jonás es demasiado largo, complejo, y detallado en asuntos históricos y muy directamente biográfico y narrativo para ser cualquiera de esas.
El estilo del libro es sencillo y normal para la narrativa hebrea. Se lee fácilmente en el original y no contiene humor ni descripciones escandalosas. Los que encuentran el libro humorí­stico en alguna manera o escandaloso están interpretando la historia de acuerdo con sus propias expectaciones, no analizando el estilo del libro mismo. El lenguaje no es exagerado, los eventos no son absurdos, y el propio comportamiento de Jonás lo menos que tie ne es humorismo. Aunque el libro contiene ironí­a (p. ej.p. ej. Por ejemplo el resentimiento de Jonás por la liberación de Ní­nive después de su propia complacencia por ser librado personalmente, o de su valoración de una simple planta por encima de muchas vidas humanas) es, como mucha de la ironí­a bí­blica, no humorí­stica, sino trágica. Jonás no es un desventurado idiota ni un chapucero del que (o con el que) debemos reí­rnos, aunque sea por lástima. El es implacablemente serio en cuanto a su odio por los enemigos de su pueblo, e irracional hasta morir porque Dios estaba dispuesto a librar en vez de aplastar a Ní­nive. Reí­rse de Jonás significarí­a dejar de tomar en serio el sensato propósito del libro, que es el de guardarnos de considerar a nuestros enemigos como Jonás lo hizo. Los que hablan en el libro (Dios, los marineros, Jonás y el rey) lo hacen de manera natural, de acuerdo con las normas del diálogo de la narrativa hebrea. El poema en el cap. 2 es un ejemplo tí­pico de un salmo de acción de gracias, del cual hay varios en el Salterio.

UNIDAD E INTEGRIDAD
La historia de Jonás es completa e independiente y no muestra evidencia de haber perdido algún contenido por razón de corrupción textual o por manipulación deliberada. De hecho, el texto está notablemente bien conservado. Algunos académicos han argumentado que el salmo en el cap. 2 está fuera de lugar, añadido por un editor posterior, puesto que la historia de todas maneras se lee muy bien omitiendo el salmo y las palabras que lo introducen. Sin embargo, virtualmente todas las secciones poéticas de narraciones históricas del ATAT Antiguo Testamento son similares en este respecto. Más aun, un importante elemento de la historia original se perderí­a si el salmo fuera dejado fuera: la hipocresí­a de la elocuente gratitud de Jonás por su propio inmerecido rescate de la muerte (que el salmo refleja claramente) en contaste con su resentimiento por el rescate inmerecido de Ní­nive de la muerte (cap. 4). Sobre la estrecha interconexión del salmo con el resto del libro, véase también G. Landes, †œThe Kerygma of the book of Jonah†, Interpretation 21 (1967) 3–31].

