VERDAD

v. Fidelidad
Gen 32:10 menor soy que .. toda la v que has
Exo 18:21 temerosos de Dios, varones de v, que
Deu 32:4 Dios de v, y sin ninguna iniquidad en él
1Ki 17:24 la palabra de Jehová es v en tu boca
2Ch 9:5 v es lo que había oído en mi tierra
Psa 25:5 encamíname en tu v, y enséñame, porque
Psa 40:11 tu misericordia y tu v me guarden
Psa 43:3 envía tu luz y tu v; éstas me guiarán
Psa 51:6 he aquí, tú amas la v en lo íntimo, y en
Psa 60:4 has .. bandera que alcen por causa de la v
Psa 85:10 la misericordia y la v se encontraron
Psa 86:11 enséñame .. caminaré yo en tu v; afirma
Psa 89:24 mi v y mi misericordia estarán con él
Psa 91:4 estarás seguro; escudo y adarga es su v
Psa 98:3 acordado de .. de su v para con la casa
Psa 100:5 Jehová .. su v por todas las generaciones
Psa 111:7 las obras de sus manos son v y juicio
Psa 119:30 escogí el camino de la v; he puesto
Psa 119:86 todos tus mandamientos son v; sin
Pro 8:7 mi boca hablará v .. impiedad abominan
Pro 12:17 el que habla v declara justicia; mas el
Pro 20:6 pero hombre de v ¿quién lo hallará?
Pro 22:21 la certidumbre de las palabras de v
Pro 23:23 compra la v, y no la vendas; la
Pro 28:20 hombre de v tendrá muchas bendiciones
Isa 25:1 tus consejos antiguos son v y firmeza
Isa 42:3 caña .. por medio de la v traerá justicia
Isa 48:1 hacen memoria del Dios .. mas no en v
Isa 59:14 la v tropezó en la plaza, y la equidad
Jer 4:2 vive Jehová, en v, en juicio y en justicia fue
Jer 7:28 pereció la v, y de la boca de ellos
Jer 9:3 no se fortalecieron para la v en la tierra
Jer 33:6 les revelaré abundancia de paz y de v
Dan 8:12 echó por tierra la v. e hizo cuanto quiso
Hos 4:1 porque no hay v, ni misericordia, ni
Zec 7:9 diciendo: Juzgad conforme a la v, y haced
Zec 8:3 y Jerusalén se llamará Ciudad de la v
Zec 8:16 hablad v cada cual .. juzgad según la v
Mat 22:16 sabemos que eres amante de la v, y que
Luk 1:4 para que conozcas bien la v de las cosas
Joh 1:14 vimos su gloria .. lleno de gracia y de v
Joh 1:17 y la v vinieron por medio de Jesucristo
Joh 3:21 el que practica la v viene a la luz, para
Joh 4:24 en espíritu y en v es necesario que adoren
Joh 5:33 a Juan, y él dio testimonio de la v
Joh 8:32 conoceréis la v, y la v os hará libres
Joh 8:40 matarme a mí .. que os he hablado la v
Joh 8:46 si digo la v, ¿por qué vosotros no me
Joh 10:41 pero todo lo que Juan dijo de éste, era v
Joh 14:6 yo soy el camino, y la v, y la vida; nadie
Joh 16:13 el Espíritu de v, él os guiará a toda la v
Joh 17:17 santifícalos en tu v; tu palabra es v
Joh 18:38 le dijo Pilato: ¿Qué es la v? Y cuando
Act 26:25 que hablo palabras de v y de cordura
Rom 1:25 cambiaron la v de Dios por la mentira
Rom 2:2 el juicio de Dios contra los .. es según v
Rom 2:8 ira y enojo a los que .. no obedecen a la v
Rom 3:7 si por mi mentira la v de Dios abundó para
Rom 9:1 v digo en Cristo, no miento, y mi
1Co 5:8 sino con panes .. de sinceridad y de v
1Co 13:6 no .. de la injusticia, mas se goza de la v
2Co 4:2 no .. sino por la manifestación de la v
2Co 6:7 en palabra de v, en poder de Dios, con
2Co 7:14 nuestro gloriarnos con Tito resultó v
2Co 13:8 nada podemos .. contra la v, sino por la v
Gal 2:5 para que la v del evangelio permaneciese
Gal 3:1; Gal 5:7 ¿quién .. para no obedecer a la v
Gal 4:16 vuestro enemigo, por deciros la v?
Eph 1:13 vosotros, habiendo oído la palabra de v
Eph 4:15 siguiendo la v en amor, crezcamos en
Eph 4:21 oído .. conforme a la v que está en Jesús
Eph 4:25 desechando la mentira, hablad v cada uno
Eph 5:9 el fruto del Espíritu es en .. justicia y v
Eph 6:14 firmes, ceñidos vuestros lomos con la v
2Th 2:12 condenados .. que no creyeron a la v
1Ti 2:4 salvos y vengan al conocimiento de la v
1Ti 2:7 digo v .. maestro de los gentiles en fe y v
1Ti 3:15 la iglesia .. columna y baluarte de la v
1Ti 6:5 disputas .. de hombres .. privados de la v
2Ti 3:7 nunca .. llegar al conocimiento de la v
2Ti 3:8 así también éstos resisten a la v; hombres
2Ti 4:4 apartarán de la v el oído y se volverán a
Heb 10:26 haber recibido el conocimiento de la v
Jam 5:19 si alguno de .. se ha extraviado de la v
1Pe 1:22 por la obediencia de la v, mediante el
2Pe 1:12 las sepáis, y estéis confirmados en la v
2Pe 2:2 cuales el camino de la v será blasfemado
1Jo 1:6 si .. mentimos, y no practicamos la v
1Jo 1:8 si decimos que .. la v no está en nosotros
1Jo 2:4 dice .. es mentiroso, y la v no está en él
1Jo 2:21 no os he escrito como si ignorareis la v
1Jo 2:21 porque ninguna mentira procede de la v
1Jo 3:18 no amemos de palabra ni de .. sino .. en v
1Jo 3:19 en esto conocemos que somos de la v
1Jo 4:6 en esto conocemos el espíritu de v y el
2Jo 1:2 a causa de la v que permanece en nosotros 4 he hallado a algunos de .. andando en la v
3Jo 1:4 gozo .. el oir que mis hijos andan en la v


Verdad (heb. zemeth, “algo firme [sólido, válido, auténtico]”; gr. aletheia). Según los clásicos griegos: “no ocultación” (a-l’thes) o “lo visto (expresado, indicado) como realmente es”. Según el NT: “lo que tiene certidumbre (certeza, fuerza)” o “aquello en que se puede confiar”. Aletheia se refiere a la “verdad” en cuanto al amor de Dios el Padre por los pecadores tal como se reveló en el plan de salvación y en el Salvador encamado. Por tanto, aletheia se corresponde con el heb. zemeth cuando éste tiene el significado de “fidelidad”, “confiabilidad”. Términos relacionados con aletheia son al’thes (que cuando se refiere a personas significa “genuino [verdadero]”, “honrado”, “sin maldad”; en el NT se aplica a Jesús y a Dios pero no a los seres humanos. excepto 2Co 6:8), al’thinós (“real”, “auténtico”, “verdadero”, “digno de confianza”) y al’thos (“en verdad [verdaderamente]”, “ciertamente”, “en realidad”). zEmeth, en la mayorí­a de los casos no se refiere a la verdad doctrinal, es decir, a un conjunto de creencias. Más bien se refiere al principio de la “fidelidad”. Cuando se aplica a Dios quiere decir que él es leal consigo mismo, que actúa en armoní­a con sus propios atributos divinos (el vocablo deriva del verbo heb. zâman, “ser seguro”, “ser firme”). Un vocablo í­ntimamente relacionado con zemeth es zemunah (“firmeza”, “fidelidad”), que muchas veces es traducido como “verdad”, pues sólo lo que es verdad puede ser digno de una confianza plena y firme. La Biblia es clara en cuanto al tema de la verdad; no se tolera otra cosa. Dios es el “Dios de verdad” (Isa 65:16; Psa 31:5; Deu 32:4), el Hijo es verdad (Joh 14:6) y el Espí­ritu es verdad (1 Joh 5:6). La Palabra es verdad (Joh 17:17) y la ley es verdad (Psa 119:142). Todas las obras de Dios son verdad (Dan 4:37), sus consejos son verdad (ls. 25:1) y sus juicios son verdad (Rom 2:2). Jerusalén es la ciudad de verdad (Zec 8:3) y la iglesia es columna y valuarte de la verdad (1 Tit 3:15). Los seres humanos deben llegar al conocimiento 1192 de la verdad (2:4) y los que no la creen serán condenados (2Th 2:12). Dios no sólo desea una conformidad exterior con la verdad; desea que haya verdad “en lo í­ntimo”, en el corazón (Psa 51:6; 15:2). Pero es evidente que las Escrituras están más interesadas en la demostración viviente de la verdad que en una presentación sistemática y teórica de la verdad. Por tanto, dice que el hijo de Dios debe ser motivado por una pasión por la verdad; es un representante del Dios de verdad. En primer lugar, debe amar la verdad, porque ella le da libertad (Joh 8:32). Habiendo llegado al conocimiento de la verdad (1 Tit 2:4), por medio de la obediencia a la verdad (1Pe 1:22), debe ser santificado por la verdad (Joh 17:19). El Espí­ritu lo guiará a toda verdad (16:13) y, como lo hiciera Cristo, también él dará testimonio de la verdad (18:37). Su testimonio por la verdad será presentado en amor (Eph 4:15), y el amor será el amor de la verdad (2Th 2:10). La persona que esté llena del amor a la verdad será veraz en todo cuanto haga. Odiará y evitará toda clase de simulación e hipocresí­a; sus motivos nunca serán dudosos. Su “sí­” será “sí­”, y su “no” será “no” (Jam 5:12). No se enorgullecerá de su franqueza, ni herirá innecesariamente a otros, pero con humildad corregirá a “los que se oponen” (2 Tit 2:25). Será considerada como una persona en cuya palabra se puede confiar. Si bien existen diversas especulaciones filosóficas acerca de la naturaleza de la verdad, en las Sagradas Escrituras se la concibe estrechamente vinculada con la salvación del ser humano (Eph 1:13). Según este último concepto, “verdad” es mucho más que una simple colección de afirmaciones que, como es obvio, no pueden tener en sí­ mismas la salvación. Finalmente, la verdad debe llevarnos a quien es “el camino, y la verdad, y la vida” (Joh 14:6), porque todo impulso noble que surge en el alma, ya sea de cristianos o de no creyentes, deriva de esa Fuente. Para que haya una verdadera recepción de la verdad, es necesaria la influencia del Espí­ritu Santo (1Co 2:12-15). La palabra escrita o hablada, como la semilla que cae en tierra poco fértil, no tiene poder para cambiar la vida a menos que esté acompañada de la Palabra viviente, “la Verdad”, e “inspirada” por el Espí­ritu.

Fuente: Diccionario Bíblico Evangélico

latí­n, veritas; griego alétheia; hebreo †˜emet. Este es un término que se encuentra en todas partes, en todas las culturas y épocas, en la vida cotidiana; en la ciencia, en el derecho, en la historia. Pero en el campo donde más se trata es en el filosófico, y a través de la historia se han dado infinidad de definiciones de la v., lo que constituye a la filosofí­a en el esfuerzo humano por encontrarla. Una de las definiciones clásicas de la v. la dio el filósofo de Estagira, Aristóteles, en el siglo IV a. C, y fue retomada por Santo Tomás, en el siglo XIII, adæquatio intellectus et rei, concordancia entre el intelecto y la realidad.

En las Escrituras la v. no es un concepto intelectual, es completamente religioso, que describe las relaciones de Dios con el hombre a la luz de Dios. El término hebreo †˜emet, v., procede del verbo †˜aman, que significa †œser firme, sólido, seguro, digno de confianza†. De aquí­ que la v. en la Escritura deba relacionarse con la palabra fidelidad, pues la fidelidad da confianza. Así­, la v. es un atributo de Dios, que se encuentra en sus intervenciones en la historia a favor de su pueblo, en la Alianza: †œHas de saber, pues, que Yahvéh tu Dios es el Dios, el Dios fiel que guarda su alianza y su favor por mil generaciones con los que le aman†, Dt 7, 9; es Dios de lealtad, Dt 32, 4; Dios nunca ha faltado a la Alianza, Ex 34, 6; Sal 138 (137), 2; así­ lo canta el salmista, Sal 89 (88). La fidelidad de Dios va unida, en otros lugares de la Escritura, a los atributos de justicia, Os 2, 21-22; Ne 9, 33; Za 8, 8. La v. de Dios, su fidelidad, es refugio y protección para el justo, por eso se le llama roca, escudo, baluarte, Sal 9, 10; 18 (17), 3/32/47; 31 (30), 3; 43, 2; 54 (53), 7; 59 (58), 17; 61, 8; 91 (90).

La v. es también una caracterí­stica de la palabra de Dios de sus mandamientos, de la Ley, como lo proclama el salmista, Sal 19 (18), 10; 111 (110), 7; 119 (118), 86/138/142/151/160.

La verdad del hombre también tiene en la Escritura la connotación de fidelidad, †œhombres de verdad†, a lo cual se asocia el temor de Dios, Ex 18, 21; Ne 7, 2; es decir, la v. está en la fidelidad a la Alianza, Jos 24, 14; caminando en la presencia del Señor, 1 R 2, 4; 3, 6; con corazón í­ntegro, 2 R 20, 3; Is 38, 3; dentro de la justicia y el derecho, Ez 18, 9. En las relaciones entre los hombres, v. tiene la connotación de lealtad, actuar con sinceridad y fidelidad, Gn 42, 16; 47, 29; Jos 2, 14; †œLos labios veraces permanecen por siempre, sólo un instante, la lengua embustera†, Pr 12, 19; aquí­ también se da la idea de estar firme, de la v. como lo sólido, lo permanente, †˜emet.

En los textos sapienciales la v. es sinónimo de sabidurí­a, †œAdquiere verdad y no la vendas; también sabidurí­a, educación e inteligencia†, Pr 23, 23; †œQohélet trabajó sin descanso inventando frases felices, y escribiendo con acierto sentencias verí­dicas†, Qo 12, 10; †œLucha por la verdad hasta la muerte, y el Señor combatirá por ti†, Si 4, 28. En la literatura apocalí­ptica la v. es el designio de Dios, su querer, Sb 3, 9; en el Libro de la V., dice el profeta Daniel está escrito el designio, la v. de Dios, Dn 10, 21.

En el N. T. para el apóstol Pablo la v. está en el Evangelio, que para los judí­os estaba en la Ley, Rm 2, 20; por lo que habla de la †œv. del Evangelio†, Ga 2, 5-14; que es †œpalabra de v.†, Col 1, 5; Ef 1, 13; Ga 1, 6. Pues, según el apóstol Juan, Jesús, el verbo, el logos, escuchó la palabra del Padre y fue enviado a proclamar su v., Jn 8, 26/40 y 45-58; de la cual vino a dar testimonio, Jn 18, 37.

Esta †œv. del Evangelio† se resume en lo que Cristo respondió a Tomás cuando le preguntó cómo conocer el camino; le dijo Jesús: †œYo soy el Camino, la ®dad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí­†, Jn 14, 5-6.

En el apóstol Pablo la alétheia tiene también el significado de fidelidad de Dios a las promesas, Rm 3, 3; que se cumplen plenamente en Cristo, Rm 15, 8; †œPues todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí­ en él; y por eso decimos por él †˜Amén†™†, 2 Co 1, 18-20. Este amén es de la misma raí­z hebrea †˜aman, y significa †œes firme, digno de confianza†. Alétheia también la emplea el Apóstol en el sentido de v. moral, lo opuesto a la injusticia, Ef 5, 9; 6, 14.

Diccionario Bí­blico Digital, Grupo C Service & Design Ltda., Colombia, 2003

Fuente: Diccionario Bíblico Digital

La palabra verdad, aletheia en el NT, y una variedad de palabras, principalmente †™emeth en el AT, que tienen siempre la connotación de
( 1 ) la consistencia interrelacionada de declaraciones y su correspondencia con los hechos reales, y
( 2 ) los hechos mismos.

El uso bí­blico de la palabra tiene ricos significados sugestivos que van más allá de las connotaciones lit. En Exo 18:21, hombres í­ntegros que aborrezcan las ganancias deshonestas sugiere integridad de carácter, es decir, cierta confiabilidad que va más allá del significado lit. para incluir aquellos aspectos de la conducta personal que parecen estar implicados en el amor a la verdad. Se asume que el concepto de verdad deriva del carácter de Dios (Heb 6:8; comparar Exo 18:21; 2Ti 2:13; Tit 1:2).

Jesús se refiere al evangelio de la gracia de Dios como la verdad (Joh 8:31-32; Joh 17:17).

Una de las escenas más tristes en la Biblia (Joh 18:37-38) es aquella en que Pilato pregunta a Jesús: ¿Qué es la verdad?, y ni siquiera espera una respuesta. Aquellos que son incrédulos al evangelio son moralmente reprensibles delante de Dios (Joh 3:18-19, Joh 3:36; 2Th 2:10-12). Cristo es la verdad.

Fuente: Diccionario Bíblico Mundo Hispano

(dar lo que se ve).

Es la conformidad de lo que se dice con lo que se siente o piensa; la conformidad de las cosas con el entendimiento, de la idea con su objeto.

– Jesucristo es la verdad, el camino y la vida, Jua 14:6, Jua 1:14, Jua 1:17, Jua 3:21, Jua 8:32, Jua 8:40, Jua 8:46, Mat 22:16.

– El Espí­ritu Santo es la verdad, y nos guí­a a la verdad, Jua 16:13.

– E1 Padre es la verdad, Jua 17:17, Sal 25:5, Sal 40:11, Sal 89:24, Sal 100:5, Sal 111:7, Sal 119:86, 1Jn 1:8, 1Jn 2:4, 1Jn 3:19.

– El cristiano tiene que vivir en la verdad, y decir siempre la verdad y nunca la mentira, porque Satanás es el “padre de la mentira”: Jua 8:32, Jua 8:44, Rom 1:25, Rom 2:8, 2Co 6:7, Efe 1:13, Efe 4:15, Efe 4:25, Efe 5:9, Efe 6:14, 2Ti 3:7, 1Jn 2:4, 3:18-I9, 4:6, Stg 5:19.

– El evangelio, es el Evangelio de la verdad, Gal 2:5.

– La Iglesia, Jerusalén, será llamada Ciudad de la Verdad, Zac 8:3.

– Satanás es el padre de la mentira, J n.8:44.

– La herejí­a más sutil y perniciosa de nuestros tiempos es decir que la “verdad moral” no existe: Ver “Relativismo Moral”.

Verdadero y Fie: Jesucristo es el “Verdadero y fiel”, Rev 3:7, Rev 3:14, Rev 19:11, Rev 21:5, Jua 7:18, Jua 7:28, Jua 8:14, Jua 8:17, Jua 8:26, Jua 17:3, Jua 19:35.

– Los verdaderos adoradores, Jua 4:23

Diccionario Bí­blico Cristiano
Dr. J. Dominguez

http://biblia.com/diccionario/

Fuente: Diccionario Bíblico Cristiano

En hebreo, el término aman tiene diferentes sentidos, según el contexto (confirmar, apoyar, mantener, ser fiel, estar seguro, creer en). De él se derivan otros, como †¢amén (ciertamente, verdaderamente, que así­ sea, así­ es) y emet (firmeza, cierto). Este último es el que más frecuentemente se traduce como v. en el AT. Es aquello de lo cual se tiene certidumbre, que es seguro y de lo cual se puede depender.

La v. es uno de los atributos personales de Dios (†œÂ¡Jehová! fuerte, misericordioso … grande en misericordia y v.† [Exo 34:6]). él es el †œDios de v.† (Deu 32:4; Sal 31:5). Todo lo verdadero, entonces, procede de Dios, de su naturaleza. Su palabra es v., porque viene de él (†œTodos tus mandamientos son v.† [Sal 119:86]). él es †œJehová, Dios de v.† (Sal 31:5); †œ… el Dios verdadero; él es Dios vivo y Rey eterno† (Jer 10:10). Por eso David dice: †œTu justicia es justicia eterna, y tu ley la v.† (Sal 119:142). Ante la existencia del politeí­smo y la idolatrí­a, se nos habla del Dios verdadero (†œMas Jehová es el Dios verdadero, él es Dios vivo† [Jer 10:10]). Cuando se habla de este atributo divino en su actuar en la salvación de los hombres, se añaden otros términos, como †œmisericordia† (†œTodas las sendas de Jehová son misericordia y v.† [Sal 25:10]), o paz (†œ… y les revelaré abundancia de paz y de v.† [Jer 33:6]). Dios mismo, en su revelación a Moisés se proclama como †œgrande en misericordia y v.† (Exo 34:6).
las relaciones entre el Dios y el hombre, éste debe corresponder a la fidelidad de Dios con su propia fidelidad, con el sentido de sinceridad y v. †¢Ezequí­as oró a Dios diciéndole: †œTe ruego, oh Jehová, te ruego que hagas memoria de que he andado delante de ti en v. y con í­ntegro corazón† (2Re 20:3). Emet se utiliza con un sentido muy religioso (†œLa suma de tu palabra es v.† [Sal 119:160; 2Sa 7:28]). Por lo cual, la vida piadosa consiste en andar según la v. de Dios (†œEncamí­name en tu v., y enséñame, porque tú eres el Dios de mi salvación† [Sal 25:5]).
cuanto a las relaciones entre seres humanos se aplica el mismo principio. Dios ordenó a Moisés: †œ… escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de v.† (Exo 18:21). Se dice de †¢Hananí­as que †œera varón de v. y temeroso de Dios† (Neh 7:2). La corrupción impera cuando †œno hay v., ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra† (Ose 4:1). Sin embargo, el sentido más corriente de v., que es aquello que se contrapone a lo falso o a lo mentiroso, se expresa también con la palabra emet. †¢José dijo a sus hermanos: †œ… vuestras palabras sean probadas, si hay v. en vosotros† (Gen 42:16). Con este sentido se usa emet para hablar de las relaciones entre seres humanos, donde debe prevalecer la v.
el NT la palabra alëtheia se traduce como v. Algunos eruditos comentan que en la mentalidad hebrea la v. se concebí­a como firmeza y estabilidad, mientras que en la griega se usa para enfatizar lo cierto sobre lo falso o aparente. En realidad, no es fácil señalar con certeza cuándo el uso del NT conserva la idea hebrea o la griega, o si mezcla ambas. En los †¢sinópticos, mayormente en Lucas, el Señor Jesús apenas usa el término (†œEn verdad os digo…† [Luc 4:25; Luc 9:27; Luc 12:44; Luc 21:3]). Algunos piensan que esta es una forma que Lucas usaba para traducir el término amén. En todos los sinópticos los ataques del Señor contra la hipocresí­a y la mentira son evidentes (Mat 22:15; Mar 12:14). El Señor Jesús, según testimonio de Juan, era †œlleno de gracia y de v.† (Jua 1:14). †œLa ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la v. vinieron por medio de Jesucristo† (Jua 1:17). El Señor enseñó que ser discí­pulo de él consistí­a en permanecer en su palabra (†œSi vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discí­pulos; y conoceréis la v., y la v. os hará libres† [Jua 8:31-32]). También dijo: †œSi permanecéis en mí­, y mis palabras permanecen en vosotros…† (Jua 15:7). De manera que creer, obedecer y vivir de acuerdo con la palabra de Cristo significa estar en él, quien es el †œcamino, y la v. y la vida† (Jua 14:6). Debe recordarse siempre que la v. como un absoluto es una persona: Jesucristo. Eso no quiere decir que los hombres no puedan descubrir †œverdades†, es decir, aspectos parcelados de la v. de Dios. él lo permite en su gracia, de lo cual la ciencia es una prueba.
recurre a menudo en sus escritos al término alëtheia. Dice que los hombres †œdetienen con injusticia la v.† y †œcambiaron la v. de Dios por la mentira† (Rom 1:18, Rom 1:25), por lo cual viene la ira de Dios contra ellos. El énfasis del término algunas veces parece estar puesto en el sentido de aquello que es la norma válida, como en Efe 4:21 (†œ… habéis sido por él enseñados, conforme a la v. que está en Jesús†), o en Gal 2:5 (…a los cuales ni por un momento accedimos a someternos, para que la v. del evangelio permaneciese con vosotros”). En otras ocasiones el sentido de fidelidad usado en el AT es el que se emplea (†œ… la v. de Dios abundó para su gloria† [Rom 3:7]); †œCristo Jesús vino a ser siervo de la circuncisión para mostrar la v. de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres† (Rom 15:8).
Padre es †œel único Dios verdadero† (Jua 17:3). El Señor Jesús es †œla v., y la vida† (Jua 14:6) y el Espí­ritu Santo es †œel Espí­ritu de v.† (Jua 16:13), mientras que †¢Satanás es †œmentiroso y padre de mentira† (Jua 8:44). Los creyentes son hijos de Dios y †œninguna mentira procede de la v.† (1Jn 2:21), por lo cual se les exhorta: †œ… desechando la mentira, hablad v. cada uno con su prójimo† (Efe 4:25), porque en el cielo †œno entrará … ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira† (Apo 21:27). La iglesia es †œcolumna y baluarte de la v.† (1Ti 3:15).

Fuente: Diccionario de la Biblia Cristiano

ver, MENTIRA

vet, Conformidad entre lo que se expresa y aquello que es objeto de la comunicación. A través de las Escrituras aparece lo que Dios designa como “la verdad”. Es divina, y está por encima de las opiniones de los hombres, por prudentes y piadosos que éstos sean. En el AT se da la amonestación: “Compra la verdad, y no la vendas” (Pr. 23:23). “La verdad” debe referirse a Dios, el cual es verdadero, pero que como Dios no es llamado “la verdad”. Esta comprende todo lo que pueda ser conocido de Dios, sea declarada por la creación o dada a conocer por revelación. La verdad no es simplemente lo que se mantiene como dogma, sino que tiene que ser recibida en el alma. Pablo preguntó a los gálatas quién los habí­a estorbado para que no obedecieran a la verdad (cfr. Gá. 5:7). El juicio caerá sobre la Cristiandad, “por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2 Ts. 2:10). La verdad es el camino real a la libertad: “la verdad os hará libres” (Jn. 8:32; cfr. v. 36). La verdad no puede ser separada del Señor Jesús que es “el camino, y la verdad, y la vida”. El es la verdad, por cuanto es la revelación personal de Dios al hombre. Ello, objetivamente. Subjetivamente, el Espí­ritu es la verdad, al venir del Cristo glorificado. En las tres Epí­stolas de Juan “la verdad” es constantemente mencionada, y se advierte a una dama cristiana a que no acepte a nadie en su casa, ni le diga “¡Bienvenido!” a no ser que mantenga las doctrinas enseñadas por los apóstoles, en otras palabras, “la verdad”, que está en Jesús (2 Jn. 10, 11; Ef. 4:21). (Véase MENTIRA).

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado

[380]

El octavo mandamiento de la ley de Dios se enuncia tradicionalmente como “No mentir”, expresión que sintetiza el texto del Exodo: “No darás falso testimonio contra tu prójimo” (Ex.19.16), repetido en el Deuteronomio con las mismas palabras (Dt. 5.20)

La tradición ha desarrollado ampliamente el concepto de mentira como oposición a la verdad, y ha reclamado la atención ética de los creyentes en torno a diversas acciones y actitudes que perjudican el derecho que los demás tienen a la verdad.

Se puede presentar el deber de la verdad como una consecuencia natural de ser criaturas de un Dios que es la verdad por excelencia y la condena de la mentira como oposición a esa afinidad divina.

Por otra parte, en clave cristiana, será importante el identificar la verdad con el mismo Cristo que se proclamó “camino, verdad y vida” (Jn. 14.6). Y reclamó a sus seguidores el alejamiento del maligno, pues el fue el “padre de la mentira” (Jn. 8.44).

Se debe juzgar la mentira como un alejamiento esencial de ese Jesús que vino “para dar testimonio de la verdad”, de modo que la moral cristiana será siempre hacerse eco de esa disposición fundamental de sinceridad, veracidad, fidelidad y transparencia.

1. La verdad como ideal
Jesús se presentó como el gran promotor de la verdad de Dios. Ante Pilato, Cristo proclamó que habí­a “He venido al mundo para dar testinonio de la verdad” (Jn. 18.37).

Y el mismo Jesús resaltó este deber fundamental de sus seguidores: decir la verdad y cumplir la palabra dada a Dios y dada a los hombres: “Se dijo a los antepasados: No jurarás en falso, sino que cumplirás al Señor tus juramentos… Pero yo os digo: no juréis ni por el cielo ni por la tierra… ni por Jerusalén ni por tu cabeza… Decid sencillamente sí­, sí­, o no, no, que lo que de ahí­ pasa, viene del maligno” (Mt. 5. 37).

El mandamiento cristiano de la verdad, es algo más que el de “no mentir”. Es el que de forma positiva dice: vive en la verdad y habla la verdad. El seguidor de Cristo debe vivir el ideal de la verdad de su Maestro. La visión positiva es la mejor perspectiva evangélica, porque “Dios es la verdad” (Jn. 3.33 y 8. 26) según el testimonio de Jesús.

De las 182 veces en que se usa el concepto verdad o verdadero (alezeia), 27 veces están en los textos evangélicos y unas 30 en la Epí­stolas, se alude a ser una prerrogativa divina.

