DEPORTE

ejercicio fí­sico practicado en forma individual o colectiva, para superar una marca, vencer a un rival o por simple esparcimiento, sujeto a unas reglas. Los israelitas no tení­an el d. como se le define arriba, el ejercicio fí­sico se practicaba con fines guerreros, militares, como en muchos otros pueblos del antiguo Oriente; es decir, no tení­an juegos o competencias ni la gimnasia para perfeccionar el cuerpo. En las ciudades de la antigua Grecia sí­ eran comunes los gimnasios, sitios donde se practicaban los ejercicios fí­sicos con el cuerpo desnudo, a fin de mantener la forma fí­sica, como entrenamiento militar así­ como para preparar a los atletas que participaban en las competencias. Para los griegos, la gimnasia era parte importante de la educación de los niños y consideraban que el ejercicio fí­sico ayudaba a encontrar la unidad entre el cuerpo y la mente.

Por otra parte los griegos contaban con juegos organizados y públicos, en los que se exaltaba el ideal de la belleza fí­sica, los olí­mpicos, los pí­ticos, los nemeos y lo í­stmicos, en los cuales la competencia más importante era la atlética. Los romanos también practicaban la gimnasia con ejercicios diseñados para la preparación militar. Cuando lo monarcas seléucidas llegaron a territorio israelita llevaron y quisieron imponer la cultura helénica y, por tanto, la gimnasia, las efebí­as y los juegos. Cuando el rey Antí­oco IV Epí­fanes, Jasón, quien usurpó el pontificado valiéndose de su tendencia helenista, y quien en verdad se llamaba Jesús, se comprometió con el rey seléucida a pagar ciento cincuenta talentos de plata para que le permitiera instalar, en Jerusalén, un gimnasio al lado del santuario, e indujo a los jóvenes †œa educarse bajo el petaso†; petaso era un sombrero de alas anchas, que llevaban los gimnastas, como el de Hermes, dios de la lucha y de las competiciones deportivas; muchos judí­os helenófilos, como la gimnasia se practicaba con el cuerpo desnudo, rehicieron sus prepucios, 1 M 1, 11-15; 2 M 4, 7-20.

En el N. T. se mencionan los ejercicios fí­sicos y las actividades deportivas de manera figurada. El apóstol Pablo emplea a menudo términos deportivos cuando dice que si el atleta, para las carreras en el estadio, se priva de muchas cosas para obtener una corona de laurel corruptible, cuanto más el cristiano debe esforzarse y abstenerse de muchas cosas, pues la corona a que aspira es incorruptible, su meta y su premio es el cielo; de igual manera debe ejercer el pugilato con su propio cuerpo para alcanzar el galardón celestial, 1 Co 9, 24-27; Ga 5, 7; Flp 3, 13-14; 2 Tm 4, 7-8; Hb 12, 1. En 1 P 5, 4, también se habla de la corona incorruptible, el cielo, así­ como en St 1, 12.

Diccionario Bí­blico Digital, Grupo C Service & Design Ltda., Colombia, 2003

Fuente: Diccionario Bíblico Digital

TEOLOGíA MORAL
SUMARIO:
I. Juego y deporte:
1. Las caracterí­sticas estructurales del juego;
2. La estructura de la acción deportiva: pureza y corporeidad;
3. Competición y victoria.
II. Las funciones de la actividad deportiva:
1. La dimensión gestual:
a) Función de autosuperación,
b) Función hedonista,
c) Función educativa,
d) Función higiénico-sanitaria;
2. La dimensión agonal;
a) Función de canalización de la agresividad social
b) Función económica (el profesionalismo).
III. Para una ética del deporte.

I. Juego y deporte
I. LAS CARACTERfSTICAS ESTRUCTURALES DEL JUEGO. La estructura de la acción deportiva se puede investigar y conocer a través del paradigma ofrecido por el juego en una relación que, en una primera aproximación, puede entenderse de especie a género; por tanto, deporte como especie del género juego, aunque luego, en detalle, para una correcta interpretación del significado existencial de la acción deportiva habrá que poner de manifiesto algunas diversidades de cierto relieve.

Las caracterí­sticas del juego son esencialmente tres: la libertad, la regularidad y la incertidumbre del resultado. La libertad consiste sobre todo en considerar el juego una actividad en la cual el sujeto se libera a sí­ mismo, su propio cuerpo y su mente. Esto vale en un doble aspecto. En primer lugar, en el sentido de que se. trata de una actividad fí­sica o mental emprendida por el sujeto sin coacción alguna externa, no .por deber o necesidad y sin limitación temporal: se juega cuando se quiere y mientras se quiere. Es, pues, una actividad absolutamente gratuita, voluntaria y lúdica. En segundo lugar, en el sentido de que esa actividad es verdaderamente gratuita en la medida en que el sujeto se coloca a sí­ mismo en una posición de extraño a la vida ordinaria para situarse en una dimensión ideal, en la cual lí­mites, reglas, convenciones, resultados… -los mismos parámetros ordenadores de lo cotidiano- vigen en condiciones de absoluta pureza. J. Huizinga especifica con claridad el sentido de esta dimensión ideal refiriéndose justamente a la relación entre juego y competición, particularmente significativa a este respecto: “Puede decirse que la competición, como cualquier otro juego, es esencialmente inútil. Es decir, tiene su fin en sí­ misma, y su resultado no forma parte del inevitable proceso vital del grupo. El elemento finalista de la acción está situado ante todo en el éxito como tal, sin relación directa’ con lo que sigue después… Se juega o se compite por algo. Mas este algo no es el resultado material de la acción lúdica…, sino el hecho inmaterial de que el juego tenga éxito… Se compite y se juega por algo. En primera y en última instancia, se juega y se lucha por la victoria misma… ¿Qué es vencer?… vencer es resdltar superior en el éxito de un juego… Y con ello ha ganado algo más que el juego en sí­ mismo; ha ganado estima. Ha obtenido honor” (Homo ludens, 59-60).

