TEMPLO

v. Casa, Iglesia, Santuario, Tabernáculo
2Ki 23:4 que sacasen del t de Jehová todos los
Ezr 4:1 edificaban el t de Jehová Dios de Israel
Psa 5:7 casa; adoraré hacia tu santo t en tu temor
Psa 11:4; Hab 2:20 Jehová está en su santo t
Psa 48:9 nos acordamos de tu .. en medio de tu t
Psa 65:4 saciados del bien de tu casa, de tu santo t
Psa 138:2 me postraré hacia tu santo t, y alabaré
Isa 6:1 alto y sublime, y sus faldas llenaban el t
Isa 44:28 serás edificada; y al t: Serán fundado
Jer 7:4 t de Jehová, t de .. t de Jehová es este
Eze 41:1 me introdujo luego en el t, y midió los
Hos 8:14 Israel .. y edificó t, y Judá multiplicó
Hag 2:18 el día que se echó el cimiento del t de
Zec 6:12 el Renuevo .. edificará el t de Jehová
Mal 3:1 y vendrá súbitamente a su t el Señor
Mat 4:5; Luk 4:9 le puso sobre el pináculo del t
Mat 12:6 os digo que uno mayor que el t está aquí
Mat 21:12; Mar 11:15; Luk 19:45 entró Jesús en el t de Dios
Mat 23:16 si alguno jura por el t, no es nada; pero
Mat 24:1 discípulos .. mostrarle los edificios del t
Mat 26:55; Mar 14:49; Luk 22:53 cada día estaba con vosotros enseñando en el t
Mat 26:61; Mar 14:58; Joh 2:19 puedo derribar el t de Dios
Mat 27:40; Mar 15:29 tú que derribas el t, y en tres
Luk 2:27 movido por el Espíritu, vino al t
Luk 2:46 le hallaron en el t, sentado en medio de
Luk 18:10 dos hombres subieron al t a orar: uno
Luk 21:5 que hablaban de que el t estaba adornado
Luk 24:53 estaban siempre en el t, alabando y
Joh 2:14 halló en el t a los que vendían bueyes
Joh 7:14 de la fiesta subió Jesús al t, y enseñaba
Act 2:46 unánimes .. en el t, y partiendo el pan
Act 3:2 la puerta del t que se llama la Hermosa
Act 4:1 el jefe de la guardia del t, y los saduceos
Act 5:20 id, y puestos en pie en el t, anunciad al
Act 7:48; 17:24


latí­n, templum, lugar consagrado a una divinidad.

Los israelitas no tuvieron un T. fijo hasta el reinado de Salomón, pues era un pueblo nómada. Ellos llevaban siempre consigo un santuario móvil, Tienda del Encuentro o el Tabernáculo, en el que se encontraba el Arca de la Alianza, con las tablas de la Ley. Tras la conquista de Palestina en el siglo XIII a. C., se hicieron sedentarios y se procuraron un lugar fijo para instalar el Arca y tener un centro de carácter religioso y polí­tico. 1. T. de Salomón o Primer T.: Se inició con un altar construido en un terreno que el rey David compró a Arana el jebuseo, para ofrecer holocausto a Yahvéh. Luego Salomón, hijo de David, construyó el t. hacia el año 957 a. C. La zona se conoce; es un terreno plano al noreste de Jerusalén y se conoce como Haram esh-Sharif o noble santuario, hoy en dí­a la Cúpula de la Roca.

El t. de Salomón medí­a 31 m de longitud por 10 m de ancho La altura era de 15 m; y el total del complejo medí­a unos 52 m de longitud y 27 m de ancho. Tres de sus flancos estaban dotados de una galerí­a de tres plantas con cámara y aposentos para guardar los objetos del culto, albergar el tesoro del T. y almacenar provisiones.

El T. en sí­ sobresalí­a del complejo, dejando a la vista pequeñas ventanas con celosí­as. El techo era plano y tení­a vigas de madera y con artesonado de cedro en su interior.

El T. lo conformaba el atrio la sala Grande y la sala del Santo de los Santos. En la primera se hallaban el altar de los holocaustos y el altar de oro, rodeado por cinco candelabros de seis brazos y cinco mesas para el pan de la Presencia. La sala del Santo de los Santos, el Tabernáculo, albergaba el Arca de la Alianza entre dos querubines de madera de olivo, revestida de oro, de pie y con las caras vueltas hacia la sala; sus alas estaban extendidas de modo que sus extremos se tocaban. Delante de este complejo muy decorado, 1 R 6; 2 Cro 3-4, habí­a dos atrios, uno exterior y otro interior. Al primero tení­a acceso el pueblo, mientras que el interior estaba reservado para los sacerdotes. En él se hallaban el altar de bronce de los holocaustos, el Mar de bronce, para las abluciones de los sacerdotes, y diez basas móviles, también de bronce. A derecha e izquierda de la entrada del T. se alzaban dos columnas de bronce.

Con ocasión de la segunda deportación a Babilonia los ejércitos babilónicos bajo el mando del mismo emperador Nabucodonosor, destruyeron el t. de Salomón. 2. Segundo T. o T. de Zorobabel: al llegar los judí­os repatriados construyeron un altar en el lugar del destruido t. de Salomón. Luego, bajo el gobierno de Zorobabel, nieto del rey Yoyaquim de Judá, deportado en 597 a Babilonia, se inició la construcción de un nuevo t. que, tras superar dificultades durante las obras, fue consagrado en 516 a. C. El t. fue reformado luego por Herodes el Grande. Permaneció en pie 585 años, hasta que fue destruido, bajo el emperador Tito, el año 70 d. C.

Sus dimensiones se mencionan en un edicto persa: La Casa será el lugar donde se ofrezcan sacrificios y sus fundamentos quedarán establecidos. Su altura será de sesenta codos, su anchura de veinte codos. Habrá tres hileras de piedra de sillerí­a y una de madera. Los gastos serán costeados por la casa del rey. Además, los utensilios de oro y plata de la Casa de Dios, que Nabucodonosor sacó del santuario de Jerusalén y se llevó a Babilonia, serán restituidos, para que todo vuelva a ocupar su lugar en el santuario de Jerusalén y vuelva a ser colocado en la Casa de Dios, Esd 6, 3 ss. Todo fue restituido menos el Arca, por lo que el Tabernáculo permaneció vací­o.

En 169 a. C. el rey seléucida, Antí­oco IV Epí­fanes, saqueó el T. Con ocasión de la segunda deportación a Babilonia, los ejércitos babilónicos bajo el mando del mismo emperador Nabucodonosor, destruyeron el t. de Salomón.

Entró en el santuario y se llevó el altar de oro el candelabro de la luz con todos sus accesorios, la mesa de la proposición, los vasos de las libaciones, las copas, los incensarios de oro, la cortina, las coronas, y arrancó todo el decorado de oro que recubrí­a la fachada del Templo, 1 M 1, 21 ss. El T. fue profanado, los paganos andaban con mujeres, y hasta introducí­an allí­ cosas prohibidas. El altar estaba repleto de ví­ctimas ilí­citas, prohibidas por las leyes, 2 M 6, 4 s.

Este proceder de los seléucidas provocó la guerra de liberación de los macabeos. Reconquistaron el T. y volvieron a purificarlo. Lo consagraron y reforzaron las defensas del monte.

La fiesta celebrada en diciembre del año 164 a. C. se conmemorarí­a en adelante como la †œSegunda Fiesta de las Tiendas† o †œFiesta de las Luminarias†. Judas Macabeo escogió sacerdotes celosos de la Ley, que purificaron el Lugar Santo y llevaron las piedras de la contaminación a un lugar inmundo. Luego de reflexionar sobre el altar contaminado, decidieron demolerlo y depositar sus piedras en el monte de la Casa, en un lugar conveniente, hasta que surgiera un profeta que diera respuesta sobre ellas. Tomaron luego piedras sin labrar, como prescribí­a la Ley, y construyeron un nuevo altar como el anterior. Repararon el Lugar Santo y el interior de la casa y santificaron los atrios. Hicieron nuevos objetos sagrados y colocaron dentro del T. el candelabro, el altar del incienso y la mesa. El dí­a veinticinco del noveno mes, llamado kislén, del año ciento cuarenta y ocho, se levantaron al romper el dí­a y ofrecieron, sobre el nuevo altar de los holocaustos que habí­an construido, un sacrificio conforme a la Ley. Fue inaugurado el altar con cánticos, cí­taras, liras y cí­mbalos, en el mismo tiempo y el mismo dí­a en que los gentiles lo habí­an profanado.

Judas de acuerdo con sus hermanos y con toda la asamblea de Israel, decidió que cada año, a su debido tiempo y durante ocho dí­as a contar del veinticinco del mes de kislén, se celebrara con alborozo y regocijo el aniversario de la dedicación del altar. Por aquel tiempo, levantaron en torno al monte Sión altas murallas y fuertes torres para proteger el T., 1 M 4, 42 ss. 3. El templo de Herodes el Grande: Según el historiador Flavio Josefo, Herodes anunció a los judí­os su gigantesco proyecto de demoler el t. de Zorobabel y construir uno nuevo en su lugar. Los judí­os se mostraron escépticos, principalmente porque temí­an que el rey no pudiese financiarlo una vez demolido el antiguo t. Pero Herodes les prometió que no lo demolerí­a hasta que contase con todo lo necesario para la construcción del nuevo. Herodes cumplió su palabra, pues sólo después de haber conseguido un millar de carros para el transporte de las piedras a pie de obra, haber seleccionado diez mil maestros experimentados y haber comprado vestiduras para mil sacerdotes, previamente instruidos en el arte de la canterí­a y de la carpinterí­a, procedió e iniciar las obras.

Herodes no sólo trataba de ganarse el apoyo de los judí­os para su polí­tica, también pretendí­a así­ presentarse a sus ojos como judí­o creyente y cumplidor de la Ley. Amplió la superficie del monte Sión, mediante terraplenes, nivelaciones del terreno y gigantescos muros de contención. El trazado de la actual explanada se corresponde con la planta del complejo herodiano. Toda la zona parecí­a una fortaleza. Un gran número de lápidas en griego y latí­n advertí­an a los judí­os de la prohibición de entrar en él. En el flanco occidental la muralla tení­a cuatro puertas, una de las cuales conducí­a al castillo real a través de un valle; otras dos conducí­an a los suburbios y la cuarta a la ciudad. Un gran número de escalinatas permití­an subir y bajar al valle, pues la ciudad quedaba situada justamente frente al Templo. El cuarto flanco de la muralla, hacia el lado meridional, tení­a también puertas en el centro y una sala real de triple columnata que se extendí­a longitudinalmente desde el lado oriental hacia el occidental del valle, que era cuanto podí­a extenderse.

Sobre el valle se habí­a construido adicionalmente una sala de inconmensurable altura, pues quienquiera que situado encima de la techumbre pretendiese recorrer con la vista ambas alturas, se marearí­a antes de llegar a ver el fondo de tal abismo. Desde un extremo a otro de la sala, se habí­an levantado ciento sesenta y dos columnas formadas en cuatro hileras, estando la cuarta incorporada en un muro de mármol. El grosor de cada columna era tal que tres hombres cogidos de la mano no podí­an abrazarla; su altura era de veintisiete pies y cada una de ellas se asentaba sobre una doble basa. Los capiteles eran de orden corintio. Las vigas de madera del techo tení­an tallas heteromorfas. Y la techumbre central sobresalí­a por encima de las otras dos. Al frente, sobre los capiteles, se alzaba una pared de piedra adornada con columnillas. Así­ era también la primera muralla del Templo y habí­a una segunda hacia el interior, a poca distancia, a la que se tení­a acceso subiendo una escalinata, además tení­a inscripciones que advertí­an a la gente que estaba prohibido entrar so pena de muerte. El recinto tení­a tres puertas equidistantes, en los flancos norte y sur, y una puerta grande por la que podí­an entrar con sus mujeres los judí­os en estado de pureza. La entrada del atrio interno, por el contrario, estaba terminantemente prohibida a las mujeres. Habí­a un tercer recinto interior que estaba reservado a los sacerdotes; era el Templo en sí­, ante el cual se hallaba el altar en que se ofrecí­an a Dios los holocaustos.

Obras después del tiempo de Herodes: Los romanos invadieron el T. después de que los propios judí­os lo incendiaran, al final de la primera guerra judí­a, año 70 d. C. El T. quedó reducido a cenizas, menos lo que se conoce hoy como el Muro de las Lamentaciones. Luego Adriano, el emperador, erigió un t. a Júpiter en el monte Sión. El t. fue destruido en el siglo III, bajo el reinado de Constantino el Grande, quien permitió a los judí­os que acudiesen a orar a la ciudad el dí­a diez de abril de cada año, aniversario de la destrucción del T.

Juliano el Apóstata el emperador anticristiano, ordenó reconstruir el t. judí­o el año 361; con lo que los judí­os pudieron regresar a Jerusalén, pero un terremoto impidió que las obras continuaran, además en el año 363 murió el emperador. A raí­z de entonces, la explanada del T. fue utilizada como escombrera.

Santuario musulmán.

Jerusalén fue conquistada en el año 638. Posteriormente el califa Omar conmemoró el sacrificio de Abraham, orando en la roca del monte Sión. Luego erigió un santuario en el lugar, ya que desde la roca de Abraham, según la tradición musulmana, el profeta Mahoma habí­a subido a los cielos montado en su prodigioso corcel. El santuario hizo que Jerusalén se convirtiera en centro musulmán de peregrinación. Desde la conquista de Jerusalén por el sultán Saladino el año 1187, el monte Ofel pasó a pertenecer a los musulmanes hasta el dí­a de hoy.

Muro de las Lamentaciones. Es lo que queda del T. de Herodes que quedó en pie después del incendio que lo destruyó. Es hasta hoy, el sí­mbolo y monumento que conmemora su destrucción, y es el lugar sagrado por excelencia del judaí­smo. Su denominación se debe a que desde hace siglos acuden a orar ante él los judí­os de la diáspora.

Diccionario Bí­blico Digital, Grupo C Service & Design Ltda., Colombia, 2003

Fuente: Diccionario Bíblico Digital

(heb., hekal, bayith; gr., hieron, naos). Tres templos se levantaron sucesivamente sobre el monte Moriah (2Ch 3:1) en Jerusalén. El primero fue edificado por Salomón, el segundo por Zorobabel y el tercero por Herodes el Grande. La mayorí­a de las antiguas religiones tení­an templos. El templo de Jerusalén era caracterí­stico por no tener un í­dolo en el santuario interior, sino sólo una caja (llamada el arca) que contení­a las dos tablas de la ley, con los querubines simbólicos en adoración encima.

El lugar central del templo en la vida religiosa del antiguo Israel se refleja por toda la Biblia (p. ej., Luk 2:41-51). Los salmos abundan en referencias a él (Psa 42:4; Psa 66:13; Psa 84:1-4; Psa 122:1, Psa 122:9; Psa 132:5, Psa 132:7-8, Psa 132:13-17). El templo era el objeto de aspiración religiosa (Psa 23:6; Psa 27:4-5). Las peregrinaciones al templo traí­an al pueblo de Israel desde los fines de la tierra (Psa 122:1-4; Act 2:5-11). Jesús ejerció allí­ algo de su ministerio (Mat 26:55; Luk 19:45; Joh 7:28, Joh 7:37; Joh 10:23). Los primeros creyentes de Jerusalén también adoraban allí­, hasta que la separación entre Israel y la iglesia quedó completada (Act 3:1; Act 5:12, Act 5:42; Act 21:26-34).

No se conocen restos del templo de Salomón. Era notable por la generosa hermosura del detalle antes que por el gran tamaño. Era accesible sólo a los sacerdotes; los laicos israelitas vení­an a él, pero nunca entraban en él.

Terminado en siete años, fue dedicado en el undécimo año de Salomón, c. de 950 a. de J.C. (1Ki 6:38), y fue destruido cuando los babilonios incendiaron Jerusalén en 587 a. de J.C.

El templo consistí­a de tres secciones:
( 1 ) El Ulam o pórtico, a través del cual se entraba al templo propiamente dicho.
( 2 ) El Hekhal, o lugar santo, iluminado por ventanas de un piso superior (1Ki 6:4). Tení­a 9 m. de ancho, 18 m. de largo y 14 m. de altura. Estaba recubierto de cedro con incrustaciones de oro para aliviar la monotoní­a de la madera y añadir grandiosidad.
( 3 ) El Devir, o lugar santí­simo (2Ch 3:8-13), el santuario interior, un cubo de 9 m., sin ventanas y recubierto de oro. Tení­a un piso levantado y se accedí­a al cubí­culo por medio de escalones desde el Hekhal. Aquí­ Dios manifestaba su presencia especialmente por medio de la nube de gloria.En el atrio delante del templo estaban dos objetos í­ntimamente relacionados con el culto del templo. El altar del holocausto era el objeto central del servicio de sacrificios. Estaba hecho de bronce (2Ch 4:1). Al sur del altar estaba la fuente de bronce, o mar fundido (1Ki 7:22-26; 2Ki 16:17; 2Ch 4:2-6). Tení­a 9 cm. de espesor, unos 4,5 m. de diámetro y 2 m. de altura, y descansaba sobre 12 bueyes, tres mirando en cada dirección.

Indudablemente ciertos cambios tuvieron lugar en el templo durante la monarquí­a hebrea. Ocasionalmente se introdujo idolatrí­a pagana (2Ki 16:10-18; 2Ki 21:4-9; Eze 8:3-18). Reyes piadosos reformaron, reequiparon y rededicaron el templo (2Ch 29:3—2Ch 31:21; 2Ch 34:8-33).

Reyes extranjeros lo invadieron (1Ki 14:25-26; 2Ki 12:18; 2Ki 14:14; 2Ki 18:15-16). Cuando Jerusalén finalmente cayó ante los babilonios en 587 a. de J.C., el templo fue destruido junto con el resto de la ciudad, y su valioso contenido fue llevado a Babilonia (2Ki 25:8-9, 2Ki 25:13-17).

El profeta Ezequiel era también sacerdote. En la primera parte de su libro predice que Dios juzgará a su pueblo idólatra retirando de Jerusalén su presencia, dejando que los gentiles la desolaran. Pero la segunda parte de su libro predice la reversión de esto. Judá e Israel reunidos serán juntados nuevamente. La parte culminante de esta visión es la descripción que el profeta hace del templo de Dios restaurado, con las aguas vivificantes saliendo de él y el pueblo de Dios morando en derredor (Ezequiel 40—48).

El retorno del exilio babilónico (538 a. de J.C.), hecho posible por el decreto de Ciro, fue pequeño y poco prometedor. Los que volvieron eran pocos en número, y sus recursos tan escasos que frecuentemente necesitaban refuerzos de los judí­os que habí­an quedado en Babilonia. El templo que edificaron es un buen ejemplo de esto. Cuando se echaron los cimientos, los ancianos que habí­an visto la primera casa (el templo de Salomón) lloraban en alta voz, pero los jóvenes, que habí­an nacido en el exilio, daban gritos de alegrí­a (Ezr 3:12).

Parece que el lugar santo del nuevo templo tení­a una cortina al frente. Tení­a un candelero, un altar de incienso de oro, y una mesa para el pan de la Presencia.

Otra cortina separaba el Hekhal del lugar santí­simo. Según Josefo, el lugar santí­simo estaba vací­o. Evidentemente el arca habí­a sido destruida en 587 a. de J.C. y nunca fue reemplazada. Una simple plancha de piedra marcaba su lugar.

El Talmud babilónico afirma que faltaban cinco cosas en el nuevo templo: el arca, el fuego sagrado, el shekina, el Espí­ritu Santo y el Urim y el Tumim.

Antí­oco Epifanes, en 168 a. de J.C. buscó eliminar la religión hebrea, robó el mobiliario del templo y lo profanó obligando al sumo sacerdote a sacrificar un cerdo sobre su altar. Esta acción precipitó la revuelta macabea. En 165 a. de J.C. los judí­os, liberados por los macabeos, recapturaron, limpiaron y rededicaron el templo. La historia de la rededicación del templo y la provisión milagrosa de aceite para las lámparas se perpetúan en el festival judí­o de Hanukah.

Herodes el Grande (37-4 a. de J.C.) fue un incansable constructor. Muchas ciudades y templos paganos habí­an sido reedificados por él, y era natural que él quisiera mostrar su propia grandeza reemplazando el modesto templo restaurado por un templo más complejo y mucho más hermoso. Probablemente hubo también otros motivos que le impulsaron, especialmente su deseo de congraciarse con los judí­os más religiosos, quienes se resentí­an por su origen idumeo y su amigabilidad con los romanos.

Herodes comenzó su trabajo en su decimooctavo año (20-19 a. de J.C.). Los judí­os temí­an que el trabajo interrumpiera los servicios en el templo, pero Herodes extremó las precauciones para que ello no sucediera, reedificando por partes la vieja estructura, nunca interrumpiendo las observancias rituales hasta que surgió un templo completamente nuevo. Como sólo los sacerdotes podí­an entrar al templo y al atrio interior, un millar de ellos fueron los carpinteros y albañiles para esa área interior. La casa misma fue terminada en un año y medio; ocho años se emplearon para los edificios que la rodeaban y el atrio, los cuales no se terminaron sino hasta 64 d. de J.C. Los judí­os dijeron a Jesús que el templo habí­a sido construido durante 46 años (Joh 2:20); habí­an de pasar más de 30 años antes de que estuviera realmente terminado, y entonces sólo para ser destruido. Todo habla de la grandiosidad del edificio, que era de mármol blanco, su frente oriental cubierto con placas de oro que reflejaban los rayos del sol naciente.

Al entrar al área del templo, uno llegaba a cuatro atrios sucesivos con sus muros que rodeaban el templo, cada uno más exclusivo que el de más afuera.

El primero era el atrio de los gentiles. No era lugar santo, y se permití­a a los no judí­os estar allí­. Aquí­ se compraba y se vendí­a; fue aquí­ donde Jesús limpió el templo (Joh 2:14-17). Dentro del atrio de los gentiles estaban situados el templo y los atrios interiores, edificados sobre una plataforma elevada 7 m.

sobre el piso del atrio exterior. Habí­a escaleras para llegar a esta plataforma.

Rodeándola habí­a un muro de piedra en el cual se habí­an colocado piedras con inscripciones en gr. y en lat., prohibiendo la entrada a los no judí­os, bajo pena de muerte. Se han encontrado varias de estas piedras (comparar Act 21:26-28).

Sobre la plataforma estaba el atrio interior. Era el precinto del templo y tierra santa. Sólo el pueblo del pacto podí­a entrar aquí­. Estaba rodeado por un alto muro, y contra el lado interior de este muro se habí­an edificado depósitos y columnas. En algunos de estos depósitos se guardaban ataví­os rituales y se cree que el Sanedrí­n se reuní­a en uno de ellos. El atrio interior estaba dividido en dos partes desiguales por una pared que lo cruzaba de norte a sur. La parte oriental y más pequeña era el atrio de las mujeres. Aquí­ se permití­an tanto mujeres como hombres, y aquí­ estaban ubicadas 13 cajas como trompetas invertidas en las cuales se depositaban las ofrendas para los servicios del templo. Fue en este lugar donde Jesús elogió a la viuda pobre que dio sus dos monedas de cobre (Mar 12:41-44). Por razones de pureza ceremonial sólo los hombres eran permitidos en el área occidental, que contení­a en su centro el templo propiamente dicho. Alrededor del templo estaba el atrio de los sacerdotes que contení­a el altar del holocausto y el lavatorio. Alrededor del atrio de los sacerdotes estaba el atrio de Israel, accesible a todos los varones judí­os. Aquí­ se reuní­an los hombres cuando transcurrí­a el servicio para orar y observar la ofrenda de los sacrificios (Luk 1:10).

En el centro de todos estos atrios dentro de atrios, estaba el templo mismo, elevado 12 escalones por encima del atrio de los sacerdotes. Tal vez la inaccesibilidad prohibitiva del santuario estaba en el pensamiento de Pablo cuando dijo que Cristo derribó la barrera de división, es decir, la hostilidad para llevar a los gentiles al compañerismo del pueblo de Dios (Eph 2:14).

Entre el Hekhal y el Devir, o lugar santí­simo, colgaban dos cortinas con una separación entre ellas de 46 cm. En el dí­a de la Expiación el sumo sacerdote entraba al Devir con su incensario yendo por el lado sur, pasando entre las cortinas por el lado norte, y entrando así­ al lugar santí­simo. Los Evangelios se refieren a estas cortinas como un velo que se rasgó en dos al tiempo de la crucifixión de Jesús (Mat 27:51; Mar 15:38; Luk 23:45).

El Devir estaba vací­o, y entraba al mismo el sumo sacerdote sólo una vez al año, el dí­a de la Expiación.

Un recinto superior, de 19 m. de altura, cubrí­a las dos cámaras del templo.

Desde este recinto los obreros eran bajados en cajas para efectuar las reparaciones necesarias. Esto se hací­a probablemente para evitar transitar innecesariamente a través de la casa sagrada. Como en el de Salomón, en el templo de Herodes habí­a depósitos laterales, excepto en el frente del este donde estaba el pórtico. Estos depósitos se usaban para almacenar y para residencia de los sacerdotes que oficiaban. No habí­a luz natural dentro de este templo, ni del techo ni de ventanas. Para su iluminación dependí­a de las lámparas.

Al frente del templo, en el atrio de los sacerdotes, estaba el altar del holocausto. Se cree que este altar estaba sobre la gran roca hoy cubierta por el edificio llamado Cúpula de la Roca en la explanada que se conoce como Haram esh-Sharif. Este edificio estaba construido con piedras sin labrar.

Siempre habí­a un fuego ardiendo sobre el altar. En la esquina sudoeste habí­a un canal de desagüe para la sangre, hacia el valle de Quedrón. Al norte del altar habí­a 24 argollas fijas sobre el piso. A éstas se ataban las ví­ctimas para el sacrificio, las cuales eran muertas cortándoles el cuello. Aún más al norte habí­a pilares con ganchos de hierro sobre los que se colgaban las reses muertas para prepararlas. Si esto hoy nos recuerda un negocio de carnicerí­a más que a un lugar de adoración, debemos recordar que estas antí­tesis no hubiesen tenido significado alguno en el mundo bí­blico. No solamente los sacerdotes viví­an comiendo muchas de las ví­ctimas sacrificadas, sino que además cualquier matanza de un animal para alimentarse, en cualquier lugar, era considerada una clase de acto religioso (un sacrificio) y habí­a ciertos ritos prescriptos.

Al sur del altar de los sacrificios estaba el lavatorio, o vasija para lavarse, donde los sacerdotes lavaban sus manos y sus pies. El agua era proporcionada por cañerí­as desde la fuente del templo.

El templo fue incendiado cuando Jerusalén cayó bajo los ejércitos romanos en agosto del año 70 d. de J.C. Pinturas del Arco Triunfal de Tito en Roma muestran soldados sacando el mobiliario del templo como botí­n. Esta destrucción hizo completa y final la separación entre el templo y la iglesia, y ayudó así­ a establecer a la iglesia como una religión completamente separada de Israel. Los primeros creyentes vieron en este cese de los ritos judí­os como una prueba de la validez de la demanda de Cristo de ser el Redentor tipificado en la ley ceremonial del AT.

En el NT el término templo se usa figuradamente en numerosas maneras. Jesús habló del templo de su cuerpo (Joh 2:19, Joh 2:21). El creyente individual es un templo (1Co 6:19). Así­ también lo es la iglesia; pero este templo, a diferencia del terrenal, es igualmente accesible a todos los creyentes (Heb 6:19; Heb 10:20), liberado ahora por Cristo de las limitacions rituales del viejo pacto (Eph 2:14). El libro de Hebreos (especialmente los capí­tulos 7—10) expone en gran plenitud acerca de Cristo como el cumplimiento de la tipologí­a del templo y su ritual. La culminación de esta idea del mejor pacto se ve en la Nueva Jerusalén, en la cual en su visión Juan no vio en ella templo, porque el Señor Dios Todopoderoso, y el Cordero, es el templo de ella (Rev 21:22).

Fuente: Diccionario Bíblico Mundo Hispano

Véase ARQUITECTURA.

Fuente: Diccionario Bíblico Arqueológico

(morada de Dios, Hec 17:24).

E1 “Templo” para el pueblo de Israel era “la morada de Dios”, simbolizado en el “Arca”. Se diferencia de la “Sinagoga” en que ésta es “lugar de reunión o asamblea”, no morada de Dios.

