BENEDICTOS

(-> bendición, eucaristí­a, Juan Bautista, Zacarí­as). Las oraciones más solemnes de la liturgia israelita son bendiciones, como la de Salomón, cuando dedica el templo (¡Bendito sea Yahvé, Dios de Israel…; 1 Re 8,15; cf. 1 Cr 29,10), y como muchos salmos. Podemos destacar también la de Melquisedec, que empieza llamando a Dios “bendito…”, cuando sale al encuentro de Abrahán (= Abram): “Bendito sea Abram del Dios Altí­simo, creador de los cielos y de la tierra; y bendito sea el Dios Altí­simo, que entregó tus enemigos en tu mano” (Gn 14,19-20), o la de Jetró cuando se encuentra con los israelitas liberados de Egipto: “Bendito sea Yahvé, que os libró de la mano de los egipcios, y de la mano de Faraón, y que libró al pueblo de la mano de los egipcios” (Ex 18,10). Entre todas ellas destaca en el Nuevo Testamento la de Zacarí­as, llamada Benedictus, por la primera palabra de su traducción latina (Lc 1,67-78).

(1) Las tres estrofas. Zacarí­as, que ha estado mudo por su falta de fe, tras el encuentro con el ángel en el templo (Lc 1,20), recobra la voz para bendecir a Dios (euloguein), en palabras de fuerte tono sacerdotal y profético, en las que se expresa la vida y vocación de su hijo, Juan Bautista. Las citamos de un modo parcial y las dividimos en tres estrofas: “(1) Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una Fuerza (cuerno) de salvación en la casa de David su siervo, según lo habí­a predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. (2) Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odian, realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres… Para concedernos que libres de temor, liberados de la mano de los enemigos, le sirvamos en santidad y justicia en su presencia todos nuestros dí­as. (3) Y tú, niño, te llamarás profeta del Altí­simo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, para dar a su pueblo el conocimiento de la salvación…, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, por las cuales nos ha visitado el sol que nace de lo alto (Lc 1,67-78). Esta oración es posiblemente un himno que algunos judeocristianos antiguos han utilizado para poner sus propios ideales religiosos en la boca del sacerdote Zacarí­as, que aparece así­ como representante de un grupo sacerdotal y profético de Iglesia primitiva. La tercera estrofa deja clara la función del profeta del Altí­simo, que irá delante del Kyrios, preparando su camino. Según el texto actual, ese profeta es Juan: anuncia el perdón, proclama la misericordia de Dios, conforme a las más hondas y constantes esperanzas del Antiguo Testamento (cf. Ex 34,4-7). Es evidente que los judeocristianos y (en general) todos los judí­os pueden aceptar ese pasaje, en clave de esperanza israelita, abierta quizá escatológicamente a todos los pueblos de la tierra, pero bien arraigada en la situación de los judí­os de aquel tiempo. Pero las referencias a la salvación aparecen menos precisas en las dos primeras partes del himno y pueden separarse de la función de Juan Bautista (y del mismo cristianismo). Son de tipo genérico y emplean una fraseologí­a bastante común entre los cí­rculos nacionalistas judí­os de aquel tiempo.

(2) Benedictus: texto nacionalista judí­o, texto cristiano. Las posibles referencias cristianas del texto quedan veladas, sobre todo en las dos primeras estrofas, de tal forma que el canto puede ser aceptado por gran parte de los judí­os del tiempo de Jesús, entre los que Lucas sitúa a Zacarí­as, (a) La primera estrofa expresa la salvación en clave regia. Por eso habla de un cuerno o poder de salvación que ha brotado en la familia o casa de David. Todo nos permite suponer que el texto alude a un Mesí­as polí­tico, que tomará el poder para liberar al pueblo de la mano u opresión de los enemigos (los romanos). De esa forma habrí­an entendido el texto los celotas y otros movimientos de liberación nacional del judaismo, (b) La segunda estrofa acentúa el aspecto religioso de la salvación, situándola en un plano más sacerdotal. Es como si Dios, por medio del Mesí­as daví­dico, quisiera liberar al pueblo para hacerle así­ capaz de ofrecer en Sión (sobre el templo) un culto verdadero. Se unen de esa forma santidad y justicia, términos clave de la tradición profética y de la sacerdotal. Los creyentes del nuevo pueblo de Dios, sacerdotes y profetas, separados ya de los gentiles, podrán disfrutar en paz la salvación sobre la tierra. Esta es una esperanza claramente israelita que nos sitúa en el centro del pueblo de la alianza. En esta lí­nea, podrí­amos decir que el celotismo, entendido como interpretación nacionalista del mesianismo israelita, no es algo que los cristianos tuvieron que encontrar fuera de su Iglesia. Dentro de ella han podido existir grupos o, por lo menos, movimientos que eran tendencialmente celotas. Lucas ha recuperado su recuerdo y mensaje a través de Zacarí­as y su salmo de liberación nacional, el Benedictns. De esa manera ha recreado el Antiguo Testamento dentro del mismo Evangelio, utilizando para ello la figura de este sacerdote, situado en el lugar donde se vinculan y separan templo y profecí­a. No lo hace por erudición ni simple arqueologí­a, sino por fidelidad evangélica: necesita mostrar el sentido de la práctica israelita de Zacarí­as, para distinguirla de la práctica mesiánica de Jesús. Zacarí­as está a la puerta, pero no entra en la iglesia. Su palabra es buena, pero no es aún cristiana. El Evangelio será más que un cumplimiento de la voz de Zacarí­as, que parece resonar todaví­a en las palabras de los caminantes de Emaús cuando dicen, muerto ya Jesús, ¡esperábamos que él fuera el redentor de Israel! (Lc 24,21). El mismo Jesús resucitado corregirá a los fugitivos judaizantes de Emaús, ofreciéndole la verdadera interpretación cristiana de la historia: ¡era necesario que el Cristo padeciera estas cosas para entrar en su gloria! (Lc 24,26). Pues bien, en el camino que va de la esperanza legí­tima del sacerdote Zacarí­as, inmerso todaví­a en un contexto nacional judí­o, al cumplimiento cristiano de esa esperanza nos sitúa Lucas, (c) Tercera estrofa. Profeta del Altí­simo, los caminos del Señor. Zacarí­as ha empezado reflejando una esperanza nacional y sacerdotal judí­a. Pero al fin la acaba superando, pues no presenta a su hijo como sacerdote mesiánico, que reforma el culto religioso de Jerusalén (como habrí­an querido muchos apocalí­pticos y entre ellos los de Qumrán), sino como profeta del Altí­simo. De esa forma abre la puerta para la novedad del Sol que nace de lo alto, un Sol que para los cristianos se identifica con Jesucristo.

Cf. S. MUí‘OZ IGLESIAS, Los cánticos del evangelio de la infancia según san Lucas, CSIC, Madrid 1983; Los evangelios de la Infancia IIV, BAC, Madrid 1986-1990.

PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007

Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra

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