HISTORICIDAD

¿Sucedieron de veras los eventos descritos en el libro? ¿No son partes de la historia tan inusitadas que obviamente son ficticias? ¿Vivió un hombre por tres dí­as dentro de un gran pez, y una gran ciudad se arrepiente en masa por la predicación de un obscuro profeta extranjero? ¿Creció una gran planta cerca de la enramada de Jonás y luego murió repentinamente para enseñarle a Jonás una lección? ¿Realmente manipuló Dios la naturaleza, desde una poderosa tormenta hasta un pequeño gusano, por amor a un profeta rebelde?
El libro sostiene que todas estas cosas sí­ sucedieron. Por supuesto, si uno cree que los milagros no pueden suceder, que Dios nunca interviene deci sivamente en los asuntos humanos, entonces el libro de Jonás y también todos los otros relatos que hablan de asuntos sobrenaturales deben ser falsos. Tal rechazo rí­gido a considerar lo sobrenatural como una parte de la realidad es, por supuesto, improbable, y la mera negación de que cierta clase de eventos puedan ocurrir es difí­cilmente un medio de argumentación digno. ¿Podrí­a y lo harí­a un Creador sobrenatural manipular la natura leza para sus fines, algunas veces tan intensamente hasta el punto de amenazar o quitar vida humana? La Biblia en general y el libro de Jonás en particular ciertamente describen a Dios exactamente de esta manera.
En cualquier caso el examen cuidadoso de los eventos descritos en el libro revelan que ninguno es especialmente exótico si uno está dispuesto a conceder la posibilidad de los eventos sobrenaturales en un mundo todaví­a controlado por su Creador divino. Por ejemplo, la tormenta en el cap. 1 no es de ninguna manera inusitada en el Mediterráneo oriental; su encuentro con Jonás y el barco en el que él estaba es más un asunto de sincronización que de cantidad o calidad. Está bien documentado que varias personas (principalmente balleneros) han sobrevivido largos perí­odos dentro de criaturas marinas. La capacidad del cuerpo de concentrar oxí­geno en tejidos crí­ticos, incluido el cerebro, en presencia de agua frí­a, está tan bien establecido médicamente que se considera un hecho común. Las condiciones necesarias para que los asirios tan supersticiosos respondieran a la predicación de Jonás con un arrepentimiento tan amplio, sin consideración de lo ritual que fuera, estaban de hecho presentes durante las primeras décadas del siglo VIII a. de J.C.a. de J.C. Antes de Jesucristo, dentro y fuera de Ní­nive. Numerosos ejemplos de perí­odos nacionales de arrepentimiento de corta duración, como el descrito en el libro, de hecho están registrados en los archivos históricos asirios. En cuanto a la planta que murió rápidamente por el ardiente calor cuando sus raí­ces fueron consumidas, necesita principalmente la oportunidad y la situación como requisitos principales. Fuera de eso no hay nada especialmente inusitado en cuanto a su crecimiento y muerte.
Las circunstancias que rodean esos eventos sobrenaturales son tratados con mayor detalle en el comentario que sigue.

BOSQUEJO DEL CONTENIDO

1:1-3 La rebelión de Jonás por la misión que Dios le encomendó de darle a Ní­nive una oportunidad de arrepentirse

1:4-16 Una tormenta enviada por Dios le impide a Jonás huir de su misión

1:17—2:10 La gratitud de Jonás por la gracia de Dios al rescatarlo de la muerte

3:1-3a Un segundo principio para la misión de predicar a Ní­nive

3:3b-10 El arrepentimiento resultante de la predicación de Jonás en Ní­nive

4:1-4 La ingratitud de Jonás por la gracia de Dios al rescatar a Ní­nive de la muerte

4:5-11 Retrospección: Una lección objetiva cuando Jonás todaví­a estaba deseando la destrucción de Ní­nive
Comentario

1:1-3 LA REBELION DE JONAS POR LA MISION QUE DIOS LE ENCOMENDO DE DARLE A NINIVE UNA OPORTUNIDAD DE ARREPENTIRSE

1 Jonás es identificado como el profeta israelita norteño de principios del siglo octavo a. de J.C.a. de J.C. Antes de Jesucristo (conocido por 2 Rey. 14:25).
2 La traducción de la RVARVA Reina-Valera Actualizada predica contra ella; porque su maldad ha subido a mi presencia es menos probable que †œpredí­cale porque su problema me interesa.† La palabra heb. ra

Fuente: Introducción a los Libros de la Biblia

Nombre personal heb. que significa “paloma”. 1. Profeta heb. en el reinado de Jeroboam II de Israel, en el ss. VIII a.C. Era de Gat-hefer, ciudad zabulonita en las cercanías de Nazaret. Su padre se llamaba Amitai. Predijo la expansión territorial que logró Jeroboam a expensas de Siria (2 R. 14.25). Este Jonás es también el héroe del libro que lleva su nombre, el quinto de los doce profetas menores. El libro difiere considerablemente de los otros profetas del AT en que es casi totalmente narrativo y no contiene largos oráculos proféticos (véase el artículo que sigue).

2. El padre de Simón Pedro, según Mt. 16.17. Algunos ms(s). de Jn. 1.42; 21.15ss también lo llaman Jonás, pero la lectura mejor verificada aquí es “Juan” (así °vp).