(Ver “Sinagoga”).

En el Cristianismo, hoy dí­a, muchos edificios Protestantes son “sinagogas”, lugares de reunión y oración, donde no “habita Dios”. los Católicos, son “templos”, moradas de Dios”, pero muchos no son “sinagogas”, no hay comunidad, ni siquiera se conocen los miembros entre sí­.

En el Monte Moriah de Jerusalén hubo tres templos.

1- El Templo de Salomón: Era exactamente como el Tabernáculo, solo que con magnificencia y suntuosidad.

– El “Lugar Santo”, tení­a, como el Tabernáculo, la mesa para los panes de la proposición, el altar de incienso, y, en vez de uno, tení­a 10 candelabros de oro; y a él sólo podí­an entrar los sacerdotes: (1Re 7:48).

– El “Lugar Santí­simo”, o “Santo de los Santos”, tení­a el mismo “Arca” que el Tabernáculo, con los dos querubines de oro; a él sólo podí­a entrar el Sumo Pontí­fice una vez al año.

– Tení­a un “vestí­bulo” antes de entrar al Lugar Santo, y a los lados habitaciones para los funcionarios del Templo: (esto no lo habí­a en el Tabernáculo).

– Alrededor del Templo habí­a un patio o “atrio”, que como en el Tabernáculo, tení­a el gran Altar para los sacrificios diarios, y la fuente de las abluciones. Y alrededor de este patio, habí­a otro exterior, más grande, para Israel, el “atrio exterior”: (1Re 6:7). Fue destruido e incendiado por los Babilonios: (2Re 25:8-17, Jer 25:12-23).

2- El Templo de Zorobabe: Construfí­do en el mismo sitio, sin tanta suntuosidad: (Esd.6).

3- Herodes lo reconstruyó, y agrandó, con 4 Atrios o patios: El de los sacerdotes, el de los hombres, el de las mujeres judí­as, y el de los gentiles.

Herodes comenzó los trabajos el año 20 a.C., y el Templo fue incendiado y arrasado el año 70 d.C., cuando el Emperador Romano, Tito, destruyo la ciudad de Jerusalén, como habí­an profetizado Cristo y los Profetas: (Mat 24:1-2 0s.3:4, Amo 7:9, Is.l:ll, Ma12Cr 1:10, Dan 8:11, Dan 9:27, Dan 11:31, Dan 11:12 :I1).

templos Cristianos: En la Cristiandad también hay “Templos”, “moradas de Dios”, ¡y miles, en todo el mundo!. ¡y con una gran diferencia!: El Templo de Israel contení­a en el “Arca” los sí­mbolos de la “presencia de Dios”: El maná, la tablas de la ley, y la vara de Aarón. en los Templos Cristianos está Dios “presente realmente” en el Santí­simo Sacramento del Altar; Jesucristo realmente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad: (Jua 6:4858, Mt.26, Mc.14, Lc.22, 1Co 11:23 30).

Muchos edificios Protestantes no son Templos: (moradas de Dios), no tienen altar, sacrificio, ni Tabernáculo, ni sacerdotes. son sólo “salones de reunion y oración”: (sinagogas). en ellos ya ha ocurrido la “Abominable Desolación” que ocasionará el Anticristo, de la que habla Jesús, según la habí­a profetizado en 4 sitios el Profeta Danie: (Mat 24:15, Dan 8:11-19, Dan 9:26-27, Dan 11:31Dan 12:11).

Cada Cristiano, ¡un templo! Así­ nos lo dice la Biblia: Cada Cristiano es Morada de Dios Padre, Sagrario de Jesucristo y Templo del Espí­ritu Santo, ¡qué maravilloso!: Los hombres hacen templos a Dios, y Dios hace de los hombres templos, ¡y de las mujeres!, aleluya: (Jua 14:23, Jua 14:17, 1Co 3:16, 1Co 6:19).

Cuando el cristiano peca, profana el templo de su cuerpo, instalándose en él Satanás. Así­ es que cada persona en el mundo somos o “templos de Dios” o “templos de Satanás”. o “hijos de Dios” o “hijos del diablo”: (1Jn 3:10).

Diccionario Bí­blico Cristiano
Dr. J. Dominguez

http://biblia.com/diccionario/

Fuente: Diccionario Bíblico Cristiano

El †¢tabernáculo estuvo en diversos lugares de Israel hasta que David decidió trasladarlo a Jerusalén (†œMetieron, pues, el arca de Jehová, y la pusieron en su lugar en medio de una tienda que David le habí­a levantado† [2Sa 6:17]). Pero no se quedó conforme con esto, pues sentí­a que él viví­a en una casa cómoda, mientras que el arca estaba en una tienda. Por lo cual dijo al profeta †¢Natán: †œMira ahora, yo habito en casa de cedro, y el arca de Dios está entre cortinas† (2Sa 7:2). Aunque inicialmente el profeta alentó a David en su propósito de levantar un t. para Dios, más tarde recibió la revelación de que no serí­a David quien lo harí­a, sino su hijo, lo cual comunicó al rey (2Sa 7:12-13). David adquirió los terrenos de †¢Arauna en ocasión de una crisis causada por él mismo (†œY edificó allí­ David un altar a Jehová … y cesó la plaga† [2Sa 24:25]). Como consecuencia de esto, decidió que ese serí­a el lugar donde se construirí­a el t. (1Cr 22:1). La tradición judí­a, basándose en 2Cr 3:1, piensa que este es el mismo lugar donde Abraham fue a ofrecer a su hijo †¢Isaac en sacrificio. Aunque David sabí­a que no serí­a él quien levantarí­a el t., hizo cuanto pudo por acumular materiales que se utilizarí­an en el proyecto (1Cr 22:2-3, 1Cr 22:14-16).

En efecto, fue su hijo †¢Salomón quien comenzó la obra. Para ello buscó la ayuda de los experimentados fenicios, a través de su alianza con †¢Hiram. Los fenicios habí­an construido muchos templos, tanto en Tiro como en Chipre y otras partes, así­ como mercados y obras portuarias. Hiram envió madera de †¢cedro y madera de †¢ciprés por ví­a marí­tima, así­ como a expertos en metalurgia, entre ellos a †¢Hiram-abi. También canteros, albañiles y carpinteros. Salomón pagaba por esto en trigo y aceite (1Re 5:2-18; 2Cr 2:1-18). Para conseguir la mano de obra necesaria, †œel rey Salomón decretó leva en todo Israel; y la leva fue de treinta mil hombres†, más unos ciento cincuenta mil cananeos que fueron también forzados como cargadores y cortadores (1Re 5:13-18). La etapa de construcción tomó unos siete años (1Re 6:1, 1Re 6:38), y se inauguró con una gran festividad que duró catorce dí­as (1Re 8:65; 2Cr 7:8).
diseño del t. siguió ciertos lineamientos del tabernáculo. Pero el edificio principal tení­a una forma oblonga en la cual habí­a tres compartimientos. Primeramente, un pórtico o vestí­bulo, que era llamado ulam, luego el cuarto para el ministerio sacerdotal, el hekhal. y finalmente el Lugar Santí­simo (Devir). En cuanto al mobiliario del tabernáculo, se encuentran todos reproducidos en el t., pero con diferentes dimensiones, excepto el arca, que era la misma.

Altar de bronce. Se aumentaron las medidas de este altar (2Cr 4:1). Esto se debí­a al hecho de que ya no habí­a necesidad de transportarlo de un lugar a otro y, además, porque se necesitaba algo más grande para la cantidad de holocaustos que se esperaban. Tiempo después, el rey †¢Acaz copió un altar asirio que vio en †¢Damasco y lo puso en lugar del altar de Jehová, profanando éste y poniéndolo †œal lado del altar hacia el N† (2Re 16:10-14), pero ésto fue corregido por †¢Ezequí­as (2Cr 29:18-19). †¢Manasés, después de su arrepentimiento, lo reparó (2Cr 33:16).
altar fue destruido por los caldeos en tiempos de †¢Nabucodonosor. Ezequiel, siendo un sacerdote exiliado en Babilonia, profetizó de un altar del cual ofrece las dimensiones en Eze 43:13-17. En las reconstrucciones de Esdras se levantó de nuevo el altar en Jerusalén (Esd 3:2-3). Los Macabeos lo demolieron después de haber sido contaminado por gentiles y erigieron otro †œcomo prescribí­a la ley† (1Ma 4:47). Más tarde †¢Herodes harí­a el altar con medidas aun más grandes que las que usó Salomón y colocando un pequeño canal subterráneo que llevaba los desperdicios hacia el torrente de †¢Cedrón. Este altar fue el que existí­a cuando el Señor Jesús visitaba el T..
altar era algo muy santo, por lo cual †œcualquier cosa que tocare el altar, será santificada† (Exo 29:37). Por eso †¢Adoní­as, buscando librarse de la muerte, †œse asió de los cuernos del altar†, y Salomón lo perdonó en ese momento (1Re 1:50-53). Lo mismo hizo †¢Joab, pero no recibió ese perdón (1Re 2:28-34). En tiempos del Señor Jesús los fariseos decí­an que †œsi alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor†. El Señor indicó la vanidad de ese pensamiento, por cuanto el altar santifica †œtodo lo que está sobre él† (Mat 23:18-20). Siendo el altar un lugar de reconciliación con Dios, debemos venir a él reconciliados previamente con nuestros hermanos (Mat 5:23-24).

El mar de bronce. También esto fue hecho con mayores dimensiones en comparación con el †¢tabernáculo, Salomón hizo un †œmar de bronce†, una enorme fuente. †œHizo fundir … un mar de diez codos de un lado al otro, perfectamente redondo; su altura era de cinco codos† y descansaba sobre doce bueyes, también de bronce (1Re 7:23-25). Tení­a una capacidad de tres mil batos (111.000 litros). El bronce habí­a sido obtenido por David como botí­n en la guerra contra †¢Hadad-ezer (1Cr 18:8). Más tarde, los bueyes fueron quitados por el rey †¢Acaz para pagar con ellos un tributo a †¢Tiglat-pileser (2Re 16:17). Los caldeos quebraron el mar de bronce y se lo llevaron para Babilonia (2Re 25:13-16).

El candelero. En el t. de Salomón las dimensiones exigí­an más iluminación, por lo cual éste, además del candelero tradicional, puso cinco candeleros de oro puro a ambos lados del Lugar Santo (1Re 7:49). Algunas tradiciones judí­as dicen que cuando la destrucción de Jerusalén y el t. por los caldeos, el candelero fue escondido por Jeremí­as en un lugar secreto. Otros dicen que fue traí­do al regreso del exilio, cuando se construyó el segundo t.. Lo que se sabe con más certeza es que en el año 169 a.C. †¢Antí­oco Epí­fanes se llevó el candelero del t. (1Ma 1:23). †¢Judas Macabeo hizo otro, que inicialmente era de hierro recubierto de oro y que fue sustituido por otros más preciosos según lo permitió la capacidad del pueblo. Este fue el que vieron Pompeyo y sus soldados en Jerusalén y que estaba en el t. reconstruido por †¢Herodes el Grande. Cuando los romanos destruyeron la ciudad y el t., su general Tito usó este candelero en su desfile triunfal en Roma, lo cual está grabado en el arco conmemorativo de la ocasión. Se señala que este candelero del Arco de Tito tiene una base octogonal doble en la cual hay figuras de animales, por lo cual se piensa que debe ser una adición del artista o que la base original se rompió en el transporte a la ciudad y se le añadió la que se ve hoy. Ningún judí­o hubiera puesto figuras de animales en la base del candelero porque le estaba prohibido (Deu 4:12-18).

El altar del incienso. En el t. de Salomón la madera que se usó para el altar del incienso fue †¢cedro (1Re 6:20). Se consideró una gran ofensa cuando †¢Uzí­as entró †œen el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso†, por lo cual fue castigado con lepra (2Cr 26:16-19). Esto fue así­ porque la función de quemar incienso estaba reservada a los descendientes de Aarón. Eso era lo que hací­a †¢Zacarí­as, el que serí­a padre de Juan el Bautista, cuando recibió la visión de †œun ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso† (Luc 1:10-11). El incienso que se quema y se eleva hacia el cielo es tomado como sí­mbolo de la oración. †œSuba mi oración delante de ti como el incienso† (Sal 141:2). En Apocalipsis se presenta el altar de oro o del incienso †œdelante del trono†, lleno de †œlas oraciones de todos los santos† (Apo 8:3).
velo. También en el t. habí­a un velo que separaba el Lugar Santo del Lugar Santí­simo (2Cr 3:14). Cuando murió el Señor Jesús †œel velo del templo se rasgó por la mitad† (Mat 27:51; Mar 15:38; Luc 23:45). Esto aparece interpretado en Heb 10:19-22, donde se nos dice que ahora, por la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, †œtenemos libertad para entrar en el Lugar Santí­simo†.

El arca. Salomón colocó el arca en el Lugar Santí­simo. En ese momento sólo habí­a en ella las dos tablas de la ley (1Re 8:5-9, 1Re 8:21; 2Cr 5:10). El profeta Jeremí­as llegó a decir que cuando Israel se arrepintiera vendrí­an dí­as de abundancia en los cuales †œno se dirá más: Arca del pacto de Jehová; ni vendrá al pensamiento, ni se acordarán de ella, ni la echarán de menos, ni se hará otra† (Jer 3:16).

¿Qué sucedió con el arca cuando los caldeos destruyeron el t.? Se nos dice que todos los utensilios fueron tomados y llevados a Babilonia, pero no se menciona el arca por nombre (2Re 25:13-17). Sin embargo, en 2Ma 2:4-7 leemos: †œSe decí­a también en el escrito cómo el profeta (Jeremí­as), después de una revelación, mandó llevar consigo la tienda y el arca; y cómo salió hacia el monte donde Moisés habí­a subido para contemplar la heredad de Dios. Y cuando llegó Jeremí­as, encontró una gruta a modo de estancia; allí­ metió la tienda, el arca y el altar del incienso, y tapó la entrada†. Se añade que estos objetos sagrados permanecerí­an escondidos †œhasta que Dios vuelva a reunir a su pueblo y le sea propicio†.
t. descrito en las visiones de Ezequiel no menciona el arca. No hay constancia de que en el segundo t. existiera un arca. Tampoco se tienen noticias de que Herodes incluyera un arca en sus obras allí­. Pero en la revelación que recibió Juan se lee: †œY el t. de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veí­a en el t.† (Apo 11:19).

Las vicisitudes del t. Cuando el reino se dividió, †¢Jeroboam levantó dos lugares de adoración en el Reino del Norte, con la intención de evitar que sus súbditos fueran al t. en Jerusalén. Luego vinieron varios acontecimientos lamentables, siendo el primero la invasión del faraón †¢Sisac, quien †œtomó los tesoros de la casa de Jehová, y los tesoros de la casa real† (1Re 14:26). El rey Asa sacó †œla plata y el oro de los tesoros de la casa de Jehová y de la casa real y envió a Ben-adad rey de Siria† para que rompiera su alianza con †¢Baasa, rey de Israel (2Cr 16:2-3). Lo mismo hizo †¢Joás para pagar tributo a †¢Hazael, rey de Siria (2Re 12:18). Pero debe apuntarse en favor de Joás que bajo la influencia del sumo sacerdote †¢Joiada, se puso un arca con un agujero en la tapa, donde se poní­a †œtodo el dinero consagrado†. Luego ésta se abrí­a y con esos fondos se efectuaban reparaciones en el t. (2Re 12:1-10). †¢Joás, rey de Israel, tomó la ciudad de Jerusalén y se llevó †œtodo el oro, y la plata, y todos los utensilios que fueron hallados en la casa de Jehovᆝ (2Re 14:14). El rey †¢Ezequí­as †œquitó el oro de las puertas del t. de Jehová … y lo dio al rey de Asiria [Senaquerib]† (2Re 18:16). Luego los caldeos invadieron y tomaron dos veces a Jerusalén. En la primera ocasión, †¢Nabucodonosor se llevó a Babilonia algunos †œutensilios de la casa de Jehová, y los puso en su t. en Babilonia† (2Cr 36:7). En la segunda ocasión, †œquemó la casa de Jehová …. Y quebraron los caldeos las columnas de bronce … y las basas, y el mar de bronce …. Llevaron también los calderos, las paletas, las despabiladeras, los cucharones, y todos los utensilios de bronce … incensarios, cuencos, los que de oro, en oro, y los que de plata, en plata; todo lo llevó el capitán de la guardia† (2Re 25:9-16).

El segundo t. Catorce años después el profeta †¢Ezequiel anunció que el t. serí­a reconstruido. En los capí­tulos 40 al 48 habla sobre ello, describiendo las visiones que habí­a tenido. Otra profecí­a señalaba que serí­a †¢Ciro quien permitirí­a su reconstrucción (†œ… que dice de Ciro: Es mi pastor, y cumplirá todo lo que yo quiero, al decir a Jerusalén: Serás edificada; y al t.: Serás fundado† [Isa 44:28]). Jeremí­as profetizó que el retorno a Jerusalén sucederí­a setenta años después del comienzo del exilio (Jer 29:10). Los libros de †¢Esdras y †¢Nehemí­as relatan el retorno y lo acontecido entonces. Ciro emitió un decreto ordenando: †œQuien haya entre vosotros de su pueblo, sea Dios con él, y suba a Jerusalén que está en Judá, y edifique la casa a Jehová Dios de Israel† (Esd 1:4). La obra de reconstrucción del t. se atribuye a †¢Zorobabel y Jesúa ( †¢Esdras, Libro de). El t. vino a ser terminado en tiempos del rey †¢Darí­o I, en el 515 a.C. No se tienen detalles sobre las estructuras reconstruidas y su entorno, pero se sabe que alrededor del edificio principal habí­a dos patios en los cuales se construyeron diferentes cámaras, puertas y una plaza pública. La pobreza de los nuevos habitantes de Jerusalén no podí­a, por supuesto, adornar el nuevo t. en la misma forma en que se hizo originalmente. Por eso, †œmuchos de los sacerdotes, de los levitas y de los jefes de casas paternas, ancianos que habí­an visto la casa primera, viendo echar los cimientos de esta casa, lloraban en alta voz† (Esd 3:12). Nehemí­as desempeñó un importante papel en el restablecimiento ordenado del culto (Neh 13:29-31).
la conquista de †¢Alejandro Magno, Simón el Justo construyó defensas alrededor del t., especialmente la pared occidental, que lo separaba del resto de la ciudad. También preparó una gran cisterna como reserva de agua dentro del recinto. Esto está registrado en el libro apócrifo de †¢Eclesiástico, donde dice: †œSimón, hijo de Oní­as, el sumo sacerdote, fue el que durante su vida reparó el t. … Echó los fundamentos de doble altura, el alto contrafuerte del muro del t.. En sus dí­as fue excavado el estanque de las aguas, estanque semejante al mar por su capacidad† (Eco 50:1-3).
reyes de origen griego trataron bien el t. y a sus oficiales, hasta que se presentó el problema del intento de helenización que llevó a cabo †¢Antí­oco IV Epí­fanes. Este rey se llevó los tesoros del t., prohibió la práctica del culto a Jehová, llegando incluso a levantar un altar a †¢Zeus Olí­mpico en el t., a lo cual se le llamó la †œabominación desoladora†. Además, hizo construir una fortaleza frente al t., llamada el Acra, y dejó allí­ una guarnición. Los judí­os reaccionaron con la famosa rebelión de los Macabeos. Generalmente se acepta que Daniel profetizó muchos de estos eventos (Dan 11:21-39). Cuando triunfaron los esfuerzos de Judas Macabeo y el t. fue conquistado y purificado, se instituyó la fiesta de †¢Hanukkah” (1Ma 4:58-59; 2Ma 1:9; 2Ma 2:16-18). †œJudas, sus hermanos y toda la asamblea de Israel…. Por entonces fortificaron también el monte Sion con murallas y fuertes torres, para que, si volví­an los gentiles, no las pudieran destruir, como habí­a sucedido…† (1Ma 4:59-60). Estas defensas estaban dirigidas, entre otras cosas, en contra de la fortaleza del Acra, todaví­a en manos de soldados seléucidas. Aunque más tarde volvió la soberaní­a seléucida sobre la ciudad, los cultos en el t. continuaron. Más tarde, en tiempos de Simeón el asmoneo, la fortaleza de Acra fue tomada y destruida.

El t. de Herodes. Cuando Pompeyo conquistó Jerusalén, penetró hasta el Lugar Santí­simo del t., pero dejó todo sin tocar. Sin embargo, otro general romano, llamado Craso, se llevó los tesoros del t. años después. Pero †¢Herodes el Grande, en el año decimoctavo de su reinado, decidió reconstruir el t. Para ello acumuló previamente gran cantidad de materiales que, a la vista de todo el pueblo, señalaban que la obra serí­a grandiosa. Una gran cantidad de sacerdotes fueron entrenados para trabajar en la obra de la construcción en la parte interior del t., donde se prohibí­a la presencia de personas que no fueran sacerdotes. Todo fue hecho con extremo cuidado, procurando cumplir con las costumbres y las leyes judí­as. La superficie del monte fue aumentada. Para ello se levantaban muros y luego se rellenaban los espacios. El santuario mismo fue hecho más grande. Las piedras que se usaban eran de color blanco. Los trabajos duraron unos cuarenta y seis años (†œEn cuarenta y seis años fue edificado este t., ¿y tú en tres dí­as lo levantarás?† [Jua 2:20]).
recinto del t. tení­a cuatro puertas, aunque en alguna época llegaron a ser siete. Dentro del recinto, tras las murallas, existí­a una gran explanada a la cual tení­an acceso todas las personas, inclusive gentiles. Este lugar era llamado el atrio de los gentiles. Allí­ estaban los cambistas y los vendedores de animales que el Señor Jesús echó fuera (Mat 21:12-14). Existí­an pórticos formados por columnas que levantaban un techo plano. Uno de esos pórticos conectaba con la †¢torre Antonia. Otro, en la parte E, era el conocido como †œpórtico de Salomón†, donde los judí­os importunaron al Señor Jesús, diciéndole: †œ¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dí­noslo abiertamente† (Jua 10:22-24). Por ese pórtico se podí­a llegar al llamado †œatrio de las mujeres†, un lugar al descubierto en cuyas cuatro esquinas habí­a cámaras pequeñas que no tení­an techo. El atrio de las mujeres disponí­a de una especie de balcón desde el cual las mujeres podí­an mirar ciertas celebraciones. Cuatro puertas conducí­an al atrio de las mujeres, cada una con su nombre. La que daba al lado occidental era llamada la puerta de Nicanor. Josefo la denomina la puerta Corintia, quizás porque estaba recubierta de latón reluciente ricamente adornado. Lucas la llama †œla Hermosa† (Hch 3:2).
atrio de las mujeres se ascendí­a al atrio de los israelitas, adonde podí­an entrar los varones. El atrio de los sacerdotes estaba separado allí­ por una pared alta, encima de la cual se exhibí­an trofeos de las conquistas asmoneas y otros dados por Herodes. Es probable que a ellos se refirieran los que †œhablaban de que el t. estaba adornado de hermosas piedras y ofrendas votivas…† (Luc 21:5). En el atrio de los sacerdotes, que rodeaba completamente el edificio del santuario, se celebraban mayormente los sacrificios. El santuario propiamente dicho era más ancho en la parte frontal que en la trasera. La fachada era totalmente cuadrada y estaba adornada por cuatro columnas de capitel corintio. El techo era plano. El interior del santuario estaba recubierto de oro. Allí­ estaban el altar del incienso, la mesa de los panes de la proposición y el candelero. Unos treinta y ocho compartimientos, construidos en tres niveles rodeaban el edificio central. El Lugar Santí­simo era cuadrado, con dos cortinas que lo separaban del santuario. No habí­a allí­ ningún objeto, pero sólo el sumo sacerdote entraba en él una vez al año para ofrecer incienso.

El Señor Jesús y el t. Jesús fue traí­do al t. por sus padres cuando era un bebé †œpara presentarlo al Señor† (Luc 2:22-24). Sus padres iban †œtodos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua† (Luc 2:41). Siendo de doce años, se quedó unos tres o cuatro dí­as, sin el permiso de †¢José y †¢Marí­a, que lo encontraron †œen el t., sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles…† (Luc 2:46). En el comienzo de su ministerio público, †¢Satanás le tentó llevándole †œa la santa ciudad… le puso sobre el pináculo del t.†, donde le propuso que hiciera una manifestación de poder, a lo cual Cristo se negó (Mat 4:5-7). En sus visitas a Jerusalén, el Señor predicaba en el t. (Mar 14:49). En una ocasión llegó a decir que él era †œmayor que el t.†, lo cual asombró a sus oyentes (Mat 12:1-6). Después de su entrada triunfal en Jerusalén, el Señor entró en el t. †œy echó fuera a todos los que vendí­an y compraban en el t., y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendí­an palomas; y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones† (Mat 21:12-14; Mar 11:15-17; Luc 19:45-47; Jua 2:13-16). Los judí­os le preguntaron: †œ¿Qué señal nos muestras, ya que haces esto? Respondió Jesús y les dijo: Destruid este t. y en tres dí­as lo levantar醝. Por supuesto, no entendieron que él †œhablaba del t. de su cuerpo…† (Jua 2:18-19). En cierto momento, mientras enseñaba en el t., por haber dicho: †œAntes que Abraham fuese, yo soy†, quisieron apedrearlo, †œpero Jesús se escondió y salió del t.† (Jua 8:58-59). Cuando sus discí­pulos le mostraron con admiración †œlos edificios del t.†, el Señor les respondió: †œ¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada† (Mat 24:1-2; Mar 13:1-2; Luc 21:5-6). Profetizó entonces: †œ… cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel … entonces los que estén en Judea, huyan a los montes† (Mat 24:16). Las profecí­as del Señor se cumplieron al pie de la letra cuando los judí­os se rebelaron contra los romanos y Jerusalén y el t. fueron destruidos por †¢Tito en el año 70 d.C.
í­ como †¢Ezequiel tuvo visiones sobre un t. futuro, el apóstol †¢Juan habla repetidas veces de un t. en el Apocalipsis (Apo 3:12; Apo 7:15; Apo 11:1-19; Apo 14:15-17; etc.).

El t. como sí­mbolo. La enseñanza del NT es que †œel Altí­simo no habita en t. hechos de mano† (Hch 7:48). El creyente es la morada de Dios (†œ¿No sabéis que sois t. de Dios, y que el Espí­ritu de Dios mora en vosotros?† [1Co 3:16]). Dios habita en el cuerpo del creyente (†œ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es t. del Espí­ritu Santo, el cual está en vosotros…?† [1Co 6:19; 2Co 6:16]). El conjunto de los creyentes, es decir, la Iglesia, forma el cuerpo de Cristo (†œ… edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un t. santo en el Señor … para morada de Dios en el Espí­ritu† (Efe 2:20-22).