Es normal que en la doctrina cristiana se vincule la verdad con el deber de imitar a Dios y se considere la ausencia de verdad como un signo de alejamiento divino. Por eso, la mentira no sólo perturba el orden social y la pací­fica convivencia entre los hombres. Pero, sobre todo, destruye la adhesión a Dios.

1.1. El concepto de mentira
Mentir es ocular la verdad injustamente o engañar a quien tiene derecho natural a saber la realidad de las cosas o de las personas. Mentir tiene un sentido positivo. Una cosa es mentir y otra ocultar la verdad.

El mentir es una deficiencia moral. Pero, a veces, hay que ocultar la verdad, cuando es conveniente que se mantenga sin manifestarse. Nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho de conocerla.

La base de la convivencia humana está en la confianza en las interrelaciones. Por eso es un deber natural no actuar con fingimiento en la comunicación interpersonal. La concordancia entre palabra y pensamiento es condición de vida entre los seres inteligentes.

Entre los bienes que posee el hombre está posibilidad de comunicar los pensamientos y afectos mediante la palabra. El buen empleo de la palabra es un deber y, si el interlocutor tiene derecho a saber la verdad, es además deber de justicia.

Pero no es la materialidad de las palabras lo que esconde un desorden moral en torno a la sinceridad, sino la intencionalidad que las aliente. Cuando se tiene intención de engañar, se miente. Cuando se tiene otra intencionalidad al hablar o al callar no se miente, aunque cuando el interlocutor se lleve a engaño en aquello que no debe saber.

También es bueno recordar que no se puede considerar como mentira ética el uso jocoso del lenguaje, cuando se bromea y se exagera en un intercambio fácilmente identificable por parte de los oyentes.

1.2. Formas de verdad
Precisamente por la abundancia de formas lingüí­sticas se pueden diferenciar diversas formas éticas de adherirse a la verdad o de carecer de ella. El vocabulario expresivo de esa adhesión es múltiple en los idiomas, pero se sostiene sobre el común denominador de la concordancia entre palabra y pensamiento.

1.2.1. Nobleza, franqueza
Es la actitud general de la persona que la inclina a actuar y hablar con transparencia en las comunicaciones o en cuanto pueda poner al interlocutor en comunicación con la realidad.

Lo contrario se denomina hipocresí­a o permanente ocultación de lo que se es o de lo que se piensa.

1.2.2. Sinceridad
Alude a la intencionalidad del que comunica algo y ajusta sus palabras a sus pensamientos con la intención de que el receptor de los mensajes no se equivoque al recibirlos. Lo contrario es el engaño o deseo de que se reciba el objeto de forma errónea.

1.2.3. Lealtad
Cuando existe una vinculación especial de tipo comprometedor con la persona a la que se comunica con palabras o con obras una actitud, una promesa o un compromiso, se habla de lealtad. Con ella se deja claro que la adhesión es firme y se reclama la confianza en que se realizara lo que se insinúa o promete.

Si falla esa consonancia, se habla de deslealtad, de traición, de feloní­a, de farsa, de embuste o de trampa.

1.2.4. Honradez, rectitud
La actitud permanente de decir la verdad y obrar en consecuencia se define como integridad, rectitud y honradez. Se alude con estos términos, al modo de ser y no sólo al modo de actuar o hablar. Si se da lo contrario se habla de fingimiento, de doblez o de astucia.

1.2.5. Fidelidad
Si la verdad se encierra en la palabra firme y en su cumplimiento, se alude al concepto de fidelidad. Se relaciona ordinariamente con la amistad, con el amor matrimonial o con los compromisos adquiridos. Hablamos de infidelidad o traición al quebrantamiento de la palabra dada.

1.2.6. Integridad, probidad
En cuanto constituye el amor a la verdad un modo ético de ser de las personas o de los grupos, se habla de integridad, de honestidad, de dignidad. Y si fallan los comportamientos por el ocultamiento de las disposiciones o intenciones, se habla de dolo, equí­voco, torpeza, o vergonzoso incumplimiento del deber o del compromiso.

1.2.7. Veracidad

Cuando aludimos preferentemente a la palabra escrita o hablada, aludimos a la veracidad, o “manifestación de la verdad”, como la disposición a convertir en hechos reales lo que se pronuncia con palabras. Si se tiene la actitud contraria, un torrente de términos define a quien piensa una cosa y dice intencionada y conscientemente otra: cuentos, chismes infundios, trampas, enredos, etc.

2. La mentira
Tantas formas de expresar la verdad, o de no acertar a expresarla, se condensan en la palabra castellana de mentira. Interesa también analizar a fondo el alcance de la expresión “no mentir”
2.1. Carencia de la verdad
La verdad es la oferta de la realidad tal cual es a quien tiene derecho a ella. La mentira es “decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar”. Implica ocultar, desviar, provocar el error, hablar u obrar contra la palabra que se da o emplea. La mentira es tratar de que los demás caigan en el error.

En sí­ misma, si es auténtica, lesiona los derechos de Dios sobre sus criaturas, pues siendo El la verdad, los hombres deben imitarle y amar la verdad. Quien miente se separa de Dios, suprema verdad.

El derecho y el deber que se asocia a la comunicación de la verdad no es absoluto. Para que haya autentica mentira y la palabra tenga el alcance ético de lesión a la verdad, se ha de presuponer que el receptor de los mensajes tiene derecho natural a conocer la realidad.

De lo contrario no se puede hablar de mentira. No tenemos obligación de revelar todo lo que sabemos a todo el que lo desea conocer, si a ello no le asiste el derecho natural. Por eso no es mentir el “ocultar la verdad”, por el callar o por el disimular, si tal ocultamiento es más conveniente que la manifestación.

Callar puede ser virtud o pecado según lo que exige cada situación. Se debe discernir desde el amor al prójimo y desde el respeto a la verdad, si conviene o no revelar la realidad a quién pide descubrirla. El bien y la seguridad del prójimo, el respeto a la vida privada, el bien común son razones para callar lo que no debe ser conocido.

Es precisamente la conciencia del hombre libre la que determina cuando el derecho ajeno a saber obliga a comunicar hechos o datos y cuándo la obligación está en el no comunicar.

2.2. Rechazo a la mentira en el Evangelio
En el Antiguo Testamento se presenta a Dios como fuente de toda verdad. Su “Palabra es verdad” y “su Ley es la verdad” (Prov 8. 7). O como el autor dice: “Tu verdad de edad en edad.” (Sal. 119. 90)

Pero es el mismo Jesús, según el relato de los evangelistas, el que más fustiga la hipocresí­a. Basta recoger las condenas a los fariseos y escribas (Mat. Cap. 23) para entender lo que para Jesús es el mentir.

El Señor denunció la mentira como obra diabólica: “Vuestro Padre es el diablo… porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira.” (Jn. 8,44)

En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó en plenitud: “Lleno de gracia y de verdad.” (Jn. 1.14). Se proclamó la “La luz del mundo.” (Jn. 8. 12) Y con frecuencia se presentó como “mensajero de la verdad”. (Jn. 14.6)

El mensaje fue recibido y desarrollado por los seguidores del Mesí­as. Cada discí­pulo de Jesús descubrió el deber de enseñar la verdad y de luchar contra la mentira: “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús. Pues el mismo Dios que dijo: De las tinieblas ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo.

Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro, para que parezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros.” (2 Cor. 4. 5-7)

A lo largo de los siglos, tal mensaje definió a los cristianos de todos los tiempos: desde San Policarpo, que decí­a al morir: “Te bendigo por haberme juzgado digno de este dí­a y esta hora, digno de ser contado en el número de los mártires… Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por El, que está contigo y con el Espí­ritu, te sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén.” (Actas de los mártires); hasta el Papa Juan Pablo II dos milenios después (6 Agosto 1993), que escribí­a una Encí­clica sobre la Verdad, comenzando con estas permanentes palabras: “El esplendor de la verdad brilla en todas las obras del Creador, de modo especial en el hombre, creado a su imagen y semejanza.” (Veritatis Splendor 1)

3. Formas de mentira

Las formas de mentira son muchas, como muchas son las palabras y las intenciones de los hombres.

El cristiano debe siempre “rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresí­as, envidias y toda clase de maledicencias”. (1 Pedr. 2. 1) Pero debe conocer los diversos modos de caer en el pecado de la mentira para evitarlos por igual.

3.1. Falso testimonio
Es el uso de la palabra para afirmar en perjuicio o beneficio de otro lo que no es hecho o realidad. Con todo se precisa con esta expresión el testimonio que no responde a la realidad y perjudica a una persona en aspectos graves.

Unas veces se hace en la vida ordinaria, usando la palabra o el escrito. Y en ocasiones puede realizarse en actos públicos como declaraciones, denuncias, testimonios judiciales, etc. que tienen carácter de oficialidad.

3.2. Perjurio.

Si el testimonio va refrendado por un juramento o alusión a Dios presente, con la intención de imponer mayor solemnidad o credibilidad a lo que se dice, entonces se habla de perjurio o juramento, imprecación o dictamen, en el que la palabra humana queda matizada de significación religiosa en quien lo pronuncia, en quien lo recibe o en ambos.

Una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Pero, si se reclama a Dios por testigo, entonces se añade el sacrilegio a la falsedad. Y si la falsedad se pronuncia ante un tribunal, es grave falso testimonio. En la misma Escritura se recuerda la gravedad de tal acción: “El testigo falso no quedará impune, el que profiere mentiras perecerá”. (Prov. 19.9)

3.3. Juicio temerario
Si el juicio no se exterioriza, pero queda en la persona que lo formula o en su cí­rculo í­ntimo de afines, sin trascendencia social, se suele llama “juicio temerario”, imprudente, ligero o banal.

Ni siquiera en el fuero interno de la mente puede el cristiano juzgar mal a los hermanos, no sólo por el respeto que el prójimo merece como hombre, sino por el especial ví­nculo de la fe entre cristianos hijos del mismo Padre.

Es una forma de faltar a la verdad, y de herir la caridad huyendo con ligereza de la verdad, incluso aunque no haya trascendencia en las acciones.

El juicio temerario se evita con el cultivo de la benevolencia y de la presunción de inocencia, interpretando, en cuanto sea posible, en sentido favorable los pensamientos, palabras y acciones del prójimo.

3.4. Maledicencia:

Si los juicios se traducen en palabras, escritas o habladas, comunicadas a terceros y sin fundamento, motivo o necesidad, entonces se habla de maldecir o de hablar mal.

Incluso aunque el objeto de la comunicación sea verdadero o real, la discreción y caridad reclama el silencio si no existe motivo justo para la comunicación.

Es maledicente el que, sin razón objetivamente válida, manifiesta los defectos y las faltas de otros a personas que los ignoran con el ánimo de perjudicar su reputación.

La razón está en la carencia de necesidad o conveniencias para revelar lo oculto perjudicial y el perjuicio para la reputación y el honor del prójimo
Con todo, si la comunicación se hace por un motivo superior al perjuicio que origina, como serí­a evitar un mal, prevenir un peligro, denunciar una situación injusta, no es maledicencia, sino denuncia evangélica, la cual puede llegar hasta ser un deber.

3.5. La murmuración
Una forma de maledicencia es la murmuración, que es el hábito de hablar mal del prójimo en ausencia suya, sobre contenido verdadero o falsos, pero sin necesidad o conveniencia en el hacerlo. Ya el Eclesiástico 21. 28 decí­a: “El murmurador mancha su propia alma, y es detestado por el vecindario.”
Es deber la reserva y la discreción, aunque el objeto de la comunicación sea verdadero, sean públicas o secretas la cosas reveladas. Si son públicas, no se comunica nada nuevo a los oyentes, pero se hiere el respeto y la caridad con los ausentes. Si son secretas, salta la barrera de la murmuración para entrar en la calumnia.

El que fomenta con sus actitudes o sus comentarios la murmuración también contribuye a herir la verdad, la caridad y la justicia.

3.6. La calumnia
Si el objeto de la maledicencia es falso y a sabiendas se hace público con perjuicio material o moral del prójimo, la acción de la comunicación se denomina calumnia. Entonces no se hiere sólo la verdad, sino la justicia (por el objeto) y la caridad (por la persona).

La calumnia está entre las carencias más graves éticamente en relación a la verdad. Se haga por ligereza, por malicia o por intereses materiales, lesiona la justicia con respecto a las personas y deja siempre la posterior obligación de la reparación. La reparación debe ser proporcional al daño causado.

3.7. Contumelia
Cuando la calumnia se realiza de forma ofensiva e hiriente, en la misma presencia de la persona, a la ofensa verbal se añade la lesión moral o fí­sica para quien la recibe. Es la contumelia, que es una forma especialmente grave de calumnia.

3.8. La adulación
Aunque sea frecuente, no deja de ser una falta a la verdad el halago, que es decir a otro lo que le es grato, o la adulación, que es mentir a la cara para sacar beneficios. Se cae en este vicio por buscar un interés: una influencia, un servicio, una amistad, evitar un problema…

3.9. Vanagloria
Es la jactancia del propio valer u obrar, exagerando los propios méritos y publicándolos de forma inoportuna o exagerada, llegando incluso a la megalomaní­a o exageración en los méritos. Lo contrario es la ironí­a, que trata de infravalorar con menosprecio o caricaturas malévolas los méritos ajenos.

Cabeza de Juan Bautista, (Villabrille) defensor de la Verdad
4. Educación en la verdad
Educar en la verdad es fomentar el afán de la sencillez en las palabras, de la objetividad en los mensajes y de la moderación, delicadeza y oportunidad en las manifestaciones.

Nadie esta obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla. Pero es necesario promover, como estilo ordinario del vivir, el clima de verdad y de veracidad. Con él, se desarrolla la personalidad sana con disposiciones siempre limpias, rectas y convenientes.

En un mundo inclinado a los adornos literarios y a las imágenes ficticias propias de los fugaces medios audiovisuales de comunicación, la educación en el espí­ritu de verdad y de sinceridad se convierte en una necesidad imperiosa.

Hay que enseñar a los niños y a los jóvenes a pensar y a hablar con verdad, lo cual no es fácil, pero sí­ posible, si hay buena voluntad.

Esto supone diversos y adecuados compromisos: – Hay que enseñar a lograr el equilibrio justo entre lo que debe ser expresado y lo que debe ser callado, entre la comunicación noble y la reserva, entre el secreto y la palabra oportuna.

– Los estilos de vida sincera se logran con los hábitos de la verdad, que son mucho más efectivos que los actos pasajeros de sinceridad.

– Hay dos cualidades que deben ser cultivadas con interés desde los primeros años: la discreción en el hablar, la prudencia en el callar.

4.1. Discreción
Es la virtud que mueve a decir la verdad cuando debe ser dicha y a callarla cuando es más conveniente el silencio. Esta virtud exige fortaleza, gobierno de sí­ mismo, serenidad y reflexión.

Se consigue con el ejercicio constante y con experiencias prudentes. La espontaneidad ingenua del niño se va transformando en reflexión discreta a medida que la experiencia enriquece la vida y la reflexión se adueña de la persona.

Educar en la discreción es enseñar a mantenerse a igual distancia entre la locuacidad superficial y la reserva desconfiada, distinguiendo materias y personas, momentos y circunstancias.

Se debe guardar la justa reserva respecto a la vida privada de las personas o de los grupos. No siempre es fácil, sobre todo en nuestra cultura que se halla muy impresionada por la noticia de prensa o el flash de Televisión, campos en donde la discreción ciertamente no brilla por su presencia
La manipulación de la información puede inducir a la persona débil, como es la infantil, a asumir una forma ligera de comunicación estructuralmente falsa. Por eso es tan importante educar desde los primeros años en actitud crí­tica e inteligente ante los estilos exagerados de la comunicación social: ante la noticia sensacionalista, ante las ofertas del anuncio comercial, ante los programas polí­ticos partidistas, ante las modas o los reclamos mercantiles, ante las manipulaciones de grupos, sectas, espectáculos, en donde la moral puede quedar diluida en el pragmatismo de los resultados inmediatos.

4.2. El secreto
La educación recta de la nobleza exige fomentar desde los primeros años la fidelidad a la palabra dada, el respeto al secreto prometido, la prudencia reflexiva en el hablar, aunque estos estilos no sean fáciles en los primeros años.

Al niño hay que enseñarle que determinadas situaciones o hechos conocidos por cada persona exigen el secreto natural, sobre todo si perjudica a terceros su manifestación. Hay que enseñar a tener control de la propia palabra y a huir por igual del miedo a la comunicación y del gusto a la maledicencia.

El guardar secreto cuando se debe hacer es un instrumento de formación de la voluntad y de la inteligencia. Sin inclinarse por estilos secretistas en educación, sí­ conviene recordar que las actitudes de la sinceridad, lealtad y fidelidad son posibles en niños y jóvenes. Y son compatibles con la responsabilidad en el hablar, tanto cuando es deber el comunicar una situación perjudicial para otros como cuando hay que guardar un secreto para sí­.

Saber conservar un secreto confiado y aceptado, rechazar las manifestaciones indebidas de otros compañeros, apreciar la propia intimidad y ser respetuoso con la ajena, son medios de fomentar la dignidad, la fortaleza interior, la reflexión y la prudencia en las relaciones sociales.

5. Catequesis de la verdad
Además de los aspectos pedagógicos en general, conviene reconocer que el deber de la sinceridad y de la veracidad debe convertirse en un objetivo importante de la educación religiosa desde la primera infancia.

Hay aspectos relacionados con la verdad y la franqueza que superan los meros criterios pedagógicos y llegan a sincronizar con el mismo mensaje evangélico de Jesús. Esos aspectos son los que constituyen el entramado de la catequesis de la verdad.

1. La catequesis de la verdad comienza por descubrir progresivamente la realidad divina de la verdad misma, en cuanto Jesús se define como Verdad revelada al mundo.

Poco a poco hay que saber presentar en cada edad lo que implica que Cristo es la Verdad, el Verbo, la Palabra hecha carne. Sólo desde la identidad misteriosa de Cristo, se pueden descubrir las razones profundas para valorar la verdad. Estas son: “Dios es la verdad” (Pedr. 8.7), “la Palabra de Dios es la verdad” (Salmos 119 y 142), Cristo mismo “es la verdad” (Jn 8.12 y 146), etc. es lo que lleva a entender y vivir el mensaje cristiano como gesto de amor a la verdad.

2. Pero la verdad es mucho más que una palabra. Es una vida que hay que desarrollar desde los primeros años: se dice la verdad por que Dios lo pide, se exige la verdad por que a Dios refleja, se vive la verdad porque a Dios acerca.

Esa vida en la verdad se cultiva a base de experiencias positivas o negativas. Las positivas se fundan en el placer reforzador que conlleva la declaración de la verdad cuando los demás reconocen su existencia y confí­an en quien la dice. Las negativas tienen que ver con los efectos desagradables y nocivos que implica la mentira, el engaño, el fingimiento y el rechazo de la desconfianza.

En la mente del niño hay que relacionar la verdad con la voluntad de Jesús y la mentida con el alejamiento de la amistad de Jesús.

3. Hay que perfilar una catequesis de la verdad con planes de continuidad. No basta una instrucción pasajera sobre el deber de decir la verdad, sino que se reclama el promover la sincera aceptación de la realidad. Conseguir esa actitud de veracidad no siempre es fácil. El niño esta inclinado en los primero años a la simulación, unas veces por exceso de fantasí­a (etapa de la fabulación entre 3 y 6 años) y con más frecuencia como forma de autodefensa (6 a 9 años). Los resultados desagradables del decir la verdad pueden en ocasiones llevarle a mentir, disimular, incumplir, engañar…

La catequesis debe enseñar a arrepentirse de las mentiras y debe ensalzar los ideales de vida que reflejan quienes nunca mienten. Más que difí­cil, es una catequesis paciente, constante,
4. La catequesis de la sinceridad debe apoyarse en modelos más que en sentencias. El ejemplo de Jesús, de Marí­a su Madre, de los Apóstoles y santos, sobre todo de los mártires, es imprescindible para descubrir el sentido evangélico de la veracidad. Saber y entender que hay quien prefiere la muerte a mentir sobre la propia fe, es algo que impresiona y suscita la imitación.

5. Aunque es conveniente una buena sistematización de la educación moral en lo relativo al octavo mandamiento, el que manda amar la verdad y evitar la mentira, no es la dimensión teórica sino la práctica cotidiana lo que más contribuye a una buena catequesis en este terreno.

Es importante que se desarrolle en los primeros años, ya que los hábitos negativos arraigados al principio, configuran un modo de ser que luego resulta difí­cil desarraigar si se han hecho estilo de vida o preferencia de persona.

Por eso importa que esa catequesis reclame la exigencia en determinados ambientes o situaciones vitales: decir la verdad siempre a los padres, la lealtad con los amigos, la sinceridad en la vida escolar y de estudios, la transparencia de la conciencia y sobre todo la nobleza con uno mismo.

Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogí­a Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006

Fuente: Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa

El entendimiento humano busca siempre la verdad, así­ como la voluntad busca siempre el bien. La verdad es objetiva, indicando aquello que es en realidad en el cosmos, en el mismo hombre, en Dios. Pero la verdad de las cosas proviene de la primera verdad y fuente de la verdad que es Dios (Sal 119,90). Dios es siempre “Veraz” (Rom 3,4). Hay un plan de Dios, lleno de sabidurí­a, que el hombre puede descubrir en la creación y en su propio corazón.

Además de esta verdad de las cosas o de los seres, que el entendimiento puede ir descubriendo, existe la verdad divina que Dios mismo va manifestando por medio de la revelación. Ya no es, pues, sólo que el entendimiento va descubriendo una verdad (sobre el cosmos, el hombre y Dios), sino que Dios va manifestando su verdad más í­ntima por medio de su Palabra pronunciada en los acontecimientos de la historia salví­fica, especialmente en el misterio de la Encarnación del Verbo. Esta “revelación” (que va “descorriendo el velo” de la intimidad divina) tiende a la manifestación plena y definitiva en la visión de Dios, en el más allá.

La vocación de todo hombre es la de buscar, honrar y atestiguar la verdad y el bien. El derecho a la verdad incluye una recta información o comunicación. Se trata de la verdad entera, “la verdad acerca de Dios, la verdad acerca del hombre y de su misterioso destino, la verdad acerca del mundo” (EN 78). A la luz de la fe, apoyada en le revelación, el creyente busca vivir “la verdad del evangelio” (Gal 2,14). La verdad no sólo es objeto del conocimiento humano, sino que es recibida por el hombre como don de Dios en la revelación. Entonces es la verdad que proviene de Dios “para nuestra salvación” (DV 11).

Cuando el entendimiento llega a la verdad y la expresa con ideas o también por medio de palabras y de otros signos, entonces la verdad es también subjetiva. Si las palabras y los hechos corresponden a lo que uno piensa, se llama veracidad, sinceridad, franqueza. Pero, a veces, el entendimiento se equivoca al querer expresar la verdad. O también el hombre no quiere decir la verdad que piensa e incluso obra según conveniencias y no por convicción. Entonces existe falsedad, mentira, hipocresí­a, adulación, engaño, calumnia… El octavo mandamiento prohibe la mentira y todo pecado contra la veracidad, incluso de pensamiento (juicio temerario).

La “verdad” forma parte del anuncio evangélico. Es Jesús mismo, “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14) quien se presenta como “camino, verdad y vida” (Jn 14,6). En efecto, si “la ley fue dada por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo” (Jn 1,17). Por esto el Señor invita a “conocer la verdad” para llegar a la libertad (cfr. Jn 8,32). Ante un tribunal romano, Jesús declaró que habí­a venido “para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37).

El Espí­ritu Santo, enviado por Jesús, “conduce a la verdad plena” (Jn 16,13), que será realidad perfecta sólo en la escatologí­a (en la visión de Dios). La verdad de Jesús santifica (cfr. Jn 17,17). Por esto, “de todo evangelizador se espera que posea el culto a la verdad, puesto que la verdad que él profundiza y comunica no es otra que la verdad revelada y, por tanto, más que ninguna otra, forma parte de la verdad primera que es el mismo Dios” (EN 78).

Todo cristiano está llamado a expresar la verdad con su “sí­” o con su “no” (Mt 5,37). La vocación cristiana consiste en “obrar conforme a la verdad” (1Jn 1,6), con la disposición de dar testimonio de ella con la propia vida (martirio). “El predicador del Evangelio será aquel que, aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmi-tir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar. No rechaza nunca la verdad. No obscurece la verdad revelada por pereza de buscarla, por comodidad, por miedo. No deja de estudiarla. La sirve generosamente sin avasal¬larla” (EN 78).

Referencias Anuncio, ciencia y fe, conciencia, Decálogo, diálogo, libertad, Palabra de Dios, predicación, profetismo, revelación.

Lectura de documentos DV 11; DH 2; EN 78; VS 1-2; CEC 2464-2513.

Bibliografí­a H. U. Von BALTHASAR, La verdad es sinfónica (Madrid, Encuentro, 1979); J. GNILKA, Verdad, en Conceptos Fundamentales de Teologí­a (Madrid, Cristiandad, 1979) II, 862-867; I. DE LA POTTERIE, Historia y verdad, en AA.VV., Problemas y perspectivas de teologí­a fundamental (Salamanca, Sí­gueme, 1982) 130-159; P. RICOEUR, Historia y verdad (Madrid, Encuentro, 1990).

(ESQUERDA BIFET, Juan, Diccionario de la Evangelización, BAC, Madrid, 1998)

Fuente: Diccionario de Evangelización

En hebreo, la palabra emeth significa fidelidad, verdad; su raí­z significa firmeza, estabilidad, solidez; corresponde al “amén”. La verdad es un atributo divino, porque Dios es estable, siempre constante, el mismo siempre. La verdad es también la palabra de Dios (Jn 17,17); es Cristo Jesús (Jn 14,6); es el Espí­ritu Santo (1 Jn 5,6); ser de la verdad es ser de Jesucristo, creer en él, conseguir la vida (Jn 14,6). El testimonio de los cristianos es el testimonio de la verdad (3 Jn 12), y su religiosidad debe ser en espí­ritu y en verdad (Jn 4,23); el que es de la verdad, escucha la palabra de Dios y la practica (Jn 18,37), y el que obra la verdad (Jn 3,21), el que practica el bien (Jn 5,29), debe andar siempre por el camino de la luz (Jn 3,21) y caminar por la vida con espí­ritu, no de miedo ni de esclavitud, sino con espí­ritu de libertad: los que siguen a Jesucristo no son esclavos, sino hijos: la verdad hace libre al hombre (Jn 8,31-32).

E. M. N.

FERNANDEZ RAMOS, Felipe (Dir.), Diccionario de Jesús de Nazaret, Editorial Monte Carmelo, Burbos, 2001

Fuente: Diccionario de Jesús de Nazaret

Pro vení­ate adversa diligere et prospera formidando declinare: por la verdad amad las adversidades y sed cautos y vigilantes ante el éxito. Lo cierto es que cada uno de nosotros tiende más bien a hacer todo lo contrario de lo que nos aconseja san Gregorio. Nosotros amamos el triunfo, deseamos la aprobación de todos, y nos molesta cuando nos critican y nos llevan la contraria. Somos más propensos a tener los temores de don Abundio que el valor del cardenal Federigo. Sólo la gracia de! evangelio, la que triunfa sobre el miedo a la muerte, es capaz de hacernos superar todo respeto humano, haciéndonos contemplar la verdad de Dios, manifestada en Cristo Jesús y hecha nuestra en el Espí­ritu Santo. El Espí­ritu transforma nuestra vida y nos hace capaces de amar tanto la22 verdad del evangelio que, por amor a ella, seamos incluso capaces de superar el miedo al fracaso. Sólo a partir de un corazón tan liberado se puede practicar la justicia hasta ei fondo, amando incluso a los que no nos aman, saludando a los que no nos saludan, perdonando las ofensas y rezando por aquellos que no nos entienden o están en contra nuestra. Es esta verdad evangélica la que nos libera de la contaminación del afán posesivo, de la ambición y del orgullo, y que nos hace ser capaces de servir a los hermanos con prontitud y desinterés.

Carlo Marí­a Martini, Diccionario Espiritual, PPC, Madrid, 1997

Fuente: Diccionario Espiritual

Teológicamente, se entiende por verdad la revelación de Dios que culmina en Jesucristo y que se transmite hasta nuestros dí­as. En el Antiguo Testamento, la verdad se expresa como emet , pero este mismo término es el resultado de un progresivo desarrollo semántico; en efecto, en los textos más antiguos emet indica “ser sólido”, “estable”, “fiel”; después del destierro, sin embargo, asume una connotación más gnoseológica indicando el “plan de Dios” su “sabidurí­a”, la “doctrina” que Yahveh da a los hombres. En el Nuevo Testamento se lleva a cabo el paso de la verdad de la “ley” a la verdad del “evangelio” (cf. Gál 2,5.14).

Las teologí­as neotestamentarias expresan, cada una con su peculiaridad, un aspecto esencial de la verdad; para Pablo seguirá estando presente el influjo de la concepción apocalí­ptica judí­a, mientras que para Juan se explicita la dimensión histórico-personal. Para el cuarto evangelista, la verdad se identifica con la persona misma de Jesús de Nazaret (Jn 14,6), va que en él se cumple el misterio dé la encarnación de Dios; él está “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). La novedad radical que representa la concepción de Juan no deja de tener consecuencias en la formación del pensamiento cristiano.

