San Lucas 18:9-14 Comentario por Gilberto Ruiz
En esta parábola, Jesús escoge a un fariseo y un publicano para comunicar la enseñanza de 18:14.
Interpretación de la Lectura
Los romanos subastaban el derecho de recaudar los impuestos indirectos (peajes, tarifas, aduanas, etc.) al mejor postor, el cual entonces colectaba estos impuestos con sus agentes. El término traducido aquí “publicano” (telōnēs) indica uno de estos agentes. Para operar este negocio con ganancia, tenían que colectar más de lo que pagaban en los subastes. La gente judía los odiaban por ser empleados mercenarios a la causa del Imperio Romano, por colectar más de lo que se debía a los romanos, y por aprovecharse de la gente para hacerlo.
En comparación con otros grupos judíos de esa época, los fariseos eran progresistas quienes adaptaban los mandamientos bíblicos a las necesidades y realidades de su tiempo.1 Creían en el libre albedrío, la vida venidera, y las recompensas y castigos en ella, y tenían un interés especial en la pureza ritual, el diezmo, y la observancia del sábado. Jesús presume que su audiencia respeta a los fariseos por su religiosidad. Según las expectativas de su audiencia, es el fariseo y no el publicano quien debe de ser el justificado frente a Dios.
Jesús utiliza sátira en su descripción del fariseo. La manera en que el fariseo ora es una farsa, dándole las gracias a Dios de tal forma que glorifica a él mismo y no a Dios. Su autocomplacencia es reforzada por: (1) la manera en que Jesús introduce su oración (“oraba consigo mismo”); (2) su constante uso de la primera persona (“te doy gracias porque no soy como los otros…ayuno dos veces a la semana, diezmo de todo lo que gano”); (3) la lista de pecadores que menciona (no menos de cuatro: ladrones, adúlteros, injustos, y publicanos); (4) la información que incluye sobre sus acciones piadosas (la cantidad de veces que ayuna, el aumento de su diezmo), como si Dios no lo supiera; y (5) su audacia en señalar al publicano despectivamente en el mismo espacio de adoración a Dios, el Templo (18:12–13). Él se atribuye el mérito de sus acciones y de su vida irreprochable sin mencionar que Dios tiene algo que ver con su éxito en vivir una vida recta.
El contraste entre las actitudes opuestas del fariseo y el publicano hacia Dios se anota en sus oraciones. Mientras que la oración del fariseo es larga (veintinueve palabras en el griego) y enumera varios detalles, la del publicano es breve (seis palabras) y eficiente. Aunque las dos oraciones empiezan idénticamente con el tratamiento personal a Dios, las dos palabras del fariseo que siguen lo presentan como el actor principal y Dios como el complemento indirecto (eucharistōtoi, “[yo] te doy gracias”). Las palabras siguientes en la oración del publicano invierten la gramática, y el efecto es que Dios se queda siendo el actor principal y el publicano se vuelve el complemento indirecto (hilasthēti moi, “sé propicio a mí”).
El primer versículo y el último indican que es la actitud de cada uno que causa la inversión del resultado esperado. El publicano ora con humildad y remordimiento, incorporando el cuerpo entero y la ubicación lejana de su cuerpo para mostrar su vergüenza. Por su actitud penitente, se va a su casa justificado (18:14). En cambio, el fariseo sabe que vive moralmente, pero en vez de glorificar a Dios, él se enaltece y menosprecia a los pecadores (18:9, 14). Vemos que lo más importante de su identidad como fariseo es su actitud. No todos los fariseos poseían esta actitud, y uno no tiene que ser fariseo para exhibir la misma actitud de este fariseo.
Sugerencias para la Predicación
Por medio de la inversión de expectativas que ocurre en ella, la parábola expresa la noción que Dios nos evalúa según criterios diferentes de como nosotros tendemos a evaluarnos los unos a los otros. Tener esto en cuenta es la base de la humildad que propone la parábola, y este tema sirve bien para la predicación de esta lectura. Según San Lucas, Dios nos ve más que nada con misericordia, y ésta es la característica que debe de ser la base de nuestro trato con los demás (6:36), hasta con los más despreciados de nuestra sociedad. Entonces estaremos más de acuerdo con la misericordia de Dios, por la cual Dios perdona hasta el publicano pecador quien nadie soporta.
El tener esta forma de humildad no significa dejar de esforzarse a vivir moralmente o esconder los talentos que benefician la vida religiosa. Seguramente no significa abstenerse de denunciar los pecados y la injusticia. El fariseo no falla porque vive una vida virtuosa y se esfuerza a vivir según los mandamientos de Dios (cfr. 18:18–20). Él falla a causa de su actitud, por la cual él se enaltece y desprecia a los que no realizan tanto éxito en cumplir con los mismos mandamientos.
Similarmente, Jesús no propone al publicano como un modelo para nosotros porque es un pecador, sino por su actitud penitente frente de Dios. El publicano muestra que hasta los pecadores peores con verdadero remordimiento pueden acercase a Dios y tener confianza en su misericordia. Esto es otro tema indispensable para San Lucas (vea 23:39–43), y sirve como un tema homilético de esta parábola.
A pesar de la audiencia limitada de 18:9, la parábola efectivamente se aplica a todas personas. El más justo entre nosotros no es tan justo como Dios. Todos de vez en cuando somos culpables de menospreciar a otros y de olvidar que no tenemos la omnisciencia necesaria para conocer el estado de otros frente a Dios. El hecho de que el ejemplo negativo de la parábola es un fariseo sirve como aviso de que los líderes de la comunidad (especialmente los dirigentes religiosos) son particularmente vulnerables a este peligro. Por tal razón, en la predicación hay que tener mucho cuidado de no presentar al fariseo de la parábola como el representante del fariseísmo o del judaísmo en general. Es su actitud que Jesús critica, y todos somos capaces de actuar igualmente.
1 Daniel J. Harrington, The Synoptic Gospels Set Free: Preaching without Anti-Judaism (New York: Paulist Press, 2009), 56.