El juego como actividad libre y pura abre el camino para entender el sentido de la segunda caracterí­stica constitutiva de su existencia: la regularidad. En efecto, las reglas del juego expresan a la vez la libertad del sujeto de inventar el juego y la necesidad imprescriptible a la que el sujeto debe someterse si quiere jugar. En otras palabras, el sujeto es libre de inventar el juego, como es libre de emprenderlo; pero después, el juego, con su regularidad constitutiva, lo trasciende y lo determina. En este sentido las reglas del juego son por un lado absolutamente convencionales, y por tanto arbitrarias; por otro son también absolutamente irrevocables y universales. Esta combinación, aparentemente contradictoria (serí­a contradictoria ciertamente si se refiriera a la regularidad jurí­dica), encuentra explicación en la pureza básica de que se ha hablado. En la dimensión de lo extraño a la vida, el juego es lo que aparece como absolutamente artificial; no existe, en efecto, una regularidad originaria o natural a la que pueda referirse la que constituye el juego, aunque sea por contraposición. La regla del juego es el producto de una voluntad pura. Sin embargo, el producto de esa voluntad constituye una estructura de valor universal, en el sentido de que el que quiera jugar debe seguir la regla que constituye aquel juego. Si la regla, aunque arbitraria, no valiese universalmente, no constituirí­a un juego, es decir, una actividad que cualquiera puede experimentar en su determinación. La relatividad que en la vida ordinaria está indisolublemente ligada a toda concepción voluntarista y convencional, aquí­ operarí­a en el sentido de modificar el juego mismo. Su misma revocabilidad, que una vez más es carácter propio de la voluntariedad de las reglas, aquí­ supondrí­a la desaparición de la actividad misma. El nexo constitutivo arbitrariedad-universalidad es particularmente importante no solo en la definición teorético-estructural del juego, sino que tiene una particular incidencia en el desarrollo práctico-operativo de la competición deportiva.

La tercera caracterí­stica del juego, que asume un significado particular dentro de la dimensión de la pureza, es la de la incertidumbre del resultado. Todo juego lleva inherente la pregunta: ¿tendrá éxito? Esa pregunta vale para todo tipo de juego; pero reviste un alcance interpretativo particular para el de tipo lúdico-agonal, es decir, para aqueljuego que se desarrolla siguiendo la seriedad de la regla y que tiene una estructura antagónica. En este contexto especí­fico la pregunta sobre el éxito implica también una nueva: ¿a quién le saldrá bien el juego? Esta segunda pregunta completa el factor incertidumbre del resultado.

Exito e incertidumbre son a su vez las cifras interpretativas a través de las cuales es posible comprender el significado del resultado especí­fico que es la victoria, conseguida dentro de las condiciones del juego, o sea, según su pureza. Sólo en la dimensión pura del agon y de la incertidumbre (alea), que le es connatural se determina un ámbito de paridad absoluta y abstracta entre los contendientes (la paridad que, en cambio, se niega a los contendientes de las condiciones de vida ordinaria). Escribe acertadamente R. Caillois: “En uno y otro modo (en el agon y en la alea) nos evadimos del mundo, haciéndolo otro” (1 giochi e gli uomini, 36).

2. LA ESTRUCTURA DE LA ACCIí“N DEPORTIVA: PUREZA Y CORPOREIDAD. El deporte puede considerarse como una actividad lúdico-agonal, en la cual las caracterí­sticas estructurales antes descritas adquieren, particulares contenidos y determinaciones en relación a lo especí­fico, constituido por la dinámica y por la expresividad del cuerpo. Más aún: si se quiere encontrar un elemento sintético, de función interpretativa análoga a la establecida por la pureza (en el juego), puede decirse que está representado por el significado que asume en el deporte el movimiento corporal. Por eso tomamos pureza y corporeidad como dos cifras interpretativas especí­ficamente propias de la actividad deportiva.

De la pureza se ha hablado ya en generala propósito del juego (volveremos a hablar dentro de poco en particular); en cambio, de la corporeidad hay que hablar ahora, reinterpretando en este contexto particular aquel valor negativo que se ha atribuido habitualmente a la exaltación de la satisfacción del cuerpo en sí­, al menos en un horizonte teorético y ético, no sólo metafí­sico, sino también, más en general, no hedoní­sticomaterialista. No hay duda, en efecto, de que en la práctica deportiva el cuerpo es el elemento central; no sólo porque sin él la acción misma no subsistirí­a (más aún, la acción deportiva se caracteriza justamente por una especie de capacidad fí­sica), sino también porque el propio cuerpo es el destinatario del placer que esa actividad, en su forma más pura, está destinada a procurar. En otras palabras, aceptando la corporeidad como aspecto cualificante y cifra interpretativa de la acción deportiva, la cuestión se plantea en un doble hivel, estructural y valorativo.

A nivel estructural el deporte se cualifica como aquel conjunto de actividades en las cuales el cuerpo se pone a prueba en su capacidad inmediata muscular, al margen de todo fin extrí­nseco que justifique el esfuerzo (p.ej., como instrumento para realizar una obra o ejercer un trabajo, o también para dar vida a una expresión artí­stica, etc.). En el deporte la corporeidad es fin de sí­ misma; el cuerpo no sólo es instrumento de la acción, sino que la compenetra, la constituye como sustancia, la hace ser ella misma. Esto es cierto también en aquellas prácticas deportivas en las cuales el hombre se vale de instrumentos, en particular de máquinas: también en estas hipótesis el cuerpo no es instrumental respecto a la máquina (no es simplemente un cuerpo que acciona la máquina), sino en un cierto sentido la máquina sirve al cuerpo como instrumento de exaltación y simplificación de la capacidad fí­sica del sujeto. Piénsese en la personalidad del corredor automovilista o motociclista, o también en la del ciclista, empeñado en batir el récord de la hora, y se comprobará fácilmente que el medio mecánico es medio expresivo de la subjetividad y que se modela -hasta en sus estructuras componentes- por el cuerpo del hombre (la bicicleta del récordman está concebida de modo que constituya un todo con el cuerpo del ciclista). Piénsese también en la incidencia que tienen la embriaguez o el vértigo, derivados a menudo del uso de ciertos instrumentos mecánicos, en determinar al sujeto para la acción (justamente por el particular placer corpóreo que les acompaña).