Respecto a la verdad llegan a enfrentarse dos concepciones fundamentales: la griega-filosófica y la cristiana-teológica. Para ambas concepciones, la verdad está en el ser mismo y -, por tanto, en su manifestación; pero en el concepto de manifestación-revelación, las dos perspectivas difieren radicalmente. En efecto, en el primer caso la verdad en cuanto propiedad del ser puede darse en la contemplación del entendimiento; para los cristianos, por el contrario, es la revelación de Dios en un acontecimiento histórico y lleva consigo las caracterí­sticas de í­a tensión escatológica. Por consiguiente, la verdad no es sólo aletheia como “desvelamiento”, sino más bien como auténtica “revelación” dada en la dialéctica histórica que, al mismo tiempo, revela y esconde hasta la plenitud de la revelación última. En la concepción cristiana la verdad, por primera vez. llega a estar unida a las categorí­as histórico-personales: esto implica inevitablemente su dimensión como de un conocimiento siempre progresivo y nunca exhaustivo, hasta la plenitud escatológica.

La inserción de la verdad en la historia permite mantener en pie un principio teológico ulterior: la presencia del Espí­ritu de Cristo resucitado que en la fatiga de esta historia, pero dentro de la fidelidad a la misma, conduce dinámicamente a su Iglesia “hasta la verdad completa† (Jn 16,131. Los creyentes, por tanto, viven en una verdad que es la de la revelación de Dios dada en Jesucristo y confiada a la Iglesia, pero en camino hacia un descubrimiento y una formulación que permita un conocimiento cada vez más adecuado de la misma y única verdad.

El concilio Vaticano II, superando una concepción tí­picamente gnoseológica de verdad mantenida en diversos niveles por la teologí­a escolástica, recupera fuertemente el fundamento y la densidad bí­blica de verdad. Quizás el texto más importante en este sentido sea el del n. 11 de la Constitución Dei Verbum, donde el concilio afirma que la verdad de la Escritura, antes de ser una verdad contra el error, consiste en su valor revelativo y salví­fico: “Los libros de la Escritura afirman con certeza, fielmente y sin error, la verdad que Dios quiso que se entregara a las sagradas Escrituras para nuestra salvación”.
R, Fisichella

Bibl.: H. K. Link, Verdad, en DTNT, 1V 332344: 1. de la Potterie, Verdad, en DTF, 16091616: íd., Historia y verdad, en R. Latourelle – G. O’ Collins, Problemas y perspectivas de teologí­a fundamental, Sí­gueme, Salamanca 1982, 130-159: P.Ricoeur, Historia y verdad, Ed. Encuentro. Madrid 1990.

PACOMIO, Luciano [et al.], Diccionario Teológico Enciclopédico, Verbo Divino, Navarra, 1995

Fuente: Diccionario Teológico Enciclopédico

SUMARIO: I. Introducción. II. La verdad en el A T y en el judaí­smo: 1. La verdad de Dios; 2. La verdad de los hombres; 3. La verdad en el judaí­smo. III. La verdad en el NT: 1. Herencia bí­blica; 2. La verdad del evangelio: a) La verdad y la fe, b) Verdad y vida cristiana, c) La sana doctrina y el error, d) Cristo y la verdad; 3. La verdad en san Juan: a) La palabra del Padre y Cristo-verdad, b) El espí­ritu de la verdad, c) Verdad y santidad. IV. Verdad bí­blica y verdad cristiana.

I. INTRODUCCIí“N. La noción de verdad ocupa un puesto fundamental, no sólo en todos los sistemas filosóficos yen todas las grandes culturas. Es ya de uso corriente en la vida cotidiana: se dice que un pensamiento o un modo de juzgar es verdadero cuando está conforme con la realidad; o bien se llama verdadero a lo que es real, genuino, no falsificado (un hecho verdadero, un arrepentimiento verdadero). Se habla también de verdad en un nivel más alto del saber humano: se emplea la noción de verdad en la ciencia (es verdadero lo que se ha verificado), en el derecho (un delito verdadero), en la historiografí­a (un hecho histórico). Pero, obviamente, en el campo de la filosofí­a es donde con mayor frecuencia se habla de la verdad. Desgraciadamente, la noción de verdad ha asumido a través de los siglos múltiples significados, hasta el punto de que se ha dicho con razón: se puede considerar la historia de la filosofí­a como historia de la búsqueda de la verdad. Una definición clásica de la verdad es la de Aristóteles, recogida por santo Tomás: adaequatio intellectus et rei. En nuestro tiempo ocupa un puesto central en la ontologí­a de Heidegger la noción de verdad como revelación o desvelamiento: es una concepción que ha tenido gran influjo en la exégesis juanista de Bultmann.

Pero es importante observar que existe también una noción especí­ficamente bí­blica de verdad, diversa de todas las que se han mencionado hasta ahora. Es un concepto esencialmente religioso, que describe las relaciones del hombre con Dios o la vida del hombre a la luz de Dios. Esta noción ha pasado, sin embargo, por una notable evolución; mientras que en el AT la verdad es principalmente la fidelidad a la / alianza, en el NT se convierte en la plenitud de la revelación realizada en / Jesucristo.

II. LA VERDAD EN EL AT Y EN EL JUDAíSMO. El verbo hebreo `aman (cf el amén litúrgico: 2Co 1:20), del cual se formó `emet (verdad), significa fundamentalmente ser sólido, seguro, digno de confianza; por tanto, la verdad es la cualidad de lo que es estable, probado, aquello en lo que podemos apoyarnos. Una paz de verdad (Jer 14:13) es una paz sólida, duradera; un camino de verdad (Gén 24:48) es un camino que conduce seguramente a la meta; “en verdad” significa a veces (Isa 16:3): de modo estable, para siempre. Aplicada a Dios y a los hombres, habrá que traducir frecuentemente la palabra por “fidelidad”: la fidelidad de alguien nos invita a confiar plenamente en él.

1. LA VERDAD DE DIOS. La emet de Dios está ligada a su intervención en la historia en favor de su pueblo. Yhwh es el Dios fiel (Deu 7:9; Deu 32:4; Sal 31:6; Isa 49:7). La importancia de este atributo no se explica bien más que en el contexto de la alianza y de las promesas: “El Señor, tu Dios, es Dios, el Dios fiel que conserva su alianza y su amor por mil generaciones a los que le aman” (Deu 7:9). A menudo `emet va asociado a hesed (p.ej., Sal 89; Deu 138:2) para indicar la actitud fundamental de Dios en la alianza: es una alianza de gracia, a la que Dios no ha faltado nunca (Exo 34:6s; cf Gén 24:27; 2Sa 2:6; 2Sa 15:20). En otras partes la fidelidad va unida a los atributos de justicia (Ose 2:21s; Neh 9:33; Zac 8:8) o de santidad (Sal 71:22), y asume un significado más general, sin referencia a la alianza. En varios salmos la estabilidad divina es presentada como una protección, un refugio para el justo que implora el socorro divino; de ahí­ la imagen del baluarte, de la armadura, del escudo (Sal 91), que ponen de manifiesto la firmeza del apoyo divino (cf Sal 40:12; Sal 43:2s; Sal 54:7; Sal 61:8).
La `emet caracteriza también a la palabra de Dios y a su ley. Los salmos celebran la verdad de la ley divina (Sal 19:10; Sal 111:7s; Sal 119:86.138.142. 151.160); según el texto citado en último lugar, la verdad es lo que hay de esencial, de fundamental en la palabra de Dios; es irrevocable, permanece para siempre.

2. LA VERDAD DE LOS HOMBRES. También aquí­ se trata de una actitud fundamental de fidelidad (cf Ose 4:2). “Hombres de verdad”(Exo 18:21; Neh 7:2) son hombres de confianza; pero ambos textos añaden: “temerosos de Dios”, lo cual une esta apreciación moral con el texto religioso del yahvismo. Ordinariamente, la “verdad” de los hombres designa directamente su fidelidad a la alianza y a la ley divina. Por tanto, describe el conjunto del comportamiento de los justos: de ahí­ el paralelismo con perfección (Jos 24:14), corazón í­ntegro (2Re 20:3), el bien y el derecho (2Cr 31:30), derecho y justicia (Isa 59:14; cf Sal 45:5), santidad (Zac 8:3). “Hacer la verdad” (2Cr 31:30; Eze 18:9) y “caminar en la verdad” (1Re 2:4; 1Re 3:6; 2Re 20:3; Isa 38:3) quiere decir ser fieles observantes de la ley del Señor (cf Tob 3:5).

Para las relaciones de los hombres entre sí­ reaparece la fórmula “hacer la bondad y la verdad” (Gén 47:29; Jos 2:14): significa obrar con benevolencia y lealtad, con una bondad fiel. También aquí­ se encuentra el matiz fundamental de solidez: una lengua sincera “permanece para siempre” (Pro 12:19).

3. LA VERDAD DEL MISTERIO REVELADO. En la tradición más reciente, sapiencial y apocalí­ptica, la noción de verdad adopta un sentido parcialmente nuevo, que prepara el NT: designa la doctrina de sabidurí­a, la verdad revelada. En algunos salmos (Pro 25:5; Pro 26:3; Pro 86:11), la expresión “caminar en la verdad de Dios” da a entender que esta verdad no es simplemente el comportamiento moral, sino la ley misma que Dios enseña a observar. Los sacerdotes deben transmitir “una doctrina de verdad” (Mal 2:6): es la enseñanza que viene de Dios. Así­ pues, “verdad” se convierte en sinónimo de t sabidurí­a: “Hazte con la verdad y no la vendas; con la sabidurí­a, la instrucción y la inteligencia” (Pro 23:23; cf 8,7; 22,21; Qo 12,10); “Hasta la muerte lucha por la verdad” (Sir 4:28 LXX).

La palabra “verdad”, por indicar el designio y el querer de Dios, es también afí­n a / misterio (Tob 12:11; Sab 6:22). En el momento del juicio, los justos “comprenderán la verdad” (Sab 3:9); no en el sentido semí­tico de que deberán experimentar la fidelidad de Dios a sus promesas, ni tampoco en el sentido griego de que verán el ser de Dios, que es verdad, sino en el sentido apocalí­ptico: comprenderán el designio providencial de Dios sobre los hombres. Para Daniel, “el libro de la verdad” (Dan 10:31) es aquel en el que está escrito el designio de Dios: la verdad de Dios es la revelación de su designio (Dan 9:13); es también una visión celestial y la explicación de su significado (Dan 8:26; Dan 10:1; Dan 11:20), es la verdadera fe, la religión de Israel (Dan 8:12).

4. LA VERDAD EN EL JUDAíSMO. Este uso del término se observa en el judaí­smo apocalí­ptico y sapiencial. En Qumrán “la inteligencia de la verdad de Dios” es el conocimiento del misterio (1QH 7,26s), pero que se obtiene mediante la interpretación verdadera de la ley: “convertirse a la verdad” (1QS 6,15) significa “convertirse a la ley de Moisés” (5,8). Doctrina revelada, la verdad tiene también un alcance moral, se opone a la iniquidad: los “hijos de la verdad” (4,5) son los que siguen “los caminos de la verdad” (4,17). La verdad termina así­ por designar en Qumrán el conjunto de las concepciones religiosas de los hijos de la alianza.

III. LA VERDAD EN EL NT. 1. HERENCIA BíBLICA. En Pablo, más que en ninguna otra parte del NT, la noción de verdad (alétheia) presenta los matices que tení­a en los LXX. El apóstol se sirve de ella en el sentido de sinceridad (2Co 7:14; 2Co 11:10; Flp 1:18; ICor 5,8) o en la expresión “decir la verdad” (Rom 9:1; 2Co 12:6; Efe 4:25; lTim 2,7). Profundamente bí­blica es la fórmula “la verdad de Dios” para designar la fidelidad de Dios a sus promesas (Rom 3:7; cf 3,3; 15,8; 2Co 1:18ss: las promesas de Dios fiel tienen su “sí­” en Cristo); igualmente alétheia, en el sentido de verdad moral, de rectitud: opuesta a la injusticia (Efe 5:9; Efe 6:14), caracteriza el comportamiento que Pablo espera de sus cristianos (Col 1:6; 2Co 13:8). El juicio de Dios se caracterizará también por la verdad y la justicia (Rom 2:2).

La antí­tesis entre “la verdad de Dios” y la mentira de los í­dolos (Rom 1:25; cf lTes 1,9) se inspira en la polémica judí­a contra la idolatrí­a pagana (Jer 10:14; Jer 13:25; Bar 6:7.47.50): el verdadero Dios es el Dios vivo, con el cual se puede contar, el que escucha a su pueblo y lo salva.

2. LA VERDAD DEL EVANGELIO. Aquí­ aparece la noción de verdad cristiana. Enlaza con el tema sapiencial y apocalí­ptico de verdad revelada. Los judí­os se hací­an la ilusión de poseer en su ley la expresión misma de la verdad (Rom 2:20), de encontrar en ella depositada toda la voluntad de Dios (Rom 2:18). Pablo sustituye la expresión judí­a “la verdad de la ley” por “la verdad del evangelio” (Gál 2:5.14) o “la palabra de verdad”(Col 1:5; Efe 1:13; 2Ti 2:15). Objeto de una revelación (2Co 4:2) exactamente como el misterio (Rom 16:26; Col 1:26; Col 4:3), es la palabra de Dios predicada por el apóstol (2Co 4:3.5).

a) La verdad y la fe. Los hombres a los que va dirigido este mensaje deben escuchar la palabra (Efe 1:13; Rom 10:14), deben convertirse para llegar al conocimiento de la verdad (2Ti 2:25). La aceptación de la verdad del evangelio tiene lugar mediante la fe (2Ts 2:13; Tit 1:1; 2Ts 2:12; Gál 5:7; Rom 2:8); pero esta fe exige al mismo tiempo el amor de la verdad (2Ts 2:10). “Llegar al conocimiento de la verdad” es en los textos posteriores (lTim 2,4; 2Ti 3:7; cf Heb 10:26) una expresión estereotipada para decir adherirse al evangelio, abrazar el cristianismo, porque los fieles son precisamente los que conocen la verdad (lTim 4,3); ésta no es otra cosa que la fe cristiana (Tit 1:1).

b) Verdad y vida cristiana. Según las cartas católicas, los fieles han sido engendrados a la nueva vida por la palabra de verdad (Stg 1:18; 1Pe 1:23); han santificado sus almas mediante la obediencia a la verdad en el momento del bautismo (1Pe 1:22). Por eso no hay que extraviarse alejándose de esta verdad una vez abrazada (Stg 5:19), reforzándose en la verdad presente con vistas a la parusí­a (2Pe 1:12); hay que continuar deseando esta leche de la palabra a fin de crecer para la salvación (IPe 2,2). De ese modo el cristiano, añade Pablo, se reviste del hombre nuevo y realiza la santidad que exige la verdad (Efe 4:24).
c) La sana doctrina y el error. En las pastorales la polémica contra los herejes confiere al tema un matiz nuevo; la verdad es ahora la buena doctrina (1Ti 1:10; 1Ti 4:6; 2Ti 4:3; Tit 1:9; Tit 2:1), opuesta a las fábulas (lTim 1,4; 4,7; 2Ti 4:4; Tit 1:14) de los doctores de la mentira (lTim 4,2). Estos han vuelto la espalda a la verdad (Tit 1:14; cf 1. Tim 6,5; 2Ti 2:18; 2Ti 4:4); se alzan incluso contra ella (2Ti 3:8). Pero la Iglesia del Dios vivo es “la columna y el fundamento de la verdad” (lTim 3,15).
d) Cristo y la verdad. Entre la verdad y la persona de Cristo existe un lazo estrechí­simo. El objeto del mensaje del apóstol no es una doctrina abstracta, sino la persona misma de Cristo (2Co 4:5; cf Gál 1:16; 1Co 1:23; 2Co 1:19; 2Co 11:4; Efe 4:20; Flp 1:15): Cristo “manifestado en la carne…, proclamado a los paganos, creí­do en el mundo”, es la verdad, de la cual la Iglesia es guardiana; es el misterio de la piedad (1Ti 3:16). El Cristo-verdad anunciado por el evangelio no es, pues, un ser celestial en el sentido gnóstico, sino el Jesús de la historia, muerto y resucitado por nosotros: “La verdad está en Jesús” (Efe 4:2).

3. LA VERDAD EN SAN JUAN. En la teologí­a de Juan, que es ante todo una teologí­a de / revelación, la noción de verdad ocupa un puesto notable. Se interpreta frecuentemente la alétheia juanista en el sentido dualista metafí­sico, platónico o gnóstico, de ser subsistente y eterno, de realidad que se desvela. Pero Juan no llama nunca a Dios mismo la verdad, lo cual serí­a esencial según estos sistemas. En realidad, no hace más que desarrollar el tema apocalí­ptico y sapiencial de la verdad revelada recogido en otras partes del NT, pero insistiendo más en el carácter revelado de la verdad, en su nexo con Cristo y en la fuerza interior que suscita en el creyente.

a) La palabra del Padre y el Cristo-verdad. Para Juan la verdad no es el ser mismo de Dios, sino la palabra del Padre (Jua 17:17; cf 1Jn 1:8 : “La verdad no está en vosotros”, y 1,10: “Su palabra no está en vosotros”). La palabra que Cristo ha escuchado del Padre (Jua 8:26.40; cf 3,33) es la verdad que él viene a “proclamar” (8,40.45s) y de la cual viene a “dar testimonio” (18,37; cf 5,33). Por tanto, la verdad es al mismo tiempo la palabra del Padre y la palabra que el mismo Cristo nos dirige y que debe llevarnos a creer en él (8,31s.45s). La diferencia entre esta revelación y la del AT se subraya fuertemente: “La ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad nos ha venido por Jesucristo” (1,17), porque con él y en él ha aparecido la revelación total, definitiva. Mientras que el demonio es el padre de la mentira (8,44), Cristo proclama la verdad (8,45), está “lleno de la gracia y de la verdad” (1,14). La gran novedad cristiana es ésta: Cristo mismo es la verdad (14,6); lo es no por poseer la naturaleza divina, sino porque, Verbo hecho carne, nos revela al padre al revelarse a sí­ mismo como el Hijo unigénito (1,18). Jesús mismo explica el sentido de este tí­tulo, uniéndolo a otros dos: él es “el camino, la verdad y la vida”; es el camino que conduce al Padre precisamente porque él, el hombre Jesús, en cuanto verdad, nos transmite en sí­ mismo la revelación del Padre (17,8.14.17) y de ese modo nos comunica la vida divina (1,14; 3,16; 6,40.47.63; 17,2; lJn 5,1 lss). Así­ pues, este tí­tulo revela indirectamente la persona divina en Cristo; si Jesús, único entre los hombres, puede ser para nosotros la verdad, es porque ha vivido como Hijo unigénito, “vuelto al seno del Padre” (1,18), y por revelar así­ en sí­ mismo “al Verbo dirigido hacia Dios” (1,2), “la vida eterna vuelta hacia el Padre” (Un 1,2); en una palabra, Jesús es la verdad, la plenitud de la revelación, porque se revela como el Hijo unigénito venido de junto al Padre (1,14).

b) El Espí­ritu de la verdad. Una vez terminada la revelación al mundo (Jua 12:50), Jesús anuncia a sus discí­pulos la venida del Paráclito, el Espí­ritu de la verdad (Jua 14:17; Jua 15:26; Jua 16:13). Para Juan, la función fundamental del Espí­ritu es dar testimonio de Cristo (Jua 15:26; Un 5,6), llevar a los discí­pulos a toda la verdad (16,13), traerles a la memoria todo lo que Jesús les habí­a dicho, es decir, hacerles comprender su verdadero sentido (14,26). Consistiendo su función en hacer comprender en la fe la verdad de Cristo, el Espí­ritu es llamado también “la verdad” (1Jn 5:6); él es en la Iglesia “el que da testimonio”, suscitando con ello nuestra fe en Cristo.

c) Verdad y santidad. Juan subraya con fuerza la función de la verdad en la vida de los cristianos. El fiel debe “ser de la verdad”(Jua 18:37; Un 3,19); después de adherirse de una vez para siempre a la nueva vida mediante la fe (cf Stg 1:18; IPe 1,22s), el cristiano debe nacer del Espí­ritu (Jua 3:5.8) y esforzarse por estar habitualmente bajo el influjo de la verdad que permanece en él (2Jn 1:4), a fin de ser un hombre nacido del Espí­ritu (Jua 3:5.8). Solamente el que permanece así­ en la palabra de Jesús llegará a conocer la verdad y a ser liberado internamente del pecado mediante esta verdad (Jua 8:31s): porque si la fe purifica (Heb 15:9), también la palabra de Cristo hace puro (Jua 15:3); ella nos permite vencer al maligno (1Jn 2:14); cuando el fiel permite que la palabra “permanezca” activamente en él, se hace impecable (Un 3,9), se santifica en la verdad (Jua 17:17.19).

Juan ve, pues, en la alétheia el principio interior de la vida moral y confiere a las antiguas expresiones bí­blicas una novedad de sentido cristiano: “hacer la verdad” quiere decir acoger en sí­ y hacer propia la verdad de Jesús (Jua 3:21) o convertirse en él, reconociéndose pecador (1Jn 1:6); “caminar en la verdad” (2Jn 1:4; 3Jn 1:3s) significa caminar a la luz del precepto del amor (2Jn 1:6), dejarse dirigir en la propia acción por la verdad, por la fe. Amar a los hermanos “en la verdad” (2Jn 1:1; 3Jn 1:1) significa amarlos con la fuerza de la verdad que permanece en nosotros (2Jn lss; cf 1Jn 3:18); la adoración “en el Espí­ritu y en la verdad” (Jua 4:23ss) es una adoración que brota de dentro; es un culto inspirado por el Espí­ritu y por la verdad de Jesús, que el Espí­ritu de verdad hace activos en los que ha hecho renacer; Jesús-verdad se convierte así­ en el nuevo templo, en el ambiente de comunión en el cual se practica la oración distintiva de los tiempos mesiánicos. Finalmente, la verdad implica también para el fiel obligaciones apostólicas: colaborar con la verdad (3Jn 1:8) significa cooperar con la fuerza interna de la verdad que está en nosotros para realizar la expansión del mensaje evangélico en el amor fraterno.

Así­ pues, la verdad en sentido cristiano no es el campo inmenso de lo real, ni tampoco el mundo divino de las ideas (la “llanura de la verdad”) que tendrí­amos que conquistar con un esfuerzo de pensamiento o de contemplación, como en el platonismo, sino que es la verdad del evangelio, la palabra reveladora que viene del Padre, que está presente en Jesús-verdad y que es iluminada por el Espí­ritu de la verdad; es aquella verdad que debemos acoger en la fe, a fin de que nos transforme en hijos de Dios. Esta verdad de la revelación resplandece siempre para nosotros en la persona de Cristo, que es el mediador y al mismo tiempo la plenitud de toda la revelación.

IV. VERDAD BíBLICA Y VERDAD CRISTIANA. La noción bí­blica de verdad, que es diversa de la griega, ha permanecido viva en toda la tradición de la Iglesia (en los padres que no experimentaron el influjo platónico, en la liturgia y en los documentos del magisterio); pero aquí­ reviste acentos diversos. El término verdad designa la revelación cristiana, la verdadera fe; Para san Ireneo, la verdad es “la doctrina del Hijo de Dios” (Adv. Haer III, 1,1: SCR 211,20); regula veritatis es para él casi sinónimo de regula fidei. San Cromacio de Aquilea observa que el alma fiel se nutre “de la divina Escritura, del alimento de la fe y de la palabra de verdad” (Sermo 12,6: CCL 9A,55). Según san Gregorio, viven siempre en la Iglesia “almas que irradian la luz de la verdad” (Moralia 19,17: PL 76,106). En los textos litúrgicos vuelven diversas veces las fórmulas siguientes: la verdad del evangelio, la luz de la verdad, la verdad cristiana (o católica), etc. El Vat. II permanece fiel a esta tradición: a la luz de la fe hay que “escudriñar toda la verdad encerrada en el misterio de Cristo” (DV 24); y en un texto largamente discutido, el concilio dice que “los libros de la Sagrada Escritura enseñan aquella verdad que para nuestra salvación quiso Dios que quedara consignada en las letras sagradas” (DV 11).

BIBL.: AA.VV., Alétheia, en GLNT 1, 625-674; AUGUSTINOVIé A., Alétheia nel IV Vangelo, en “Studii biblici Franciscani liber annuus” 1 (1950-51) 161-190; BENOIT P., La vérité dans la Bible, en “Vie spirituelle” 114 (1966) 386-416; DE LA POTrERIE I., Gesú Veritá, Marietti, Turí­n 1973; ID, La vérité dans Saint Jean, 2 vols., Istituto Biblico, Roma 1977; Io, Storia e veritá, en AA.VV., Problemi e Prospettive di Teologia Fondamentale, Queriniana, Brescia 1980; GIBLET J., Aspectos de la verdad en el NT, en “Concilium” 83 (1973) 338-347; GNILKA J., Verdad, en Conceptos Fund. de Teologí­a II, Cristiandad, Madrid 1979,, 862-867; GUILLET J., Thémes bibliques, cc. II-III, Aubier, Parí­s 1951; HAACKER Kl., II concetto biblico di veritá, en “Studi di teologí­a” 2 (1979) 4-36; IBuit Y., Die Wahrheit im Johannesevangelium, Bonn 1972; LINK H.-G., Verdad (alétheia), en DTNT IV, 332-340; MARCHESI G., La veritá nel Vangelo di Giovanni, en “Civiltá Cattolica” 129 (1978/I) 348-363; MURPHY-O’CONNOR J., La “verité” chez saint Paul et á Qumrán, en “RB” 72 (1965) 29-76; PORUBCAN S., La radice ‘mn nell AT, en “RBit” 8 (1960) 324-336; 9 (1961) 173-183.221-224; THERON D.J., Alétheia in the Pauline Corpus, en “Evangelical Quarterly” 26 (1954) 3-18.

I. de la Potterie

P Rossano – G. Ravasi – A, Girlanda, Nuevo Diccionario de Teologí­a Bí­blica, San Pablo, Madrid 1990

Fuente: Nuevo Diccionario de Teología Bíblica

En la cultura contemporánea, después de Marx y de Nietzsche, dicen los filósofos que nos encontramos frente a una “inmensa crisis de la idea de verdad” (A, del Noce), que asistimos a una auténtica “eliminación de la verdad” (F.M. Sciacca). También algunos teólogos abundan en esta idea, especialmente en el contexto del reto de las religiones: para poder participar del /diálogo interreligioso, sienten algunos la tentación de considerar sólo el valor salví­fico de las diversas religiones y de poner entre paréntesis el problema de su verdad (o eventualmente de sus errores). La pregunta por la verdad, sin embargo, es insoslayable si se quiere evitar el peligro de caer en el sincretismo o de reducir el diálogo a una simple fenomenologí­a de las religiones (l Religión: fenomenologí­a). Pues bien, si uno se interroga por la verdad de las religiones, debe honestamente hacerlo también con el cristianismo. Pero ¿cuál será su punto de referencia? Para un. cristiano sólo puede serlo la verdad cristiana. Pero ¿qué significa esta expresión? También aquí­ es necesaria la reflexión cristiana, pues se corre el peligro de reducir la verdad al dogma (para el católico) o bien de identificarla con las propias tradiciones teológicas (para todos los cristianos); es decir, con ciertos sistemas de nociones que no necesariamente pertenecen a la esencia del cristianismo.

Para hacer esta valoración se necesita, por tanto; ‘un criterio: hay que partir de una cierta idea de verdad. En la historia de la filosofí­a existen muchas concepciones diversas sobre la verdad (recordamos, p.ej.: Aristóteles, santo Tomás, Hegel, Marx, Nietzsche, Kierkegaard, Heidegger). Pero en el campo de la teologí­a, por desgracia, muchos teólogos no parecen siquiera saber que existe una concepción propiamente cristiana de la verdad, y que ésta debe ser la norma fundamental para todo el trabajo teológico. ¿Qué es entonces la verdad cristiana? Decí­amos que serí­a excesivo querer identificarla con el dogma: la verdad es más amplia que el dogma, aun cuando lo comprende. La concepción – cristiana de la verdad sólo puede ser la de la misma l revelación, la de la Sagrada Escritura, que se encarga luego de recoger y actualizar la tradición, a veces con nuevos acentos, que han de valorarse siempre a la luz de la concepción bí­blica, dado que la Sagrada Escritura, por ser la palabra de Dios, tiene que ser siempre “como el alma de la teologí­a” (cf DV 24).

En resumen, puede decirse que según la Sagrada Escritura, la verdad es precisamente la revelación, es decir, la revelación histórica y progresiva del plan salví­fico de Dios, que culmina en Jesucristo. Esta concepción, preparada ya en el AT, es elaborada en el NT, en donde se dice que Jesucristo mismo es “la verdad” (Jn 14,6) y que su obra se prolonga gracias a la acción del. Espí­ritu de la verdad en la Iglesia.

1. LA CONCEPCIí“N BíBLICA DE LA VERDAD. a) Antiguo Testamento. En los libros del AT la palabra hebrea `emet (verdad) ha tenido una clara evolución semántica. En los libros más antiguos significaba fundamentalmente solidez, estabilidad, y también, por tanto, fidelidad (la fidelidad a la alianza). Pero después del destierro, especialmente en la tradición apocalí­ptica y en la sapiencial, “verdad” va tomando progresivamente un sentido nuevo, que prepara el NT: -designa la revelación del designio de Dios; y luego también la sabidurí­a, la doctrina de la salvación, según la cual tienen que vivir los hombres.