Fuente: Diccionario de la Biblia Cristiano

tip, CONS TIPO

ver, SALOMí“N, CANDELERO, PAN DE LA PROPOSICIí“N, ALTAR, BRONCE (Mar de), EZEQUIEL (Libro)

vet, Significa, en un sentido general, todo edificio destinado a un culto (Jl. 3:5; Esd. 1:7; 5:14; Hch. 19:27). Sinónimo de Tabernáculo en 1 S. 1:9; 3:3; 2 S. 22:7; cfr. Ap. 15:5). Sin embargo, este término se aplica con mayor frecuencia al Templo de Jerusalén, en sus sucesivas construcciones, erigido para el culto al Señor. (a) El Templo de Salomón. David se propuso reemplazar el tabernáculo portátil por un edificio permanente, y reunió la mayor parte de los materiales necesarios para este fin (2 S. 7; 1 R. 5:3-5; 8:17; 1 Cr. 22; 28:11-29:9). Reunió cien mil talentos de oro, un millón de talentos de plata (1 Cr. 22:14), y a ello añadió tres mil talentos de oro y siete mil de plata de su propia fortuna. Los prí­ncipes aportaron cinco mil talentos de oro, diez mil dáricos de oro, y diez mil talentos de plata (1 Cr. 29:4, 7). El total vino a ser de ciento ocho mil talentos de oro, diez mil dáricos de oro, y un millón diecisiete mil talentos de plata. David se habí­a enriquecido mediante sus conquistas, y los pueblos que le estaban sometidos le pagaban tributo; de esta manera, pudo poner a disposición de Salomón metales de gran precio que le serí­an más que suficientes para la construcción del Templo (1 R. 7:51; 2 Cr. 5:1). Para la extraordinaria riqueza de este rey, véase SALOMí“N. El edificio comenzó a ser edificado en el año cuarto de Salomón, y fue acabado en siete años y seis meses (1 R. 6:1, 38). La alianza de Salomón con Hirán, rey de Tiro, facilitó al rey de Israel las maderas del Lí­bano y artesanos fenicios. Salomón hizo una leva de treinta mil israelitas, que iban a trabajar al Lí­bano, a turnos de diez mil cada mes (1 R. 5:13). Entre los descendientes de los cananeos del paí­s de Israel, Salomón hizo una leva forzosa de ciento cincuenta mil hombres (1 R. 5:15; 9:20, 21; 2 Cr. 2:2, 17, 18). Habí­a quinientos cincuenta jefes de obra y tres mil trescientos capataces (1 R. 5:16; 9:23); de ellos, tres mil seiscientos eran cananeos y doscientos cincuenta israelitas (2 Cr. 2:18; 8:10). El Templo fue erigido sobre la colina de Moria, sobre el emplazamiento de la era de Ornán el jebuseo (2 Cr. 3:1). El plan del Templo reproducí­a el del Tabernáculo, pero sus dimensiones eran dobles y la decoración más suntuosa. El interior medí­a sesenta codos de longitud por veinte de anchura y treinta de altura (1 R. 6:2); la altura diferí­a así­ en proporción a la del Tabernáculo. Los muros estaban hechos de piedras totalmente talladas en la cantera (1 R. 6:7); la techumbre era de cedro (1 R. 6:9). El suelo estaba hecho con planchas de madera de ciprés, y las paredes fueron recubiertas de cedro, del suelo al techo (1 R. 6:15; 2 Cr. 3:5). Todo el interior estaba recubierto de oro (1 R. 6:20, 22, 30; 2 Cr. 3:7, etc.). Sobre las paredes se esculpieron querubines, palmeras y flores. El Lugar Santí­simo (“debir”) era un cubo de veinte codos de arista (1 R. 6:16, 20). El espacio de diez codos de altura entre el cielo raso y el techo estaba probablemente ocupado por cámaras recubiertas de oro (1 Cr. 28:11; 2 Cr. 3:9). El arca se hallaba en el Lugar Santí­simo (1 R. 8:6), bajo las alas de dos gigantescos querubines hechos de madera de olivo y recubiertos de oro. Cada uno de ellos medí­a diez codos de altura (alrededor de cinco metros y cuarto), y la longitud de cada una de sus alas medí­a cinco codos. Las alas exteriores de los querubines tocaban los muros, y las otras dos se uní­an. En el centro, por encima del propiciatorio, los dos querubines contemplaban el arca (1 R. 6:23-28; 2 Cr. 3:10-13). Un tabique de madera de cedro, recubierto de oro por los dos lados, separaba el lugar santo (“hekal”) del Lugar Santí­simo (“debir”). Habí­a una puerta de dos hojas de madera de olivo, adornada de palmeras, flores y querubines, y recubierta de oro, que permití­a el paso, y un velo análogo al del Tabernáculo la recubrí­a (1 R. 6:16, 21, 31, 32; 2 Cr. 3:14; cfr. Ant. 8:3, 3 y 7). El lugar santo media cuarenta codos de largo, veinte de ancho y treinta de alto. Los muros tení­an ventanas anchas en su interior, y estrechas en su exterior, probablemente cerca del techo (1 R. 6:4). El altar de incienso no era de acacia, como en el Tabernáculo, sino de cedro recubierto de oro (1 R. 6:20, 22; 7:48). Este altar estaba relacionado con el Lugar Santí­simo (1 R. 6:22; cfr. He. 9:3, 4), pero se hallaba en el lugar santo, delante del velo de separación, por cuanto el sumo sacerdote debí­a ofrecer el incienso cada dí­a, en tanto que sólo entraba una vez al año en el Lugar Santí­simo. Habí­a no sólo un candelero, como en el Tabernáculo, sino diez candeleros de oro; de la misma manera, en lugar de una, habí­a diez mesas; es indudable, sin embargo, que los panes de la proposición sólo se poní­an sobre una mesa, de la misma manera que sólo se usaba un candelero cada vez (cfr. 2 Cr. 13:11; véanse CANDELERO, PAN DE LA PROPOSICIí“N). Las puertas que daban acceso al lugar santo desde el exterior eran de ciprés (1 R. 6:33, 34). Un edificio de tres pisos se apoyaba contra la parte trasera del Templo y sus dos laterales (1 R. 6:5-10). El pórtico delante de la entrada principal medí­a diez codos de ancho, veinte de largo y ciento veinte de alto (1 R. 6:3; 2 Cr. 3:4). A cada lado del pórtico se levantaban dos columnas de bronce: Boaz y Jaquí­n midiendo cada una de ellas dieciocho codos de altura, ricamente decoradas (1 R. 7:15-22; 2 Cr. 3:15-17). El Templo tení­a dos atrios, el interior elevado, reservado a los sacerdotes y el gran patio exterior (2 R. 23:12; 2 Cr. 4:9; Jer. 36:10). Los dos atrios estaban separados por la misma diferencia de nivel entre ellos, y por un muro bajo, hecho de tres hileras de piedras labradas y de una hilera de vigas de cedro (1 R. 6:36; 7:12). El altar de bronce, para los holocaustos, se hallaba en el atrio de los sacerdotes (1 R. 8:64; 2 R. 16:14; 2 Cr. 15:8); era unas cuatro veces mayor que el del Tabernáculo (2 Cr. 4:1). También en este atrio interior estaba el mar de bronce (gran cuba de bronce), y habí­a además diez fuentes de bronce (1 R. 7:23-39). La gran cuba serví­a para las abluciones de los sacerdotes, las fuentes estaban destinadas para lavar los objetos empleados en los sacrificios (2 Cr. 4:6, véanse: ALTAR, BRONCE [MAR DE]). El pueblo se quedaba en el gran atrio exterior (cfr. 1 R. 8:14), pavimentado (2 Cr. 7:3) y rodeado de un muro con numerosas puertas (2 Cr. 4:9, cfr. Ez. 40:5). En el año 587 a.C., los babilonios se apoderaron de Jerusalén; saquearon este templo, incendiándolo (2 R. 25:8-17).

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado

[483]
Edificio dedicado al culto de una divinidad, mediante la reunión de los seguidores o adeptos y la realización de sacrificios, la ofrenda de plegaria, la escucha y meditación de mensajes religiosos. Las ceremonias o acciones cultuales imprimen al templo un carácter comunitario. Pero la misma dedicación para un destino religioso es lo que convierte al edificio en algo religioso, teñido de aureola espiritual y sobrenatural.

Todas las religiones han tenido lugares de culto, más o menos ricos o cuidados, pero siempre fruto de la actuación de los miembros de cada creencia, secta o religión. Depende del concepto de templo en cada creencia para determinar el tipo de actuación en su interior o en su entorno. Pero siempre se da al templo un valor singular en cuanto lugar de encuentro con la divinidad: oración, meditación, protección, compromisos, etc.

También el templo se halla vinculado a la persona del sacerdote o ser humano consagrado para un ministerio relacionado con la divinidad.

Tal vez los hombres primitivos desarrollaron sus sentimientos religiosos o proyección trascendente desde la cumbre de los montes, el silencio de los bosques o el secreto de las cuevas. Pero desde la más remota antigüedad se conoce la edificación especí­ficamente destinada a la conexión con la divinidad.

Luego la evolución fue dando inmensidad de estilos y de formas, que rivalizaron en expresiones estéticas y suntuarias, desde la perspectiva de tener satisfecho al dios respectivo con los ritos, ofrendas y sacrificios que en el templo se fueron realizando.

Las formas variaron según los estilos culturales de cada población. Los egipcios hicieron edificios esbeltos de pasillos estrechos, pues nunca supieron usar la bóveda. Los babilonios elevaron plataformas y en la superior pusieron el observatorio o lugar sagrado para la divinidad. Los griegos edificaron en diversos estilos de recintos cuadrados en las que pusieron altares para los ritos y sacrificios o también para el depósito de las ofrendas. Los templos de los pueblos de Europa se caracterizaron por el altar de los sacrificios.

Los grandes templos en la antigüedad incluí­an habitaciones de los clérigos, sanatorios par enfermos, salas de dones y tesoros, en ocasiones lugares para el estudio de las escrituras sagradas.

Las sinagogas judí­as no son templos, pero actuaron históricamente de tales y allí­ se fue a rezar por la restauración. El único templo judí­o, dedicado al único Dios aceptable fue el edificado en Jerusalén por Salomón. Constaba de un atrio para los sacerdotes ante una cámara santa, en la que se pensaba residí­a la divinidad. Destruido por los babilonios, fue reconstruido a la vuelta de la Cautividad. Herodes el Grande lo reedificó con majestuosa riqueza. Destruido en el 67 por los romanos, nunca más volvió a rehacerse.

Las mezquitas islámicas fueron lugares de culto, pero incorporaron habitualmente cierta función polí­tica y cultural. La cultural se desarrolló en las “madrazas”, o salas anexas al lugar de culto, donde se fueron potenciando las ciencias, las artes y las leyes.

Las iglesias cristianas surgieron desde los primeros siglos, a medida que las persecuciones fueron dejando a las comunidades organizarse. Los estilos cristianos de Oriente y Occidente han sido variados: paleocristiano, ortodoxo, griego, oriental, románico, gótico, renacentista, barroco, modernista. A veces han sido pequeños y familiares, como las capillas, y en ocasiones han sido grandiosos y solemnes, como las catedrales.

En el lenguaje cristiano el templo no es solo un lugar para cumplir un rito, sino un estimulo o signo que recuerda la presencia de Dios e invita al desarrollo de la caridad, al ejercicio de la plegaria e incluso a la profundización del Evangelio.

En la Historia se ha desarrollado la idea de plegaria y sacramentos y desde ella se han construido los templos. En los tiempos recientes se recupera necesariamente la invitación a la expresión de la caridad y de la fraternidad y también se atiende a la educación religiosa de los diversos miembros de la comunidad que lo frecuentará. Evidentemente que de la concepción que se tenga del templo se derivan las consecuencias arquitectónicas e incluso los aditamentos ornamentales y los modelos constructivos.

Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogí­a Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006

Fuente: Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa

DicEc
 
La dimensión trinitaria de la Iglesia se encuentra en las tres denominaciones más importantes que le da el Vaticano II: pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del Espí­ritu Santo (AG 7; PO 1; LG 17). La tercera de ellas, la de templo, no fue tan desarrollada como las otras en el concilio y hay que situarla en el contexto del Antiguo y del Nuevo Testamento. Desde los tiempos de los patriarcas del Antiguo Testamento hubo santuarios que marcaban los lugares donde habí­a habido teofaní­as o revelaciones divinas. La idea de construir un templo en Jerusalén la tuvo David, pero habrí­a de ser su hijo Salomón el que construyera allí­ el primer templo (ca. 970-ca. 930 a.C.; cf 2Sam 7,1-12). Después del 520 a.C. se construyó el templo posexí­lico. El más suntuoso fue el iniciado por Herodes el año 20 a.C., destruido el 70 d.C. tras la caí­da de Jerusalén.

Ya al edificar Salomón el primer templo se planteó la cuestión: ¿cómo se puede decir que el Dios trascendente habita en un templo? Los creyentes oran en el templo y Dios oye sus oraciones en el cielo (lRe 8,30-40). Pero hay algo más: el “nombre” de Dios estará allí­ (lRe 8,29; cf Jer7,12). Dado que “el “nombre” representa la personalidad del que lo lleva, el “nombre de Yavé” significa que Dios está presente de un modo especial”. La gloria de Dios mora en el templo como antes en el arca (2Crón 5,14; cf Ez 10,18; 11,23 con 43,4). El templo es también un lugar en el que Dios se comunica con personas escogidas, por ejemplo Isaí­as (6,1; 66,6). Los profetas muestran una actitud finamente matizada frente al templo: lo aman (Is 2,1-2), oran en él, pero ponen la justicia y la religión interior por encima de cualquier culto meramente externo (Am 5,12-24; Is 1,11-13; 66,1-2), y arremeten contra toda confianza mágica en el templo como un talismán que protegerá a la pecadora ciudad de Jerusalén de la destrucción (Jer 7,4-15).

Jesús manifestó su piedad judí­a hacia el templo: acudió a él para las fiestas y enseñó en él (Lc 2,46; Jn 7,10.14); lo limpió de la profanación (Mt 21,12-13 par.; Mc 11,16) y al mismo tiempo anunció que las barreras levantadas en él entre los judí­os y los paganos quedarí­an derribadas (Mc 11,17; cf Ef 2,14-18); curó en el templo (Mt 21,14); pidió que se ofrecieran en él sacrificios con un corazón puro (Mt 5,23-24) y condenó el mero formalismo (Mt 23,16-22).

En el Nuevo Testamento hay dos palabras griegas para designar el templo. Existe la tendencia, que no siempre se cumple, a usar la palabra hieron para referirse al templo en su conjunto con todos sus recintos, reservando la palabra naos para el santuario o parte interior del templo. Cuando Jesús limpia el templo se usa la palabra hieron (Mt 21,12-13 par). Pero cuando habla enigmáticamente de la destrucción del templo de su cuerpo, usa la palabra naos (Jn 2,19; Mt 26,61 par). En la prohibición de jurar por el templo porque Dios mora en él (Mt 23,16.21) volvemos a encontrar la palabra naos.
En el Verbo encarnado encontramos sintetizados todos los aspectos esenciales del templo del Antiguo Testamento: él es el lugar supremo de la comunicación divina (cf Jn 14,7.10-11); en él mora Dios con su gloria (Jn 1,14); él es el culto supremo al Padre (Jn 17,4). La tradición sinóptica lo presenta además como cubierto por el Espí­ritu Santo (Mt 3,16 par.; cf Lc 4,1.14.18), aludiendo quizá a la shekinah (cf Ex 40,35) de la presencia de Dios en él “ungido por el Espí­ritu Santo… Dios estaba con él” (cf He 10,38 con 7,47; 17,24-25; Col 2,9). Al morir Jesús el velo del templo (naos) se rasgó de arriba abajo (Mt 27,51 par.), simbolizando así­ la superación del antiguo culto y una nueva forma de acceso a Dios a través de la sangre de Cristo (Heb 9,8-12).

No sólo Cristo es templo o santuario (naos); también lo es la comunidad cristiana. Después de Pentecostés hay cierta ambigüedad respecto del templo: los discí­pulos oran en él (He 2,46; 3,1-11); Esteban vislumbra de algún modo la insuficiencia del templo y de la Torá (He 6,13-14); Pablo sigue mostrando sentimientos de piedad hacia el templo (He 21,26). Pero el tema del templo adquiere nueva riqueza, porque el templo del Espí­ritu (naos) será ahora la comunidad cristiana (1Cor 3,16-17; Ef 2,20-22; cf 2Cor 6,16). El fiel cristiano individualmente es también templo (naos) del Espí­ritu (1Cor 6,19). La comunidad es como un edificio cuya piedra angular es Cristo (cf 1Pe 2,4-5; cf He 4,11; Mt 21,42); es la casa de Dios (Heb 3,3-6).

En el libro del Apocalipsis parece haber dos templos, uno celeste y otro en la tierra. El celeste es un templo de eterna alabanza y gloria (Ap 7,15; cf 5,6-14; 11,19). Hay probablemente una referencia al templo terreno, la Iglesia, en cuyo patio exterior se encuentran los perseguidores (Ap 11,1; cf 3,12). Pero, en su sentido más hondo, el templo es el Cordero (Ap 21,22).

La tradición patrí­stica recoge la tradición de la idea de la Iglesia como templo; por ejemplo, san >Ambrosio: “Porque así­ como somos templo de Dios, así­ también somos tabernáculo de Dios, en el cual se celebran las fiestas del Señor”. La Virgen Marí­a es también un templo, porque llevó en su seno a la Palabra, tema este que hizo suyo el Vaticano II (LG 53). Ella es la suprema realización de la Iglesia (SC 103), que es a su vez templo.

Los textos del Vaticano II hablan de que el Espí­ritu mora en la Iglesia y en el cristiano como en un templo (LG 4, 17, 41; AG 7; PO 1; cf LG 6, 51), pero se concede mayor importancia a su presencia en la Iglesia. La Iglesia es un templo en el que Dios se comunica con la humanidad por medio de su palabra revelada. Es además el lugar en el que Dios se hace presente y donde mora por el Espí­ritu Santo. Es finalmente el lugar en el que el cuerpo del Señor Dios es adorado más plenamente, también por medio del Espí­ritu Santo. La teologí­a del templo mira a Jesús, a la Iglesia y al individuo de cara a su más plena exposición. La imagen del templo complementa a las otras dos imágenes trinitarias de la Iglesia, la de pueblo y la de cuerpo, añadiendo a estas las nociones de la comunicación divina, la presencia pneumatológica y el culto auténtico, porque el Espí­ritu Santo ha sido enviado para “santificar continuamente a la Iglesia” (LG 4).

Christopher O´Donell – Salvador Pié-Ninot, Diccionario de Eclesiologí­a, San Pablo, Madrid 1987

Fuente: Diccionario de Eclesiología

1. Sentido y épocas

(-> altar, Jerusalén). Casi todos los pueblos del entorno bí­blico han elevado templos a sus dioses y los han considerado presencia sagrada y salvadora; son construcción humana, pero, al mismo tiempo, ellos aparecen (en Grecia y China, México o la India) como revelación privilegiada de Dios, lugar donde se junta el espacio superior de Dios y el inferior de los hombres.

(1) Muchos templos y un templo: Jerusalén. La Biblia conoce la existencia de templos dedicados dentro de la misma tierra de Israel al culto de Baal* (cf. 1 Re 16 32; 2 Re 10,21-27; 11,18) o de otros dioses (cf. Je 9,27; 1 Cr 10,10). Antes de la reforma de Josí­as (2 Re 22-23), a finales del siglo VII a.C., existí­an también diversos templos dedicados al culto de Yahvé, por ejemplo en Silo (1 Sm 1,9), Betel, Gilgal o Berseba (cf. Os 5,5): habí­a también templos y altares en Siquem (cf. Gn 12,6; Je 9,46), y en Dan (Je 18), lo mismo que en casi todas las ciudades de Israel; eran parecidos a los templos paganos del entorno, pero estaban vinculados a la memoria de los patriarcas y en ellos se ofrecí­an sacrificios (especialmente de ovejas) y libaciones (pan y vino). Pero después de la reforma de Josí­as* (639-609 a.C.) y especialmente tras la vuelta del exilio (539 a.C.), los judí­os yahvistas sólo reconocieron el valor sagrado del templo de Jerusalén, donde aplicaron no sólo las instrucciones de Dios a Moisés para la construcción del santuario (cf. Ex 25-32), que los samaritanos* aplicaron igualmente al templo del monte Garizim, junto a Siquem, sino también las instrucciones de la historia de Salomón* (cf. 1 Re 6-8). De esa forma, los judí­os destacaron el carácter único del templo de Jerusalén, interpretando su monoteí­smo teológico (sólo hay un Dios) en forma de exclusivismo de religión y culto (sólo hay que adorar a Dios en plenitud, según la Ley, en este templo de Jerusalén). Así­ concibieron a los otros templos como lugares profanos, propios de í­dolos y dioses de mentira. Unicamente ellos, los judí­os, han podido tener y han tenido por gracia el Templo verdadero, que les vincula y distingue, en cualquier lugar del mundo, como lugar de oración interior y sede de culto exterior, que debe mantenerse con limosnas de todos los fieles.

(2) Recuerdo de David. Conforme a 1 Sm 7, la construcción del templo de Jerusalén está vinculada a la dinastí­a de David. El texto afirma que David, “saciados sus deseos e implantado la paz en su entorno”, edificó un palacio de cedro para descansar y dirigir desde allí­ la vida de su pueblo. Lógicamente, quiere construir también una casa para Dios, como si tuviera poder suficiente para ello. Pero el profeta Natán, que habí­a empezado aprobando el deseo de David, comprende las cosas mejor y le dice que Dios no necesita que le hagan una casa: “Aconteció aquella noche, que vino la palabra de Yahvé a Natán, diciendo: Ve y di a mi siervo David: ¿Tú me has de edificar una casa en la que yo more? Ciertamente no he habitado en casas, desde el dí­a en que saqué a los hijos de Israel de Egipto hasta hoy, sino que he peregrinado en una tienda que me serví­a de santuario. Ahora, pues, dirás así­ a mi siervo David… Yahvé te hace saber que él te edificará una casa. Y cuando tus dí­as se hayan cumplido y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual saldrá de tus entrañas, y afirmaré su reino… Tu casa y tu reino permanecerán siempre ante ti, y tu trono será estable eternamente” (1 Sm 7,4-6.11.16). Lo que David querí­a (lo que luego hará Salomón) pertenece a la cultura del entorno: cananeos, fenicios y sirios habí­an construido desde antiguo casas a sus dioses. Desde esa base, la respuesta del profeta Natán ha de entenderse de forma negativa. Todo nos permite suponer que en un momento determinado David quiso construir un santuario nacional para el Dios israelita, pero debido a la oposición yahvista tuvo que desistir. Ciertamente, habí­a santuarios, lugares cargados de tradición donde los fieles celebraban sus fiestas religiosas (Gilgal, Betel, Hebrón, el mismo Silo…). Pero no habí­a en el nuevo reino de Israel un templo central para Yahvé. Además, Jerusalén seguí­a siendo una ciudad de tradición pagana, vinculada a cultos y visiones religiosas (realeza mí­tica, montaña sagrada) que los israelitas auténticos veí­an con recelo. Parece que David supo valorar esas objeciones y, desistiendo de su empeño, no construyó un santuario central para Yahvé. Es Dios el que puede construir una casa a los hombres, no los hom bres a Dios. De todas formas, la tradición posterior asociará el templo de Jerusalén a la figura de David, como lo muestra de un modo especial el libro de las Crónicas.

(3) Salomón. El primer templo. Las circunstancias cambiaron con Salomón, hijo de David, que carecí­a de los escrúpulos de su padre y que construyó el “primer templo” para Yahvé, iniciando así­ una tradición que después se hará fundamental para el conjunto del pueblo (en perspectiva judí­a). Ciertamente, en Israel siguió existiendo siempre una tradición de protesta contra el templo, que ha encontrado su expresión más dura en Esteban*, un cristiano que considera la construcción del templo como el mayor pecado del pueblo israelita, comparando implí­citamente ese templo de Jerusalén con el becerro* de oro (cf. Hch 7,41-50). Pero la tradición deuteronomista asumió la teologí­a del templo, tal como lo muestra la gran plegaria de Salomón, el dí­a de su dedicación: “Yo he sucedido en el trono de Israel a mi padre David, como lo prometió Yahvé, y he construido este templo en honor de Yahvé, Dios de Israel. Y en él he fijado un sitio para el arca donde se conserva la alianza que Yahvé pactó con nuestros padres cuando los sacó de Egipto. ¡Yahvé, Dios de Israel! Ni arriba en el cielo ni abajo en la tierra hay un Dios como tú, fiel a la alianza y a la misericordia con sus siervos, si proceden de todo corazón, como tú quieres… Ahora, pues, Yahvé, Dios de Israel, vuelve tu rostro a la oración que te dirige hoy tu siervo. Dí­a y noche estén tus ojos abiertos sobre este templo, sobre el sitio donde quisiste que residiera tu Nombre. Escucha la súplica de tu siervo y de tu pueblo Israel, cuando oren en este sitio; escucha tú desde tu morada del cielo, escucha y perdona. Cuando uno peque contra otro, si se le exige juramento y viene a jurar ante tu altar en este templo, escucha tú desde tu cielo y haz justicia a tus siervos, condena al culpable dándole su merecido y absuelve al inocente, conforme a su inocencia. Cuando los de tu pueblo Israel sean derrotados por el enemigo, por haber pecado contra ti, si se convierten a ti y te confiesan su pecado y rezan y suplican en este templo, escucha tú desde el cielo y perdona el pecado de tu pueblo Israel, y hazlos volver a la tierra que diste a sus padres… Ten los ojos abiertos ante la súplica de tu siervo Israel, para atenderlos siempre que te invoquen. Pues entre todas las naciones del mundo tú los apartaste como heredad, como dijiste por tu siervo Moisés, cuando sacaste de Egipto a nuestros padres, Adonai [= Señor o rey] Yahvé” (cf. 1 Re 8,15-51).

(4) Una teologí­a del templo. Conforme al pasaje anterior, que sólo hemos citado en parte, el templo asume los principios de la teologí­a israelita y puede presentarse como sacramento de la alianza: aquí­ renuevan y mantienen los hombres su pacto con Yahvé; aquí­ expresa Yahvé la hondura sorprendente de su misericordia, el perdón que brota de su pacto. Ciertamente, el templo es lugar donde se recuerda la memoria del rey, de tal forma que casa de Dios (lugar de su presencia) y casa de David (permanencia de sus descendientes en el trono de Jerusalén) han estado entrelazadas. Pero el templo es más que una capilla real, al servicio de los intereses polí­ticos de la dinastí­a, como indicaba el texto antes citado. En un largo recuento de necesidades, el rey va desgranando ante Dios los motivos principales de su súplica en el templo. Se trata evidentemente de calamidades nacionales y de grandes problemas sociales: administración de justicia, conflictos militares, sequí­a y falta de productos de la tierra, hambre… Los israelitas elevan a Dios su plegaria desde el templo “donde habita su Nombre”, de tal forma que ese templo aparece como una dimensión del ser humano: una expresión de su posibilidad de apertura hacia Dios: un hombre sin templo, una persona que no pueda abrirse en oración a Dios, es para la Biblia israelita un imposible. Pero, al mismo tiempo, el templo es una dimensión del ser divino: un Dios que no se manifiesta a través de un santuario, un Dios que no expresa su presencia gratificante y misericordiosa entre los hombres no es Señor en la Escritura israelita.

(5) Segundo Templo. (1) Principios (siglos V a.C. al I d.C.). La monarquí­a y su templo acabaron cuando los babilonios conquistaron Jerusalén y llevaron al exilio a una parte significativa de su población (a partir del 587 a.C.). Desde ese momento los israelitas tuvieron que mantener y recrear su identidad sin rey ni instituciones estatales (sin un templo como el anterior). En perspectiva de po der, aquello fue una tragedia y así­ lo han dicho y siguen diciendo muchos judí­os, que sienten la nostalgia de la monarquí­a. Pero en perspectiva más social y religiosa, la caí­da del poder polí­tico (del reino) fue y sigue siendo una experiencia revolucionaria y creadora. Los judí­os tuvieron que aprender a vivir y defenderse de otra forma, sin un rey ni Estado propio, en torno a un templo nacional. La mayorí­a de los pueblos vencedores han mantenido su identidad social con un Estado y con unas estructuras administrativas propias. Los judí­os, en cambio, fueron capaces de fijar y recrear su identidad en tomo a un templo nacional. Lógicamente, ellos tendrí­an que haber desaparecido, como desaparecieron los moabitas o edomitas, los filisteos o nabateos del entorno (lo mismo que los macedonios de Alejandro Magno o el Estado romano). Ellos, en cambio, no sólo no desaparecieron, sino que salieron fortalecidos de la crisis, pudiendo concentrarse en lo esencial: el libro de su Ley, relacionada con un templo. Empleando un lenguaje un poco biológico, podrí­amos decir que ellos “sufrieron” una “mutación” social, de tal forma que no sólo se adaptaron a las nuevas condiciones culturales y polí­ticas, sino que salieron fortalecidos de la crisis. Si hubieran querido mantener sus estmcturas monárquicas antiguas, hubieran desaparecido. Esta es la historia que está en el fondo de los textos de los últimos profetas (de Ezequiel a Daniel) y en la redacción final del Pentateuco, lo mismo que en los últimos libros “históricos” (Esdras-Nehemí­as, 1-2 Macabeos) y en gran parte de la literatura sapiencial del Antiguo Testamento. Esta es la historia del judaismo del segundo Templo.