A nivel del significado valorativo, la exaltación de la corporeidad ha de entenderse a través de una distinción: la que existe entre cuerpo objeto y cuerpo sujeto. El cuerpo objeto está captado en la experiencia común; es aquella realidad que se percibe en una especie de oposición o contraste con la esencia espiritual -caduca la primera, eterna la segunda- y que con tal oposición o contraste nos aplana y nos reduce a sustancia opaca y pasiva: lugar de placeres efí­meros, cuya absolutización conduce al hombre a un vértigo existencial, que en su lí­mite extremo confina con el nihilismo ético. En el deporte, por el contrario, lo que funda la corporeidad como subjetividad desde el punto de vista existencial es el hecho de que la personalidad complexiva del sujeto está inmediatamente presente a sí­ misma en el cuerpo y el cuerpo arraiga a la luz de la presencia a sí­ mismo. “La expresión corporal es una técnica que restaura una unidad a menudo perdida, reconstruyendo la creatividad del cuerpo… Basta reconducirlo (el cuerpo) a reconocerse a sí­ mismo y a encontrarse en el espacio… Este primer trabajo consiste, pues, en una especie de reconciliación del cuerpo consigo mismo y en un renacimiento a través de su dinamismo interior y de la riqueza de los movimientos, en la seguridad de que a través de este encontrarse podrá redescubrir sus verdaderos lí­mites, pero también a posibilidad de superación” (H. Bossu y C. CHALAGUIER, L éspressioné corporale, 16 y 27). El valor de la subjetividad del cuerpo tiene su punto decisivo en el momento del autoconocimiento: a través de la experiencia del cuerpo -también visible y mecánicamente controlada e integralmente vivida- el deportista llega a un conocimiento de sí­ que es propiamente conciencia de sus posibilidades psico-fí­sicas. Paradójicamente, el cuerpo se convierte tanto más en una realidad subjetiva cuanto más el sujeto se lo apropia, lo conoce, lo forma, lo desarrolla, lo construye; cuanto más en cierto sentido, hace de él su alma. El cuerpo como vivencia por parte del deportista viene a integrar aquel plano superior de la sabidurí­a -que expresa un cierto modo de vivir la interioridad- según el cual la potencia del cuerpo es captada en su pureza, fuera de la relación instrumental con los objetos externos que ella puede dominar, pero por los cuales a su vez puede ser dominada. En este contexto, la dimensión meramente muscular, tanto bajo el aspecto estético-plástico-estructural como bajo el dinámico (musculatura-fuerza, movimiento-velocidad), se convierte en vehí­culo de la apropiación, y el dominio integral del cuerpo en su potencialidad individual y en su relación colp el mundo exterior. “Precisamente en el deporte -escribe H. Bouet- corporeidad y subjetividad se funden, si el cuerpo es verdaderamente sujeto y si el hombre se hace todo él uno con su cuerpo; esto ocurre en el interior y por medio del movimiento expresado y recogido en un dibujo. El movimiento en el deporte es la modalidad de un devenir-cuerpo, y, para el cuerpo, de un devenir-sujeto” (Signification du sport, 26).

En la ulterior determinación del cuerpo como subjetividad vivida por el deportista entran en consideración otros dos factores que especifican y dan concretez existencial a los dos elementos que acabamos de indicar: la potencia individual y la relacionalidad con el mundo externo, ambas conducidas por el movimiento muscular. Estos dos factores de especificación son la regularidad y el obstáculo.

La regularidad encuadra el deporte en el mundo del juego serio (ludus); ella es lo que, al ordenar el movimiento, constituye la figura deportiva en su determinación real bajo el aspecto del reconocimiento tipológico de la acción y bajo la valoración del grado o nivel de la propia potencialidad fí­sica por parte del atleta. Si es realmente cierto que en el deporte modernamente entendido el respeto de la regularidad realiza las funciones que se han indicado sucintamente, lo es igualmente que en las épocas arcaicas el respeto en sí­ de las reglas no conseguí­a un valor uniforme en el plano moral, como pone en claro J. Huizinga en sus investigaciones etnológico-culturales. En efecto, en las civilizaciones arcaicas competir tení­a la función de afirmar la supremací­a de un hombre o de un grupo en un plano que podrí­amos definir polí­tico-social, afirmación que era interpretada como triunfo del bien sobre el mal, y por tanto la victoria en la competición era el signo del favor divino. Por consiguiente, el respeto de las reglas era secundario, en el sentido de que la consecución de la victoria -como quiera que aconteciese y siendo de todos modos signo de un favor divino- colocaba siempre al vencedor de la parte del bien.

Estrechamente relacionado con el factor regularidad está el factor obstáculo. El establece aquella dimensión antagónica fundamental que, de modo diverso y bajo aspectos distintos, cualifica la acción deportiva diferenciándola de otras actividades humanas. Más propiamente puede decirse que en el deporte el obstáculo es una necesidad, pues mientras que en la vida común se tiende y se obra con el fin de evitar los obstáculos, en la actividad deportiva éstos son puestos deliberadamente y continuamente aumentados con el fin de superarlos progresivamente (sentido lúdicoexistencial de la oposición deportiva). El obstáculo es entonces el medio con el cual la potencia del cuerpo se transforma en esfuerzo, permitiendo su medida objetiva. El hace transparente la acción deportiva, en cuanto que por un lado y en general excluye (o debiera excluir) todo elemento de azar y por otro, al hacerla mensurable, la hace también objetivamente comparable con las otras. En esta óptica, la acción deportiva se cualifica como esfuerzo ordenado directamente a la superación de un obstáculo. De otro lado, semánticamente, el término atleta para indicar al que compite, derivado del griego athletés, remite a aquel complejo significado que en la cultura griega estaba vinculado al término básico athlon, que indicaba el premio obtenido en una competición, y por tanto sobrentendí­a también la recompensa por un esfuerzo y una fatiga. Por eso el término de uso común agoní­a para indicar un sufrimiento que puede considerarse propio de cierto estado del cuerpo o también del espí­ritu se deriva del griego agon, competición, y originariamente indicaba justamente la competición como actividad que produce sufrimiento por el esfuerzo.