Es significativo que el sustantivo “verdad” aparezca varias.veces yuxtapuesto a “misterio” y se utilice con los verbos: no esconder, manifestar, revelar. Así­, por ejemplo, en Tob 12,11: “Os voy a decir toda la verdad, y no os ocultaré nada… Es bueno guardar el secreto del rey y hay que celebrar y publicar las obras de Dios”. En uno de los himnos de Qumrán, el autor habla del “secreto de la verdad”; dirigiéndose a Dios, habla de sus “maravillosos misterios” (1QH 11,9-10). Se comprende, por tanto, que esta concepción de la verdad, como revelación del misterio, se encuentre especialmente en la tradición apocalí­ptica y sapiencial. En las visiones de Daniel sobre el mundo celestial, “el libro de la verdad” (10,21) es el libro divino en el que está escrito el proyecto divino para el tiempo de la salvación (que sigue estando escondido). El libro de la Sabidurí­a anuncia que, en tiempos del juicio escatológico, los justos “comprenderán la verdad” (Sab 3,9): entonces se revelará plenamente a sus ojos la sabidurí­a del designio providencial de Dios, que durante su vida seguí­a siendo para ellos “la paradoja de la salvación” (5,2).

b) Nuevo Testamento. 1) A partir de este trasfondo sapiencial, apocalí­ptico y escatológico se fue formando progresivamente la noción cristiana de verdad. El paso de la concepción judí­a ala cristiana aparece claramente en un texto de Pablo: denuncia la ilusión de los judí­os que se jactan de “tener en la ley la norma de la ciencia y de la verdad” (Rom 2,20), es decir, de encontrar en la ley. mosaica toda la revelación de la voluntad de Dios. Para Pablo, “la verdad de la ley” ha sido sustituida ahora por la “verdad del evangelio” (Gál 2,5.14): la “palabra de la verdad” (Ef 1,13; cf Col 1,5; 2Tim 2;15) es “el evangelio de vuestra salvación”. Los cristianos que “han aprendido de Cristo” (Ef 4,20) saben ahora que “la verdad está en Jesús” (4,21). Pero después de su partida, es decir, desde el momento en que Cristo fue “asumido en la gloria”, los cristianos saben también que él sigue estando con ellos hasta el final de los tiempos (ef Mt 28,20). En todo este tiempo escatológipo, el “misterio de la piedad”, es decir, el misterio (pasado) de la manifestación de Dios en la carne (1 Tim 3,16), es proclamado en la “Iglesia del Dios vivo”, que por-eso mismo sigue siendo para los creyentes “la columna y el fundamento de la verdad”(1 Tim 3,15). Pero esta verdad cristiana está destinada a todos: en efecto, Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (2Tim 2,4-6).

En algunos de estos textos del NT se percibe todaví­a su origen apocalí­ptico; para Pablo se trataba de su experiencia del camino de Damasco, cuando se le reveló el Hijo de Dios (cf Gál 1,16). Allí­ vio “el esplendor del evangelio en la gloria de Cristo, imagen de Dios”; lo vio brillar “en el rostro de Cristo” (2Cor 4,4.6); por eso podí­a decir que predicaba sólo a “Jesús mesí­as Señor” (4,5); no habí­a “falseado la palabra de Dios”; su ministerio habí­a sido siempre “la manifestación de la verdad” (2Cor 4,1-2); esa verdad era la verdad de Cristo.

2) Esto nos introduce directamente en san Juan. A diferencia del mundo clásico o del mito, gnóstico, Juan no coloca nunca la verdad en lo absoluto del ser, en la trascendencia de Dios. Para él, la verdad-revelación va siempre ligada a la misión temporal de Jesús, a su palabra y al don del Espí­ritu, y luego también a la acogida de esa verdad por parte de los creyentes. “Aquel que es la Palabra se hizo carne…, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14); “la gracia de la verdad fue manifestada por Jesucristo” (1,17). El mismo declaró en la última cena: “Yo soy la verdad” (14,6).

La novedad y la audacia de una afirmación semejante fueron subrayadas por san Jerónimo: “En ninguno de los patriarcas, en ninguno de los profetas, en ninguno de los apóstoles existió la verdad. Sólo en Jesús. Los demás conocí­an en parte…, veí­an como en un espejo, confusamente. La verdad de Dios se apareció sólo en Jesús, que dijo sin vacilación alguna: Yo soy la verdad” (In Eph., 4,21: PL 26,507A). El hombre Jesús es verdaderamente para nosotros “la verdad”, ya que en él se ha manifestado el misterio de su filiación divina, de la que estamos llamados a ser partí­cipes; la verdad de que hablaba Jesús era “la manifestación de sí­ mismo a los hombres y, por medio del conocimiento de sí­ mismo, el don que se les hací­a de la salvación” (Apolinar de Laodicea).

La verdad que nos ha traí­do el Jesús histórico sigue estando presente, también para Juan, después del momento en que dejó el mundo para ir al Padre (cf Jn 16,28): se actualiza en la Iglesia por obra del Espí­ritu. Por eso Juan puede escribir: “El Espí­ritu es la verdad” (Un 5,6); y regularmente utiliza en sus escritos (y sólo él en el NT) la expresión “el Espí­ritu de la verdad” (Jn 14,17; 15,26; 16,13; Un 4,6). El Espí­ritu, habí­a dicho Jesús “os guiará a la verdad completa” (Jn 16,13). No es que él traiga una nueva verdad, distinta de la de Jesús (Joaquí­n de Fiore), sino que tenemos necesidad del Espí­ritu de la verdad que es el Espí­ritu de Jesús (cf 1,33; 7,38-39; 19,34; 20,23) para que nos recuerde y nos haga comprender todo lo que él ha dicho (Jn 14,26), haciéndonos penetrar así­ en la verdad completa (16,13): Por eso la verdad tendrá necesariamente un papel decisivo en la vida nueva del creyente. Vivir cristianamente, para Juan, significa vivir “en la verdad y en el amor” (2Jn 3). Esa verdad es siempre la verdad de Cristo, pero actualizada por el Espí­ritu. El camino de la vida cristiana es descrito por Juan con muchas fórmulas diversas: cuando por primera vez un hombre se ve enfrentado con la verdad de Cristo, tiene ante todo que “hacer la verdad”, es decir hacerla entrar dentro de sí­ mismo; bajo el influjo de la verdad que “permanece en él”, podrá luego progresivamente “conocer la verdad”, dejarse guiar en su comportamiento por aquella verdad interior, esto es “ser de la verdad”; la vida del verdadero cristiano consistirá entonces en “vivir en la verdad”: la verdad inspirará todo su camino: su amor a los hermanos, su adoración del Padre, su santificación. Cuanto más se haga discí­pulo de Jesús y cooperador de la verdad, tanto más será un hombre “liberado por la verdad”, es decir, liberado por el mismo Cristo, por el hijo de Dios.

3) Lo esencial de esta enseñanza bí­blica sobre la verdad ha sido felizmente condensado por algunos autores antiguos: “El que persevera en el recuerdo de Jesús está en la verdad” (apotegma); “nuestro tí­tulo de hijos (de Dios) expresa la primavera de toda nuestra vida: la verdad que hay en nosotros no envejece; y toda nuestra manera de ser queda regada por esa verdad” (Clemente de Alejandrí­a).

2. LA VERDAD EN LA TRADICIí“N CRISTIANA. Se abre aquí­ ante nosotros un campo inmenso de investigación, que está aún por explotar. Por eso nos limitaremos a indicar brevemente las corrientes principales de la tradición cristiana en que se usaba el término verdad.

a) El encuentro con el helenismo. Cuando el cristianismo se difundió por el mundo helenista, se encontró con la noción griega, especialmente platónica, de la verdad. En la filosofí­a griega la verdad es una noción metafí­sica: la verdad designa la sustancia del ser, la naturaleza última de las cosas; según el platonismo, se encuentra en el mundo de las ideas, en el mundo trascendente de lo divino, que era llamado “la llanura de la verdad” (Fedro, 248b). La tradición platónica identifica así­ a Dios con la verdad. Se comprende entonces que algunos padres digan que “la verdad es Dios” (GREGORIO DE NISA, Vita Moysis II, 19). También Agustí­n habla varias veces de la aeterna veritas o de Deus veritas. Santo Tomás recoge esta concepción incluso al comentar el versí­culo de Jn 14,6, donde habla Jesús (“Ego sum… veritas”): “El (Cristo) es al mismo tiempo el camino y el término: el camino según su humanidad y el término según su divinidad. Por eso, como hombre, dice: Yo soy el camino; y como Dios añade: la verdad y la vida” (In Joh., 1868). Pero Juan no dice nunca en sentido ontológico que Dios sea verdad; para él, la verdad-revelación viene a nosotros en el hombre-Jesús, en su automanifestación como hijo de Dios. Por eso, observaba agudamente un teólogo ortodoxo, “el único punto de partida para una concepción cristiana de la verdad es la cristologí­a” (J.D. Zizioulas).

Otra influencia del mundo griego se manifiesta, especialmente en la Edad Media, cuando se utiliza en teologí­a la definición aristotélico-tomista de la verdad: “adaequatio re¡ et intellectus”. Se llega así­ en la teologí­a postridentina a hablar de la verdad de las proposiciones de la fe, o sea, en plural, de “las verdades cristianas”. Pero no puede identificarse rací­onalmente el cristianismo con una lista de verdades (incluso dogmáticas). Esta manera de hablar era desconocida de toda la tradición antigua, y ha sido abandonada por el Vaticano Il, que ha vuelto a la concepción bí­blica: “omnem veritatem in mysterio Christi conditam” (DV 26).

b) La idea bí­blica de la verdad presente en la tradición. Junto al uso de la noción de verdad que provení­a de la filosofí­a griega, se encuentra también en la tradición, en algunos padres y en la liturgia, una recuperación y un desarrollo de la concepción bí­blica de la verdad, pero a veces con una mayor acentuación de su aspecto doctrinal. En general, la verdad designa entonces la fe cristiana, esto es, la revelación divina, tal como se ha transmitido en la Iglesia. En este sentido hemos de comprender la fórmula regula veritatis (sinónimo de regula fidei), usada especialmente en el siglo In. Ireneo decí­a que la verdad es “la enseñanza del Hijo de Dios” (Adv. haer. Ill, praef.), pero la identificaba con el mismo Cristo: “Nuestro Señor Jesucristo es la verdad” (III, 5,1); en otro lugar identifica la verdad con “la predicación de la Iglesia” (I, 27,4) o con “la tradición” (Ill, 2,1). Los gnósticos, por el contrario, eran para él transfiguratores veritatis (III, 4,2), porque “se han apartado de la verdad” (III, 4,2); de forma semejante, Cerinto era llamado “el enemigo de la verdad” (IIl, 3,4).

En el mundo latino se observa un uso análogo en Tertuliano, pero con una nota más apologética y polémica: para él son equivalentes de veritas los conceptos doctrina Christi, doctrina catholica, traditio, praedicatio; en el debate con los no cristianos utiliza con orgullo la expresión veritas nostra (ApoL, 4,3; 46,2), porque los cristianos son veritatis cultores (15,8). Algunos autores descubren la dimensión apocalí­ptica de la verdad; Lactancio la designa con las expresiones: “el secreto del Dios supremo” (De div. Inst. I, 1,5), “el misterio de la verdad” (V, 18,11), “la verdad revelada” (VI, 18,2). Arnobio destaca la importancia de la verdad para el encuentro entre cristianos y no cristianos: “La religión cristiana se ha introducido en el mundo y ha manifestado los secretos (sacramenta) de la verdad escondida” (Adv. nat. I, 3). Citemos, finalmente, a Gregorio Magno: para introducir una frase de Cristo en los evangelios, usa de ordinario la fórmula Veritas dixit, en lugar de las tradicionales Jesus (o Christus) dixit (es una costumbre que se mantendrá durante toda la Edad Media). La orientación general del pensamiento de Gregorio es pastoral, a menudo espiritual y a veces mí­stica. Desea mostrar la importancia de la verdad para la vida cristiana: la designa para ello con las expresiones veritatis eloquium, doctrina veritatis, lumen veritatis, pabulum veritatis. Se subraya fuertemente el ví­nculo entre verdad y fe: “Todos nosotros, cuando en plenitud de la fe queremos hacer-resonar algo sobre Dios, somos instrumentos de la verdad (organa veritatis sumus)”(Mor., 30,81). Los cristianos que han llegado a la perfección de la contemplación, explica Gregorio, realizan la experiencia de una auténtica revelatio veritatis (In 1 Reg., 3,20). Las almas santas de la Iglesia, dice también maravillosamente Gregorio, son veritatis luce splendentes animae (Mor., 19,17).

Hagamos también alguna referencia a la liturgia antigua, que es “el arca santa de la tradición (Y. Congar). Cuando se dirigen a Dios, las oraciones de la Iglesia utilizan a menudo la expresión veritas tua para designar la revelación que viene de Dios para la salvación de las almas: “Oh Dios, que muestras a los que yerran la luz de tu verdad para que puedan volver al camino recto…”(lunes, 3.a semana del tiempo pascual). La identificación de la luz de la verdad con Cristo aparece en una oración del viernes santo (agnita veritatis tuae luce quae Christus est). Pero es especialmente en el contexto de la vida cristiana donde aparece en diversas fórmulas la palabra verdad: verbum veritatis, evangelica veritas, divinae veritatis praeconium, confessio veritatis, veritatis assertor. El aspecto de interiorización de la verdad que tiene que iluminar desde dentro espiritualmente a la vida cristiana está también presente en algunas oraciones: “Oh Dios, que nos has hecho hijos de la luz por la gracia de la adopción, haz que no nos veamos arrastrados a las tinieblas del error, sino que permanezcamos siempre transparentes al esplendor de la verdad” (13.er domingo del tiempo ordinario);esta oración, muy antigua, parece estar inspirada en el último texto de Gregorio antes citado.

Una palabra más sobre el Vaticano II. En los textos del concilio el término verdad se utiliza de nuevo en su sentido bí­blico y según el uso de la tradición antigua; encontramos a menudo las fórmulas siguientes: veritas Dei, veritas revelata, evangelica veritas, christiana veritas, veritas salutaris. Con este término se designa la revelación divina que “brilla para nosotros en Cristo” (DV 2). La concentración cristológica de la verdad aparece en varias ocasiones: “Cristo es la verdad y el camino, que manifiesta a todos la predicación evangélica” (AG 8; cf DH 14; DV 24). Pero el concilio habla especialmente de la verdad a propósito de la Sagrada Escritura. Ha quedado ya superada la antigua problemática de la “inmunidad absoluta del error en toda la sagrada Escritura” (DV 12, esquema preconciliar), que estaba inspirada en la concepción escolástica de la verdad; en el texto definitivo la constitución sobre la divina revelación declara: “Los libros de la Escritura enseñan con certeza, fielmente y sin error la verdad que Dios quiso que fuera consignada en las sagradas letras para nuestra salvación” (DV 11). La verdad de la Escritura está en el hecho de que, siendo el instrumento de la palabra de Dios, propone la divina revelación. La veritas salutaris de la Biblia no consiste en la inerrancia absoluta de cada una de las proposiciones, sino en el hecho de que la Escritura entera está ordenada a la revelación del único plan salví­fico de Dios. La verdad de la Escritura está en su valor de revelación, a través del desarrollo progresivo de la historia de la salvación. Esta concepción dinámica de la verdad aparece aún con mayor claridad en un texto de inspiración claramente bí­blica (cf Jn 16,13): “La Iglesia, a lo largo de los siglos, tiende incesantemente a la plenitud de la palabra divina, hasta que se cumplan en ella las palabras de Dios” (DV 8).

3. PROBLEMAS DE HOY. Así­ pues, lo que la Iglesia busca es “la verdad divina”, la verdad revelada, que es también “nuestra verdad” (Tertuliano). Esta es la invitación urgente de la Iglesia a la teologí­a contemporánea, que se encuentra inmersa en un mundo secularizado. Observan los filósofos que la verdad cientí­fica y el sentido de la historia son “los dos grandes mitos del siglo xx” (J. Brun); algún otro se pregunta si, desde el punto de vista de la ciencia, “es posible la verdad” (E. Agazzi) ¿No habrá que decir más bien que el conocimiento cientí­fico es hoy “la única fuente de una verdad auténtica”? (J. Monod). Por otra parte la teologí­a que se ha considerado siempre como “la ciencia de la fe” Udes quaerens intellectum); la verdad que el teólogo intenta comprender no es sólo la verdad histórica o la verdad humana, sino la verdad revelada, la verdad de la fe, que sólo se puede comprender dentro de la fe. Decí­a Juan Pablo II en un discurso en Colonia (15 de noviembre de 1980): “En una cultura dominada por la técnica…, el concepto de verdad resulta casi superfluo e incluso a veces es rechazado expresamente”. Ciertamente, el teólogo de hoy tiene que mantenerse informado de los grandes progresos de las ciencias humanas y del conocimiento histórico, pero ha de saber que su objeto formal es distinto: tiene que intentar comprender cada vez mejor la divina revelación, la palabra de Dios (Dei Verbum), tiene que busaar constantemente la forma de “llegar al conocimiento de la verdad” (2Tim 3,7). Por eso, la verdadera teologí­a tiene que considerar siempre la Sagrada Escritura como “el alma de la teologí­a”; la moral cristiana debe ser siempre “una moral de la fe” (Pablo VI); la exégesis bí­blica, del mismo modo, tiene que ir siempre más allá de la investigación meramente filológica e histórica, para comprender cada vez mejor, en la fe; lo que Pablo llamaba “el misterio del evangelio” (Ef 6,18). El mundo del inmanentismo moderno, encerrado en sí­ mismo, espera quizá oscuramente de los creyentes que sepan, por lo menos ellos, como Juan Bautista, “dar testimonio de la verdad” (Jn 5,33), y que ayuden a los hombres de nuestro tiempo a encontrar de nuevo aquel “gaudium de veritate” (Conf., 10,33) con el que durante toda su vida soñó tan ardientemente san Agustí­n.

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I. de la Potterie

LATOURELLE – FISICHELLA, Diccionario de Teologí­a Fundamental, Paulinas, Madrid, 1992

Fuente: Nuevo Diccionario de Teología Fundamental

El término hebreo ´eméth, a menudo traducido †œverdad†, puede designar aquello que es firme, digno de confianza, estable, fiel, un hecho veraz o establecido. (Ex 18:21; 34:6; Dt 13:14; 17:4; 22:20; Jos 2:12; 2Cr 18:15; 31:20; Ne 7:2; 9:33; Est 9:30; Sl 15:2; Ec 12:10; Jer 9:5.) La palabra griega a·le·thei·a contrasta con la falsedad o la injusticia y denota lo que se conforma a los hechos o lo que es justo y correcto. (Mr 5:33; 12:32; Lu 4:25; Jn 3:21; Ro 2:8; 1Co 13:6; Flp 1:18; 2Te 2:10, 12; 1Jn 1:6, 8; 2:4, 21.) Hay otras expresiones en los idiomas originales que, según el contexto, también se traducen †œverdad†.

Jehová, el Dios de la verdad. Jehová es el †œDios de la verdad†. (Sl 31:5.) Es fiel en su manera de actuar. Sus promesas son seguras, pues no puede mentir. (Nú 23:19; 1Sa 15:29; Sl 89:35; Tit 1:2; Heb 6:17, 18.) Juzga según la verdad, es decir, según como las cosas son realmente, y no sobre la base de la apariencia exterior. (Ro 2:2; compárese con Jn 7:24.) Todo lo que emana de El es puro y sin defecto. Sus decisiones judiciales, su ley, sus mandamientos y su palabra son verdad. (Ne 9:13; Sl 19:9; 119:142, 151, 160.) Siempre son correctos y apropiados, y se oponen a toda injusticia y error.

El testimonio de la creación. Las obras de la creación testifican de la existencia de Dios. No obstante, según el apóstol Pablo, hasta algunos de los que †œconocieron a Dios† suprimieron esa verdad, y en lugar de servir a Dios en armoní­a con la verdad de su poder eterno y divinidad, se hicieron í­dolos y los adoraron. Como los í­dolos no son verdaderos dioses, son una mentira, una falsedad. (Jer 10:14.) Por lo tanto, estas personas cambiaron la verdad de Dios que poseí­an por †œla mentira y veneraron y rindieron servicio sagrado a la creación más bien que a Aquel que creó†. El volverse a la falsedad de la idolatrí­a los condujo a la degradación de todo tipo. (Ro 1:18-31.)

En contraste con la pecaminosidad del hombre. Las prácticas degradadas de los no judí­os y la desobediencia de los judí­os a la ley de Dios no le ocasionaron al Creador ningún perjuicio. Al contrario, su veracidad, santidad y justicia se destacaron aún más, lo que resultó en su gloria. Pero el que las malas acciones del hombre hagan resaltar aún más la justicia de Dios, no da base alguna para afirmar que Dios es injusto al ejecutar juicio adverso contra los malhechores. Como creación de Dios, la persona no tiene ningún derecho de perjudicarse a sí­ misma por medio del pecado.
Este fue el argumento que Pablo utilizó en su carta a los Romanos cuando dijo: †œSi nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué diremos? Dios no es injusto cuando descarga su ira, ¿verdad? (Estoy hablando como lo hace un hombre.) ¡Jamás suceda eso! ¿Cómo, de otro modo, juzgará Dios al mundo? No obstante, si con motivo de mi mentira [compárese con Sl 62:9] la verdad de Dios se ha hecho más prominente para gloria de él, ¿por qué, también, todaví­a se me juzga como pecador? ¿Y por qué no decir, así­ como lo que se nos imputa falsamente y así­ como declaran algunos que decimos: †˜Hagamos las cosas malas para que vengan las cosas buenas†™? El juicio contra tales hombres está en armoní­a con la justicia†. (Ro 3:5-8.) Dios no ha librado a su pueblo para que siga un proceder de pecado, sino para una vida de justicia, para que le pueda glorificar. Por eso el apóstol Pablo dice más adelante en su carta: †œTampoco sigan presentando sus miembros al pecado como armas de la injusticia, sino preséntense a Dios como aquellos vivos de entre los muertos; también sus miembros a Dios como armas de la justicia†. (Ro 6:12, 13.)

¿Qué significa la afirmación de que Jesucristo mismo es †œla verdad†?
Al igual que su Padre, Jehová, Jesucristo está †œlleno de bondad inmerecida y verdad†. (Jn 1:14; Ef 4:21.) Mientras estuvo en la Tierra, siempre habló la verdad tal como la habí­a recibido de su Padre. (Jn 8:40, 45, 46.) †œNo cometió pecado, ni en su boca se halló engaño.† (1Pe 2:22.) Representó las cosas como realmente eran. Además de estar †˜lleno de verdad†™, él mismo era †œla verdad†, y la verdad vino por medio de él. El declaró: †œYo soy el camino y la verdad y la vida†. (Jn 14:6.) Y el apóstol Juan escribió: †œLa Ley fue dada por medio de Moisés, la bondad inmerecida y la verdad vinieron a ser por medio de Jesucristo†. (Jn 1:17.)
Las palabras de Juan no significan que la Ley transmitida mediante Moisés fuese errónea. También era verdad y se conformaba a la norma de Dios en cuanto a santidad, justicia y bondad. (Sl 119:151; Ro 7:10-12.) Sin embargo, la Ley serví­a de tutor que conducí­a a Cristo (Gál 3:23-25) y tení­a una sombra o cuadro profético de realidades mayores. (Heb 8:4, 5; 10:1-5.) Proveí­a una sombra, por lo que, aunque veraz, no era la verdad plena y tení­a que dar paso a las realidades que prefiguró. Pablo recalcó este punto en su carta a los Colosenses: †œQue nadie los juzgue en el comer y beber, o respecto de una fiesta, o de una observancia de la luna nueva, o de un sábado; porque esas cosas son una sombra de las cosas por venir, pero la realidad pertenece al Cristo†. (Col 2:16, 17.) Por consiguiente, la †˜verdad vino a ser por medio de Jesucristo†™ en el sentido de que materializó las cosas prefiguradas por la Ley. Como Jesús no era una sombra, sino la realidad, él era †œla verdad†. Jesús también fue †˜un ministro a favor de la veracidad de Dios†™ en el sentido de que cumplió las promesas que Dios habí­a hecho a los antepasados de los judí­os ministrando a los judí­os y los prosélitos circuncisos. (Ro 15:8; véase JESUCRISTO [†˜Dar testimonio acerca de la verdad†™].)
De manera similar, la referencia del apóstol Pablo a la †˜verdad en la Ley†™ no implica que hubiese alguna falsedad en ella (Ro 2:20), solo muestra que la Ley no era la verdad completa.

†œEl espí­ritu de la verdad.† El espí­ritu que procede de Jehová Dios es puro y santo. Es el †œespí­ritu de la verdad†. (Jn 14:17; 15:26.) Jesucristo dijo a sus discí­pulos: †œTengo muchas cosas que decirles todaví­a, pero no las pueden soportar ahora. Sin embargo, cuando llegue aquel, el espí­ritu de la verdad, él los guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propio impulso, sino que hablará las cosas que oye, y les declarará las cosas que vienen†. (Jn 16:12, 13.)
El espí­ritu de Dios les enseñarí­a todo lo que necesitaran saber para llevar a cabo su obra, recordándoles y haciéndoles entender cosas que habí­an oí­do previamente a Jesús, pero que no habí­an entendido. (Jn 14:26.) El espí­ritu de Dios también les declararí­a †œlas cosas que vienen†. Estas †œcosas† pudieran incluir el revelar el significado de la muerte y resurrección de Jesús, pues estos acontecimientos en aquel entonces todaví­a estaban en el futuro y entre las cosas que sus discí­pulos no entendí­an. (Mt 16:21-23; Lu 24:6-8, 19-27; Jn 2:19-22; 12:14-16; 20:9.) Por supuesto, el espí­ritu de Dios después también permitió que los seguidores de Cristo predijesen sucesos futuros. (Hch 11:28; 20:29, 30; 21:11; 1Ti 4:1-3.) El espí­ritu santo de Dios, como †œespí­ritu de la verdad†, nunca podrí­a ser fuente de error, sino que protegerí­a a los seguidores de Cristo de falsedades doctrinales. (Compárese con 1Jn 2:27; 4:1-6.) Darí­a testimonio acerca de la verdad concerniente a Jesucristo. Desde el Pentecostés de 33 E.C. en adelante, el espí­ritu de Dios dio testimonio al ayudar a los discí­pulos de Jesús a entender las profecí­as que probaban con claridad que Jesús era el Hijo de Dios. Sobre la base de estas profecí­as, los discí­pulos dieron testimonio a otras personas. (Jn 15:26, 27; compárese con Hch 2:14-36; Ro 1:1-4.) Incluso antes del Pentecostés, †œel espí­ritu de la verdad† habí­a estado dando testimonio de que Jesús es el Hijo de Dios (1Jn 5:5-8), ya que mediante este espí­ritu Jesús fue ungido y capacitado para realizar obras poderosas. (Jn 1:32-34; 10:37, 38; Hch 10:38; véase ESPíRITU.)

La Palabra de Dios es la verdad. La Palabra de Dios presenta las cosas tal como realmente son, revelando los atributos, propósitos y mandamientos de Jehová, así­ como la verdadera situación en que se encuentra la humanidad. La Palabra de verdad de Dios muestra lo que se requiere para que una persona sea santificada o hecha santa, apartada para ser utilizada por Jehová en su servicio y luego permanecer en una condición santificada. Por consiguiente, Jesús podí­a orar con respecto a sus seguidores: †œSantifí­calos por medio de la verdad; tu palabra es la verdad†. (Jn 17:17; compárese con Snt 1:18.) Su obediencia a la verdad revelada de la Palabra de Dios les llevaba a la santificación, y la verdad era el medio por el que purificaban sus almas. (1Pe 1:22.) De ese modo se distinguí­an por no ser †˜parte de un mundo†™ que no se adherí­a a la verdad de Dios. (Jn 17:16.)

†˜Andar en la verdad.†™ Los que desean conseguir la aprobación de Dios tienen que andar en su verdad y servirle con verdad. (Jos 24:14; 1Sa 12:24; Sl 25:4, 5; 26:3-6; 43:3; 86:11; Isa 38:3.) Esto significa cumplir con los requisitos de Dios y servirle con fidelidad y sinceridad. Jesucristo dijo a una mujer samaritana: †œLa hora viene, y ahora es, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre con espí­ritu y con verdad, porque, en realidad, el Padre busca a los de esa clase para que lo adoren. Dios es un Espí­ritu, y los que lo adoran tienen que adorarlo con espí­ritu y con verdad†. (Jn 4:23, 24.) Tal adoración no podí­a basarse en la imaginación, sino que tendrí­a que conformarse a lo que está en armoní­a con la realidad, en consonancia con lo que Dios ha revelado en cuanto a sí­ mismo y sus propósitos.
El cristianismo es †œel camino de la verdad† (2Pe 2:2), y los que ayudan a otros a adelantar los intereses del cristianismo se convierten en †œcolaboradores en la verdad†. (3Jn 8.) El conjunto de enseñanzas cristianas, que más tarde formó parte de la Palabra escrita de Dios, es †œla verdad† o †œla verdad de las buenas nuevas†. Adherirse a esta verdad, †˜andar†™ en ella, es esencial para que una persona consiga la salvación. (Ro 2:8; 2Co 4:2; Ef 1:13; 1Ti 2:4; 2Ti 4:4; Tit 1:1, 14; Heb 10:26; 2Jn 1-4; 3Jn 3, 4.) En el caso de los que se comportan de modo correcto, la verdad —la conformidad de sus caminos a la Palabra de Dios y los mismos resultados de su proceder— da testimonio de que son ejemplos dignos de imitar. (3Jn 11, 12.) Por otro lado, una persona que se aparta de las enseñanzas fundamentales del cristianismo, sea por comportarse de manera impropia o por abogar a favor de una doctrina falsa, ya no está †œandando† en la verdad. Esta era la situación de los que insistí­an en que la circuncisión era necesaria para conseguir la salvación. Su enseñanza era contraria a la verdad cristiana, y los que la aceptaban dejaban de obedecer la verdad o de andar en ella. (Gál 2:3-5; 5:2-7.) De manera similar, cuando el apóstol Pedro, por su manera de actuar, hizo una distinción impropia entre los judí­os y los no judí­os, el apóstol Pablo le corrigió por no †˜andar†™ en armoní­a con †œla verdad de las buenas nuevas†. (Gál 2:14.)

