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San Lucas 19:1-10 Comentario por Gilberto Ruiz

San Lucas 19:1-10 Comentario por Gilberto Ruiz

Una interpretación común de este pasaje presume que Zaqueo es un pecador quien se arrepiente y experimenta una transformación total de resultas de su encuentro con Jesús.

Interpretación de la Lectura
Muchas veces esta interpretación sitúa los últimos versículos de la perícopa dentro de la casa de Zaqueo, aunque el imaginar este escario presenta dificultades (¿por qué estarán los “todos” de 19:7, la “multitud” de 19:3, dentro de la casa?). Esta interpretación es atractiva y convincente, pero pierde el desafío verdadero que nos presenta San Lucas.1

Zaqueo “era jefe de los publicanos, y rico” (19:2). Esta descripción breve suficientemente indica que Zaqueo no era una persona simpática según los judíos en Jericó, la ciudad donde Zaqueo vivía y trabajaba (19:1, 5–6). El publicano jefe pagaba bastante dinero para obtener el derecho a recaudar los impuestos indirectos (peajes, tarifas, aduanas, etc.). Entonces recaudaba los impuestos para recuperar el gasto y si acaso sacar provecho. La gente consideraban a los publicanos pecadores sin duda porque muchos de ellos abusaban de este sistema. Los conciudadanos de Zaqueo hubieran supuesto que su riqueza fue adquirida por medio de la extorsión a la gente.

A pesar de su profesión y la reputación que conlleva, el Zaqueo que encontramos en la narración no es una persona odiosa. La visita de Jesús a su pueblo lo anima a hacer lo necesario para vislumbrar este hacedor de milagros, él que proclama la salvación a quienes superan obstáculos naturales y puestos por los seres humanos (vea 18:35–43). Los maravillosos detalles de la narración — su altura es un impedimento a su meta, se va corriendo delante de la multitud, se encarama en un árbol — expresan el entusiasmo de Zaqueo en una forma memorable y encantadora (19:3–4). Aunque no es una persona simpática a los ojos de los residentes de Jericó, Zaqueo gana nuestro apoyo en apenas los primeros cuatro versículos de la lectura. No es una simple curiosidad que tiene; él es sincero en su deseo de mirar a Jesús. Sus acciones le captan la atención a Jesús (19:5), y la presentación de la alegría de Zaqueo continúa en la narración de su reacción (19:6).

No tan alegres están los testigos de este encuentro, los quienes murmuran y se quejan de que Jesús va a alojarse en la casa de Zaqueo (19:7; cfr. 5:30; 15:2). Este acontecimiento nos recuerda de las reacciones negativas hacia las obras liberadoras de Dios de parte de algunos de los Israelitas peregrinos en el desierto (Dt 1:27; Sal 106:25). Según ellos, afectados por su animosidad contra los publicanos, Zaqueo es un pecador quien no merece la presencia de Jesús.

Sabiendo que la gente esta en contra de él, Zaqueo se defiende. Poniéndose de pie, Zaqueo anuncia que él dona la mitad de sus riquezas a los pobres y si ve que le ha defraudado a alguien, de buena gana ejecuta la restitución según las regulaciones estipuladas en la Torá y exigidas por el Rey David (Lc 19:8; Ex 22:1; 2 Sm 12:1–6). La respuesta de Zaqueo es muy devota (le llama a Jesús “Señor” [kyrios]). Se dice en el tiempo presente (“doy [didōmi] a los pobres…devuelvo [apodidōmi] cuadruplicado”), y por consiguiente, no declara lo que hará en el futuro sino lo que ya hace. Sus palabras no implican que él practica la extorsión reflexionadamente o habitualmente, sino que él repara la ofensa si se da cuenta que una transacción injusta ha ocurrido por culpa de él. La gente presume que Zaqueo es pecador, pero él nunca pide el perdón, como hace el publicano de la parábola de Jesús (Lc 18:13). Hasta su nombre refuerza su honor; “Zaqueo” es un nombre Hebreo que significa “puro, inocente.”

Jesús toma a Zaqueo a su palabra, y frente a la gente, quienes están maldispuestos a aceptar a Zaqueo como uno de los suyos, Jesús le llama a Zaqueo “un hijo de Abraham.” A pesar de ser un jefe publicano y judío (como lo indican su nombre y sus acciones de restitución cuando necesario), él no se ha desheredado de las bendiciones prometidas a Abraham. La palabra “hoy” (sēmeron) es empleada especialmente en puntos claves del tercer evangelio para introducir la entrada de la salvación de Dios (p.ej., 2:11; 4:21; 23:43). Aunque la venida del Hijo del hombre se ha retrasado (17:20–37), la salvación de Jesús está disponible hoy mismo a todos, hasta a los más perdidos y despreciados (como fue Zaqueo) (19:9–10).

El indicio para entender la intención de San Lucas es la presencia de la multitud. La multitud presenta el obstáculo que obstruye a Zaqueo cuando éste trata de ver a Jesús, y se enoja cuando Jesús opta por quedarse con él. Para la multitud influenciada por sus prejuicios, es imposible pensar que Zaqueo es un hombre tan justo. La declaración de Jesús en 19:9–10 vindica a Zaqueo y es últimamente dirigida hacia la multitud. La enseñanza de este episodio es para ellos, por medio de la cual son desafiados a aceptar que la salvación es para tales como Zaqueo — hasta para los personajes a quienes ellos desdeñan.

Sugerencias para la Predicación
Para la predicación, uno podría empezar explicando la interpretación común, la cual quizá muchos practicantes presumen, para entonces detallar la antedicha interpretación. Se podría preguntar por qué somos tan listos para ver a Zaqueo como pecador. ¿Será porque es difícil aceptar que Jesús, el defensor supremo de los pobres y marginados, aquí vindica a una persona rica? Por buenas razones la interpretación común es tan popular; es más agradable la historia de la transformación y salvación de un pecador. Es mucho más fácil solidarizarnos con un Zaqueo pecador quien encuentra a Jesús y se cambia la vida. Mucho más difícil es aceptar que frecuentemente desempeñamos el papel de la multitud y proponemos dictar quien es elegible para la salvación y quien no lo es.

También uno podría explorar las razones del porque Zaqueo es vindicado y salvado por Jesús, aun siendo rico. Él comparte su riqueza (¡la mitad de ella!) con los pobres. En el tercer evangelio, la riqueza es un obstáculo tremendo para la salvación. Pero Zaqueo lo supera, y entonces nos demuestra que uno puede ser rico y ser salvado. Es cuestión de lo que uno hace con sus riquezas (cfr. 12:16–21; 16:19–31; 18:18–27).

1 Para una discusión de esta perícopa y su historia de interpretación, vea Joseph A. Fitzmyer, The Gospel According to Luke (X–XXIV) (Anchor Bible 28A; New York: Doubleday, 1985), 1218–1227.