La definición de la acción deportiva como esfuerzo ordenado directamente a la superación de un obstáculo vale para la acción puesta por cualquier individuo y cualquiera que sea su nivel técnico y agoní­stico. Pues en todo caso, independientemente del logro de resultados técnicos relevantes o excepcionales (récord), la relación con el obstáculo coincide con aquella tensión a superar, que expresa para todo deportista su valor personal y satisface su propia pasión.

La acción deportiva así­ cualificada se convierte en. una prestación, que, en el significado existencial deducible de cuanto se ha dicho hasta aquí­, equivale propiamente a un someterse a la prueba, interrogándose sobre las cualidades corporales propias entendidas como complejo orgánico de energí­as musculares, psí­quicas, intelectuales y dotes de valor. La prestación deportiva es entonces el valor positivo, en cierta medida el éxito que cada deportista obtiene del resultado feliz de su personal someterse a la prueba; es aquel momento determinado e irrepetible en el cual culmina la tensión del sujeto hacia la superación del obstáculo que libremente ha elegido afrontar, momento que puede también no coincidir con la victoria en una competición. Piénsese, por ejemplo, en aquellos atletas que, sin ganar la competición, mejoran; sin embargo, sus prestaciones precedentes. La prestación, como resultado feliz de un esfuerzo, es lo que distingue a la acción deportiva del simple juego o ejercicio fí­sico.

3. COMPETICIí“N Y VICTORIA. Hemos visto hasta ahora que el deporte puede interpretarse como manifestación de una corporeidad vivida, en la cual asumen significado teórico-estructural la regla y el obstáculo. Desarrollando este itinerario de análisis, se llega a la necesidad de aclarar el puesto y el significado agoní­sticoexistencial que ocupan otros dos elementos en la dinámica de la actividad deportiva: la competición y la victoria.

El momento de la competición puede interpretarse asumiendo como punto de referencia el obstáculo. Este último es propiamente una oposición al orden objetivo y natural, que permite dar una medida de las capacidades atléticas de un sujeto. El que concurre a una competición puede asumir una función análoga: la de medida objetiva de la prestación en concurso con otras. Sin embargo, en la competición, la cuestión del obstáculo puede desarrollarse según una dimensión de análisis más compleja, pues aparecen dos tipos de estructuras. Ante todo tenemos una estructura dual, donde cada uno de los concurrentes hace de obstáculo para el otro; en segundo lugar tenemos una estructura triádica, en la cual toda la competición está a su vez medida objetivamente por la superación de un obstáculo natural externo y común a todos los concursantes. En este segundo caso, sin embargo, la presencia de más concursantes es decisiva para determinar el esfuerzo de cada uno. En el boxeo, por ejemplo, el obstáculo es inmediato y solamente el otro; en una carrera, el obstáculo es, por un lado, natural: la distancia de la meta; por otro lado, todo concurrente, pero en sentido mediato: la presencia de varios atletas incide en la cantidad de esfuerzo de cada uno.

No sólo hay que alcanzar la meta (nivel personal de la prestación), sino que es preciso también superar al concurrente (nivel relacional de la prestación misma). En esta óptica la competición, como momento de medida objetiva y relacional de un esfuerzo atlético, asume un papel decisivo en la distinción entre actividades deportivas en sentido estricto y actividades lúdicas practicadas por simple distracción o diversión. En su definición esencial, la competición puede definirse una relación intersubjetiva en que cada uno se mide con el otro, se mide a través del otro y mide al otro a través de sí­ mismo. Esta definición permite aclarar el significado existencial de la competición justamente en cuanto -al menos en una primera comprobación- oposición de individuos entre sí­. La caracterí­stica de tal oposición es que no tiene ningún fundamento natural, es puramente convencional; nace de un acuerdo necesariamente recí­proco, que se refiere a la naturaleza del fin de competir y de los medios para alcanzarlo. El acuerdo es lo que hace especí­fico y particular, en el contexto propio de la competición deportiva, aquel elemento estructural del orden más que general que cualifica al juego y que es la regularidad constitutiva. En otras palabras, a través del acuerdo los contendientes establecen una regularidad que individua definitivamente el fin de la competición y los modos de competir. El acuerdo-regia, al definir por un lado el ámbito dentro del cual se desarrolla competición-oposición, determina por otro también el ámbito del respeto intersubjetivo entre los concurrentes (piénsese en el gesto del saludo, que es un preliminar casi usual de las competiciones, y está tanto más ritualizado cuanto más la competición implica un choque directo, incluso inmediatamente fí­sico, entre los contendientes, como en la esgrima, el judo, el boxeo pero el rito del saludo se hace también en los deportes de equipo, como el balonvolea, el baloncesto, etc.).

Así­ pues el acuerdo-regla, si por un lado dicta un orden para el momento de la oposición intersubjetiva, por otro, al institucionalizar el respeto hacia el otro concurrente, pone de manifiesto el segundo elemento de la competición, la cooperación, el “con”. La competición aparece entonces como contienda (por tanto, oposición y conflicto) y al mismo tiempo como cooperación. La competición deportiva es quizá el único caso, determinado por la pureza fundamental que informa la estructura originaria de la acción lúdico-agoní­stica, de conflicto humano que no interrumpe la natural relación entre los sujetos. Su peculiaridad consiste en que la medida de su oposición viene dada por la mediación asegurada por el respeto común de la regla, cuya violación implicarí­a la desaparición misma de la competición deportiva; y no sólo eso, sino que el hecho mismo de prevalecer el uno sobre el otro es resultado de ese respeto, y no producto de una mera superación fí­sica o de una instrumentalización o manipulación del antagonista. En resumen, los contendientes construyen juntos su competición, su rivalidad. Por algo esta última asume el nombre simbólico de encuentro.

De la dimensión competitivo-relacional de la rivalidad puede derivarse el significado auténtico de la victoria. Esta consiste en conseguir un resultado favorable; es el predominio sobre la oposición constituida por el otro sin subordinar o eliminar fí­sicamente al otro y sin destruir su personalidad (por estas razones no siempre algunas competiciones, como el boxeo o la lucha libre, parecen estar conformes con la estructura de la acción deportiva). En su significado puro, la victoria es el resultado de un recí­proco medirse; colocada en la continuidad estructural con la oposición-relación, en la época moderna es radicalmente diversa del triunfo bélico o guerrero, cuyo acaecimiento interrumpe la coexistencia. “Al buscar cada uno la victoria -escribe H. Bouet-, los contendientes asumen su función y su responsabilidad en la partida, ya sea la carrera o el combate… Uno y otro, al acosarse y contraatacarse, haciendo fuerza cada uno contra el otro, completándose recí­procamente en el movimiento alterno de la superación recí­proca, los adversarios construyen juntos aquella victoria que al fin irá a parar a uno y marcará el fin de su encuentro. Contienden con el único fin de hacer que aparezca: es la obra común del vencedor y del perdedor” (Signification du Sport, 56).