†œColumna y apoyo de la verdad.† La congregación cristiana sirve de †œcolumna y apoyo de la verdad†, pues protege la pureza de la verdad, la defiende y la hace respetar. (1Ti 3:15.) Por esta razón es especialmente importante que aquellos a los que se ha confiado la superintendencia en la congregación puedan manejar †œla palabra de la verdad† correctamente. El uso apropiado de la Palabra de Dios les permite combatir la enseñanza falsa en la congregación, instruyendo †œa los que no están favorablemente dispuestos, ya que Dios quizás les dé arrepentimiento que conduzca a un conocimiento exacto de la verdad†. (2Ti 2:15-18, 25; compárese con 2Ti 3:6-8; Snt 5:13-20.) No todos están capacitados para dar esta clase de instrucción o enseñanza en la congregación. Hombres que tienen celos amargos y son contenciosos no pueden jactarse de que son aptos para enseñar, y, por lo tanto, lo que alegan serí­a falso. Por eso, el discí­pulo Santiago escribió: †œ¿Quién es sabio y entendido entre ustedes? Que muestre por su conducta excelente sus obras con una apacibilidad que pertenece a la sabidurí­a. Pero si ustedes tienen en el corazón amargos celos y espí­ritu de contradicción, no anden haciendo alardes y mintiendo contra la verdad†. (Snt 3:13, 14.)
Para que la congregación sea †œcolumna y apoyo de la verdad†, sus miembros tienen que manifestar la verdad en su vida por medio de conducta excelente. (Ef 5:9.) Han de ser consecuentes y constantes en su buena conducta, como si estuviesen †œceñidos con la verdad†. (Ef 6:14.) Además de mantener pureza personal, los cristianos deben interesarse en la pureza de la congregación. Al destacar la necesidad de mantener la congregación cristiana limpia de la contaminación de los desaforados, el apóstol Pablo escribió: †œQuiten la levadura vieja, para que sean una masa nueva, según estén libres de fermento. Porque, en realidad, Cristo nuestra pascua ha sido sacrificado. Por consiguiente, guardemos la fiesta, no con levadura vieja, ni con levadura de maldad e iniquidad, sino con tortas no fermentadas de sinceridad y verdad†. (1Co 5:7, 8.) Puesto que Jesucristo fue sacrificado solo una vez (compárese con Heb 9:25-28) como aquel en quien se hací­a realidad el cordero pascual, todo el derrotero de vida del cristiano, que se compara a la fiesta de las tortas no fermentadas, deberí­a estar libre de nocividad e iniquidad. Tiene que haber un deseo de eliminar lo que es pecaminoso para mantener la pureza personal y de la congregación, y así­ †˜guardar la fiesta con tortas no fermentadas de sinceridad y verdad†™.

Fuente: Diccionario de la Biblia

Sumario: 1. Introducción. II. La verdad en el ATyen el judaismo:. LaverdaddeDios;2. La verdad de los hombres; 3. La verdad en el judaismo. III. La verdad en el NT: 1. Herencia bí­blica; 2. La verdad del evangelio: a) La verdad y la fe, b) Verdad y vida cristiana, c) La sana doctrina y el error, d) Cristo y la verdad; 3. La verdad en san Juan: a) La palabra del Padre y Cristo-verdad, b) El espí­ritu de la verdad, c) Verdad y santidad. IV. Verdad bí­blica y verdad cristiana.
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1. INTRODUCCION.
La noción de verdad ocupa un puesto fundamental, no sólo en todos los sistemas filosóficos y en todas las grandes culturas. Es ya de uso corriente en la vida cotidiana: se dice que un pensamiento o un modo de juzgar es verdadero cuando está conforme con la realidad; o bien se llama verdadero a lo que es real, genuino, no falsificado (un hecho verdadero, un arrepentimiento verdadero). Se habla también de verdad en un nivel más alto del saber humano: se emplea la noción de verdad en la ciencia (es verdadero lo que se ha verificado), en el derecho (un delito verdadero), en la historiografí­a (un hecho histórico). Pero, obviamente, en el campo de la filosofí­a es donde con mayor frecuencia se habla de la verdad. Desgraciadamente, la noción de verdad ha asumido a través de los siglos múltiples significados, hasta el punto de que se ha dicho con razón: se puede considerar la historia de la filosofí­a como historia de la búsqueda de la verdad. Una definición clásica de la verdad es la de Aristóteles, recogida por santo Tomás:
adaequatio intellectus et reí­. En nuestro tiempo ocupa un puesto central en la ontologí­a de Heidegger la noción de verdad como revelación o desvelamiento: es una concepción que ha tenido gran influjo en la exé-gesisjuanista de Bultmann.
Pero es importante observar que existe también una noción especí­ficamente bí­blica de verdad, diversa de todas las que se han mencionado hasta ahora. Es un concepto esencialmente religioso, que describe las relaciones del hombre con Dios o la vida del hombre a la luz de Dios. Esta noción ha pasado, sin embargo, por una notable evolución; mientras que en el AT la verdad es principalmente la fidelidad a la / alianza, en el NT se convierte en la plenitud de la revelación realizada en / Jesucristo.
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II. LA VERDAD EN EL AT Y EN EL JUDAISMO.
El verbo hebreo †˜aman (cf el amén litúrgico: 2Co 1,20), del cual se formó †˜eme! (verdad), significa fundamentalmente ser sólido, seguro, digno de confianza; por tanto, la verdad es la cualidad de lo que es estable, probado, aquello en lo que podemos apoyarnos. Una paz de verdad (Jr 14,13) es una paz sólida, duradera; un camino de verdad (Gn 24,48) es un camino que conduce seguramente a la meta; †œen verdad†™ significa a veces (Is 16,3): de modo estable, para siempre. Aplicada a Dios y a los hombres, habrá que traducir frecuentemente la palabra por †œfidelidad†™: la fidelidad de alguien nos invita a confiar plenamente en él.
3350
1. La verdad de Dios.
La †˜emet de Dios está ligada a su intervención en la historia en favor de su pueblo. Yhwh es el Dios fiel Dt 7,9; Dt 32,4; SaI 31,6; Is 49,7). La importancia de este atributo no se explica bien más que en el contexto de la alianza y de las promesas: †œEl Señor, tu Dios, es Dios, el Dios fiel que conserva su alianza y su amor por mil generaciones a los que le aman† (Dt 7,9). A menudo †˜emetva asociado a hesed (p.ej. SaI 89; SaI 138,2) para indicar la actitud fundamental de Dios en la alianza: es una alianza de gracia, a la que Dios no ha faltado nunca (Ex 34,6s; Gn 24,27; 2S 2,6; 2S 15,20). En otras partes la fidelidad va unida a los atributos de justicia (Os 2,21s; Ne 9,33; Za 8,8) o de santidad (SaI 71,22), y asume un significado más general, sin referencia a la alianza. En varios salmos la estabilidad divina es presentada como una protección, un refugio para el justo que implora el socorro divino; de ahí­ la imagen del baluarte, de la armadura, del escudo (SaI 91), que ponen de manifiesto la firmeza del apoyo divino (SaI 40,12 43,2s; SaI 54,7; SaI 61,8).
La †˜emet caracteriza también a la palabra de Dios y a su ley. Los salmos celebran la verdad de la ley divina (SaI 19,10 lll,7s; SaI 119,86; SaI 119,138; SaI 119,142; SaI 119,151; SaI 119,160); según el texto citado en último lugar, la verdad es lo que hay de esencial, de fundamental en la palabra de Dios; es irrevocable, permanece para siempre.
3351
2. La verdad de los hombres.
También aquí­ se trata de una actitud fundamental de fidelidad (Os 4,2). †œHombres de verdad†™ (Ex 18,21; Ne 7,2) son hombres de confianza; pero ambos textos añaden: †œtemerosos de Dios, lo cual une esta apreciación moral con el texto religioso del yah-vismo. Ordinariamente, la †œverdad†™ de los hombres designa directamente su fidelidad a la alianza y a la ley divina. Por tanto, describe el conjunto del comportamiento de los justos: de ahí­ el paralelismo con perfección (Jos 24,14), corazón í­ntegro (2R 20,3), el bien y el derecho (2Cr 31,30), derecho y justicia (Is 59,14; SaI 45,5), santidad (Za 8,3). †œHacer la verdad†™ (2Cr 31,30; Ez 18,9) y †œcaminar en la verdad†™ (IR 2,4; IR 3,6; 2R 20,3; Is 38,3) quiere decir ser fieles observantes de la ley del Señor (Tb 3,5).
Para las relaciones de los hombres entre sí­ reaparece la fórmula †œhacer la bondad y la verdad†™ (Gn 47,29; Jos 2,14): significa obrar con benevolencia y lealtad, con una bondad fiel. También aquí­ se encuentra el matiz fundamental de solidez: una lengua sincera †œpermanece para siempre†™ (Pr 12,19).
3352
3. La verdad del misterio revelado.
En la tradición más reciente, sapiencial y apocalí­ptica, la noción de verdad adopta un sentido parcialmente nuevo, que prepara el NT: designa la doctrina de sabidurí­a, la verdad revelada. En algunos salmos (25,5; 26,3; 86,11), la expresión †œcaminar en la verdad de Dios† da a entender que esta verdad no es simplemente el comportamiento moral, sino la ley misma que Dios enseña a observar. Los sacerdotes deben transmitir †œuna doctrina de verdad†™ (MI 2,6): es la enseñanza que viene de Dios. Así­ pues, †œverdad†™ se convierte en sinónimo de ¡sabidurí­a: †œHazte con la verdad y no la vendas; con la sabidurí­a, la instrucción y la inteligencia† (Pr 23,23 cf Pr 8,7; Pr 22,21; Qo 12,10); †œHasta la muerte lucha por la verdad†™ (Si 4,28 LXX)
La palabra †œverdad†™, por indicar el designio y el querer de Dios, es también afí­n a / misterio (Tb 12,11; Sb 6,22). En el momento del juicio, los justos †œcomprenderán la verdad†™ (Sb 3,9); no en el sentido semí­tico de que deberán experimentar la fidelidad de Dios a sus promesas, ni tampoco en el sentido griego de que verán el ser de Dios, que es verdad, sino en el sentido apocalí­ptico: comprenderán el designio providencial de Dios sobre los hombres. Para Daniel, †œel libro de la verdad†™ (Dn 10,31) es aquel en el que está escrito el designio de Dios: la verdad de Dios es la revelación de su designio (9,13); es también una visión celestial y la explicación de su significado (8,26; 10,1; 11,20), es la verdadera fe, la religión de Israel (8,12).
3353
4. La verdad en el judaismo.
Este uso del término se observa en el judaismo apocalí­ptico y sapiencial. En Qumrán †œla inteligencia de la verdad de Dios† es el conocimiento del misterio (1QH 7,26s), pero que se obtiene mediante la interpretación verdadera de la ley: †œconvertirse a la verdad†™ (1QS 6,15) significa †œconvertirse a la ley de Moisés† (5,8). Doctrina revelada, la verdad tiene también un alcance moral, se opone a la iniquidad: los †œhijos de la verdad† (4,5) son los que siguen †œlos caminos de la verdad† (4,17). La verdad termina así­ por designar en Qumrán el conjunto de las concepciones religiosas de los hijos de la alianza.
3354
III. LA VERDAD EN EL NT.
3355
1. Herencia bí­blica.
En Pablo, más que en ninguna otra parte del NT, la noción de verdad (alétheia) presenta los matices que tení­a en los LXX. El apóstol se sirve de ella en el sentido de sinceridad (2Co 7,14; 2Co 11,10; Flp 1,18; ico 5,8) o en la expresión †œdecir la verdad† (Rm 9,1; 2Co 12,6; Ef 4,25; lTm 2,7). Profundamente bí­blica es la fórmula †œla verdad de Dios† para designar la fidelidad de Dios a sus promesas (Rm 3,7 cf Rm 3,3; Rm 15,8 2Co l,l8ss: las promesas Dios fiel tienen su †œsí­† en Cristo); igualmente alétheia, en el sentido de verdad moral, de rectitud: opuesta a la injusticia (Ef 5,9; Ef 6,14), caracteriza el comportamiento que Pablo espera de sus cristianos (Col 1,6; 2Co 13,8). El juicio de Dios se caracterizará también por la verdad y la justicia (Rm 2,2).
La antí­tesis entre †œla verdad de Dios† y la mentira de los í­dolos (Rm 1,25; ITs 1,9) se inspira en la polémica judí­a contra la idolatrí­a pagana (Jr 10,14; Jr 13,25; Ba 6,7; Ba 6,47; Ba 6,50): el verdadero Dios es el Dios vivo, con el cual se puede contar, el que escucha a su pueblo y lo salva.
3356
2. La verdad del evangelio.
Aquí­ aparece la noción de verdad cristiana. Enlaza con el tema sapiencial y apocalí­ptico de verdad revelada. Los judí­os se hací­an la ilusión de poseer en su ley la expresión misma de la verdad (Rm 2,20), de encontraren ella depositada toda la voluntad de Dios (2,18). Pablo sustituye la expresión judí­a †œla verdad de la ley† por †œla verdad del evangelio† (Ga 2,5; Ga 2,14) o †œla palabra de verdad †œ(Col 1,5; Ef 1,13; 2Tm 2,15). Objeto de una revelación (2Co 4,2) exactamente como el misterio (Rm 16,26; Col 1,26; Col 4,3 ), es la palabra de Dios predicada por el apóstol (2Co 4,3; 2Co 4,5).
3357
a) La verdad y la fe. Los hombres a los que va dirigido este mensaje deben escuchar la palabra (Ef 1,13; Rm 10,14), deben convertirse para llegar al conocimiento de la verdad (2Tm 2,25). La aceptación de la verdad del evangelio tiene lugar mediante la fe (2Ts 2,13; Tt 1,1; 2Ts 2,12; Ga 5,7; Rm 2,8); pero esta fe exige al mismo tiempo el amor de la verdad (2Ts 2,10). †œLlegar al conocimiento de la verdad† es en los textos posteriores (lTm 2,4; 2Tm 37 Hb 10,26) una expresión estereotipada para decir adherirse al evangelio, abrazar el cristianismo, porque los fieles son precisamente los que conocen la verdad (lTm 4,3 ); ésta no es otra cosa que la fe cristiana (Tt 1,1).
3358
b) Verdad y vida cristiana. Según las cartas católicas, los fieles han sido engendrados a la nueva vida por la palabra de verdad (St 1,18; IP 1,23); han santificado sus almas mediante la obediencia a la verdad en el momento del bautismo (IP 1,22). Por eso no hay que extraviarse alejándose de esta verdad una vez abrazada (St 5, 19), reforzándoseen la verdad presente con vistas a la paru-sí­a (2P 1,12); hay que continuar deseando esta leche de la palabra a fin de crecer para la salvación (IP 2,2). De ese modo el cristiano, añade Pablo, se reviste del hombre nuevo y realiza la santidad que exige la verdad (Ef 4,24).
3359
c) La sana doctrina y el error. En las pastorales la polémica contra los herejes confiere al tema un matiz nuevo; la verdad es ahora la buena doctrina (lTm 1,10; lTm 4,6; 2Tm 4,3; Tt 1,9; Tt2,1), opuesta a las fábulas (lTm 1,4; lTm 4,7; 2Tm 4,4; Tt 1,14)de los doctores de la mentira (lTm 4,2). Estos han vuelto la espalda a la verdad (Tt 1,14; lTm 6,5; 2Tm 2,18; 2Tm 4,4); se alzan incluso contra ella (2Tm 3,8). Pero la Iglesia del Dios vivo es †œla columna y el fundamento de la verdad†™ (lTm 3,15).
3360
d) Cristo y la verdad. Entre la verdad y la persona de Cristo existe un lazo estrechí­simo. El objeto del mensaje del apóstol no es una doctrina abstracta, sino la persona misma de Cristo (2Co 4,5; Ga 1,16; ico 1,23; 2Co 1,19; 2Co 11,4; Ef 4,20; Flp 1,15): Cristo †œmanifestado en la carne…, proclamado a los paganos, creí­do en el mundo†, es la verdad, de la cual la Iglesia es guardiana; es el misterio de la piedad lTm 3,16). El Cristo-verdad anunciado por el evangelio no es, pues, un ser celestial en el sentido gnóstico, sino el Jesús de la historia, muerto y resucitado por nosotros: †œLa verdad está en Jesús† (Ef4,2).
3361
3. La verdad en San Juan.
En la teologí­a de Juan, que es ante todo una teologí­a de / revelación, la noción de verdad ocupa un puesto notable. Se interpreta frecuentemente la a/étheiajuanista en el sentido dualista metafí­sico, platónico o gnóstico, de ser subsistente y eterno, de realidad que se desvela. Pero Juan no llama nunca a Dios mismo la verdad, lo cual serí­a esencial según estos sistemas. En realidad, no hace más que desarrollar el tema apocalí­ptico y sapiencial de la verdad revelada recogido en otras partes del NT, pero insistiendo más en el carácter revelado de la verdad, en su nexo con Cristo y en la fuerza interior que suscita en el creyente.
3362
a) La palabra del Padre y el Cristo-verdad. Para Juan la verdad no es el ser mismo de Dios, sino la palabra del Padre (Jn 17,17 cf Un Jn 1,8, †œLa verdad no está en vosotros†, y Jn 1,10, †œSu palabra no está en vosotros†). La palabra que Cristo ha escuchado del Padre (Jn 8,26; Jn 8,40 cf Jn 3,33) es la verdad que él viene a †œproclamar† (8,40.45s) y de la cual viene a †œdar testimonio† (18,37; cf 5,33). Por tanto, la verdad es al mismo tiempo la palabra del Padre y la palabra que el mismo Cristo nos dirige y que debe llevarnos a creer en él (8,31s.45s). La diferencia entre esta revelación y la del AT se subraya fuertemente:
†œLa ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad nos ha venido por Jesucristo† (1,17), porque con él y en él ha aparecido la revelación total, definitiva. Mientras que el demonio es el padre de la mentira (8,44), Cristo proclama la verdad (8,45), está †œlleno de la gracia y de la verdad† (1,14). La gran novedad cristiana es ésta: Cristo mismo es la verdad (14,6); lo es no por poseer la naturaleza divina, sino porque, Verbo hecho carne, nos revela al padre al revelarse a sí­ mismo como el Hijo unigénito (1,18). Jesús mismo explica el sentido de este tí­tulo, uniéndolo a otros dos: él es †œel camino, la verdad y la vida†; es el camino que conduce al Padre precisamente porque él, el hombre Jesús, en cuanto verdad, nos transmite en sí­ mismo la revelación del Padre (17,8.14.17)y de ese modo nos comunica la vida divina (1,14; 3,16; 6,40.47.63; 17,2; 1Jn5,llss). Así­ pues, este tí­tulo revela indirectamente la persona divina en Cristo; si Jesús, único entre los hombres, puede ser para nosotros la verdad, es porque ha vivido como Hijo unigénito, †œvuelto al seno del Padre† (1,18), y por revelar así­ en sí­ mismo †œal Verbo dirigido hacia Dios† (1,2), †œla vida eterna vuelta hacia el Padre† (1Jn 1,2); en una palabra, Jesús es la verdad, la plenitud de la revelación, porque se revela como el Hijo unigénito venido de junto al Padre (1,14).
3363
b) El Espí­ritu de la verdad. Una vez terminada la revelación al mundo (Jn 12,50), Jesús anuncia a sus discí­pulos la venida del Paráclito, el Espí­ritu de la verdad (14,17; 15,26; 16,13). Para Juan, la función fundamental del Espí­ritu es dar testimonio de Cristo (15,26; Un 5,6), llevar a los discí­pulos a toda la verdad (16,13), traerles a la memoria todo lo que Jesús les habí­a dicho, es decir, hacerles comprender su verdadero sentido (14,26). Consistiendo su función en hacer comprender en la fe la verdad de Cristo, el Espí­ritu es llamado también †œla verdad† (1Jn 5,6); él es en la Iglesia †œel que da testimonio†, suscitando con ello nuestra fe en Cristo.
3364
c) Verdad y santidad. Juan subraya con fuerza la función de la verdad en la vida de los cristianos. El fiel debe †œser de la verdad †œ(Jn 18,37 Un Jn 3,19); después de adherirse de una vez para siempre a la nueva vida mediante la fe (St 1,18 1 Pe 1,22s), el cristiano debe nacer del Espí­ritu (Jn 3,5; Jn 3,8) y esforzarse por estar habi-tualmente bajo el influjo de la verdad que permanece en él (2Jn 4), a fin de ser un hombre nacido del Espí­ritu (Jn 3,5; Jn 3,8). Solamente el que permanece así­ en la palabra de Jesús llegará a conocer la verdad y a ser liberado internamente del pecado mediante esta verdad (Jn 8,3 Is): porque si la fe purifica (Hch 15,9), también la palabra de Cristo hace puro (Jn 15,3); ella nos permite vencer al maligno (1Jn 2,14); cuando el fiel permite que la palabra †œpermanezca† activamente en él, se hace impecable (1Jn 3,9), se santifica en la verdad (Jn 17,17; Jn 17,19).
Juan ve, pues, en la alétheia el principio interior de la vida moral y confiere a las antiguas expresiones bí­blicas una novedad de sentido cristiano: †œhacer la verdad† quiere decir acoger en sí­ y hacer propia la verdad de Jesús (3,21)0 convertirse en él, reconociéndose pecador (1Jn 1,6); †œcaminar en la verdad† 2Jn 4 3Jn 3s) significa caminar a la luz del precepto del amor (2Jn 6), dejarse dirigir en la propia acción por la verdad, por la fe. Amar a los hermanos †œen la verdad† (2Jn 1; 3Jn 1) significa amarlos con la fuerza de la verdad que permanece en nosotros (2Jn lss; cf Un 3,18); la adoración †œen el Espí­ritu y en la verdad† (Jn 4,23ss) es una adoración que brota de dentro; es un culto inspirado por el Espí­ritu y por la verdad de Jesús, que el Espí­ritu de verdad hace activos en los que ha hecho renacer; Jesús-verdad se convierte así­ en el nuevo templo, en el ambiente de comunión en el cual se practica la oración distintiva de los tiempos mesiánicos. Finalmente, la verdad implica también para el fiel obligaciones apostólicas: colaborar con la verdad (3Jn 8) significa cooperar con la fuerza interna de la verdad que está en nosotros para realizar la expansión del mensaje evangélico en el amor fraterno.
Así­ pues, la verdad en sentido cristiano no es el campo inmenso de lo real, ni tampoco el mundo divino de las ideas (la †œllanura de la verdad†) que tendrí­amos que conquistar con un esfuerzo de pensamiento o de contemplación, como en el platonismo, sino que es la verdad del evangelio, la palabra reveladora que viene del Padre, que está presente en Jesús-verdad y que es iluminada por el Espí­ritu de la verdad; es aquella verdad que debemos acoger en la fe, a fin de que nos transforme en hijos de Dios. Esta verdad de la revelación resplandece siempre para nosotros en la persona de Cristo, que es el mediador y al mismo tiempo la plenitud de toda la revelación.
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IV. VERDAD BIBLICA Y VERDAD CRISTIANA.

La noción bí­blica de verdad, que es diversa de la griega, ha permanecido viva en toda la tradición de la Iglesia (en los padres que no experimentaron el influjo platónico, en la liturgia y en los documentos del magisterio); pero aquí­ reviste acentos diversos. El término verdad designa la revelación cristiana, la verdadera fe. Para san Ireneo, la verdad es †œla doctrina del Hijo de Dios† (Adv. HaerlIl, 1,1: SCR211,20); regula veritatis es para él casi sinónimo de regula fidel. San Cromado de Aquilea observa que el alma fiel se nutre †œde la divina Escritura, del alimento de la fe y de la palabra de verdad† (Sermo 12,6: CCL 9A,55). Según san Gregorio, viven siempre en la Iglesia †œalmas que irradian la luz de la verdad† (Moralia 19,17: PL 76,106). En los textos litúrgicos vuelven diversas veces las fórmulas siguientes: la verdad del evangelio, la luz de la verdad, la verdad cristiana (o católica), etc. El Vat. II permanece fiel a esta tradición: a la luz de la fe hay que †œescudriñar toda la verdad encerrada en el misterio de Cristo† (DV 24); y en un texto largamente discutido, el concilio dice que †œlos libros de la Sagrada Escritura enseñan aquella verdad que para nuestra salvación quiso Dios que quedara consignada en las letras sagradas† (DV 11).

BIBL.: AA.W., Alétheia, en GLNT 1, 625-674; Augustinovic ?., Alétheia neIlV Vangelo, en †œStudü biblici
Franciscani liber annuus† 1(1950-51)161-190; Benoit P., La vérité dansia Bí­6fe,en†Viespirituelle†
114(1966)386-416; De la Potterie 1., Gesú Venta, Marietti, Turí­n 1973; Id, La vénité dans Saint Jean, 2
vols., Is-tituto Bí­blico, Roma 1977; Id, Stoniae venta, en AA.W., Problemie Prospettive di Teologí­a
Fundaméntale, Queriniana, Brescia 1980; Giblet J., Aspectos de la verdad en eINT, en †œConci-lium† 83
(1973) 338-347; Gnilka J., Verdad, en Conceptos Fund. de Teologí­a II, Cristiandad, Madrid 19792, 862-
867; Guillet J., Themes bi-bliques, ce. 11-111, Aubier, Parí­s 1951; Haacker Kl., II concelto bí­blico di venta,
en †œStudi di teologí­a† 2 (1979) 4-36; lbuki Y., Die Wahrheitim Johannesevangelium, Bonn 1972; 1Jnk H.G., Verdad (alétheia), en DTNT IV, 332-340; Marchesi G., La venta nel Vangelo di Giovanni, en †œCiviltá
Cattolica† 129 (1978/1)348-363; Murphy-O†™ConnorJ., La †œvérit醝 chez saint Paul eta Qumrán, en †œRB† 72
(1965) 29-76; Porubcan 5., La radice †˜mn nell†™AT, en †œRBit† 8 (1960) 324-336; 9 (1961) 173-183.221-224;
Theron D.J., Alétheia in the Pauline Corpus, en †œEvangelical Quarterly†26 (1954) 3-18.
1. de la Potterie

Fuente: Diccionario Católico de Teología Bíblica

A) Naturaleza de la verdad.

B) Aspecto ético de la verdad.

A) NATURALEZA DE LA VERDAD
1. Visión histórica
1. Antiguo Testamento
Para el desarrollo del problema de la v. en la filosofí­a occidental son decisivas dos fuentes: el Antiguo Testamento y la filosofí­a griega. La palabra ‘emet significa en el AT ser firme, estar firme, ser fiable. Por ello, aplicada a Yahveh, significa la actitud de Dios por la que él hace perdurar su bondad. En este sentido ‘emet puede traducirse por fidelidad. La palabra de Dios es ‘emet (2 Sam 7, 28; Sal 119, 160). En el Salmo 132, 11 leemos: “Yahveh ha jurado ‘emet a David, no retractará su promesa.” Aquí­ ‘emet significa, pues, no simplemente fidelidad, sino fidelidad y constancia. Esta fidelidad de Dios es al mismo tiempo refugio y seguridad (Sal 40, 12; 54, 7; 61, 8, etc.). La fidelidad de Dios se menciona expresamente en Dt 7, 9; Dt 32, 4; Is 49, 7 y Sal 31, 6. ‘emes afirmada de hombres significa la fidelidad del pueblo para con Dios (Jos 24, 14; 2 Re 20, 3; Is 38, 2; 2 Par 31, 20). Las expresiones “caminar en la v.” (1 Re 2, 4; 3, 6; 2 Re 20, 3; Is 38, 3; Sal 26, 3; 86, 11) y “hacer la v.” significan la fidelidad vivida a la ley de Dios. Sin embargo, en el AT se encuentra también la significación de ‘emet como coincidencia de una afirmación con la realidad (así­ 3 Re 10, 6; 22, 16). En el judaí­smo tardí­o la ley de Dios aparece como ‘emet. La acción de la v. (p. ej., Tob 4, 6 y 13, 6; Eclo 27, 9b) se distingue del servicio a la mentira y al engaño, y es vista como actitud del hombre que observa la ley de Dios.

