COLECTA – Diccionario Enciclopédico de Biblia y Teología

COLECTA

latí­n colligere, recoger. Recaudación de bienes con un fin benéfico o caritativo. En el A. T., se hizo una c. de materiales para la erección del Santuario, Ex 35, 4-29. Baruc hizo una c. entre los judí­os desterrados en Babilonia, y lo recaudado fue enviado a los sacerdotes en Jerusalén, a fin de que ofrecieran sacrificios a Yahvéh, Ba 1, 6-10. En la Iglesia primitiva, eran comunes las colectas para auxiliar a los hermanos de la propia Iglesia o a las de otras comunidades, y el apóstol Pablo las recomienda como fundamentales para la unión de los cristianos. Cuando hubo una hambruna, en tiempos del emperador romano Caudio, los discí­pulos hicieron una c. y enviaron recursos a los hermanos de Judea en necesidad, Hch 11, 28-30. 1 Co 16, 1-3. Las iglesias de Acaya y Macedonia llevaron a cabo una c. en favor de los hermanos pobres de Jerusalén, Rm 15, 26-28; San Pablo recomienda a los corintios hacer la c. el primer dí­a de la semana, domingo, 1 Co 16, 1-5; le pone el ejemplo de generosidad de los cristianos de Macedonia en medio de sus dificultades, 2 Co 8, 1-22; y les dice que es necesario dar con alegrí­a, no de manera forzada, pues se recoge de lo que se siembra, 2 Co 9, 1-15.

Diccionario Bí­blico Digital, Grupo C Service & Design Ltda., Colombia, 2003

Fuente: Diccionario Bíblico Digital

Dinero para Jerusalén. Pablo ha defendido siempre la libertad de su opción cristiana, al predicar un evangelio separado de la Ley judí­a. Pero, al mismo tiempo, ha querido mantener sus ví­nculos con la iglesia de Jerusalén, como él mismo ha puesto de relieve en Gal 2,1-10. Entre esos ví­nculos está el que los cristianos de la gentilidad “se acuerden de los pobres de Jerusalén”, cosa que Pablo ha intentado hacer con una admirable coherencia y constancia. De esa forma ha organizado en todas sus iglesias una colecta a favor de la iglesia de Jerusalén (cf. 2 Cor 8-9; Rom 15,25-16,3).

(1) El sentido de la colecta. Ella puede tener y tiene quizá tres sentidos, como supone el mismo Pablo, (a) Sentido económico. La iglesia de Jerusalén donde, según el testimonio de Hch 2,43-47 y 4,22-36, los cristianos habí­an establecido una comunidad de bienes, está pasando por grandes dificultades económicas. Esos cristianos se presentan como los pobres (Rom 15,26; Gal 2,10; cf. Sant 2,5), no sólo porque viven el ideal escatológico de la pobreza radical, sino porque son pobres reales. Por eso, Pablo siente la responsabilidad cristiana de ayudarles, (b) Reconocimiento eclesial. Pablo sigue tomando a la iglesia de Jerusalén (de Judea) como madre de todas las iglesias, manantial de la que ha surgido y se ha expandido la fe (cf. Rom 15,27). Por eso es lógico que los cristianos de la gentilidad, que han recibido la fe de los cristianos de Jerusalén-Judea, les devuelvan de algún modo ese don con un reconocimiento económico, como signo de solidaridad, (c) Tributo religioso. Las comunidades judí­as de todo el mundo debí­an aportar un dinero para el mantenimiento del templo, como sabe y acepta, en un sentido, el mismo Jesús de Mt 17,24-27. Pues bien, los cristianos habrí­an mantenido un tipo de impuesto semejante, al menos co mo signo voluntario: se tratarí­a de una forma de reconocer el primado de la iglesia de Jerusalén. Sea como fuere, Pablo tomó muy en serio la colecta y decidió subir con ella a Jerusalén. Sabemos por 2 Cor 8-9 y Rom 15,25-31 que ha querido subir para certificar con su ofrenda de dinero la solidaridad de las iglesias gentiles hacia la iglesia madre de Jerusalén, como lo habí­a pedido esa misma iglesia (cf. Gal 2,10).