En torno a la secuencia competición-victoria, y sobre todo teniendo en cuenta las modalidades a través de las cuales esa secuencia se manifiesta, es posible reconstruir los caminos por los cuales el ludus o la competición, de parte integrante de la vida social, polí­tica y religiosa de los pueblos, tiende progresivamente a diferenciarse para colocarse como medio alternativo (en el sentido de metapolí­tico) de encuentro social. Un análisis de este tipo, que roza el significado del agon en su transformación histórica, no parece aquí­ indispensable. Únicamente hay que señalar un paso esencial: la diferencia de una estructura lúdico-agonal, en la cual están presentes y confusos elementos de tipo guerrero (piénsese en los antiguos espectáculos del circo, en el torneo caballeresco, hasta toda la simbologí­a del duelo), de la moderna, en la cual ludus y bellum se excluyen recí­procamente. Se puede indicar tí­picamente ese paso, tal como aparece en las costumbres de la Inglaterra de principios del siglo xix, en la secuencia constituida por la recí­proca referencia de los dos términos gentleman y sportsman mediante el común concepto de fair play. En la 8.a edición (1856) de la Enciclopedia Británica se especifica que gentleman es el que por sus maneras particulares aparece como sujeto dotado de peculiar inteligencia y refinamiento, que obra siguiendo una pauta de conducta que exige el respeto riguroso de las reglas del vivir social. Gentleman es el que juega al cricket, el deporte tí­pico de la cultura inglesa; es el deporte que sugirió a Wellington la frase de que la batalla de Waterloo se habí­a ganado en los campos de juego de Eton.

II. Las funciones de la actividad deportiva
Hasta aquí­ se ha examinado la estructura de la acción deportiva; ahora hay que ver sus funciones, al menos las que parecen más relevantes en orden a una interpretación ético-existencial. En general puede decirse que, desde el punto de vista sociológico-funcional, el deporte aparece como un medio capaz de producir, junto a efectos directamente relacionados con su práctica, efectos reflejos sociológicamente relevantes.

1. – LA DIMENSIí“N GESTUAL. El deporte satisface en primer lugar una necesidad de ejercicio fí­sico. La satisfacción de tal necesidad se prolonga al menos en cuatro funciones: la de una autosuperación, la hedonista, la educativa y, finalmente, la higiénicosanitaria.

a) La función de autosuperación consiste en la búsqueda de una progresiva mejora de las cualidades fí­sicas propias, teniendo como elemento de medida parámetros objetivos. Bajo este aspecto la acción deportiva pertenece a quien quiera practicarla, en cualquier nivel; es, pues, no sólo propia del campeón que consigue determinadas prestaciones, sino de cualquiera que se someta a sí­ mismo a una constante mejora de las propias cualidades. Privada de esta función para el sujeto que la realiza, la acción deportiva se transforma en un simple juego.

b) La función hedonista es la relacionada propiamente con el deporte entendido como acción encaminada a procurar un placer del cuerpo fin de sí­ mismo. Es aquel placer sensorial que desciende del movimiento fí­sico mismo: el placer del movimiento, de respirar profunda e intensamente, el simple placer de la distracción, de una libertad expresiva y armoniosa. El desarrollo de esa función ha de interpretarse correctamente, pues en ella la corporeidad asume valor por sí­ misma y, por tanto, podrí­a hacer perder de vista el horizonte interpretativo final de la corporeidad como realidad existencial. En esta perspectiva, cierto tipo de ejercicio fí­sico, que se transforme en un mero culto estético, puede a su vez transformar el cuerpo en objeto de sí­ mismo. El sujeto, en la exaltación de su propia carnalidad y muscularidad, puede llegar a absolutizar su condición fí­sica, que se invierte en una paradójica cosificación del sí­ mismo más profundo.

c) La función educativa se refiere por un lado al desarrollo correcto de la gestualidad, sobre todo en la edad infantil y de la pubertad; por otro a la comunicación del sujeto con los demás, que se realiza tanto en la escuela como en la promiscuidad de un equipo o un vestuario común. El deporte educa en las relaciones humanas más diversas, como se sigue, por ejemplo, de la subordinación funcional a sujetos establecidos sólo por el papel contingente, sin encontrar correspondencia en una mayor edad, en un papel profesional de mayor prestigio. El deporte asimila a jóvenes diversos por proveniencia social, por educación familiar o por las mismas condiciones de vida, a las cuales de hecho se asigna un cierto valor que origina dificultades de comunicación social y posibilidades reales de vida inmediata en común. Desde este punto de vista el deporte es un gran instrumento de educación en la franqueza, la lealtad, la pura humanidad de las relaciones intersubjetivas; en una palabra, es un instrumento de educación en la coexistencia.

d) La función higiénico-sanitaria consiste en la promoción de una verdadera salud del cuerpo, de importancia no sólo somática, sino también psí­quica. De hecho, la necesidad de una automejora en la prestación requiere intentar y conseguir un orden de vida personal, que es lo contrario de la dispersión de las fuerzas: “Ese hace vida de deportista”, suele decirse. Además, la capacidad de auto-control emotivo, de equilibrio en las valoraciones de los factores que determinan la prestación de portiva especí­fica, se traduce en una función más general de higiene mental, de la cual obviamente puede beneficiarse el sujeto también en las actividades de la vida ordinaria.

2. LA DIMENSIóN AGONAL. De la dimensión agonal de la acción deportiva se siguen una serie de diversos factores que hacen del deporte una realidad de alta incidencia social. Intentaremos aquí­ indicar sintética y esquemáticamente sus diversos y complejos aspectos, señalando una perspectiva fundamental que es preciso tener siempre presente para una interpretación correcta y consciente.