2. Nuevo Testamento
En el NT álétheia es la fidelidad y la confianza que merece Dios (Rom 3, 1-7), la autenticidad y la obligatoriedad del evangelio (Ef 4, 21; Gál 2, 5.14; Rom 2, 8; 2 Cor 4, 2; Gál 5, 7), de la palabra de Dios (2 Cor 4, 2; Gál 5, 7), lo revelado en Dios (Rom 1, 18), la sinceridad humana (2 Cor 7, 14; Flp 1, 18; 1 Tim 2, 7; 2 Jn 1), la verdad de una afirmación (Act 26, 25; Mc 12, 14.32; Lc 4, 25), pero también, como ha destacado Bultmann, la doctrina autoritativa (así­ 1 Tim 6, 5; 2 Tim 2, 18; 3, 8; 4, 4; Tit 1, 14). La proclamación del evangelio es palabra de la v. (Ef 1, 13; Col 1, 5; 2 Cor 6, 7, etc.). Hacer la v. significa ahora (Jn 3, 21; 1 Jn 1, 6), en analogí­a con el AT, cumplir la ley de Cristo. Lo mismo puede decirse de la expresión “caminar en la v.” (2 Jn 4; 3 Jn 3s). Juan une en el concepto de álétheia las más distintas significaciones recibidas, pero refiere estas significaciones a la realidad revelada en Jesús. La v. hace libre como realidad de la salvación (Jn 8, 32). Santifica (Jn 17, 17ss). Cristo es el camino, la v. y la vida (Jn 14, 6). Como Espí­ritu de v., el Paráclito continúa la obra de Cristo, da testimonio de él y lo glorifica. En el NT es decisivo que, tanto en Juan como en las cartas paulinas, la v. se convierte en v. cristológica.

3. Antigüedad
En la antigüedad el problema de la v. se manifiesta por primera vez en el poema doctrinal de Parménides: la diosa enseña el camino de la v., que está en oposición a la doxa, a la opinión engañosa de los mortales (Fragm. 1, 28ss). El conocimiento de la v. consiste en que el ser es, y el no ser no es (Fragm. 2 [4], 3ss). Platón opone el ámbito de la v. al hablar y opinar cotidiano, que puede caer en el engaño (pseudos). El mito de la caverna (Pol. 7, 514ss) describe la irrupción del espí­ritu humano que conoce en la v. Esta v. es para Platón el originario revelarse del ser verdadero, de las ideas (-> idea); así­ la v. es pensada como manifestación, como descubrimiento. Ya en Platón aparece la relación entre logos, ente y verdad: el logos “que expresa el ente tal como es, es verdadero, y el que lo expresa como no es, es falso” (Crat. 385 B; cf. Sof. 263 B). Aristóteles investiga detalladamente esta relación y llega a su definición: la v. es v. del juicio (Met. ix, 10, 1051b 3-5). V. es la relación de los conceptos unidos en el juicio con la -> realidad. En el platonismo medio las ideas se convierten en pensamientos ejemplares de Dios. Dios es la v., que está por encima de las ideas (cf. ALBINO, Isagogé 10). Filón de Alejandrí­a une el mito platónico de la creación con la narración veterotestamentaria de la creación: las ideas son productos del espí­ritu de Dios mismo, que lo crea todo por su pensamiento, el cual es a la vez acción. Para Plotino, el fundador del -> neoplatonismo, el primer origen sólo se puede determinar negativamente. El segundo Dios es el noús, que contiene en sí­ el kósmos noetós platónico y con ello, en su dialéctica de noús y noein, de nooún y nooúmenon (Enn. 5, 5), se convierte en el lugar de la verdad. Al alma que reflexiona se le revela la v. por la presencia del voús en ella (5, 1, 3; 3, 4).

4. Patrí­stica y escolástica
Clemente de Alejandrí­a llama a Dios “canon para la v. del ente” (Protr. vI: PG 8, 173 BC). Con ello comienza el intento de unir el pensamiento griego y el neotestamentario. Fueron decisivos a este respecto, en el mundo griego, Orí­genes, los capadocios y el Pseudo-Dionisio; entre los latinos especialmente Agustí­n, que une el Logos de Juan con el noús neoplatónico (Conf. vil 9). El Hijo es v. por cuanto, como palabra, revela al Padre (De trin, vii 3). Mediante su referencia al cogito del sujeto, Agustí­n justifica la v. frente al escepticismo (Solil. Ti 1, 2). Acentúa la necesidad de la v., que no es creada por la razón humana, sino hallada por ella como algo previamente existente (De vera rel. 39, 72). El escrito De libero arbitrio desarrolla el ascenso a la v., por la que está determinada nuestra razón. Esta v. es absoluta, eterna e invariable (11 15, 39). Para el conocimiento de la v. más alta Agustí­n exige una iluminación de Dios. Lo mismo que Aristóteles, Boecio ordena la v. al juicio, porque éste es expresado secundum complexionem (p. ej., In Cat. Arist. Iv: PL 64, 278; In libr. De int. ed. prim.: ib. 300). Sin embargo, de las afirmaciones de la Consolatio philosophiae se desprende una concepción platónica (Cons. iv pr. 4; v pr. 6). Anselmo de Cantórbery reflexiona expresamente sobre una ordinación de la v. lógica a la ontológica. La v. lógica es un efecto de la summa veritas por mediación de las criaturas (De ver., c. 10). Con ello el orden del ser está bajo la regla de la v. como rectitudo sola mente perceptibilis (ibid., c. 11). Se reconoce al hablar una disposición general a la verdad (ibid., c. 2). Hugo de San Ví­ctor conoce una ordenación de la v. a las ciencias (In Hier. cael. i 1). La doctrina de la doble v. pasa como tí­pica de los averroí­stas latinos, pero no fue defendida expresamente por ellos.

En Tomás de Aquino la v. significa, por un lado, la apertura originaria del ser (ens et verum convertuntur) y, por otro, la v. del juicio: adaequatio intellectus et rei (S.c.G. i 59; De ver. 1, 2). Para Tomás Dios es la v. originaria y la fundamentación de toda v. La v. trascendental (-> trascendentales) en sentido tomista significa, primeramente, una relación interna del ser con el espí­ritu y por tanto con el alma espiritual y, por otra parte, una orientación del espí­ritu al ser (De ver. 1, 1). Tomás elabora el pensamiento aristotélico de que el -> alma es en cierto sentido todos los entes (Art., De an. 431b) juntamente con el pensamiento de la v. de las cosas (Met 993b), y pone la problemática total así­ lograda, influida también por la lí­nea agustiniana, en el contexto de su doctrina del -> ser. El concepto de v. en Buenaventura ostenta el sello agustiniano; Duns Escoto reconoce una v. ontológica y una v. lógica.

Por lo que se refiere a la problemática medieval, no podemos silenciar la relación entre v. y -> lenguaje. Esa relación está cimentada en el neoplatonismo y en Agustí­n. Una reflexión sobre el lenguaje se encuentra en Anselmo de Cantórbery, especialmente en el Monologion y en De veritate. Para la patrí­stica y la escolástica esta relación está fundamentada trinitariamente, por cuanto Cristo es el Verbo del Padre. El hecho humano del lenguaje y la vida intratrinitaria son puestos en relación por Agustí­n y Tomás. El verbo interno es en Tomás el revelarse de lo conocido en el cognoscente (S.c.G. iv 11; De pot. 9, 5; ST r q. 28 a, 4 ad 1). Aquí­ se muestran indicios de una superación de la tensión objeto-sujeto en el acto de la palabra. Para la relación entre v. y fe fue caracterí­stica la definición, que procede probablemente de Guillermo de Auxerre: Credere est assentire primae veritati propter se et super omnia. La prima veritases revelación del ser y a la vez firmeza; por eso puede convertirse en auctoritas.

Con Guillermo de Ockham se produce un giro frente a la alta edad media. Ya no es la v. de Dios, sino su omnipotencia lo que ocupa el centro del pensamiento teológico. Los trascendentales quedan reducidos a conceptos. El problema de la v. se convierte cada vez más en cuestión de epistemologí­a. Roberto Holkot, un discí­pulo de Ockham, separa totalmente la v. filosófica y la teológica.

5. Principio de la edad moderna
Hallándose en la tradición negativa del Pseudo-Dionisio, Nicolás de Cusa considera a Dios y su v. (la v. divina es para el Cusano idéntica con el Verbo encarnado) como incognoscibles en su exactitud (aequalitas praecisa), aunque están siempre dados al conocer humano como meta de sus esfuerzos cognoscitivos: sólo en la manera de la docta ignorantia se da la v. al intellectus (De doc. ign. 1 3). Donde más especulativamente se produce la copia de la v. divina incognoscible es en la dialéctica del non-aliud. La contradicción entre la v. filosófica y la teológica, fuertemente acentuada por Lutero y atenuada por Melanchton, el humanismo y la ilustración, se convierte en un problema decisivo de la teologí­a protestante, a través de Kierkegaard hasta Barth, Bultmann y Tillich. En general el problema teológico de la v. se sitúa por la reforma en una nueva perspectiva. La palabra de Dios como auténtica autoridad pasa a ser la v. originaria. La palabra de Dios proclamada (la Escritura en la realización de su propia interpretación) es fuente de la fe justificante.

Con Descartes el problema ontológico-lógico de la v. se convierte en problema de certeza. Verdadero es lo que yo percibo clara y distintamente (Med. rii 4). El primer principio metódico fundamental es: No puede tenerse por verdadero lo que no se conoce con evidencia (Disc. 2, 14). Descartes no conoce una verdad ontológica. Pero Dios es garante de la v., porque el hombre no puede ser creador de una idea infinita. De Descartes depende el ocasionalismo; la obra principal de Malebranche lleva por tí­tulo: Recherche de la vérité. El auténtico conocimiento de la v. se da por la intuición de las ideas divinas. Frente al nominalismo de Hobbes, Leibniz trata el problema lógico de la v. (Obras completas, edición Gerhardt vii 190ss). Entre signo y objeto hay que presuponer un sistema constante de relación. Notas caracterí­sticas del concepto de v. en Leibniz son, por un lado, la radicación de la v. originaria en Dios (Theod. II § 184) y, por otro lado, la relación de las verdades de razón con el principio de contradición, que es considerado como básico (Disc. de mét. n.0 13). Con ello se introduce una visión lógico-gnoseológica del concepto de v., que ha seguido siendo decisiva para determinadas direcciones de la edad moderna hasta la actualidad. Hobbes rechaza expresamente la verdad ontológica: Veritas in dicto, non in re consistit (Op. phil. i 32); también Espinosa conoce sólo la v. del enunciado (Opp. 1246s). La tesis de la coincidencia de la cosa con su idea o definición se encuentra, por influencia de Descartes, en Clauberg (Op. phil. II 648). Christian Wolff reconoce ciertamente una v. trascendental, pero la fundamenta por los dos primeros principios, el de contradicción y el de razón suficiente (Phil. pr. § 498). Wolff exige, en contraposición a los escolásticos, un concepto “distinto” de v. Con ello se ha dado un paso decisivo hacia la logización de la metafí­sica, cosa que se expresa todaví­a más fuertemente en Baumgarten, discí­pulo de Wolff (Met. § § 89-93).

6. Desde Kant hasta la actualidad
Kant considera la v., de acuerdo con el giro copernicano, como “coincidencia con las leyes del entendimiento”. Con ello se da una nueva formulación trascendental-filosófica a la antigua definición de la adaequatio. Como sí­ntesis empí­rica, la experiencia tiene v. por el hecho de que contiene aquello que es necesario para la unidad sintética de la experiencia en general. La antigua v. ontológica se ha convertido en sí­ntesis originaria de la apercepción trascendental. Un enunciado adecuado a las leyes del pensamiento y de la experiencia es objetivo. Esta idea es recogida por Fichte (Obras, edición I.H. Fichte 6, 19), que sin embargo, la elabora de nuevo por el hecho de que en la sí­ntesis de yo y no-yo adquiere viva importancia el concepto del yo absoluto, y con ello el problema de la v. pasa a ser una base para la interpretación del pensamiento dialéctico. Cuando Schelling habla de la v. como identidad absoluta de lo objetivo y lo subjetivo (Obras, edición KF.A. Schelling, vi 497), reflexiona sobre la v. del juicio de cara a su base absoluta. Esta significación recibe su coronación en Hegel, para quien lo verdadero es el todo, el concepto absoluto, la idea absoluta. Hegel reconoce la v. como coincidencia de la representación con el objeto, pero esto es sólo la v. en el entendimiento subjetivo. Una nueva visión del problema de la v., que podrí­a denominarse como platonismo mitigado, se encuentra en Bolzano (verdades en sí­) y Lotze (las verdades no existen, valen), un pensamiento que también Husserl destaca en las Investigaciones lógicas y que se ha hecho caracterí­stico para la filosofí­a de los valores.

Contra Hegel se alza Feuerbach, para quien la existencia es el concepto originario de v. (Esencia del cristianismo, prólogo a la 3.a ed., 1848). Esta v. es el hombre. Para Marx, toda disputa acerca de la realidad y de la no realidad del pensamiento que está aislado de la praxis, es una cuestión puramente escolástica. “En la praxis es donde el hombre debe probar la v., es decir, la realidad, el poder, y la fuerza de su pensamiento en la tierra” (2.a tesis sobre Feuerbach). Con ello Marx rechaza tanto el idealismo como el materialismo antiguo. No hay ninguna v. en general, la v. se realiza por la orientación de nuestro pensamiento a la praxis. La teorí­a se convierte en una generalización cientí­fica de la praxis; ésta, como realización social, pasa a ser el criterio de la v. (-> socialismo). Con ello el camino hacia la verdad objetiva es un proceso social: “Por el camino de la teorí­a marxista nos acercamos más y más a la v. objetiva (sin agotarla jamás); pero por cualquier otro camino no podemos llegar más que a la confusión y a la mentira” (LENIN, Materialismus und Empiriokritizismus, Obras, ed. alemana, 13, página 132; -> materialismo dialéctico). Contra Hegel se vuelve también Kierkegaard. La v. es vista igualmente aquí­ como realización, como acción del individuo, cuyo fundamento es el existir (-> existencia). Puesto que la existencia contradice a la fe, ésta como realización de la v. es paradójica. Y por ello el cristianismo nunca puede entenderse a partir de la idea. Igualmente contra Hegel y la metafí­sica, Nietzche intenta una destrucción del concepto tradicional de v. Lo que se llama í­dolo es lo que hasta ahora se llamaba v. La v. es la forma más débil de conocimiento. Por el hecho de que se ha eliminado el mundo verdadero, se ha eliminado también el mundo aparente. Nietzsche exige una v. que debe crearse y que da el nombre a un proceso. Voluntad de v. es una forma de voluntad de poder.

Jaspers ha tratado el problema de la v. en la amplia obra Von der Wahrheit (Mn 1947). Distingue la v. de lo envolvente que somos nosotros (conciencia, existencia, espí­ritu) y la v. de lo envolvente que es el ser mismo (mundo, trascendencia). De la trascendencia hablamos en cifras, para las cuales no basta ninguna interpretación expresable. El ser no se puede separar del ser verdadero, del ser para nosotros, y por ello tampoco es posible separarlo de la comunicabilidad (-> existencialismo). En Heidegger la v. es, en el marco del análisis del Dasein, la apertura de éste como cuidado y ser para la muerte y, con ello, historicidad del -> ser (-> historia e historicidad). Sin embargo, esta problemática está determinada de antemano por la cuestión del ser. Así­ la v. es un abrirse del ser. Y puesto que con este abrirse se produce un cerrarse, la v. va unida originariamente con la no-verdad. El ser se nos anuncia como historicidad y como lenguaje. Por consiguiente aquí­ la v., frente a los anteriores planteamientos metafí­sicos y trascendental-filosóficos, es pensada históricamente y determina este pensar mismo.

Contra todas estas direcciones (metafí­sica, marxismo, existencialismo) se vuelve el -> positivismo moderno, que, con ayuda de la lógica o de la logí­stica, quiere someter nuevamente a reflexión el enfoque del -> empirismo antiguo. El problema de la v. es visto aquí­ en relación con la cuestión del sentido v de la verificación. Encauzaron esa lí­nea por un lado el cí­rculo de Viena y por otro, Wittgenstein. La verificación, exigida por Carnap, en la confirmación mediante la percepción empí­rica. V. significa verificabilidad. Lo que queda refutado por la realidad es falso. Los juicios metafí­sicos no son ni verdaderos ni falsos, carecen de -> sentido. También para Wittgenstein en su primera época la frontera entre lo experimentable y lo no experimentable es asimismo el lí­mite entre sentido y sin sentido. Las preguntas con sentido siempre pueden contestarse: “el enigma no existe” (Tractatus 6, 5). Más tarde Wittgenstein mismo ha criticado esta filosofí­a suya y la ha corregido en puntos importantes. En su filosofí­a posterior la significacion de una palabra se identifica con su uso en el lenguaje (Phil. Unters. 43). Es el uso el que da vida a los signos (ibid. 432). Significación y sentido, y con ello también el problema de la v., se reducen al uso lingüí­stico, a los llamados juegos lingüí­sticos.

II. Planteamiento actual del problema
El problema de la v. está determinado hoy ante todo por dos direcciones. Una ve el problema de la v. hermenéuticamente, y se apoya en Dilthey y Heidegger. Esta dirección también ha influido poderosamente en la teologí­a moderna (Bultmann y su escuela). La otra visión es la del positivismo o logicismo, que únicamente conoce la verdad del juicio y rechaza radicalmente no sólo toda metafí­sica, sino también el plantea miento hermenéutico como autorreflexión del sujeto. Ha de tenerse en cuenta, evidentemente, que no toda consideración logí­stica del problema de la v. tiene que ser forzosamente positivista. El estudio de los functores del valor veritativo y de la evolución de este valor es un cometido lógico; no implica una determinada interpretación ontológica, pero tampoco la excluye.

La cuestión de la historicidad y no historicidad o suprahistoricidad de la v. es hoy especialmente actual tanto en filosofí­a como en teologí­a. La historicidad de la v. no implica necesariamente un relativismo. Aquí­ se trata más bien de la reflexión sobre el acontecimiento fundamental de la v., es decir, sobre el acontecer que posibilita el ser humano. Pensamos este acontecer como lenguaje originario, por el que nosotros quedamos afectados. Semejante visión no permanece simplemente en el marco de una filosofí­a personal dialogí­stica (v. como encuentro), sino que reflexiona sobre la posibilitación de tal encuentro de cara al lenguaje y desde él, y así­ llega a la problemática fundamental de ser y lenguaje. Teológicamente queda caracterizada con ello la revelación como originario acontecer lingüí­stico, que va dirigido a nosotros los hombres, y al que nosotros respondemos como hombres. Simultáneamente en tal visión las antiguas determinaciones de la v. lógica y ontológica son examinadas de nuevo con miras a su posibilitación. El problema hermenéutico lleva a una nueva reflexión sobre lo que es propiamente el factum y sobre cómo se presenta la cuestión de su conocimiento. Nosotros conocemos cualquier acontecer sólo en un horizonte determinado. Por ello todo conocimiento humano de la v. permanece unilateral. Ciertamente somos capaces de reflexionar sobre esta “unilateralidad” por la trascendencia de la razón, pero sin poder pensar y conocer a Dios de otro modo que a la manera humana. Por eso no hay formulación humana que sea insuperable. Pues toda formulación lingüí­stica se hace en determinados horizontes, que sin duda puedan significar el todo del que se trata, pero sin traducirlo jamás completamente al lenguaje. El descubrimiento de la v. se produce siempre dialogí­sticamente.

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Joseph Möller
B) ASPECTO ETICO DE LA VERDAD
1. Una exposición tanto crí­tica como sintética de la ética de la v. se halla ante la dificultad de que el concepto de v. en filosofí­a y en teologí­a es usado en forma muy diferenciada, sin duda, porque, aun estando el hombre referido y vinculado a la v., sin embargo, ésta no es algo de lo que él puede disponer, sino algo a lo que él debe servir. Una mirada a la historia de la comprensión de la v. muestra, además, que el concepto de v. depende en gran parte de principios y presupuestos epistemológicos cambiantes y de decisiones previas debidas a la concepción del mundo (-> historia e historicidad). La ética de la v. se forma siempre en el horizonte de esta comprensión previa, y está, en consecuencia, condicionada siempre por la historia y es más o menos unilateral.

Así­, si por v. se entiende preferentemente la v. del juicio, la ética de la v. se verá sobre todo ante la tarea de esforzarse por un saber material objetivo, por hacer de éste el canon de la propia acción y por reproducir con fidelidad la v. conocida objetivamente, es decir, entonces la ética de la v. hallará su expresión preferentemente en una ética material de responsabilidad.

Supongamos, en cambio, que por v. se entienda primariamente la v. ontológica y, en este contexto, Dios sea concebido como v. originaria, como v. cognoscible, pero incomprensible, y que el hombre se entienda como un ser de tal manera ordenado al conocimiento y al amor de Dios, que encuentra su salvación en la felicidad que Dios le da y en la entrega a él. Entonces se considerará como tarea principal de la ética de la v. el abrirse lo más incondicionalmente posible a la v., dondequiera que el hombre la encuentre, y el obrar incondicionalmente en correspondencia con la v. conocida, es decir, la ética de la v. hallará entonces su expresión sobre todo en una ética formal de actitud.

2. Si se intenta acercar en una ponderada relación mutua esos dos tipos de ética, hay que partir de las reflexiones siguientes.

La verdad se abre al hombre en su propia conciencia, que llega a sí­ misma por la ordenación al entorno social y mundano y, a través de esto, a Dios, y que está configurada por la gracia. En consecuencia, para la ética de la v. es esencial la reflexión sobre la v. del propio yo y sus implicaciones. En correspondencia con ello la ética de la v. considerará como criterio formal y definitivo para el enjuiciamiento de su decisión valorativa la ordenación del sujeto agente a la v. en general y, como criterio transitorio y material, la dependencia, reconocida como verdadera, respecto del mundo circundante y, a través de él, respecto de Dios. Esto exige que el hombre reconozca su dependencia de Dios y del mundo circundante en el hallazgo de la v. y en la orientación de su vida según la verdad hallada. Así­ el católico tendrá en cuenta la doctrina de la Iglesia (-> magisterio eclesiástico), de acuerdo con sus -> calificaciones teológicas, como criterio de v. Todos deberí­an guardarse de una excesiva estimación de sí­ mismo y de una desmedida valoración del contenido de v. que hay en las propias convicciones. La orientación de ese ámbito de la ética a la v. del mundo circundante exige además que se tenga en cuenta la ley propia del orden objetivo, tal como éste es descubierto en las distintas ciencias, de modo que la ética de la v. serí­a unilateral sin el reconocimiento de la importancia de la ciencia para el conocimiento de la verdad.

Por tanto, una ética de la v. así­ entendida consiste formalmente en la obligación del hombre de buscar la v. y de regirse por ella dondequiera que la encuentre. La v. que aquí­ es buscada y sirve de fundamento no es originariamente una v. dada u objetiva, sino un valor, que en su ser en sí­ es independiente del sujeto, pero subjetivamente sólo puede ser norma de la acción en la medida en que es aprehendido. En consecuencia la ética de la v. consiste materialmente en la ordenación a las v. conocidas objetivamente, en cuanto éstas, por encima de sí­ mismas, apuntan simplemente a la v. que no es un objeto. Por tanto, las v. objetivables sólo han de prejuzgar la búsqueda de la v. propiamente dicha (y la acción adecuada a la v.) en la medida en que pueden ponerse en relación con la v. envolvente, pero no comprendida. En consecuencia el canon inmediato para la ética de la v. y para la importancia de las v. objetivas particulares dentro de la ética de la v., está sometido a cambio constante, puesto que nuestro conocimiento real de las v. objetivables depende del sujeto y está condicionado por la historia. Pero el canon definitivo – la v. propiamente dicha – no está sometido a ningún cambio. Según esto, la ética de la v. de ningún modo es absolutamente relativista, pero debe contar con que sólo condicionadamente está ordenada a la v. absoluta, y así­ puede dejar de alcanzar esta v., y hasta cierto grado la desfigura siempre. Con ello se evita tanto el -> indiferentismo como el -> integrismo.

3. Por eso, para alcanzar la ordenación a la v. absoluta de la manera más perfecta posible, hemos de pensar además que el hallazgo de la v. no sólo depende del amor a ella y del conocimiento objetivo, sino que está condicionado también por la realización práctica de la v., que a su vez es exigida por la v. hallada. Pues, en virtud de sus prejuicios y decisiones previas, el hombre siempre busca la v. parcialmente y reprime ciertos conocimientos menos gratos. “Haciendo” la v. en la medida de sus posibilidades, el hombre corrige estos prejuicios y decisiones previas, que habí­an llevado a parcialidades y represiones, y alcanza una disposición óptima para inclinarse ante la v. y obrar en conformidad con ella. Sólo así­ puede conseguirse que no se absolutice la v. alcanzada y que se mantenga la dinámica hacia la v. propiamente dicha. Y sólo así­ se impide también la fijación en v. agradables con menosprecio de verdades que obligan a una conversión constante.

Por el contrario, cuanto menos se “hace la v.”, tanto más se cierra el acceso a la v. absoluta. Pues la funcionalización de la acción por criterios que se oponen a la v. propiamente dicha, absolutiza entonces v. parciales. En consecuencia se les atribuye una importancia indebida, e incluso absoluta, para el propio hallazgo del hombre, al que sirve la ética de la v. Así­ el hombre queda falseado, porque se orienta arbitraria y exclusivamente por v. limitadas, subjetivamente agradables, y con ello se orienta por la apariencia y no por la v. total aprehendida por él, aunque no comprendida, la cual le obliga.

Según esto, la ordenación a la v. por antonomasia sólo se alcanza en la mejor forma posible cuando el hombre, mediante una decisión responsable, atribuye a la v. aprehendida conceptualmente el valor subordinado que le corresponde de cara a la v. propiamente dicha, en cuanto ésta se abre.

4. La obligación de veracidad para con el prójimo ha de determinarse desde la obligación del hombre de esforzarse con veracidad por la v., de inclinarse ante ella y de obrar en conformidad con la misma. Al tratar la ética de la v. en general, esta problemática ocupa el primer plano del interés. En general aquí­ se parte de la persuasión más o menos refleja de que uno ha de ser veraz por lo menos en sí­ mismo y, normalmente, en su comunicación con el prójimo.

El fundamento para la obligación de la veracidad está en que sin ella serí­an imposibles el respeto a la dignidad de la persona, la vida comunitaria y la religión. Pues el desarrollo humanamente digno de la persona en todas sus dimensiones se verí­a impedido si el hombre no fuera veraz ante sí­ mismo, ante el prójimo y ante Dios.

Por otro lado, la protección de la esfera personal í­ntima, así­ como de ciertos secretos en interés de los individuos (-> persona) y del -> bien común, exige que la v. no se comunique a cualquiera que quiera saberla o que, en determinadas circunstancias, pretenda incluso obtenerla a la fuerza con medios ilí­citos. El interés de la defensa propia parece sugerir que en ciertas circunstancias es lí­cito engañar al adversario, porque sólo así­ se puede, p. ej., proteger eficazmente los secretos.

Así­ no es de extrañar que en el transcurso de la historia el interés capital de la ética de la v. se dirigiera a la cuestión de cómo ha de juzgarse el acto de hablar con falsedad, es decir, la mentira.

5. Los griegos rechazan el pseüdos, que significa tanto error como mentira, con la fundamentación frecuente de que el no saber es un mal, pues la virtud consiste en el saber. En esta visión el error es peor que la mentira, puesto que en él la ignorancia es mayor. Pero la v. es la que guí­a hacia el bien; el no alcanzar este fin es kakí­a por antonomasia, parafrosyne (delirio, locura); la mentira se permite para alejar un mal, y es obligatoria para médicos y polí­ticos (Sócrates, Platón).

Aristóteles ve que sólo puede hablarse de acción moral en un acto consciente. Por ello es esencial para él la distinción entre pseüdos a sabiendas o con ignorancia. Sólo la mentira consciente es inmoral. Ella es mala en sí­; la veracidad, por el contrario, es algo bueno y loable. El fundamento está en que ésta sirve al trato humano, mientras que la mentira debilita la confianza. Pero si se halla en juego un interés jurí­dico o público, entonces la mentira puede estar justificada, pues la veracidad como mera virtud de trato social no incluye el ámbito de la justicia. Por tanto, no todo hablar con falsedad es intrí­nsecamente malo, puesto que el fin supremo de la ética de Aristóteles es la eudaimonia del hombre particular, la cual, a su vez, sólo puede alcanzarse en la eudaimonia de la comunidad, de la polis.

Los latinos, en cambio, gracias a su idioma conocen la distinción fundamental entre error (error) y mentira (mendacium). En correspondencia con ello desplazan el centro de gravedad desde el fenómeno objetivo del hablar falsamente a la mentira con intención subjetiva; en consecuencia la rechazan con más decisión que los griegos. Entre los latinos la repulsa a la mentira ha encontrado su expresión más consecuente en Cicerón, para quien el verdadero provecho y la moralidad están siempre unidos. Cicerón condena la mentira incluso cuando la exige el bien común (De Officiis 14-32). El concepto “engaño doloso” (dolus malus), que ha penetrado en la historia del derecho, es creación del espí­ritu romano.

