San Lucas 21:5-19 Comentario por David Tiede
Jesús nunca prometió que sería fácil seguirle.
Siguiendo su viaje hacia Jerusalén por la temporada larga de Pentecostés se ha sentido más como una experiencia, probando a Jesús y sus seguidores, incluidos nosotros. Como Isaías (50:7) y Ezequiel (21:1-2) del pasado, Jesús “afirmó su rostro para ir a Jerusalén” (Lucas 9:51) mientras que sus discípulos, ahora asombrados, entonces horrorizados, caminaron penosamente detrás de él, en dirección del templo. De entrar en Jerusalén “toda la multitud… comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto. Decían: –¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor!” (Lucas 19:37-38). La “sección central,” o “narrativo de viaje hacia Jerusalén” (Lucas 9:51-19:39) podría tener el nombre “El Evangelio por la Duración,” como los soldados que les reclutaron al ejército de los Estados Unidos “por la duración” de una guerra.
Es más difícil en Jerusalén. De llegar, Jesús lloró, invocando oráculos históricos de Jeremías contra una ciudad que “no conoció el tiempo de su visitación” (19:41-44). Entonces se enfrentó tres esfuerzos de las autoridades de entraparle en una trampa, y cada concluyó cuando Jesús silenció a sus adversarios (Lucas 20:1-19; 20:20-26; y 20:27-40).
En Lucas 21, ya no calmando los ataques de los demás, Jesús está alertando a sus seguidores a las privaciones venideras, y más allá del momento de su viaje. La escena del discurso profético de Jesús (21:5-36) es el templo magnífico de Herodes, y el templo en Jerusalén fue reverenciado como un señal de la presencia de Dios, como la vivienda de protección para Israel (vea Lucas 13:34-35). Pero mientras se acercaba a la ciudad, Jesús había declarado que la “visitación” de Dios había venido con su reinado, y las piedras del templo testificarían en contra de ellos que le rechazaron (19:41-44). Ahora Jesús predice de nuevo que todas las piedras estarán tiradas abajo (21:6), como una escena del drama divino.
A eruditos les encanta desenredar la red de los oráculos proféticos que están tejidos a través de estos versículos, notando palabras y frases de Jeremías 4, 7 y 21, junto con Isaías 19 y Ezequiel 14 y 38. Igual que los profetas antes de él, Jesús no habló en un estilo muy original, pero ¿relataron bien las palabras proféticas y advertencias de destrucción al tiempo de Jesús? Aquí Lucas describe que Jesús diferencia su enseñanza de ella de los profetas falsos, que se cita también las palabras antiguas de Dios. Declarando la sentencia venidera, Jesús advierte contra seguir las profetas que afirman saber el horario de Dios, aún invocando el nombre de Jesús.
Los estudiantes de la Biblia se pueden comparar la versión de las palabras de Jesús en Lucas 21 con Marcos 13, con su intensidad de la “tribulación” venidera. Repasando Lucas 17:22-37 también le recuerda al lector de cómo la muerte de Jesús se incorporó en la sucesión del horario de Dios: “Pero primero es necesario que padezca mucho y sea desechado por esta generación” (17:25). Probablemente escrito después de Jerusalén fue destruido por los romanos, la versión más larga del discurso entero de Jesús que aparece en Lucas (21:5-36) asegura a sus lectores que no experimentaban “el final,” pero el período de “tribulaciones” o “persecuciones” a través de lo cual los creyentes entrarán el reino (ver Hechos 14:22).
La versión lucana del discurso profético de Jesús, entonces, no autoriza todavía otra colección de tablas y calendarios para leer el reloj de Dios hasta el último segundo. Sí, como los profetas, Jesús enseñó que las luchas de historia y alteraciones en la naturaleza son más que accidentales. Les recuerdan a los creyentes que Dios triunfó sobre el caos en la creación del mundo natural, pero fuerzas humanas y supra-históricas siguen compitiendo por la tierra. Los seguidores de Jesús son conscientes, por tanto, que su muerte y resurrección es el acto supremo en una lucha de proporciones cósmico. Solamente el resultado final está seguro. Como testificó el apóstol Pablo, “Sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora. Y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Romanos 8:22-23).
La esperanza, la cual Jesús testifica en este pasaje, entonces, no es una negación trivial de las luchas, el dolor y agonía de la vida humana, o de las fuerzas catastróficas de la naturaleza. Estos son reales, y los profetas del pasado han interpretado estas devastaciones como el contexto del trabajo de Dios que salva. El Jesús de Lucas se une con este coro, acercando lo a las realidades concretas de los primeros cristianos. Pero dice, “Será ocasión para dar testimonio” y “¡Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas!”
La “ocasión para dar testimonio” no requiere que los seguidores de Jesús saben todo sobre “por qué las cosas malas le suceden a la gente buena”.
Jesús promete que dará “palabra y sabiduría, la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se opongan.” La promesa que Jesús da antes sobre la sabiduría del Espíritu Santo en tiempos de testimonio (Lucas 12:11-12) ahora se convierte a la promesa propia de Jesús. Cuando les encarga como “testigos” (Hechos 1:8), les asegura del poder y presencia de su Espíritu Santo, y las historias en Hechos mostrarán el cumplimiento de esta promesa de la “boca y sabiduría” de Dios (ver Hechos 4:13-14; 16:6-7). Entonces incluso las profecías duras de Lucas 21 se llenan con la confianza de la presencia imperecedera.
Y la “paciencia” que “ganará vuestras almas” tampoco es una mera persistencia heroica.
Las cristianas primeras sabían sobre la “paciencia” de estoicismo, perseverancia, y su paciencia fue probado a menudo. Pablo continúa esta tema en Romanos 5:3-5, entonces transforma esta paciencia de dependencia en la fuerza humana a confiar en el amor de Dios: “también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no nos defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.”
La paciencia que salva es, en sí mismo, un regalo de la presencia del Espíritu Santo. Los cristianos que están admirados por su persistencia con frecuencia descartan su propia fuerza con palabras como, “Gracias a Dios que aguanto.”
David Livingstone, el misionero legendario en África, oró, “Señor, mándame a cualquier sitio, pero venga conmigo. Dame cualquiera carga, pero sostenme. Y él testificó, “Lo que me ha sostenido es la promesa, ‘yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.'”
Esta es la promesa Jesús expresa en medio de sus avisos proféticos de lo que viene.