(6) Segundo Templo. 2 Un pueblo sagrado. En este momento el viejo Israel (federación de tribus de Yahvé) se va convirtiendo en judaismo o, quizá mejor, en comunidad del templo. El cambio básico no lo hicieron los que habí­an quedado en Jerusalén y en su entorno, tras la conquista del 587 a.C., sino la minorí­a de exiliados o cautivos de Babilonia, en las tierras de la actual Irak. Allí­ actuaron algunos grandes profetas como Ezequiel y el llamado Segundo Isaí­as, que descubrieron la presencia de Dios en el mismo fracaso y derrota del pueblo. Ellos supieron que el mismo Dios que habí­a sido causante de su derrota les seguirí­a acompañando y lo harí­a, de un modo especial, desde el templo. A partir del año 539 a.C., los persas conquistaron casi todo el oriente y procuraron crear una paz mundial, ofreciendo autonomí­a a las diversas naciones que formaban parte de su imperio. Por eso permitieron que los judí­os volvieran a Palestina y edificaran de nuevo su templo, con autonomí­a religiosa y social, pero sin independencia estatal y militar. De esa forma, los judí­os que habí­an quedado en Palestina y los que volvieron del exilio (en un retorno siempre incompleto) formaron una comunidad sagrada o de culto, en torno al templo de Jerusalén. Ese templo, que antes habí­a sido importante como un santuario real de los sucesores de David, vino a convertirse en el único santuario y centro de identidad de todo el pueblo, tras su reconstrucción, en tomo al 515 a.C. Durante la monarquí­a habí­an existido otros lugares de culto, de manera que el templo de Jerusalén nunca habí­a sido la sede central del yahvismo. Ahora es distinto: el templo se convierte en capital y corazón del yahvismo, lugar de referencia esencial de los judí­os, que forman un pueblo religioso, cuyo eje es un templo y cuya Ley es una serie de recuerdos y normas sagradas (Pentateuco), que vinculan de un modo sacral y legal a todo el pueblo, sin ejército ni rey (cf. libros de Esdras y Nehemí­as). Desde ahí­, por imperativo legal, para fijar su identidad, los judí­os codificaron su historia y Ley en el Pentateuco, escrito a partir de viejas tradiciones tribales y monárquicas, pero redactado desde las nuevas circunstancias polí­ticas y sociales. Significativamente, ellos se definen como Qahal Yahvé, Ekklesí­a o Comunidad sagrada, reunida ante el Sinaí­, para recibir la Ley de Dios (cf. Dt 5,22; 23,4; Neh 13,1), a quien descubren y veneran en el tabernáculo (templo). De manera lógica, el Gran Sacerdote adquiere autoridad legal (social) especialmente sobre los que viven dentro de la provincia persa de Judea, que es una especie de hinterland o entorno sacral del santuario. Esa situación se mantuvo durante casi tres siglos y medio (del 515 al 180 a.C.), pero muchos judí­os seguí­an cultivando la nostalgia de la independencia nacional y añoraban la realeza o un tipo de libertad polí­tica, como lo muestra sobre todo el levantamiento de los macabeos* (tras el 176 a.C.), que tuvieron un éxito momentáneo, creando un Estado judí­o casi in dependiente. Pero el nuevo reino judí­o de los macabeos no fue duradero y, además, fue causa o motivo para que surgieran diferencias notables entre los judí­os, como ha puesto de relieve Flavio Josefo (cf. AJ XIII, 288ss), cuando sitúa en esos años el nacimiento de los diversos “partidos” o filosofí­as del judaismo (esenios, fariseos, celotas, saduceos). Ciertamente, todos los judí­os formaban una comunidad de culto, en tomo a un templo, tanto los de Palestina como los de la diáspora (Babilonia, Egipto…), pero en el fondo de esa comunidad fueron surgiendo diferencias y matices, que se expresarán en las inquietudes y revueltas, divisiones y levantamientos, que sólo cesaron cuando los romanos conquistaron Jerusalén (70 d.C.) y terminaron expulsando a los judí­os de su tierra (132-135 d.C.). Para entonces muchos judí­os (y cristianos) habí­an tomado el templo como algo secundario, de manera que el judaismo pudo convertirse, sin traumas, a través de una segunda “revolución” aún más importante que la anterior, en una federación de sinagogas.

Cf. R. ALBERTZ, Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento I-II, Trotta, Madrid 1999; Y. CONGAR, El misterio del templo, Estela, Barcelona 1967; A. EDERSHEIM, El templo: su ministerio y servicios en tiempos de Cristo, Clie, Barcelona 1990; R. DE VAUX, Instituciones del Antiguo Testamento, Herder, Barcelona 1985, 361-448; E. O. JAMES, El templo. El espacio sagrado: de la caverna a la catedral, Guadarrama, Madrid 1966; A. SACCHI, Historia del judaismo en la época del segundo templo. Siglo VI a.C. al I d.C., Trotta, Madrid 2004.

TEMPLO
2. Culto y santidad

(-> sacerdotes, sacrificios, expiación, chivo, arca, tabernáculo, Henoc, apocalí­pticos). Nos fijamos básicamente en el segundo Templo, que dura desde la reconstrucción bajo los persas (515 a.C.) hasta la destmcción por los romanos (70 d.C.). Como elementos básicos del templo podemos contar los sacerdotes* y los sacrificios*. La presentación simbólica más honda de ese templo, tal como aparecí­a en tiempo de Jesús y como ha sido recogida en la carta a los Hebreos* (Heb 9-10), la ofrece Lv 16, en el contexto de la fiesta de la Expiación*.

(1) Edificios y celebraciones. El templo es un gran complejo sagrado, con un patio externo y el Altar, al aire libre, a la vista de los fieles. En el centro está la Tienda del encuentro, que podemos llamar Santo, reservado a los sacerdotes oficiantes. Finalmente, en el centro de todo el santuario, está el Qodes o Santí­simo, más allá de la cortina, donde sólo penetra una vez al año el Sumo Sacerdote (cf. Lv 16,34). Dios se ha reservado un espacio entre el pueblo: allí­ habita; desde allí­ sostiene la vida de sus fieles y recibe los pecados e impurezas que ensucian su nombre y su presencia. Por eso se establecen unos ritos de purificación para que devuelvan la pureza al pueblo. Como signo de unidad y separación entre Dios y el pueblo se ha establecido una cortina (paroket: Lv 16,2.12.15), un velo de misterio que separara el Santo (tienda del encuentro) y el Santí­simo o lugar del gran silencio donde sólo entra una vez al año el Sumo Sacerdote, revestido de ornamentos oficiales, con la sangre de la propiciación. En el centro del Santí­simo se encuentra el kapporet (propiciatorio) o placa que recubre el arca de la alianza, como escabel donde Yahvé pone sus pies, al sentarse en el trono invisible de su templo (no se habla del arca*). En este contexto se sitúa el ritual, que actúa despertando miedo: nos pone ante el pavor sagrado que emana de un Dios escondido, al que nadie puede contemplar o acercarse hasta tocarlo. Así­ marca la distancia de Dios, estableciendo simbólicamente su diferencia respecto a los hombres. Dios está separado y, sin embargo, atrae, centrando las miradas de los israelitas. Sólo un sacerdote entrará en el Santo de los Santos, en nombre de todos, para así­ tocar a Dios, el dí­a del Kippur, la mayor solemnidad del año. Este es el dí­a de la gran liturgia. En el entorno del templo se abre un cí­rculo de reparación y vida para el pueblo. Fuera queda el desierto de Azazel amenazante. Dentro se extiende el espacio puro de Dios. Cuando llega el tiempo sagrado de la expiación se vinculan de forma especial Dios y pueblo. Emerge Dios en toda su pureza; pero también se descubre mejor la presencia y amenaza de Azazel… En el centro como mediador litúrgico actúa el Sacerdote, que realiza el rito de la purificación, tomando en sus manos la sangre que limpia y consagra el lugar de Dios, para expulsar los pecados del pueblo.

(2) Dos chivos. Un templo expiatorio. Para expiar por los pecados y expulsarlos hacen falta dos chivos, que tienen sentido ambivalente: pueden significar el bien (sangre de Dios) y el mal (son portadores de pecado). Están en el lí­mite entre Dios y Azazel, en la frontera donde bien y mal se unen; por eso hay que echarlos a suertes. Son como las dos caras de una misma humanidad que se puede abrir a Dios (sangre purificadora) o perderse en el desierto. Es evidente que el sorteo recuerda viejos ritos de Israel (cf. Urim y Tumim: Ex 28,30; Lv 8,8; Nm 27,21; Dt 28,8.10). Con la sangre del chivo de Dios (y de un novillo) se realiza el rito de propiciación; ella vincula al humano con Dios, su autor y dueño (cf. Gn 8,15-9,17), pues vale para expiar (cf. Lv 17,11): es expresión de muerte y signo de vida. Estos son los lugares que limpia. El centro del templo es el propiciatorio, al interior del Santí­simo, lugar donde se realiza simbólicamente la unión (reconciliación) entre los hombres y Dios. El altar de los sacrificios, cargado igualmente con la impureza de los pecados del pueblo, está fuera del santuario estrictamente dicho, pero también ha de limpiarse (consagrarse) con sangre. Conforme a todo eso, el templo es un santuario centrado en el rito de la sangre, que repara y purifica todo aquello que puede ser purificado. Los hombres tienden a manchar la tierra, en proceso de oscurecimiento: olvidan la santidad del Señor y convierten su vida en una mancha. Pero Dios les ofrece un medio de purificación: el templo, con la sangre del chivo que el Sumo Sacerdote toma en sus manos para tocar con ella los lugares y signos de su presencia: el Tabernáculo, el Ara, el interior del Santí­simo, donde Dios habita… Este primer chivo (novillo o carnero) purifica la parte buena de los fieles que ponen su vida en manos de Dios: descargan de esa forma su violencia (identificada con la sangre) y se vinculan mutuamente en gesto expiatorio: todos necesitan y ofrecen perdón. Pero hay algo que los humanos no pueden limpiar o purificar, ni siquiera a través de la sangre de los sacrificios. Por eso, el Sacerdote carga en la cabeza del segundo chivo los pecados del pueblo y lo enví­a, como ví­ctima emisaria, fuera del templo, más allá de las zonas habitadas, al ancho desierto que rodea nuestro mundo. Ciertamente, el templo tiene un gran valor. Pero no puede purificarlo todo. Por eso, desde el mismo templo, hay que enviarle un chivo a Azazel.

(3) Templo mí­stico. La visión de Henoc. Pero el templo no es sólo lugar para expiar por los pecados, sino también un espacio sagrado donde se expresa, de un modo especial, la presencia de Dios. En muchos pueblos de la antigüedad, los templos debí­an reflejar las medidas y formas del santuario celeste de Dios. Así­ ha sucedido también en Israel, como han puesto de relieve los textos que aluden a la construcción del tabernáculo-templo, que Moisés mandó edificar conforme al modelo que habí­a visto en la montaña sagrada (cf. Ex 25,40; 26,30; Nm 8,4). El templo del cielo y el de la tierra se corresponden, como suponen todas las grandes visiones proféticas (cf. Is 6,1-13; Ez 41). En el trasfondo anterior se entiende la visión de Henoc*, que sube, imaginativamente, desde el santuario de la tierra al santuario del cielo: “Entré en la lengua de fuego y me acerqué a donde está la gran casa construida con piedras de granizo, cuyo muro es como pavimento de lápidas pétreas, de granizo. Su suelo es también de granizo y su techo como curso de estrellas y relámpagos, entre los cuales están los querubines í­gneos; y su cielo es como agua. Habí­a fuego ardiente alrededor de las paredes y también la puerta se abrasaba en fuego. Entré en esta casa que es ardiente como fuego y frí­a como granizo, donde no hay ningún deleite; y el miedo me obnubiló y el terror me sobrecogió. Caí­ de bruces temblando y tuve una visión: He aquí­ que habí­a otra casa mayor que ésta cuyas puertas estaban todas abiertas ante mí­, construida de lenguas de fuego, y en todo tan espléndida, ilustre y grande que no puedo contaros tanta gloria y grandeza. Su suelo era de fuego; por encima habí­a relámpagos y órbitas astrales; su techo de fuego abrasador. Miré y vi en ella un elevado trono cuyo aspecto era como de escarcha y tení­a en torno a sí­ un cí­rculo, como sol brillante, y voz de querubines. Bajo el trono salí­an rí­os de fuego abrasador, de modo que era imposible mirar. La Grande Gloria esta sentada sobre él, con su túnica más brillante que el sol y más resplandeciente que el granizo, de modo que ninguno de los ángeles podí­a siquiera entrar en esta casa; y el aspecto del rostro del Glorioso y Excelso no puede verlo tampoco ningún hombre carnal” (1 Hen 4,10-21). Este relato guarda semejanza con reí­atos y mitos paralelos que presentan la morada de Dios en el origen y fuente de las aguas del gran cosmos (mito de Ugarit) o en la altura de los cielos donde está elevado el templo originario.

(4) El Dios del templo. Conforme a la visión de Henoc hay una casa primera, que corresponde al “santo” del templo de Jerusalén. El texto ha destacado de manera paradójica la unión de los contrarios, fuego y agua (hielo). La casa de Dios despide un frí­o sumo (paredes de hielo) y el calor más grande (todo es fuego). Los contrarios se oponen y rechazan en ámbito de mundo, pero se vinculan, forman el principio de todo lo que existe en dimensión de cielo. En el origen y fuente de la vida, allí­ donde se unen frí­o y fuego, emergen las estrellas y habitan los querubines; éstos ya no tienen función de signo primordial, como en Ez 1, sino que parecen sencillamente decorativos, son una expresión de la cercaní­a de Dios. Henoc descubre también una segunda casa, que corresponde al “Santo de los Santos”. Esta es la morada original del cosmos entendido como espacio de vida para el hombre. Es fuente de vida (hogar) siendo lugar donde ya no puede darse vida ninguna: entre el frí­o total y el calor sumo nadie puede habitar. Es como si, habiendo llegado a las raí­ces de este cosmos, encontráramos que allí­ no puede haber vida ninguna. Una casa terrible y vací­a, una especie de infierno de hielo y de fuego mezclados (¡cuanto más frí­o más calor y viceversa!): eso es lo que ha visto y ha sufrido el vidente en las raí­ces de todo lo que existe, con el Trono de Dios, la Gran Gloria, el Trono de aquel a quien nadie ha logrado ver jamás, de manera que no pueden hacerse figuras de su rostro. Por eso, al fin domina el miedo: ¡Henoc empieza a temblar! No encuentra sentido a lo que ha visto; no le brotan las palabras, pierde la conciencia. Han desaparecido los simbolismos animales del trono de Dios (vivientesquerubines de Ez 1), pues Dios no necesita carro alguno: no se mueve por el cielo en la tormenta (cf. Sal 29), no desciende junto al rí­o donde moran los cautivos (cf. Ez 1 Mercaba*) sino que mora en la casa originaria. En su entorno hay fuego (signo de la vida que consume sin consumirse), órbitas astrales (en vez de ruedas de carro tenemos cí­rculos celestes) y gloria que no puede describirse. Pudiéramos pensar que está desenten dido, dejando la vida de los hombres en manos de ángeles diabolizados; pero el vidente verá pronto que Dios no se ha olvidado. Este templo de Dios es el lugar del gran juicio*. Por eso, cuando los simbolismos realizan su función, el vidente escucha con toda claridad la sentencia del juicio claro del Dios apocalí­ptico. De esa forma se vinculan el templo expiatorio de Lv 16 y el templo mí­stico de 1 Henoc. Ambos aspectos aparecen unidos al final del tiempo del “segundo Templo”, aunque muchos judí­os de ese momento no necesitarán ya el templo para expiar y podrán encontrar otros caminos para contemplar a Dios. Por eso, cuando los romanos destruyan el templo, el 70 d.C., y se vuelvan imposibles los sacrificios, el judaismo encontrará otro camino de vida, otra forma de expiación (el cumplimiento de la ley: rabinos*), otra forma de contemplación (en la lí­nea de la Cábala*).

Cf. R. ALBERTZ, Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento I-II, Trotta, Madrid 1999; M. BARRER, The Great Angel: A Study of Israel†™s Second God, SPCK, Londres 1992; The Older Testament: The Survival of Themes from the Ancient Royal Cidt in Sectarian Judaism and Early Christianity, SPCK, Londres 1987; The Lost Prophet: The Book ofEnoch and Its Influence on Christianity, SPCK, Londres 1988; G. DEIANA, Ilgiorno dellEspiazione. Il kippur nella tradizione bí­blica, Dehoniane, Bolonia 1995; B. JANOWSKI, Sühne ais Heilsgeschehen: Studien zur Sühnetheologie der Priesterschrift und zur Wurzel KPR in Alten Orient und in Alten Testament, WMANT 55, Neukirchen 1982.

TEMPLO
3. Jesús

(-> Jesús, Reino). Los judí­os observantes del tiempo de Jesús se definí­an por su vinculación al templo, al que sostení­an con sus ofrendas (como supone todaví­a el Nuevo Testamento (cf. Mt 17,24-27). Algunos, como los de Qumrán*, rechazaban como impuro el culto de Jerusalén, pero lo hací­an por fidelidad al templo y culto verdadero, que ellos buscaban. Jesús avanzará en esa lí­nea, declarando que este templo ha cumplido su función y que ahora debe iniciarse el tiempo nuevo del perdón y comunión universales. Jesús no ha sido profeta del templo, sino del reino de Dios y de los pobres: no ha necesitado santuario para perdonar pecados, ni para reunir a los hombres y mujeres en torno al pan, ni para ofrecerles el don de Dios. No ha ido en contra del templo, sino que ha hecho algo mucho más hondo: lo ha ignorado. Pero, al final, subiendo a Jerusalén para presentar su mensaje, ha tenido que declarar y ha declarado que el templo ha perdido ya su función.

(1) Jesús, el signo del templo. No le ha bastado con entrar en Jerusalén, sino que ha realizado un signo que resulta ilegal para casi todos y en especial para los sacerdotes: anuncia y provoca el fin del templo. Parece lógico que le acusen y condenen, pues representa un peligro para el buen orden de Jerusalén. “Entró en el templo y echaba a todos los que vendí­an y compraban. Volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendí­an palomas, diciéndoles: Escrito está: Mi casa será casa de oración, pero vosotros la convertí­s en una cueva de bandidos. Se le acercaron en el templo ciegos y cojos y él los curó. Los sumos sacerdotes y los letrados, al ver los milagros que hací­a y a los niños que gritaban en el templo ¡Hosanna al Hijo de David!… le dijeron indignados: ¿Oyes lo que dicen éstos? Jesús les replicó: ¿No habéis leí­do? ¡De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza!…” (Mt 21,12-16; cf. Sal 8,3). El templo era fortificación sagrada, vigilada por paramilitares judí­os y soldados romanos, banco al servicio de los ricos y santos propietarios, cárcel para los disidentes. Allí­ viene Jesús como representante de los expulsados, que no encuentran su lugar en esta fortificación y banco, que no es “Casa de Dios para todos los pueblos”, como él quiere, sino signo del poder sacral (económico y polí­tico) de los privilegiados del sistema. Allí­ realiza su gesto: derriba las mesas de los cambistas y vuelca los puestos de palomas (que se venden para ser sacrificadas), anunciando proféticamente el fin de este culto y mostrando que el orden sagrado del dinero y la expulsión ya ha terminado. No necesita conquistar de forma militar el santuario, para organizado después de otra manera, igualmente violenta (como harán algunos celotas en la guerra del 67-70), sino que ha hecho algo más fuerte y peligroso: ha proclamado su fin. No ha querido establecer un nuevo sacerdocio, en sustitución del antiguo; no ha sido un reformista militar o sacral, sino un profeta mesiánico, mostrando que este templo (cueva de bandidos) debe acabar, para que surja una casa de oración (= diálogo) para los pueblos de la tierra, a partir de los niños e impedidos (cf. Is 56,7 y Jr 7,11).

(2) Problema: vivir y mantenerse en paz sin templo. Ese gesto de Jesús constituye la razón inmediata de su condena (cf. Mc 11,48-49), pues en el templo se anudan y culminan las razones de judí­os y romanos. El templo les define y distingue, tanto en plano social (separa a varones y mujeres, a sacerdotes y laicos…) como económico (funciona con dinero, necesita sacrificios) y militar (lo custodian los romanos desde la Torre Antonia y lo tomarán los rebeldes de la guerra del 67-70 d.C. para fortificarse y defenderse). Evidentemente, los discí­pulos temen, como podemos temer nosotros, cuando Jesús les dice que las estructuras de seguridad del templo (iglesia y sistema) se derrumban. ¿Qué se puede hacer? ¿Cómo organizar la vida sin un templo? ¿Cómo superar la violencia sin sacrificios? ¿Cómo garantizar la paz sin cárceles? Aquí­ introduce Jesús su novedad: hay una forma de comunión y un perdón, que desbordan todas las estructuras de seguridad sagrada del mundo, vinculadas de un modo u otro con el templo. Esa comunión sin sacrificios externos ni templos sólo puede expresarse como fe. Por eso, precisamente en el contexto de su anuncio del fin del templo, Jesús dice a sus discí­pulos: “Tened fe en Dios. En verdad os digo: Cualquiera que diga a este monte: quí­tate y arrójate al mar, y no dude en su corazón, sino que crea que sucederá, le será concedido. Por eso os digo: todas las cosas por las que oréis y pidáis, creed que las habéis recibido, y os serán concedidas. Y cuando estéis orando, perdonad si tenéis algo contra alguien, para que también vuestro Padre de los cielos perdone vuestras culpas” (Mc 11,2225). Cuando han fallado las seguridades anteriores, puede escucharse y acogerse la respuesta de la fe en Dios; la fe y el diálogo entre todos tiene más valor que el templo. La violencia sagrada, cuyo sí­mbolo es el templo con su riqueza y sus sacrificios, proviene de la falta de fe: no somos capaces de confiar en los demás (en Dios) y por eso luchamos contra ellos y/o les oprimimos, estableciendo un orden a través de sacrificios. Por el contrario, la fe en Dios (que es fe entre nosotros) nos capacita para dialogar sin armas, sin que tenga mos que apelar a ningún templo, sin que tengamos que sacrificar corderos, machos cabrí­os o personas. Significativamente, esa fe orante (por la que el hombre puede conseguir todo lo que pide, todo en lo que cree) resulta inseparable del perdón. El templo perdonaba con sacrificios, al servicio del sistema, empleando para ello la violencia de Dios y el poder social del templo. Jesús ofrece y pide un perdón gratuito sin templos ni opresiones. Lógicamente, los que han querido defender el templo han tenido que matar a Jesús y lo han hecho aliándose con los poderes polí­ticos (muerte* de Jesús).

(3) La Iglesia, nuevo templo. Algunos cristianos siguieron acudiendo al templo de Jerusalén, pues creí­an que Jesús no habí­a venido a destruirlo, sino a culminarlo (Iglesia* 1, Santiago*, colecta*). Pero la mayorí­a abandonaron el culto del templo, aunque no compartieran la crí­tica radical de Esteban*, que consideraba el templo de Jerusalén como una idolatrí­a. En la lí­nea de Pablo, el verdadero templo de Dios son los cristianos (cf. 1 Cor 3,16-17; cf. 2 Cor 6,16) y de un modo especial la Iglesia, “que va creciendo hasta ser templo santo de Dios en el Señor” (cf. Ef 2,21). Más aún, el verdadero templo de Dios es Jesús, que dijo “Destruid este templo, y en tres dí­as lo levantaré… Esto lo dijo aludiendo al templo de su cuerpo” (cf. Jn 2,1921). La visión de la Iglesia como templo de Dios y cuerpo de Cristo ha definido la teologí­a posterior del cristianismo, que no tendrá ya “templos”, sino casas de reunión o iglesias (lugares donde se reúne la comunidad para orar).

(A) Apocalipsis. El sí­mbolo del templo abierto (arca*). El Apocalipsis elabora el sí­mbolo judí­o del templo para expresar su nuevo mensaje cristiano. No emplea el término más sagrado (ieron), que se relaciona con sacerdotes y sacrificios, sino el más secular de naos, que significa “nave o casa donde Dios habita”. Dios habita en lo más í­ntimo del templo, mientras los gentiles parecen adueñarse de su parte externa, es decir, de los cristianos que siguen viviendo en el mundo (Ap 11,1). Ese templo es la tienda de Dios (cf. Ap 15,5), allí­ aparece el arca de su alianza (11,19), de allí­ salen sus ángeles servidores y los relámpagos de su gloria (cf. 14,15; 15,8). En este contexto, el Apocalipsis podrá afirmar dos cosas que parecen opuestas: por un lado dice a los creyentes que ellos mismos serán templo (cf. 3,12), que habitarán para siempre adorando a Dios dentro del templo (7,15); por otro afirma que al final ya no habrá templo (espacio separado de presencia de Dios y de misterio), pues Dios mismo y su Cordero serán templo para todos los salvados (21,22). La primera lí­nea es más judí­a. La segunda más cristiana, más propia de Juan y, según ella, al final desaparecen las mediaciones sagradas; el Dios de la encamación (Dios del Cordero) se vuelve cercaní­a inmediata para los humanos. Como hemos indicado ya, en el tiempo de la persecución, el templo se divide: una parte queda fuera, en manos de los gentiles (los cristianos perseguidos); la otra parte, la más honda, se identifica con el mismo Dios que dirige la historia de los hombres. En este contexto se dice la palabra fundamental: “Y se abrió el templo de Dios en el cielo y el arca de su alianza se veí­a en el templo” (Ap 11,19). El Apocalipsis supone que los sacerdotes judí­os se habí­an empeñado en cerrar el templo, destacando la trascendencia de Dios: sólo el Sumo Sacerdote entraba un dí­a al Año, con la sangre de las expiaciones (cf. Lv 16). Pero Juan lo ha visto abierto, como expresión de presencia de Dios, como sabe Mc 15,38 par cuando afirma que, a la muerte del Cristo, se rasgó el velo del templo, de forma que Dios y el hombre pudieron encontrarse para siempre. Se abre el Templo y Dios se hace presente en medio de todos los hombres. Eso significa que la historia particular de Israel ha terminado, de manera que los judí­os no tienen santuario especial que custodiar, ni tarea que cumplir. El Templo no se ha abierto porque lo han destruido los romanos (cosa que han hecho el 70 d.C.), como destacan los apocalí­pticos judí­os: 4 Esd, 2 Bar, sino porque Dios ha querido revelarse. Dentro de ese templo abierto ha visto Juan el Arca de la Alianza, como signo de elección israelita. Ciertamente, ella habí­a desaparecido con la destrucción del Primer Templo, el año 587 a.C. (algunos pensaban que estaba escondida en una cueva para aparecer al final de los tiempos; cf. 2 Mac 1,4-8). Pero a Juan no le importa el arca externa. No pretende buscarla en una cueva, ni iniciar con ella ninguna guerra santa en favor de la nación israelita. El Arca verdadera está en el templo de los cielos y se abre ante los pueblos, como signo de comunicación de Dios. Este es el momento decisivo, el paso de la antigua a la nueva economí­a de la gracia, de Israel al cristianismo (cf. Ap 10,1-11,13). Templo y Arca de Israel han cumplido su misión; ahora se abren para todos los humanos, como sigue diciendo la historia que empieza en Ap 12, con la visión del Dragón y la Mujer. Se abre el templo de Dios, cuya revelación completa se identifica con la llegada de la Nueva Jerusalén, donde ya no es necesario un templo separado porque el mismo Dios y Cristo son Templo para todos los salvados (cf. Ap 21,22).