(2) Pablo y la historia de la colecta. Pablo ha subido con miedo; no sabe si van a recibirle bien y a recibir su dinero… (cf. Rom 15,30-33). En ese contexto, la versión que Hch ofrece es ambigua y riquí­sima: supone que los cristianos de Jerusalén han aceptado en principio la colecta, pero la cosa no queda del todo clara. Pablo fue con un grupo organizado de testigos y compañeros (Hch 20,4), de origen judí­o y gentil, y afirmó ante los ancianos de Efeso (en Mileto) que no se habí­a aprovechado económicamente de ellos (Hch 20,32). Superados todos los presagios adversos (cf. Hch 20,1-16), llega a Jerusalén y saluda a Santiago y a los presbí­teros de la iglesia, que parecen aceptar su gesto (su colecta, el valor de sus iglesias), pero le piden que realice un rito de pureza en el templo, para mostrar de esa manera que él sigue siendo un judí­o. Los que vienen con él (los no judí­os) no tienen que demostrar nada: pueden vivir sin más obligaciones, como pagano-cristianos. Pero Pablo es judeocristiano y el hecho de predicar el Evangelio a los gentiles no le impide ser judí­o y así­ tiene que mostrarlo, realizando un rito de purificación en el templo. Parece que, normalmente, Pablo no habrí­a realizado los ritos judí­os que le piden, pero, a fin de mostrar su solidaridad con la iglesia de Jerusalén, haciéndose judí­o con los judí­os (cf. 1 Cor 9,20), realiza esos ritos, entrando para ello en el recinto del templo. Sea como fuere, Pablo realiza esos ritos, abiertamente, sobre un atrio del templo donde sólo pueden entrar los judí­os puros, mostrando así­ ante todos que sigue siendo un judí­o fiel. Pero muchos (no se sabe si sólo judí­os o también judeocristianos) no admiten su gesto y se amotinan y quieren lincharle, de manera que los romanos le apresan por seguridad, iniciando una prisión que culmina en Roma (Hch 21,17-25,12). Pablo testifica en juicio ante el gobernador que ha venido a traer una ofrenda económica, como es normal entre judí­os, que pagan dinero a su templo (cf. Hch 24,17). El texto sigue diciendo que el gobernador, consciente de la inocencia de Pablo, espera que le den dinero (en soborno) para liberarlo (Hch 24,26), pero no se lo dan, y así­ le mantiene durante dos años en la cárcel, hasta que llega el gobernador siguiente y el proceso continúa con la apelación de Pablo a Roma.

(3) ¿Qué ha pasado con el dinero de la colecta? En medio de todo eso, se mantiene la pregunta: ¿Qué ha pasado con el dinero que está en el fondo de la disputa? ¿Lo han recibido los cristianos de Jerusalén y lo gastan ellos mismos, para remediar sus necesidades, sin preocuparse de Pablo que está en la cárcel, por no herir la susceptibilidad de los judí­os no cristianos? ¿Lo mantienen los delegados de las iglesias gentiles? Pero, en ese caso, ¿por qué no lo emplean para sobornar al gobernador y conseguir la libertad de Pablo, como el mismo gobernador está esperando según Hch 24,26? Son preguntas fundamentales, a las que pienso que no podemos dar una respuesta. De todas formas, la situación de Santiago* en Jerusalén está siendo ya en ese momento muy comprometida como para buscar activamente la libertad de Pablo. Por su parte, Pablo no habrí­a aceptado para beneficio propio un dinero de las comunidades. Sea como fuere, el tema queda sin resolver, como una gran interrogación, en el principio de la Iglesia: el dinero puede servir como signo de comunión entre creyentes, pero resulta ambiguo, pues puede suscitar divisiones. Por su parte, el sistema (= gobernador) quiere emplearlo como medio de soborno.

PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007

Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra

Cerca del año 55 E.C., Pablo escribió a los corintios desde Efeso lo siguiente: †œAhora bien, respecto a la colecta que es para los santos: así­ como di órdenes a las congregaciones de Galacia, háganlo de esa manera ustedes también†. (1Co 16:1, 2.) La palabra griega lo·guí­Â·a (colecta) se usaba por lo menos desde el siglo III a. E.C., pero en la Biblia solo aparece en estos dos versí­culos.
La selección de términos que hace Pablo indica que la colecta no debí­a ser de alimento ni de ropa, sino de dinero, y al decir †œla colecta†, muestra que era una colecta especial que los corintios ya conocí­an. Las instrucciones de Pablo solo tení­an que ver con el procedimiento de esta. Tení­a que ser privada, cada uno †œen su propia casa†, y voluntaria, según cada uno †˜fuera prosperando†™, tal como se hací­a en †œlas congregaciones de Galacia†. (1Co 16:1, 2.)
Las †œórdenes† que Pablo daba no eran mandatos arbitrarios u obligatorios, sino que obedecí­an a su calidad de encargado y supervisor de este programa de ayuda que afectaba a varias congregaciones. (1Co 16:1.) El apóstol y otros cristianos habí­an planeado con cuidado dicho programa. Además de preocuparse de las necesidades espirituales de las congregaciones, Pablo siempre tení­a presentes las necesidades fí­sicas de los cristianos pobres, y parece ser que esta colecta estaba destinada sobre todo a los cristianos de Judea, que para aquel tiempo estaban sometidos a fuertes presiones. (Gál 2:10.) En otros lugares Pablo alude a esta colecta con expresiones como †œuna contribución a los pobres de los santos que están en Jerusalén† (Ro 15:26), el †œministerio que es para los santos† (2Co 9:1), †œsu liberal dádiva previamente prometida†, †œeste servicio público† (2Co 9:5, 12) y †œdádivas de misericordia† (Hch 24:17). Este interés amoroso por las necesidades de los compañeros creyentes era una de las marcas identificadoras del cristianismo del primer siglo. (Jn 13:35; véase CONTRIBUCIí“N.)

Fuente: Diccionario de la Biblia

Del latín collecta, significa la «unión» de las oraciones de la congregación realizada en un breve intervalo. La brevedad, por lo tanto, es la esencia de una colecta. Ésta se divide en tres partes: (a) una invocación, que por lo general se basa en algún atributo particular de Dios; (b) la petición, que por lo general está unida a algún objetivo espiritual; (c) el final, en el cual se invoca el nombre y los méritos de Jesucristo o la gloria del trino Dios. La mayoría de las colectas que se usan litúrgicamente son antiguas, derivados de los Sacramentos Latinos de León I (siglo V), Gelasio (492), o Gregorio (590). De las colectas más modernas contenidas en el Libro de Oración Común de la Iglesia Anglicana, algunas se remontan al período de la Reforma y fueron la obra de Cranmer (Adviento I y II), en tanto que otras fueron agregadas en 1662 (Adviento III, Epifanía VI).

Frank Colquhoun

Harrison, E. F., Bromiley, G. W., & Henry, C. F. H. (2006). Diccionario de Teología (109). Grand Rapids, MI: Libros Desafío.

Fuente: Diccionario de Teología

El nombre que se usa para las oraciones cortas antes de la epístola en la Misa, las que ocurren de nuevo en laudes, tercia, sexta, nona y vísperas. La palabra collecta corresponde a la griega synaxis. Es un nombre, una forma tardía de collection (así missa para missio, oblata para oblatio, ascensa, en el Sacramentario Gelasiano, para ascensio, etc.). El significado original parece haber sido éste: se usaba para el servicio realizado en cierta iglesia en los días en que había una estación [1] en algún otro sitio. El pueblo se reunía en esta primera iglesia y se convertía en una “colección”; después que se decían ciertas oraciones se iban en procesión a la iglesia estación. Justo antes de empezar el celebrante decía una oración, la oratio ad collectam (ad collectionem populi); el nombre sería entonces igual a oratio super populum, un título que todavía permanece en nuestro misal, por ejemplo en Cuaresma después de la post-Comunión. Esta oración, la colecta, se repetiría al comienzo de la Misa en la estación misma (Bona, Rer. Liturg., II, 5).

Escritores posteriores le encuentran otros significados para el nombre. Inocencio III dice que en esta oración el sacerdote agrupa las oraciones de todo el pueblo (De Sacr. Altaris myst., II, 27; vea también Benedicto XIV, De S.S. Missæ sacr., II, 5). La secreta y la de post-Comunión también son colectas, formadas en el mismo modelo que la de antes de la epístola. Ahora el nombre se utiliza sólo para la primera de las tres. Originalmente había una sola colecta (y una secreta y post-Comunión) para cada Misa Los antiguos sacramentarios nunca proveían más de una. Amalario de Metz (m. 847), dice (De officiis eccl., en P.L., CV, 985 ss.) que en su tiempo algunos sacerdotes comenzaron a decir más de una colecta, pero que en Roma sólo se usaba una. Micrólogo [De eccl. Observ., probablemente por Bernoldo de Constanza (m. 1100), en P.L., CLI, 973 ss.]] defiende la antigua costumbre y dice que “se debe decir una oración, como una epístola y un Evangelios”. Sin embargo, el número de colectas se multiplicó hasta que gradualmente evolucionó a nuestra regla actual.