6. Según el AT, el israelita debe “caminar en la v. de Dios” (Sal 25, 5; 26, 3; 86, 11), “hacer la v.” (Tob 4, 6; 13, 6). Con ello se significa también el “hacer la v.” para con el prójimo. Por otro lado se extienden el perjurio y la mentira, el asesinato y otros crí­menes (cf. Os 4, 11). El octavo mandamiento (Ex 20, 16; Dt 5, 20) literalmente prohibe la mentira sólo en cuanto perjudica al prójimo y a la comunidad. Sin embargo, el AT prohí­be la mentira en la forma más radical (Lev 19, 11; Prov 30, 8; Eclo 7, 13; cf. Prov. 6, 16ss; Eclo 4, 25).

Según el NT, Cristo ha venido al mundo para traer la v. plena y para dar testimonio de ella (Jn 1, 14; 8, 40; 18, 37). Santificados por y para la v., debemos amarla (1 Cor 13, 6) y “hacerla” (Jn 3, 21; 1 Jn 1, 6); y entonces la v. nos hará libres (Jn 8, 32). Para ello es necesario despojarse de la mentira y hablar verazmente (Ef 4, 25; cf. 1 Pe 2, 1). Entonces no es necesario jurar (Mt 5, 34ss), pero tampoco arrojar las perlas a los cerdos (Mt 7, 6). Hemos de ser sencillos como las palomas y, sin embargo, astutos como las serpientes (Mt 10, 16). Así­ las palabras disimuladoras pueden ser totalmente legí­timas (cf. Mt 13, lOss). En oposición a ello, la mentira está absolutamente de parte del diablo (Jn 8, 44); es signo de la no redención del hombre viejo (Col 3, 9). Los “embusteros” reciben su parte en el lago de fuego (Ap 21, 8; cf. Ap 21, 27; 22, 15; 1 Tim 1, 10).

7. Interpretación de la mentira por la intención de engañar y por la esencia del lenguaje. Para la doctrina cristiana acerca de la mentira tuvieron una importancia fundamental los escritos de Agustí­n, que ha sido el primer occidental que ha escrito una obra especial sobre la mentira (De mendacio [hacia el 395] y Contra mendacium ad Consentium [hacia el 420]). Describe la mentira como falsa significatio cum voluntate fallendi. Se discute si, según su opinión, la intención de engañar pertenece a la esencia de la mentira. En realidad Agustí­n no quiso dar una definición estricta de la mentira; esto se desprende de que él se pregunta si sólo el que miente tiene intención de engañar. En todo caso, él tiene la mentira por intrí­nsecamente mala, pero deja indeterminada hasta cierto punto su opinión subjetivamente segura. Esto se pone de manifiesto por el hecho de que no considera la mentira como igualmente prohibida en cada situación. El motivo formal de la maldad es para él la intención de engañar, o sea, una desordenada relación trascendente con otro. Según esto, la mentira sólo puede estar prohibida en todas las circunstancias si esta maldad referida a los otros está contenida en toda declaración falsa. Agustí­n no se atreve a afirmar esto.

En la alta edad media se impone cada vez más la persuasión de que el hablar con falsedad es ya en sí­ mentira, o sea, de que la voluntad de engañar se da eo ipso cuando uno dice conscientemente algo falso. Así­ la mentira es definida como contra mentem loqui. Alberto Magno es el primero que ve claramente la esencia de la mentira ex parte indebitae materiae, a saber, en la perversión de la finalidad del lenguaje, que por esencia está ordenado al fin bueno en sí­ de la v. En consecuencia la mentira es mala en sí­. De manera semejante Tomás de Aquino ve en la mentira una conducta que contradice a la naturaleza del lenguaje. Pero, según él, la mentira es mala, es decir, se opone al amor, porque está ordenada esencialmente a otros. Independientemente de esta relación, el hablar con falsedad no parece absolutamente malo, y parece lí­cito en caso de necesidad (II-II q. 110 a. 3 ad 4).

8. Interpretación unilateralmente formal de la mentira. Con la edad moderna y su giro hacia lo subjetivo, pasó a primer plano del interés el problema de la posibilidad de conciliar la prohibición de la mentira con las necesidades de la vida. En este contexto, en los autores más ligados al agustinismo y al protestantismo se desarrolla una teorí­a de la mentira que acentúa parcialmente su carácter social. De manera puramente formalista, la esencia de la mentira se determina exclusivamente por el derecho a la v. de aquél a quien se habla. Maquiavelo permite toda mentira para un fin bueno. Lutero considera lí­cita la mentira útil en interés del prójimo y la mentira por necesidad en legí­timo interés propio, y sólo tiene por mala la mentira que causa un daño injusto al prójimo (lo mismo enseña Ch. Wolff). La más conocida es la sentencia de H. Grocio, que distingue entre hablar con falsedad y mentira. El define la mentira como sermo repugnans cum iure existente ac manente illius quem alloqueris. El derecho que puede lesionarse por un juicio falso es el derecho a la libertad de juicio. Según Tanquerey, sólo el derecho a no ser engañado fundamenta la obligación de la veracidad. Protestantes y moralistas no teólogos defienden hoy con frecuencia teorí­as semejantes, que en circunstancias consideran permitido el hablar en falso, cuando el interlocutor no tiene derecho a la verdad o lo ha perdido.

Todas las teorí­as que parten unilateralmente del derecho del interlocutor olvidan el hecho de que corresponde a la ley propia del lenguaje el estar ordenado a la comunicación; con lo cual el lenguaje se ordena a la comunicación no sólo subjetivamente, sino también en sí­, objetivamente. En consecuencia, la obligación de la veracidad debe determinarse a partir del deber del que habla y no a partir del derecho de aquel a quien se habla. Pero estas teorí­as ven correctamente que el hablar es dialogí­stico por esencia y, por eso, también está determinado en su ley por el interlocutor, de modo que el fin de un discurso no puede establecerse en forma exclusivamente objetiva y, con ello, independientemente de los interlocutores.

9. Interpretación unilateralmente material de la mentira. Así­ en general los autores católicos acentúan también que, al deber de la veracidad por parte del que habla, de suyo no corresponde ningún derecho a la comunicación por parte de aquel a quien se habla. La veracidad es una obligación del locuente que brota del amor y no del derecho. Por esto, Tomás de Aquino incluye la veracidad no entre las virtudes subjetivas que forman parte de la justicia, sino entre las potenciales.

En la filosofí­a escolástica se quiso resolver el planteamiento moderno del problema buscando caminos para ocultar la v. y proteger eficazmente el secreto, pero sin que surgiera una contradicción entre el entendimiento y las palabras expresadas. Es decir, se partió de un enfoque más material de la esencia de la mentira.

En el curso de la decadencia de la escolástica, dicha esencia se vio en la contradicción de la afirmación externa con el juicio interno. Así­, para atenuar o suprimir esta contradicción, primero se recomendaron palabras ambiguas, y más tarde las llamadas restricciones mentales. En ellas el juicio interno se acomoda a la afirmación externa mediante una corrección mental, de manera que ambos se comportan como el todo con la parte. En correspondencia con esto se distinguió entre un mandato prohibitivo de veracidad, el cual prohibe el abuso del lenguaje, y un mandato afirmativo, que exige la comunicación veraz. Este último obliga, como todos los mandatos afirmativos, semper non pro semper, es decir, no tiene que ser actualizado en todo tiempo. Así­ poco a poco la doctrina clásica de la mentira fue abandonada en el s. xvii por un gran numero de teólogos importantes de todas las escuelas. Pero, a causa de numerosas crí­ticas, la restricción mental fue condenada luego por Inocencio xi (Dz 1176ss).

El defecto más grave de esa doctrina puramente individualista está en que sólo atiende a la relación inmanente entre conocimiento y enunciado en el locuente, y excluye totalmente la relación transcendente del que habla con el oyente.

Con todo, también en la época siguiente la prohibición de la mentira se fundamentó en el abuso del lenguaje, pero éste fue entendido como una capacidad natural con ordenación clara a la comunicación. En correspondencia con las concepciones predominantes del derecho natural, la prohibición de la mentira se enseñó en el sentido de que el hombre no puede obrar contra la ley del lenguaje, pero, para proteger secretos, puede usarlo de modo que mediante una cierta forma de hablar se impida la comunicación de verdades que deben mantenerse secretas. Como medio para ello se permitieron principalmente las palabras ambiguas (restricciones mentales en sentido amplio), en las cuales por las circunstancias o por las palabras mismas puede verse que no se quiere contestar a la pregunta. Objetivamente se trata aquí­ de restricciones no mentales, sino vocales, por las cuales se expresa de algún modo al interlocutor que se deniega la información deseada.

El inconveniente de esta concepción consiste en que a veces – especialmente en quienes tienen escaso don de palabra – no se garantiza suficientemente la custodia de secretos. Además, por un lado, se rechaza ahí­ la locución falsa como intrí­nsecamente mala, la cual, sin embargo, a veces parece necesaria, p. ej., en un espí­a que está al servicio de una protección eficaz del Estado; y, por otro lado, se permite el engaño real del adversario mediante las expresiones ambiguas. A esto se añade que dicha concepción parte de un concepto del derecho natural abandonado en parte, a saber, de un concepto en virtud del cual el hombre debe someterse incondicionalmente a un orden de cosas determinable en forma puramente objetiva. En su última consecuencia, esta teorí­a camina hacia la tesis de que no es admisible ni la más mí­nima manifestación falsa, ni siquiera cuando con ella pudieran evitarse perjuicios para sí­ mismo y para otros procedentes de un abuso de la verdad.

10. Las dificultades inherentes a esta posición rigurosa y la nueva reflexión, motivada en parte por ellas, sobre el derecho natural, han hecho que en el s. xx buen número de moralistas permitan las manifestaciones falsas en situaciones de excepción, como acto de defensa en caso de necesidad (con distintas fundamentaciones, p. ej., Vermeersch, Lindworsky, Ledrus, Latos).

Si partimos de que la significación concreta del hablar como realidad intersubjetiva debe determinarse no sólo desde el que habla, sino también desde el oyente, hemos de conceder que a veces las palabras tienen significación opuesta según que se miren en la perspectiva del que habla o bajo la del que escucha. Esto supuesto, si el lenguaje no ha de perjudicar a uno de los interlocutores, a su dignidad y sus intereses legí­timos, debe permitirse una manifestación falsa en la medida que es necesaria para defenderse de ataques injustificados, precisamente porque la veracidad en el hablar sólo tiene sentido en cuanto sirve a la comunicación de las personas que dialogan, pero no lo tiene en cuanto se abusa de él para la opresión de uno de los interlocutores y con ello se impide una comunicación humanamente digna. Si sólo mediante una manifestación falsa puede evitarse la opresión del que habla por su interlocutor, según esto aquélla se presenta como un medio necesario para impedir el abuso del lenguaje. Pero esto significa también que la manifestación falsa, tan pronto como sobrepasa la medida de lo necesario, se convierte eo ipso en engaño, porque se abusa conscientemente del lenguaje para inducir sin necesidad ni justificación a error al interlocutor. Por tanto, el inducir conscientemente a error sólo está justificado formalmente en tanto es el único medio eficaz para defender valores personales contra ataques injustificados, supuesto que estos valores tengan por lo menos igual rango y urgencia que los lesionados materialmente por el error causado a través del lenguaje.

Según esto, el criterio definitivo para el enjuiciamiento moral de las palabras expresadas no debe ser la ordenación material a la comunicación, que también existe en la manifestación falsa, sino la importancia concreta de tales palabras para el bien de los interlocutores. Pero esta importancia depende también del sentido intersubjetivo que los dialogantes dan a las palabras, de manera que el valor moral del lenguaje en principio no puede determinarse independientemente de este sentido intersubjetivo y concreto.

La gravedad del pecado de la mentira debe, pues, juzgarse en forma distinta según que el desarrollo humanamente digno de las personas afectadas por ella se vea impedido esencialmente, o sólo accidentalmente.

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Waldemar Molinski

K. Rahner (ed.), Sacramentum Mundi. Enciclopedia Teolσgica, Herder, Barcelona 1972

Fuente: Sacramentum Mundi Enciclopedia Teológica

El primer teólogo cristiano que intentó una exposición sistemática del concepto de la verdad fue Agustín. Su objetivo inmediato fue refutar el escepticismo. Si la mente del hombre no es capaz de comprender la verdad, particularmente, si el hombre no es capaz de comprender la verdad acerca de Dios, entonces la moralidad y la teología son imposibles. (Véase el artículo Conocimiento. Para un análisis de la epistemología agustiniana, véase B.B. Warfield, Studies in Tertullian and Augustine). Agustín distinguió cuatro sentidos en el término verdad. Primero, verdad es la afirmación de lo que es; p. ej. tres veces tres es nueve, y David fue rey de Israel. Segundo, toda realidad (particularmente las ideas inmutables, suprasensibles) puede considerarse como una afirmación de sí misma: es real cuando merece el nombre que reclama. En este sentido la belleza y la sabiduría son verdaderas. Tercero, la Palabra de Dios, Jesucristo, es la Verdad porque él expresa al Padre. Y cuarto, en el reino de los objetos sensibles, tales como las plantas y animales, existe un reflejo, pero sólo un reflejo, de las realidades primarias del punto segundo señalado antes. Estrictamente hablando, un árbol visible no es un verdadero árbol. Pero como el reflejo es real, incluso los objetos sensibles tienen un grado de verdad.

Varios estudiosos contemporáneos de la Biblia, temiendo que Agustín u otros estén demasiado influenciados por la filosofía griega, intentan especificar los varios sentidos en que el término «verdad» se usa en la Escritura. Hoskyns y Davey, The Riddle of the New Testament (Rev. ed. pp. 33ss.), después de citar Efesios 4:20–24, buscan una concepción de la verdad que «no tenga un efecto intelectual, sino moral y espiritual sobre ellos». La concepción común de la verdad como «un hecho» o «lo que es real», afirman ellos, «no tiene un significado moral o espiritual». La noción hebrea de la verdad, con su estrecha relación a Dios, es considerada no griega. Así también, Gerhard Kittel (TWNT, Vol. I, pp. 240ss.) distingue, más cuidadosamente quizá, entre el uso griego y el hebreo, citando varios pasajes de los diálogos platónicos.

Sin embargo, debería tenerse en cuenta que los conceptos técnicos de los filósofos difícilmente son usados por la mayoría de la población tanto en la antigua Grecia como en la moderna América. La Biblia está también escrita en un lenguaje coloquial, y los sentidos en que usa el término «verdad» no difieren del uso coloquial en cualquier lugar.

También se debería considerar que la verdad moral y espiritual es tan cierta como la verdad matemática, científica e histórica. Es igualmente «intelectual». La verdad no intelectual es impensable. No es cierto que la concepción común de la verdad como un hecho o como aquello que es real «no tenga un significado moral o espiritual». Solamente tenemos que recordar que Dios entregó los Diez Mandamientos.

Más aun, los filósofos griegos no divorciaron la verdad de los valores morales y espirituales. Platón llegó al punto de decir, para consternación de muchos lectores, que el conocimiento de la verdad garantiza automáticamente una vida moral. Tanto el pitagorismo como el neoplatonismo fueron sistemas de salvación; e incluso los estoicos y epicúreos hicieron de la ética la culminación de la filosofía.

Las diferencias entre las Escrituras hebreas y las filosofías griegas deben buscarse primero en la naturaleza y método de la salvación proclamada, en los conceptos de pecado, de redención y en las normas específicas de moralidad; y no en el uso de la palabra «verdad». La relación entre Dios y la verdad en las Escrituras es indudablemente diferente de cualquier cosa que se encuentre en la filosofía griega, principalmente porque el concepto de Dios es muy diferente. Las diferencias importantes deben ubicarse en el contenido teológico, no en el uso filosófico.

El uso de las palabras en las Escrituras apoya esta conclusión. Génesis 42:16 presenta una verdad clara, ordinaria y fáctica: «quedad presos, y vuestras palabras serán probadas, si hay verdad en vosotros» (cf. Dt. 13:14; 17:4; 22:20; Pr. 12:19; Jer. 9:3). Est. 9:30 señala a una información legalmente certificada, y Josué 2:12 se refiere a un juramento privado.

El significado no es distinto, sino el mismo cuando se sostiene la veracidad de la revelación divina. Dios dice la verdad; nos dice cuál es; sus afirmaciones son correctas. Cf. Dn. 8:26; 10:1; 21; Sal. 19:9; 119:160.

Kittel señala seis significados distintos de la palabra «verdad» en el NT, pero agrega que «en varios casos individuales la distinción no es cierta». Uno de los seis significados es «lo que tiene existencia o duración». Es cierto que la verdad existe o permanece, pero no es en este sentido que definen la verdad Ef. 4:21 y Gá. 2:5, 14.

En forma similar, uno pude confiar en la verdad sin definir la verdad como «aquello en lo que un hombre puede confiar». Ro. 15:8 no debe usarse así; ni se puede usar 2 Co. 7:14, 11:10; y Fil. 1:18 con la connotación de «sinceridad».

Más bien, todos estos usos se derivan del significado básico de «un hecho real» o de «la verdad como una afirmación». Compárese Mr. 12:14, 32; Lc. 4:25; Hch. 26:25; Ro. 1:18, 25. No existe otro significado del término, sino que es el mismo exactamente tanto en el AT como en el NT cuando se lo aplica a la doctrina correcta o a la creencia correcta. Compárese 2 Co. 4:2; 6:7; 13:8; 1 Ti. 2:4; 2 Ti. 3:7.

Como otras palabras, la verdad también puede usarse figurativamente, como en la metonimia, en la que el efecto se sustituye por la causa. Así, cuando Cristo dice: «Yo soy el camino, la verdad y la vida», la palabra verdad es tan figurativa como la palabra vida. Del mismo modo que Cristo es la causa de la vida, así él es la causa de la verdad. Que el agua se congele y que un pecador sea justificado por la fe, son cuestiones ciertas porque Cristo creativamente dijo, así sea.

Gordon H. Clark

TWNT Theologisches Woerterbuch zum Neuen Testament (Kittel)

Harrison, E. F., Bromiley, G. W., & Henry, C. F. H. (2006). Diccionario de Teología (634). Grand Rapids, MI: Libros Desafío.

Fuente: Diccionario de Teología

La palabra verdad, como el vocablo afin *conocimiento, se usa en el AT en dos sentidos: (1) el intelectual, en cuanto a hechos cuya verdad o falsedad puede comprobarse (Dt. 17.4; 1 R. 10.6); (2) mucho más comúnmente, el existencial y moral, de la verdad como atributo de la persona. Los hermanos de José son detenidos en la prisión para que “vuestras palabras (sean) probadas, si hay verdad en vosotros” (Gn. 42.16), e. d. si son fiables, consecuentes, de carácter fidedigno. Resulta significativo el que de las palabras heb. traducidas “verdad” (˒emeṯ, ˒emûnâ), esta última a veces se traduzca “fidelidad” (Dt. 32.4, °bj “lealtad”; Os. 2.20) (* Amén). Al AT le interesa mucho más la base de verdad en una persona confiable que los meros hechos del caso. Esta confiabilidad es fundamentalmente atributo de Dios (Sal. 31.5; Jer. 10.10), cuya verdad llega “hasta los cielos” (Sal. 108.4). El Dios de la Biblia está, así, muy alejado de las caprichosas deidades paganas. Él es verdadero, e. d. consecuente, tanto en el amoroso cuidado que brinda a sus hijos (Gn. 32.9s) como en su implacable hostilidad para con el pecado (Sal. 54.5).

No hay mucha diferencia entre la verdad como atributo de Dios mismo y como atributo de su actividad. Por ello es que juzga con verdad (Sal. 96.13) e irradia verdad (Sal. 57.3). Su palabra es verdad en el sentido de que es permanentemente válida. “Como tú eres verdad, así es verdad tu palabra, porque está escrito ‘para siempre, oh Jehová, pemanece tu palabra en los cielos’ (Sal. 119.89)” (Rabá de Éxodo sobre 29.1). Al hombre se le exige la verdad como su respuesta a Dios en obediencia a la ley (Sal. 119.151) y en su naturaleza más íntima (Sal. 51.6), y ella es la roca sólida sobre la que se afirman todas las relaciones humanas (Ex. 20.16; Dt. 5.20).

En la literatura gr. las palabras para verdad (alētheia, alēthēs, alethinos) no tienen la misma connotación personal y moral. Más bien, la verdad es intelectual. Es “el estado de cosas pleno o real … Como en el lenguaje judicial la alētheia es el verdadero estado de cosas que se ha de mantener frente a diferentes afirmaciones, así los historiadores la usan para denotar acontecimientos reales a diferencia de los mitos, y los filósofos para aludir al ser real y verdadero en el sentido absoluto” (R. Bultmann, TDNT 1, pp. 238).

En el NT estas palabras gr. aparecen con frecuencia, y llevan en sí tanto sus significados veterotestamentarios, como los significados clásicos y grecohelenísticos, de modo que con frecuencia resulta sumamente delicado decidir qué matiz predomina. Es posible, no obstante, distinguir tres sentidos amplios en los que se usan las palabras, aun cuando los mismos puedan superponerse parcialmente.

1. Confiabilidad, veracidad, rectitud de carácter (donde predomina el sentido heb.). Se aplica a Dios (Ro. 3.7; 15.8) y a los hombres (2 Co. 7.14; Ef. 5.9) por igual. El uso de la palabra “verdad” misma no es común en este sentido, pero la idea de un Dios en el que se puede confiar porque guardará su palabra está implícito en todo el NT.

2. Verdad en el sentido absoluto de lo que es real y completo por oposición a lo que es falso y deficiente (Mr. 5.33; Ef. 4.25). La fe cristiana en particular es la verdad (Gá. 2.5; Ef. 1.13). Jesús afirmaba que él era la verdad personificada (Jn. 14.6; cf. Ef. 4.21). Él mediatiza la verdad (Jn. 1.17) y el Espíritu Santo encamina a los hombres hacia ella (Jn. 16.13; cf. 14.17; 1 Jn. 4.6), de modo que los discípulos de Jesús la conocen (Jn. 8.32; 2 Jn. 1), la hacen (Jn. 3.21), permanecen en ella (Jn. 8.44), y su nuevo nacimiento como hijos de Dios descansa sobre ella (Stg. 1.18). Esta verdad es más que una fórmula en el credo, es la palabra activa de Dios que debe ser obedecida (Ro. 2.8; Gá. 5.7).

3. El adjetivo alēthinos, especialmente, lleva a veces en sí el sentido platónico de algo real por oposición a la mera apariencia o copia. Así, el Cristo es ministro del verdadero tabernáculo (He. 8.2) en contraste con las sombras del ritual levítico (He. 8.4s). En clara alusión a las palabras de institución de la Cena del Señor, Jesús declara que él es el pan verdadero (Jn. 6.32, 35) y la vid verdadera (Jn. 15.1), e. d. que él es la realidad eterna simbolizada por el pan y el vino. De igual modo, los verdaderos adoradores (Jn. 4.23) no son tanto sinceros como reales. Su adoración es un verdadero acercamiento a Dios que es espíritu, por contraste con el ritual que limita a Dios a Jerusalén o al mte. Gerizim (Jn. 4.21), y que cuanto más sólo puede simbolizarlo, y cuando menos distorsionarlo.

Bibliografía. °C. H. Dodd, Interpretación del cuarto evangelio, 1978; J. Mateos, J. Barretos, Vocabulario del Evangelio de Juan, 1980; H. G. Link, “Verdad”, °DTNT, t(t). IV, pp. 332–344; H. Wildberger, “Firme, seguro”, °DTMAT, t(t). I, cols. 276–319; Jepsen, “Ser firme, verdad, amén, fidelidad”, °DTAT, 1978, t(t). I, cols. 310–344.

R. Bultmann, TDNT 1, pp. 232–251; C. H. Dodd, The Interpretation of the Fourth Gospel, 1953, pp. 139s, 170–178; D. J. Theron, “Aletheia in the Pauline Corpus”, EQ 26, 1954, pp. 3–18; A.C. Thiselton, NIDNTT 3, pp. 874–902.

F.H.P.

Douglas, J. (2000). Nuevo diccionario Biblico : Primera Edicion. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas.

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico

La verdad, en inglés truth (del anglosajón tréow, tryw; verdad, conservación de un sólido, basado en el teutón Trau, creer) es una relación que se tiene(1) entre el conocedor y lo conocido—Verdad lógica; (2) entre el conocedor y la expresión exterior que da a su conocimiento—Verdad moral; y (3) entre la cosa misma, tal como existe, y la idea de ella, tal como es concebida por Dios—Verdad ontológica. En cada caso esta relación es, según la teoría escolástica, de correspondencia, conformidad, o concordancia (adaequatio) (Santo Tomás, Summa I: 21:2).

Contenido

  • 1 Verdad Ontológica
  • 2 Verdad Lógica
    • 2.1 La teoría escolástica
    • 2.2 La teoría hegeliana
    • 2.3 La teoría pragmática
    • 2.4 La teoría del “nuevo” realismo
  • 3 Verdad Moral o Veracidad

Verdad Ontológica

Toda cosa existente es verdadera, en cuanto es la expresión de una idea que existe en la mente de Dios, y es, por así decir, el ejemplar conforme al cual ha sido creada o modelada la cosa. Igual que las creaciones humanas—una catedral, una pintura, o un poema épico—se ajustan o encarnan las ideas del arquitecto, del artista o del poeta, así, sólo que de una manera más perfecta, las criaturas de Dios se ajustan y encarnan las ideas de Aquel que les da el ser. (Q.D., De verit.; aa.4; Summa I:16:1 ). Las cosas que existen, además, son activas tanto como pasivas. Tienden no sólo a desarrollarse, y así a realizar cada vez más perfectamente la idea para cuya expresión han sido creadas, sino que tienden también a reproducirse ellas mismas. La reproducción se consigue dondequiera que hay interacción entre cosas diferentes, pues un efecto, en tanto que procede de una causa dada, debe parecerse a esa causa. Ahora bien, la causa del conocimiento en el hombre es—últimamente, en cualquier caso—la cosa que es conocida. Mediante sus actividades causa en el hombre una idea que es semejante a la idea encarnada en la cosa misma. De ahí pues, que se pueda decir que las cosas son ontológicamente verdaderas en cuanto son a la vez el objeto y la causa del conocimiento humano (Cf. IDEALISM; y Summa, I:16:7 y I:16: 8; m 1, periherm., 1. III,; Q.D., I, De veritate, a. 4.)

Verdad Lógica

La teoría escolástica

Juzgar que las cosas son lo que son es juzgar verdaderamente. Todo juicio comprende ciertas ideas que se refieren a, o niegan, la realidad. Pero no son esas ideas las que son el objeto de nuestro juicio. Son meramente los instrumentos por medio de los cuales juzgamos. El objeto sobre el cual juzgamos es la realidad misma –o bien cosas concretas que existen, sus atributos y sus relaciones, u otras entidades cuya existencia es meramente conceptual o imaginaria, como en el drama, la poesía o ficción, pero en cualquier caso entidades que son reales en el sentido de que su ser es otro que nuestro pensamiento presente sobre ellas. La realidad por tanto es una cosa y las ideas y juicios por medio de las cuales pensamos sobre la realidad, otra; una objetiva, y los otros subjetivos. Con todo, diversos como son, la realidad está de algún modo presente en ellos, si no presente en la conciencia cuando pensamos, y de alguna manera se revela la naturaleza de la realidad por medio del pensamiento. Siendo éste el caso, el único término adecuado para describir la relación que existe entre pensamiento y realidad, cuando nuestros juicios sobre esta última son juicios verdaderos, parecería ser la conformidad o correspondencia. “Veritas logica est adaequatio intellectus et rei” (Summa, I :21:2). Siempre que la verdad es predicable de un juicio, ese juicio corresponde, o se parece a la realidad, cuya naturaleza o atributos revela. Todo juicio está, sin embargo, como hemos dicho, hecho de ideas, y pueden analizarse lógicamente como sujeto y predicado, que están unidos por la cópula es, o separados por la expresión no es. Si el juicio fuera verdadero, por tanto, estas ideas deben también ser verdaderas, esto es, deben corresponder con las realidades que significan. Como, sin embargo, esta referencia objetiva o significación de las ideas no se reconoce ni se establece excepto en el juicio, las ideas como tales se dice que son sólo “materialmente” verdaderas. Es solo el juicio el que es formalmente verdadero, puesto que solo el juicio es una referencia hecha formalmente a la realidad, y a la verdad reconocida o afirmada como tal.

El juicio negativo parece a primera vista constituir una excepción a la norma general de que la verdad es una correspondencia; pero no es este realmente el caso. En el juicio afirmativo ambos, sujeto y predicado y la unión entre ellos, de cualquier clase que sea, están referidos a la realidad; pero en el juicio negativo negamos que el predicado tenga realidad en el caso particular a que se refiere el sujeto. Por otro lado, todos esos predicados tienen realidad en algún lugar, de otro modo no hablaríamos de ellos. O son cualidades reales o cosas reales, o en cualquier caso alguien los ha concebido como reales. Por consiguiente, puede también decirse que el juicio negativo, si es verdadero, corresponde con la realidad, puesto que ambos, sujeto y predicado, serán reales en alguna parte, bien como existentes o bien como concepciones. Lo que negamos, de hecho en el juicio negativo no es la realidad del predicado, sino la realidad de la conjunción mediante la que unimos a sujeto y predicado en la afirmación que implícitamente cuestionamos o negamos. El sujeto y el predicado pueden ambos ser reales, pero si nuestro juicio es verdadero, estarán separados, no unidos en la realidad.