(5) Conclusión. ¿Cristianismo sin templo? El templo era el corazón de la vieja ciudad sagrada, donde se ofrecí­an sacrificios (toros, ovejas) y libaciones (pan y vino). Casi todos los pueblos han elevado templos, moradas de Dios, lugares donde el cielo se junta con la tierra (en Teotihuacán o Tenoxtitlán, en Delfos o La Meca). Los judí­os tuvieron su templo, en el centro de su ciudad, Jerusalén, como centro del mundo. Pero el tiempo de los templos especiales ha pasado, porque “los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espí­ritu y verdad”, no en el Garizim ni en Jerusalén o Cuzco (Jn 4,23). De esa forma, el cristianismo nació sin santuario, sin estructuras sacrales, como grupo de seguidores de Jesús, Mesí­as asesinado por los sacerdotes del templo. Pero, a través de un proceso de inversión, desde el final de la época del Nuevo Testamento, a partir del año 150, la Iglesia oficial cristiana se estructuró y expandió como cuerpo social y religioso capaz de asumir un proceso de resacralización judí­a, de jerarquización helenista y de unificación romana, que han llevado a construir un tipo de Iglesia como templo antiguo, (a) La resacralización judí­a se expresa por la aceptación de algunos aspectos sacrales del sacerdocio y del culto del Antiguo Testamento. En esa lí­nea, la Iglesia acabó siendo más israelita que el judaismo rabí­nico, que habí­a rechazado las estructuras sacerdotales y sacrificiales del viejo Israel para centrarse en el culto de la Ley, desde las sinagogas. (b) La jerarquización helenista se vincula con la filosofí­a griega y el Imperio romano en cuyo entorno se introdujo el cristianismo. Mientras el judaismo rabí­nico rompí­a sus relaciones con el helenismo para recuperar su matriz semita (hebrea, aramea), el cristia nismo asumí­a desde la perspectiva de Jesús la religiosidad jerárquica helenista (platónica y estoica), volviendo a entender la realidad como un gran templo cósmico, (c) La unificación romana está vinculada a un tipo de concentración sagrada de la cristiandad, en lí­nea de poder. Algunos cristianos corrieron de esa forma el riesgo de convertirse en una especie de imperio sagrado. Pues bien, en contra de esa tendencia resacralizadora, la Iglesia ha sabido siempre que ella debe volver al mensaje del Nuevo Testamento, sabiendo que cada cristiano (cada hombre o mujer) es templo de Dios (1 Cor 3,16) y que la Iglesia entera es templo, que va creciendo hasta ser morada de Dios en el espí­ritu (cf. Ef 2,21; cf. Jn 2,14). El templo de Dios se identifica, según eso, con la comunidad de los creyentes, es decir, con el conjunto de la humanidad formada por los hijos e hijas de Dios. De un modo especial son templo de Dios los hambrientos y expulsados de la sociedad humana (cf. Mt 25,31-46). De esa forma, superando un tipo de sacralidad judí­a, de jerarquicismo helenista o de unificación imperial romana, el evangelio nos lleva a la palabra original de Gn 1, donde el mundo entero aparece como templo de Dios, un templo donde hay espacio de vida para los cojos, mancos y ciegos, a los que Jesús recibió y curó en el viejo templo de Jerusalén (cf. Mt 21,14), iniciando así­ un camino de transformación radical de la vida de los hombres.

Cf. X. PIKAZA, Una roca sobre el abismo, Trotta, Madrid 2006; M. BARRER, On Earth as It Is in Heaven: Temple Symbolism in the New Testament, Clark, Edimburgo 1995.

PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007

Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra

Hay un “santuario viviente” no estático, que camina a lo largo de la historia: es el pueblo de los creyentes. Para san Pablo la Iglesia es como una casa rica en carismas y en dones variados, algunos espectaculares, otros humildes, a los que compara con vasijas. Hay cálices de oro y plata, recipientes de madera y de arcilla, ánforas que resisten al tiempo y otras que fácilmente se hacen pedazos. Esta casa tan variada es un pueblo que camina. La Iglesia no es simplemente una sociedad, y mucho menos una secta o un partido; es el lugar donde Dios está presente, porque unos cuantos se han reunido en su nombre: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí­ estoy yo en medio de ellos”. La Iglesia es ante todo un conjunto de personas que se unen entre sí­ y con Dios en Cristo Jesús. La opción por Jesús, la voluntad de ser una sola cosa con él, su ser en nosotros, es el verdadero templo que abraza la historia y el universo entero, es la casa de la humanidad, la catedral luminosa que recorre los siglos y los lleva a su plenitud. La catedral está allí­ donde resuena la Palabra divina, donde la escuchamos como voz que dice palabras definitivas y justas, donde nos ponemos en camino para seguir la Palabra, donde acogemos en plenitud el don de la vida que no muere. Cristo es el centro de esta catedral, su sentido fundamental y último.

Carlo Marí­a Martini, Diccionario Espiritual, PPC, Madrid, 1997

Fuente: Diccionario Espiritual

Morada divina, lugar santo o santuario, ya sea fí­sico o espiritual, que se emplea para la adoración. La palabra hebrea heh·kjál, traducida †œtemplo†, también significa †œpalacio†. Los términos griegos hi·e·rón y na·ós se traducen †œtemplo†, y pueden referirse a todo el recinto del templo o a su edificio central; na·ós, que significa †œsantuario† o †œmorada divina†, a veces se refiere especí­ficamente a los compartimientos sagrados interiores del templo. (Véase LUGAR SANTO.)

El templo de Salomón. El rey David deseaba de todo corazón edificar una casa para Jehová donde colocar el arca del pacto, que entonces moraba †œen medio de telas de tienda†. A Jehová le agradó la proposición de David, pero le dijo que debido a que habí­a derramado mucha sangre en guerras, el privilegio de hacer ese edificio lo tendrí­a su hijo (Salomón). Esto no querí­a decir que Dios no aprobaba las guerras que David habí­a peleado a favor de Su nombre y de Su pueblo, pero el templo tení­a que ser edificado en paz y por un hombre de paz. (2Sa 7:1-16; 1Re 5:3-5; 8:17; 1Cr 17:1-14; 22:6-10.)

Costo. David compró posteriormente la era de Ornán (Arauna) el jebuseo, situada en el monte Moria, para edificar el templo. (2Sa 24:24, 25; 1Cr 21:24, 25.) Reunió 100.000 talentos de oro, 1.000.000 de talentos de plata y gran cantidad de cobre y hierro, además de contribuir de su fortuna personal 3.000 talentos de oro y 7.000 talentos de plata. También recibió como contribuciones de los prí­ncipes oro que valí­a 5.000 talentos y 10.000 dáricos y plata que valí­a 10.000 talentos, así­ como mucho cobre y hierro. (1Cr 22:14; 29:3-7.) El total ascendí­a a 108.000 talentos, 10.000 dáricos de oro y 1.017.000 talentos de plata, que según valores actuales equivaldrí­a a 48.337.047.000 dólares (E.U.A.). Su hijo Salomón no se gastó todo en la construcción, y puso el sobrante en la tesorerí­a del templo. (1Re 7:51; 2Cr 5:1.)

Trabajadores. Siguiendo el plano arquitectónico que David habí­a recibido por inspiración, el rey Salomón empezó a edificar el templo en el año cuarto de su reinado (1034 a. E.C.), en el segundo mes, Ziv. (1Re 6:1; 1Cr 28:11-19.) La obra duró siete años. (1Re 6:37, 38.) A cambio de trigo, cebada, aceite y vino, Hiram, el rey de Tiro, le proporcionó maderas del Lí­bano y trabajadores diestros en la madera y la piedra, además de un experto especial, también llamado Hiram, de padre tirio y madre israelita, de la tribu de Neftalí­. Este hombre era un excelente artesano que trabajaba el oro, la plata, el cobre, el hierro, la madera, la piedra y diferentes telas. (1Re 5:8-11, 18; 7:13, 14, 40, 45; 2Cr 2:13-16.)
Al organizar el trabajo, Salomón reclutó 30.000 hombres de Israel y los envió al Lí­bano en turnos de 10.000 al mes, permitiéndoles una estancia de dos meses en sus respectivos hogares entre cada turno. (1Re 5:13, 14.) Reclutó a 70.000 hombres de entre los †œresidentes forasteros† del paí­s para llevar las cargas, y como cortadores, a 80.000. (1Re 5:15; 9:20, 21; 2Cr 2:2.) Salomón nombró a 550 hombres como capataces sobre el trabajo, y a 3.300, como ayudantes. (1Re 5:16; 9:22, 23.) De estos, probablemente 250 eran israelitas y 3.600 eran †œresidentes forasteros† en Israel. (2Cr 2:17, 18.)

La longitud del †œcodo† utilizado. En la siguiente consideración sobre las medidas de los tres templos, el de Salomón, el de Zorobabel y el de Herodes, estas se calcularán tomando como base el codo de 44,5 cm. Sin embargo, es posible que se utilizara un codo más largo, de unos 51,8 cm. (Compárese con 2Cr 3:3, que menciona una †œlongitud en codos por la medida anterior†, siendo esta quizás una medida más larga que el codo que llegó a usarse comúnmente, y con Eze 40:5; véase CODO.)

Plano y materiales. El templo era un edificio espléndido que se construyó de acuerdo con el plano general del tabernáculo, si bien las dimensiones interiores del Santo y el Santí­simo eran mayores. El Santo tení­a 40 codos (17,8 m.) de largo por 20 codos (8,9 m.) de ancho y probablemente 30 codos (13,4 m.) de alto. (1Re 6:2.) El Santí­simo tení­a forma cúbica y sus lados medí­an 20 codos. (1Re 6:20; 2Cr 3:8.) Además, habí­a cámaras del techo sobre el Santí­simo, de unos 10 codos (4,5 m.) de altura. (1Cr 28:11.) Alrededor del templo, por tres de sus lados, habí­a una construcción que albergaba almacenes, comedores, etc. (1Re 6:4-6, 10.)
Los materiales utilizados fueron básicamente piedra y madera. Los suelos de estos cuartos estaban revestidos de madera de enebro, las paredes interiores eran de cedro †œcon entalladuras grabadas de querubines y figuras de palmeras y grabados de flores† y las paredes y el techo estaban completamente revestidos de oro. (1Re 6:15, 18, 21, 22, 29.) Las puertas del Santo (en la entrada del templo) estaban hechas de enebro, talladas y revestidas con pan de oro. (1Re 6:34, 35.) Unas puertas de madera de árbol oleí­fero, talladas de igual manera y revestidas de oro, comunicaban el Santo con el Santí­simo. Prescindiendo de cuál fuese la posición exacta de estas puertas, seguí­a habiendo una cortina entre ambos compartimientos al igual que en el tabernáculo. (Compárese con 2Cr 3:14.) En el Santí­simo habí­a dos gigantescos querubines de madera de árbol oleí­fero, revestidos de oro, y debajo de sus alas se colocó el Arca. (1Re 6:23-28, 31-33; 8:6; véase QUERUBíN.)
Todos los utensilios del Lugar Santo eran de oro: el altar del incienso, las diez mesas del pan de la proposición, los diez candelabros y todos sus accesorios. Junto a la entrada del Lugar Santo (el primer compartimiento) se elevaban dos columnas de cobre, llamadas †œJakí­n† y †œBoaz†. (1Re 7:15-22, 48-50; 1Cr 28:16; 2Cr 4:8; véase BOAZ, II.) El patio interior estaba hecho de piedra de excelente calidad y de madera de cedro (1Re 6:36), mientras que los enseres del patio, es decir, el altar de los sacrificios, el gran †œmar fundido†, las diez carretillas para las palanganas de agua, así­ como los otros utensilios, eran de cobre. (1Re 7:23-47.) Alrededor de los patios habí­a comedores. (1Cr 28:12.)
Una caracterí­stica sobresaliente de la construcción de este templo fue que toda la piedra se cortó en la cantera con la suficiente precisión como para no tener que retocarla luego: †œEn cuanto a martillos y hachas o cualesquiera instrumentos de hierro, no se oyeron en la casa mientras estaba siendo edificada†. (1Re 6:7.) La obra se completó en siete años y medio (desde la primavera de 1034 a. E.C. hasta el otoño [Bul, el octavo mes] de 1027 a. E.C.). (1Re 6:1, 38.)

Inauguración. El séptimo mes, Etanim, del duodécimo año de su reinado (1026 a. E.C.), Salomón congregó a los hombres de Israel en Jerusalén para la inauguración del templo y la celebración de la fiesta de las cabañas. Se llevó el tabernáculo con su mobiliario santo, y se introdujo el arca del pacto en el Santí­simo. (Véase SANTíSIMO.) A continuación la nube de Jehová llenó el templo. Luego Salomón bendijo a Jehová y a la congregación de Israel, y mientras estaba de pie sobre una plataforma especial delante del altar de cobre de los sacrificios (véase ALTAR), ofreció una larga oración de alabanza a Jehová, en la que pidió su bondad amorosa y misericordia a favor de aquellos, tanto israelitas como extranjeros, que se volvieran a El para temerle y servirle. Se ofreció un grandioso sacrificio de 22.000 reses vacunas y 120.000 ovejas. La inauguración duró siete dí­as, y la fiesta de las cabañas, otros siete dí­as más, después de lo cual, el dí­a 23 del mes, Salomón envió al pueblo a casa gozoso y agradecido por la bondad y generosidad de Jehová. (1Re 8; 2Cr 5:1–7:10; véase SALOMí“N [Inauguración del templo].)

Historia. Este templo existió hasta el año 607 a. E.C., cuando lo destruyó el ejército babilonio bajo el rey Nabucodonosor. (2Re 25:9; 2Cr 36:19; Jer 52:13.) Dios permitió que las naciones hostigaran a Judá y Jerusalén, en ocasiones incluso que saquearan el templo y sus tesoros, debido a que la nación practicó la religión falsa. En algunas épocas el templo estuvo descuidado. El rey Sisaq de Egipto saqueó sus tesoros (993 a. E. C.) en los dí­as de Rehoboam, el hijo de Salomón, solo treinta y tres años después de su inauguración. (1Re 14:25, 26; 2Cr 12:9.) El rey Asá (977-937 a. E.C.) respetaba la casa de Jehová, pero a fin de proteger Jerusalén, sobornó imprudentemente al rey Ben-hadad I de Siria con plata y oro de los tesoros del templo, con el objeto de que quebrantara su pacto con Baasá, el rey de Israel. (1Re 15:18, 19; 2Cr 15:17, 18; 16:2, 3.)
Tras un perí­odo de turbulencia y descuido del templo, el rey Jehoás de Judá (898-859 a. E.C.) supervisó su reparación. (2Re 12:4-12; 2Cr 24:4-14.) En los dí­as de su hijo Amasí­as, el rey Jehoás de Israel lo saqueó. (2Re 14:13, 14.) El rey Jotán (777-762 a. E.C.) efectuó obras en el recinto del templo y edificó †œla puerta superior†. (2Re 15:32, 35; 2Cr 27:1, 3.) El rey Acaz de Judá (761-746 a. E.C.) no solo envió los tesoros del templo a Tiglat-piléser III, rey de Asiria, con el fin de sobornarlo, sino que también contaminó el templo, sustituyendo su altar de cobre por otro que construyó según el modelo de uno que habí­a en Damasco. (2Re 16:5-16.) Finalmente, cerró las puertas de la casa de Jehová. (2Cr 28:24.)
El hijo de Acaz, Ezequí­as (745-717 a. E.C.), hizo cuanto pudo por remediar las malas obras de su padre. Tan pronto como empezó a reinar, volvió a abrir el templo y lo limpió. (2Cr 29:3, 15, 16.) Sin embargo, posteriormente, por temor al rey de Asiria, Senaquerib, cortó las puertas y las jambas del templo que él mismo habí­a hecho recubrir de oro y las envió a dicho rey. (2Re 18:15, 16.)
No obstante, cuando Ezequí­as murió, empezó medio siglo de profanación y deterioro. Su hijo Manasés (716-662 a. E.C.) fue peor que cualquiera de sus antecesores, y edificó altares †œa todo el ejército de los cielos en dos patios de la casa de Jehovᆝ. (2Re 21:1-5; 2Cr 33:1-4.) Para el tiempo del nieto de Manasés, Josí­as (659-629 a. E.C.), aquel magní­fico edificio estaba completamente deteriorado. Debí­a reinar el desorden y la confusión, pues el que el sumo sacerdote Hilquí­as encontrara el libro de la Ley (probablemente, un rollo original escrito por Moisés) fue un descubrimiento emocionante. (2Re 22:3-13; 2Cr 34:8-21.) Una vez reparado y limpiado el templo, se celebró la mayor Pascua desde el tiempo del profeta Samuel. (2Re 23:21-23; 2Cr 35:17-19.) Esto ocurrió durante el ministerio del profeta Jeremí­as. (Jer 1:1-3.) Desde entonces hasta su destrucción, el templo permaneció abierto y fue utilizado por el sacerdocio, aunque muchos de los sacerdotes eran hombres corruptos.

El templo edificado por Zorobabel. Según predijo Isaí­as, profeta de Jehová, Dios escogió al rey Ciro de Persia para libertar a Israel de la opresión de Babilonia. (Isa 45:1.) Jehová también animó a su pueblo a regresar a Jerusalén bajo el acaudillamiento de Zorobabel, de la tribu de Judá. El pueblo llegó en 537 a. E.C., tras los setenta años de desolación predichos por Jeremí­as, con el propósito de reedificar el templo. (Esd 1:1-6; 2:1, 2; Jer 29:10.) Aunque este templo fue mucho menos glorioso que el de Salomón, tuvo una existencia más dilatada —casi quinientos años—, desde 515 a. E.C. hasta finales del siglo I a. E.C. (El templo de Salomón estuvo en pie unos cuatrocientos veinte años, desde 1027 hasta 607 a. E.C.)
El decreto de Ciro ordenaba: †œCualquiera que quede de todos los lugares donde esté residiendo como forastero, que los hombres de su lugar lo ayuden con plata y con oro y con bienes y con animales domésticos, junto con la ofrenda voluntaria para la casa del Dios verdadero, la cual estaba en Jerusalén†. (Esd 1:1-4.) Ciro también devolvió 5.400 vasos de oro y plata que Nabucodonosor habí­a tomado del templo de Salomón. (Esd 1:7-11.)
En el séptimo mes (Etanim o Tisri) del año 537 a. E.C. edificaron el altar, y al año siguiente colocaron el fundamento del nuevo templo. Los reedificadores contrataron a sidonios y tirios para llevar madera de cedro del Lí­bano, como habí­a hecho Salomón. (Esd 3:7.) No obstante, la oposición, en particular de los samaritanos, los desanimó, y después de quince años los opositores incluso incitaron al rey de Persia a paralizar la obra. (Esd 4.)
Los judí­os habí­an abandonado la construcción del templo y se habí­an dedicado a otros menesteres, de modo que Jehová envió a sus profetas Ageo y Zacarí­as en el segundo año de Darí­o I (520 a. E.C.) a fin de animarlos a continuar, y luego se promulgó un decreto para que se respetase la orden original de Ciro y en el que se mandaba que se suministrara dinero de la tesorerí­a real para sufragar las necesidades de los constructores y los sacerdotes. (Esd 5:1, 2; 6:1-12.) La edificación progresó con rapidez, y la casa de Jehová se terminó el tercer dí­a de Adar del sexto año de Darí­o (probablemente 5 de marzo del año 515 a. E.C.). Luego los judí­os inauguraron el templo reedificado y celebraron la Pascua. (Esd 6:13-22.)
Se sabe poco en cuanto a los detalles del plano arquitectónico de este segundo templo. El templo que el decreto de Ciro autorizó a edificar fue un edificio con las siguientes caracterí­sticas: †œLa altura de ella será de sesenta codos [c. 27 m.], su anchura de sesenta codos, con tres órdenes de piedras rodadas a su lugar y un orden de maderas†, pero no se especifica la longitud. (Esd 6:3, 4.) Tení­a comedores, almacenes (Ne 13:4, 5) y probablemente también disponí­a de cámaras del techo y otras construcciones, al igual que el templo de Salomón.
Este segundo templo no tení­a el arca del pacto, pues parece ser que esta ya no estaba en el templo de Salomón cuando Nabucodonosor lo saqueó en 607 a. E.C. Según el relato del libro apócrifo de 1 Macabeos (1:21-24, 57; 4:38, 44-51), solo habí­a un candelabro en lugar de los diez que habí­a habido en el templo de Salomón; también se menciona el altar de oro, la mesa del pan de la proposición, las vasijas y el altar de la ofrenda quemada, aunque este último era de piedra, no de cobre. Judas Macabeo dirigió la reedificación de este altar con nuevas piedras después que el rey Antí­oco Epí­fanes lo profanó en 168 a. E.C.

El templo que reedificó Herodes. En las Escrituras no se dan muchos detalles sobre este templo, por lo que la principal fuente de información es Josefo, quien lo vio personalmente e informa sobre su construcción en La Guerra de los Judí­os y Antigüedades Judí­as. La Misná judí­a también suministra algunos detalles y se tienen otros gracias a la arqueologí­a. Los datos que aparecen a continuación se han tomado de estas fuentes, aunque hay que tener en cuenta que no siempre son fidedignas. (GRABADO, vol. 2, pág. 543.)
Josefo dice en una ocasión (Guerra de los Judí­os, traducción de Juan Martí­n Cordero, Barcelona, Orbis, 1985, libro I, cap. XVI [cap. XXI en otras ediciones], pág. 71 [sec. 1]), que Herodes reedificó el templo a los quince años de su reinado, pero en Antigüedades Judí­as (libro XV, cap. XI, sec. 1) afirma que fue en el año decimoctavo. Esta última fecha es la que normalmente aceptan los eruditos, aunque no se sabe con certeza cuándo comenzó el reinado de Herodes ni cómo hizo Josefo este cálculo. El santuario en sí­ se edificó en dieciocho meses, pero la construcción de los patios y demás anexos se extendió por ocho años. Cuando ciertos judí­os se acercaron a Jesucristo en el año 30 E.C. y le dijeron: †œEste templo fue edificado en cuarenta y seis años† (Jn 2:20), parece ser que se referí­an al trabajo que aún seguí­a efectuándose en el recinto del templo. No se terminó por completo hasta unos seis años antes de su destrucción en 70 E.C.
Debido a que los judí­os odiaban a Herodes y desconfiaban de él, no le permitieron reedificar el templo hasta que tuvo todo preparado para el nuevo edificio. Por la misma razón no consideraron este como un tercer templo, sino como una reconstrucción, y solo hablaban del primer y el segundo templo (el de Salomón y el de Zorobabel).
En cuanto a las medidas que Josefo menciona, el Dictionary of the Bible (de Smith, 1889, vol. 4, pág. 3203) dice: †œSus dimensiones en planta son tan minuciosamente exactas, que casi sospechamos que cuando escribí­a tení­a ante sus ojos algún plano del edificio preparado en el departamento del intendente general del ejército de Tito. Pero hay un extraño contraste con sus dimensiones en alzado, que, casi sin excepción, se puede comprobar que son exageradas y, generalmente, hasta dobladas. No obstante, como todos los edificios fueron derribados durante el sitio, era imposible culparle de error con respecto a las alturas†.

Columnatas y puertas. Josefo escribe que Herodes duplicó el tamaño del recinto del templo, fortificando las laderas del monte Moria con grandes muros de piedra y nivelando una zona en la cima de la montaña. (La Guerra de los Judí­os, libro I, cap. XXI, sec. 1; Antigüedades Judí­as, libro XV, cap. XI, sec. 3.) La Misná (Middot 2:1) dice que la montaña del Templo tení­a 500 codos cuadrados (223 m2.). En la periferia habí­a columnatas, y, al igual que los anteriores, el templo estaba orientado hacia el E. A lo largo del lado oriental estaba la columnata de Salomón, que consistí­a en tres hileras de columnas de mármol. Un dí­a de invierno, ciertos judí­os se acercaron a Jesús en ese lugar para preguntarle si él era el Cristo. (Jn 10:22-24.) Al N. y al O. también habí­a columnatas, aunque un tanto eclipsadas por la columnata real, que daba al S. y consistí­a en cuatro filas de columnas corintias, 162 en total, con tres grandes pasillos. Las columnas tení­an una circunferencia tan grande, que eran necesarios tres hombres con los brazos extendidos para rodear una de ellas, y eran mucho más altas que las de las otras columnatas.
Debí­a haber ocho puertas para entrar al recinto del templo: cuatro al O., dos al S., una al E. y otra al N. (Véase PUERTA, PASO DE ENTRADA [Puertas del templo].) Debido a la existencia de estas puertas, el primer atrio, el atrio de los gentiles, también hací­a las veces de ví­a pública, ya que los viajeros preferí­an cruzarlo en lugar de circundar el recinto del templo.

Atrio de los gentiles. Las columnatas rodeaban el atrio de los gentiles, que era una amplia zona llamada así­ porque se permití­a la entrada a los gentiles. En dos ocasiones, una al principio y otra al final de su ministerio terrestre, Jesús expulsó de este atrio a los que habí­an convertido la casa de su Padre en una casa de mercancí­as. (Jn 2:13-17; Mt 21:12, 13; Mr 11:15-18.)
Habí­a que pasar por varios atrios para llegar al edificio central, que era el santuario en sí­. Cada uno de esos sucesivos atrios tení­a un mayor grado de santidad. Al cruzar el atrio de los gentiles, habí­a un muro de tres codos de alto (1,3 m.) con espacios abiertos para pasar. En la parte superior habí­a grandes piedras que llevaban una advertencia en griego y en latí­n. La inscripción en griego decí­a (según una traducción): †œA ningún extranjero se le permite estar dentro de la balaustrada y del terraplén en torno al santuario. Al que se le encuentre será personalmente responsable de su propia muerte†. (Enciclopedia del Mundo Bí­blico, Barcelona, Plaza y Janés, 1970, vol. 2, pág. 486.) Cuando una chusma atacó en el templo al apóstol Pablo, se debió a que los judí­os rumoreaban que habí­a introducido a un gentil dentro de la zona prohibida. Aunque Pablo estaba hablando en términos simbólicos cuando dijo que Cristo †˜habí­a destruido el muro†™ que separaba a los judí­os de los gentiles, esa expresión nos recuerda aquel muro literal. (Ef 2:14, nota; Hch 21:20-32.)

Atrio de las mujeres. El atrio de la mujeres estaba catorce gradas más arriba, y en él podí­an entrar las mujeres para adorar. En el atrio de las mujeres estaban, entre otras cosas, las arcas de la tesorerí­a. Cuando Jesús se hallaba cerca de una de estas arcas, encomió a una viuda por dar todo lo que poseí­a. (Lu 21:1-4.) En este atrio también habí­a varias construcciones.

Atrio de Israel y atrio de los sacerdotes. Quince grandes gradas semicirculares llevaban al atrio de Israel, al que podí­an entrar los hombres que estuvieran limpios ceremonialmente, y en el muro exterior de este atrio habí­a almacenes.
Luego vení­a el atrio de los sacerdotes, que correspondí­a con el patio del tabernáculo. En él estaba el altar, construido de piedras no labradas. Según la Misná (Middot 3:1), tení­a una base de 32 codos cuadrados (14,2 m2.), aunque Josefo dice que era mayor. (La Guerra de los Judí­os, libro V, cap. V, sec. 6; véase ALTAR [Altares después del exilio].) Los sacerdotes utilizaban una superficie inclinada para subir al altar. La Misná también habla de un †œpilón†. (Middot 3:6.) Al igual que el atrio de las mujeres, en este atrio también habí­a diversas construcciones.

El edificio del templo. Como en los otros casos, el templo en sí­ consistí­a principalmente en dos compartimientos: el Lugar Santo y el Santí­simo. El suelo de este edificio estaba doce gradas por encima del atrio de los sacerdotes, y, al igual que en el templo de Salomón, a los lados de este edificio también se construyeron cuartos y un aposento superior. La entrada estaba cerrada por puertas de oro, cada una de 55 codos (24,5 m.) de alto y 16 codos (7,1 m.) de ancho. La parte delantera del edificio era más ancha que la trasera, con alas o †œestribaciones† que salí­an 20 codos (8,9 m.) por cada lado. El interior del Lugar Santo tení­a 40 codos (17,8 m.) de longitud y 20 codos de anchura. En el Lugar Santo estaba el candelabro, la mesa del pan de la proposición y el altar del incienso, todo ello de oro.
La entrada al Santí­simo estaba cerrada por una gruesa cortina, o velo, adornada hermosamente. Cuando Jesús murió, esta cortina se rasgó en dos de arriba abajo, con lo que se pudo ver que el arca del pacto ya no estaba en el Santí­simo. En lugar del Arca habí­a una losa de piedra, sobre la que el sumo sacerdote salpicaba la sangre en el Dí­a de Expiación. (Mt 27:51; Heb 6:19; 10:20.) Este cuarto medí­a 20 codos de largo y 20 codos de ancho.
Durante el sitio romano de Jerusalén en el año 70 E.C., los judí­os utilizaron el recinto del templo como una ciudadela o fortaleza. Ellos mismos incendiaron las columnatas, aunque fue un soldado romano quien, contraviniendo el deseo del comandante romano Tito, incendió el templo, de modo que se cumplieron las palabras de Jesús con respecto a los edificios del templo: †œDe ningún modo se dejará aquí­ piedra sobre piedra que no sea derribada†. (Mt 24:2; La Guerra de los Judí­os, libro VI, cap. IV, secs. 5-7; libro VII, cap. 1, sec. 1.)