La forma en que se dicen ahora nuestras colectas en la Misa es el fragmento de un rito más elaborado. De este rito sólo nos queda un vestigio el Viernes Santo. Después que el celebrante saluda a la gente (dominus vobiscum), les invita a rezar por alguna intención: Oremus, dilectissimi nobis, etc. El diácono dice: Flectamus genua, y todos se arrodillan por un tiempo en oración silenciosa. El subdiácono luego los manda a ponerse de pie (Levate), y el celebrante cierra las oraciones privadas con la forma corta que es la colecta. De este rito —excepto el Viernes Santo— el acortamiento de la Misa, que ha afectado todas sus partes, sólo ha dejado el saludo Oremus y la propia colecta. Aquí, como siempre, es en la Semana Santa que nos encontramos con la forma antigua. Cabe señalar, entonces, que el Oremus no se refirió de inmediato a la colecta, sino más bien a la oración silenciosa que lo precedía. Esto también explica la brevedad de las colectas más antigua, las cuales no son la oración misma, sino su conclusión. Una breve frase resume las peticiones del pueblo. Es sólo desde que se olvidó el significado original de la colecta que se ha convertido en sí misma en una larga petición con varias referencias y cláusulas (compare las colectas para los domingos después de Pentecostés con las de las fiestas modernas).

En todos los días de fiesta la colecta, naturalmente, contiene una referencia al evento cuya memoria se celebra. Su preparación es el beso del altar y el Dominus vobiscum. Antes de invitar a la gente a hacer esta oración, el celebrante les da la bienvenida, y, antes de darle la espalda al altar para hacerla, lo saluda en la forma habitual con el beso. La forma Dominus vobiscum forma es el saludo común en Occidente. Se presenta en las liturgias galicana, milanesa y mozárabe bajo la forma: Dominus sit semper vobiscum. San Germán de París hace notar que es el saludo del sacerdote y no del obispo (PL, LXXVII, 89), el cual está tomado de la Biblia. Cuando Booz vino de Belén le dijo a los segadores “Yahveh con vosotros” (Rut 2,4), y San Gabriel utiliza la misma forma para saludar a la Virgen en la Anunciación (Lucas 1,28; cf. 2 Tes. 3,16). Un obispo dice aquí, Pax vobis, a menos que la Misa no tenga el Gloria, en cuyo caso su saludo es el mismo que el del sacerdote (Ritus celebr., V, 1). Esta distinción es tan antigua como del siglo X (Ordo Rom., XIV, 79, lo señala).

La “paz” es un saludo solemne y alegre que se omite en los días de penitencia. Su relación con el Gloria, que la acaba de preceder (et in terra pax hominibus), es evidente. El saludo de la paz (eirene pasin) es el común en las liturgias orientales. En ambos casos la respuesta es: Et cum spiritu tuo. Este es un hebraísmo que se produce constantemente en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. “Tu espíritu” significa simplemente “tú” (cf. por ejemplo, Dan. 3,86; Gál. 6,18; Flp. 4,23; Flm. 25) Nefesh (Heb.), Nafs (Ar.), con un sufijo pronominal, en todas las lenguas semitas denota simplemente a la persona en cuestión. Las liturgias orientales tienen la misma respuesta, kai meta tou pneumatos sou (y con tu espíritu), como en las Constituciones Apostólicas (Brightman, Eastern Lit. 3, 13), o kai topneumati sou (ibíd., 49, 137, etc .).