D.F.P.

Douglas, J. (2000). Nuevo diccionario Biblico : Primera Edicion. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas.

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico

A partir de Dirk Barentsz. Grabado por Jan Sadeler I (1580-1600) A partir de Maarten van Heemskerck. Impreso por Philips Galle. 1566 Impreso por Luca Ciamberlano (1600-1640)

Contenido

  • 1 El Profeta
  • 2 Historicidad
    • 2.1 Tradición Judía
    • 2.2 Autoridad de Nuestro Señor
    • 2.3 Autoridad de los Padres

El Profeta

Jonás es el quinto de los profetas menores. Usualmente el nombre se toma en el sentido de “paloma” (Heb., YVNH), pero en vista de las palabras quejosas del profeta (Jonás 4), es probable que el nombre se derive de la raíz Yanah = lamentarse, con el significado de dolens o “quejoso”. Esta interpretación se remonta a San Jerónimo (Comm. on Jonah, IV, 1). Aparte del libro que tradicionalmente se le atribuye, a Jonás se le menciona sólo una vez en el Antiguo Testamento (2 Rey. 14,25), donde se afirma que la restauración por Jeroboam II (Vea Jeroboam) de las fronteras de Israel contra las incursiones de los invasores extranjeros fue un logro de la “palabra que Yahveh, Dios de Israel, había dicho por boca de su siervo, el profeta Jonás, hijo de Amittay, el de Gat de Jéfer”. Esto último no es sino una traducción parafrástica del nombre de Gat-Jéfer, un pueblo en el territorio de Zabulón (Josefo, “Antig.”, XIX, XIII), que fue probablemente el lugar de nacimiento del profeta, y donde todavía se señalaba su tumba en la época de San Jerónimo.

Se hace mención de Jonás en Mateo 12,39 ss., y en 16,4, y también en los pasajes paralelos de Lucas (11,29-30.32), pero estas referencias no añaden nada a la información contenida en el Antiguo Testamento. Según una antigua tradición mencionada por San Jerónimo (Comm. in Jonas, Prol., PL, XXV, 118) y que se encuentra en el Pseudo-Epifanio (De Vitis Prophetarum, XVI, PL, XLIII, 407), Jonás fue el hijo de la viuda de Sarepta cuya resucitación por el profeta Elías se narra en 1 Rey. 17, pero esta leyenda parece no tener otro fundamento que la semejanza fonética entre el nombre propio Amittay (AMCHY), padre del profeta, y la palabra hebrea Emeth (AMCH), “la verdad”, aplicada a la palabra de Dios a través de Elías por la viuda de Sarepta (1 Rey. 17,24).

El principal interés en el profeta Jonás se centra alrededor de dos incidentes notables narrados en el libro que lleva su nombre. En el versículo de apertura se establece que “la palabra del Señor vino a Jonás hijo de Ammitay, diciendo: ´Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama contra ella que su maldad ha subido hasta mí´. ” Pero el profeta, en lugar de obedecer el mandato divino “se levantó para huir a Tarsis lejos de Yahveh” para poder escapar de la tarea que se le asignó. Se sube a un barco con destino a ese puerto, pero les sorprende una violenta tormenta, y al admitir que él era la causa de la misma, fue echado por la borda. Fue tragado por un gran pez providencialmente preparado para este propósito, y después de una estancia de tres días en el vientre del monstruo, tiempo durante el cual compone un himno de acción de gracias, fue arrojado a la tierra seca.

Después de este episodio recibe de nuevo el mandato de predicar en Nínive, y el relato de su segundo viaje es casi tan maravilloso como el del primero. Él procede a Nínive y entra a ella “después de un día de camino”, anunciando su destrucción dentro cuarenta días. Las autoridades inmediatamente ordenan un arrepentimiento general, en vista de lo cual Dios se aplaca y perdona a la malvada ciudad. Jonás, enojado y decepcionado, se desea la muerte. Él reconviene con el Señor, y declara que fue en previsión de este resultado que en la ocasión anterior había querido huir a Tarsis.