El gran templo espiritual de Jehová. El tabernáculo que construyó Moisés y los templos de Salomón, Zorobabel y Herodes fueron solo tí­picos o representativos. El apóstol Pablo escribió a este respecto que el tabernáculo, cuyas caracterí­sticas básicas se incluyeron en los templos posteriores, era †œuna representación tí­pica y sombra de las cosas celestiales†. (Heb 8:1-5; véase también 1Re 8:27; Isa 66:1; Hch 7:48; 17:24.) Las Escrituras Griegas Cristianas revelan la realidad representada por el tipo. Muestran que el tabernáculo y los templos construidos por Salomón, Zorobabel y Herodes, así­ como sus caracterí­sticas, representaron el templo mayor y espiritual de Jehová, †œla tienda verdadera, que Jehová levantó, y no el hombre†. (Heb 8:2.) Como lo muestran sus diferentes caracterí­sticas, el templo espiritual es la provisión para acercarse a Dios en adoración sobre la base del sacrificio propiciatorio de Jesucristo. (Heb 9:2-10, 23.)
La carta inspirada a los Hebreos dice que en este templo espiritual el Santí­simo es †œel cielo mismo†, el lugar donde está la persona de Dios. (Heb 9:24.) Puesto que solo el Santí­simo es †œel cielo mismo†, el Santo y el patio de los sacerdotes, así­ como sus caracterí­sticas, tienen que representar cosas terrestres, cosas relacionadas con Jesucristo durante su ministerio en la Tierra y con sus seguidores que son †œparticipantes del llamamiento celestial†. (Heb 3:1.)
La cortina era una barrera que separaba el Santo del Santí­simo; en el caso de Jesús representó †œsu carne†, que tení­a que ofrecer en sacrificio, entregándola para siempre, a fin de poder entrar en el cielo, el Santí­simo antití­pico. (Heb 10:20.) Los cristianos ungidos también tienen que pasar esta barrera carnal que los separa del acceso a la presencia de Dios en el cielo. Por consiguiente, el Santo representa su condición de hijos de Dios engendrados por espí­ritu con la vida celestial en mira, y conseguirán su recompensa celestial una vez que entreguen sus cuerpos carnales en la muerte. (1Co 15:50; Heb 2:10.)
Mientras están en el Santo antití­pico, los que han sido ungidos con espí­ritu santo y sirven de subsacerdotes con Cristo pueden disfrutar de iluminación espiritual, como si fuera del candelabro; pueden comer alimento espiritual, como si lo tomaran de la mesa del pan de la proposición, y pueden ofrecer oraciones, alabanza y servicio a Dios, como si presentaran incienso aromático en el altar de oro del incienso. El Santo del templo tí­pico estaba oculto de la vista de los observadores; de igual manera, los que no son ungidos no son capaces de apreciar plenamente cómo sabe una persona que es un hijo de Dios engendrado por espí­ritu y qué experimenta como tal. (Rev 14:3.)
En el patio del antiguo templo estaba el altar para ofrecer sacrificios, que prefiguró la voluntad de Dios de proveer un sacrificio humano perfecto para redimir a la prole de Adán. (Heb 10:1-10; 13:10-12; Sl 40:6-8.) En el templo espiritual, el patio debe representar una condición relacionada con ese sacrificio. En el caso de Jesús, su sacrificio fue aceptable por tratarse de un humano perfecto. En el caso de sus seguidores ungidos, se les declara justos sobre la base de su fe en el sacrificio de Cristo, y de este modo Dios los ve como si no tuviesen pecado mientras aún están en la carne. (Ro 3:24-26; 5:1, 9; 8:1.)
Las caracterí­sticas de la †œtienda verdadera†, el gran templo espiritual de Dios, ya existí­an en el siglo I E.C. Este hecho lo indica el que Pablo dijera que el tabernáculo construido por Moisés era †œuna ilustración para el tiempo señalado que está aquí­ ahora†, es decir, para algo que existí­a en el tiempo de Pablo. (Heb 9:9.) Este templo ciertamente existí­a cuando Jesús presentó el valor de su sacrificio en el Santí­simo, el cielo mismo. Debe haber llegado a existir en el año 29 E.C., cuando se ungió a Jesús con espí­ritu santo para ser el gran Sumo Sacerdote de Jehová. (Heb 4:14; 9:11, 12.)
Jesucristo promete a los cristianos engendrados con espí­ritu que al que venza, al que persevere fielmente hasta el fin, se le hará una †œcolumna en el templo de mi Dios, y ya no saldrá de este nunca†. (Rev 3:12.) De modo que se garantiza a tal persona un lugar permanente en el †œcielo mismo†, el Santí­simo antití­pico.
Revelación 7:9-15 habla de †œuna gran muchedumbre† de otros adoradores de Jehová que participan en la adoración verdadera en el templo espiritual. No se dice que los que componen esta †œgran muchedumbre† sean subsacerdotes, de modo que debe entenderse que están de pie en lo que representó el patio de los gentiles, una caracterí­stica especial del templo reedificado por Herodes. Se menciona que los que componen esta †œgran muchedumbre† †œhan lavado sus ropas largas y las han emblanquecido en la sangre del Cordero†. Debido a su fe en el sacrificio de Cristo, se les atribuye una posición de justos que hace posible que se les conserve con vida a través de la †œgran tribulación†, de modo que se dice que †œsalen† de ella como supervivientes.
En Isaí­as 2:1-4 y Miqueas 4:1-4 se habla de †˜alzar†™ †œla montaña de la casa de Jehovᆝ en †œla parte final de los dí­as†, y se predice un recogimiento de gente de †œtodas las naciones† a esa †œcasa de Jehovᆝ. Como no ha habido ningún templo fí­sico de Jehová en Jerusalén desde el año 70 E.C., estas palabras no pueden referirse a un edificio fí­sico, sino a un alzamiento de la adoración verdadera en la vida de los que componen el pueblo de Jehová durante †œla parte final de los dí­as†, y a un gran recogimiento de gente de todas las naciones para adorar en el gran templo espiritual de Jehová.
En los capí­tulos 40 al 47 del libro de Ezequiel, también se encuentra una detallada descripción del templo de Jehová, un templo que nunca se construyó en el monte Moria de Jerusalén, y que, por otra parte, nunca hubiera cabido allí­. Por tanto, debe ser otra ilustración del gran templo espiritual de Jehová. Sin embargo, en este caso la atención se centra en el tiempo que sigue al ataque de Gog de Magog. (Eze 38, 39.) El relato da atención especial a las provisiones que emanan del templo y a las precauciones que se toman para mantener alejados a todos aquellos que no son dignos de adorar en sus patios.

La visión del templo de Ezequiel. En el año 593 a. E.C., año decimocuarto después de la destrucción de Jerusalén y del templo de Salomón, el profeta y sacerdote Ezequiel fue transportado en una visión a la cima elevada de una montaña, y contempló un gran templo de Jehová. (Eze 40:1, 2.) Con el fin de humillar a los judí­os exiliados y hacer que se arrepintieran, y sin duda también para consolar a los fieles, se le ordenó a Ezequiel que relatase a la †œcasa de Israel† todo lo que habí­a visto. (Eze 40:4; 43:10, 11.) La visión fue muy detallada con las medidas. Las unidades de medida utilizadas fueron la †œcaña† (caña larga: 3,11 m.) y el †œcodo† (codo largo: 51,8 cm.). (Eze 40:5, nota.) Debido a la precisión de las medidas, hay quien cree que el templo de la visión tuvo que servir de modelo para el que construyó Zorobabel después del exilio. Sin embargo, esta afirmación no puede probarse.
Todo el recinto del templo debí­a tener 500 codos de lado. Tení­a un patio exterior, un patio interior elevado, el templo con su altar, varios comedores y un edificio en el lado O., o posterior, del templo. Habí­a seis enormes pasos de entrada para entrar en los patios, exterior e interior, tres para el exterior, y tres para el interior. Estos daban al N., al E. y al S., y cada puerta interior estaba en lí­nea con su correspondiente puerta exterior. (Eze 40:6, 20, 23, 24, 27.) Dentro del muro exterior estaba el †œpavimento inferior†, que tení­a 50 codos (25,9 m.) de ancho, †œexactamente la longitud† de los pasos de entrada. (Eze 40:18, 21.) Allí­ estaban situados 30 comedores, probablemente lugares para que las personas comieran sus sacrificios de comunión. (Eze 40:17.) En las cuatro esquinas de este patio exterior habí­a lugares donde los sacerdotes preparaban, como requerí­a la Ley, las partes de los sacrificios que correspondí­an a los que presentaban la ofrenda, quienes luego las tomaban en los comedores provistos para tal efecto. (Eze 46:21-24.) El resto del patio exterior entre el pavimento inferior y las puertas que daban al patio interior al parecer tení­a 100 codos de ancho. (Eze 40:19, 23, 27.)
Los sacerdotes disponí­an de otros comedores separados y ubicados más cerca del templo. Dos de estos, junto con dos comedores para los cantores del templo, estaban en el patio interior, al lado de los imponentes pasos de entrada interiores. (Eze 40:38, 44-46.) Asimismo, habí­a conjuntos de comedores para el uso exclusivo de los sacerdotes al N. y al S. del santuario (Eze 42:1-12), y además serví­an para que los sacerdotes se cambiaran sus prendas de vestir de lino utilizadas en el servicio del templo antes de pasar al patio exterior. (Eze 42:13, 14; 44:19.) Allí­ también, hacia la parte trasera de los conjuntos de comedores, estaban los cocederos y los hornos de los sacerdotes, destinados básicamente al mismo uso que los del patio exterior. (Eze 46:19, 20.)
Pasando desde el patio exterior por la entrada interior se llegaba al patio interior, cuyos lí­mites estaban a 150 codos (77,7 m.) de los lí­mites exteriores (al E., al N. y al S.) del recinto. El patio interior tení­a 200 codos (103,6 m.) de ancho. (Ezequiel 40:47 dice que el patio interior tení­a 100 codos de lado. Esto debe referirse solo a la zona de delante del templo a la que daban paso las puertas interiores.) En el patio interior destacaba el altar. (Eze 43:13-17; véase ALTAR [El altar del templo de Ezequiel].)
El primer cuarto del santuario medí­a 40 codos (20,7 m.) de largo y 20 codos (10,4 m.) de ancho, y disponí­a de una entrada que tení­a dos puertas de dos hojas cada una. (Eze 41:23, 24.) Dentro estaba la †œmesa que está delante de Jehovᆝ, que era un altar de madera. (Eze 41:21, 22.)
Los muros exteriores del santuario tení­an †œcámaras laterales† de cuatro codos (2 m.) de ancho incorporadas en ellos. Habí­a tres pisos de cámaras laterales que cubrí­an el muro occidental, el septentrional y el meridional, un total de 30 cámaras por piso. (Eze 41:5, 6.) Para subir los tres pisos existí­a un †œpasaje de caracol† en el lado N. y otro en el lado S. (Eze 41:7.) En la parte trasera u occidental del templo, habí­a una estructura situada al parecer longitudinalmente de N. a S. llamada bin·yán, un †˜edificio que daba hacia el oeste†™. (Eze 41:12.) Aunque algunos eruditos han pensado que este edificio era el templo o santuario mismo, el libro de Ezequiel no respalda tal conclusión; el †˜edificio que daba hacia el oeste†™ era de forma y dimensiones diferentes a las del santuario, aunque sin duda tendrí­a alguna relación con los servicios que se efectuaban en el santuario. Puede que también haya habido uno o más edificios similares situados hacia el O. del templo de Salomón. (Compárese con 2Re 23:11 y 1Cr 26:18.)
El Santí­simo de este templo tení­a la misma forma que el del templo de Salomón, y medí­a 20 codos en cuadro. En la visión Ezequiel vio la gloria de Jehová que vení­a desde el E. y que llenaba el templo. Jehová se refirió a este templo como †œel lugar de mi trono†. (Eze 43:1-7.)
Ezequiel hace referencia a un muro de 500 cañas (1.555 m.) de lado que rodeaba el templo. Algunos eruditos han entendido que este muro, que era †œpara hacer división entre lo que es santo y lo que es profano†, estaba a unos 600 m. del recinto. (Eze 42:16-20.)
Ezequiel también contempló una corriente de agua que salí­a †œde debajo del umbral de la Casa hacia el este† y el sur del altar, y que se convertí­a en un torrente profundo y caudaloso que fluí­a por el Arabá hasta el extremo N. del mar Salado. Allí­ curaba sus aguas saladas y el mar se llenaba de peces. (Eze 47:1-12.)

Los cristianos ungidos, un templo espiritual. A los cristianos ungidos en la Tierra se les compara, entre otras cosas, a un templo. Esta comparación es apropiada porque el espí­ritu de Dios mora en la congregación de ungidos. Pablo escribió a los cristianos de Efeso que estaban †œen unión con Cristo Jesús†, que estaban †œsellados con el espí­ritu santo prometido†, y les dijo: †œHan sido edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular de fundamento. En unión con él, el edificio entero, unido armoniosamente, va creciendo para ser un templo santo para Jehová. En unión con él, ustedes, también, están siendo edificados juntamente para ser lugar donde habite Dios por espí­ritu†. (Ef 1:1, 13; 2:20-22.) Se dice que estos †œsellados†, colocados sobre el fundamento de Cristo, ascienden a 144.000. (Rev 7:4; 14:1.) El apóstol Pedro dice que son †œpiedras vivas† que †œestán siendo edificados en casa espiritual para el propósito de un sacerdocio santo†. (1Pe 2:5.)
Como estos subsacerdotes son †œedificio de Dios†, El no permitirá que este templo espiritual se contamine. Pablo recalca la santidad de este templo espiritual y el peligro en el que incurre el que intente contaminarlo, al decir: †œ¿No saben que ustedes son el templo de Dios, y que el espí­ritu de Dios mora en ustedes? Si alguien destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo, el cual son ustedes†. (1Co 3:9, 16, 17; véase también 2Co 6:16.)

Jehová Dios y el Cordero †˜son su templo†™. Cuando Juan vio a la Nueva Jerusalén descender del cielo, dijo: †œY no vi en ella templo, porque Jehová Dios el Todopoderoso es su templo; también lo es el Cordero†. (Rev 21:2, 22.) Puesto que los miembros de la Nueva Jerusalén tendrán libre acceso para presentarse delante del rostro de Jehová, no necesitarán un templo para acercarse a El. (1Jn 3:2; Rev 22:3, 4.) Podrán rendirle servicio sagrado directamente bajo el sumo sacerdocio del Cordero, Jesucristo. Por esta razón puede decirse que el Cordero comparte con Jehová su posición como templo de la Nueva Jerusalén.

Un impostor. Al advertir de la apostasí­a venidera, el apóstol Pablo habló del †œhombre del desafuero† y dijo: †œDe modo que se sienta en el templo del Dios, y públicamente ostenta ser un dios†. (2Te 2:3, 4.) Como este †œhombre del desafuero† es un apóstata, un falso maestro, solo se sienta en lo que falsamente presenta como ese templo. (Véase HOMBRE DEL DESAFUERO.)

Uso ilustrativo. En una ocasión, cuando los judí­os le pidieron a Jesús una señal, él respondió: †œDerriben este templo, y en tres dí­as lo levantar醝. Los judí­os pensaban que se referí­a al edificio del templo, pero el apóstol Juan explica: †œEl hablaba acerca del templo de su cuerpo†. Cuando su Padre Jehová lo resucitó al tercer dí­a de su muerte, los discí­pulos recordaron y entendieron este dicho y lo creyeron. (Jn 2:18-22; Mt 27:40.) No se le resucitó con su cuerpo carnal, ya que lo dio como sacrificio de rescate; sin embargo, su cuerpo carnal no se corrompió, sino que Dios se deshizo de él, como si se tratase de un sacrificio consumido sobre el altar. Al resucitar, Jesús siguió siendo la misma persona, con la misma personalidad, pero con un nuevo cuerpo adecuado a su nueva morada, los cielos espirituales. (Lu 24:1-7; 1Pe 3:18; Mt 20:28; Hch 2:31; Heb 13:8.)

[Fotografí­a en la página 1100]
Advertencia hallada en el patio del templo de Jerusalén que indicaba que los gentiles no debí­an acercarse más

Fuente: Diccionario de la Biblia

heí†kal (lk;yje , 1964), “palacio; templo”. Esta palabra se deriva indirectamente del término sumerio égal, “casa grande, palacio”, y de manera más directa al acádico ekallu, “casa grande”. La influencia del ekallu acádico se esparció entre el grupo noroeste de las lenguas semí­ticas. En hebreo posbí­blico el significado quedó limitado a “templo”. El Hekhal Shlomo (“Templo de Salomón”) en el Jerusalén moderno, a falta del verdadero templo, se refiere a la sede del rabinato supremo de Israel. El vocablo se encuentra 78 veces desde 1 S hasta Mal y con mayor frecuencia en Ez. La primera vez que se usa tiene que ver con el tabernáculo en Silo (1Sa 1:9). La palabra “palacio” en las versiones en castellano se traduce quizás de tres palabras hebreas: heí†kal, bayit, o Fuente: Diccionario Vine Antiguo Testamento

1. jieron (iJerovn, 2411), neutro del adjetivo jieros, sagrado. Se emplea como nombre, denotando un lugar sagrado, templo: el de Artemisa (Diana, Act 19:27); el de Jerusalén (Mc 11.11), significando todo el edificio con sus recintos, o alguna parte del mismo, en distinción a naos, el santuario interior (véase Nº 2). Aparte de en los Evangelios y Hechos, es mencionado solo en 1Co 9:13: Cristo enseñaba en uno de los atrios, al que tení­a acceso todo el pueblo. Jieron nunca se emplea en sentido figurado. El templo mencionado en los Evangelios y Hechos fue comenzado por Herodes el 20 a.C., y destruido por los romanos el 70 d.C. 2. naos (navo”, 3485), santuario. Era utilizado: (a) entre los paganos, para denotar el santuario conteniendo el í­dolo (Act 17:24; 19.24; miniaturas en este último pasaje, véase TEMPLECILLO); (b) entre los judí­os, el Lugar Santí­simo del templo, en el que solo los sacerdotes podí­an entrar legí­timamente (p.ej., Luk 1:9,21,22); Cristo, al pertenecer a la tribu de Judá, y no ser por tanto un sacerdote mientras viví­a sobre la tierra (Heb 7:13, 14; 8.4), no entró en el naos; para 2Th 2:4, véase Nota (más abajo); (c) metafóricamente, utilizado por Cristo de su propio cuerpo fí­sico (Joh 2:19,21); (d) en la enseñanza apostólica, en sentido metafórico: (1) de la Iglesia, el cuerpo mí­stico de Cristo (Eph 2:21); (2) de una iglesia local (1Co 3:16,17; 2Co 6:16); (3) del actual cuerpo del creyente individual (1Co 6:19); (4) del templo visto en visiones en el Apocalipsis (3.12; 7.15; 11.19; 14.15,17; 15.5,6,8; 16.1,17); (5) del Señor Dios Todopoderoso y el Cordero, como el Templo de la nueva Jerusalén celestial (Rev 21:22). Véanse SANTUARIO, y SANTO bajo SANTIDAD, B, 1 (b), párrafo 4. Notas: (1) El templo mencionado en 2Th 2:4 (naos), como la sede del hombre de pecado, ha sido considerado de diferentes maneras. El peso de la evidencia de la Escritura favorece la postura de que se refiere a un templo literal en Jerusalén, que ha de ser reconstruido en el futuro (cf. Dan 11:31 y 12.11, con Mat 24:15). Para un examen más a fondo de este pasaje, véase Notes on Thessalonians, por Hogg y Vine, pp. 250-252. (2) Para oikos, traducido “templo” en Luk 11:51, véase CASA, A, Nº 1. (3) Para jierosuleo, traducido “¿robas templos?” en Rom 2:22 (VHA), véase ROBAR, A.¶ Para el correspondiente adjetivo, jierosulos, “robadores de templos” (Act 19:37, VM), véase ROBADOR, Nº 1. (4) Neokoros, que aparece en Act 19:35 “guardiana del templo”, se trata bajo GUARDIANA.¶

Fuente: Diccionario Vine Nuevo testamento

El concepto básico del templo en el pensamiento hebreo era identificarlo como la casa de Dios y de ahí que fuera llamado generalmente la «casa de Jehová» (bēṯ Yahweh). Esto no significaba que el hogar apropiado para Jehová fuera una estructura hecha por las manos de los hombres (cf. la declaración de Salomón en 1 R. 8:27), sino que su presencia divina permanecía allí, simbolizada por la nube que cubría el lugar santísimo y la presencia de la gloria de Jehová (las dos en la dedicación del tabernáculo en Ex. 40:34, 35, y en la dedicación del templo de Salomón en 1 R. 8:10, 11). El sitio más sagrado en el templo era la cámara interior donde descansaba el «arca del pacto» con su tapa de oro o cubierta conocida como el «propiciatorio» (kappōreṯ), término relacionado con kippēr. «hacer expiación o propiciación». El Espíritu de Dios descansó aquí en medio de su pueblo Israel (cf. Sal. 46:5; Is. 12:6), en anticipación de aquel estado de bendición prometido en Apocalipsis 21:3 cuando Dios morará en medio de sus redimidos en la Jerusalén celestial. El acceso al lugar santísimo estaba prohibido para todos, excepto para el sumo sacerdote, aunque éste podía entrar únicamente una vez al año, en el Día de la Expiación, en que se rociaba sangre sobre el propiciatorio en la ofrenda por el pecado (Lv. 16:2, 14).

Después de la crucifixión y resurrección de Cristo, el templo llegó a ser obsoleto en la economía de Dios, ya que Cristo y su iglesia llegaron a constituir el cumplimiento típico (Heb. 9:11–14) de todo lo que se había anunciado y prefigurado. «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios …?» (1 Co. 6:19). Puesto que el Espíritu de Cristo mora en el creyente genuino, su cuerpo es «una morada de Dios» o un templo verdadero. Por otra parte, se agrega que los creyentes constituyen «piedras vivas, edificados como casa espiritual» (1 P. 2:5), y en Cristo son «edificados juntamente para morada de Dios en el Espíritu» (Ef. 2:22).

Gleason L. Archer, Jr.

Harrison, E. F., Bromiley, G. W., & Henry, C. F. H. (2006). Diccionario de Teología (594). Grand Rapids, MI: Libros Desafío.

Fuente: Diccionario de Teología

I. Fondo histórico

Algunas de las estructuras más primitivas construidas por el hombre son templos o santuarios donde podía ofrecer culto a su dios en su “casa” (véase K. M. Kenyon, Archaeology in the Holy Land, pp. 41, 51 [en cast. Arqueología en Tierra Santa, 1961], para los santuarios mesolíticos y neolíticos de Jericó). La torre de *Babel es la primera estructura que se menciona en la Biblia y que indica la existencia de un templo (Gn. 11.4). Si bien parece que la intención era que fuese un lugar donde el hombre pudiera encontrarse con Dios, simbolizaba la confianza del hombre en sí mismo, al intentar ascender al cielo, y debido a este sentimiento de orgullo el proyecto fue condenado.

En la Mesopotamia, de donde salió Abraham, cada ciudad tenía un templo dedicado a su deidad patronal. Se consideraba que ese dios era el propietario de la tierra, y si no recibía su bendición esa tierra habría de resultar improductiva, lo cual daría como resultado ingresos pobres para su templo. El rey o gobernante local actuaba como mayordomo del dios. No tenía sentido que los patriarcas seminómades edificasen un santuario fijo para su Dios. Él se les revelaba en los lugares y en la forma que a él le placía. A veces esas ocasiones ofrecían motivo para la erección de un *altar para sacrificios. A veces se conmemoraba dicho acontecimiento con una *columna (Gn. 28.22, °vrv2 “piedra”).

Una vez que Israel adquirió características de nación se hizo necesario contar con un santuario central, un lugar de reunión para todo el pueblo, símbolo de su unidad en el culto a su Dios. Esta necesidad la suplió primero el *tabernáculo durante la peregrinación por el desierto, y luego los santuarios reconocidos durante el período de los jueces (p. ej. Siquem, Jos. 8.30ss; 24.1ss; Silo, 1 S. 1.3).

Las naciones de Canaán tenían sus propios templos, llamados simplemente “casa de Dagón” o casa de la deidad que fuera patrona de la ciudad correspondiente (heb. bêṯ dāḡôn, 1 S. 5.5; bêṯ ˓aštārôṯ, 1 S. 31.10; cf. bêṯ yhwh, Ex. 23.19). Se han encontrado varios de estos templos en Betsán, Hazor, y otros sitios.

La falta de un santuario dedicado a Yahvéh aparecía como una afrenta cuando David hubo consolidado su posición y edificó un palacio permanente para sí mismo. Dijo entonces el rey “yo habito en casa de cedro, y el arca de Dios está entre cortinas” (2 S. 7.2). No le fue dado el que edificase el templo, porque sus propias manos estaban teñidas de la sangre de sus enemigos, pero él reunió los materiales, reunió fondos, y adquirió un lugar adecuado (1 Cr. 22.8, 3; 2 S. 24.18–25). Salomón inició la construcción en el año cuarto, y el templo se completó siete años después (1 R. 6.37–38).

II. El templo de Salomón

a. El sitio

El que se encontraba en la zona llamada ahora “Haram esh-Sherif” en el lado oriental de la “ciudad antigua” de *Jerusalén es algo que no se discute. La ubicación precisa dentro del vasto recinto resulta más incierta. La parte más alta de la roca (ahora cubierta por el edificio conocido como “La cúpula de la roca”) puede haber sido el lugar del santuario de más adentro o del altar de los holocaustos en la parte exterior (2 Cr. 3.1). Presumiblemente esta roca constituía parte de la era de *Arauna, comprada por David por una suma que se indica en cincuenta siclos de plata (2 S. 24.24) o 600 siclos de oro (1 Cr. 21.25).

De la estructura de Salomón no queda nada en pie, y durante las excavaciones auspiciadas por el Fondo para la Exploración de la Palestina no se encontraron rastros concretos de la misma. Más aun, es probable que la tarea de nivelar la roca y de edificar los grandes muros de apoyo para el atrio del templo de Herodes hayan borrado todo vestigio de construcciones anteriores.

b. Descripción

Los pasajes de 1 R. 6–7 y 2 Cr. 3–4 deben servir de base para cualquier reconstrucción del templo de Salomón. Dichos relatos, si bien detallados, no abarcan todos los aspectos, no se entienden perfectamente, y contienen algunas aparentes discrepancias (p. ej. 1 R. 6.2 y 16s). Pueden ser complementadas con referencias incidentales, y por la descripción del templo de Ezequiel, versión ampliada del edificio de Salomón (Ez. 40–43). El templo propiamente dicho era rectangular, orientado de E a O. Es razonable suponer que, como el templo de Ezequiel, se encontraba sobre una plataforma (cf. Ez. 41.8). No se dan las dimensiones de la zona circundante. Siguiendo nuevamente el plano de Ezequiel, parecería que hubo dos patios, interior y exterior; sugerencia apoyada por 1 R. 6.36; 7.12; 2 R. 23.12; 2 Cr. 4.9.

El altar de bronce para los sacrificios se encontraba en el patio interior (1 R. 8.22, 64; 9.25). Tenía 20 codos de lado, y 10 codos de altura (2 Cr. 4.1). Entre este y el pórtico se encontraba la fuente de bronce que contenía el agua para las purificaciones rituales (el “mar … fundido”, 1 R. 7.23–26). Este gran receptáculo, de 10 codos de diámetro, descansaba sobre cuatro grupos de cuatro bueyes de bronce orientados hacia los cuatro puntos cardinales. Fueron retirados por Acaz (2 R. 16.17).

En la dedicación del templo Salomón se ubicó sobre un “estrado” (2 Cr. 6.12s, heb. kı̂yyôr, palabra que se usa para “fuente” en otras partes, Ex. 30.18, etc.; aquí puede significar fuente invertida), lo cual tiene paralelos en las esculturas sirias y egipcias, y posiblemente en las acádicas (véase W. F. Albright, Archaeology and the religion of Israel³, 1953, pp. 152–154).

Una serie de escalones probablemente llevaba del patio interior al *pórtico (heb. ˒ûlām). La entrada tenía dos columnas, *Jaquín y Boaz, con capiteles profusamente ornamentados. Su función es incierta; no constituían parte de la estructura. Es probable que hubiera puertas para cerrar el pasillo (cf. Ez. 40.48).