En el análisis de la estructura de la acción deportiva se ha hecho referencia, en relación de especie y género, al juego (1 arriba, 1,1-2); esto ha servido para poner en claro la pureza originaria (propia del juego) que informa, precisamente desde el punto de vista estructural, también al deporte. En el contexto funcional especí­fico en que se trata de las interacciones sociales de la dimensión agonal, el deporte traza su más neta separación del juego, ya que su pureza estructural, aunque permaneciendo en el fondo como cifra interpretativa final, entra en contacto con las finalidades y los intereses contingentes de aquella realidad de la vida ordinaria en la cual está inmerso en varios niveles.

a) Función de canalización de la agresividad social. En primer lugar la dimensión agonal, a través de la institucionalización de la competición por medio de una regularidad convenida y constitutiva de la competición misma y de un acuerdo sobre su mismo fin, transforma en sentido lúdico-pací­fico actividades que, originariamente y en la historia de la civilización, son belicosas. La continuidad en el elemento agonal entre belicosidad y competitividad lúdica y la progresiva atenuación de la primera en la segunda indican que una función sociológicamente relevante del deporte es justamente la de canalizar la agresividad humana.

En esta función, el deporte coincide con la polí­tica en cuanto actividad de organización de los medios para el control social, ya sea bajo el aspecto de orientación de los impulsos conflictivos presentes dentro del tejido social (piénsese en la función de distracción y de canalización de la agresividad que desarrollan, o debieran desarrollar, las manifestaciones deportivas en cuanto espectáculo), ya sea bajo el aspecto de la capacidad de agregación y de solidaridad en el interior como en el exterior. La función interclasista (admitiendo que el término clase sea hoy efectiva y correctamente indicativo) de las sociedades deportivas es de por sí­ evidente; lo mismo que históricamente -sobre todo en tiempos recientes- ha surgido la función de identificación nacional o popular o de propaganda ideológica institucionalmente confiada justamente al deporte. No hay duda de que el encuentro entre deporte y polí­tica consigue un resultado ambiguo en el momento en que la pureza estructural del primero se pone en contacto con la artificialidad proyectiva del segundo. La polí­tica, en efecto, por un lado se vale justamente de aquella pureza estructural para alcanzar los fines de solidaridad social (superación de las tensiones entre las clases, canalización de los impulsos agresivos, etc.) a que se ha aludido; por otro ignora aquella misma pureza en el momento en que transforma el deporte en un instrumento de identificación nacional. Ejemplos recientes en este sentido lo confirman: la exclusión de algunas representaciones nacionales de manifestaciones deportivas con carácter mundial (Olimpiadas) o la negativa de las mismas a participar se han mantenido alternativamente o en nombre de la pureza del deporte contra las aberraciones humanas de algunos regí­menes polí­ticos o en nombre de una crí­tica polí­tica frente a otros sistemas polí­ticos.

b) Función económica (el profesionalismo). Bajo otro aspecto la dimensión agonal adquiere una función socialmente relevante: la de promoción económica, ya desde el punto de vista técnico-industrial, ya desde el de la transformación en sentido profesional (beneficio de la actividad deportiva).

En cuanto al primer aspecto, aquí­ es suficiente notar que el deporte, tanto por el afinamiento de las técnicas agoní­sticas como por la creciente espectacularidad de sus manifestaciones, es uno de los grandes aparatos consumistas de las sociedades industriales.

Alguna observación más se merece el segundo aspecto, el del profesionalismo deportivo, con el cual se va a tocar el nivel de la interpretación existencial que aquí­ se ha privilegiado. El análisis estructural de la acción deportiva realizada l arriba, I, 2-3, ha puesto de manifiesto que su caracterí­stica de fondo consiste en la gratuidad, la cual, justamente porque es concebida en su pureza originaria como actividad jocosa destinada a producir un placer psí­quico-fí­sico, se satisface -por encima del nivel técnico de las prestaciones- con la consecución personal de este mismo placer. La transformación en sentido profesional de la actividad introduce inevitablemente un elemento de gratificación extraño a la estructura misma de la acción, que impone una consideración atenta y realista del fenómeno.

Se puede comenzar observando que actualmente la distinción entre deporte amateur y el deporte profesional está desapareciendo progresivamente en favor del último: el profesionalismo se presenta hoy como un destino del deporte. Se intenta decir no sólo que la tendencia a la desaparición del deporte diletante se deriva también de haber descubierto que “hacer deporte” es una práctica económicamente ventajosa para un número cada vez mayor de agentes sociales; se intenta decir, más en particular, que la proyección profesional pertenece a la realidad actual de la acción deportiva. Pues si es prestación, competición y resultado, hay que ver cómo la ambientación social incide en la individuación misma de tales elementos.

La conexión natural entre modalidad de la acción deportiva y progreso social, entendido como progreso en el campo de la investigación cientí­fica en general, incide en la determinación misma de prestación humana agoní­sticamente significativa y, por consiguiente, se refleja en la determinación del nivel de competitividad y en el afinamiento de los resultados. La incidencia es tal que se puede modificar el umbral de existencia misma de la acción llamada deportiva, institucionalmente diferenciada de la simple distracción o juego. Por debajo de un cierto nivel de eficacia de la acción no tiene ya sentido hablar de verdadera y auténtica competición o de resultados en sentido agoní­stico. La consecución de lo que he definido como umbral lí­mite de la acción deportiva orienta tendencialmente al atleta a hacer de la práctica deportiva la actividad central de su vida, al menos durante cierto perí­odo. En efecto, no se obtiene competitividad real, no se realiza una prestación relevante desde el punto de vista deportivo y menos se obtienen resultados, si no se dedica una cantidad de tiempo cada vez mayor a una práctica de entrenamiento cada vez más compleja en sus factores componentes y cada vez más sofisticada en los sistemas de medida. A1 entrenamiento tradicional, destinado al adiestramiento y a la destreza fí­sica, se añade una práctica destinada a una potenciación especí­fica y predeterminada de la acción a través de métodos que provienen de las ciencias médicas, fí­sicas y quí­micas, de las ciencias de la alimentación, etc. En definitiva, el que se dedica a una actividad que no se resuelve en un mero juego privado no puede menos de convertirse en un profesional, y esto ya antes de recibir de su actividad una gratificación económica verdadera y auténtica. Piénsese en la evolución de los llamados deportes diletantes por antonomasia o también llamados, significativamente, deportes pobres, como el atletismo ligero, la lucha, el baloncesto, el balonvolea, el hockey, el rugby, etc.