Se retira de Nínive y, debajo de una cabaña que había hecho, esperó el destino de la ciudad. En esta morada disfruta por un tiempo a la sombra refrescante de una planta de ricino que el Señor dispuso para él. Sin embargo, pronto el ricino fue atacado por un gusano y el profeta quedó expuesto a los ardientes rayos del sol, con lo cual volvió de nuevo a murmurar y a desearse la muerte. Entonces el Señor le reprende por su dolor egoísta por el marchitamiento del ricino, mientras que al mismo tiempo desea que Dios no sea tocado por el arrepentimiento de una ciudad en la que “hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y una gran cantidad de animales.” Aparte del himno atribuido a Jonás (2,2-11) el contenido del libro está en prosa.

Historicidad

Los católicos siempre han mirado el libro de Jonás como un narrativa fáctica. En las obras de algunos escritores católicos del siglo XIX surgió una inclinación a considerar el libro como ficción. Sólo Simón y Jahn, entre los estudiosos católicos prominentes, han negado claramente la historicidad de Jonás; y la ortodoxia de estos dos críticos ya no puede ser defendida: “Providentissimus Deus” condenó implícitamente las ideas de ambos en el asunto de la inspiración, y la Congregación del Índice condenó expresamente la “Introducción” de este último.

Razones para la aceptación tradicional de la historicidad de Jonás:

Tradición Judía

De acuerdo con el texto de los los Setenta del Libro de Tobías (14,4), las palabras de Jonás respecto a la destrucción de Nínive son aceptadas como hecho; la misma lectura se encuentra en el texto arameo y en un manuscrito hebreo (Vea Kaulen, “Einleitung in die Heilige Schrift”, Freiburg im Br.., 1890, p. 352). El apócrifo 3 Mac. 6,8, describe la estancia de Jonás en el vientre del pez, junto con las otras maravillas de la historia del Antiguo Testamento. Josefo (Ant. Jud., IX, X, 2) claramente considera como histórica la historia de Jonás.

Autoridad de Nuestro Señor

Los católicos consideran que esta razón elimina todas las dudas sobre el hecho de la historia de Jonás (ver Knabenbauer, “Com en Minores Prophetas.”, II, 361). Los judíos pidieron una “señal” —un milagro para probar el mesiazgo de Jesús. Él les contestó que no se les daría ninguna “señal” más que la “señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del Hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás.” (Mt. 12,40-41; 16,4; Lc. 11,29-32). Los judíos pidieron un milagro real; Cristo los habría engañado si Él les hubiese presentado una mera fantasía. Afirma claramente que así como estuvo Jonás en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también Él estará en el corazón de la tierra tres días y tres noches. Si, pues, la estancia de Jonás en el vientre del pez fue sólo una ficción, la estancia del cuerpo de Cristo en el corazón de la tierra es sólo una ficción. Si los ninivitas realmente no se levantarán en el juicio, tampoco los judíos se levantarán en realidad. Cristo contrasta hecho con hecho, no fantasía con fantasía, ni fantasía con hecho. Sería muy extraño, de hecho, que aquí Él les dijera que Él era más grande que un hombre formado por la fantasía. Sería poco menos extraño si él fuera a regañar a los judíos por su falta real de penitencia considerando esta falta en contraste con la penitencia de Nínive que nunca existió en absoluto. Toda la fuerza de estos contrastes se pierde, si se admite que la historia de Jonás no es una narración de hechos. Por último, Cristo no hace distinción entre la historia de la reina de Saba y la de Jonás (vea Mt. 12,42). Él establece el mismo valor histórico para el Libro de Jonás que para el Primer Libro de los Reyes. Tal es el argumento más fuerte que los católicos ofrecen para la firme posición que toman sobre el fundamento de la narrativa fáctica de la historia de Jonás.