El pórtico medía 10 codos de largo y 20 codos de ancho (sobre la longitud del codo, véase * Pesos y medidas). Su altura se indica como 120 codos (2 Cr. 3.4), pero seguramente se trata de un error, porque el resto del edificio sólo tenía 30 codos de altura. Al O del pórtico se encontraba la gran cámara en la que se llevaban a cabo las ceremonias rituales ordinarias. Este “lugar santo” (heb. hêḵāl, palabra derivada, a través del cananeo, del sumerio É. GAL, ‘casa grande’) medía 40 codos de longitud, 20 de anchura, y 30 de altura. Puertas dobles de madera de ciprés lo separaban del pórtico, y cada puerta se componía de dos hojas. La declaración de que los postes formaban una cuarta parte (heb. mezûzôṯ mē˒ēṯ reḇi˓ı̂ṯ, 1 R. 6.33; “cuadrados”, °vrv2, sigue a la LXX) de la pared (°vm) resulta difícil de explicar. Posiblemente la entrada tenía cinco codos de anchura, e. d. cuarta parte de la anchura de la pared divisoria, proporción que se conoce en algunos otros templos.

Ventanas con rejas cerca del cielo raso iluminaban el lugar santo (1 R. 6.4). Allí se encontraba el *altar del incienso, la mesa de la *proposición, los cinco pares de *candeleros, juntamente con los instrumentos para los *sacrificios. Las puertas dobles de ciprés que conducían al santuario de más adentro (heb. deḇı̂r, ‘lugar de más adentro’; “oráculo” es una versión improbable) raras veces se abrían, probablemente sólo para el sumo sacerdote en la ceremonia de la expiación. Los postes y el dintel constituían una quinta parte según la descripción (heb. hā˒ayil mezûzôṯ ḥamiššı̂ṯ, 1 R. 6.31). Como con el hêḵāl, esto quizá pueda explicarse como una quinta parte del muro divisorio, cuatro codos.

El santuario de más adentro era un cubo perfecto de 20 codos. Si bien podría pensarse que el piso estaba elevado por sobre el hêḵāl, no hay indicación de que así fuese. Adentro había dos figuras de madera una al lado de la otra, de 10 codos de altura. Dos de las alas de las mismas se encontraban en el centro encima del *arca del pacto, y el ala restante de cada figura tocaba las paredes N y S respectivamente (1 R. 6.23–28; * Querubines). En este lugar santísimo la presencia de Dios se mostraba mediante una nube (1 R. 8.10s).

Cada cuarto estaba forrado con madera de cedro y el piso cubierto con ciprés (o pino, heb. berôš; * Arboles). Las paredes y puertas estaban labradas con flores, palmeras y querubines, y recubiertas con oro, del modo acostumbrado para los templos de la antigüedad, como lo demuestran las inscripciones. No se veía obra en piedra.

Las paredes exteriores del santuario interior y del lugar santo se construyeron con dos retallos de un codo para sostener las vigas correspondientes a tres pisos de pequeñas cámaras en todo el contorno. Así, las cámaras del piso bajo medían 5 codos de ancho, las que estaban encima de estas 6, y las superiores 7. Una puerta en el lado S daba acceso a una escalera en espiral que conducía a los pisos superiores. Dichos cuartos indudablemente servían para guardar elementos y vestimentas, proporcionaban lugar, tal vez, para los sacerdotes de turno, y albergaban las ofrendas en dinero y en mercadería que traían los fieles. Mucho se ha especulado acerca de la proximidad del palacio real al templo, y acerca de la posibilidad de que fuera la “capilla real”. Mientras se puede admitir una relación de esta naturaleza (sugestión apoyada por el pasadizo que conectaba ambos edificios, 2 R. 16.18), es preciso tener presente que era apropiado que el virrey de Yahvéh morase cerca de la casa de Dios; la entrada al templo no estaba limitada al rey.

Salomón contrato a un tirio para que se hiciese cargo de la obra, y utilizó artesanos fenicios (1 R. 5.10, 18; 7.13–14). No resulta sorprendente encontrar paralelos con el diseño del templo y su decorado en ejemplos que se han conservado de la artesanía fenicia o cananea. El plano del edificio es muy similar al de un pequeño santuario del ss. IX a.C. excavado en Tell Tainat sobre el Orontes. Se ven los tres cuartos, un altar en el de más adentro y dos columnas en el pórtico, pero sosteniendo el techo (para un informe completo véase R. C. Haines, Excavations in the Plain of Antioch, 2, 1971). En Hazor un santuario de la edad de bronce tardía también consta de tres partes, y fue construido con madera entre los tramos de piedra (Y. Yadin, Hazor, 1972, pp. 89–91; cf. 1 R. 5.18; 6.36). Numerosos paneles de marfil labrado (procedentes de las paredes o el moblaje de palacios) que se han encontrado en todo el oriente antiguo son de artesanía fenicia, a menudo con temas egipcios. Entre los temas comunes se encuentran las flores, las palmeras, y las esfinges aladas, indudablemente comparables con las talladuras en el templo. Como en el caso de los paneles del templo, dichos tallados estaban recubiertos con oro y adornados con piedras de colores.

c. La historia posterior

Los templos antiguos generalmente hacían de tesorería estatal, vaciada para pagar tributo, o llenada y decorada con botín, según el poderío del país correspondiente. Si, por alguna razón, el gobernante le prestaba poca atención al templo, este perdía sus ingresos y rápidamente comenzaba a venirse abajo (cf. 2 R. 12.4–15). El templo de Salomón no fue ninguna excepción. Los tesoros que Salomón almacenó en el templo fueron saqueados durante el reinado de su hijo, Roboam, por Sisac de Egipto (1 R. 14.26). Reyes posteriores, incluido el propio Ezequías, que adornó el templo (2 R. 18.15s), usaron el tesoro para comprar aliados (Asa, 1 R. 15.18), o para pagar tributo y evitar invasiones (Acaz, 2 R. 16.8). Los reyes idólatras agregaron los accesorios de un santuario cananeo, entre los que se incluían símbolos de deidades paganas (2 R. 21.4; 23.1–12), mientras que Acaz introdujo un altar de tipo foráneo, dezplazando la fuente, en la época en que se sometió a Tiglat-pileser III (2 R. 16.10–17). Para la época de Josías (ca. 640 a.C.), tres siglos después de su construcción, el templo requería reparaciones considerables, que tuvieron que ser financiadas con las contribuciones de los que acudían a adorar (2 R. 22.4). En el 587 a.C. fue saqueado por Nabucodonosor y despojado (2 R. 25.9, 13–17). Aun después de la destrucción acudía gente a sacrificar allí (Jer. 41.5).

III. El templo de Ezequiel

Los exiliados recibieron aliento en medio de su sufrimiento (Sal. 137) mediante la visión que tuvo Ezequiel de un nuevo templo (Ez. 40–43, ca. 571 a.C.). De este templo se dan más detalles que del de Salomón, a pesar de que nunca se llegó a construirlo. El santuario mismo se diferenciaba más que nada en tamaño (pórtico 20 codos de ancho, 12 de largo; lugar santo 20 codos de ancho y 40 de largo; santuario de más adentro 20 codos de lado). Aquí también las paredes estaban recubiertas y labradas con palmeras y querubines. El edificio descansaba sobre una plataforma a la que se ascendía por diez peldaños que tenían dos columnas de bronce a los lados. Tres filas de dependencias rodeaban al santuario interior y al lugar santo. La visión ofrece una descripción del área circundante, algo que falta en el relato del primer templo. Una sección de 500 codos de lado estaba rodeada por un muro que contenía una sola entrada en tres de sus lados, N, E y S. Otras tres puertas, enfrentando a las anteriores, conducían a un patio interior, donde se encontraba el altar del sacrificio ante el santuario. Todas estas puertas estaban bien fortificadas a fin de evitar la entrada de toda persona que no fuese israelita. Había varios edificios en los patios, para almacenaje y para uso de los sacerdotes.

IV. El segundo templo

Este templo permaneció por casi 500 años, más tiempo que el primero, y más que el templo de Herodes. Y sin embargo se lo conoce muy imperfectamente, mediante referencias incidentales. Los exiliados que regresaron (ca. 537 a.C.) llevaron consigo los vasos que había sacado Nabucodonosor, y la autorización de Ciro para la reedificación del templo. Aparentemente el sitio fue preparado, removiéndose los escombros; se edificó un altar, y comenzó la preparación de los cimientos (Esd. 1; 3.2–3, 8–10). Un trecho de muro en el lado occidental del recinto actual, colindante con la mampostería de piedra de Herodes, podría constituir parte de dichos cimientos. Cuando por fin fue terminado tenía 60 codos de longitud y 60 codos de altura, pero hasta los cimientos evidenciaban el hecho de que era inferior al templo de Salomón (Esd. 3.12). Alrededor del santuario había lugares para almacenamiento, y habitaciones para los sacerdotes. De algunas de ellas Nehemías expulsó al amonita Tobías (Neh. 13.4–9). 1 Mac. 1.21; 4.49–51 ofrece información acerca del moblaje. El arca desapareció en la época del exilio y nunca fue recuperada ni remplazada. En lugar de los diez candelabros de Salomón, un candelabro de siete brazos iluminaba el lugar santo, donde también estaba la mesa de la proposición y el altar del incienso. Estos elementos fueron llevados por Antíoco IV Epífanes (ca. 175–163 a.C.), quien fue el que colocó allí la “abominación de la desolación” (altar o estatua pagano) el 15 de diciembre de 167 a.C. (1 Mac. 1.54). Los *Macabeos triunfantes purificaron el templo después de esta contaminación, y volvieron a colocar el mobiliario a fines del 164 a.C. (1 Mac. 4.36–59). También convirtieron el recinto en una fortaleza tan poderosa que resistió el sitio de Pompeyo durante tres meses (63 a.C.).

V. El templo de Herodes

La edificación del templo de Herodes, comenzada a principios del 19 a.C., fue un intento de reconciliar a los judíos con su rey idumeo, más bien que para glorificar a Dios. Se tuvo gran cuidado de respetar la zona sagrada durante las obras, hasta el extremo de preparar a 1.000 sacerdotes como albañiles para que edificasen el santuario. Si bien la estructura principal se completó en 10 años (ca. 9 a.C.), las obras continuaron hasta el 64 d.C.

Como base para los edificios del templo, y a fin de proporcionar un lugar de reunión, se niveló una extensión de unos 450 m de N a S y de unos 300 m de E a O. En algunos lugares se cortó la superficie de la roca, pero una buena parte fue nivelada con escombros, y todo el espacio fue encerrado con un muro de bloques macizos de piedra (normalmente alrededor de 1 m de altura y hasta 5 m de largo; cf. Mr. 13.1). En el rincón SE, mirando hacia la garganta del Cedrón, el patio interior se encontraba a unos 45 m por encima de la roca. Tal vez el parapeto sobre este rincón haya sido el pináculo del templo (Mt. 4.5). Todavía existen porciones de este muro. Una puerta atravesaba el muro N (puerta de Tadi), pero aparentemente no se usaba nunca, y otra atravesaba el muro en el lado E (bajo la actual puerta de Oro). Rastros de las dos puertas de Herodes en el lado S pueden verse todavía debajo de la mezquita de el-Aqsa. Había rampas que llevaban de estas puertas al nivel del patio. Cuatro puertas daban de frente a la ciudad en el lado occidental. Se llegaba a ellas por viaductos que cruzaban el valle del Tiropeón (* Jerusalén). En el rincón NO la fortaleza Antonia dominaba el recinto. Esta era la residencia de los procuradores cuando se encontraban en Jerusalén, y su guarnición estaba siempre lista para sofocar cualquier disturbio en el templo (cf Lc. 13.1; Hch. 21.31–35). La vestidura del sumo sacerdote se guardaba allí en señal de sujeción.

El patio exterior del templo estaba rodeado de un pórtico, dentro de los muros. Según la descripción de Josefo (Ant. 15.410–416), el pórtico S tenía cuatro hileras de columnas y se llamaba pórtico Real. Los pórticos de los otros lados tenían dos hileras cada uno. El pórtico de Salomón se extendía a lo largo del lado E (Jn. 10.23; Hch. 3.11; 5.12). En estas columnatas funcionaban las escuelas de los escribas y allí se llevaban a cabo los debates (cf. Lc. 2.46; 19.47; Mr. 11.27), y los mercaderes y cambistas tenían allí sus puestos (Jn. 2.14–16; Lc. 19.45–46). La parte interior estaba algo más alta que el patio de los gentiles, y estaba rodeada por una balaustrada. Avisos en griego y en latín advertían que las autoridades del templo no se hacían responsables de la probable muerte del gentil que se aventurase a entrar. Dos de dichas inscripciones han sido encontradas. Cuatro puertas daban acceso en los lados N y S, y una en el lado E. Esta última tenía puertas de artesanía de bronce corintia y puede haber sido la puerta llamada la Hermosa en Hch. 3.2.

El primer patio interno (patio de las mujeres) contenía las cajas para los donativos destinados a cubrir los gastos que ocasionaban los servicios (Mr. 12.41–44). A los hombres se les permitía entrar en el patio de Israel, que se encontraba más alto que el patio de las mujeres, y en la época de la fiesta de los tabernáculos podían entrar en el patio de adentro (de los sacerdotes) para circunvalar el *altar. El altar era de piedra sin cortar, y estaba a 22 codos de distancia del pórtico (cf. Mt. 23.35). El plano del santuario era copia del de Salomón. El pórtico medía 100 codos de anchura y 100 codos de altura. Una entrada de 20 codos de ancho y 40 codos de alto daba acceso, y una que medía la mitad de la anterior conducía al lugar santo. Este medía 40 codos de largo por 20 codos de ancho. Una cortina dividía el lugar santo del santuario de más adentro (el velo, Mt. 27.51; Mr. 15.38; cf. 2 Cr. 3.14). El santuario interior medía 20 codos de lado y, como el lugar santo, tenía 40 codos de altura. Un cuarto vacío encima del lugar santo y del santuario interior alcanzaba la altura del pórtico, 100 codos, proporcionando de este modo un techo uniforme. Tres pisos de cuartos rodeaban los lados N, S y O hasta una altura de 40 codos. Puntas de oro cubrían el techo para evitar que se asentaran las aves.

Esta magnífica estructura de oro y de piedra color crema apenas llegó a completarse (64 d.C.) cuando fue destruida por los soldados romanos (70 d.C.). El candelabro de oro, la mesa de la proposición y otros objetos fueron llevados a Roma, como se ve en el arco de Tito. Para la organización del templo, véase *Sacerdotes y levitas.

Bibliografía. °A. Parrot, El templo de Jerusalén, 1962 (véase el comentario sobre esta obra en el próximo párrafo); R. de Vaux, Instituciones del Antiguo Testamento, 1985, pp. 410–432; G. von Rad, Teología del Antiguo Testamento, 1978, t(t). I, pp. 71–78; G. E. Wright, Arqueología biblical, 1975, pp. 196–208.

La mejor síntesis es la de A. Parrot, The Temple of Jerusalem, 1957, que contiene una bibliografía muy completa. Para un estudio detallado véase L. H. Vincent, Jérusalem del l’Ancien Testament, 1–2, 1954; J. Simons, Jerusalem in the Old Testament, 1952; T. A. Busink, Der Temple von Jerusalem, 1970; L. H. Vincent, “Le temple hérodien d’après la Mišnah”, RB 61, 1954, pp. 1–35; C. J. Davey, “Temples of the Levant and the Buildings of Solomon”, TynB 31, 1980, pp. 107–146. Para reconstrucciones del templo de Salomón, véase G. E. Wright, BA 18, 1955, pp. 41–44.

A.R.M.

VI. “Templo” en el Nuevo Testamento

Dos palabras gr., hieron y naos, se traducen “templo”. La primera se refiere al conjunto de edificios que formaban el templo en Jerusalén, y la segunda se refiere más específicamente al santuario. Los comentaristas llaman la atención al hecho de que la palabra preferida por los escritores del NT para describir a la iglesia como templo de Dios es naos. Pero el uso de naos en Mt. 27.5 y Jn. 2.20 impide que se le asigne mucha importancia a este hecho. En el caso de Mt. 27.5 el término tiene que entenderse casi seguramente en el sentido de hieron, de otro modo tenemos la formidable dificultad de explicar cómo fue que Judas penetró la zona que estaba vedada a todos menos los sacerdotes. En cuanto a la afirmación de los judíos en Jn. 2.20, de que llevó 46 años edificar el naos, no es probable que se refiera únicamente al santuario mismo. El uso de naos como sinónimo de hieron aparece también en Herodoto (2.170) y en Josefo (GJ 5.207–211).

Con el uso literal de “templo” en el NT, cf. “casa” (oikos), y “lugar” (topos). Para una descripción del templo de Jerusalén en la época de nuestro Señor, vease la sección V, sup. El uso metafórico de “templo” debe compararse con el uso metafórico de “casa”, “edificio” (oikodomē), “tienda” (skēnē), “habitación” (katoikētērion, ‘morada’).

a. “Templo” en los evangelios

La actitud de Jesús hacia el templo de Jerusalén contiene dos rasgos opuestos. Por un lado, Jesús lo respetaba grandemente; por el otro, le asignó importancia relativamente pequeña. Así, lo llamaba “casa de Dios” (Mt. 12.4; cf. Jn. 2.16). Todo en él era santo, enseñaba, porque había sido santificado por Dios, que moraba en él (Mt. 23.17, 21). El celo por la casa de su Padre lo impulsó a purificarlo (Jn. 2.17), y el pensamiento del próximo fin que le esperaba lo hizo llorar (Lc. 19.41ss). Por contraste tenemos esos pasajes en los que Jesús relegaba el templo a una posición muy subordinada. El era más que el templo (Mt. 12.6). El templo se había convertido en cobertura para la esterilidad espiritual de Israel (Mr. 11.12–26 y paralelos). Pronto habría de desaparecer, ya que una terrible profanación habría de inutilizarlo totalmente (Mr. 13.1s, 14ss). Véase también Mr. 14.57s; 15.29s y paralelos. Esas actitudes contrapuestas no dejan de tener, empero, su explicación.

Al comienzo de su ministerio Jesús se dirigió a los judíos e instó a todo Israel a arrepentirse. A pesar de la creciente oposición, vemos que no de)a de tratar de atraer a Jerusalén (Mr. 11.1ss y paralelos). El templo fue purificado con el propósito de reformar el orden existente (11.15ss y paralelos). Pero el sentido mesiánico de esta acción (Mal. 3.1ss; cf. Salmos de Salomón 17.32ss; Mr. 11.27ss) provocó mayor hostilidad todavía de parte de los dirigentes religiosos, y el judaísmo, persistentemente obstinado e incapaz de reformarse, fue finalmente juzgado indigno de la divina presencia (Mr. 12.1–12). De manera que Jesús, que comenzó venerando el templo, finalmente anunció que su rechazo y muerte darían por resultado la destrucción del mismo. La acusación esgrimida durante el juicio, según la cual Jesús había expresado, “yo derribaré este templo hecho a mano, y en tres días edificaré otro hecho sin mano” (Mr. 14.58; cf. 15.29), constituiría por lo tanto un tipo de peroración adecuado para el impacto que nuestro Señor quería hacer ante los judíos. Marcos atribuye el dicho, sin embargo, a testigos falsos, y aquello que constituía la parte falsa del testimonio es asunto de conjeturas entre los entendidos. Probablemente sea mejor entender la acusación como una inescrupulosa combinación de la predicción de Jesús de que el templo de Jerusalén sería destruido (Mr. 13.2 y paralelos), y el dicho de que el Hijo del hombre sería destruido y que se levantaría al tercer día (Mr. 8.31; 9:31; 10.34 y paralelos). Vale decir que la falsedad estaba en la tergiversación de lo que Jesús enseñaba. Una de las razones de que Marcos no se ocupase de corregir dicha tergiversación puede deberse al hecho de que la acusación era exacta en un sentido más profundo del que pretendían los falsos testigos. La muerte de Jesús arrojó como resultado justamente la anulación del templo de Jerusalén, y su resurrección colocó en su lugar otro templo. El nuevo templo estaba formado por la congregación escatológica de Jesús el Mesías (Mt. 18.20; cf. Jn. 14.23). Lucas y Juan, por consiguiente, no hicieron alusión a los testigos falsos, porque cuando ellos escribieron sus respectivos evangelios la acusación ya no se entendía como infundada.

b. “Templo” en Hechos de los Apóstoles

Pasó algún tiempo, sin embargo, antes de que se pusieran de manifiesto todas las ramificaciones de la obra de Cristo, y en Hechos vemos que los apóstoles siguieron adorando en el templo de Jerusalén (Hch. 2.46; 3.1ss; 5.12, 20s, 42; cf. Lc. 24.52). Parecería que el partido judaico-helenístico representado por Esteban fue el primero en descubrir que seguir a Jesús como Mesías significaba la abrogación del orden simbolizado por el templo de Jerusalén (Hch. 6.11ss). Consecuentemente, la defensa de Esteban se convirtió en un ataque al templo o, más correctamente, a la actitud mental a la que daba lugar el templo (Hch. 7). Pero el que se justifique encontrar en las palabras de rechazo del templo por Esteban una insinuación del nuevo templo hecho sin mano, como lo hacen algunos comentaristas, no puede aseverarse totalmente. Nos encontramos en terreno más firme en Hch. 15.13–18. El “tabernáculo caído de David” de Am. 9.11, por cierto, tiene el sentido primario de dinastía o reino, pero el uso de este versículo del AT en la escatología de los que se adherían al pacto de Qumrán para apoyar su novedosa concepción de un templo espiritual (CDC 3.9), nos permite ver aquí un esbozo de la doctrina de la iglesia como el nuevo templo de Dios, esbozo que es un rasgo muy común de las epístolas.

c. “Templo” en las epístolas

La doctrina de la iglesia como realización del templo mesiánico del AT y de la escatología intertestamentaria, ocupa un lugar muy prominente en los escritos de Pablo. Vease 1 Co. 3.16–17; 6.19; 2 Co. 6.16–7.1; Ef. 2.19–22. La apelación a la profecía es particularmente fuerte en el caso de 2 Co. 6.16ss, donde encontramos un pareado veterotestamentario (Lv. 26.12; Ez. 37.27) que ya se conocía en la escatología judaica sobre el templo mesiánico (Jubileos 1.17). Igualmente característico de la figura del templo en 1 y 2 Co. es su aplicación exhortativa y admonitona. Como que los cristianos constituyen la realización de la esperanza largamente esperada del glorioso templo, deberían vivir vidas santas (2 Co. 7.1; cf. 1 Co. 6.18ss). Igualmente, se les recomienda bregar por la unidad. Así como Dios es uno, hay una sola habitación donde puede morar. El cisma es equivalente a la profanación del templo, y merece la misma pena de muerte (1 Co. 3.5–17). En Ef. la figura del templo se emplea con fines de instrucción doctrinal. Lugar preponderante ocupa en la mente del escritor el carater interracial de la iglesia. El lenguaje que se emplea en el contexto de 3.19–22 deja en claro que el apóstol se valió liberalmente de la esperanza veterotestamentaria de la reunión de Israel y las naciones en el templo escatológico en Jerusalén. Por ejemplo, las palabras “lejos” y “cerca” de los vv. 13 y 17 (cf. Is. 57.19; Dn. 9.7) eran términos técnicos rabínicos para gentiles y judíos (Números Rabbah, 8.4). Igualmente, la “paz” mencionada en vv. 14 y 17 es una alusión a la paz escatológica que habría de prevalecer cuando Israel y los pueblos fuesen reunidos en un solo culto en Sión (Is. 2.2ss; Mi. 4.1ss; Enoc 90.29ss). Es indudable que Pablo consideraba los frutos de su misión gentil como cumplimiento de la fe judaica en su expresión más amplia y más generosa. Espiritualizó la antigua esperanza de una humanidad unificada, y representó a judíos y gentiles como las dos paredes de un mismo edificio, unidas y apoyadas en Cristo, la principal piedra angular (Ef. 2.19–22). La declaración de que el edificio “crece” (auxein) hasta convertirse en un “templo” presenta una figura diferente, a saber la del cuerpo, y revela una cierta fusión de imágenes. “Templo” y “cuerpo” son básicamente ideas coextensivas para “iglesia”. Notemos la yuxtaposición de las dos concepciones en Ef. 4.12, 16.

Con frecuencia se buscan paralelos del uso que hace Pablo de la metáfora en 1 y 2 Co. en los escritos de Filón y los estoicos, donde se usa el término “templo” en relación con el individuo. Esta práctica apenas si puede justificarse, empero. 1 Co. 6.19–20 por cierto que tiene presente al individuo, pero sólo como miembro de la comunidad que corporativamente conforma el templo de Dios. Filón y los humanistas grecorromanos espiritualizaron la palabra “templo” con fines antropológicos, mientras que a Pablo le interesaba la eclesiología y la escatología, y tenía, en cambio, un interés sólo secundario en la antropología. Si se desea hacer comparaciones se las puede buscar con mayor justificativo en los escritos de los integrantes de Qumrán (CDC 5.6; 8.4–10; 9.5–6).

Con “templo” en el corpus paulino cf. “casa” en 1 P. 2.4–10, donde es evidente que las numerosas alusiones en el NT al carácter sacerdotal y sacrificial de la vida cristiana surgen de la concepción de la iglesia como santuario de Dios. Véase también “casa” en He. 3.1–6.

d. “Templo” en Hebreos y Apocalipsis

El concepto de un templo celestial, que era común entre los semitas, y que contribuyó a sostener la esperanza judía cuando las exigencias del período intertestamentario hacían pensar que el templo de Jerusalén no llegaría a ser nunca la metrópoli del mundo, fue adoptado por los primeros cristianos. Hay alusiones al mismo en Jn. 1.51; 14.2s; Gá. 4.21ss; y posiblemente en Fil. 3.20. El edificio que “tenemos de Dios … eterna, en los cielos” en el pasaje notoriamente difícil de 2 Co. 5.1–5 puede también tener alguna relación con dicho concepto. El concepto está, desde luego, más desarrollado en la Epístola a los Hebreos y en el libro de Apocalipsis.

Según el escritor de Hebreos el santuario en el cielo es el patrón (typos), e. d. el original (cf. Ex. 25.8s), y el que está en la tierra y que usaron los judíos es “figura y sombra” (He. 8.5). El santuario celestial es por lo tanto el santuario verdadero (He. 9.24). Pertenece al pueblo del nuevo pacto (He. 6.19–20). Más todavía, el hecho de que Cristo nuestro Sumo sacerdote está en este santuario significa que nosotros, aunque estamos todavía en la tierra, ya participamos en este culto de adoración (10.19ss; 12.22ss). ¿Qué es este templo? El escritor proporciona un indicio cuando dice que el santuario celestial fue purificado (9.23), e. d. debidamente preparado para su uso (cf. Nm. 7.1). La asamblea de los primogénitos (He. 12.23), es decir, la iglesia triunfante, es el templo celestial (* Tabernáculo).

El templo celestial en el libro de Apocalipsis forma parte del gran esquema de espiritualización emprendido por el autor, y debe también tenerse en cuenta el monte de la Sión celestial (14.1; 21.10) y la nueva Jerusalén (3.12; 21.2ss). En realidad de verdad al profeta de Patmos le fueron mostrados dos templos, uno en el cielo y otro en la tierra. Este último es el que corresponde en 11.1ss. La hostigada iglesia militante aparece so capa del templo de Jerusalén, porque el patio fuera del templo, es decir, los tibios que se encuentran al borde de la iglesia, queda exctuido de la medición. Estas imágenes le deben algo a Zac. 2.5, y parecerían tener el mismo significado que el sellamiento de los 144.000 en 7.1–8. Los que han sido medidos, que es decir contados, son los elegidos a quienes Dios protege.

Hay una espiritualización similar, evidentemente, en la visión que del templo en el cielo tiene el autor. Sobre el mte. Sión ve no un edificio magnífico, sino la companía de los redimidos (14.1; cf. 13.6). Se insinúa en 3.12 que Juan espera que sus lectores consideren que la compañía de mártires ocupa el lugar de un templo: “Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios.” Así, el templo celestial “crece”, como su contraparte terrena (véase sup. sobre Ef. 2.21s), a medida que cada uno de los fieles sella su testimonio con el martirio. El edificio se completará finalmente, cuando el número decretado de los elegidos se haya completado (6.11). Desde este templo formado por seres vivos Dios manda su juicio sobre las naciones impenitentes (11.19; 14.15ss; 15.5–16.1), así como en una época dirigía los destinos de las naciones desde el templo de Jerusalén (Is. 66.6; Mi. 1.2; Hab. 2.10).