La versión profesional del deporte puede inducir a preguntarse acerca de su misma supervivencia, visto que su pureza originaria y estructural parece haber venido a menos. La respuesta puede encontrarse en una distribueiónponderada del hecho agoní­sticopuro y del económico. Puede decirse entonces que una actividad deportiva permanece en su sentido auténtico mientras la dimensión económico-profesional, con todas sus prolongaciones en el campo de lo social y lo público, sea ulterior y secundaria respecto a la prestación deportiva en sí­. En otras palabras, practicar un deporte profesionalmente porque el nivel agoní­stico actual lo impone no significa de por sí­ salirse del ámbito de la deportividad, pues subsiste un elemento de pureza. No es ya la gratuidad de la acción en el sentido de la jocosidad y de la autosatisfacción; pero queda la honestidad existencial que se especifica en el primado asignado al valor lúdicoagoní­stico de la prestación en sí­. Es evidente, por el contrario, que se está fuera de una práctica verdaderamente deportiva en todos aquellos casos en los cuales la prestación, la competición y el atleta mismo se convierten en objeto de intereses económicos. Y ello porque, una vez más, en estos casos se modifica la estructura misma de la acción agoní­stica, ya que cambia el sentido de la prestación y de la competición. Una y otra no son la manifestación de la pureza agonal, sino que son artificialmente deformadas con el fin de producir el resultado que es funcional a la satisfacción de intereses extraños al deporte. Y esa deformación no excluye la desaparición misma de aquella corporeidadNivida,que según se ha dicho es una cifra interpretativa para la valoración existencial del deporte.

III. Para una ética del deporte
Las lí­neas trazadas relativas a la estructura de la acción deportiva (l arriba, I) y el análisis de algunos aspectos funcionales (/ arriba, II) han puesto ya de manifiesto algunos valores ético-existenciales. En primer lugar, el aspecto de la corporeidad vivida asume significado para una ética del deporte en el momento en que se convierte en medio para conocerse a sí­ mismo como hombre, como instinto y movimiento, como cuerpo en relación y tensión con el alma. El conocimiento de la complejidad de sí­ mismo, que en el deporte aparece como valor de la propia potencialidad fí­sica, pero también de la propia debilidad, de la propia deficiencia corpórea, es la posibilidad de conocerse verificando la propia capacidad de superar o no un obstáculo o de imponerse a los otros; semejante reconocimiento de sí­ como existente, a la vez poderoso y limitado, conduce al reconocimiento de la autenticidad existencial del otro, bien se lo vea como antagonista, bien como compañero en la competición. La corporeidad común, que cada uno aprende así­ a reconocer a través del deporte, pone a cada uno en un plano de paridad fundamental y conduce, en el nivel más general de lo existencial (al cual hay que hacer siempre referencia para una reflexión ética), a la afirmación práctica de la alteridad recí­proca y reconocida de los hombres y de su presencia real y objetiva.

En este contexto, el lí­mite ético de la actividad deportiva lo ha puesto eficazmente de manifiesto G. Perico al observar que el deporte es siempre una actividad complementaria del desarrollo de la personalidad: una actividad que, en cuanto complementaria, no puede vivirse como el fin último y exclusivo de una vida, puesto que entonces la autosatisfacción ligada al ejercicio fí­sico se transforma en el culto del cuerpo y de su poder como absoluto. La victoria viene así­ a transformarse en el vértigo del éxito, al cual el atleta lo subordina todo: a sí­ mismo, el sentido de su vida y de su encuentro con los demás.

[/Corporeidad; /Tiempo libre].

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B. Montanari

Compagnoni, F. – Piana, G.- Privitera S., Nuevo diccionario de teologí­a moral, Paulinas, Madrid,1992

Fuente: Nuevo Diccionario de Teología Moral

1. Su naturaleza
D. es aquella forma de ejercicio corporal que se caracteriza sobre todo por la aspiración a conseguir una actividad lograda y a compararla con la de otros. Esto se hace individualmente o en equipo, ateniéndose a normas y valores previamente acordados. Generalmente son organizaciones las que fomentan el ejercicio de los diversos deportes. El d. puede ser cultivado como simple juego o como campeonato. Un fuerte interés pedagógico por el d. se da en distintos sectores (educadores, escuela, asociaciones, Estado). El d. debe colaborar a la educación total, ante todo al desarrollo del carácter, pero también debe ayudar en algunos problemas particulares: en la educación para una sana relación con el cuerpo, en el encauzamiento de tendencias impulsivas, en el fomento del sentido comunitario. La idea olí­mpica añade el ideal de la buena inteligencia entre los pueblos. En la idea olí­mpica también está resaltado el ideal común a todo deporte, el del amor a la acción por sí­ misma. Esa idea contiene el principio del logro, fundamental para el d., que P. de Coubertin formuló con las palabras: “citius-altius-f ortius”. Junto con el principio del logro, quizá sea la estructura agonal – el compeonato – el principal factor propulsor del d. Además, el d. tiene un fundamento vital en los estratos profundos del hombre, que, en último término no podemos esclarecer completamente. El participa en el “fenómeno congénito” del -> juego y de la fiesta. No se identifica con dicho fenómeno, pero las fuerzas de éste actúan también en él. Así­, momentos esenciales de la fiesta, como la representación, superación y entrega de sí­ mismo, pueden hallarse también en el d. La “esencia” del deporte es difí­cil de determinar en cuanto a su contenido. Quizás no se puede realizar una separación estricta entre “finalidad” y “sentido”, quizá el sentido del d. está en su función: en su función de abrir la esfera vital y vivencial; en la de desarrollar la personalidad; en la de ofrecer la posibilidad de una vivencia de sí­ mismo; en la de intensificar la vida. Un fundamento decisivo para la existencia, la popularidad y la valoración positiva del d. es su entrelazamiento con la cultura industrial. El d. proporciona una vivencia, en gran parte perdida, del cuerpo y del movimiento, y es así­ una puerta de escape para las energí­as irracionales. Si, por su contenido, a primera vista parece ser una reacción contra la cultura industrial, sin embargo su estructura formal (p. ej., el principio del logro o de la producción) también puede interpretarse como expresión de esta cultura. El d. hace igualmente una aportación a la integración de la sociedad, tiene una “función democrática”. Y, cultivado racionalmente, es muy útil para los actuales problemas sanitarios (enfermedades de la civilización). Finalmente, desde la perspectiva del “tiempo libre” de la sociedad, es de esperar que siga aumentando la importancia del d. Así­ éste aparece estrechamente entrelazado con las estructuras de la vida moderna y como creado para las dificultades actuales; apenas hubo otra situación histórica en que el d. tuviera tanta importancia. El desarrollo del d. va hoy en tres direcciones. Primero aparece progresivamente un profesionalismo de pequeños grupos de deportistas. En segundo lugar se puede observar una fuerte tendencia al d. privado. Así­, p. ej., pocos son los que hoy dí­a piensan todaví­a en cultivar la natación o el esquí­ en el marco de un equipo. La tercera tendencia podrí­a caracterizarse como “oferta de d.” . Uniones deportivas y representantes de la comunidad ofrecen una variada gama de posibilidades deportivas y sin una meta a conseguir forzosamente, posibilidades que el ciudadano puede aprovechar sin ligarse a una institución (“segundo camino”). En conjunto, prescindiendo de las derivaciones extremas del d. hacia la marca y el espectáculo, el desarrollo del deporte (en Europa) debe enjuiciarse positivamente.