Autoridad de los Padres

Ni un solo Padre ha sido citado jamás a favor de la opinión de que Jonás es un cuento de fantasía y no una narración de hechos en absoluto. Para los Padres Jonás fue un hecho y un tipo del Mesías, justo tal como el que Cristo le presentó a los judíos. Santos Jerónimo, Cirilo y Teófilo explican el detalle el significado tipo de los hechos del Libro de Jonás. San Cirilo incluso predice las objeciones de los racionalistas de hoy: Jonás huye de su ministerio, se lamenta de la misericordia de Dios para los ninivitas, y de otras maneras muestra un espíritu mal se convierte en un profeta y en un tipo histórico de Cristo. Cirilo admite que en todo esto Jonás fracasado y no es un tipo de Cristo, pero no admite que estas fallas de Jonás demuestren que la historia de sus obras haya sido una mera ficción.

Para el racionalista y para el estudioso bíblico protestante estos argumentos no valen nada en absoluto. Encuentran error no sólo en la tradición judía y cristiana, sino en Cristo mismo. Ellos admiten que Cristo tomó la historia de Jonás como una narración de hechos, y hacen respuesta de que Cristo erró; era un hijo de su tiempo y representa para nosotros las ideas y los errores de su época. Los argumentos de aquellos que aceptan la infalibilidad de Cristo y niegan la historicidad de Jonás no son concluyentes.

  • Cristo habló de acuerdo a las ideas de la gente, y no intentaba decirles que Jonás fue realmente tragado por un pez. Preguntamos: ¿Acaso Cristo habló de la reina de Saba como un hecho? Si es así, entonces Él habló de Jonás como un hecho —a menos que haya alguna prueba sobre lo opuesto.
  • Si el libro histórico fuese una narrativa histórica, no se omitirían algunos detalles, por ejemplo, el lugar donde el monstruo marino vomitó al profeta, los pecados particulares de los cuales los ninivitas eran culpables, el tipo particular de calamidad con la que la ciudad iba a ser destruida, el nombre del rey asirio bajo el cual estos eventos se llevaron a cabo y que se convirtió al verdadero Dios con tan maravillosa humildad y arrepentimiento.

Respondemos que estas objeciones demuestran que el libro no es un relato histórico hecho de acuerdo a los cánones posteriores de la crítica histórica; no prueban que el libro no es una historia en absoluto. Los hechos narrados son tales en la medida en que se adaptaban a la finalidad del escritor sagrado. Contó una historia de gloria para el Dios de Israel y de caída para los dioses de Nínive. Es probable que los incidentes tuviesen lugar durante el período de la decadencia asiria es decir, durante el reinado de Asurdanil o Asurnirar (770-745 a.C.). Una plaga había asolado el país desde 765 hasta 759 a.C. Los conflictos internos añadieron a la consternación causada por la enfermedad mortal. El poder del rey se redujo a la nada. Ese rey parecería muy poco conocido para ser mencionado. No se considera que el faraón de los tiempos de Moisés haya sido una ficción sólo porque su nombre no se da.

La tradición judía supone que el profeta Jonás fue el autor del libro que lleva su nombre, y lo mismo han afirmado en general los escritores cristianos que defienden el carácter histórico de la narración. Pero se puede notar que en ninguna parte del libro mismo se afirma que fuese escrito por el profeta (que se supone vivió en el siglo VIII a.C.), y la mayoría de los estudiosos modernos, por diversas razones, asignan la fecha de la composición a una época mucho más tardía, probablemente el siglo V a.C. Al igual que en el caso de otros personajes del Antiguo Testamento, muchas leyendas, en su mayoría fantásticas y carentes de valor crítico, crecieron alrededor del nombre de Jonás, las cuales se pueden encontrar en la “Enciclopedia Judía”.

Fuente: Driscoll, James F. “Jonah.” The Catholic Encyclopedia. Vol. 8. New York: Robert Appleton Company, 1910. 25 Mar. 2012
http://www.newadvent.org/cathen/08497b.htm

Traducido por Luz María Hernández Medina

Fuente: Enciclopedia Católica