Pero, ¿qué es precisamente esta realidad con la que se dice que los juicios verdaderos y las ideas verdaderas se corresponden? Es bastante fácil comprender cómo las ideas pueden corresponder con realidades que son ellas mismas conceptuales o ideales, pero la mayor parte de las realidades que conocemos no son de esta clase. Entonces, ¿cómo pueden las ideas y sus uniones y separaciones, que son de carácter psíquico, corresponderse con realidades que en su mayor parte no son psíquicas sino materiales? Para resolver este problema debemos retroceder a la verdad ontológica que, como vimos, implica la creación del universo por Uno que, al crearlo, ha expresado en él sus propias ideas mucho más que un arquitecto o un autor expresa sus ideas en las cosas que crea excepto que la creación en este último caso supone un material ya existente. Nuestra teoría de la verdad supone que el universo está construido según un plan definido y racional, y que todo en el universo expresa o encarna una parte integrante y esencial de ese plan. De donde se sigue que igual que en un edificio o en una escultura vemos el plan y el designio que se realiza en ella, así, en nuestra experiencia de las cosas concretas, por medio de la misma facultad intelectual, aprehendemos las ideas que encarnan o expresan. La correspondencia por tanto, en la que consiste la verdad no es una correspondencia entre ideas y algo material como tal, sino entre ideas tal como existen en nuestra mente y funcionan en nuestros actos de cognición, y la idea que la realidad expresa o encarna—ideas que tienen su origen y prototipo en la mente de Dios.

Con respecto a los juicios de tipo más abstracto o general, el funcionamiento de este criterio es bastante simple. Las realidades a las que se refieren los conceptos abstractos no tienen existencia material como tal. No hay tal cosa, por ejemplo, como una acción o reacción en general; ni hay doses o cuatros. Lo que queremos decir cuando decimos que “la acción y la reacción son iguales y opuestas”, o que “dos más dos son cuatro”, es que estas leyes, que por su propia naturaleza son ideales, se realizan o actualizan en el universo material en el que vivimos; o, en otras palabras, que las cosas materiales que vemos a nuestro alrededor se comportan de acuerdo con estas leyes, y por medio de su actividad las hacen manifiestas a nuestras mentes.

Los juicios de percepción, esto es, los juicios que habitualmente acompañan y dan expresión a actos de percepción, difieren de los anteriores en que se refieren a objetos que son inmediatamente presentes a nuestros sentidos. Las realidades en este caso, por tanto, son cosas concretas que existen. Es, sin embargo, más bien con la apariencia de tales cosas con la que nuestro juicio se relaciona más que con su naturaleza esencial o constitución interna. Así, cuando predicamos colores, sonidos, olores, sabores, dureza o blandura, calor o frío de este o ese objeto, no hacemos afirmación alguna sobre la naturaleza de tales cualidades, aún menos sobre la naturaleza de la cosa que las posee. Lo que afirmamos es que tal y tal cosa existe, y

  • que tiene una cierta cualidad objetiva, que llamamos verde, o pesada, o dulce, o dura, o caliente, para distinguirla de otras cualidades – roja, o blanda, o amarga, o fría –a las que no es idéntica; mientras que
  • nuestra afirmación implica además que la misma cualidad le parecerá de modo similar a cualquier hombre normalmente constituido, esto es, le afectará del mismo modo que nos afecta a nosotros.

Según eso, si en el mundo real se consigue tal condición de las cosas—si, esto hay que decirlo, la cosa en cuestión existe y tiene de hecho alguna propiedad distintiva y peculiar por la cual afecta a mis sentidos de una manera peculiar y distinta—mi juicio es verdadero.

La verdad de los juicios de percepción de ningún modo implica una correspondencia exacta entre lo que se percibe y las imágenes, o sensaciones complejas por las que percibimos; ni la teoría escolástica necesita de tal criterio. No es la imagen o sensación compleja, sino la idea, la que en el juicio se refiere a la realidad, y la que nos da el conocimiento de la realidad. El color y otras cualidades de las cosas objetivas son indudablemente percibidas por medio de la sensación de una cualidad o tono peculiar y distinto, pero nadie imagina que esto presupone similares sensaciones en el objeto percibido. Es por medio de la idea de color y sus diferencias específicas que se predican los colores de los objetos, no por medio de las sensaciones. Tal idea no podría, en realidad, surgir si no fuera por las sensaciones que la acompañan y la condicionan en la percepción; pero la idea misma no es una sensación, ni forma parte de la sensación. Las ideas tienen su origen en la experiencia sensible y son indefinibles, en cuanto experiencia inmediata, salvo por referencia a tal experiencia y por diferenciación de experiencias en las que se presentan otras y diferentes propiedades de los objetos. Concedido, por tanto, que las diferencias en lo que técnicamente se conoce como la “calidad” de la sensación corresponden a diferencias en las propiedades objetivas de las cosas, la verdad de los juicios de percepción está asegurada. No se requiere otra correspondencia; pues la correspondencia que la verdad postula es entre la idea y la cosa, no entre la sensación y la cosa. La sensación condiciona el conocimiento, pero no es conocimiento como tal. Es, por así decir, un enlace entre la idea y la cosa. Las diferencias de sensación son determinadas por la actividad causal de las cosas; y de la sensación compleja, o imagen se deriva la idea por un instintivo y casi intuitivo acto de la mente que llamamos abstracción. Así la idea que inconscientemente expresa la cosa encuentra su expresión consciente en el acto del conocedor, y la vasta combinación de relaciones y leyes que están de facto encarnadas en el universo material se reproducen a sí mismas en la conciencia del hombre. La correspondencia entre pensamiento y realidad, idea y cosa, o conocedor y conocido, por tanto, resulta en todos los casos pertenecer a la propia esencia de la relación de verdad. De ahí que, dicen los oponentes a nuestra teoría, en orden a conocer si nuestros juicios son o no verdaderos, debemos compararlos con las realidades que son conocidas – una comparación que es obviamente imposible, puesto que la realidad sólo puede ser conocida a través del instrumento del juicio.

Esta objeción, que se va a encontrar en casi todos los libros no escolásticos que traten este asunto, se basa en un grave error de concepto sobre el significado real de la doctrina escolástica. Ni Santo Tomás ni ningún otro de los grandes escolásticos ha afirmado nunca que la correspondencia sea el criterio escolástico de la verdad. Inquirir qué sea la verdad, es una cuestión; preguntar cómo conocemos que hemos juzgado verdaderamente, es otra enteramente distinta. De hecho, la posibilidad de responder la segunda se supone por el mero hecho de que se plantea la primera. Para ser capaces de definir la verdad, primero debemos poseerla y saber que la poseemos, esto es, debemos ser capaces de distinguirla del error. No podemos definir lo que no podemos distinguir y hasta cierto punto aislar. La teoría escolástica supone, por tanto, que la verdad ya ha sido distinguida del error, y procede a examinar la verdad con vistas a descubrir en qué consiste precisamente. Este punto de vista es epistemológico, no criteriológico. Cuando dice que la verdad es correspondencia, está afirmando lo que la verdad es, no por medio de qué signos o indicios puede ser distinguida del error. La cuestión de los criterios de la verdad apenas fue tocada por los escolásticos antiguos. Discutían los criterios de razonamiento válido en sus tratados de lógica, pero por lo demás dejaban la discusión de los criterios particulares a la metodología de las ciencias particulares. Y lo hacían correctamente, pues realmente no hay criterios de aplicación universal. La distinción entre verdad y error es en el fondo intuitiva. No podemos seguir creando criterios ad infinitum. En algún punto debemos llegar a lo que es último, o primeros principios o hechos.

Esto es precisamente lo que afirma la teoría escolástica de la verdad. Por respeto a la moderna demanda de un criterio infalible y universal de verdad, no pocos autores escolásticos tardíos han sugerido la evidencia objetiva. La evidencia objetiva, sin embargo, no es nada más que la manifestación del objeto mismo, directa o indirectamente, a la mente, y de ahí que no sea estrictamente un criterio de verdad. Como expone el Père Geny en su panfleto discutiendo “Une nouvelle théorie de la connaissance”, afirmar que la evidencia es el último criterio de la verdad es equivalente a afirmar que el conocimiento propiamente dicho no tiene necesidad de criterio, puesto que es absurdo un conocimiento que no haga conocer lo que conoce. Una vez aceptado, como deben aceptar todos los que deseen evitar un absoluto escepticismo, que el conocimiento es posible, de ahí se sigue que, usadas apropiadamente, nuestras facultades deben ser capaces de proporcionarnos la verdad. Sin duda, la coherencia y la armonía con los hechos son por tanto signos de presencia de la verdad en nuestras mentes; pero lo que necesitamos en la mayor parte de los casos no son signos de verdad, sino signos o criterios de error – no pruebas por las cuales descubrir cuando nuestras facultades han funcionado bien, sino pruebas por las cuales descubrir cuando han funcionado mal. Nuestros juicios serán verdaderos, esto es, el pensamiento se corresponderá con su objeto, con tal de que el objeto mismo, y no alguna otra causa, subjetiva u objetiva, determine el contenido de nuestro pensamiento. Lo que tenemos que hacer, por tanto, es tener cuidado de que nuestra afirmación se determine por la evidencia con la que estamos confrontados, y por ella sola. Con respecto a los sentidos esto significa que debemos cuidar de que estén en buenas condiciones y que las circunstancias en las que están ejerciendo sean normales; con respecto al intelecto lo que no debemos es permitir que consideraciones irrelevantes pesen en nosotros, debemos evitar la precipitación, y, hasta tanto sea posible, desembarazarse de sesgos, prejuicios, y de una ansiosa voluntad de creer. Si se hace así, y dado que haya suficiente evidencia, el juicio resultará necesaria y naturalmente verdadero. La finalidad de la argumentación y discusión, como de todos los demás procesos que conducen al conocimiento, es precisamente que el objeto en discusión pueda manifestarse en sus diversas relaciones, directa o indirectamente, a la mente. Y el objeto tal como se manifiesta a sí mismo es lo que los escolásticos llaman evidencia. Es el objeto, por tanto, lo que en su opinión es la causa determinante de la verdad. Toda clase de procesos, tanto mentales como físicos, pueden ser necesarios para preparar el camino para un acto de cognición, pero en última instancia un acto tal debe ser determinado en cuanto a su contenido por la actividad causal del objeto, que se hace evidente a sí mismo produciendo en la mente una idea que es semejante a la idea de la cual su propia existencia es la realización.

La teoría hegeliana

En el idealismo de Hegel y en el absolutismo de la Escuela de Oxford ( de la que Mr. Bradley y Mr. Joachim son los más destacados representantes) realidad y verdad son esencialmente una, esencialmente un todo orgánico. La verdad, de hecho, no es sino realidad qua pensada. Es un acto inteligente en el que el universo es pensado como conjunto de infinitas partes o diferencias, todas orgánicamente interrelacionadas y de algún modo inclinadas a la unidad. Y porque la verdad es así orgánica, cada elemento dentro de ella, cada verdad parcial, se modifica por las otras en tanto que se aparta de ellas, y a su vez apartada del conjunto, no es sino un fragmento distorsionado, una abstracción mutilada que en realidad no es verdad en absoluto. Por consiguiente, puesto que la verdad humana es siempre parcial y fragmentaria, no hay estrictamente tal cosa como una verdad humana. Para nosotros la verdad es ideal, y desde ella nuestras verdades están hasta tal punto separadas que, para convertirlas en la verdad, tendrían que experimentar un cambio del que no sabemos ni la medida ni el alcance.

El carácter flagrantemente escéptico de esta teoría es suficientemente obvio, y no hay ningún intento por parte de sus exponentes de negarlo. Partir de la presunción de que concebir es “mantener muchos elementos juntos en una relación exigida por sus diversos contenidos”, y que ser concebible es ser un “todo significativo”, esto es, un todo, “tal que todos sus elementos constituyentes se determinen recíprocamente unos a otros de forma que sean características contributivas a una única significación concreta”, el Dr. Joachim audazmente identifica lo verdadero con lo concebible (Naturaleza de la verdad, 66 ). Y puesto que ningún intelecto humano puede concebir en este pleno y magnífico sentido, él admite francamente que ninguna verdad humana pueda ser más que aproximada, y que al margen de error que esta aproximación implica no se le puede fijar límites. La verdad humana se extrae de la verdad absoluta o ideal “cualesquiera esencia y conservabilidad” que posea (Green, “Prolegom.”, artículo 77); pero no es, y nunca puede ser, idéntica a la verdad absoluta, ni siquiera a una parte de ella, pues estas partes se modifican una a otra esencial e intrínsecamente. Por su definición de la verdad humana, por tanto, el absolutista se ve forzado a retroceder a la doctrina escolástica de la correspondencia. La verdad humana representa o se corresponde con la verdad absoluta en la medida en que nos presenta esta verdad con más o menos desorden, o en la medida en que nos haría falta más o menos para convertir la una en la otra (Bradley, “Apariencia y realidad”, 363).

Mientras que ambas teorías señalan la correspondencia como característica esencial de la verdad humana, hay esta fundamental diferencia entre ellas: Para los escolásticos esta correspondencia, hasta donde llegue, debe ser exacta; pero para los absolutistas es necesariamente imperfecta, tan imperfecta, en realidad, que “la última verdad” de cualquier proposición dada “puede transformar enteramente su significado original” (Apariencia y realidad, 364). Admitir que la verdad humana es esencialmente representativa es realmente admitir que la concepción es algo más que el mero “mantenimiento de muchos elementos juntos en una relación exigida por sus diversos contenidos”. Pero la falacia de la “teoría de la coherencia” no descansa tanto en esto, ni siquiera en la identificación de lo verdadero y lo concebible, como en su presunción de que la realidad, y por tanto la verdad, es orgánicamente una. El universo es indudablemente uno, en cuanto que sus partes están interrelacionadas y son interdependientes; y de ahí se sigue que no podemos conocer cualquier parte completamente salvo que conozcamos el todo; pero no se sigue que no podamos conocer ninguna parte en absoluto salvo que conozcamos el todo. Si cada parte tiene alguna especie propia de ser, entonces puede ser conocida por lo que es, conozcamos sus relaciones con las demás partes o no; y de manera similar alguna de sus relaciones con las demás partes puede ser conocida sin que conozcamos todas ellas. Ni se destruye la individualidad de las partes del universo por su interdependencia; más bien se sostiene por esa razón.

La única base que tienen los hegelianos y los absolutistas para negar estos hechos es que no cuadran con su teoría de que el universo es orgánicamente uno. Por tanto, ya que es confesadamente imposible explicar la naturaleza de esta unidad o mostrar cómo en ella se “reconcilian” las muy numerosas diferencias del universo, y puesto que, además, esta teoría es reconocida como desesperanzadamente escéptica, es seguramente irracional mantenerla por más tiempo.

La teoría pragmática

La vida es para los pragmatistas esencialmente práctica. Toda actividad humana tiene una finalidad, y su finalidad es el control de la experiencia humana con vistas a su mejora, tanto en el individuo como en la especie. La verdad no significa sino un medio para este fin. Las ideas, hipótesis, y teorías no son sino instrumentos que el hombre ha “forjado” en orden a mejorarse a sí mismo y a su medio; y, aunque de tipo específico, como todas las demás formas de la actividad humana existen solamente para este fin, y son “verdaderas” en tanto en cuanto lo cumplen. La verdad es así una forma de valor: es algo que funciona satisfactoriamente; algo que “sirve a los intereses humanos, finalidades y objetos de deseo” (Estudios de Humanismo, 362). No hay axiomas ni verdades auto-evidentes. Hasta que una idea o un juicio no ha probado su valor en el manejo de la experiencia concreta, no es sino un postulado o pretensión de verdad. Ni hay verdades absolutas o irreversibles. Una proposición es verdadera hasta el momento en que se prueba útil, y no más. Con respecto a los rasgos esenciales de esta teoría de la verdad, W. James, John Dewey, y A. W. Moore en América, F.C.S. Schiller en Inglaterra, G. Simmel en Alemania, Papini en Italia, y Henri Bergson, Le Roy y Abel Rey en Francia están sustancialmente de acuerdo. Es, dicen, la única teoría que tiene en cuenta los procesos psicológicos por los que se construye la verdad, y la única teoría que otorga una respuesta satisfactoria a los argumentos de los escépticos.

Con respecto a la primera de estas afirmaciones no puede haber duda de que el Pragmatismo se basa en un estudio de la verdad “en construcción”. Pero la cuestión a discutir no es si el interés, la finalidad, la emoción, y la volición juegan de hecho un papel en el proceso de cognición. Esto no se discute. La cuestión es si, al juzgar la validez de una pretensión de verdad, tales consideraciones deben tener peso. Si el objeto de todos los actos cognitivos es conocer la realidad como es, entonces claramente los juicios son verdaderos sólo en cuanto satisfacen esta demanda. Pero esto no nos ayuda a decidir qué juicios son verdaderos y cuáles no, pues la verdad de un juicio debe ser conocida ya antes de que esta demanda sea satisfecha Lo mismo con respecto a los intereses y finalidades particulares; pues aunque tales intereses y finalidades puedan incitarnos a procurar el conocimiento, no estarán satisfechos hasta que conozcamos verdaderamente, o en cualquier caso creamos conocer verdaderamente. La satisfacción de nuestras necesidades, en otras palabras, es posterior a, y presupone ya, la posesión del conocimiento verdadero sobre cualquier cosa que deseemos utilizar como medio para la satisfacción de esas necesidades. Para actuar eficientemente, debemos saber qué es lo que estamos haciendo y cuáles serán los efectos de la acción contemplada. La verdad de nuestros juicios se verifica por sus consecuencias sólo en aquellos casos en que sabemos que tales consecuencias pueden resultar si nuestro juicio es verdadero, y entonces actuar en orden a descubrir si en realidad resultan.

Teóricamente, y según los principios escolásticos, puesto que cualquier cosa que es verdadera es también buena, los juicios verdaderos deben producir consecuencias buenas. Pero, aparte del hecho de que la verdad de nuestro juicio debe en muchos casos ser conocida antes de que debamos actuar según ellos con éxito, el criterio pragmático es demasiado vago y demasiado variable para ser de utilidad práctica. “Buenas consecuencias”, “operaciones sobre la realidad con éxito”, “interacción benéfica con particulares sensibles” denotan experiencias que no son fáciles de reconocer o distinguir de otras experiencias menos buenas, de menos éxito, y menos benéficas. Si tomamos como prueba las valoraciones personales, estas son proverbialmente inestables; mientras que, si son admisibles solas las valoraciones sociales, ¿dónde vamos a encontrarlas y sobre qué bases serán aceptadas por los individuos? Además, cuando se ha hecho una valoración, ¿cómo vamos a saber que es exacta? Para esto, parecería, se requerirán ulteriores valoraciones, y así ad infinitum. Claramente los criterios pragmáticos de verdad son a la vez poco prácticos y faltos de confianza, especialmente el criterio de la satisfacción sentida, que parece ser el favorito, pues en la determinación de ésta no sólo el factor personal, sino el humor del momento e incluso las condiciones físicas juegan un considerable papel. Por consiguiente la pretensión de los pragmatistas sobre el segundo punto no puede ser aceptada de ningún modo. La teoría pragmática no es apenas menos escéptica que la teoría absolutista que busca desplazar. Si la verdad es relativa a las finalidades e intereses, y si estas finalidades e intereses están, como tienen que admitir que están, todos ellos matizados por la idiosincrasia personal, entonces lo que es verdadero para un hombre no será verdadero para otro, y lo que es verdadero ahora no será verdadero cuando tenga lugar un cambio o bien en el interés que lo ha engendrado o en las circunstancias en las que se ha verificado.

Todo esto lo conceden los pragmatistas, pero replican que tal verdad es todo lo que el hombre necesita y todo lo que puede conseguir. Los juicios verdaderos no se corresponden con la realidad, ni en los juicios verdaderos conocemos la realidad como es. La función de la cognición, en resumen, no es conocer la realidad, sino controlarla. Por esta razón la verdad se identifica con sus consecuencias – teóricas, si la verdad fuera meramente virtual, pero en el fondo prácticas, particulares, concretas. “La verdad significa operaciones sobre la realidad con éxito” (Studies in Hum., 118). La relación de verdad “consta de partes intermedias del universo que pueden en cada caso señalarse y catalogarse” (Significado de la verdad, 234). “La cadena de operaciones que una opinión establece es la verdad de la opinión” (Ibíd., 235). Así, con vistas a refutar a los escépticos, los pragmatistas cambian la naturaleza de la verdad, redefiniéndola como el éxito definidamente experimentable que alcanza el funcionamiento de ciertas ideas y juicios; y al hacerlo así acepta precisamente lo que los escépticos buscan probar, a saber, que nuestras facultades cognitivas son incapaces de conocer la realidad como es. (Ver PRAGMATISMO).

La teoría del “nuevo” realismo

Como es un primer principio de los absolutistas y pragmatistas que la realidad cambia por el mismo acto en que la conocemos, así el principio radical del “Nuevo” Realismo es la negación de esta tesis. En esto los ”nuevos” realistas están acordes con los escolásticos. La realidad no depende de la experiencia, ni es modificada por la experiencia como tal. Los “nuevos” realistas, sin embargo, no han adoptado hasta ahora la teoría de la verdad como correspondencia. Consideran tanto la verdad como el conocimiento como relaciones únicas que se tienen de manera inmediata entre conocedor y conocido, y que son como su naturaleza indefinible. “La diferencia entre sujeto y objeto de conciencia no es una diferencia de calidad o sustancia, sino una diferencia de función o lugar en una configuración” (Journal of Phil.Psychol. and Scientific Meth., VII, 396). La realidad está formada de términos y sus relaciones, y la verdad es sólo una de esa relaciones, sui generis, y por tanto reconocible sólo por intuición. Esta versión de la verdad es indudablemente simple, pero hay en cualquier caso un punto que parece ignorarse por completo, a saber, la existencia de juicios e ideas de los que, y no de la mente como tal, es predicable la relación de verdad. No tenemos por una parte los objetos y por otra la mente desnuda; sino por una parte los objetos y por otra una mente que por medio de los juicios refiere sus propias ideas a objetos – ideas que como tales, tanto en consideración a su existencia como a su contenido, pertenecen a la mente que juzga. ¿Cuál es entonces la relación que existe entre estas ideas y sus objetos cuando nuestros juicios son verdaderos, y también cuando son falsos? Seguramente tanto la lógica como la criteriología implican que conozcamos algo más sobre tales juicios que meramente que son diferentes. Bertrand Russell, que ha dado su adhesión al “Programa y Primera Plataforma de seis realistas” redactado y firmado por seis profesores americanos en julio de 1910, modifica un tanto la naiveté de su teoría de la verdad. “Todo juicio”, dice (Philos. Essays, 181), “es una relación de la mente con varios objetos, uno de los cuales es una relación.

Así el juicio, ‘Carlos I murió en el cadalso’, denota varios objetos u ‘objetivos’ que están relacionados de una manera definida, y la relación es tan real en este caso como lo son los otros objetivos. El juicio ‘Carlos I murió en su cama’, por otro lado, denota los objetos, Carlos I, muerte, y cama, y una cierta relación entre ellos, que en este caso no relaciona los objetos como se supone que los relaciona. Un juicio por tanto, es verdadero, cuando la relación que es uno de los objetos relaciona los demás objetos, de otro modo es falso” (loc.cit.). En esta afirmación sobre la naturaleza de la verdad, la correspondencia entre la mente que juzga y los objetos sobre los que juzga está claramente implicada, y es precisamente esta correspondencia la que consta como signo distintivo de los juicios verdaderos. Russell, sin embargo, parece desafortunadamente estar en desacuerdo con los demás miembros de la escuela neo-realista sobre este punto. G.E. Moore expresamente rechaza la teoría de la verdad como correspondencia (“Mind”, N.S., VIII,179 y s.), y Pritchard, otro realista inglés, afirma explícitamente que en el conocimiento no hay nada entre el objeto y nosotros mismos (Teoría del conocimiento de Kant, 21). Sin embargo, hay que alegrarse de que con respecto a los principales puntos en disputa – la no alteración de la realidad por los actos de cognición, la posibilidad de conocerla en algunos aspectos sin conocerla en todos, el desarrollo del conocimiento por “acreción”, el carácter no espiritual de algunos de los objetos de experiencia, y la necesidad de descubrir empíricamente y no por métodos a priori, el grado de unidad que se consigue entre las diversas partes del universo – los “nuevos” realistas y los realistas escolásticos están sustancialmente de acuerdo.

Verdad Moral o Veracidad

Veracidad es la correspondencia de la expresión exterior dada al pensamiento con el pensamiento mismo. No debe ser confundida con la verdad verbal (veritas locutionis), que es la correspondencia de la expresión exterior o verbal con la cosa que se pretende expresar. Esta última supone por parte del que habla no sólo la intención de hablar de manera verdadera, sino también la facultad de hacerlo, esto es, supone (1) conocimiento verdadero y (2) un correcto uso de las palabras. La verdad moral, por otra parte, existe siempre que el que habla expresa lo que está en su mente incluso si de facto está equivocado, a condición de que el diga lo que cree ser verdadero. Esta última condición, sin embargo, es necesaria. De ahí que una definición mejor de la verdad moral sería “la correspondencia de la expresión exterior del pensamiento con la cosa tal como es concebida por el que habla”. La verdad moral, por tanto, no implica conocimiento verdadero. Pero, aunque una desviación de la verdad moral sería sólo materialmente una mentira, y por tanto no censurable, salvo que el uso de las palabras o signos sea intencionalmente incorrecto, la verdad moral implica la utilización correcta de palabras y signos. Una mentira por tanto, es una desviación intencionada de la verdad moral, y se define como una locutio contra mentem, esto es, es la expresión externa de un pensamiento que es intencionadamente distinto de la cosa tal como es concebida por el que habla.

Es importante observar, sin embargo, que la expresión del pensamiento, sea por palabras o mediante signos, debe en todos los casos ser tomada en su contexto; con respecto a ambos, palabras y signos, la costumbre y las circunstancias producen considerables diferencias respecto a su interpretación. La veracidad, o hábito de decir la verdad, es una virtud, y la obligación de practicarla surge de un origen doble. En primer lugar, “puesto que el hombre es un animal social, un hombre debe naturalmente a los demás aquello sin lo que una sociedad no perdura. Pero los hombres no pueden vivir juntos si no creen estar diciéndose la verdad uno a otro. De ahí que la virtud de la veracidad esté hasta cierto punto dentro del capítulo de la justicia [rationem debiti] (Sto.Tomás, Summa, II-II:109:3). La segunda fuente de la obligación de veracidad surge del hecho de que el habla tiene claramente la finalidad por su propia naturaleza de la comunicación del conocimiento de uno a otro. Debe utilizarse, por tanto, para la finalidad para la que está naturalmente propuesta, y las mentiras deben ser evitadas. Pues las mentiras no son meramente un mal uso, sino un abuso, del don de la palabra, ya que, al destruir la confianza instintiva del hombre en la veracidad de su prójimo, tienden a destruir la eficacia de ese don.

Bibliografía: Para el escolasticismo ver: tratados escolásticos sobre lógica mayor, s.v. Veritas; Etudes sur la Vérité (París, 1909); GENY, Une nouvelle théorie de la connaissance (Tournai, 1909); MIVART, On Truth (Londres, 1889); JOHN RICKABY, First Principles af Knowledge; ROUSSELOT, L’Intellectualisme de St. Thomas (París, 1909); TONQUEDEC, La notion de la vérité dans la philosophie nouvelle in Etudes (1907), CX, 721; CXI, 433; CXII, 68, 335; WALKER, Theories of Knowledge (2ª ed., Londres, 1911); HOBHOUSE, The Theory of Knowledge (Londres, 1906).

Absolutismo: BRADLEY, Appearance and Reality (Londres, 1899); IDEM, Articles in Mind, N.S., LT, LXXI, LXXII (1904, 1909, 1910); JOACHIM, The Nature af Truth (Oxford, 1906); TAYLOR, Elements of Metaphysics (Londres, 1903); Artículos en Mind, N.S., LVII (1906), y Philos. Rev., XIV, 3.

Pragmatismo: BERGSON, L’Evolution Créatrice (7ª ed., París, 1911); DEWEY, Studies in Logical Theory (Chicago, 1903); JAMES, Pragmatism (Londres, 1907); IDEM, The Meaning af Truth (Londres, 1909); IDEM, Some Problems of Philosophy (Londres, 1911); MOORE, Pragmatism and Its Critics (Chicago, 191O); ABEL REY, La théorie de la physique (París, 1907); SCHILLER, Axioms as Postulates in Personal Idealism (Londres, 1902); IDEM Humanism (Londres, 1902); IDEM, Studies in Humanism (Londres 1907); SIMMEL, Die Philosophie des Geldes (Leipzig, 1900), iii. Nuevo Realismo: Artículos en Journal of Philosophy, Psychology, and Scientific Methods (1910, 1911), especialmente VII, 15 (July 1910); MOORE, The Nature of Judgment in Mind, VIII; PRICHARD, Kant’s Theory af Knowledge (Oxford, 1910); RUSSELL, Philosophical Essays (Londres, 1910); IDEM, Artículos en Mind N.S., LX (1906), y en Proceedings of the Aristotelian Society VII.

Fuente: Walker, Leslie. “Truth.” The Catholic Encyclopedia. Vol. 15. New York: Robert Appleton Company, 1912.
http://www.newadvent.org/cathen/15073a.htm

Traducido por Francisco Vázquez

Fuente: Enciclopedia Católica

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