En el dominus vobiscum el celebrante, de cara al pueblo, extiende y de nuevo une sus manos, el cual es un gesto de saludo. Con las manos juntas se vuelve al altar y se dirige al Misal en el lado de la epístola. Aquí, una vez más extiende y junta las manos y hace una reverencia hacia la Cruz, luego canta o dice Oremus, y luego, con las manos en alto (no por encima del hombro, Ritus Celebr., V, 1), continúa a la vez con la colecta o colectas. La regla actual (1908) acerca de la colecta es la siguiente: en las dobles se dice sólo una colecta (la de la fiesta), a menos que se conmemore cualquier otra fiesta, o que el Papa u obispo ordene una oratio imperata. La imperata, además, se omite en las dobles de primera clase, el Domingo de Ramos, el Jueves Santo, las vísperas de Navidad, Pascua y Pentecostés, en Réquiem, y Misas votivas solemnes. En dobles de segunda clase se omite en las Misas mayores y cantadas, y se puede o no decir en las demás, a elección del celebrante. Se puede ordenar decir una imperata por una causa muy grave, incluso en estas ocasiones. Siempre viene al final (De Herdt, I, 72). La colecta del Santísimo Sacramento, que se dice cuando se expone, y aquella para el Papa u obispo en el aniversario de su elección, coronación o consagración, son casos particulares de imperatae. Las normas para la conmemoración de fiestas, octavas, cuatro témporas y ferias de Adviento y de Cuaresma se dan en las rúbricas del Misal (Rubr. general, VII; cf. De Herdt, I, 70-71). En las semidobles, domingos y días dentro de una octava, se deben decir tres colectas; pero el Domingo de Pasión, los domingos dentro de una octava y a través de las octavas de Pascua y Pentecostés sólo hay dos (Rubr. general, IX, De Herdt, I, 75, donde se pueden hallar las reglas de estas colectas). Pero en estos casos el número puede ser mayor, si hay conmemoraciones. En simples, ferias, y Réquiems y Misas votivas (no solemnes) el celebrante también puede añadir colectas, según su propio criterio, siempre que el número total sea impar y no exceda de siete (Rubr. general, IX, 12; De Herdt, I, 83).

La regla sobre los números impares, sobre la que la Sagrada Congregación de Ritos ha insistido en varias ocasiones (2 de diciembre de 1684; 2 de septiembre de 1741, 30 de junio de 1896), es bastante curiosa. El límite de siete impide que la Misa sea demasiado larga. En cualquier caso, la colecta del día es siempre lo primero. Tiene Oremus antes de ella y de la conclusión larga (Per Dominum, etc.) La segunda colecta tiene un segundo Oremus, y todas los que siguen se unen sin un final intermedio ni Oremus hasta el último, que de nuevo tiene la conclusión larga. Esto separa la colecta del día de las demás y le da una dignidad especial, como un remanente del antiguo principio de que sólo ella debe ser dicha. Las conclusiones de las colectas varían de acuerdo a su forma y a las referencias (Rubr. general, IX, 17). El pueblo (coro o servidor) contestan Amén. Durante las conclusiones el celebrante junta sus manos y se inclina hacia la Cruz a las palabras Dominum nostrum Jesum Christum. Cabe señalar que la gran mayoría de las colectas se dirigen a Dios el Padre (así también todas las antiguas; la forma más común es comenzar: Deus, qui); unas pocas posteriores (como la de Corpus Christi, por ejemplo) van dirigidas a Dios el Hijo, y ninguna al Espíritu Santo. En las Misas rezadas las colectas se dicen en voz alta para que puedan ser oídas por el pueblo, en las Misas mayores (o cantadas) se cantan en tono festivo en dobles, semi-dobles y los domingos. En las simples, ferias y en las Misas por los difuntos, tienen el tono ferial simple (totalmente en una nota, fa). Las reglas de los tonos, con ejemplos, se encuentran en el “Caeremoniale Episcoporum”, I, XXVII. En la Misa mayor el diácono y el subdiácono están de pie en línea recta detrás del celebrante (el diácono en el escalón superior, el subdiácono in plano) con las manos juntas. En las colectas, en la Misa mayor, la gente debe mantenerse de pie. Esta es la antigua posición para la oración pública; originalmente el sub-diácono les pedía explícitamente que lo hiciesen (Levate). Felizmente, ahora se está reviviendo la costumbre, descuidada durante mucho tiempo, de permanecer de pie durante las colectas. En la Misa rezada se arrodillan todo el tiempo excepto durante el Evangelio (Rubr. Génesis, XVII, 2).

Bibliografía: “Rubricæ generales Missalis,” VII, IX, XVI, XVII; “Ritus celebrandi,” V”; Cæremoniale Episcoporum,” I, XXVII; BENEDICTO XIV, “De SS. Missæ Sacrificio”, II, V; GIHR, “Das heilige Messopfer” (Friburgo im Br., 1897), II §39, 374-399. Vea también los sacramentarios, textos y comentarios citados en el artículo Canon de la Misa.

Fuente: Fortescue, Adrian. “Collect.” The Catholic Encyclopedia. Vol. 4. New York: Robert Appleton Company, 1908.
http://www.newadvent.org/cathen/04103a.htm

Traducido por Luz María Hernández Medina. rc

NOTA:

[1] Estación: cualquiera de las iglesias (iglesias de estación) en Roma que se usaban desde tiempos antiguos como puntos de reunión para las procesiones religiosas y ceremonias en días particulares (días de estación).

Fuente: Enciclopedia Católica