Biblia

San Lucas 23:33-43 Comentario por David Tiede

San Lucas 23:33-43 Comentario por David Tiede

El domingo de “Cristo Rey” concluye el año de Lucas con un último testimonio luminoso de cómo Jesús es la manera en que Dios gobierna en este mundo y en el mundo que viene.

Los títulos bíblicos de Jesús Hijo de Dios, Mesías y Rey han sido tan bien absorbidos como palabras para la iglesia y el culto que su fuerza simple y terrenal está perdida en gran parte. La crucifixión de Jesús, sin embargo, no ocurrió en un altar entre dos velas, pero fuera de la ciudad entre dos presidarios en una colina sombría de un verdugo, llamado “La Calavera”. El Evangelio es la historia de cómo Jesús el Mesías de Dios trajo el reinado de Dios de la justicia y misericordia a la tierra, y el relato de Lucas presenta el Mesías crucificado representando el reinado de Dios, rodeado por violencia burlona y brutal.

El poder de este fragmento o perícopa (Lucas 23:33-43) será mejor captado como la conclusión del viaje determinado de Jesús hacía Jerusalén y en el contexto del magistral narrativo lucano de pasión. Lucas ha seguido las tres “predicciones de pasión” en el Evangelio de Marcos (Marcos 8:31-33 y Lucas 9:22; Marcos 9:30-32 y Lucas 9:43-45; y Marcos 10:32-34 y Lucas 18:31-34), y Lucas ha amplificado la historia con el viaje decidido y extendido de Jesús. Jesús está en una misión profética, trayendo el reino de Dios a Jerusalén (ver 9:51-56), y él no estará disuadido por Pilato, Herodes, o las autoridades de Judea (ver Lucas 13:1; 31-35). Su presencia en Jerusalén, por lo tanto, también revela el rechazo trágico de su misión. Como profetizó Simeón, Jesús muestra que está “puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones” (Lucas 2:33-35).

¿Cómo feroz es el rechazo? ¿Cómo cómplice es la gente de Dios en este mal? ¿Qué hará Dios ahora?

Estas preguntas son más que literario e histórico. El secreto de nuestra condición ha escapado. Nuestra esperanza, por lo tanto, no está en el rechazo de nuestra realidad, sino en confiar en la misericordia del Mesías de Dios.

La oposición a Jesús ha estado creciendo en el narrativo. Irritado por cuanto a Jesús le ama la gente, los enemigos de Jesús demuestran su resistencia al reinado de Dios por su ferocidad firme. Después, “los principales sacerdotes y los escribas procuraban echarle mano, porque comprendieron que contra ellos había dicho esta parábola; pero temían al pueblo” (Lucas 20:19). Como se acercaba la Pascua, “los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo matarlo, porque temían al pueblo” (Lucas 22:2).

Mientras Jesús ahora cuelga de morir, la burla de “los líderes” y los verdugos romanos tira arena en la cara del “pueblo” que “estaba mirando” (Lucas 23:35). Juntamos con la gente que irónicamente oyen la verdad que se habla de manera ignorante y sarcástica. “A otros salvó; ¡sálvese a sí mismo!” Eso, por supuesto, es exactamente como Jesús está representando el reinado de misericordia de Dios, por no salvar sí mismo. Pero están ciegos. Ellos citan el corazón de la historia bíblica como acusaciones contra Jesús: “Si este es el Cristo, el escogido de Dios”. ¿A quién condenan las Escrituras en su testimonio al Escogido, Jesús o ellos?

Los romanos fueron responsables por la inscripción sobre la cabeza de Jesús: “Este es el Rey de los judíos”. Y sus soldados se burlaban de Jesús y todo Israel con este título. Fue el título con el que Pilato desdeñó Jesús y el título que Herodes Antipas quería desesperadamente por sí mismo (ver Lucas 23:1-12). Crucifixiones servían para humillar  “enemigos del Orden Romano” en una exhibición pública de influencia romana, como decir: “Mira, ¡este es destino de todos con pretensiones de títulos reales solamente Roma puede conceder!” Irónicamente, los fieles saben que Jesús verdaderamente es el Rey de los judíos, pero no porque Roma dijo así. No, es el título “El Mesías de Dios” que lleva la promesa, porque es Dios que ha escogido Jesús por ungirle (Mesías  en hebreo y Cristo en griego significan “el ungido”) con el Espíritu Santo y con poder (ver Lucas 3:21-22; Hechos 2:36; 10:37-38). El “Mesías” o “Rey” de Dios ejerce el reino recto de Dios con justicia y misericordia. ¡Entonces “el Mesías de Dios” verdaderamente es “El Justo”!

Ir unos versículos más allá de este fragmento y note en el relato de Lucas que cuando un centurión romano “vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios diciendo: –Verdaderamente este hombre era justo” (Lucas 23:47, comparar Marcos 15:39 “¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!”). Otras versiones usan la palabra “inocente” en vez de justo. La palabra griega que se traduce “inocente” es dikaios, que también significa “justo”. A través de los siglos, cristianos fieles han entendido que el centurión no meramente anunció que una persona inocente fue ejecutada, pero su palabra señaló el último desafío del reinado de Dios, matar El Justo, el Mesías de Dios.

En el relato lucano, Jesús está representando un pasaje anterior. En Sabiduría 2, la tortura y el asesinato de “el justo” se describe como la arrogancia ciega de aquellos que se oponen a Dios, burlándose “El Justo” que “dice que conoce a Dios, y se llama a sí mismo hijo del Señor”. “Veamos si es cierto lo que dice,” ellos se burlan, “y comprobemos en qué va a parar su vida. Si el bueno es realmente hijo de Dios, Dios lo ayudará y lo librará de las manos de sus enemigos. … Sometámoslo a insultos y torturas… Condenémoslo a una muerte deshonrosa” (Sabiduría 2:13-20). 

Estamos con el pueblo y los discípulos, asustados por el poder del mal, preguntándose por qué no pudimos o no intentamos impedir la atrocidad. “El pueblo estaba mirando… Toda la multitud de los que estaban presentes en este espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían golpeándose el pecho. Pero todos sus conocidos, y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, estaban mirando estas cosas de lejos” (Lucas 23:35, 48-49). En retrospectiva, miramos en la oscuridad de brutalidad y arrogancia, y tenemos miedo. “Dios mío, ¿qué he hecho?”

Entonces vemos Jesús ejerciendo su dominio en medio de burla, coacción y arrogancia. Sus dos “palabras” de la cruz en el relato de Lucas representan su autoridad. La primera (Lucas 23:34) tiene problemas de historia textual, pero tiene fuerza en la narrativa: “Padre, perdónalos, ¡porque no saben lo que hacen!” La segunda (Lucas 23:43) anticipa la autoridad de Jesús como el Hijo del Hombre, concederle misericordia a los pecadores en el Juicio Final de Dios: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.”

Lo que hace Dios después, por supuesto, es el corazón del Evangelio. En resucitar Jesús de entre los muertos, Dios va a reivindicarle como el Mesías y el Señor, no para condenar, pero para reinar en misericordia. Este es el regalo de una oportunidad nueva para volver a Dios y el regalo del Espíritu Santo, renovando la promesa “[para vosotros] y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llame” (Hechos 2:37-39).

La temporada venidera de Adviento es un tiempo de esperanza renovada.