La nueva Jerusalén no tiene templo (21.22). En un documento como Apocalipsis, que sigue las imágenes y los motivos tradicionales tan íntimamente, la idea de una Jerusalén sin templo resulta novedosa por cierto. La afirmación de Juan de que “no vi en ella templo” se ha tomado con el significado de que toda la ciudad constituía un templo; nótese que la forma de la ciudad es un cubo (21.16), como el santísimo en el templo de Salomón (1 R. 6.20). Pero no es esto lo que dice Juan. Afirma claramente que Dios y el Cordero constituyen el templo. Lo que muy probablemente quiera decir es que en lugar del templo están Dios y su Hijo. Ese parecería ser el gran desenlace para el que está preparando a sus lectores. Primero anuncia dramáticamente que el templo en el cielo está abierto y que su contenido está a la vista de los ojos humanos (11.19). Luego insinúa que la morada divina podría ser nada menos que Dios mismo (21.3; notemos el juego de palabras skēnē y skēnōsei). Por último, dice sencillamente que el templo es el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero. Una tras otra las barreras que separan al hombre de Dios son removidas, hasta que no queda nada que pueda esconder a Dios de su pueblo. “Sus siervos … verán su rostro” (22.3s; cf. Is. 25.6ss). Este es el glorioso privilegio de todos los que ingresan en la nueva Jerusalén.

El uso que se hace del antiguo motivo de juntar y reunir a Israel y las naciones en el templo escatológico por el autor del Apocalipsis resulta, por consiguiente, diferente del de Pablo, aunque complementario. Pablo, como lo notamos arriba, lo aplicó a la iglesia terrenal; Juan lo proyecta hacia el reino celestial y hacia el mundo por venir. La diferencia constituye otra ilustración de la flexibilidad de la figura del templo.

Bibliografía. J. Jeremias, Jerusalén en tiempos de Jesús, 1977, pp. 38–44; E. Schürer, Historia del pueblo judío en tiempos de Jesús, 1985, t(t). II, pp. 317–415; J. Leipoldt, W. Grundmann, El mundo del Nuevo Testamento, 1973, t(t). I, pp. 211ss; W. von Meding, “Templo”, °DTNT, t(t). IV, pp. 248–251.

P. Bonnard, Jésus-Christ édifiant so Église, 1948; A. Cole, The New Temple, 1950; Y. M. J. Congar, The Mystery of the Temple, 1962; M. Fraeyman, “La Spiritualisation de l’Idée du Temple dans les Épîtres pauliniennes”, Ephemerides Theologicae Lovanienses 23, 1947, pp. 378–412; B. Gärtner, The Temple and the Community in Qumran and the New Testament, 1965; R. J. McKelvey, The New Temple, 1969; M. Simon, “Le discours de Jésus sur la ruine du temple”, RB 56, 1949, pp. 70–75; P. Vielhauer, Oikodomē, tesis doctoral, 1939; H. Wenschkewitz, “Die Spiritualisicrung der Kultusbegriffe Tempel, Priester und Opfer im Neuen Testament”, Angelos 4, 1932, pp. 77–230; G. Schrenk, TDNT 3, pp. 230–247; O. Michel, TDNT 4, pp. 880–890; 5, pp. 119–130, 144–147; W. von Meding, C. Brown, D. H. Madvig, en NIDNTT 3, pp. 781–798.

R.J.MCK.

Douglas, J. (2000). Nuevo diccionario Biblico : Primera Edicion. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas.

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico

La forma latina, templum, de la que se deriva el español templo, originalmente significaba un área descubierta delimitada por fronteras; sobre todo un espacio delimitado por los augures para ser excluido de todos los usos profanos. Entre los romanos el recinto de un templo era siempre cuadrangular en un diseño a ras del suelo, de ahí que el llamado templo de Vesta, uno de los santuarios más famosos de Roma, al ser de diseño circular, no era estrictamente un templo, sino sólo un oedes sacra, o edificio sagrado. Cuando los augures habían determinado los límites de un templo-recinto, las líneas divisorias no podían ser legalmente interrumpidas, salvo en un punto, el que iba a servir como entrada. No se necesitaban paredes para marcar estos límites; una fórmula pronunciada por el augur era suficiente, y de esta ceremonia vino la frase effari locum, literalmente, “proclamar un lugar”, de ahí, definir y dedicar.

Es cierto que los pueblos indo-germánicos originalmente no tenían edificios para el culto de sus dioses, sino que adoraban a los dioses en las montañas, como Herodoto dice expresamente de los persas, o creían que sus seres sobrenaturales estaban presentes en bosques y árboles. Por lo tanto entre los antiguos germanos la concepción de un bosque se identificó con la de un templo. Entre los griegos, también, la adoración de los árboles parece ser indicada por la palabra templo, naos, que según algunas autoridades, significaba originalmente “árbol” o “tronco”. Es cierto que los griegos creían que en Dódona oían la voz de los dioses prediciendo el futuro en el susurro de las encinas sagradas.

En la época homérica, el templo como un espacio apartado y conteniendo un altar, que estaba quizás a la sombra de un grupo de árboles, se hallaba con mayor frecuencia que el templo construido por el hombre. Si Homero menciona templos reales, como en Troya y la fabulosa ciudad de los feacios, la circunstancia es probablemente atribuible a la influencia oriental. Los germanos paganos nunca fueron capaces de decidirse a renunciar a su culto original de los dioses en arboledas en alguna medida, como los griegos y los romanos lo hicieron bajo la influencia de Oriente. Sin embargo los pueblos germanos apenas estuvieron totalmente sin templos, no más que los escandinavos, aunque estos templos sólo pudieron haber sido de madera. Los inicios de templos de piedra entre los germanos se remontan probablemente a los primeros siglos cristianos y son atribuibles a la influencia de sus vecinos, los galos.

Cuando se construían nuevos templos, se escogía preferiblemente los recintos ya consagrados a la divinidad. También era costumbre seleccionar el punto más alto en una ciudad, la acrópolis, ya que la preferencia general en ese tiempo era por los espacios altos y abiertos. Además la clase de divinidad también influía en la elección del lugar: así, Zeus prefería las alturas, Marte, las plazas del mercado, Hércules, el gimnasio, otros, el castillo fortificado, las puertas de la ciudad, la llanura. Si el templo no podía erigirse en un espacio abierto dedicado a la divinidad, era costumbre de rodear el templo por un recinto cerrado, con el que se separaba de todo lo profano. Sin embargo con frecuencia había otros edificios dentro de este recinto, como las casas para los sacerdotes, o los establos para los animales de sacrificio. A la entrada se colocaban vasijas con agua, para que los que entraban se rociaran con ella y se purificaran de toda culpa, ya que nada impuro podía entrar al recinto.

Como regla general, el frente de un templo griego quedaba hacia al este. El punto hacia el cual miraba un templo romano era variable, de acuerdo con la teoría de H. Nissen, quien investigó un gran número de estos templos en lo que respecta a este asunto. Afirmó que la posición del frente dependía de la altura del sol en el día de la fiesta del dios correspondiente. Nissen partió de la suposición de que los griegos y los romanos consideraban a los dioses como la manifestación del espíritu que protege el mundo, y como tal, los subordinaban al símbolo original del mundo-el espíritu, el sol. En consecuencia, según su teoría, los templos estaban colocados de forma que el día establecido en el calendario como el día del nacimiento y día de fiesta del dios los rayos del sol naciente cayeran a lo largo del eje del templo y así también en su estatua. Sin embargo esta teoría sufre de la incertidumbre fatal en cuanto a la fecha en que caía el día de la dedicación. Por otra parte, los casos en los que últimamente ha sido posible determinar al dios desconocido que ocupa un templo de posición conocida, a fin de probar la veracidad de esta hipótesis, han demostrado que le resulta desfavorable [Nissen, “Templum” (Berlín, 1869)]. Al mismo tiempo, sin embargo, se mantiene como un hecho que la orientación del templo fue universalmente consuetudinaria, como lo fue más adelante en el caso de la Iglesia cristiana.

Entre los romanos, cuando se terminaba la construcción del templo, las autoridades públicas o por una persona especialmente delegada para esta función lo dedicaban a la divinidad, mientras que los sacerdotes sólo pronunciaban las fórmulas sin completar personalmente el acto sagrado. La dedicación se adhería permanentemente a la tierra que era liberada de todas las demás obligaciones religiosas y se excluía del uso profano. El aniversario de la dedicación se celebraba anualmente con un sacrificio.

Entre los equipos del templo había un altar macizo, mesas de sacrificio, hogares móviles para el fuego, utensilios de sacrificio, y otros objetos, que se dedicaban al mismo tiempo que el templo. Formaron una propiedad del templo que no se podía vender. Sin embargo, en tiempos de necesidad, especialmente en la guerra, estos tesoros fueron a menudo fundidos al igual que lo fueron los costosos utensilios eclesiásticos de la Edad Media y de épocas posteriores. El portero, quien permitía que los visitantes entraran al templo en tiempos determinados, también protegía los tesoros.

El antedicho altar macizo no estaba en el templo, sino enfrente de él. O bien se construía sobre una plataforma de piedra de alta, y así se unía arquitectónicamente al templo, o se ponía frente a los escalones o en el pórtico. Por regla general, sólo había una mesa de sacrificio en el templo y sólo un altar delante de ella.

La naos del templo contenía el objeto más importante, la estatua de la divinidad, que estaba sobre un pedestal contra la pared trasera opuesta a la entrada. Al principio estaba hecha de madera o arcilla, después fue moldeado de bronce o de mármol. Además de la estatua del dios a quien estaba dedicado el templo, a veces se colocaba en el templo las estatuas de otros dioses, en parte como adornos, en parte debido a su relación con el dios principal.

Tomando su uso como base de la clasificación, se pueden distinguir tres tipos de templos: templos para el culto, para usarse en relación con la agones, o juegos de festival y para los misterios. El templo para el culto era pequeño y su naos sólo contenía la estatua del dios que era objeto de veneración; servía exclusivamente para usos religiosos. Este templo a menudo tenía unido a él el templo para los juegos de festival que servía para la solemne coronación del vencedor en las contiendas de competencia nacional, y como el lugar para mantener los utensilios para las fiestas. Los iniciados usaban los templos de los misterios para la celebración de los cultos secretos, y difiere de los demás, en la medida que los escasos restos permiten un juicio, por su amplitud y forma. Estos templos se encontraban, por ejemplo, en Eleusis y en Samotracia. Como se acaba de decir, el templo sólo contenía la estatua del dios; no existía tanto para hombres como para los dioses. Era exclusivamente la casa del dios a quien se le dedicaba. Sin embargo, el dios se alegraba cuando, en las fiestas nacionales, llegaban los hombres a su santuario con oraciones e incienso, y así estos días se convertían en religiosos así como en festivales nacionales.

Una vez más, ya que los objetos colocados en el templo estaban más seguros, sirvió como un tesoro tanto para el Estado como para los particulares. Desde 438 a.C. el tesoro público de Atenas se mantuvo en el Partenón. Naturalmente, el templo también contenía las ofrendas votivas presentadas a los dioses, como estatuas, lámparas, coronas, anillos y pulseras. Anualmente se elaboraba una lista de estos objetos, y se grababa en mármol cada cuatro años: todavía existen algunos de estos fragmentos de mármol. A veces, también, el templo contenía la casa de moneda.

Además de las cosas materiales, el hombre también encontraba en el templo seguridad y protección de un peligro mortal. Cada templo era una asylon, es decir, era inviolable, y nadie se atrevía a alejar a un malhechor del altar, a menos que tal persona desease ganarse la ira de los dioses para sí mismo. Todos los templos no concedían la misma protección: sólo ciertos templos tenían el privilegio de la seguridad incondicional. Sin embargo habían formas de hacer ineficaz el derecho de asilo, como se demostró en el caso del espartano Pausanio. Durante el reinado de Tiberio el gran número de asilos en Asia Menor era un objeto de queja.

En cuanto a la forma y el modo de construcción del templo, en primer lugar, no debemos imaginarnos que los griegos y los romanos construyeron en todo momento para sus dioses las magníficas estructuras que aún hoy todos los hombres de gusto admiran. Los primeros santuarios de los dioses eran cuevas-templos, si a las criptas y grutas se les puede dar ese nombre en absoluto. Incluso en una edad posterior, el culto de Mitra se celebraba preferentemente en las grutas. Relacionados con la cueva-templo natural estaban las rocas-templos artificiales, de los cuales aún se hallan magníficos ejemplos en la India. Una tercera forma, que se halla especialmente en Asiria, México y Perú, puede ser llamada torre, o templos piramidales, porque el verdadero santuario está colocado en una pirámide truncada. Finalmente, la cuarta es la forma clásica de los griegos y romanos. Es un desarrollo del megaron, o la casa del gobernante de los tiempos primitivos, que consistía sólo de una gran sala con un pórtico. Este pórtico estaba formado por la proyección de las paredes laterales de la sala y estaba adornado al frente con dos columnas.

Después de haber considerado brevemente el asunto en su conjunto, ahora vamos a examinar un poco más de cerca el tipo de templo usado por varias naciones civilizadas. Esto es tanto más necesario a fin de evitar la identificación del templo de los griegos con el de otros pueblos. La discusión, sin embargo, debe ser breve, porque los templos, tanto paganos como cristianos, siempre han sido los mayores logros de la arquitectura y por lo tanto se tratan incidentalmente en otros artículos.

Los restos arquitectónicos más antiguos son los de Egipto. El principal punto de interés aquí es la estructura de los grandes templos desde la dinastía décimo octava hasta la vigésima (cerca de 1530 – 1130 a.C.). De especial importancia son las ruinas de los templos en Tebas o en los pueblos actuales de Luxor y Karnak. El templo egipcio no es una estructura orgánica completa en sí misma; en lugar de unidad se encuentran las distintas partes siguientes: dromos, pared circundante, pylon, peristilo, hipóstilo y sekos. Por lo tanto, el templo de los egipcios consistía de un gran complejo de edificios y el recinto del templo, todo rodeado por un muro macizo, y al cual se accede por una ancha avenida (dromos) rodeada por figuras de esfinges y carneros. Entre los templos de Luxor y Karnak esta avenida para las procesiones era de casi una milla y un cuarto de longitud y de casi 75 pies de ancho. En el muro circundante, que en Karnak medía alrededor de 32 pies de ancho, había varios arcos de entrada gigantescos llamados pilonos, flanqueado por edificios en forma de torre. Estos llevaban a los recintos sagrados, dentro del cual había un lago. En ciertos días la estatua del dios estaba remando alrededor de este lago en una bricbarca de oro. Un segundo pilono daba al peristilo, o protikos, un espacio abierto cuadrangular que contiene un salón rodeado de columnas; un tercer pilono lleva a la sala hipóstila, o columnata grande cubierta. La hipóstila se llamó “el salón de la manifestación”, y sólo “los iluminados” podían entrar a ella; las clases bajas de la población podían llegar sólo hasta el peristilo. Al lado más lejano de la sala hipóstila todavía había otras grandes salas que conducían finalmente al santuario propiamente dicho, o sekos, en el cual estaba representada la divinidad por una estatua o algún símbolo; sólo el rey o su representante, el sumo sacerdote, podía entrar al sekos. Más allá de este santuario había otras grandes salas y cámaras para guardar los utensilios para los festivales. Una peculiaridad de esta extensa serie de edificios sagrados es que cuanto mayor sea la distancia desde la entrada más angosta y baja la estructura, de modo que el sekos es sólo una cámara pequeña y oscura.

El gran tamaño y rico equipamiento de los templos egipcios se explica por el hecho de que eran monumentos de la piedad del gobernante, casas reales de oración, en consecuencia, sólo el rey tenía derecho a entrar en el santuario. Por esta razón, las pinturas y relieves sobre un fondo hundido (coelanaglyphic), con el que se adornaban ricamente las paredes del templo, presentaban en las más variadas formas el homenaje y la adoración rendido al gobernante. El gobernante también mostraba la profundidad de su piedad por los magníficos festivales que estaban relacionados al templo.

La arquitectura del templo estaba en armonía con las obscuras, misteriosas y sensuales concepciones religiosas de los egipcios. El templo fue un conglomerado de estructuras inorgánicas dispuestas la una en la otra, que sólo despiertan nuestro asombro por su tamaño y magnificencia. Apenas es necesario decir que ningún sistema rígido prevaleció en el plan de cualquiera de los templos egipcios o los que se indica más adelante, y que había templos pequeños, así como grandes.

Los templos caldeos diferían esencialmente de los de los egipcios; y si en el segundo la extensión principal era horizontal, en el primero era vertical. Los grandes templos de los caldeos se construyeron de manera que formasen una serie de terrazas o peldaños o algo así como un montón de prismas rectangulares, disminuyendo en tamaño desde la base hacia arriba. Según Herodoto, el templo de Bel en Babilonia, construido en una serie de terrazas, que medía en la base dos estadios (1214 pies) por cada tramo. Sobre esta amplia base la estructura en forma de torre se levantaba en siete pisos que eran coronados por el santuario propiamente dicho. Se llegaba a los pisos superiores por medio de una escalera exterior o por un camino inclinado. A mitad de la subida había una cámara donde los que ascendían podían sentarse y descansar. Esta forma peculiar de arquitectura fue influenciada sin duda por la astrología que tenía posición tan autoritativa en la religión caldeo-asiria. Los templos erigidos sobre terrazas eran construidos de tres, cinco o más pisos, de acuerdo con la importancia de la divinidad. Además de éstos, ciertamente debió haber habido casas más pequeñas de un piso para los dioses, aunque todavía no se ha descubierto una prueba positiva de esto. Los templos erigidos en terrazas también se han encontrado en México y Perú, como, por ejemplo, en Tehuacán y Santiago Guatusca.

Los templos indios eran principalmente grutas o cuevas. Generalmente se construían en una o dos formas: o bien labrado en la roca y permaneciendo conectado con la masa principal, o, desprendido de la masa de roca circundante a fin de estar solo. A la primera clase pertenecen en gran parte los templos budistas (chaitya), mientras que la última forma es preferida por los brahmanes. El plano más desarrollado de la chaitya budista se asemeja en algunos puntos al plano de la primera basílica cristiana. Se trata de un espacio cuadrangular, más largo que ancho, y tiene una especie de ábside opuesto a la entrada. El espacio interior está dividido en varias naves por pilares que siguen la línea del ábside. En el ábside está el dagoba, un montículo circular como una tumba, que termina en la cima en un hemisferio con un ti o te (piedra en forma de un altar). El dagoba se utiliza para guardar las reliquias de Buda, y el todo el túmulo está cubierto por una gran sombrilla. Afamadas cuevas-templos se hallan en Karli en las montañas Chatt (siglo II a. C.), en Agunta, y en Pandu-Lena. El templo separado consiste a veces de varios edificios y salas conectadas por escaleras y puentes. Estos edificios han sido separados de la roca madre con el fin de estar en un patio rodeado por claustros con columnas. Este templo es la maravillosa estructura de Kailas (Lugar del Santísimo) en Ellora, una obra del siglo IX. A veces el templo es de pequeñas dimensiones, como el de Mahavelliopore en la costa de Coromandel, que fue excavado en una roca desprendida; el plano horizontal es un cuadrado, y se eleva en varios pisos como una pirámide construida en varias terrazas.

El templo griego típico se erguía solo en una plataforma de base amplia, construida por todos los lados en rellanos llamados crépidas (crepidoma). Generalmente el templo consistía, en primer lugar, del naos o cella, que era un espacio rectangular cerrado para mantener la estatua del dios; en segundo lugar, del pronaos, un pórtico o vestíbulo frente a la cella con la que se conectaba por una puerta, mientras que al frente tenía columnas abiertas con filas de espacios; en tercer lugar, el posticum, un pórtico detrás de la cella y correspondiente al pronaos. Los grandes edificios contenían otras dos estructuras, el opistodomos, una cámara, entre la cella y el osticum, y quinto, el peristilo, un paseo cubierto con un sistema de columnas que rodea el templo y abierto en la parte externa. Estos dos últimas partes mencionados se añadieron probablemente en el siglo VII a. C.

La naturaleza del templo griego variaba con su plano horizontal. La forma más simple se llamó el templo con antoe (templum in antis); antoe significa pilastras que forman las terminaciones de las paredes. Si las dos paredes laterales de la cella se extienden un poco más allá de la pared transversal, y estos extremos de las paredes laterales están acabados con antoe entonces estos dan el nombre a toda la estructura. En el espacio ente los dos antoe generalmente hay dos columnas. El sentido de la simetría daba lugar a la misma construcción en la parte trasera sin que exista ningún cambio en el nombre. Si el pórtico estaba formado únicamente por una fila de columnas, sin la ayuda de paredes, se llamaba anfipróstilo. La verdadera creación de la mente griega fue el peristilo, en la que todo el templo estaba rodeado por una hilera de columnas que sostenían las salientes vigas del techo. Una segunda fila interior de columnas se organizaba generalmente en la parte delantera y trasera del edificio. Si las columnas eran sustituidas por columnas adosadas en las paredes de la cella, el templo era un templo pseudoperíptero. Un templo era llamado díptero si estaba rodeado por una columnata doble, y pseudodípteros cuando no se usaba la fila interior de columnas. Un círculo de columnas con un techo sobre ellos, pero sin una cella, formaba un templo monopteral. Un tercer método para designar o para distinguir los templos es por el número de columnas en el frente; así los templos se llaman tetrástilo, hexástilo, octástilo, es decir que tienen cinco, seis, u ocho columnas.

Hasta el siglo VII a. C. el método de construcción era muy simple: los muros de la cella eran hechos de ladrillos sin quemar que descansaban sobre una base de piedra; las columnas eran de madera, pues originalmente el templo griego en sus partes esenciales no se construyó de piedra. En los edificios de mejor construcción, los muros estaban adornados con azulejos de terracota, y las columnas estaban cubiertas de metales preciosos. Los primeros templos fueron construidos en el estilo dórico; éste fue seguido en el siglo VI por el estilo jónico que vino de Asia Menor, y más tarde por el estilo corintio. Sin embargo, un estilo nunca suplantó totalmente al otro. Si en el templo dórico la impresión era de gran masa, el templo jónico transmitía una agradable sensación de ligereza y gracia. El efecto producido por el templo griego no era uno de tamaño gigantesco, como en el de Egipto, o de masa colosal como en los asirios; sino que surgió de la relación armoniosa entre todos sus miembros, por la espiritualización del estilo de la arquitectura y la ornamentación, así como por la cuidadosa ejecución de todas las partes, incluso las menos vistas. Así se convirtió en un modelo para todos los siglos siguientes, que siempre volvieron a él después de haber intentado durante un tiempo nuevos diseños arquitectónicos propios. Los romanos fueron los primeros en adoptar el plan del templo griego, pero le imprimieron su carácter nacional de varias formas: a menudo omitieron la plataforma de la base o la sustituyeron por un podium sin ningún tipo de escalones, excepto las que conducen a la entrada; enfatizaron el frente mediante la prolongación del pórtico y por el aumento del número de columnas. El diseño finamente balanceado de los griegos fue sacrificado por el despliegue ostentoso de material y el enorme tamaño de la estructura. El templo redondo es peculiar de los romanos, que lo desarrollaron en gran medida. Entre los templos de este estilo, una de las más importantes obras maestras de la arquitectura romana es el Panteón, así como varias estructuras pequeñas y graciosas, como la de Tívoli.

Por más importante que un templo griego o romano sea en términos arquitectónicos, aun así no es nada más que una casa privada bonita y señorial, una morada de la divinidad, no una casa de oración ni un lugar para la gente ofrecer sacrificios. En esto se hace evidente la marcada diferencia entre el templo y la iglesia cristiana. Desde el principio la iglesia cristiana estuvo destinada para acoger a todos los creyentes y su interior estaba dividido en el santuario y la nave para el clero y el laicado. Contenía en sí mismo la semilla fecunda que, con el curso de los siglos, le permitió desarrollarse, incluso en términos arquitectónicos, más allá del templo clásico. En este último, excepto en el templo próstilo, el frente no tenía prácticamente ninguna característica distintiva; en el peripteral, anfipróstilo y otros las partes delanteras y traseras eran iguales. Por otra parte, las fachadas de muchas iglesias cristianas son obras de los mejores acabados y mayor valor arquitectónico. Aunque el templo contenía varias cámaras en el interior, sin embargo este hecho no ejerció ninguna influencia real en su construcción externa, mientras que en la iglesia cristiana, ya sea del estilo románico o del gótico, la disposición interior es fácilmente reconocible desde la construcción externa. Es un hecho sorprendente, y uno que, quizás, no se explica totalmente por el disgusto de los primeros cristianos por los lugares de culto pagano, que desde el principio el modelo escogido para la iglesia cristiana no fue el del templo clásico, sino la basílica, que, como el tribunal y lugar de intercambio, estaba destinado a acoger a un gran número de personas.

Liturgia del Templo

Los tres grandes fiestas nacionales de los judíos —la Pascua, Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos— fueron la ocasión del servicio litúrgico especial del Templo ( Éx. 23,14.17, 34,23; Deut. 16,16). Se podía celebrar otras fiestas por observancia local; no así estas tres fiestas nacionales. Todos los varones debían comparecer a Jerusalén en estas ocasiones: “…sino que sólo en el lugar elegido por Yahveh tu Dios para morada de su nombre…” (Deut. 16,6). Era durante la Pascua, mientras se aderezaba el cordero pascual, que los levitas en el Templo cantaban los Hal-lel (Salmos 113(112) a 118(117): Vulg. 112-117). Estos mismos Salmos se repetían durante la cena pascual —los dos primeros después de la segunda copa, el resto después de la cuarta copa.

La liturgia ordinaria del Templo no está clara para nosotros. El Texto Sagrado sólo provee detalles obscuros y escasos. La gente se reunía en los patios del Templo para recibir instrucción de los profetas y para unirse a ellos en la oración ( Is. 1,12-15). La costumbre deuteronómica era que la Tora debía ser leída al pueblo en el Templo en la Fiesta de los Tabernáculos (Deut. 31,10-13). Después del exilio, Esdras trajo de vuelta esta costumbre ( Neh. 8,5-8); y, sin embargo, ni siquiera la lectura de la Tora fue el propósito principal del Templo, que fue esencialmente una “casa de oración para todas las naciones” (Is. 56,7); su propósito principal era la oración a Yahveh. Fue en el templo de Silo que Ana oró por un hijo varón (1 Sam. 1,11). En el primer Templo de Jerusalén Salomón dijo su oración inspiradora para Israel (1 Rey. 8,12-53).

Aparte de los Salmos, las formas establecidas de oración eran muy raras. En tales formas establecidas, el sacerdote ofrecía las primicias y los diezmos ante el altar del Templo (Deut. 26,5-10); y el sumo sacerdote confesaba los pecados de Israel sobre la cabeza del macho cabrío ( Lev. 16,21). Durante los sacrificios de la mañana y de la noche, los levitas cantaban alabanzas al Señor y le daban gracias (1 Crón. 23,30). Estas alabanzas parecen haber sido los Salmos, pues el líder de los levitas en el tiempo de Nehemías era un hijo de Asaf (Neh. 9,17). Los títulos de muchos de los Salmos dan pruebas de su uso litúrgico en el templo o “la Casa de Yahveh” que precedió al Templo. Los salmos de Asaf y de los hijos de Coré (vea Salmos) en un tiempo formaban una colección litúrgica para el servicio del Templo. Los hijos de Asaf estaban entre los levitas del Templo (1 Crón. 25,1). Los hijos de Coré fueron también una familia levítica de cantantes del Templo (2 Crón. 20,19). De hecho, no puede haber duda de que los Salmos son evidencia de un gradual desarrollo de un himnario litúrgico para el servicio del Templo.

Algunos elementos de la liturgia de la sinagoga (vea sinagoga) probablemente tienen su origen en el servicio del Templo. El “Shema” (Deut. 6,4-9), junto con los Diez Mandamientos y varias bendiciones, eran recitados por el sacerdote en el sacrificio de la mañana (Tamid, V). Josefo (Ant. Jud., IV, VIII, 13) data esta práctica de la sinagoga de la época de Moisés.

Bibliografía: ZENNER, Die Chorgesänge im Buche der Palmen (Freiburg, 1896); ZENNER-WEISMAN, Die Psalmen nach dem Urtext (Münster, 1906). Este último texto edita el texto demasiado y por lo tanto ha sido puesto en el índice (1911.

Fuente: Kleinschmidt, Beda, and Walter Drum. “Temple.” The Catholic Encyclopedia. Vol. 14. New York: Robert Appleton Company, 1912.
http://www.newadvent.org/cathen/14495a.htm

Traducido por L H M

Fuente: Enciclopedia Católica

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público.