2. Etica deportiva
En el d. viven distintos valores, normas e ideales. Caracterí­sticos de la postura deportiva son la limpieza, la camaraderí­a, el espí­ritu de equipo, el valor, el “goce de la vida”, el “saber ganar y perder” y todas las propiedades de la voluntad. La ética deportiva tiene en el imperativo formal, tanto deportivo como moral, del citius-altius-fortius una fuerza propulsora hacia la superación, y en la idea de amateur halla una protección contra la falsificación por motivaciones ajenas al d. La apropiación de estos ideales es distinta en cada individuo; cabe adoptarlos según una ordenación jerárquica o en forma de mera yuxtaposición. La postura deportiva es un aspecto parcial del mundo ético; sólo abarca ciertos valores, y los abarca únicamente en cuanto se refieren a la situación deportiva. Hay, sin embargo, en el d. una auténtica ética natural. Y reviste especial importancia el hecho de que aquí­ se trata de una ética donde tienen “derecho patrio” la vitalidad y la dimensión social de orden práctico. Hay que aludir también a la trasposición de lo deportivo a otros ámbitos de la vida (p. ej., a la virtud del “juego limpio”, históricamente nueva y central en la ética del d. ).

Aludiremos brevemente a problemas marginales de la ética del d. El problema del “doping” (droga) no debe exagerarse, por el hecho de que afecta a un cí­rculo muy pequeño de deportistas eminentes. Su condenación ha sido pronunciada eficazmente por la misma ética deportiva. Más importante es la problemática del boxeo. Según el estado actual de la investigación médica (F. Pampus y W. Grote; K. Sellier y F. Unterharnscheidt) el boxeo ya no se puede defender; los juicios se han hecho apodí­cticos: cada golpe seco en la cabeza -sobre todo si se repiten con frecuencia – es perjudicial, aunque no se pierda la conciencia. No se trata sólo de los casos mortales, sino del daño especí­fico causado al cerebro. Aquí­ no hay ninguna distinción esencial entre deportista amateur y profesional. Desde la restauración de los juegos olí­mpicos (1896) se da el problema del amateur. Aquí­ hay que distinguir entre el amateur profesional y el aparente; el primero cultiva el deporte para ganar dinero, el segundo toma dinero para posibilitar el deporte. A este respecto, el poco realista parágrafo relativo al amateur obliga a la mentira, y a la conducta fingida. Deberá solicitarse una modí­ficación sensata a los comités deportivos. La fundación “Deutsche Sporthilfe” (= Ayuda alemana al deporte) muestra el aspecto que en el futuro podrí­a ofrecer el apoyo práctico a los deportistas de primera fila. También se discute acerca de los auténticos profesionales. Mientras que no se encuentra nada a objetar contra otras profesiones que se salen de lo cotidiano, como los actores y los artistas, los cuales están muy bien pagados, en el d. muchos se aferran a un ideal de amateur ajeno a la realidad. Frente a esa opinión hemos de decir: ganarse la vida a base de las facultades deportivas es un fundamento legí­timo para cultivar^ profesionalmente el d. Indudablemente en el profesional que tiene éxito hay algunos riesgos. Sin embargo, en el culto a las figuras cumbres y en otros fenómenos de masas, en la mala relación entre remuneración y prestación, la causa está seguramente en el conjunto de la situación social.

3. Juicio moral
El juicio de la teologí­a moral sobre el d. no podrá consistir solamente en prevenir frente a los peligros o en interpretar el d. de una manera meramente instrumental (útil para la salud, la educación…). Tampoco una reflexión sobre la corporalidad aporta muchos pensamientos especí­ficamente deportivos. Hemos de limitarnos a decir de manera muy general: cuanto hace el hombre, lo realiza a base de toda su constitución y repercute de nuevo en el todo del hombre. El ocuparse del cuerpo no es una tarea “accesoria” o “mezquina”. Los deportistas conseguirán más fácilmente permanecer conscientes de que el hombre existe en el mundo de la corporalidad; correrán menos el peligro de distanciarse de su cuerpo en cuanto tal. Es cometido de la teologí­a moral mostrar y reconocer los contenidos naturales que dan sentido al d. Pero la teologí­a moral debe también descubrir la limitación de estos valores y, cuando sea necesario, transmitir impulsos procedentes de la antropologí­a cristiana.

Walter Kuchler

K. Rahner (ed.), Sacramentum Mundi. Enciclopedia Teolσgica, Herder, Barcelona 1972

Fuente: Sacramentum Mundi Enciclopedia Teológica

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